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domingo, 5 de diciembre de 2021

¡Bendita impertinencia de la prensa!

 García-Egea ha acusado a este periódico de ser más duro con la actual dirección que con la del «PP de la corrupción» de la que él, atendiendo a su silencio, debió enterarse por las exclusivas de EL MUNDO

¡Bendita impertinencia de la prensa! 

ULISES CULEBRO

Coincidiendo con la entrega del XIX Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDO a Anne Applebaum, autora de El ocaso de la democracia y gran debeladora del «telón de acero» de la desinformación comunista, así como de los celajes del populismo de los «hechos alternativos», todos los jefes de prensa al unísono de la Alianza Frankenstein que sustenta a Pedro Sánchez en La Moncloa suscribían una solicitud para que el Congreso pusiera una mordaza a determinados medios -sin especificar- que habrían roto el «clima de cordialidad» imperante. Tan extravagante carta petitoria por parte de los grupos parlamentarios evoca la anécdota del redactor-jefe al que galardona el Gobierno galo y, esperando los plácemes de su director por tal reconocimiento oficial, se topa con su reproche. Al aclararle que le fue concedido sin concurrir al mismo, éste le puntualiza sin desfruncir el ceño: «Mira, el problema no es que te hayas presentado o no: es que no deberías haberlo merecido».

Tal reconvención sonará extemporánea a quienes han borrado la línea roja que debe separar a la prensa de aquellos a los que debe fiscalizar al estar al servicio de los gobernados, y no de los gobernantes. Sin embargo, catalogando a los medios en función de su afinidad, los portavoces oficiales de la mayoría gobernante no tienen miramientos para reclamar «cordialidad» a quienes compete fiscalizarlos. Dado que el antagonismo y la beligerancia entre prensa y poder es un síntoma de salud mutua, no parece pertinente que se vayan juntos a la cama. Claro que, en una sociedad tan polarizada y en la que la verdad se supedita al prejuicio y al servilismo partidistas, ese encamamiento se busca normalizar por los Hunos y por los Hotros, por usar el barbarismo unamuniano, y luego, si son pillados infraganti, adoptar el descaro de aquella dama francesa de alta cuna y baja cama. Sorprendida por su marido cuando holgaba con su amante en el tálamo nupcial, negó audazmente lo que estaba a la vista y, al constatar como el burlado no aquietaba su ira, le soltó cínicamente: «¡Ah, bien veo que ya no me amas y crees más lo que ves que lo que yo te digo!».

Desde la cama del poder, hay quienes han estado prestos a suscribir, cual amanuenses, el formulario de los inquisidores de la Alianza Frankenstein. Por esa vía, como dijo el ensayista Cosió Villegas sobre México, España dispondrá de «una prensa libre que no usa su libertad». Bajo la premisa machadiana de que «la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero», no conviene extraviarse en disquisiciones sobre la identidad de los damnificados en este trance ni juzgarlos bajo el tamiz de las filias o las fobias. De no poner pie en pared a los atropellos a la libertad de información, llegará el día en que vendrán a por uno sin que quede nadie que lo defienda, como en el poema del pastor luterano alemán Martin Niemöller que desgrana la suma de cobardías que facilitó la irresistible ascensión del nazismo.

Sentada esta premisa, el escándalo adquiere tientes bufos si se tiene en cuenta que el desencadenante fue el capricho de un ridículo petimetre con ínfulas de rey de sala de billar que pareciera tener la necesidad imperiosa de reafirmar a cada paso que da la justeza de su apellido. Al ser preguntado correctamente -no confundir buenas maneras con cordialidad- para que valorase la querella contra el consejero de Educación de la Generalidad de Cataluña por no querer cumplir el 25% de español en las escuelas, así como las palabras del Rey llamando a los jueces para hacer cumplir la ley en Cataluña, el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, se arrogó el derecho de admisión en el recinto de la soberanía nacional. «Seguro -se burló tratando de menoscabar la potestad a preguntar del reportero- que sabe decir Schwarzenegger y seguro que sabe decir Generalitat también. No participamos de burbujas mediáticas de la ultraderecha».

Repreguntado sin éxito, Rufián promovió al día siguiente el mancomunado memorándum de agravios de la Alianza Frankenstein desde el PSOE a Bildu, el brazo político de la banda terrorista ETA, cuyos asesinos acabaron con la vida de varios periodistas vascos. Si unos quieren matar simbólicamente al mensajero, otros lo han hecho descarnadamente como con el columnista de este diario López de la Calle, en cuyo honor -junto al de los reporteros de guerra Julio Fuentes y Julio Anguita Parrado- se conceden los Premios Internacionales de Periodismo de EL MUNDO y cuya entrega se celebraba esa noche en el Museo del Prado con asistencia de la presidenta de las Cortes, Meritxell Batet, con un gran discurso sobre el papel de la prensa, y de la ministra de Política Territorial y Portavoz del Gobierno, Isabel Rodríguez, junto a otras personalidades.

No así del presidente del PP, Pablo Casado, quien descortésmente suspendió su presencia minutos antes de iniciarse la cena por exigencia de su secretario general, Teodoro García-Egea, y buscó cobijo en la oscuridad de la noche en otros lares donde dieron albergue al errabundo. Respirando por la herida de la entrevista a la políticamente indeseable Cayetana Álvarez de Toledo a raíz del lanzamiento del libro de la ex portavoz del PP, como se hizo después con Rajoy y es habitual con quienes publican obra, García-Egea ha llegado al punto desquiciado de acusar a este periódico de ser más duro con la actual dirección que con la del «PP de la corrupción» de la que él, por cierto, atendiendo a su silencio estremecedor de todo este tiempo, debió enterarse -como la mayoría de los españoles- por el sinnúmero de exclusivas de EL MUNDO sobre esos abusos. Seguro que él, como acaece en el habitual cierre de filas partidista que generan estas denuncias, achacaría a una conjura de este medio con el demonio y la carne.

El secretario general del PP evoca aquel episodio en el que un camarada del Comité Central interpeló a Nikita Kruschev cuando el primer secretario del Partido Comunista de la URSS denunció los crímenes estalinistas: «¿Dónde estabas tú, camarada Kruschev, cuando fueron asesinadas todas esas personas inocentes?». Otro tanto cabe preguntar a un silente Egea que habría podido tener la salida de Kruschev: «Yo me encontraba exactamente en el mismo lugar en que tú estás ahora».

Al cabo de años de portadas de EL MUNDO sobre la corrupción del PP, como antes de la socialista o de la nacionalista y ahora de la de Podemos, García-Egea se pone tiquismiquis con este diario como si él hubiera abierto la boca sobre una corrupción que instrumentaliza perversamente ahora para ver si, en ese río revuelto, enloda a compañeros suyos que han ganado limpiamente en las urnas lo que él trata de sisarles desde los despachos de Génova en cuyo balcón ya ha aparecido dos veces la presidenta madrileña Díaz Ayuso con Casado de consorte de ocasión y con él de cuñado rebrincado.

Nada nuevo para EL MUNDO, cuya cabecera tiene el timbre de gloria de investigar la corrupción no en función del signo de quienes perpetran el delito sino de su gravedad. Sin mirar el color de la elástica ni su marca.

Curtidos en la brega contra la corrupción hasta propiciar la caída de casi cuarenta años de régimen socialista en Andalucía, después de sufrir pena de banquillo y una demanda de Chaves de 840.000 euros -la más alta conocida entonces- hasta que la verdad se abrió paso y la Justicia condenó tanto a él como a su sucesor Griñán, así como la estructura de poder socialista, por el fraude mil millonario de los ERE destapado por EL MUNDO, sorprende que el primer partido de la oposición -clave para sacar de La Moncloa a la Alianza Sáncheztein- sea dirigido con mentalidad de furriel de centro de instrucción de reclutas por quien le impone su designio al supuesto capitán de la compañía que discursea como Churchill y actúa como Chamberlain en esta encrucijada. Con el partido patas arriba, el PP es un problema en sí mismo, en vez de para un Sánchez que hace de su capa un sayo.

Disipando una oportunidad única, a la par que se achica bajo la sombra de quien habla como escupe aceitunas en grado de campeón, Casado puede quedar reducido, como no espabile, en una nota a pie de página. Si su ayuda de cámara exhibe así su debilidad y la exprime, mientras finge repitiendo como una ametralladora lo de «presidente Casado», ¿cómo va a fiarse el electorado de quien no mantiene la casa unida y no enfrenta decisiones que no cabe delegar? Así, ni siquiera sumará trienios en el Ministerio de la Oposición mientras su secretario general le arrebata el bastón de mariscal.

Sin adultos en el cuarto de mando del PP con carácter como para frenar esa irracional deriva, la mayoría Frankenstein avanza hasta aplastar lo que se interponga por delante. Todo ello rumbo a un cambio del régimen constitucional que mantendrá la fachada de cartón, pero al que se socava por dentro sometiendo a los órganos constitucionales, así como de los organismos de supervisión y fiscalización gubernamentales hasta subsumir todos los poderes en uno omnímodo y solo. Por eso, el escrito de censura de quienes tildan de «falta de respeto» las preguntas incómodas que se les hacen a los portavoces de la Alianza Frankenstein -coincidente con la modificación de la rebautizada por la izquierda como «Ley Mordaza» por limitar derechos fundamentales y criminalizar la protesta-, cabe inscribirlo en este proceso. Cuando Edmund Burke, gran reformador de la Inglaterra de su época, interpeló a los periodistas con que «sois el cuarto poder» no perseguía lisonjearlos, sino que apelaba a ellos para repeler una corrupción dueña del ejecutivo, del legislativo y del poder judicial hasta hacer agonizar el sistema.

Como las naciones prosperan o decaen con su prensa, hay que estar ojo avizor para salvaguardar el periodismo en libertad y sin injerencias como las registradas en el inconstitucional estado de alarma con la excusa del covid cuando el CIS introdujo una pregunta sugiriendo que los contenidos de los diarios pudieran subordinarse a la vigía del Gobierno para «arrearnos, sordos y callados, como ovejas al matadero» (George Washington). Como el periodismo independiente aflora los secretos de la política y fuerza al hombre público a comparecer ante el tribunal de la opinión, nada mejor que una prensa adepta para no rendir cuentas y ajustar la realidad no a lo que ocurre, sino a lo que debe ocurrir, en armonía con el Gobierno.

Conviene no olvidar -como aviso a navegantes- la Ley de Defensa de la República de 1931 que castigaba la publicación de noticias que se estimase «una agresión» contra el nuevo orden. Con esta ley de excepción que clausuraba medios sin mandato judicial, Azaña contraponía la legitimidad de los votos con el derecho a la libertad de expresión por una prensa crítica y, si se quiere, antipática. Así lo enfatizó Kennedy cuando le inquirieron si seguía siendo un voraz lector de la prensa pese a las críticas por la invasión de la Bahía de Cochinos en 1961. «Sería -expresó- una gran desventaja no tener esa cualidad abrasiva de la prensa aplicada diariamente sobre el gobierno».

Por eso, bendita sea la impertinencia de la prensa para luchar contra autócratas, cleptócratas y enemigos de la democracia, como batallaron Julio Anguita Parrado, Julio Fuentes y José Luis López de Lacalle, y lo hace -y de qué manera- Anne Applebaum, ganadora del XIX Premio Internacional de Periodismo de EL MUNDO, contra quienes denigran la prensa para que la ciudadanía ignore las pruebas de sus fechorías.

 

                                                                FRANCISCO ROSELL   Vía EL MUNDO

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