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lunes, 10 de diciembre de 2018

ALERTA ANTIFASCISTA


Cuando un partido ya instalado (como es Podemos) se apoya en las «políticas de identidad», está anticipando su fracaso


Juan Manuel de Prada


Supe que Vox había venido para quedarse cuando Pablo Iglesias compareció ante los medios y lanzó una «alerta antifascista», exhortando al «movimiento feminista», a las «plataformas de afectados por la hipoteca», a las «organizaciones estudiantiles» o a los «colectivos LGTBi» para que se movilizasen.

Pablo Iglesias estaba aplicando la receta que Ernest Laclau y Chantal Mouffe proponen en Hegemonía y estrategia socialista: hacia una radicalización de la democracia. En este libro, Laclau y Mouffe impugnan todas las vías democráticas del socialismo, desde Habermas a Alain Touraine, pasando por Giddens; y -considerando que la clase trabajadora es un cachivache obsoleto- se dedican a espigar nuevos sujetos con potencial revolucionario, desde los movimientos feministas hasta las minorías étnicas o sexuales, que puedan ser «rearticuladas» para suscitar «antagonismos» en la sociedad. Dicho en román paladino, Laclau y Mouffe postulan que se azuce a todas estas minorías en «la hostilidad común hacia algo o hacia alguien» al que puedan culpar de su insatisfacción, suscitando en ellas el odio y la violencia vandálica. A nadie que no sea imbécil se le escapa que Vox ninguna culpa tiene de los desahucios o de la racanería de las pensiones, de la degradación de la Universidad o de las violaciones en manada; pero Pablo Iglesias entendió aquella noche (en una clara decisión perdedora) que podría aplicar contra Vox el mismo mecanismo que en otro tiempo aplicó muy exitosamente, canalizando resentimientos y frustraciones contra los bancos o contra la «casta».

Pero cuando Podemos triunfó con esta estrategia era un partido emergente; y eligió como diana de sus ataques instancias que eran percibidas como enemigas por amplias capas sociales. Ahora Pablo Iglesias ya sólo apela, cayendo en lo que Daniel Bernabé denomina «la trampa de la diversidad», a los movimientos asociados a las «políticas de la identidad». Y la apelación a estos movimientos es el preámbulo de la derrota, como nos enseña Eric Hobsbawn, analizando la victoria de Margaret Thatcher (y como nos enseña también la derrota de las izquierdas en Andalucía, justo en el año de la sedicente «revolución feminista»). En efecto, las «políticas de la identidad» -explica Hobsbawn- siempre enajenan las simpatías del resto de la sociedad, que percibe esas reivindicaciones como una exigencia de privilegios por parte de determinadas minorías (así, por ejemplo, el feminismo de tercera ola enajena automáticamente las simpatías de casi todos los hombres, pero también de multitud de mujeres). Los efectos letales de esta «trampa de la diversidad» los apreciamos en Estados Unidos, donde una mayoría de mujeres blancas votó a Trump; y también en Europa, donde cada vez más homosexuales votan a las nuevas derechas, porque se sienten amenazados por las políticas islamófilas de la izquierda. El método Laclau tal vez funcione cuando un partido emergente logra encontrar un enemigo que actúe como aglutinante o agregador social; pero Hobsbawn nos enseña que, cuando un partido ya instalado (o más bien declinante, como es el caso de Podemos) se apoya en las «políticas de identidad», está anticipando su fracaso.

Las «alertas antifascistas» sólo servirán para que Vox amplíe su respaldo en las urnas, que será apoteósico en las próximas elecciones europeas. Y también para que la izquierda entrampada en la diversidad languidezca, como está languideciendo en toda Europa, mientras los trabajadores despreciados se dedican a votar a las nuevas derechas. Así ocurrirá también en España, a poco que Vox acuñe un discurso social atractivo; y la estrategia perdedora de Podemos no hará sino acelerar este proceso.


                                                                                     JUAN MANUEL DE PRADA   Vía ABC

Alud de críticas a Torra por invocar la vía violenta de la secesión eslovena

Diversos líderes políticos censuran al presidente por admitir la violencia en el proceso de secesión


El presidente de la Generalitat, Quim Torra, segundo por la izquierda, este domingo en Barcelona. En vídeo, declaraciones de Inés Arrimadas y Jose Luis Ábalos. (Vídeo: ATLAS) efe



La defensa de la vía eslovena para conseguir la independencia de Cataluña que formuló el pasado sábado en Bruselas el presidente de la Generalitat, Quim Torra, recibió este domingo una lluvia de críticas de diversos líderes por dar a entender que admitía la violencia para lograr la secesión. “Los catalanes hemos perdido el miedo. No nos dan miedo. No hay marcha atrás en el camino a la libertad. Los eslovenos decidieron seguir adelante con todas las consecuencias. Hagamos como ellos y estemos dispuestos a todo para vivir libres”, dijo Torra. Diversos líderes políticos advirtieron al president que cualquier paralelismo entre Eslovenia y Cataluña resultaba temerario y recordaron la guerra de diez días y los 62 muertos previos a aquel proceso secesionista.
El presidente de la Generalitat realizó esa defensa de la vía eslovena en Bruselas en la presentación del Consejo por la República, a la que asistieron casi todo su Gobierno, Carles Puigdemont y los consejeros destituidos por la aplicación del 155. Torra se reunió el jueves en Liubliana con el presidente esloveno, Borut Pahor, primer mandatario extranjero que le ha recibido, y mostró su euforia por la cita.

“Venimos a ver a un pueblo que nos ha mostrado su apoyo internacional”, dijo, antes de apostar porque se traslade a Cataluña el proceso esloveno de secesión que se vivió en 1991 para separarse de Yugoslavia, después de una guerra que duró diez días y en las que se produjeron 62 muertos.


Las circunstancias de aquel proceso de secesión nada tienen que ver con el de Cataluña, pues allí se celebró un referéndum en el que participó un 93,3% del electorado y declaración unilateral de independencia de 25 de junio de 1991 tuvo el apoyo del 94% de los diputados. La fuerza policial de Eslovenia se convirtió en un Ejército que se enfrentó con las armas a las fuerzas yugoslavas.

La manera en la que se produjo la independencia de Eslovenia y el intento de trasladarlo a Cataluña por parte de Quim Torra llevaron al secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, a calificar al presidente catalán “iluminado” e “irresponsable” y lamentó que desde Cataluña se hagan “llamamientos a la insurrección, y encima con modelo”. Ábalos dijo también que era “tristísimo” abocar a la gente “a una senda de sufrimiento” y recordó que la vía eslovena “no tiene nada que ver con la situación de Cataluña”.

En términos parecidos se expresó el primer secretario del PSC, Miquel Iceta, en su cuenta de Twitter. “La sola mención al caso de Eslovenia como vía de solución al problema que tenemos entre manos es un error, un absoluto disparate y una gran temeridad”, dijo. “Estaría bien saber si esta es la nueva hoja de ruta de Esquerra y el PDeCAT. Nos opondríamos de manera rotunda”, añadió.

También la alcaldesa de Barcelona y dirigente de Catalunya en Comú, Ada Colau, urgió a Torra a rectificar “inmediatamente” y consideró que sus declaraciones constituyen “una grave irresponsabilidad”. “Como alcaldesa de Barcelona pido al president Quim Torra y a su Govern que rectifiquen inmediatamente”, escribió Colau en Twitter. En su opinión, “la cohesión social de Cataluña debe estar por encima de las ocurrencias y cortinas de humo para tapar los problemas del Govern”.
Por su parte, la líder de Ciudadanos en Cataluña, Inés Arrimadas, consideró que el presidente catalán es un “peligro público” por apelar a la vía eslovena pese a su “violencia” y pidió a Pedro Sánchez que inicie “el requerimiento previo a la activación del 155”. El presidente del Partido Popular de Cataluña, Alejandro Fernández, exigió a Torra que no se vuelva a atacar a su partido por afirmar que “el separatismo busca la balcanización de España”, después de esas declaraciones de Torra. Actuar como lo hace el PP, añadió, no es “ser radical ni echar leña al fuego”, sino “señalar una evidencia”.

En el mismo acto de Bruselas, el exconsejero Toni Comín abundó en la línea de Torra, un planteamiento que hasta entonces siempre habían orillado los líderes independentistas catalanes. “El tramo que nos queda hasta llegar al final, no tenemos que engañarnos más, será dramático. Ha llegado la hora de pagar el precio alto, injusto, pero inevitable de nuestra libertad”, dijo Comin.


                                                                                               PERE RÍOS    Vía EL PAÍS

DE LAS SONRISAS A LA VÍA VIOLENTA


Torra,durante su reunión el pasado jueves con Borut Pahor, presidente de Eslovenia. EFE / Jordi Bedmar


La frustración por la incapacidad para alcanzar sus objetivos y la firmeza del Estado de derecho han sumido al independentismo en un profundo desconcierto que amenaza con poner en riesgo la seguridad. Aunque los líderes separatistas llevan años blandiendo el falaz señuelo de la "revolución de las sonrisas", lo cierto es que siempre han tratado de imponer su voluntad mediante la presión en las calles y haciendo un uso partidista de las instituciones de un autogobierno que emana, precisamente, de la Constitución que ahora repudia el ultranacionalismo catalán. Sin embargo, el hecho de que el presidente de la Generalitat aliente la violencia de los CDR y abrace la vía eslovena, que es tanto como justificar la violencia con fines políticos, supone la constatación de la extrema gravedad del desafío secesionista. En consecuencia, resulta temerario, no sólo en irresponsable, el oxígeno que Pedro Sánchez se empeña en dar al independentismo por pura ambición de poder.

Que Torra defienda Eslovenia como modelo a seguir para Cataluña resulta alarmante, pero no sorprendente. Otros dirigentes del procés, desde Marta Rovira a Raül Romeva, blandieron en su día la necesidad de calcar los pasos seguidos en Kosovo. Ya no les basta con apelar a los casos de Escocia o Québec, de factura democrática, sino que no muestran reparos en disimular su admiración por procesos, como el de la secesión de Eslovenia de la extinta Yugoslavia, forjados tras una guerra que provocó más de 60 muertos y centenares de heridos, en un contexto bélico y de diferencias étnicas y religiosas que hizo estallar un baño de sangre en los Balcanes. Hay que creerse un iluminado o estar muy despegado de la realidad para reivindicar este funesto ejemplo.

Torra hizo coincidir su viaje a Ljubljana con la orden a su conseller de Interior para que destituya a la cúpula de la policía autonómica tras las cargas de los últimos días contra los CDR, lo que indica que el fanatismo secesionista está dispuesto a convertir los Mossos en una policía política. A ello se suma el corte de carreteras por parte de los cachorros separatistas -ante la pasividad de los Mossos-, la presión a los tribunales a través de la huelga de hambre de varios políticos presos y la amenaza del ex consejero Comín, tras presentar el Consell por la República en Bruselas, pronosticando «un final dramático» para el proceso soberanista.


La división entre ERC y el grupo de Puigdemont es tan acusada y la deriva del Gobierno catalán es tan peligrosa que incluso Artur Mas y Ada Colau han pedido a Torra que recule en sus posiciones. Lo verdaderamente inquietante, en todo caso, es la inacción y sumisión del Gobierno. Sánchez debe aplicar de inmediato el artículo 155. De lo contrario, mañana será tarde. Y las consecuencias pueden ser irreparables si no se frena a quienes anteponen sus objetivos políticos a la libertad y la convivencia.


                                                                                             EDITORIAL de EL MUNDO

domingo, 9 de diciembre de 2018

EL GRITO DE LOS 'BARONES'

¿Temen el resto de "barones" socialistas que el efecto Sánchez se traslade a sus respectivos territorios donde ahora gobiernan? Desde luego que lo temen


Ejecutiva del PSOE-A da la confianza a Díaz. (EFE)


Los más furibundos "sanchistas" se baten a mandoble descarnado contra todo aquel que sostenga que gran parte del varapalo del PSOE en los recientes y aún sangrantes comicios andaluces se debe a jueguecitos que el presidente del Gobierno se trae con sus deudos independentistas. Incluso, niegan en su particular "brunete mediática progubernamental", que existan pactos no explicados y prebendas bajo cuerda.

¿Habría que concluir entonces que el apoyo de los Torra & Junqueras & Cía a la investidura de Sánchez y su mantenimiento en el poder se hace porque creen que el exjugador de baloncesto es una copia de Roosvelt, De Gaspari, Adenauer y Willy Brandt? No lo creo. Si hay alguien que practique con más precisión el 'do ut des' son los nacionalistas e independentistas catalanes. Ejercicio que lo tienen muy ejercitado.

Como ha ocurrido en Andalucía, que siempre fue el predio exclusivo de la socialdemocracia española, habrá mucho voto el 26 de mayo en clave nacional

Lo anterior sirve para ir al meollo de la cuestión. ¿Temen el resto de "barones" socialistas que el efecto Sánchez se traslade a sus respectivos territorios donde ahora gobiernan? Desde luego que lo temen. Pudieran, finalmente, sufrir sus efectos o no, pero lo temen. Javier Lambán en Aragón es el dirigente regional que más ha intentado e intenta poner coto al desvarío. Quizá porque hace "frontera" con Cataluña. Pero ahí están también los Fernández-Vara (Extremadura); Javier Fernández (Asturias) y Emiliano García-Page (Castilla-La Mancha). A ninguno de ellos, como a Susana Díaz, se puede cuestionar su sentido de Estado y su radicalidad a la hora de la pertenencia a un tronco común, claro. Como ha ocurrido en Andalucía, que siempre fue el predio exclusivo e imbatible de la socialdemocracia española, habrá mucho voto el 26 de mayo en clave nacional española.

Desde Moncloa y del vasto aparato mediático pro Sánchez se niega la mayor. Díaz lo ha reconocido y ahora el pánico tras abrir las urnas andaluzas se ha traslado al resto de las baronías que trataron de impedir a toda costa el retorno de la "bicha" a Ferraz.

Alguno, Javier Fernández, quizá el más sensato de los que todavía pululan en la vida pública, han perdido toda esperanza. Otros esperan impacientes a la entrada del V Infierno; parecen que han leído a Dante


                                                                        GRACIANO PALOMO  Vía EL CONFIDENCIAL

UN PRESIDENTE TONTO, OTRO MALVADO Y UN TERCERO TONTO Y MALVADO


Rajoy y Zapatero en el Congreso. EFE


Dicen que Mariano Rajoy fue el jueves la estrella del copetín que siguió a los actos de celebración del 40 aniversario de la Constitución en el Congreso de los Diputados. En el llamado Salón de los Pasos Perdidos, los periodistas se le disputaban en un casi desesperado intento por lograr una frase de interés, no digamos ya un titular. Volvía el nota después del tocata y fuga protagonizado en la tarde noche del 31 de mayo pasado, cuando huyó como un Boabdil del Congreso para empinar el codo en un reservado de la calle Alcalá esquina Independencia. “Rajoy fue el que recibió más saludos y muestras de afecto” decían las crónicas el viernes. Increíble, pero cierto. Maestro en el fútil gallegueo, Mariano regateó a todos y no respondió a nadie, aunque confesó no echar “nada” de menos el ruido político, y aseguró tan campante que ahora se encuentra “muy bien”. “Realmente muy bien”, recalcó con cierto regocijo, una frase que define el grado de cinismo de este desaprensivo responsable de haber dejado a España al borde del caos más absoluto.


España ha sido un país con mala suerte en los últimos 15 años. La masacre del 11 de marzo de 2004 –el gran misterio de una matanza que cambió la suerte de este país, como bien sabían los cerebros que la planificaron- sirvió para entronizar a un idiota en la presidencia del Gobierno, un inmoral que hoy se dedica a sacarle lustre a las botas del dictador venezolano Maduro, se supone que a cambio de un buen estipendio porque los trabajos sucios no suelen hacerse gratis. El 20 de noviembre de 2011, al idiota le sucedió un malvado, una mala persona so capa de esa bonhomía que parece desprender su arquitectura de espantapájaros en medio del trigal, un perezoso aferrado al Poder que no cree en nada, que no tiene ninguna ideología más allá de esa personalidad suya de perfecto presidente de Casino Provincial. Y con la moción de censura hemos alcanzado el cenit de nuestras desdichas, la síntesis perfecta: hemos colocado en Moncloa a un tonto y a la vez malvado, además de un jeta, un tipo al que diariamente sostienen en la Presidencia del Gobierno de España una serie de partidos que se declaran enemigos de España.   

Lo más llamativo, a la vez que preocupante, es que los diputados del PP hicieron el jueves cola en el Congreso para saludar y hacerse fotos con su antiguo jefe de filas, demostración fehaciente de que buena parte del estado mayor del partido sigue siendo rajoyista, a pesar del desastre dejado por el sujeto como herencia a los españoles; estamos ante una gente que se niega a admitir el daño que este triste personaje ha hecho a la derecha civilizada y moderna que precisa España, esa derecha laica y liberal, comprometida con las reformas estructurales sobre la base de una ideología y de un proyecto de futuro para el país. Los diputados del PP corren cual corderitos detrás del patán que ha dejado a su partido reducido a escombros.

Un PP plagado de minas


Y ese entusiasmo que el bergante despierta entre quienes le deben los garbanzos es una mala señal, metáfora de la tenaza que tiene aprisionado a Casado entre la obligación de renegar del pasado para levantar el vuelo de un PP liberado de las ataduras de la corrupción, y la imposibilidad de hacerlo a cuenta de ese campo plagado de minas que sigue siendo el partido, situación que se traduce en que el nuevo líder no se atreve a realizar la crítica integral al periodo (del 2004 al 2018) que merece la mediocridad del personaje, lo cual incrementa exponencialmente las dificultades que tiene para recuperar el voto huido a Ciudadanos y a VOX, porque, de todo punto lógico, ese votante fugado no termina de fiarse de los recién llegados, ¿más de lo mismo?, sobre todo después de episodios tan desgraciados como el reciente reparto de los montes en el CGPJ, llevan ustedes años engañándonos, años traicionando su programa, ¿quién nos asegura que no volverán a hacerlo otra vez?

Es la demostración extrema del deterioro de nuestra democracia de partidos. La crisis del PSOE incubó en su seno a Podemos, hijo natural de la traición de Rodríguez Zapatero, el sembrador de vientos que después de abrir la caja de pandora donde dormían apaciguados los demonios familiares históricos de los españoles tras la aprobación de la Constitución del 78, a última hora se vio obligado a plegar velas, reconocer la dureza de la crisis que negó con saña, y aplicar el ajuste que le dictó Bruselas. Podemos nació con Zapatero y se hizo mayor con Rajoy y su política de alimentar el engendro para terminar de destruir al PSOE como potencial alternativa de Gobierno. Soraya y Mariano se encargan de engordarlo a través de una extensa red de medios, particularmente televisivos, que, además de cegar su propio discurso, ha terminado por dar alas a un monstruo que hoy tiene vida propia y amenaza no ya al PP sino al entero sistema democrático, por obra y gracia de una extrema izquierda comunista convertida en aliado contra natura de esos nacionalismos que pretenden acabar con la unidad de España y la igualdad entre españoles. Es el gran “éxito” de este Rajoy al que los diputados de Casado corren a saludar enfebrecidos. Rajoy engendró a VOX y alimentó a Podemos.

Vox es hijo de la traición de Mariano a los principios que iluminan el frontispicio de cualquier partido sedicentemente liberal, y del incumplimiento de la mayor parte de las promesas incluidas en su programa electoral. De la renuncia a defender la unidad de España y responder al secesionismo con la firmeza que demanda la defensa de la ley y del Estado de Derecho, nace Ciudadanos en Cataluña por el centro derecha y VOX por la derecha más radical. De hecho, el partido de Abascal, cuyo nacimiento hay que datar en origen en el deseo de ocupar el espacio liberal-conservador que Rajoy expulsó del PP en el Congreso de Valencia, se ha limitado a coger por banda buena parte del programa electoral con el que el PP se presentó a las generales de Noviembre de 2011. Hijo de la traición de Mariano, Vox ha ido creciendo después merced al hartazgo de millones de españoles ante el diario espectáculo de la corrupción, la dictadura de lo políticamente correcto y la levedad de esa derecha contemplativa con los que quieren romper España. Como dice Guillermo Gortázar, “si el PP tiene a su lado un competidor se lo debe al 100% a aquel inquilino de la Moncloa que huyó del Congreso en una sorprendente tarde de fin de mayo de 2018”.

Derrota sin paliativos de la izquierda


Lo que jamás nadie pudo sospechar en esta España asolada por una clase política cada vez más inane es que al frente del Gobierno llegaríamos a tener a un personaje encumbrado por los enemigos de la nación, dispuesto a aferrarse al Poder incluso al precio de la ruptura de la unidad de España. Un tipo incapacitado para hacer cumplir la ley en Cataluña, en tanto en cuanto ello implicaría meter en vereda a quienes le han hecho presidente. Dispuesto incluso a jugar a Maduro si necesario fuera, con el respaldo de los sicarios del loco del Orinoco a este lado del Atlántico. El personaje tuvo ayer mismo el cuajo de criticar en Lisboa a PP y Ciudadanos por “apoyarse en fuerzas antieuropeistas para gobernar ciertas regiones de nuestro país”. Lo dice quien diariamente necesita el apoyo de separatistas y filoetarras para gobernar España. Los votantes andaluces acaban de responder tanto descaro como merece. Gregorio Morán escribía ayer aquí que “lo llamativo [de las elecciones andaluzas] es que la derecha se ha hecho reina del juego político y que ha infligido una derrota sin paliativos a la izquierda, que se ha quedado para lamerse las heridas”.

El mensaje que llega de Andalucía parece claro: una mayoría de españoles parece resuelta a confiar en un nuevo Rey y en tres nuevos líderes políticos para que, tras las generales de 2019, pongan manos a la obra y hagan lo que se negó a hacer el miserable Rajoy en 2011: la reforma de nuestra democracia, en lugar de la ruptura que pretenden la extrema izquierda y los separatistas. Una segunda oportunidad para la derecha española. Y un toque a rebato para lo que queda, si es que queda algo, del viejo PSOE, obligado a optar entre continuar ligado a los rufianes o incorporarse a la ola reformista democrática que se anuncia desde el sur. España precisa un partido socialdemócrata alejado de los delirios separatistas y de la extrema izquierda bolchevique.


                                                                                      JESÚS CACHO    Vía VOZ PÓPULI

¿TIENE FUTURO LA ESPERANZA?





El pasado es un recuerdo; el presente, un “visto y no visto”; Y el futuro… ¿Qué cosa es “el futuro” en el ser, el vivir o el existir del hombre? ¿Una indescifrable, insoluble incógnita? ¿Las incertidumbres de lo desconocido? ¿Una pesadilla? ¿Una premonición si acaso, nada exacta?

Lo más conspicuo y aparatoso de la filosofía más actual –esa que abandera la marca de los ritmos de la historia del hombre- lleva tiempo posando en la “nada”, el “absurdo”, la “náusea” y el “tedio”, el pecado o la condena de haber nacido o de ser libres. Y no es raro escuchar ese lamento de cada vez más gente preguntándose ante la infancia y la juventud de hoy por lo que les dejamos tras haber sembrado de sal los campos –prometedores siempre- de la existencia.

La verdad, no parecen tiempos muy holgados para la esperanza.

Puesto a pensar hoy –este segundo dìa de diciembre- en “malicias del día”, dos focos de atención solicitan paso de reflexión a mi corazón y a mi mente. Hay más, pero estas dos me incitan con mayor fuerza. Son ellos, como ciudadano, las elecciones autonómicas en Andalucía: y como católico, el tiempo cristiano del “adviento”, que es de espera porque precede a la memoria anual del “Dios con nosotros” de las fiestas de la Navidad.

Si las elecciones andaluzas llaman a reflexión porque la Política –en el mejor sentido de la palabra- es cosa de todos, la entrada en el “adviento” es, en cristiano, como un revival agudo de la esperanza; y pienso yo que –en estos tiempos convulsos del mundo y de la sociedad- algo de buena esperanza no viene mal del todo; sobre todo para quienes, siendo o llamándose católicos, o asisten –rebeldes y reacios- a las diuturnas befas a la religión (que evidentemente se pasan de la laicidad yendo a un laicismo repulsivo por anti-humano antropológicamente), o –por eso y por otras cosas como la decristianización galopante de la sociedad posmoderna- pueden sufrir la tentación de sentirse o incómodos o desesperanzados.

Las elecciones de hoy en Andalucía dan para pensar un poco.

Cunde en el pueblo llano la sensación de que “todos son iguales”; todos corruptos, o por la”pasta”, o por las otras corrupciones –no menores, a mi ver- por mentir y engañar, por incumplir las promesas y faltar a la palabra como lo más natural del mundo, por versátiles o farsantes. 

Crecen la decepción y la desconfianza respecto de la política y de los políticos y, en la medida de ese crecimiento, afloran o el no votar o asirse al recurso de votar, no “a favor” sino “en contra”, lo que mi gran amigo francés Carlos de Launet aconsejaba como recibido de su abuelo, demócrata él, pero desencantado de los sueños con la democracia, puede ser la acertada.

Ante unas elecciones políticas, las que sean; en la situación real –de aquí y ahora- que ofrecen los partidos y la clase política, no es vana seguramente la ocurrencia de excogitar las distintas actitudes o intenciones de los políticos, al abrirse a esta opción de vida. Bien pueden deducirse de considerar, y no de espaldas a las reglas de la lógica, por qué se entra hoy en la política.

La política, que es –no se olvide- una actividad noble, aunque subalterna, del hombre; “una saludable fuerza de que no podemos prescindir”: de la que no le es legítimo dimitir sin dejar de ser un ciudadano responsable y con aspiraciones de libertad, corre –por lo que se ve ahora y a diario- el riesgo verosímil de caer de hecho en el “morbo gravísimno” de convertirse en el “imperio de la mentira” (Ver J. Ortega y Gasset, El Espectador, Perspectiva y verdad, Obras Completas, ed. Alianza Esdit, Madrid, 1998, p. 16).

Cuatro vías de motivación y, correlativamente, cuatro clases de actitudes parecen a los ciudadanos del montón, que son los más, las que más abundan. 

Hay personas que, viendo en la polìtica un deber cívico, van a ella y la viven como un deber. Hay otras que la toman con veneración y un alto honor. Pero no faltan muchos más –por desgracia para la sociedad y el bien de todos- que la miran como una bicoca o negocio; sin que falten incluso quienes acuden a ella para evacuarse de verdaderos o fingidos e internos reclamos narcisistas.

Como –por lo que se ve y se oye- las dos últimas clases son las que –en estos tiempos- con profusión copan el terreno, creo, por una parte, que hay que ir a votar para no dejar el terreno libre a los mercenarios y aprovechones; aunque creo, a la vez, que hay que seguir el consejo del abuelo de Carlos y votar, por principio, “en contra”; lo cual sería votar a favor del que parezca menos malo para el bien común y de todos. 

¿Qué no es lo mejor? Por supuesto que no; pero bien se sabe que hay coyunturas –y la presente pudiera ser una de ellas- en que lo mejor puede revelarse enemigo de lo bueno. Y puede no estar de más pensar, antes de obrar, en todo y en la política también, que vale más lo malo conocido que lo mejor por conocer, como reza el refrán. Y no será “maquiavelismo” político sino “gramática parda”, esa fina habilidad –fruto de la experiencia desencantada- buscada para no “dejarse del todo la piel” en situaciones-límite.

Y me da también, esta mañana de diciembre, para pensar un poco la entrada en el tiempo cristiano del Adviento.

Ante las cuatro semanas litúrgicas hasta la Navidad, hago valer una idea preferente que expresan estas semejantes frases. Porque tenemos esperanza, aún podemos tener respuestas. Los que aún tenemos esperanza, no hemos perdido la capacidad de tenemos capacidad de dar respuestas. O, incluso, gracias a la esperanza, son posibles les respuestas.

No me canso de repetirlo porque salta a la vista. Somos pocos, y mañana es muy posible que vamos a ser menos. He de confesar que nunca he sido ni un fervoroso ni siquiera un goloso de las unanimidades, porque me parecen engañosas en su contraste con la libertad del hombre; pero también porque prefiero siempre la calidad a la cantidad, e incluso me parece más humana y válida para dar la versión de lo más auténtico del ser humano en sociedad la psicología de las minorías que la de las mayorías, y ello, no tan sólo por lo que augura Ortega cuando señala que “en ocho” ha de haber –verosímilmente- más necios que “en dos”, sino porque el sentido de sentirse minoría añade un plus de coraje y valor a la obra que se tiene entre las manos. Es dato de experiencia sociológica.

Y en lo referente al catolicismo, es digna de ser reflexionarse un poco la idea de J. Delumeau, al referirse al declive del secularismo francés sobre la religiosidad francesa: “Sebbene i suoi effetti abbiano fatto diminuire la pratica religiosa della maggioranza dei francesi, au¬mentò però, come è stato scritto, il fervore della minoranza” (Cfr J. DELUMEAU, Le catholicisme entre Luther et Voltaire, Paris, PUF, 1971, 330, nota 17).

En definitiva. Creo que no se puede olvidar esa verdad humana tan veraz para casi todo lo humano y la salida indemne de las encrucijadas del hombre y de la historia; esa que augura que gracias a la esperanza tenemos respuestas.

Ante los que bien parecen callejones sin salida; ante los malos y hasta pésimos augurios, ante la certeza de que “nos estamos cargando la naturaleza…; leyendo y releyendo los textos bíblicos del inicial domingo del Adviento…; contrastando una cosa con otra; ¿no se nota un olorcillo a “apocalipsis”?. Se dice que, leyendo “Hambre” de Knut Hamsun, entran ganas de comer. San Lucas, este domingo, sin dar fechas, en muy gráfico al anunciar señales.

Ahora que tanto se pregunta por el futuro de cosas y personas: si tienen futuro el hombre, la verdad, la democracia y la libertad, o la vida incluso sobre la tierra, preguntarse por el futuro de la esperanza puede no ser baladí, si se tiene en cuenta que la esperanza es, como muestra certero W. Shackespeare (Medida por medida, III, 1), la casi única medicina que “los desgraciados” de todas clases tienen en esta tierra.

Para cerrar, amigos, y antes de contestar cada uno a la pregunta del encabezado -si tendrá futuro la esperanza en estos tiempos que bien parecen de “apocalipsis” o asimilados y dónde pudiera estar la clave del mismo-, rememoremos la poética referencia de Alfred de Musset a la esperanza en Dios: “Une immense espérance a traversé la terre; malgré nous, vers le ciel il faut lever les yeux” – Una inmensa esperanza ha cruzado la tierra; a pesar nuestro, hay que elevar al cielo la mirada.

Ha llovido, y a mares incluso, desde que De Musset (1810-1857) inspirase sus Poesies nouvelles. Hoy que arrecian y asustan las riadas y apabullan los ciclones y las borrascas tropicales y no tropicales, y hasta los más optimistas del mundo se alertan y piden cautelas urgentes ante lo que parecen nuevos signos de los tiempos, pueden no estar de más los avisos a navegantes, vengan de donde vengan, hasta los que puedan tener mala prensa.

Puede que –hoy- atreverse a mirar al cielo sea menos una beatería que un aceptable encaje de la esperanza en aras de respuestas que no tenemos pero seguramente necesitamos. A más de un ateo confeso he oído decir que, si hay razones para negar a Dios, hay otras tantas o más para admitir su existencia.
Adviento es esperanza. Y esperar es necesario cuando aprietan los zapatos, los de cualquier zapatero, desde los que se compren en unos grandes almacenes, hasta los de cualquier otro signo y condición.


Esperemos, pues, aunque mirando bien dónde se pone el ojo. Va mucho en ello; a todos.


                                SANTIAGO PANIZO ORALLO Vía PERIODISTA DIGITAL

VOX Y EL NUEVO TRIPARTITO ANDALUZ


/ULISES CULEBRO


Otros días vendrán es una sugestiva película del director barcelonés Eduard Cortés que narra la peripecia de una profesora de instituto -madre separada que cuida de su padre enfermo de alzhéimer- que se ve envuelta en una tumultuosa relación por internet con un menor obsesionado con ella. Fernando Guillén, fallecido hace unos años, encarna el anciano que, en su senilidad desasistida de memoria, se guía por la casa entre pequeños letreros con el nombre de las cosas.

Un buen día, este náufrago del tiempo se planta ante el empañado espejo del cuarto de baño y atina a descubrir la identidad de ese desconocido que le mira desde el cristal con la barba enjabonada. En un chispazo de lucidez, se reconoce en el extraño. Con pulso tembloroso, acierta a garabatear sobre el humedecido vidrio: "¡Yo!". Lo hace temeroso de que, en un tris, se evapore el rostro rescatado del pozo de la desmemoria. Cuando la cámara filma un primer plano de su cara, su lagrimal recobra un cauce tantos años seco y la gota llorosa resbala abriéndose paso por su árida mejilla.

El asombro de aquel enfermo de alzhéimer cuando su desconocido yo relampaguea en el espejo es similar al de muchos andaluces al centellear una mayoría de cambio en las urnas de este 2 de diciembre. Por vez primera en 40 años de autonomía, esa mayoría no tenía por qué pasar ineludiblemente por el hasta ahora partido único de Gobierno. El PSOE podía pasar a la oposición al no valerle esta vez muleta alguna -IU, PA o incluso Cs en anteriores legislaturas- para frenar su progresivo declive, tras dos décadas de mayorías absolutas.

Cuando parecía regir en Andalucía lo dicho sobre México por Jean-François Revel, uno de los grandes intelectuales del siglo XX, en el sentido de que en la "dictadura perfecta" del PRI amaban a los ladrones de lo público y los votaban en homenaje al virtuosismo que acreditaban en esos hurtos al erario, muchos votantes se han desembarazado de la acción corruptora del poder ejercida por el PSOE con la ayuda de poderosos instrumentos propagandísticos como Canal Sur y su proyección del régimen andaluz como el mejor de los mundos posibles.

Por eso, si no quieren traicionar los votos recibidos ni el compromiso adquirido, el PP y Ciudadanos deben forjar el Gobierno de cambio que han dispuesto las urnas, una vez que Susana Díaz ha perdido el órdago plebiscitario que lanzó anticipando unos comicios que le libraran del pedrisco desatado por Pedro Sánchez con su alianza con el populismo neocomunista y el independentismo a fin de llegar a La Moncloa con 84 escaños de nada.

Esa extrema unción ha sido juzgada inadmisible por la comunidad que siempre votó socialista como ninguna y se ha convertido casi en su extremaunción. Ello ha hecho que se derrame ese vaso de la paciencia que, con una corrupción institucionalizada -con dos ex presidentes sentados en el banquillo durante la campaña electoral-, ya estaba a punto de desparramarse. No ayudó nada la sublime arrogancia de una presidenta que no aprendió lección tan básica ni cuando fue humillada en las primarias socialistas al querer ganarlas bajo palio. En un caso, redujo Andalucía a Canal Sur; en el otro, el PSOE a sus barones.

Ciertamente ese Gobierno de cambio de PP y Cs, en el tanto montará el uno como el otro bajo la Presidencia de Juan Manuel Moreno Bonilla, al que Dios ha venido a ver con la peor cosecha electoral del PP, sólo es factible si se suma un inesperado invitado. Si bien se especulaba con que Vox tendría asiento en el antiguo Hospital de las Cinco Llagas, sus expectativas se han disparado a 12 escaños gracias al efecto llamada dispensado primordialmente por la propia Díaz tratando de fracturar el voto del centroderecha y así dejar otra vez en la estacada la posibilidad de alternancia al sur de Despeñaperros.

Vox, que dudó en concurrir, estaba predestinado a recoger el desgaste de un PP que, con un líder nacional por consolidar, se había dejado por el camino parte de su identidad y sus principios más genuinos en el mandato de Rajoy. Para colmo, la aplicación timorata del artículo 155 de la Constitución, cuando al ex presidente ya no le quedó otra debido a la proclama golpista del separatismo catalán, y sus titubeos sin fin le reportaron un protagonismo añadido a Vox, al ejercer con éxito la acusación particular en la causa judicial contra los artífices del 1-O.

Si Podemos congregó a los indignados de la crisis económica y de la corrupción, Vox se ha beneficiado de la inoperancia de los dos grandes partidos nacionales frente al desafío independentista, junto a la renuencia de éstos a afrontar problemas fuera de la agenda pública, pero sí en las conversaciones de la gente que convive puerta con puerta con los mismos. Visto con perspectiva histórica, se diría que se asiste a una vuelta al mapa político preconstitucional con la refundación populista del Partido Comunista de Santiago Carrillo y de la Alianza Popular de Manuel Fraga.

Es verdad que Podemos reniega tanto de la reconciliación nacional expresada en la ejemplar declaración del PCE en 1956 donde se estipulaban las bases para superar el cainismo que abocó a la fratricida Guerra Civil como de la asunción de la bicolor enseña carolina tras su legalización en el Sábado Santo Rojo de abril de 1977. Por su lado, Vox entraña la reposición 3.0 de la AP de Fraga, que no era menos rotunda y populista (garbancera) que Vox y Abascal para su tiempo.

Esa regresión se ha visto facilitada por el enmohecimiento del PP que supo reunificar a todo el centroderecha con Aznar, pero que ha dejado desguarnecido sus flancos derecho (Vox) e izquierdo (Cs). La gran diferencia -lo que habla del retroceso democrático y de la convivencia al cabo de 40 años- estriba en que Pablo Iglesias, perjurando de la España constitucional que cimentaron los comunistas de entonces, no se dejaría presentar por Abascal, como sí hizo Carrillo con Fraga en su histórica conferencia de octubre de 1977 en el madrileño club Siglo XXI. Más bien lo proscribiría.

A esta reconfiguración del mapa político ha coadyuvado la desnacionalización del PSOE a raíz del aterrizaje de Zapatero y su entente con el nacionalismo -formalizada en el Pacto del Tinell de 2003- para tender un cordón sanitario en derredor del PP, de modo que la derecha sólo pudiera retornar al Gobierno con mayoría absoluta. Esa ruptura con el PSOE de González obró el nacimiento en Cataluña -allí donde el maridaje con el nacionalismo hizo al PSC indistinguible- y su posterior extensión a toda España de Cs, favorecido igualmente por el aguado de un PP al que el pragmatismo de Rajoy hizo incoloro, inodoro e insípido.

Primordialmente, Cs y Vox son hijos naturales de la falta de reacción al problema nacional de los dos grandes partidos paradójicamente nacionales (PSOE y PP, respectivamente). Así lo ha entendido el electorado, por mucho que sus damnificados no quieran ver el fondo del asunto y prefieran tacharlos de aquello que les plazca para desahogar su frustración.

Incluso se incurre en el esperpento de que dos socialistas antinacionalistas (Valls y Borrell), al ser boicoteados los actos que desarrollaban en Barcelona y Bruselas por la extrema izquierda independentista, miraran para otro lado endosando los mismos al clima supuestamente creado por un partido que acaba de aflorar y que todavía está por granar como Vox. Una burda coartada para buscarse su equidistancia con secesionistas declaradamente xenófobos y supremacistas que proceden, sin rehusar a la violencia, contra el resto de españoles como si fueran extranjeros en su propia tierra.

Por descontado, Vox es un melón por calar en cuyo seno pueden cohabitar como en la AP tanto quienes dieron su sí a la Constitución, quienes se lo negaron u optaron por abstenerse. No obstante lo cual, más allá de los prejuicios y apriorismos, nada hasta ahora lo inhabilita para que sus ineludibles votos se añadan al PP y Cs para facultar la alternancia en Andalucía. ¿Acaso es de mejor naturaleza que Vox la marca andaluza de Podemos para que el PSOE se fosilice en el poder otros 40 años, al modo del PRI mexicano, cuando la líder de Adelanta Andalucía, Teresa Rodriguez, comenzó a asaltar los cielos participando en la destrucción de la histórica puerta del Rectorado de la Universidad de Sevilla en 2002 y convocó protestas contra el desenlace electoral la misma noche de autos al verificarse su sonado fiasco, tras dejarse 300.000 votos en el envite? Un hecho insólito en la España democrática y claramente importado de ultramar.

La realidad, por compleja que sea, hay que hacerse cargo de ella. Esa vicisitud plantea dilemas como el de Vox y que hay que afrontar olvidándose de frentismos que obnubilan la mente y cierran la razón. A este respecto, el gran intelectual canadiense Michael Ignatieff, en su obra Fuego y cenizas, donde biografía su experiencia en la política, concluye que no es posible refugiarse en la pureza moral si se quiere lograr algo, pero tampoco sacrificar todo principio.

Ateniéndose a ello y partiendo que la política es el arte de lo posible, PP y Cs deben elucidar esa disyuntiva mediante un pacto a tres en el que los puntos cardinales sean los propios de un sistema democrático. Nada que ver, obviamente, con el sectarismo de cierta izquierda totalitaria que se arroga el derecho del que carece a dispensar patentes de demócrata. Sin duda, esa izquierda reaccionaria ha descubierto que etiquetar es la forma más cómoda de no querer entender el mundo.

Por tanto, PP y Cs deben atenerse a la celebérrima máxima de que los compromisos obligan: Pacta sunt servanda, y más cuando se contraen abiertamente con el cuerpo electoral. Un PP que anda tratando de recuperar el prestigio perdido y un Cs que no se puede permitir perderlo, si no quiere quedarse a mitad de su andadura, deben hacer un ejercicio de madurez para que Andalucía ande y luzca de veras.

Merced a ello, quebrando una dinámica de años de rutina en los que se había hecho costumbre votar al PSOE, otros días llegarán a Andalucía, una vez que una mayoría de sus ciudadanos han escrito yo con su papeleta, reconociéndose nuevamente a sí mismos, como el anciano amnésico de la película de Eduard Cortés. Caso de no dar el exigido paso adelante, Andalucía sería la tumba del centroderecha, como lo fue para la UCD convocar un referéndum autonómico el 28-F de 1980 para abstenerse. Aquella enseñanza no debiera olvidarse.


                                                                                          FRANCISCO ROSELL  Vía EL MUNDO