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domingo, 24 de marzo de 2019

LOS LÍMITES DE LA UTOPIA NACIONALISTA

El Brexit y la frustrada independencia de Cataluña están demostrando que el mundo es mucho más complejo de lo que predican los soberanistas

Foto: El Palau de la Generalitat antes y después de la retirada de la pancarta con el lazo amarillo 

El Palau de la Generalitat antes y después de la retirada de la pancarta con el lazo amarillo

 Desde siempre la humanidad tiene la necesidad o el deseo de imaginar una utopía futura que le haga más llevadera la cotidiana realidad. Algunos reducen el fenómeno religioso a la búsqueda en el más allá de esa utopía. Y en buena parte del siglo XIX y XX la utopía socialista —el sueño de una sociedad igualitaria y fraternal— ha acompañado la vida de muchos hombres, algunos muy notables.

Pero la caída del comunismo en 1989 marcó el punto final de aquella utopía. Había que vivir en lo que Fukuyama calificó de "el fin de la historia". La democracia liberal con el capitalismo como sistema y las correcciones —no siempre exitosas— que el sindicalismo y la socialdemocracia aportaban a las desigualdades en la distribución de la riqueza. Y además la globalización —la entrada en el mercado del trabajo de millones de chinos y de indios— y la crisis del 2008 pusieron de relieve los límites del bienestar social de los países occidentales.
Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)
Es en este contexto en el que rebrota con fuerza la utopía nacionalistaque fue derrotada en 1945 y que consagraron la carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948. La victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, el país que bajo el liderazgo de Franklin Delano Rooselvet fue decisivo en la derrota del nazismo es un claro indicativo del cambio de tendencia.
Pero la utopía nacionalista —animada por Steve Bannon, una especie de Che Guevara postmoderno de Trump— está sacudiendo fuertemente la vieja Europa debilitada por la crisis económica, las dificultades del Estado del Bienestar y una clase política a la que la normalidad democrática ha funcionarizado en exceso. Es así. Y la utopía nacionalista rebrota con fuerza —ha ganado referéndums o elecciones en Gran Bretaña, Italia y Cataluña entre otros países— y se está constituyendo como una confusa pero cierta amenaza a los estados sociales y democráticos de Derecho instalados en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las próximas elecciones europeas pondrán de relieve el grado de penetración de este nacionalismo radical frente a las fórmulas más tradicionales del centroderecha, la socialdemocracia y la toma de conciencia del peligro ecológico.
Más de dos años después, los que ganaron el Brexit no saben cómo llevarlo a la práctica y se ven obligados a pedir una prórroga a la UE
Pero los últimos acontecimientos en Gran Bretaña y Cataluña están poniendo ya de relieve los límites reales de la utopía nacionalista, la creencia irracional de que todos los problemas se pueden resolver si se priorizan los intereses nacionales, ya sean de los viejos estados o de las naciones sin estado, frente a las artificiales y periclitadas estructuras establecidas: la Unión Europea para el 51,8% de los británicos que votaron Brexit y el 47,% de los catalanes que sueñan con una Cataluña independientes.
Xabier Arzalluz fue y sigue siendo un referente muy polémico en España. Para muchos encarna el extremo nacionalismo vaso (e incluso el contubernio con ETA). Pero Lluís Amiguet ha recordado hace poco en 'La Vanguardia' una anécdota de Arzalluz que conocía pero había olvidado. Al iniciar un año su clase de Derecho Político, preguntó a sus alumnos cuál era la nación europea más independiente. La respuesta fue Francia y Arzalluz replicó que era cierto que Francia tenía armamento nuclear y que el general De Gaulle la había sacado de la OTAN, pero era dependiente de las normas de la UE. Bruselas limitaba a París. La siguiente respuesta fue Alemania: No, hombre, mucho peor, tiene una economía potente pero media Alemania, la Oriental, se gobierna desde Moscú. Pues Gran Bretaña: ¡qué barbaridad, depende totalmente de los americanos! Entonces, ante el desconcierto de sus alumnos, Arzalluz sentenció, con la autoridad de un exjesuita: el país más independiente es Albania que no depende de nada ni de nadie. Amiguet no explica si Arzalluz sacaba la lógica conclusión de que buscar la independencia total conduce al desastre, porque ningún italiano, alemán o español (tampoco catalán) querría vivir en la Albania de Enver Hoxha. Quizás la actual actitud del PNV tenga algo que ver con las lecciones de Derecho Político de Arzalluz.
El exasesor de la Casa Blanca, Steve Bannon. (EFE)
El exasesor de la Casa Blanca, Steve Bannon. (EFE)
Sea como sea Arzalluz —que falleció en el retiro hace justo un mes— podría presumir hoy de estar en lo cierto. Gran Bretaña votó por el Brexit en junio del 2016 y ahora, a punto de llegar al momento de hacerlo efectivo, ha tenido que pedir humildemente una prórroga a los otros 27 países de la UE. Cataluña proclamó una independencia unilateral el 27 de octubre del 2017 que solo duró unas horas y ahora el Gobierno autónomo de Cataluña —en manos de los independentistas— ha tenido que retirar de los edificios oficiales las banderas separatistas y las pancartas pidiendo la libertad de los políticos presos porque según la Junta Electoral Central de España esos símbolos violan la necesaria neutralidad política de los gobiernos en época electoral.
Está todo dicho. En Gran Bretaña Theresa May quiere salirse de la UE con un Brexit blando que —tienen razón— los partidarios del Brexit dicen que no es un Brexit auténtico. Pero May, que dice querer respetar el 51,8% del referéndum, que el débil de David Cameron —presionado por el ala más nacionalista y reaccionaria de su partido— convocó, no sabe cómo salir del atolladero. Su famoso "Brexit is Brexit" ha acabado con un parlamento británico —la cuna del parlamentarismo— muy fragmentado entre los partidarios del Brexit duro (Boris Johnson), del Brexit blando que no es un Brexit auténtico (Theresa May), los que abogan por quedarse dentro de la unión aduanera o incluso del especio económico europeo (el confuso Jeremy Corbyn y muchos diputados laboristas y conservadores que lo ven el mal menor), y los que defienden un segundo referéndum, de rectificación, que autorice la marcha atrás (los ex primeros ministros Major, Blair y Gordon Brown). Entre estas cuatro grandes opciones Gran Bretaña no sabe que hacer, excepto pedir una prórroga. Mientras la UE, medio paralizada, espera y desespera. En el Madrid castizo dirían que a los ingleses la picha se les ha hecho un lío.
Cataluña sigue partida en dos y los separatistas van a las elecciones en dos listas enfrentadas mientras sus dirigentes comparten banquillo en el supremo
En Cataluña las cosas son menos relevantes porque el imperio catalano-aragonés es de tiempos más pretéritos. Pero Cataluña está dividida y paralizada ya que la reciente exigencia de retirada de las esteladas no viene originariamente tanto de Madrid sino de un partido catalán, Cs, que fue el primero en las elecciones catalanas del 2017.
Theresa May. (Reuters)
Theresa May. (Reuters)
La utopía nacionalista tomó cuerpo en Cataluña cuando Artur Masrelevó a Pujol al frente de CDC, perdió las elecciones frente a un tripartito de izquierdas y para recuperar el poder —Marta Ferrusola, la esposa de Pujol dijo que se sentía como si durante el verano los ladrones hubieran entrado en su domicilio— se inventó lo de el derecho a decidir. Luego tras ganar las elecciones del 2010, con todo el apoyo del 'establishment' catalán, para consolidarse con mayoría absoluta en medio de la crisis, convirtió a la nacionalista pero pragmática CDC en un partido independentista, perdió 12 diputados en el 2012, se negó a rectificar y mantuvo el rumbo a Itaca junto a ERC —a la que forzó a radicalizarse al robarle su programa de muchos años, pero no el de Macià ni el de Companys— y acabo cediendo el poder a Puigdemont, hasta entonces un político secundario en CDC, para que la CUP bendijera que CDC siguiera en la presidencia de la Generalitat. El candidato 'bussines friendly' del 2010, apoyado por el mundo económico catalán contra el "peligroso" socialismo de José Montilla, inclinaba la cerviz ante un partido antisistema de extrema izquierda.
Torra ha tenido que dar marcha atrás para evitar el ridículo de que los Mossos, obedeciendo a Madrid, retiraran los lazos amarillos de la Generalitat
Luego vino mucha épica —Artur Mas cedió al Museo de Historia de Cataluña la estilográfica con la que firmó la convocatoria de la consulta participativa del 2014— las leyes de referéndum y de desconexión con España del setiembre del 2017, el fallido referéndum del 1 de octubre y el fracaso total —los que la proclamaron no se atrevieron ni a empezar a ejecutarla— de la independencia el 27 de octubre del 2017.
Pero la fe nacionalista del 47% de los catalanes es fuerte —y la incompetencia de algunos políticos españoles también— y el secesionismo volvió a ganar con mayoría absoluta las elecciones del 21 de diciembre del 2017. Era el momento lógico para repensar y revisar el programa máximo —como hicieron los renegados socialdemócratas alemanes Karl Kautsky y Willy Brandt en el siglo XIX y en el XX—, pero se ve que la utopía nacionalista es más impermeable a las realidades que la socialdemocracia europea.
Quim Torra. (EFE)
Quim Torra. (EFE)
El resultado del fracaso fue por una parte el ingreso en prisión —incondicional y sin fianza— de los principales dirigentes que habían apostado —de farol, según Clara Ponsatí, la 'consellera' de Educación de aquel gobierno— por la independencia, y por la otra la elección de Quim Torra, un aficionado a la historia catalana y un activista independentista con nula experiencia política, como presidente a las órdenes de Puigdemont, exilado en Waterloo y que se cree el general De Gaulle cuando huyó de la Francia ocupada y se refugió en Londres.
La derrota no acabó con el dogma, pero si amplió la pelea entre los dirigentes de ERC y los diferentes aparatos y sectas nacidos de la antigua CDC. Y el gobierno títere de Torra se instaló en una aguda esquizofrenia. Por una parte, y de eso vive, es el gobierno legal de Cataluña, de acuerdo con la Constitución española, y por la otra quiere encarnar la inexistente pero proclamada república y la sublevación moral contra el régimen del 78.
Y el disparate solo puede llevar a un disparate mayor. Votar contra los presupuestos del Pedro Sánchez porque quiere desinflamar el conflicto pero —como Rajoy— se niega a negociar un referéndum de autodeterminación. Y al hacer las listas para las inevitables elecciones subsiguientes —y las ya programadas municipales y europeas— se impone una dura batalla de presos contra presos en las dos listas independentistas que se sientan en el mismo banquillo de los acusados. Para Torra, una contradicción histórica insuperable; y mortal para Puigdemont si pierde ante Junqueras las europeas.
Para seguir existiendo —protesto, luego existo— había que mantener las esteladas y las pancartas a favor de los presos (divididos en dos listas electorales) en todos los edificios públicos de Cataluña. Dijera lo que dijera la Junta Electoral Central (JEC), un organismo español, tan español como las elecciones a las que se presentan los partidos separatistas. Luego cuando la Junta Electoral Central insiste, se pide un dictamen al Síndic de Greuges (el defensor del pueblo catalán) que dice que hay que retirar los símbolos. Cuando se sabe que Torra ya conocía lo que diría Ribó (el Síndic) cuando le pidió el dictamen, para tapar la martingala se sustituyen los lazos amarillos por lazos blancos. La JEC ordena a los Mossos el jueves por la tarde la retirada de los lazos blancos antes de las 15 horas del viernes. El jueves por la noche en un acto de Junts per Cataluña para la campaña municipal de Barcelona, Torra dice que "hay que resistir hasta el final". El viernes por la mañana la 'consellera' de Cultura, Laura Borràs, la preferida de Torra y la auténtica numero uno de Puigdemont (Sánchez está ante el Supremo) a las legislativas, dice que ella no ha ordenado retirar los lazos y que el 'president' tampoco lo ordenará. En la Conselleria de Interior, en manos del PDeCAT, están al borde del infarto porque los Mossos tendrán que ir al Palau de la Generalitat y retirar los lazos ante las cámaras de televisión que retransmitirán las imágenes a todo el mundo. Como el 1 de octubre del 2017 hicieron con las entradas violentas de policías y guardias civiles en algunos colegios electorales. A las 10 de la mañana el vicepresidente y 'conseller' de Economía, Pere Aragonès, hombre sensato, de ERC y muy próximo a Junqueras, decide retirar los lazos blancos de su Consellería.
No puedo ni imaginar lo que pasó entonces en la Generalitat ni la tempestuosa conversación telefónica entre Brauli Duart —el hombre fuerte de la Consellería de Interior y antiguo presidente de TV3— y Quim Torra, pero lo incontrovertible es que a las doce del medio día los lazos amarillos se esfumaron del Palau de la Generalitat.
Por la tarde, mientras el 'conseller' de Interior comunicaba a la JEC que los Mossos estaban retirando lazos de edificios públicos —entre ellos muchas escuelas—, Quim Torra hacía colgar en la Generalitat un cartel blanco ensalzando la libertad de opinión. Torra ha resistido hasta el final. El final de la obstinación, la impotencia y el ridículo.
Es posible sostener, pues, que las muy distintas utopías nacionalistas —la del Brexit en Gran Bretaña o la de la independencia unilateral en Cataluña— están topando y sucumbiendo ante sus límites reales. Pero Steve Bannon está ahí para trompetear que no es así, que Marine Le Pen y Mateo Salvini están afinando con su ayuda sus ofertas para las elecciones europeas y que Trump sigue siendo presidente de los Estados Unidos. Tiene razón. Esperemos —sin ninguna seguridad— por poco tiempo.

                                                          JOAN TAPIA   Vía EL CONFIDENCIAL  

UN 23-F DE POLÍTICOS

Se discute si fue «rebelión o sedición». Los testimonios orales y gráficos arrojan que hubo incluso más: traición y cobardía

José María Carrascal 

José María Carrascal

¿Qué fue más grave, el 23-F del teniente coronel Tejero o la DIU, Declaración Unilateral de Independencia de Cataluña, del 27-O del Parlamento catalán? A algunos españoles, catalanes la inmensa mayoría, la mera formulación de tal pregunta les ofende. ¿Cómo puede compararse la irrupción en el Parlamento, a tiros nada menos, con la declaración de una cámara regional, suspendida poco después?, dicen. Como se trata de la almendra del problema que nos trae de cabeza desde hace tiempo, voy a reducir la pregunta a otra mucho más simple: ¿en cuál de esas dos fechas estuvo más en peligro el Estado español? Y sabiendo lo que sabemos hoy, nos damos cuenta de que la intentona de Tejero duró unas horas, mientras la DIU sigue dando coletazos, con un juicio en marcha que durará meses y de consecuencias impredecibles. Podría añadirse que el 23-F se liquidó con una breve pero tajante alocución del Rey a los españoles, especialmente a los amotinados, que se rindieron, para ser luego juzgados y condenados a severas penas mientras el país reanudaba su andadura democrática. Y resulta sarcástico que las alocuciones de su hijo y sucesor despierten hoy en Cataluña furor. Cuando su padre tuvo que calmar al entonces president, que le llamaba asustado, con un «tranquilo, Jordi, tranquilo».
Pero no es esa la única diferencia. Tejero se lanzó a la aventura sin saber otra cosa que esperar en el Congreso la llegada del «Elefante blanco», que nunca llegó. Mientras la DIU fue producto de un cuidado y meticuloso plan para volar la unidad del Estado español, acordado el 30 de marzo de 2015 por la antigua Convergència y ERC con la asociaciones civiles Omnium, ANC y AMI, para lograr la secesión con pasos que, pretendiendo ser legales, rompían la legalidad vigente: el 6 y 7 de septiembre de 2017, el Parlament aprueba la ley de ruptura, la de un referéndum y la de Transitoriedad, que violaban la Constitución española y el Estatuto de Autonomía. Todas ellas derogadas por el Tribunal Constitucional. Lo que no impidió al Govern intentar aplicarlas. Lo que siguió está en nuestra memoria y el juicio de los cabecillas nos lo ha refrescado, con detalles que confirman el intento del golpe de Estado, desde la utilización de los Mossos al pago del mismo con dinero público y de empresas afines. Que uno de los implicado llevara cuenta de esa hoja de ruta, en una agenda que intentó esconder pero fue descubierta, lo avala. Aunque tal vez lo más comprometedor para ellos hayan sido los testimonios de aquellos subordinados, como el Major de los Mossos, que les advirtieron de su ilegalidad y riesgos de violencia. Mientras los documentos que describía los escenarios «En caso de guerra» y «En caso de guerrilla» les desnuda. Se discute si fue «rebelión o sedición». Los testimonios orales y gráficos arrojan que hubo incluso más: traición y cobardía. No sé si están incluidas en el Código Penal, pero en el de mal gobierno, seguro. Los catalanes saben lo que les espera bajo individuos así. Bueno, al mayor de los Pujol ya le han semiindultado.

                                                                           JOSÉ MARÍA CARRASCAL Vía ABC

UN GOLPE DE GRACIA A LA DEMOCRACIA

Tras la doble farsa de las consultas del 9-N y del 1-O, un nuevo golpe como el que está en marcha sería una tragedia

 
/RAÚL ARIAS



Hace sesenta años se estrenaba la versión cinematográfica de la novela satírica El ratón que rugió. Interpretada por el polifacético Peter Sellers, apareció en las carteleras españolas bajo el título de Un golpe de gracia. En ella, se escenifica la historia de una pequeña nación empobrecida -el diminuto Ducado de Gran Fenwick- que declara la guerra a EEUU con la esperanza de perderla, ser invadida y, de esta guisa, granjearse un plan de ayudas similar al que el secretario de Estado norteamericano, George C. Marshall, promovió para reconstruir Europa tras su devastación en la Segunda Guerra Mundial.
Empero, dos circunstancias complican el imaginativo proyecto urdido. De un lado, no advierten al jefe del ejército ducal que tiene que rendirse, pues su suerte está dictada desde el inicio de tan descabellada aventura. De otro, una carambola del destino. En el momento del desembarco, Nueva York aparece completamente desierto debido a unos ejercicios aéreos. De este modo tan inesperado, por medio de un "rugido de ratón", el pequeño ducado consuma una tentativa que acometió para provocar que lo invadiera EEUU y redimir así su mísera existencia.
Hechas las correspondientes salvedades, no es descabellado establecer ciertos paralelismos con la contienda independentista catalana y la actitud negligente de los grandes partidos a la hora de afrontar un problema que, lejos de sofocarlo, han agravado estúpidamente desde el Gobierno. Pese a su permanente desafío, estos miopes gobernantes han favorecido y abultado el gran negocio independentista con claro menoscabo de una nación milenaria. En su común política de apaciguamiento, tímida si se quiere de Rajoy o temeraria de Sánchez al adeudarles una Presidencia para la que no atesoraba votos propios, además de aspirar a renovarla con su concurso este 28-A, han colocado en una situación límite a un Estado que sólo ha demostrado la fortaleza de sus tribunales.
Si no hubiera sido así, los autores del golpe de Estado del 1-O de 2017 no estarían siendo hoy juzgados por el Tribunal Supremo, al igual que los símbolos independentistas se seguirían enseñoreando de balcones y fachadas de instituciones catalanas de no haber sido por el celo de la Junta Electoral Central, si bien quepa achacar a ésta que se haya excedido en miramientos con un Torra siempre dispuesto en el terreno de la retórica a "llegar hasta las últimas consecuencias" para luego aflojar cuando el supremacista "Le Pen catalán" (candidato Sánchez dixit) siente peligro cierto.
Con relación al esperpento de los últimos días y a su desobediencia criminosa, conviene subrayar que los lazos retirados no son primordialmente un acto de propaganda que obliga a su retirada en esta antesala de las urnas, lo que explicaría la intervención del máximo órgano encargado de preservar el espacio público de cualquier interferencia partidista, sino que visualiza una política de segregación y estigmatización de aquellos catalanes que no asumen el credo independentista. Estas lazadas anudan y ahogan como sogas a los discrepantes del nacionalismo obligatorio, condenados a sentirse extranjeros en su mismo país.
De no ser una muestra de afección a la dictadura silenciosa catalana, al modo de la cubana o venezolana, ¿cuántos trabajadores públicos se lo colocarían en su pechera o en su bata blanca, o cuántos ciudadanos se pondrían ese distintivo de quita y pon para no ser discriminados por esas administraciones públicas? Todo ello con la complicidad estúpida de una izquierda reaccionaria desubicada y desplazada del modo que lo están siendo UGT y CCOO por el sindicato vertical único independentista comandado por un asesino de la banda criminal Terra Lliure.
Como la imparcialidad y la neutralidad no son cosa exclusiva de las elecciones, sino de todos los días, la claudicante deserción del Estado ha llegado al extremo de que, sin necesidad de proclamar la independencia, el separatismo ha logrado aquella aspiración que Macià prefiguró en su Constitución Provisional de 1928. En su artículo 115, disponía que, proclamada la independencia, se haría desaparecer todo vestigio que rememorara España. Sin consumar la separación, todo ese proceso se ha ejecutado a ojos vista y ante la abulia de quienes han hecho dejación de su deber primero.
Si la proliferación de los lazos amarillos supusiera únicamente un quebrantamiento de la ley electoral, no transgrede menos esa normativa la instrumentalización indebida que el presidente Sánchez hace de los Consejos de Ministros como plataforma de promoción personal y de propaganda partidista. A manos llenas, vacía las arcas públicas e hipoteca la Hacienda para cosechar los votos de los que no disponía cuando arribó a La Moncloa por medio de la investidura Frankenstein. Gastando a caño roto, cuando baje la marea, aflorarán en toda su dimensión los desastres incubados.
Es palmario que quienes creen que gobernar es gastar no se aplican aquello de Sagasta de que "ya que gobernamos mal, por lo menos gobernemos barato". Por contra, dan alas a su irresponsabilidad con tal de sostenerse en el poder, justificando cualquier derroche en base a que "lo que es de todos no es de nadie". Cual nuevos ricos que se funden, en un abrir y cerrar de ojos, su golpe de fortuna.
Sánchez parece emular al gran cacique alpujarreño Natalio Rivas, nombrado hace ahora un siglo ministro de Instrucción Pública bajo el reinado de Alfonso XIII. Nada más acceder al cargo acudió al Ayuntamiento de Granada y se asomó al balcón para saludar a sus afines. Al hacer ademán de iniciar el discurso, en medio de un silencio sepulcral, se alzó la voz del pueblo: "¡Natalico, colócanos a tós!". Ni que decir tiene que aquel vítor se refrendó con una cerrada ovación.
Pródigo en mercedes, queda para los anales la vez que visitó el municipio serrano de Pitres. Sito a 1.250 metros de altura sobre el nivel del mar, interpeló a sus habitantes así: "Bárbaros [apelativo por el que son conocidos desde la rebelión morisca] de Pitres, ¿qué queréis?". Los lugareños fueron realistas y pidieron lo imposible vociferando: "¡Puerto de mar!". Oído lo cual, aquel político bragado no se cortó un pelo: "Concedío lo tenéis". Al fin y al cabo, las promesas sólo comprometen a quienes se las creen. Tanto que, si bien Pitres no cuenta con puerto, sí dispone de cofradía de pescadores, sus calles se jalonan de útiles marineros y tiene como advocación la Virgen del Carmen.
Aun disponiendo de esa munición electoral, parece obvio que Sánchez va a requerir otra vez del respaldo de unos independentistas que se pueden encontrar en su golpe en marcha con unas facilidades tan inesperadas como las de aquel ducado de Peter Sellers. Buscando hacer del independentismo un gran negocio, a modo de arancel político como aquel otro comercial que arrancó Cambó en 1922, se han encontrado, además, que pueden apoderarse del corazón del Estado sin mayores resistencias por quienes tienen encargada su salvaguarda desde la Presidencia del Gobierno.
Si el nacionalismo se ha adentrado hacia posiciones inimaginables hasta comprometer el mismo decoro del Estado, es por la inocuidad de unos gobernantes tributarios de los votos de quienes, en su acrisolada deslealtad, no actúan nunca de buena fe. A cambio de suspender las hostilidades, establecen condiciones que arruinan al Estado y que, una vez satisfechas, añaden otras hasta imposibilitar que ese anémico Estado se mantenga en pie por sí mismo.
No son éstos tiempos en los que golpes de Estado violentos acaben con las instituciones constitucionales, sino más bien los de naturaleza híbrida. De modo lento e imperceptible a veces, degradan y propician la muerte de la democracia. "Los catalanes no nos han ayudado a traer la República, pero ellos serán los que se la lleven", escribió Antonio Machado cuando lo de ahora ya fue antes.
Por eso, contrariamente a lo comprometido hace seis meses por el ministro Marlaska, cuando se reunió en Barcelona con Torra en la reunión de la Junta de Seguridad, los lazos no habían desaparecido del espacio público sin que el Gobierno dijera esta boca es mía. Ha debido ser la Junta Electoral Central la que imponga un paréntesis de campaña, a modo de periodo de cuaresma. "¿Hay alguien ahí? ¿Alguien que salve a la nación de este grupo de salteadores?", se pregunta, como el que clama en el desierto, el ex vicetodo socialista, Alfonso Guerra, sin que Sánchez se asome a la puerta de La Moncloa al oír tales aldabonazos.
Este ominoso silencio de Sánchez ha sido tan clamoroso que alienta todas las suspicacias sobre que los golpistas del 1-O no pasarán más tiempo en prisión que el que ha estado sometido a la vigilancia de los jueces. Trasladados a las cárceles de Cataluña y sometidos a la disciplina de la Generalitat, pronto dispondrán de un trato más benevolente incluso que Oriol Pujol: dos meses y a la calle tras ser condenado a una pena de más de dos años. Con las llaves de prisión en la faltriquera, al independentismo sólo le falta poner a los jueces bajo su férula en un nuevo Estatuto que recoja los artículos que el Tribunal Constitucional devolvió a los corrales por no ajustarse a ley y blindado frente a las Cortes, sede de la soberanía nacional.
Por eso mismo, Torra puede incluso burlarse de la Junta Electoral, sabedor de que la inhabilitación, si finalmente se sustancia su clara desobediencia, ya descarriará antes de su aplicación. En esas condiciones, se daría un golpe de gracia a España con la complicidad de aquéllos que cometerían un acto de abierta deserción de los intereses generales. Pero especialmente en detrimento de aquellos servidores públicos que, como se está contemplando en la vista del 1-O, arriesgaron su vida al servicio del Estado de derecho y de la integridad territorial de España.
Singularmente, ese guardia civil que, tras salir de la ratonera que le tendió la turba cuando acudía a cumplimentar una orden judicial, se topó con que los profesores del instituto donde estudiaba su hijo lo arrancaban del aula para protestar por los desmanes de los que fue víctima su progenitor, pero que se los achacaban a él y a quienes vestían guerrera verde. Al ver cómo los verdugos se presentan como víctimas o cómo los censores aparentan ser los censurados, ojalá llegue el día en el que, como dijo el filósofo griego, España sea un Estado donde sus ciudadanos teman menos a las leyes que a la vergüenza.
Tras la doble farsa de las consultas del 9-N con Mas y del 1-O con Puigdemont, un nuevo golpe como el que está en marcha -curiosamente el president Torra y su vicepresidentAragonèshan aparecido estos días ligados en la Sala del Tribunal Supremo a la intentona golpista- supondría una tragedia. Como en los versos de John Milton, en vez de escuchar esa conciencia que haga que los ciudadanos "vayan de luz en luz, y salvos lleguen", se asiste a un momento comprometido y comprometedor en el que los crueles se hacen más crueles y los ciegos aún más ciegos.
Los separatistas no engañan a nadie admitiendo abiertamente su propósito, salvo a los que prefieren dejarse engañar por permanecer en el poder aunque sea como rehenes. Por eso, Sánchez no responderá a la pregunta clave a la hora de votar este 28-A: ¿renuncia a pactar con los separatistas para seguir en La Moncloa? Supondría el definitivo golpe de gracia a una democracia tan golpeada como la española y a su fracturada integridad territorial.

                                                                        FRANCISCO ROSELL   Vía EL MUNDO