Artículos para reflexionar y debatir sobre temas y cuestiones políticas, económicas, históricas y de actualidad.
jueves, 16 de mayo de 2019
Los nuevos líderes de la UE no sufrieron la Europa de ayer
Napoleón decía que si querías
conocer a alguien tenías que ver cómo era el mundo cuando tenía 20 años.
Los hombres y mujeres que van a liderar la UE no vivieron sus crisis
fundacionales
Sebastian Kurz y Emmanuel Macron. (Reuters)
Se suele atribuir a Napoleón la frase según la cual para conocer a un hombre –y hoy añadiríamos que a una mujer– hay que conocer cómo era el mundo cuando tenía veinte años.
Es algo a tener en cuenta ahora que, tras las elecciones del 26 de
mayo, en un plazo relativamente corto muchos de quienes ocupan los
cargos más altos de las instituciones que rigen la Unión Europea se
retirarán y serán sustituidos por gente de la siguiente generación.
Cuando Mario Draghi
(1947), el presidente del Banco Central Europeo que abandonará su cargo
en octubre de este año, tenía veinte años, en Italia aún gobernaba la
democracia cristiana surgida tras la Segunda Guerra Mundial. Cuando Jean-Claude Juncker (1954), el presidente de la Comisión Europea que se retirará el próximo noviembre, tenía veinte años, en su país, Luxemburgo, el acero empezaba a dejar de ser el producto básico de la economía
–el mercado común del carbón y del acero, acordado en el Tratado de
Roma, supuso el primer paso de la integración europea– en favor de las
actividades bancarias y financieras.
Cuando Donald Tusk
(1957), el presidente del Consejo Europeo, que también dejará su cargo a
finales de año, tenía veinte años, Polonia era una férrea dictadura
comunista en la que ni siquiera se había formado Solidarnosc, el
sindicato que tendría un papel principal en su derrocamiento. Angela Merkel
(1954) no es un alto cargo de la UE, pero ha sido su líder de facto en
la larga década transcurrida desde la crisis financiera y también ha
anunciado que se retira, aunque no conocemos la fecha. Cuando tenía
veinte años, Alemania estaba dividido en dos, y la mitad en la que ella creció era una dictadura.
Por su propia experiencia vital los actuales líderes europeos conocen de primera mano las razones por las que se fundaron los precedentes de la UE:
en primer lugar, para poner las bases de un sistema que hiciera
imposible la repetición de la gran catástrofe de la Segunda Guerra
Mundial, pero también la creación de un marco para una apertura
comercial creciente, la consolidación de los principios liberales, un
crecimiento rápido del estado del bienestar y una oposición firme,
aunque no necesariamente sorda, al comunismo soviético.
Todos estos objetivos más o menos se cumplieron, y más tarde la Unión Europea
decidió avanzar en la integración por razones que tenían sentido
político y económico –incluir a los países del este para frenar la
influencia rusa e intentar acabar con siglos de miseria política,
y tener una voz única en los acuerdos comerciales– pero que ahora se
cuestionan. Sea como sea, en el corazón de la UE sus orígenes aún
estaban presentes.
En la cumbre de la semana pasada en Sibiu,
Rumania, en la que los líderes europeos empezaron a hablar de los
relevos posteriores a las elecciones, el primer ministro austriaco
Sebastian Kurz pidió un “cambio generacional” (cuando Kurz tenía veinte
años, el euro llevaba cuatro en circulación y en España gobernaba José
Luis Rodríguez Zapatero). Se ha convocado una nueva cumbre el 28 de mayo
para continuar discutiendo esos relevos, ya con los resultados de las
elecciones. Se espera que el proceso termine antes del verano.
Si
se produce ese cambio generacional, la Unión Europea se convertiría,
dentro de su excepcionalidad como proyecto político singular, en algo un poco más normal: los recuerdos personales de sus líderes ya no estarán vinculados a su fundación.
Si
se produce este cambio generacional, la UE se convertiría, dentro de su
excepcionalidad como proyecto político, en algo un poco más normal
En
muchos sentidos, podría ser una buena noticia. Sería la prueba evidente
de la supervivencia de la UE, pero también el reconocimiento, sellado
por el tiempo, de que, aunque por muchas razones nos hallemos en un
momento crítico, las peores amenazas –el comunismo, el nazismo, las
guerras entre países europeos, los duros y torpes procesos de
descolonización– son un recuerdo no vivido.
Los nuevos dirigentes
ya no gobernarán pensando en no repetir esos traumas, sino con la
prosperidad, la libertad y la igualdad en mente, pese a que todo eso
esté en crisis o precisamente por ello.
Sin embargo, es
casi inevitable sentir un leve desamparo. En muchos sentidos, los
orígenes de la UE, como los de la democracia liberal, fueron
eminentemente defensivos. Y en gran medida respondían al recuerdo de las catástrofes pasadas, lo cual hizo que al construir el proyecto sus promotores mantuvieran una mezcla de tenacidad y prudencia.
Quizá eso empezó a cambiar en Maastricht cuando, tras la caída del muro de Berlín y los primeros indicios de una nueva oleada de globalización,
la entonces llamada Comunidad Europea dio un giro mucho más propositivo
y ambicioso. Pero en todo caso algo ha cambiado y lo hará aún más
cuando se produzca ese nuevo cambio generacional.
En un largo ensayo publicado recientemente en ‘The Guardian’, el historiador Timothy Garton Ash
afirmaba que “la Unión Europea hoy, como Alemania o Francia o Reino
Unido, es una entidad política madura, que no necesita derivar su
legitimidad de alguna clase de futuro utópico".
Y Garton Ash
añade: "Ahora hay un argumento realista, conservador (en el sentido
literal), para mantener lo que ya se ha creado, lo que, por supuesto,
requiere necesariamente reformarla. Solo con que preservemos durante los
próximos treinta años la UE de hoy en día, con sus niveles actuales de
libertad, prosperidad, seguridad y cooperación, ya sería un logro asombroso”. Es la tarea que tendrá ante sí la nueva generación. Deseémosle suerte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario