Translate

domingo, 16 de enero de 2022

EL ESTADO REAL DE LA NACIÓN

Vuelve el pesimismo. "Enero ha arrancado fatal y la cosa no irá a mejor", escribía aquí ayer José Alejandro Vara. "Una polarización indeseable, una vocación antagónica, que trabaja mucho más para agudizar los disensos que para construir consensos, hace que la política resulte objetivamente tóxica para la sociedad y para el progreso; afecta a la convivencia, paraliza al país, mata las reformas necesarias antes de que nazcan, y nos convierte en un país de segundo nivel en la escena internacional". Es una frase tomada del excelente artículo que el jueves firmaba José María Múgica en este diario, aludiendo a la debilidad de nuestro sistema democrático. Pasó la Navidad y su obligado buenismo, y vuelve el pesimismo, la sensación de que esto no tiene arreglo, de que tenemos dos años por delante de puro nihilismo, de enfrentamiento agraz y deterioro institucional. Un país sin perspectiva. "España en Perspectiva. El estado real de la nación" es, sin embargo, el trabajo que el Foro de la Sociedad Civil, una de esas instituciones ("fundada en 2008, autofinanciada por sus socios, y cuya misión es contribuir con rigor e independencia intelectual a la mejora de la calidad de nuestras instituciones políticas") dedicadas a dar fe de la existencia de esa ciudadanía tan a menudo desaparecida del debate español, acaba de publicar, fruto del trabajo de un numeroso grupo de expertos, para ofrecer a lo largo de más de 300 páginas "un extenso catálogo de cuadros y gráficos provenientes de fuentes diversas y acreditadas, nacionales e internacionales, que muestran el país tal como es, en sus logros y en sus carencias". Una obra de consulta imprescindible desde la que abordar, "más allá de la habitual cacofonía que transmiten los altavoces de la política", cualquier debate racional que pretenda diagnosticar los males del país y proponer soluciones de consenso alejadas del frentismo que actualmente nos consume. Pasó la Navidad y su obligado buenismo, y vuelve el pesimismo, la sensación de que esto no tiene arreglo, de que tenemos dos años por delante de puro nihilismo y deterioro institucional. Un país sin perspectiva Y lo que se deduce de este informe es que España es un gran país, cosa que desde luego ya sabíamos pero que a menudo tendemos a olvidar en parte por esa pulsión negativa tan ligada al alma hispana ("si habla mal de España, es español"). Un país moderno. España se encuentra situada entre los países más ricos del mundo, si bien hemos perdido posiciones desde la gran crisis de 2008. En términos de calidad de vida, riqueza patrimonial, paisajística y dotación turística, España está considerada como uno de los mejores países del mundo para vivir y trabajar, a lo que contribuye un bajo índice de criminalidad. En salud destacamos en todas las facetas, y no solo por resultados, sino también en eficiencia de la gestión. En progreso social ocupamos una posición mucho mejor que en renta per cápita, siendo uno de los seis grandes países mejor valorados. La dotación de infraestructuras, factor esencial para la vertebración de la prosperidad, sitúa a España como uno de los más avanzados, con buenas redes de transporte terrestre, marítimo y aéreo. En cuanto a las infraestructuras digitales necesarias para la Sociedad de la Información, disfrutamos de un claro liderazgo europeo. Quizá el perfil más preocupante de este gran país no exento de problemas, como cualquiera de los de su entorno, resida en lo que los redactores del "España en Perspectiva" llaman la "Calidad Institucional" (página 265 en adelante), materia en la que "tenemos un comportamiento dispar". Los numerosos gráficos que la obra incluye sobre la calidad de nuestro Estado de derecho colocan a España entre la veintena de países mejor valorados. La democracia española, en efecto, "ocupa la posición 22 dentro de las 23 democracias plenas del mundo", siempre lejos de los países punteros en la materia (Noruega, Dinamarca y Finlandia), aunque bien posicionado en derechos fundamentales, por encima de países como Francia, Japón o Estados Unidos. Los datos de World Justice Projet en los que se basan las tablas y gráficos del informe están, sin embargo, lejos de reconocer el creciente deterioro que en lo que a "calidad institucional" se refiere viene experimentando nuestro Estado de derecho desde la llegada al poder de Zapatero en 2004, situación que empeoró con el obtuso Rajoy y amenaza culminar con el infame Pedro Sánchez. La percepción de la calle sobre la calidad de nuestras instituciones, muy mermadas en su prestigio por todo tipo de escándalos, no coincide con el panorama relativamente "confortable" que presenta el estudio del Foro de la Sociedad Civil. Para empezar, no está claro que la igualdad de los ciudadanos ante la ley sea una realidad y mucho menos lo está la separación de poderes, las dos señas de identidad de todo Estado de derecho que se precie. El poder judicial resiste a duras penas el permanente asedio al que le tiene sometido el ejecutivo (la última batalla, también la definitiva, que le queda por ganar a Sánchez para dar carta de naturaleza al cambio de régimen consagrado en la Constitución del 78), con el CGPJ como bastión resistente. Es una constante en el Gobierno Sánchez: el intento de instrumentalizar la Justicia al servicio de los intereses del partido, en general, y del propio presidente, en particular Los cuatro principios universales del Estado de derecho (rendición de cuentas, leyes justas, Gobierno abierto y mecanismos accesibles e imparciales para resolver disputas) que define el World Justice Projet están sometidos no solo a fuertes interrogantes sino a pruebas fehacientes en contrario que desvirtúan su formulación práctica. El Gobierno ha recibido en fecha reciente el reproche del Constitucional por haber cerrado ilegalmente el Parlamento con motivo de la pandemia, evitando así la obligada rendición de cuentas. Las leyes ni son claras, ni estables, ni públicas y a veces ni siquiera justas. Para muestra, un botón tan reciente como el rechazo por el CGPJ este viernes del anteproyecto de Ley de Vivienda, ley "estrella" del Ejecutivo, rechazada por "falta de calidad técnica", "ausencia de fundamentos científicos" y "sesgo ideológico de su contenido". Es una constante en el Gobierno Sánchez: el intento de instrumentalizar la Justicia al servicio de los intereses del partido, en general, y del propio presidente, en particular, y su agenda de ocupación del poder, una de cuyas piezas maestras es una Fiscal General socialista, exministra de Justicia, que hoy avergüenza a la práctica totalidad de jueces y fiscales en activo. La producción legislativa de este Gobierno, muy escasa -consecuencia de su debilidad parlamentaria, Sánchez prefiere gobernar mediante el uso y abuso del Decreto Ley- se ha caracterizado por la pobre calidad técnica -sobre todo las que salen de los ministerios controlados por Podemos- sacrificada siempre a la ideología, y la presencia de contradicciones e incoherencias sin cuento, perceptibles hasta en el propio BOE. La seguridad jurídica, imprescindible para atraer inversiones, se resiente gravemente. Por lo demás, no pocas de las grandes causas abiertas en la última década, ligadas a escándalos de corrupción, siguen activas por mor de su utilización en la lucha partidaria, en procesos que se eternizan para dar la razón a esa sentencia que afirma que "nada se parece tanto a la injusticia como la justicia tardía". La presunción de inocencia está más que en entredicho, cuando no las propias garantías procesales, en macrojuicios que a menudo se instruyen directamente sobre la base de los informes, infumables las más de las veces, elaborados por UCO y UDEF partiendo de meros recortes de prensa y deducciones sin lógica aparente. Tal vez lo anterior hubiera resultado ocioso si hubiéramos empezado por decir que habitamos un país en el que la ley sencillamente no se cumple en algunas partes de su territorio, caso flagrante de la Cataluña nacionalista, donde una Generalidad en manos del separatismo se pasa por el arco del triunfo las decisiones tanto del Supremo como del Constitucional. Un caso único en el concierto de las naciones desarrolladas, como lo es el hecho de que una familia castellano parlante no pueda educar a sus hijos en la lengua oficial abrumadoramente mayoritaria del Estado. Para muestra, otro botón: la decisión, conocida este jueves, del director del instituto público Lacetània de Manresa de negarse a cumplir, siguiendo directrices de la Generalitat, la sentencia del Tribunal Supremo que obliga a impartir un 25% de clases en castellano en los colegios de Cataluña. Con el Gobierno Sánchez callado cual muerto. Lo cual nos lleva aguas arriba a la verdadera raíz del problema, el drama que aflige a una España que, lejos del relativo desahogo en que navega por los cuadros estadísticos nacionales e internacionales, lleva desde 2004 deslizándose por la pendiente que conduce a su autodestrucción, incapaces los Gobiernos centrales de hacer cumplir la ley, lo que en definitiva supone la renuncia a defender la democracia y la Constitución de la que es garante. La realidad indica que nuestro Estado de derecho se ha dejado ya demasiados pelos en la gatera del incumplimiento de las leyes, la separación de poderes y la transparencia gubernamental El nudo gordiano de la crisis española tiene nombre propio, Pedro Sánchez Pérez-Castejón, y nombre colectivo: Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Estamos ante un político que ha institucionalizado la mentira como forma de Gobierno y que, en el otoño de 2016, fue expulsado de la secretaría general del PSOE por su dirigencia ante el temor de que, en caso de llegar al poder, terminara haciendo lo que finalmente hizo: aliarse con los enemigos declarados de la España constitucional para gobernar. Un presidente de Gobierno rehén de sus socios parlamentarios. Con todo tipo de rufianes calentando escaño en el parlamento de la nación. Este viernes, dos miembros del Ejecutivo, Joan Subirats e Irene Montero, insistían en pedir un referéndum en Cataluña para decidir su relación con el resto de España. Ante, de nuevo, el estruendoso silencio del presidente cautivo. Hay otras cuestiones, caso de la corrupción, donde tampoco la percepción de la calle coincide con la aparente comodidad con la que España camina por los rankings internacionales. De modo que sí, España puede seguir figurando entre las "democracias plenas" (con Francia, Italia y Portugal en la categoría de las "defectuosas"), pero la realidad indica que nuestro Estado de derecho se ha dejado ya demasiados pelos en la gatera del incumplimiento de las leyes, la separación de poderes y la transparencia gubernamental, entre otras cosas, para seguir siendo considerado como tal. El país sigue reclamando su gran revolución emprendedora, algo que pasa por prestigiar socialmente la función del empresario "La imagen que surge espontáneamente de los datos aquí recogidos", asegura el informe "España en Perspectiva", "es la de un país que ha mejorado mucho y consistentemente respecto a las crisis de los siglos XIX y XX; un país europeo más, cuya sociedad compleja y sofisticada está preparada para enfrentarse a los retos de nuestro tiempo". Un país que, ciertamente, en nada se parece al pobre de solemnidad que sobrevivió a la Guerra Civil, pero que en los últimos tiempos, y como si de pronto hubiera decidido abrir la caja de los truenos donde dormitan nuestros tradicionales demonios históricos, parece empeñado en pegarse un tiro en la sien. Los desequilibrios no han desaparecido. Afrontamos un problema demográfico de primer orden. La devaluación de la educación con fines puramente ideológicos es una deriva a la que un país responsable de su futuro debería poner coto inmediato. El desempleo sigue siendo nuestra mayor lacra social. La deuda pública se yergue como una gran amenaza para las generaciones futuras. Las crisis internacionales nos afectan más que a otros. Las políticas populistas nos apartan de las sendas de la convergencia en periodos críticos. El país sigue reclamando su gran revolución emprendedora, algo que pasa por prestigiar socialmente la función del empresario. El Foro de la Sociedad Civil que preside Jesús Banegas, y en el que se integran más de cien españoles de alto perfil profesional y académico, ha cumplido su misión al introducir en la tópica discusión en torno a "los males de España" un poco de objetividad sobre la dimensión real de nuestros problemas, apuntando dónde se encuentran y avanzando posibles soluciones. Más que nunca llega la hora de los españoles, la hora de una ciudadanía obligada a movilizarse para defender la democracia, que es quizá el gran mensaje que subliminalmente desliza el encomiable esfuerzo de este Foro al embarcarse en la tarea de editar esta "España en Perspectiva". Movilización como un imperativo mandato ético, en línea con la conocida sentencia de Burke según la cual "lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada". Movilizarse porque, como afirmaba ayer José María Múgica, "los partidos centrales (que no de centro), por la izquierda o por la derecha, no tienen ningún derecho para poner en peligro las reglas del juego democrático que consagramos a través de la Constitución de 1978". Movilizarse para, por los cauces reglamentarios, retirar de la circulación a la infame clase política que padecemos haciendo posible el surgimiento de nuevos liderazgos. JESÚS CACHO Vía VOZ PÓPULI

domingo, 2 de enero de 2022

Sánchez emula a Erdogan

Por FRANCISCO ROSELL Vía EL MUNDO
ULISES CULEBRO Hace unas semanas, el periódico turco Yeniçag anticipó minutos antes de celebrarse la rueda de prensa con el presidente Erdogan, quien marchaba rumbo a Qatar, cuáles serían las preguntas que se le iban a plantear, así como sus encargados, al dictado del mandatario. Mientras su economía se hunde por los daños que le inflige su negligencia, un imperturbable Erdogan respondió a su propio cuestionario como si le fuera desconocido. La filtración acreditaba una anomalía conocida en un país en el que muchos medios declinan interpelar al Gobierno para ser su amaestrada voz. Como en el relato de Allan Poe en el que el mejor método para esconder la carta robada de las estancias reales era dejarla sobre la mesa a la vista de quienes se empecinaban en buscarla oculta en algún recóndito cobijo. Si esto sucedía en la Turquía de Erdogan, otro tanto acaecía este miércoles en La Moncloa agravando la deriva del estado de alarma que, sobre la premisa de luchar contra la covid, Sánchez explotó para arrogarse potestades cesáreas que le recriminó el Tribunal Constitucional. Para su balance de fin de año, cual remedo del tribunal que pasó por alto su plagiada tesis doctoral, Sánchez usó a seis gacetilleros afines -como en el estado de alarma, provocando un plante en junio de 2020- para que le regalaran el oído con las preguntas del gusto y gana de quien se autoevaluó, pese a sus inobservancias, con un sobresaliente remarcado bajo el pomposo rótulo de «Cumpliendo». Como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela. A modo de espejo donde asomarse cual petulante Narciso, el cartel a sus espaldas proyectaba una realidad que niegan ojos y oídos en parangón con la distopía orwelliana de 1984 en la que el Gran Hermano ejerce, desde una telepantalla omnisciente y manejo del neolenguaje, el control sobre la esclavizada Eurasia. Asumiendo el papel de figurantes, esos medios se prestaron a ponérselas a Sánchez como a Fernando IV sus cortesanos para no perder el favor de aquel monarca tan buen aficionado al billar como pésimo jugador. A diferencia de Erdogan, Sánchez no se anduvo con disimulos y sólo faltó largarles a los susodichos aquello de Chumy Chúmez de «me alegro de que me haga la pregunta que le acabo de dictar». Sin que quienes se sumaron al cotillón presidencial adoptaran, al menos, el cinismo del entrevistador por excelencia de la TVE franquista, Victoriano Fernández Asís, con muletillas del tenor de «no es menos cierto, señor ministro», con las que salvar la cara. Si el gobernante opta por construir hechos alternativos para soslayar la ingrata realidad, si la Prensa declina de su deber de esclarecerla y la opinión pública se desentiende de ella, como avisa el historiador estadounidense Timothy Snyder en su ensayo Sobre la tiranía, tales desistimientos resquebrajan la libertad hasta ponerla en riesgo. A juicio del catedrático de Yale, la verdad muere de cuatro maneras reconocibles en una España en la que el Gobierno ha dado prioridad a lograr, más que la inmunidad de grupo con la covid, la impunidad del grupo cloroformando a la sociedad para que todo le esté permitido al bloque de poder. A saber, la primera de esas causas sería la hostilidad a una realidad verificable, como ejemplificó el miércoles Sánchez. La segunda, el encantamiento con los chamanes que brindan el cielo arrastrando al infierno. La tercera, la aceptación descarada de las contradicciones como si fueran patrones de coherencia que, por ejemplo, les hace vender como éxito faltar a su palabra de derogar íntegra la reforma laboral del PP cuando el sostén de sus pilares era una exigencia de Bruselas para los fondos europeos post-covid, o de frenar la subida disparada de la luz retrotrayendo su precio a 2018, que ya fue de récord como para merecer la dimisión de Rajoy, según Sánchez, lo que suponía querer tapar el sol con un dedo. Y, la cuarta, a modo de remate, encomendarse a quienes se adueñan de la voluntad del pueblo fiados en que «esto aquí no puede ocurrir». Justo esto último era lo que inferían los venezolanos ante la deriva dictatorial de Chávez o los cubanos con Castro. Pero antes los españoles de aquella «República sin republicanos» en la que se hacía por lo general el cálculo de que nada terrible habría de acontecer porque «esto no es Rusia», mientras todo se hacía Rusia y «precisamente lo que no había en nada de aquello era España», según certificó en carne propia -como tantos otros- el cronista parlamentario y escritor Wenceslao Fernández Flórez asistiendo al terror de aquellos años. Cuando el ciudadano no discierne entre lo que se quiere oír y lo que realmente oye -concluye Snyder-, se rinde a la tiranía de aquellos a quienes ha otorgado el poder presuponiendo que, al acceder democráticamente al mando, respetaran las instituciones olvidando que «la historia no se repite, pero sí alecciona». Así, cuando el panorama se nubla como en España -en el plano político, entregada a quienes procuran la destrucción de sus instituciones y de la nación misma; económico, relegada a la cola de la recuperación con tasas de déficit y de deuda sólo sostenibles por el euro del que carece Turquía, así como con la inflación más elevada en 30 años; y sanitario, con la variante ómicron pulverizando los contagios del covid-19 en un país que ha enterrado alrededor de 100.000 personas a cuenta de la pandemia-, el recurso al mal menor es muy tentador. En pos de alivio y tregua, demasiadas veces no deja de ser un trampantojo que alarga ese calamitoso estado de cosas, en vez de hallarles remedio y cura. Al fin y al cabo, no deja de ser otro mal con sus efectos y secuelas. Es la socorrida apelación al «Virgencita, que me quede como estaba» que puso en boga en el Siglo de Oro el poeta y escritor hispalense Juan de Arguijo con su relato sobre don Diego Tello. Según narra en su obra Cuentos, al perder este caballero sevillano la visión de un ojo refinando pólvora, acudió a la capilla de la Virgen de la Consolación para que un milagro sanara su maltrecho ojo. No cavilando mejor majadería que untar ambas pupilas con aceite de una lámpara del templo, notó al intentar abrirlos con que no veía ni por el bueno ni por el malo, exclamando: «¡Madre de Dios, siquiera el que traje!». Ese consuelo del mal menor ha propiciado el volteo de campanas al resolverse este martes que el Consejo de Ministros no suprimía de la cruz a la fecha la reforma laboral del PP. Al contrario de lo que repetían Sánchez y su vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz -el uno en el último congreso XL del PSOE y la otra tanto en el centenario del PCE como en el cónclave de CCOO-, además de figurar en el pacto de gobierno del PSOE y Podemos, lo que enmudece a Pablo Iglesias y su matraca borrada de pacta servanda sunt. Ello les ha obligado, a la hora de la verdad, a vestir el muñeco cuando estaba comprometido por escrito con Bruselas que la llegada de los fondos europeos pasaba por sostener los basamentos de la ley de Fátima Báñez y era inesquivable el nihil obstat. Para tragarse el sapo y hacer una buena digestión, la ministra que no sabía lo que era un ERTE y ahora parece haber parido el hijo de su antecesora del PP, lo envuelve todo en una espesa niebla de retórica sin atender a los versos de Góngora de «que se obre más y que se hable menos, dejando las buenas palabras para artesonado del infierno». Por contra, en una especiosa y espaciosa exposición de motivos que casi alcanza en extensión al articulado del nuevo decreto-ley, divaga sobre un «cambio de paradigma» y de «primera reforma laboral de gran calado de la Democracia», como si los derechos de los trabajadores hubieran llegado con esta abogada laboralista, que hará sonreír a Felipe González al preciarse de lograr «una ciudadanía plena en el trabajo». Díaz reacciona con la desenvoltura de quienes cometen una falta y se muestran descarados como si fueran los agraviados. No en vano el gran escritor irlandés Jonathan Swift sostiene que «el más grande de los mentirosos tiene sus crédulos: y suele ocurrir que, si una mentira perdura una hora, ya ha logrado su propósito, aunque no perviva», pues «la falsedad vuela, mientras la verdad se arrastra tras ella». Frente a quienes animan al PP a subirse al carro para acarrear los 21 votos que faltarían para ratificar la nueva providencia ante los reparos de parte de la alianza Frankenstein, rescatando la cantinela de Fraga contra González como eterno jefe de la oposición de que «los socialistas sólo aciertan cuando rectifican», no hay que engañarse tras la ingesta de una cucharada de aceite de ricino por el Ejecutivo socialcomunista para obtener el pasaporte de los fondos europeos a los que Sánchez fía su rescate electoral y alargar su estancia en La Moncloa con quienes desalojaron a Rajoy en una moción de censura inédita desde la restauración de la democracia. Ya se verá si ERC o Bildu se mantienen firmes contra la convalidación del decreto-ley o lo dejan pasar cobrándose los derechos de peaje que les consiente Sánchez por sostenerse en el machito como sea. Además, una ley laboral es una turbina que debe acompañarse de unas políticas adecuadas que propulsen la actividad. No parece el caso del Gobierno socialcomunista que lastra la economía hasta hacer de España la más rezagada del continente. A modo de aviso de navegantes, conviene no perder de vista que, una vez descerrajada la caja de caudales europeos con esta seudorreforma laboral, el Gobierno apareja dispositivos para hacer de esa capa un sayo como el exhibido por Romanones, tres veces jefe de Gobierno con Alfonso XIII, al espetar a los diputados: «Hagan ustedes las leyes y déjenme a mí hacer los reglamentos». En este sentido, entre la gran hojarasca que envaina el decreto-ley, se aprecia un intervencionismo y una sindicalización crecientes en el seno de las empresas que puede redirigirse con pequeños, pero continuos, retoques, a la contrarreforma abortada por Bruselas y colarla por la gatera con los reglamentos que Romanones se reservaba para sí. Esas ordenanzas de encaje permiten obrar sin atender a lo que la ley fija y sobre ellas don Quijote previene a Sancho a la hora de regir Barataria: «Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos». De ser así, la norma aprobada el Día de los Inocentes significaría una gran inocentada luego de que el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, optara por el posibilismo del mal menor, siguiendo el camino que le marcó Díaz cuando se jactó de incrementar el salario mínimo más de lo previsto como castigo por no sentarse a negociar. Garamendi quedaría ante los suyos peor que Cagancho en Almagro sin gozar de la gracia de periodistas bien arrimados que le salvaguarden como a Erdogan y a Sánchez con preguntas de agrado y lucimiento que amasan los que están a sus órdenes. Por eso, estos ya mienten sin saberlo como el personaje de Molière que hablaba en prosa sin percatarse del descubrimiento. ULISES CULEBRO Hace unas semanas, el periódico turco Yeniçag anticipó minutos antes de celebrarse la rueda de prensa con el presidente Erdogan, quien marchaba rumbo a Qatar, cuáles serían las preguntas que se le iban a plantear, así como sus encargados, al dictado del mandatario. Mientras su economía se hunde por los daños que le inflige su negligencia, un imperturbable Erdogan respondió a su propio cuestionario como si le fuera desconocido. La filtración acreditaba una anomalía conocida en un país en el que muchos medios declinan interpelar al Gobierno para ser su amaestrada voz. Como en el relato de Allan Poe en el que el mejor método para esconder la carta robada de las estancias reales era dejarla sobre la mesa a la vista de quienes se empecinaban en buscarla oculta en algún recóndito cobijo. Si esto sucedía en la Turquía de Erdogan, otro tanto acaecía este miércoles en La Moncloa agravando la deriva del estado de alarma que, sobre la premisa de luchar contra la covid, Sánchez explotó para arrogarse potestades cesáreas que le recriminó el Tribunal Constitucional. Para su balance de fin de año, cual remedo del tribunal que pasó por alto su plagiada tesis doctoral, Sánchez usó a seis gacetilleros afines -como en el estado de alarma, provocando un plante en junio de 2020- para que le regalaran el oído con las preguntas del gusto y gana de quien se autoevaluó, pese a sus inobservancias, con un sobresaliente remarcado bajo el pomposo rótulo de «Cumpliendo». Como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela. A modo de espejo donde asomarse cual petulante Narciso, el cartel a sus espaldas proyectaba una realidad que niegan ojos y oídos en parangón con la distopía orwelliana de 1984 en la que el Gran Hermano ejerce, desde una telepantalla omnisciente y manejo del neolenguaje, el control sobre la esclavizada Eurasia. Asumiendo el papel de figurantes, esos medios se prestaron a ponérselas a Sánchez como a Fernando IV sus cortesanos para no perder el favor de aquel monarca tan buen aficionado al billar como pésimo jugador. A diferencia de Erdogan, Sánchez no se anduvo con disimulos y sólo faltó largarles a los susodichos aquello de Chumy Chúmez de «me alegro de que me haga la pregunta que le acabo de dictar». Sin que quienes se sumaron al cotillón presidencial adoptaran, al menos, el cinismo del entrevistador por excelencia de la TVE franquista, Victoriano Fernández Asís, con muletillas del tenor de «no es menos cierto, señor ministro», con las que salvar la cara. Si el gobernante opta por construir hechos alternativos para soslayar la ingrata realidad, si la Prensa declina de su deber de esclarecerla y la opinión pública se desentiende de ella, como avisa el historiador estadounidense Timothy Snyder en su ensayo Sobre la tiranía, tales desistimientos resquebrajan la libertad hasta ponerla en riesgo. A juicio del catedrático de Yale, la verdad muere de cuatro maneras reconocibles en una España en la que el Gobierno ha dado prioridad a lograr, más que la inmunidad de grupo con la covid, la impunidad del grupo cloroformando a la sociedad para que todo le esté permitido al bloque de poder. A saber, la primera de esas causas sería la hostilidad a una realidad verificable, como ejemplificó el miércoles Sánchez. La segunda, el encantamiento con los chamanes que brindan el cielo arrastrando al infierno. La tercera, la aceptación descarada de las contradicciones como si fueran patrones de coherencia que, por ejemplo, les hace vender como éxito faltar a su palabra de derogar íntegra la reforma laboral del PP cuando el sostén de sus pilares era una exigencia de Bruselas para los fondos europeos post-covid, o de frenar la subida disparada de la luz retrotrayendo su precio a 2018, que ya fue de récord como para merecer la dimisión de Rajoy, según Sánchez, lo que suponía querer tapar el sol con un dedo. Y, la cuarta, a modo de remate, encomendarse a quienes se adueñan de la voluntad del pueblo fiados en que «esto aquí no puede ocurrir». Justo esto último era lo que inferían los venezolanos ante la deriva dictatorial de Chávez o los cubanos con Castro. Pero antes los españoles de aquella «República sin republicanos» en la que se hacía por lo general el cálculo de que nada terrible habría de acontecer porque «esto no es Rusia», mientras todo se hacía Rusia y «precisamente lo que no había en nada de aquello era España», según certificó en carne propia -como tantos otros- el cronista parlamentario y escritor Wenceslao Fernández Flórez asistiendo al terror de aquellos años. Cuando el ciudadano no discierne entre lo que se quiere oír y lo que realmente oye -concluye Snyder-, se rinde a la tiranía de aquellos a quienes ha otorgado el poder presuponiendo que, al acceder democráticamente al mando, respetaran las instituciones olvidando que «la historia no se repite, pero sí alecciona». Así, cuando el panorama se nubla como en España -en el plano político, entregada a quienes procuran la destrucción de sus instituciones y de la nación misma; económico, relegada a la cola de la recuperación con tasas de déficit y de deuda sólo sostenibles por el euro del que carece Turquía, así como con la inflación más elevada en 30 años; y sanitario, con la variante ómicron pulverizando los contagios del covid-19 en un país que ha enterrado alrededor de 100.000 personas a cuenta de la pandemia-, el recurso al mal menor es muy tentador. En pos de alivio y tregua, demasiadas veces no deja de ser un trampantojo que alarga ese calamitoso estado de cosas, en vez de hallarles remedio y cura. Al fin y al cabo, no deja de ser otro mal con sus efectos y secuelas. Es la socorrida apelación al «Virgencita, que me quede como estaba» que puso en boga en el Siglo de Oro el poeta y escritor hispalense Juan de Arguijo con su relato sobre don Diego Tello. Según narra en su obra Cuentos, al perder este caballero sevillano la visión de un ojo refinando pólvora, acudió a la capilla de la Virgen de la Consolación para que un milagro sanara su maltrecho ojo. No cavilando mejor majadería que untar ambas pupilas con aceite de una lámpara del templo, notó al intentar abrirlos con que no veía ni por el bueno ni por el malo, exclamando: «¡Madre de Dios, siquiera el que traje!». Ese consuelo del mal menor ha propiciado el volteo de campanas al resolverse este martes que el Consejo de Ministros no suprimía de la cruz a la fecha la reforma laboral del PP. Al contrario de lo que repetían Sánchez y su vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz -el uno en el último congreso XL del PSOE y la otra tanto en el centenario del PCE como en el cónclave de CCOO-, además de figurar en el pacto de gobierno del PSOE y Podemos, lo que enmudece a Pablo Iglesias y su matraca borrada de pacta servanda sunt. Ello les ha obligado, a la hora de la verdad, a vestir el muñeco cuando estaba comprometido por escrito con Bruselas que la llegada de los fondos europeos pasaba por sostener los basamentos de la ley de Fátima Báñez y era inesquivable el nihil obstat. Para tragarse el sapo y hacer una buena digestión, la ministra que no sabía lo que era un ERTE y ahora parece haber parido el hijo de su antecesora del PP, lo envuelve todo en una espesa niebla de retórica sin atender a los versos de Góngora de «que se obre más y que se hable menos, dejando las buenas palabras para artesonado del infierno». Por contra, en una especiosa y espaciosa exposición de motivos que casi alcanza en extensión al articulado del nuevo decreto-ley, divaga sobre un «cambio de paradigma» y de «primera reforma laboral de gran calado de la Democracia», como si los derechos de los trabajadores hubieran llegado con esta abogada laboralista, que hará sonreír a Felipe González al preciarse de lograr «una ciudadanía plena en el trabajo». Díaz reacciona con la desenvoltura de quienes cometen una falta y se muestran descarados como si fueran los agraviados. No en vano el gran escritor irlandés Jonathan Swift sostiene que «el más grande de los mentirosos tiene sus crédulos: y suele ocurrir que, si una mentira perdura una hora, ya ha logrado su propósito, aunque no perviva», pues «la falsedad vuela, mientras la verdad se arrastra tras ella». Frente a quienes animan al PP a subirse al carro para acarrear los 21 votos que faltarían para ratificar la nueva providencia ante los reparos de parte de la alianza Frankenstein, rescatando la cantinela de Fraga contra González como eterno jefe de la oposición de que «los socialistas sólo aciertan cuando rectifican», no hay que engañarse tras la ingesta de una cucharada de aceite de ricino por el Ejecutivo socialcomunista para obtener el pasaporte de los fondos europeos a los que Sánchez fía su rescate electoral y alargar su estancia en La Moncloa con quienes desalojaron a Rajoy en una moción de censura inédita desde la restauración de la democracia. Ya se verá si ERC o Bildu se mantienen firmes contra la convalidación del decreto-ley o lo dejan pasar cobrándose los derechos de peaje que les consiente Sánchez por sostenerse en el machito como sea. Además, una ley laboral es una turbina que debe acompañarse de unas políticas adecuadas que propulsen la actividad. No parece el caso del Gobierno socialcomunista que lastra la economía hasta hacer de España la más rezagada del continente. A modo de aviso de navegantes, conviene no perder de vista que, una vez descerrajada la caja de caudales europeos con esta seudorreforma laboral, el Gobierno apareja dispositivos para hacer de esa capa un sayo como el exhibido por Romanones, tres veces jefe de Gobierno con Alfonso XIII, al espetar a los diputados: «Hagan ustedes las leyes y déjenme a mí hacer los reglamentos». En este sentido, entre la gran hojarasca que envaina el decreto-ley, se aprecia un intervencionismo y una sindicalización crecientes en el seno de las empresas que puede redirigirse con pequeños, pero continuos, retoques, a la contrarreforma abortada por Bruselas y colarla por la gatera con los reglamentos que Romanones se reservaba para sí. Esas ordenanzas de encaje permiten obrar sin atender a lo que la ley fija y sobre ellas don Quijote previene a Sancho a la hora de regir Barataria: «Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos». De ser así, la norma aprobada el Día de los Inocentes significaría una gran inocentada luego de que el presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, optara por el posibilismo del mal menor, siguiendo el camino que le marcó Díaz cuando se jactó de incrementar el salario mínimo más de lo previsto como castigo por no sentarse a negociar. Garamendi quedaría ante los suyos peor que Cagancho en Almagro sin gozar de la gracia de periodistas bien arrimados que le salvaguarden como a Erdogan y a Sánchez con preguntas de agrado y lucimiento que amasan los que están a sus órdenes. Por eso, estos ya mienten sin saberlo como el personaje de Molière que hablaba en prosa sin percatarse del descubrimiento.

domingo, 26 de diciembre de 2021

El Covid y el sastre de Sánchez

Sánchez es digno de figurar entre los "optimistas sin escrúpulos", dado como desmerece su palabra cada vez que la emplea y como la deprecia al nivel del bolívar venezolano como prototipo de moneda basura
ULISES CULEBRO La selección del director Recibe las noticias de mayor interés comentadas por Francisco Rosell En esta segunda Navidad covidiana, lejos de ser la de los reencuentros y la del resarcimiento económico brindado por quienes hablan por no callar, no sólo se registra una mortificante fatiga pandémica por la persistencia de este mutante Covid-19, sino también una creciente indignación contra unos gobernantes que se revelan unos impertérritos «optimistas sin escrúpulos» vendiendo espurias esperanzas. Siendo legión los políticos encasillables en ese apartado -más en tiempos revueltos en los que el populismo se adueña de la política-, no hay duda de que el presidente Sánchez es digno de descollar entre ellos, dado como desmerece su palabra cada vez que la emplea y como la deprecia al nivel del bolívar venezolano como prototipo de moneda basura. En su caso, más le vale no someterse, ni como diversión turística, a La bocca de la verità, el pétreo medallón esculpido en la fachada de la iglesia romana cercana al Circo Máximo. Allí, según la leyenda a la que da pie la broma que Gregory Peck le gasta a Audrey Hepburn en Vacaciones en Roma, el embustero que introduce su mano en las fauces del monstruo barbado puede perderla como Juliano el Apóstata. Ciertamente, como coligen los protagonistas de la cinta de Wyler -el fotógrafo y la princesa, al cabo de su romántica aventura-, la vida no es siempre como uno quiere, y la política no es una excepción, si bien exige un liderazgo guiado por el conocimiento y la razón, en vez de apañar ficticias soluciones que, por su simpleza e improvisación, agraven los males y los enquisten. Frente a los que quieren mandar «aunque sea un hato de ganado» -como verbaliza Sancho Panza al otorgarle el Duque la autoridad sobre la ínsula Barataria, algo que apetece por «probar a qué sabe el ser gobernador»-, es juicioso atenerse a la admonición de Don Quijote a su fiel escudero sobre que «los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones». Mandar es oficio bien distinto de gobernar y ejercer el liderazgo cuando no cabe pasividad al aguardo de la marea que conduzca a la fortuna, siendo causa de naufragio seguro el político que se ufana de su engreimiento y vuelve la espalda a esa elemental prudencia para no hincharse como la rana que quiso igualarse al buey. No ayuda, en palabras del gran politólogo italiano Giovanni Sartori en su comunicación a las Cortes españolas en el vigésimo aniversario de la Constitución, que las elecciones, concebidas como instrumento cuantitativo para escoger de forma cualitativa a los representantes democráticos, hayan sido pervertidas a causa de la partitocracia, en un método para seleccionar lo malo. Por mor de esa devaluación, el liderazgo valioso -concluía Sartori- es reemplazado por otro impropio en el que, mezclando mediocridad y demagogia, irradia el populismo como una variante política de la pandemia sanitaria. Así, después del rosario de despropósitos que jalonan la negligente gestión de la pandemia de Sánchez, su última ocurrencia sobre la obligatoria reposición de las mascarillas en espacios abiertos para sofocar la propagación del Covid impulsada por la nueva cepa ómicron lo ha vuelto a desenmascarar y le ha granjeado la abierta crítica de los presidentes autonómicos sin distingos de partido. Tras endosarles el mochuelo con el ardid de una supuesta «cogobernanza» -en realidad, «desgobernanza»- con las administraciones autonómicas, ni siquiera ha provisto a estas -al cabo de dos años- del paraguas de una ley de pandemias que no les deje a la intemperie judicial. Él sí se dispuso de un estado de alarma para imperar cesáreamente a cuenta del Covid, según le ha reprochado el Tribunal Constitucional en varias sentencias contrarias a tales abusos. Como ha significado el presidente castellanomanchego, García-Page, ello les impone mendigar a los tribunales la aprobación de unas medidas que, trastocando los papeles de los poderes del Estado, transfigura a esos togados en gobernantes por el vacío legal, en vez de garantes del cumplimiento de unas normas inexistentes por dejación de quien se lava las manos como Poncio Pilatos en la jofaina de la arbitrariedad. Así, con su querencia por el melodrama y por la sobreactuación, el parto de los montes que Sánchez anunció para el pasado miércoles con gran prosopopeya en su declaración institucional del sábado anterior en Barcelona ha engendrado no sólo el ridículo ratón de tantas veces, sino el mismo. Hace bueno lo que contaba Bernard Shaw para certificar que el music-hall de su época no experimentaba evolución alguna. Aburrido de contemplar a un prestidigitador que hacía ejercicios con unas bolitas, se marchó y, al regresar al cabo de 10 años, el artista jugaba allí con el número de antaño. Tal fiasco ha sobrevenido en la víspera de esta Nochebuena con el parto de los montes de Sánchez para envolver la nada más absoluta con un decorativo celofán, mientras el repunte del Covid desbarataba cenas familiares. Como maniquí expuesto en el gran escaparate de las televisiones, Sánchez es como esos bailarines de minué a los que aludía Voltaire para criticar a los metafísicos de su época: muy elegante, mucha inclinación, mucho exhibirse, pero sin avanzar nada, mientras entroniza el lugar común y canoniza la frase hecha en una política de trampantojos que le faculte trampear hasta el escrutinio de las urnas. Para su minué, endilga promesas vanas que exhibe como originalidades a base de sofismas y falacias para que desplacen, al igual que la falsa moneda hace con la de curso legal, realidades tan palmarias y onerosas como el precio de la luz. Esta vertiginosa subida, que se comprometió a revertir al nivel de 2018, desata una espiral de inflación que empobrece de modo galopante a una España que, pese a sus altos niveles de vacunación, sigue a la zaga de la recuperación, de la misma manera que fue la que mayor impacto sufrió con la explosión del Covid y sus casi 100.000 muertos. Ante ello, los «bla, bla, bla, presidente» sólo mueven al hastío de unos ciudadanos que sacan más cosas en claro conversando con la máquina del café que oyendo los vaniloquios sanchistas. Diríase que, en La Moncloa, el único que parece tomar medidas es el sastre de Sánchez para sus apariciones televisivas sobre el Covid. Como tantos otros ilusionistas patológicos, una vez que los españoles parecen haber perdido la inmunidad de grupo adquirida con los desaguisados infligidos por el optimista antropológico Zapatero, Sánchez personaliza lo que, en las escuelas de negocios, se denomina la «paradoja Stockdale» en alusión al drama del prisionero estadounidense de mayor rango de la guerra del Vietnam tras ser derribado el avión que tripulaba al sobrevolar territorio enemigo, y que permaneció casi ocho años recluido en una celda de uno por tres metros, carente de ventana, en la prisión bautizada irónicamente por la guerrilla del Vietcong como «Hanoi Hilton». Cuando le preguntaron a este jefe del ejército de EEUU por quienes no sobrevivieron, James Stockdale contestó: «Oh, eso es sencillo, los optimistas eran los que decían: 'Saldremos para Navidades'. Y las Navidades venían y las Navidades se iban. Entonces decían: 'Saldremos por Pascua'. Y llegaba la Pascua y la Pascua se iba. Y después, el día de Acción de Gracias; y después eran de nuevo las Navidades. Murieron a causa del corazón roto... Ésta es una lección muy importante. Nunca se debe confundir la confianza en que al final triunfarás -que nunca puedes permitirte el lujo de perder- con la disciplina para enfrentarte a los hechos más brutales de la propia realidad, sea cual sea». El devenir de quien logró vivir para contarlo porque, en medio de su calvario, mantuvo la lucidez racional para ver lo que podía y lo que no podía hacer durante su cautiverio hizo acuñar al consultor estadounidense Jim Collins, en su manual Empresas que sobresalen, el concepto de «la paradoja Stockdale». Describía así como el exceso de optimismo puede causar destrozos como los que acarrearon la muerte, cayendo en el desánimo, de aquellos soldados tras desvanecerse sus vaticinios, al revés de quien aceptó aquella brutalidad sin perder la fe en ser liberado de aquella pesadilla. En este sentido, conviene no perder nunca la confianza, pero ser prudentes cuando la circunstancia advierte en contrario. Para doblegar la realidad como la curva de la pandemia hay que investirse de liderazgo y no rehuir la responsabilidad de la encomienda que se desempeña mediante compromisos apócrifos en foros con presidentes autonómicos en los que se adoptan acuerdos que, en apariencia, satisfacen todas las exigencias contradictorias, pero sin concretar respuestas. Ante tal envite, la perversión del preciado consenso degenera en un costosísimo sistema de organizar la irresponsabilidad en el que, en consonancia con el refranero, «entre todos la mataron y ella sola se murió». Siguiendo la estela del gran liberal Isaiah Berlin en su ensayo sobre Tolstoi, inspirado en el verso del poeta griego Arquíloco de que «la zorra sabe muchas cosas, pero el erizo sabe una importante», Collins se inclina por los erizos a la hora de alcanzar resultados efectivos al centrarse éstos en lo esencial, como el agraciado Stockdale; así como «subir al autobús a las personas adecuadas», esto es, rodearse de equipos con talento para afrontar la adversidad por dura que sea. Por eso, ni el optimismo a tutiplén ni el lanzamiento de pronósticos esperanzadores como si fueran confetis -cuando existe riesgo serio de que se vean incumplidos- son virtudes políticas, como espolvorea Sánchez con la bobería solemne con la que Zapatero arruinó y enfrentó a los españoles. Son maniobras desatentadas que acarrean el descrédito político y el infortunio ciudadano haciendo que sólo se pueda ser optimista respecto al futuro del pesimismo. «Sólo un tonto optimista puede negar la oscura realidad del momento», fue el resorte que llevó en 1933, en una situación no menos hostil que la presente, al presidente Franklin D. Roosevelt en su discurso inaugural como inquilino de la Casa Blanca, a rescatar antiguas verdades para revivir una gran nación a fin de que perdure en el tiempo. «Tengo -aseveró- la firme convicción de que lo único que tenemos que temer es al miedo en sí, a ese injustificado terror que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en una marcha hacia adelante. Nuestra angustia no viene de la falta de talento ni estamos afectados por ninguna plaga bíblica. En comparación con los peligros que nuestros antepasados superaron, todavía nos queda mucho que agradecer». En aquella encrucijada, como la de Inglaterra de la II Guerra Mundial con Churchill, EEUU se dotó de un liderazgo competente en contraposición con estos otros, como le espetó hace días el líder laborista a Boris Johnson en los Comunes, al frente de países como España que padecen el peor primer ministro en el peor tiempo posible. Ello hace que, cuando Sánchez pide tranquilidad, todos deducen que hay que inquietarse seriamente y correr en busca del bote salvavidas sin reparar en la orquesta del Titanic. Si el Churchill del «sangre, sudor y lágrimas» ironizaba con que «soy optimista porque no parece muy útil ser otra cosa», algunos parecen tomárselo al pie de la letra para escurrir el bulto. FRANCISCO ROSELL Vía EL MUNDO

sábado, 18 de diciembre de 2021

Carmen Iglesias: "No hay que pedir perdón por el pasado"

 La directora de la Real Academia de la Historia repasa en esta entrevista el pasado y el presente de España. "Que los representantes de lo que ha sido ETA estén en el poder es peligroso", afirma

 Carmen Iglesias, el pasado jueves en la Real Academia de la Historia. 

Carmen Iglesias, el pasado jueves en la Real Academia de la Historia.ÁNGEL NAVARRETE

El estreno el pasado octubre en un centenar de salas de cine del documental España. La primera globalización fue un punto de inflexión en el modo de acercarse al período de mayor esplendor de la historia de este país, sostiene Carmen Iglesias. En aquella cinta, ahora disponible en DVD, que dirigió José Luis López Linares fue clave la participación de la directora de la Real Academia de la Historia, catedrática, autora de numerosos ensayos y especialista en la Ilustración. Ella misma, y la generación de sus maestros (Luis Díez del Corral, José Antonio Maravall, Luis García de Valdeavellano, José María Jover), afirma: «Siempre hemos puesto en cuestión la leyenda negra y, sobre todo, nos ha preocupado a muchos la interiorización que hacían los españoles de ella. Este país es como los demás, tiene sus altibajos», dice en esta entrevista celebrada el jueves en su despacho de la Real Academia de la Historia. «La historia del mundo no se puede contar sin la historia de España. El descubrimiento, el proceso de tres siglos, la Monarquía Hispánica con una expansión territorial... Los americanos eran como los españoles, eran súbditos de la Monarquía Hispánica así que tenían los mismos derechos. Las leyes de Indias son un modelo; y ya con Isabel la Católica se protegían a las mujeres indias para que no se casaran en sus comunidades contra su voluntad. Fue impresionante».

Entonces, qué ha fallado.
No haber salido a la palestra y decir esto no es así.
Parece que siempre nos avergonzamos de nuestro pasado.
Sí, es un victimismo. Esto tiene que ver con un largo proceso. España fue el primer gran imperio global; bueno, un imperio que no es imperio, pues ya digo que los españoles llevamos allí [a América] lo que era España, lo bueno y lo malo, como en todo proceso histórico. Pero nunca hubo genocidio, hubo batallas sangrientas en donde muchas tribus indias lucharon junto a los españoles frente a los imperios indígenas. La mayor tasa de muertes primeras de población fueron por epidemias, pues en las Indias no tenían ninguna inmunización a nuestras enfermedades por su aislamiento geográfico. Pero en el siglo XVIII ya se había recuperado toda la población indígena, y eso explica que en el XIX los indios estén luchando del lado de la monarquía hispánica, no con los independentistas.
López Obrador, el actual presidente de México, vuelve a decir que los españoles hemos de pedir perdón por la conquista.
En el DVD extra del documental precisamente explico que no hay que pedir perdón por un pasado que se sitúa en otras coordenadas, con otro contexto y con otras mentalidades. Los encuentros de los pueblos siempre han sido conflictivos, la migración nunca se ha interrumpido, ni siquiera en la Edad Media.

Carmen Iglesias solía repetir a sus alumnos en la Universidad: «No sabemos quiénes somos hasta que no visitamos América». Y agrega ahora que «no hay más que recorrer las ciudades con sus edificios, con sus universidades, con sus leyes...».

Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia.
Carmen Iglesias, directora de la Real Academia de la Historia.ÁNGEL NAVARRETE
Igual nos parece mejor ir a Londres que a Lima.
Exacto. Humboldt, que no es precisamente hispano, hace toda la travesía (con el pasaporte que le da Carlos IV) desde el sur de América, y cuando llega a Filadelfia se sorprende del retraso de ese Norte, que no tenía ni universidad ni nada. Claro, él había pasado por Cuba, que era una de las joyas de la Corona. Otra cuestión es que se suele olvidar es que la Monarquía Hispánica fue policéntrica, con varios centros; pues tan importante era México (avanzado el XVI y XVII era el centro del mundo) como Sevilla. Además nunca hubo ejército, más que algunas tropas de refuerzo en el siglo XVIII. Había representantes de la monarquía, pero la administración de los virreinatos se hizo con gente que estaba allí, criollos, mestizos... El mestizaje. Recuerdo que Carlos Fuentes siempre decía que el único pueblo que se había mezclado era el español. Todos somos mestizos al final.
Uno de los problemas de la historia es su enseñanza, que no es igual, depende de las autonomías.
Eso lo estamos combatiendo los historiadores desde el principio, pero nunca nos han hecho caso. Hay dos cuestiones que quiero resaltar: el comienzo traumático de España en la contemporaneidad y, ya con la democracia, el error político de haber dado tanto a las autonomías. Bastaba con haber reformado la ley electoral para que no hubiera pasado esto. Sobre el papel, el Estado de las autonomías no estaba tan mal, pero sí las concesiones sucesivas que han hecho los partidos políticos para mantenerse en el poder. Los dos partidos. No había que reformar la Constitución, hubiera bastado con haber reformado la ley d'Hont, que era muy discutible. Todos los sistemas de elección tienen sus defectos, pero este nos ha perjudicado muy especialmente en España. La transición se cerró en 1978 y fue modélica, no se pudo hacer mejor en ese momento. Esas personas que dicen que todo lo tenían pensado son de una prepotencia que no tiene sentido. La vida es imprevisible. Ha habido un descuido, como si la democracia funcionara sola. Como decía Rodríguez Adrados, la democracia es una tela de Penélope que hay que estar continuamente tejiéndola y destejiéndola para que no se nos acabe. Ahí ha habido un fallo de todos gravísimo. Me refiero al desarrollo de la democracia, la gran corrupción en los partidos. Y frente a eso hay que tener una barrera, hay que estar constantemente en guardia para que no se convierta en una corrupción generalizada o un caciquismo en el que perdamos el control de todo.
Aun así, creo que usted defiende que no hay que ser catastrofista.
Aquí vuelvo al principio de la contemporaneidad, que España la empieza en el siglo XIX con una guerra napoleónica que es de lo peor que nos ha pasado en la historia. Esa guerra duró seis años, fue la más larga de todas las que hubo en Europa y en ella el ejército francés entró a saco. Y el ejército inglés, que era el aliado, hizo lo mismo. Los españoles querían que hubiera sido una guerra rápida, pero no fue así y el ejército sufrió mucho. También se ha dicho, algunos historiadores, que era la primera guerra civil: eso es una tendenciosidad. La primera guerra civil española (de la modernidad, se entiende) es la primera guerra carlista y las dos siguientes, con todo su reaccionarismo. Esa ha sido la desgracia del siglo XIX. España quedó devastada.
Hay quien dice que España se puede desmembrar.
Desde luego estamos en un momento crítico. El nacionalismo, que ya surge en el XIX con fuerza, ha sido la gran desgracia de Europa, porque en el XX provocó las dos guerras mundiales. España ya sufrió en la I República el separatismo hasta llegar al cantonalismo, a la destrucción. Aquí, como pertenecemos a Europa, espero que de alguna manera haya un dique. Espero, porque lo que se está haciendo con el país es peligroso. Eso de que en cada región, cada autonomía... En el documental, las dos intervenciones que hace Alfonso Guerra, que es el único político que aparece, lo dice muy bien porque cuando se leen los estatutos de autonomía cada una de las regiones se define como absolutamente cabeza de todo ¿y resulta que España no significa nada, el conjunto no vale? Ha habido una dejación de la educación cívica. Yo antes de presidir Unidad Editorial [empresa editora de EL MUNDO] fui directora del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales y lo primero que hicimos fue crear unos seminarios con profesores de secundaria sobre la enseñanza de la Constitución y su historia, para que pudieran transmitirlo. Duró dos años.
¿Por?
Se cortó en un momento dado porque los catalanes y los vascos, que siempre han sido unos privilegiados, con la monarquía, con Franco... no querían. Y los gobiernos centrales se amilanaban. Esto ha pasado desde el siglo XIX.
Ahora están Bildu y...
Ahora hemos llegado a un nivel... Que los representantes de lo que ha sido ETA estén en el poder es peligroso, ¿no? Nunca pensamos que se pudiera llegar a esto. Creo que la sociedad civil y algunos partidos y algunos políticos tienen cosas que decir. Habrá de alguna manera un dique. O ponemos un dique o esto se va a paseo. Sólo cuando hemos sido unitarios y flexibles ha funcionado la cosa.
Ahí está Felipe VI, que parece que lo tiene clarísimo.
Lo tiene clarísimo. Y está soportando un peso importantísimo. Es la clave de bóveda de todo el sistema. Realmente, la monarquía constitucional, la parlamentaria, ahí está lo que los clásicos llamaban un régimen mixto con frenos y contrapesos. En Europa siguen funcionando. Conocer la historia, y volvemos al meollo, es absolutamente fundamental. Porque no podemos hacer nada desde pequeños cantones. En la transición, que sigue siendo modélica, se aprendió eso que dice Hannah Arendt y luego su discípula Agnes Heller, que en un momento dado hay que pararse en un punto cero y decidir que haya una reconciliación, que es lo que se hizo. Porque si no las generaciones jóvenes estarán en guerra civil constantemente.
El nivel de enfrentamiento actual no parece que lo hubiera durante la transición.
Pues hay que luchar, pelear un poco y poner sobre la mesa toda la historia para que se demuestre que así no vamos a ningún sitio.
¿Habría que aprender de la transición?
La transición era el producto de una larga etapa, como fue el franquismo, donde al final había un divorcio total entre la sociedad civil (ahí está Espacios de libertad, el discurso de ingreso de Juan Pablo Fusi en esta Academia) y dónde estaba todavía el gobierno firmando penas de muerte. Y manteniendo cada año el 'vencedores y vencidos'. Los españoles habían entendido que para vivir en paz y para estar con el modelo europeo había que reconciliarse. Al final de la Guerra Civil, ya lo propugnó Azaña con las tres 'p', lo que pasa es que lo dijo en el 38 ["Paz, piedad, perdón", discurso pronunciado el 18 de julio de 1938], no en el 36. La transición, terminó en 1978 con la nueva Constitución y el comienzo de la democracia. Los errores en las personas y en las instituciones crean un efecto acumulativo, por eso, pretender como si ETA no hubiera existido es absolutamente intolerable, porque ETA ha estado asesinando en democracia y ha creado unas víctimas, y las víctimas están ahí y no se las puede dejar sin más. Una cosa es 'pasemos un poco al olvido' y otra cosa es que esa gente esté representada en el Gobierno. También lo que ha pasado en la democracia es que las cuestiones que estaban equivocadas no se han modificado, ha habido un efecto acumulativo que nunca se ha intentado corregir a tiempo, como la ley electoral. En este momento tan confuso hay gente relacionada con ETA que aparece como hombres de paz, que ya es el colmo. La falta de decoro con que se niega hasta la verdad de los hechos, como si todo fuera relativo.
¿Y la idea de la España como la primera globalización?
Empezamos hace cuatro años, en los ciclos de conferencias que hacemos en CentroCentro con la Fundación Santander a difundir este sintagma para definir aquellos siglos de presencia española en el mundo, que responden a la verdad de los hechos.
 
 
                                                             MANUEL LLORENTE   Vía EL MUNDO

jueves, 16 de diciembre de 2021

¿Está cambiando algo Cataluña?

 Esta cambiando Catalunya Lo relevante 42_1 

El objetivo de El Panóptico es intentar comprender lo que sucede, y eso supone detectar tendencias, cosa siempre arriesgada. ¿Está habiendo algún cambio en la sociedad catalana?

 

Según el sondeo del Institut de Ciències Polítiques i Socials (ICPS) de 2021, el apoyo a la independencia baja en Cataluña. Solo un 39’4 % de catalanes estarían a favor de la secesión. El 59’9% estarían a favor de seguir formando parte de España. En cambio, el 82% estaría a favor de mejorar la financiación, es decir, de mejorar las condiciones reales de vida.

Esta cambiando Catalunya Artículo

"Mano sosteniendo un signo de interrogación ”, Freepik

Si de las tormentosas cumbres ideológicas descendemos a los problemas reales, que son muchos, es posible que nos decidiéramos a resolverlos

En La Vanguardia, Francesc Granell escribe: “Me da la sensación que, de un independentismo extremo, Catalunya está ahora entrando a un proceso de aceptación del constitucionalismo (…) Vemos que Catalunya está cada vez más inserta en la realidad española”.

Isabel García Pagan, también en La Vanguardia: “La pandemia y la presidencia de Aragonés ha devuelto a Catalunya al multilateralismo autonómico, pero hasta el independentista más pragmático esquiva el debate de la reforma constitucional”. Los politólogos nos dicen que es muy difícil el acuerdo sobre temas ideológicos, pero que es más fácil sobre temas concretos que afectan a la política real.

Jordi Pujol, en Entre el dolor i l’esperanza (Proa, 2021) reconoce que “el resultado de esa confrontación ha sido malo para unos y para otros”. Admite, por supuesto, el derecho a plantear la independencia, pero recomienda lo que a mi juicio es una clara llamada a convertir el conflicto en problema: los independentistas deben estar abiertos “a fórmulas no independentistas que, seriamente y con garantías, aseguren la identidad, la capacidad de construir una sociedad justa y de facilitar la convivencia”.

Si de las tormentosas cumbres ideológicas descendemos a los problemas reales, que son muchos, es posible que nos decidiéramos a resolverlos. 

 

 

JOSÉ ANTONIO MARINA Vía EL PANÓPTICO Número 42

 

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Madre patria: Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán

Portada 

En la contraportada de este libro, editado por ESPASA, se dice lo siguiente:

«En Madre patria, el profesor Marcelo Gullo Omodeo demuestra que lo que está pasando ahora en España, en su contexto histórico y geográfico, es imposible de separar de la América hispana. Las cuentas pendientes son las mismas: afianzar las democracias y conjurar la inestabilidad territorial, cara y cruz de la misma moneda. Sorprende que el autor viva la profunda crisis que España atraviesa con tanta implicación y más sentido de la responsabilidad que muchos españoles». María Elvira Roca Barea

En este monumental libro, Marcelo Gullo Omodeo demuestra que la leyenda negra fue la obra más genial 

del marketing político británico. Que, de manera inconcebible, los españoles se han creído la historia de España e

 Hispanoamérica que escribieron sus enemigos tradicionales, y se avergüenzan de un pasado del que deberían

 sentirse orgullosos. Que Hernán Cortés no fue el conquistador de México, sino el libertador de cientos de pueblos

 indígenas que estaban sometidos al imperialismo más feroz que ha conocido la historia de la humanidad: el de los

 aztecas. Que no fueron Pizarro y el puñado de españoles que lo acompañaban los que pusieron fin al 

imperialismo totalitario de los incas, sino los indios huancas, los chachapoyas y los huaylas. Que las masas 

indígenas en Colombia, Ecuador y Perú se mantuvieron fieles a la Corona española hasta el final. Que los

 libertadores Simón Bolívar y José de San Martín no quisieron romper de forma absoluta los vínculos que unían a

 América con España, sino que buscaron con todas sus fuerzas la creación de un gran imperio constitucional 

hispanocriollo con capital en Madrid. O que la responsabilidad de la disolución del Imperio español la tuvo

 Fernando VII, que prefirió estar preso en Europa y no libre en América.

Concluye el autor señalando que nada separa a España de América, ni a América de España, salvo la mentira y la

 falsificación de la historia, y que el futuro de ambas depende de que sean capaces de desterrar para siempre el

 mito de la leyenda negra de la conquista española de América".

 

============

 

.