Translate

domingo, 22 de mayo de 2022

EL PAÍS SE CONVIERTE EN EL SOCIALISTA

Logo de Grupo Prisa en su domicilio Social, en la Gran Vía de Madrid. Europa Press/>
Bueno, ya lo era, no se amontonen. Lo era hace tiempo, particularmente desde el golpe de mano que, apenas horas después de que Sánchez se instalara en Moncloa, primeros días de junio de 2018, decapitó a Antonio Caño y varios compinches más para iniciar un giro hacia la izquierda radical que ha llevado al diario de Prisa a alcanzar las cotas de excelencia periodística que estos días exhibe con la publicación de una nueva tanda de audios de ese tipo atroz llamado Pepe Villarejo. Ahora, ese cambio toma carta de naturaleza. El País se convierte en El Socialista. Sin careta. A primera hora del jueves, Telefónica comunicó a la CNMV la venta del 7,076% de su participación en Prisa, desprendiéndose de su condición de tonto útil de un periódico ahora aliado con el oscurantismo izquierdista más rancio, tosco papel que la teleco ha soportado con resignación durante los últimos tiempos. La operadora sigue manteniendo el 1,95% del capital, algo que en principio sorprendió. ¿A qué se debe seguir en esa trinchera? "A que los compradores no han podido, de momento, hacerse con la totalidad del paquete. No había cera para más vela". Una operación de importancia. Porque la crisis de los medios de comunicación está en el corazón de la crisis de la democracia española. Y porque el primer grupo editorial del país ha huido de posiciones templadas para abrazar las que defienden los enemigos de la Constitución, convirtiéndose así en parte esencial del "problema" español. Una operación cantada desde el principio, diseñada para ser ejecutada desde el momento en que el tándem José Miguel Contreras-Miguel Barroso, los "Migueles" de Zapatero, aparecieron (reaparecieron más bien) sobre la cubierta de Prisa como adelantados de una operación destinada a fortalecer las posiciones de un aventurero que se disponía a gobernar España con apenas 120 diputados. Convertir Prisa en un grupo al servicio de Sánchez y sus ansias de poder. Había que desalojar a la gente del Ibex presente en el accionariado por mor de la capitalización de deuda (cosas del genio Rajoy y su ama de llaves, Soraya la del bolso) para ponerlo en manos más seguras, que un empresario nunca es de fiar por muy amigo que sea de Moncloa. Desalojar de la presidencia a Javier Monzón (Ana Botín y su Santander) y hacer lo propio después con Pallete y Telefónica. Pero había un problema: la pasta. Había que encontrar la pasta, porque el dúo citado vive tan bien como se espera que vivan nuestros ricos pijoprogres de izquierdas, pero lo que se dice dinero para invertir, pues más bien no. Encontrar la pasta, porque los testaferros (perdón, inversores) dispuestos a figurar como nuevos accionistas ya estaban apalabrados. El primer grupo editorial del país ha huido de posiciones templadas para abrazar las que defienden los enemigos de la Constitución, convirtiéndose así en parte esencial del "problema" español Y este ha sido el glorioso papel desempeñado por Telefónica en Prisa durante años: el de mera pantalla de un paquete accionarial para el que la pareja Contreras/Barroso, en realidad testaferros del propio Sánchez, tenía planes concretos que reclamaban tiempo de maduración. Pallete nunca tuvo capacidad alguna para intervenir en la línea editorial de la SER o El País; se conformó con el papel de reparto de "pasivo consentidor" y "esclarecido agradaor" de Moncloa, en espera de la recompensa por los servicios prestados. Alguien, mucho más borde, ha comparado el caso con el chiste de la puta y el millón de euros. Contreras/Barroso tenían la puta; ¡les faltaba encontrar el millón de euros!. Ahora parece que la pasta por fin ha aparecido. Un asunto a mirar con lupa, porque en el intermedio Prisa compró Lacoproductora, una audiovisual de Contreras, y ahora unos amigos de Contreras compran ese 7% de Telefónica en Prisa. Todo queda en Prisa. Lo ha contado aquí muy bien Rubén Arranz, como la creación ad hoc de Global Alconaba, una "sociedad limitada unipersonal" constituida hace dos días y cuyo administrador es Andrés Varela Entrecanales, hombre de Contreras y capo de la productora que ha fabricado (con Secuoya) la docuserie sobre la vida de nuestro bello Pedro con la que "el presidente del Gobierno de España" se dispone a asombrarnos con sus ilimitadas capacidades para destruir el Estado desde dentro. "La operación se ha financiado íntegramente con recursos propios de los inversores", decía el comunicado de Prisa, que ya se sabe que a escote nada es caro, y menos si la operación se pone bajo la advocación de aquella otra deidad primigenia con la que el gran Jesús Polanco levantó en los setenta su imperio de cartón piedra: "Tú pon dinero en esta aventura que yo te garantizo que no lo vas a perder". ¿Cómo? ¿Quién puede afirmar tal cosa? Lo asegura Miguel Barroso, un tipo en el epicentro de esta operación, verdadero hombre fuerte de Prisa como mandatado del propio Sánchez. He aquí un socialista inteligente, mucho, convertido en el auténtico think tank del sanchismo, en nada parecido a parlanchines tipo Iván Redondo, que con mano de hierro en guante de seda dirige los destinos de Prisa con el v/b de Joseph Oughourlian, dueño de Amber Capital, primer accionista con el 29,7% y presidente ejecutivo. Barroso se sienta en el Consejo como dominical en representación de Amber. Un misterio la presencia de este millonario armenio y su fondo buitre en un negocio ruinoso como el de Prisa. Hubo un tiempo en que la troupe de Telefónica en torno al grupo, Javier de Paz et alii, pensó en hacer presidente al joven Rosauro Varo, prototipo de empresario de éxito en el sector del espectáculo, un sevillano socialisto y beautiful, pero la idea naufragó cuando Oughourlian reclamó el mando efectivo de un "negocio" en el que ha metido mucho dinero y ha perdido otro tanto. El armenio, a partir un piñón con el inquilino de Moncloa, ha recibido seguridades de que podrá recuperar el capital invertido, seguridades, se malician los malvados, que también alcanzan a los titulares de esos "recursos propios de los inversores". ¿La solución? El maná de los fondos Next Generation UE con los que Sánchez piensa apuntalar su reelección como presidente. Habrá un puñado de millones para que Prisa alicate hasta el techo su tecnología digital o su división audiovisual. Lo que sea, no les quepa duda. Con el acompañamiento orquestal de Prisa y El Socialista, Sánchez sigue gobernando contra la oposición, como si no estuviera en el poder, incapaz de proponer otra cosa que no sea odio y revancha ¿Por qué ahora? Porque han encontrado el dinero (vale recordar que la operación estaba diseñada desde el desembarco de la pareja atómica en Prisa) y porque es el momento. En el pequeño núcleo de palmeros del "Presidente del Gobierno de España", como a este gran narciso le gusta referirse a sí mismo, han tocado a rebato. La situación se ha vuelto extraordinariamente apurada para él. Todo se le ha complicado. En lo político y en lo económico. Lo del CNI marca un punto de no retorno en lo que al desguace del Estado se refiere, y muchos analistas empiezan ya a hablar de un crecimiento del PIB de apenas un 3% este año, con inflación desbocada. Un panorama que ni los más fieles podrán soportar. Pintan bastos, y sus tropas se aprestan a defender la plaza hasta el último hombre, con las generales en el horizonte. Dispuestos a vender cara su derrota. Resistir en el Poder hasta el final y, si es posible, si en Génova 13 no espabilan, quedárselo a perpetuidad. La publicación de los nuevos audios de la factoría Villarejo, ese desecho de tienta que desde hace años tiene al establishment en vilo, es propia del país roto y desestructurado que es hoy España, país gobernado con una mafia, "la banda" que Albert Rivera denunciara en su día, al frente de la cual está él, el más guapo, el más apuesto, el más sinvergüenza. Con la causa archivada, vuelve el baile de las Cospedal, Aguirre y compañía. Cualquier cosa es buena con tal de embarrar el campo y colocar al PP de Feijóo entre la espada y la pared de una corrupción que, como todo el mundo sabe, es únicamente de derechas. Evidencia del grado de desesperación que embarga a Sánchez y sus edecanes. Si la derrota en Andalucía se confirmara, la situación del personaje podría volverse insostenible por mucho que los socios de "la banda" siguieran apuntalándole en el Congreso. Caminamos a calzón quitado hacia una larga guerra de desgaste, de la mano de un irresponsable acostumbrado a utilizar las instituciones del Estado como alfombrilla de sus ambiciones. Con el acompañamiento orquestal de Prisa y El Socialista, Sánchez sigue gobernando contra la oposición, como si no estuviera en el poder, incapaz de proponer otra cosa que no sea odio y revancha. Lo aparatoso, por no emplear otro adjetivo más dramático, del caso español sigue centrado en ese veintitantos por ciento (por no hablar del 30% del truco Tezanos) que continúa dispuesto a respaldar al sujeto que nos gobierna. Y mientras tanto, el país de Jorge Javier empotrado estos días ante la pantalla de Sangenjo, asistiendo al espectáculo inane de la visita del Emérito, con el periodismo patrio componiendo una de sus más atroces estampas. El Emérito y su inevitable "corte" gallega. Y Felipe VI tocando la lira. Definitivamente, hay veces en que uno tiende a pensar que este país no tiene arreglo. Alguien lo dijo, hace mucho tiempo: solo se puede destruir a una gran nación cuando ella misma ha decidido destruirse interiormente/>
Artículo de JESÚS CACHO Vía VOZ PÓPULI

domingo, 15 de mayo de 2022

LA ESPAÑA DE LAS CABEZAS CORTADAS

Margarita Robles es ya otro cadáver político aunque se engañe y no figure en la estadística de los caídos de Sánchez
ULISES CULEBRO/>
Luego de obligarla a entregar la cabeza de la directora del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), Paz Esteban, como exigían sus sosias separatistas, pese a ensalzarla la víspera ante quienes están resueltos a repetir su fallida tentativa golpista de 2017 en Cataluña, lo más denigrante que ha hecho Sánchez con su ministra de Defensa, Margarita Robles, -y ella lo ha consentido balbuceante- es perdonarle la vida y sostenerla en el cargo como alma en pena. Ahora paseará su vergüenza pasando revista a unas tropas que observarán su mancha en el brocado. ¡Como para darle la espalda tras apuñalar a la jefa de los espías! Reduciéndola a la nada como antes a otros muchos colaboradores, Sánchez ejemplifica lo que el Diccionario de Autoridades definía en 1737 como "perdonavidas": "balandrón que ostenta guapezas, y se jacta de valentías y atrocidades". Algo que él mismo reafirmó esta semana de autos y atropellos. Sacado de quicio por el portavoz de Ciudadanos, Edmundo Bal, quien corrió la suerte de Paz Esteban, le espetó desde la bancada azul como el que se acoda en una barra de bar: "Debe ser bastante frustrante sentirse tan bueno y tan poco reconocido". Frente a una ajada margarita, Bal retrató la arrogante soberbia de quien hace de su extrema debilidad el gran negocio soberanista y echa abajo el armazón institucional y constitucional del Estado. A la sazón, fue el desquite -pequeño, pero gratificante- que cosechó en el redondel de la soberanía nacional quien fue purgado como abogado del Estado por no transigir con los enjuagues gubernamentales con los encausados del 1-O que ahora se enseñorean de la nación que desmembran a martillazos. Evocando las coplas de Jorge Manrique por la muerte de su padre, cabe preguntarse igualmente: ¿Qué se hizo de Robles? ¿Qué fue de tanta ministra? En su primera defensa de la escamochada Paz Esteban, quien actuó en Derecho y acorde con la encomienda del CNI de velar por la integridad territorial de España, como motivó el magistrado del Supremo para interceptar las comunicaciones de 18 independentistas -entre ellos, el hoy president Aragonès-, Robles evitó verbalizar el "dos al precio de uno" de González con Guerra a propósito del escándalo de su "enmano" Juan. Pero puede que acabe siendo así. Basta con que Podemos y sus aliados separatistas se empecinen contra quien el jueves fue reprobada por el Parlament a instancias de ERC. Es hasta probable que, tras las elecciones andaluzas y la cumbre de la OTAN de junio, Sánchez aproveche un eventual ajuste ministerial para presentar su "destitución" como una "sustitución" en ese departamento de Estado. Hay, por contra, perros viejos que avizoran lo contrario. Lo hacen echando mano del libro de ese sabio en experiencias y lecturas que es Joaquín Leguina, donde identificó a Robles como la madrastra de Frankenstein. Casó la morcilla ilegal que introdujo el juez José Ricardo de Prada contra el testigo Rajoy en la sentencia sobre el caso Gürtel con la redacción de su puño de la moción de censura. En consecuencia, Sánchez no matará a la progenitora de la conchabanza. Lo que es mucho suponer en un killer político que no conoce padre ni madre. Aplicando diferente vara de medir, la Alianza Frankenstein ha dejado, en cambio, de lado al ministro Bolaños. Y eso que, como secretario de la Presidencia, era el encargado de las comunicaciones de Sánchez cuando el teléfono presidencial sufrió una intromisión entre el 19 y el 31 de mayo de 2021 en plena crisis diplomática con Marruecos sobre la que se cierne la densa bruma de la reposición sanchista sobre el ex Sáhara español. Contrariamente a lo dicho para cebar el expediente ad hoc contra Paz Esteban, esa tarea no corresponde al CNI, como se admitió el gabinete en 2020 en una respuesta parlamentaria a Vox. Con alto grado de dignidad y decoro, esta servidora pública se negó a hacerse la "autocrítica" como en los regímenes comunistas y a formalizar una dimisión que maquillara un desafuero que pone en solfa al CNI y reporta impunidad tácita para el soberanismo. Sánchez ha tirado la Casa -término coloquial para aludir al espionaje español- por la ventana. Un sindiós teniendo en cuenta que el CNI acataba órdenes de quien luego indultó a los sediciosos con el rechazo unánime de un Tribunal Supremo a una gracia que entendían que, en realidad, suponía un "autoindulto" al beneficiar a quienes le sustentan en La Moncloa. Degenerando como el rehiletero de Juan Belmonte que devino en gobernador de Huelva, la magistrada que preservó en su destino barcelonés la independencia de la Justicia frente a las intromisiones políticas en favor de Jordi Pujol por el caso Banca Catalana o puso pie en pared al uso fraudulento de los fondos reservados con González, ahora dobla la cerviz ante los intereses espurios del sanchismo. Con todo, lo peor que llevará es que Sánchez la haya puesto al ras de deshonra y deshonor de su enemigo íntimo, el también juez-ministro Marlaska. Arroja por el albañal su prestigio con una destitución sin porqué, pero sí con para qué: servir la cabeza de otro servidor público en la pira que ilumina la sombra espectral de Sánchez. Si el titular de Interior depuso a instancias de Sánchez al coronel Pérez de los Cobos por no quebrar el secreto judicial sobre la investigación en torno a la propagación del covid al postergarse la alarma sanitaria a la marcha feminista del 8-M de 2020 en la que participó el propio Marlaska, ahora Robles pone en almoneda su reputación como aquel al que desprecia sin disimulo. Como Marlaska hace tiempo, Robles ya es otro cadáver político, aunque ella se engañe y no figure en la estadística oficial de los caídos por la gracia de Sánchez. Ambos rememoran al secretario del gobernador de Irlanda que, al ser designado, le expresó sus dudas a Samuel Johnson acerca de si estaría a la altura de la encomienda y éste le quitó cuidado: "No tenga miedo ninguno, señor. Pronto será usted un magnífico bribón". En efecto, si uno proporcionó la cabeza de Pérez de los Cobos como tributo al segregacionismo tras asumir el mando único durante la aplicación del artículo 155 de la Constitución en Cataluña que avaló otro Sánchez, que diría Carmen Calvo, la otra ha hecho otro tanto con Paz Esteban. Estos sacrificios humanos de Sánchez evidencian el mal pago del Estado a los servidores que se jugaron el tipo el 1-O y asumieron su deber frente a quienes les fulminan a capricho hasta merecer exclamar por ellos como en el Cantar del Mío Cid: "¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor!". Estos héroes de nuestro tiempo plasman la degradación de un Gobierno en el que Sánchez, a medida que crece su impotencia, desfoga su ira contra quienes, tal que Robles y Marlaska sin ser excepción sino regla, aguantan estólidos para no ser excluidos del mando. Oyendo a Robles dar gracias a Sánchez como si fuera el Altísimo tras decapitar a la directora del CNI, ésta parecía aquel imperturbable Mólotov que aguantó las iniquidades de Stalin -incluso el arresto de su mujer- para no perder preeminencia en el Kremlin. Con su acto de servidumbre, entrambos se han ganado su esclavitud. Ante tal descomposición del marco legal con la ejecución sumaria de sus custores, nadie debiera ser indiferente. Esa indolencia se torna voraz y no evita que "eso aquí no puede ocurrir". Menos cuando ya se opera esa deriva combinando aceleraciones como las de esta semana con pasos apenas apreciables pero que, juntos, obran efectos letales. Primero fue RTVE saltándose la ley para ubicar a una administradora única para reafirmar el ente público como abrasivo instrumento de propaganda gubernamental. Luego el apoderamiento del CIS con las encuestas bacteriológicas del doctor Tezanos infectando a la opinión pública. Le siguió la devaluación de la Abogacía del Estado en Letraduría del Gobierno. A continuación, el Ministerio Público fue sometido a parejo yugo tras el alunizaje de la ex ministra Delgado, ratificando lo dicho por Sánchez: "¿La Fiscalía de quién depende? Del Gobierno. Pues ya está". No escapó el Centro de Alertas Sanitarias, donde su director, Fernando Simón, devino en activista que escamoteó la virulencia del covid-19 y manipuló las cifras de muertos, mientras se ponía a la Guardia Civil a abrigar el buen nombre del Gobierno, a la par que depuraba su cúpula. Y así un inabarcable etcétera hasta alcanzar a unos servicios secretos donde ya irrumpió ilegalmente el antaño vicepresidente y líder podemita, Pablo Iglesias, quien ahora extramuros del Consejo de Ministros hostiga a Sánchez en comandita con el separatismo. No es seguro que, como brinda Carlos Herrera cual encarnación revivida del Burlador de Sevilla, los muertos de Sánchez, tanto en política o en comunicación, gocen de buena salud. Pero sí que a España se la llevan los demonios con la demolición de sus instituciones y la persecución de quienes fiscalizan el ejercicio despótico del poder. Por eso, ante realidad tan cruda y acre, sólo caben dos opciones posibles: bien mirar para otro lado y relativizarlo todo hasta que lo temido sea irremediable, bien ponerle remedio con la confluencia de la oposición y de la sociedad civil frente a quien, como la Reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas, ordena colérico: "¡Que le corten la cabeza!" a cuantos no se pliegan a sus dicterios. Mucho más cuando la política española, por su obra y gracia, es un circo de varias pistas en el que el espectáculo está asegurado a costa del bien común. Así, mientras Sánchez se apoya en quienes lo maltratan y le abren continuas vías de agua, exige a la oposición que le saque las castañas del fuego y le ponga la otra mejilla para abofetearla sin viso alguno de rectificar. Como enseña la Historia desdeñada en los planes de estudios, un príncipe débil siempre está gobernado por sus criados más desleales y por sus amigos más viciosos. En este envite, en esta España de las cabezas cortadas, cabe exhalar, a modo de oración fúnebre, parejas palabras a las de Jovellanos en su agonía: "¡País sin cabeza, desgraciado de mí!"/>
Artículo de FRANCISCO ROSELL Vía EL MUNDO

domingo, 8 de mayo de 2022

El zapatófono de Sánchez y el insomnio español

Sánchez naufraga procurando subsistir prendido por los sargazos que alimentan sus mentiras
ULISES CULEBRO />
Cuando en diciembre de 2019 Sánchez repitió la cita con las urnas para mejorar sus resultados de abril mediante unas fallidas elecciones plebiscitarias sobre el sofisma de Yo o el caos -como si una cosa y la otra fueran asunto diferente en su caso-, se hizo realidad la gran portada del semanario Hermano Lobo en la que el orador plantea esa disyuntiva y el público chilla "el caos, el caos" sin que el tribuno pierda un segundo en aclararles: "Es igual, también somos nosotros". Al cabo de este tiempo, esa realidad se ha hecho clamorosa en el Gobierno de cohabitación socialcomunista hasta el punto inusitado de estar a la greña ministros socialistas entre sí y ministros podemitas enfrentados a su vez con estos y desavenidos entre ellos. Un pandemónium de imposible gestión y de visibles secuelas para un ciudadano sumido en el insomnio que le inocula Sánchez a modo de socialización de su propia culpa y de la que hace chivos expiatorios a los españoles en su conjunto. Mucho más cuando sus aliados parlamentarios zamarrean la estabilidad gubernamental con cualquier excusa y razón, mientras el presidente pugna por sobrevivir haciendo añicos el Estado hasta arriesgar el aserto del canciller de hierro Bismarck de que éste es el país más fuerte del mundo pues "los españoles llevan siglos intentando destruirlo, y no lo han conseguido". Cuando, creyendo haber conjurado el insomnio, unió su destino a tales socios en enero de 2020, produjo su putrefacción y la ajena como a aquellos prisioneros a los que Mecencio, rey de Etruria, amarraba a un cadáver. Dicho pacto, fundado en el imperativo de salvar aún en la descomposición la sustancia, tiene visos de perdurar porque el horno de las encuestas no está para bollos ni Sánchez para pisar la calle en romería. No hay que descartar que, atrapado, responda como una fiera acosada y le pegue una patada al ajedrez para hacer rodar las piezas presentándose, por enésima vez, como lo que no es ni siente. Si los hermanos Marx en el Oeste avivaban la caldera de la locomotora quemando los vagones al grito de Groucho de "¡esto es la guerra, traed madera!", Sánchez arrasa, junto a la economía, las instituciones que, previamente, desacredita para facilitar su demolición y se cobra la cabeza de quienes cumplen con su deber. Como viene haciendo con los servidores públicos que han sabido estar en su sitio y descollaron frente al proceso independentista. Ello hunde la reputación internacional de España con episodios tan esperpénticos como su anuencia con la campaña de descrédito contra el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) de sus socios podemitas y de sus aliados soberanistas a raíz de la investigación a líderes independentistas que él mismo autorizó cuando negociaba con ellos. Tratando de salir de un charco se ha metido en un océano del que ha debido ser rescatado por el PP al votar en contra de la creación de una comisión de investigación sobre espionaje auspiciada por los socios a los que acomodó en la Comisión de Secretos Oficiales con la connivencia de la presidenta del Congreso, Meritxell Batet. Una suma de dislates coronada al airear el lunes el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, en un caso insólito en el mundo, las escuchas de las que habría sido objeto Sánchez en la primavera de 2021 para asimilar la situación de éste a la de los secesionistas involucrados en el intento de golpe de Estado de 2017 en Cataluña que han puesto en solfa al CIS y, de esta forma, soslayar su inculpación. Siendo responsable de la integridad de las comunicaciones de los ministros, Bolaños emuló en la surrealista rueda de prensa del lunes al capitán Renault en Casablanca. Tanto en la escena que resuelve, a instancias del mayor alemán Strasser, clausurar el Rick's Cafe Americain porque "acabo de descubrir que en este local se juega", mientras el croupier le desliza un fajo de billetes con un "sus ganancias, señor". Como aquella otra en la que Renault libra de ser ajusticiado a Rick tras disparar al militar nazi al instar a sus subordinados a que "capturen a los sospechosos de siempre" dando paso al "principio de una hermosa amistad". Diez días antes de este ceremonial de confusión por parte del Gobierno presumía, en respuesta parlamentaria, de estar "en condiciones de anticipar y prevenir ciberataques, y de mitigar sus efectos, recuperar las funciones afectadas y responder debidamente en caso de que estos se produjesen". Al primer tapón, zurrapas. Claro que, además de rezumar zafio oportunismo, la revelación de que la infección del teléfono del presidente a través del programa espía israelí Pegasus se habría producido entre el 19 y el 31 de mayo de 2021, en plena crisis diplomática con Marruecos, ha contribuido a desatar todas las conjeturas sobre la incidencia que la sustracción de 2,5 gigas del móvil pudo tener en su decisión unipersonal de aceptar, en la práctica, la absorción por Rabat del antiguo Sáhara español. Era lo que le faltaba para mover a la desconfianza en todas las direcciones. Si provocó innecesariamente a Rabat trayendo a España al líder del Frente Polisario para luego darle a Marruecos hasta lo que no le corresponde sin contraprestación alguna para cerrar la crisis diplomática, ahora desteje lo hecho mediante su atrabiliario proceder. ¿Hay quien dé más? Hace ahora un siglo se registró un sonoro escándalo en el Reino Unido. Quebrantando todas las reglas al uso, Lord Curzon, secretario del Foreign Office, citó públicamente en 1923 los textos que sus servicios de inteligencia habían interceptado de los despachos cruzados entre el Gobierno soviético y sus emisarios en Persia e India. Este anuncio movió a la estupefacción de los diplomáticos a sus órdenes. Nunca -ni siquiera en las controversias más agrias- se había mencionado como prueba una información reservada que se hubiera agenciado bajo cuerda. Partiendo de que "hay ciertas cosas que no se hacen entre caballeros", los británicos consentían en que, de hacerlo, se callaban y no se presumía de ello. En suma, si los gobiernos mantienen servicios secretos es para escudriñar los planes ajenos sin discernir entre amigos y enemigos, pero por ningún motivo lo confiesan públicamente. Muchos países se espían hasta amistosamente como Obama a la canciller Merkel desde el cinismo que se deriva de la asunción de la máxima maquiavélica de que el fin justifica los medios por impúdicos que estos resulten. De hecho, con relación a la agencia de seguridad nacional norteamericana NSA, hasta que se publicaron las filtraciones de su infiel empleado Edward J. Snowden sobre espionajes sistemáticos a jefes de Estado y de Gobierno, se bromeaba con sus siglas aseverando que significaban No Such Agency, es decir, no existe tal agencia, pese a funcionar desde 1952 y con más empleados y presupuesto que la CIA. En este brete tan comprometido y comprometedor, Sánchez naufraga procurando subsistir prendido por los sargazos que alimentan sus mentiras, lo cual hace más peligroso a quien no conoce freno y no está dispuesto a romper con quienes le sostienen a flote mientras le echan una mano al cuello para que no olvide de quién depende. En este sentido, en vez de pegar un zapatazo encima de la mesa como se cuenta que hizo el líder soviético Jrushchov en 1960, en el curso de una sesión plenaria de la ONU, en respuesta al jefe de la delegación filipina que acusó a los soviéticos de imperialistas, Sánchez parodia a aquel televisivo Superagente 86. Maxwell Smart, cuyas torpes aventuras amenizaron las televisiones desde mediados de los 60 hasta casi los 80 mediante sus infinitas reposiciones, usaba un zapatófono para brindar datos secretos a Control, simulacro de la CIA, frente a Kaos, una burla del KGB como "la organización internacional del mal". "Hasta el momento nadie había hecho una serie con un idiota como protagonista, así que decidí ser el primero", dijo su creador, Mel Brooks, quien incorporó el zapatófono a esta ficción después de tener la humorada de descalzarse y empezar a hablar con el zapato con un imaginario interlocutor cuando se hallaba en su oficina y todos los teléfonos se pusieron a sonar a la vez. Al hacerles reír a carcajadas a los presentes, incorporó esa ocurrencia a la serie que hoy parodia la denuncia oportunista del espionaje del celular de Sánchez para huir de la quema. Más allá de los fuegos artificiales de la factoría de La Moncloa, lo realmente inquietante es corroborar cómo los aliados de Sánchez, con su complicidad, echan abajo el armazón del Estado. Primero el CIS, luego el Tribunal Supremo con los "autoindultos" a los golpistas, a continuación la Fiscalía General y la Abogacía del Estado, para seguir con el Parlamento como escribanía de un Ejecutivo en el que el Consejo de Ministros está en manos de unos párvulos sin adultos que pongan un mínimo orden y decoro, y ahora sitúa al CNI en el ojo del huracán hasta arriesgar operativos destinados a preservar la seguridad y la integridad territorial de España. ¿Quién se va a fiar de lo que su propio Gobierno cuestiona por sacar adelante tan sólo una votación? En su Decadencia y caída del Imperio romano, Gibbon colige que difícilmente se descubren las causas latentes del declive de un régimen hasta que el montaje se viene abajo por su peso de la forma que ahora se observa. Ocurrió cuando la vieja república romana olvidó que su mayor fortaleza era la virtud de sus gobernantes y gobernados. Este delicado momento obligará a refundar de raíz las instituciones con igual intensidad y empeño con el que Santa Teresa y San Juan de la Cruz acometieron, no sin quebrantos y mortificaciones, la de los frailes carmelitas. Estas podredumbres -delictivas muchas- se han extendido a ámbitos civiles. Demuéstrase así que no existe un poder político podrido y una sociedad civil sana cuando renuncia a su independencia y se machihembran. La sociedad civil ha degenerado del modo en que lo han hecho unos agentes sociales tan fundamentales como desacreditados con su vivir a cuerpo de rey. Estas castas privilegiadas han asumido ser instrumento de dominio social al servicio del poder. No obstante, como expresó Viktor Emil Frankl, psiquiatra austríaco que sobrevivió en varios campos de concentración nazis, "las ruinas son, a menudo, las que abren las ventanas para ver el cielo". />
Artículo de FRANCISCO ROSELL Vía EL MUNDO

domingo, 1 de mayo de 2022

Sánchez y el hijo de Frank Sinatra

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el periodista de 'New Yorker' Ronan Farrow. EP / Agencia Views />
No hay semana, incluso no hay día, en que Pedro Sánchez no nos humille y nos haga sentir vergüenza como españoles. Porque ver al presidente del Gobierno de tu país ser tratado como un pelele por el separatismo catalán, como el pobre banderillero al que el miura de turno se pasa de pitón a pitón con total impunidad, no puede producir más que vergüenza ajena en cualquier español bien nacido. Hablamos del escándalo que esta semana ha ocupado la actualidad, referido al supuesto espionaje al que han sido sometidos los móviles de decenas de separatistas catalanes y alguno vasco mediante el software Pegasus, una máquina de fabricación israelí a la que solo pueden acceder Gobiernos de otros países, y que se ha demostrado como una operación más, un montaje de libro, de las muchas orquestadas por el independentismo catalán contra un Gobierno, el de Sánchez, al que tiene bien trincado por salvada sea la parte -caso único en el panorama político europeo- desde junio de 2018. El asunto lo pone en circulación el semanario norteamericano New Yorker, uno de esos templos de la progresía occidental que no oculta sus simpatías por el independentismo catalán. El periodista Ronan Farrow firmaba el 18 de abril una larga historia titulada "Spy on their Citizens" (o "Cómo las democracias espían a sus ciudadanos") en la que explicaba que Citizen Lab, un laboratorio de ciberseguridad dependiente de la Universidad de Toronto, Canadá, tenía pruebas del uso de Pegasus en políticos y activistas catalanes. Huelga insistir en las contradicciones del informe de Citizen Lab, cuya escasa fiabilidad ha sido puesta de manifiesto por gente variopinta esta semana (muy interesante el análisis realizado al respecto por José Javier Olivas, doctor por la LSE e investigador de la UNED, en su cuenta de Twitter, @josejolivas), pero sí merece la pena insistir en el protagonismo de dos personajes centrales de este folletín. Uno de ellos es el citado Ronan Farrow, hijo de la actriz Mia Farrow y del director Woody Allen, o eso parecía hasta que la propia Mia se encargó de revelar que el verdadero padre de su hijo era Frank Sinatra, un marrón como una catedral que el afectado solventó con una frase para la historia del cinismo: "Bueno, al final todos somos un poco hijos de Frank Sinatra". El muchacho listo es. Titulado por la prestigiosa Yale, en 2019 ganó el no menos prestigioso premio Pulitzer por una historia sobre el productor de cine Harvey Weinstein, y desde entonces su cotización subió como la espuma. No así su credibilidad. El 19 de mayo de 2020, el New York Times publicaba un artículo ("Is Ronan Farrow too good to be true?") firmado por Ben Smith, en el que le acusaba de "escribir conspiraciones seductoras que no puede probar". Lo alucinante del caso es que el Gobierno de Sánchez da por buena la tesis del espionaje del CNI sobre los separatistas catalanes, sin plantearse la más mínima duda de las muchas que pueblan un montaje que huele a pescado podrido de principio a fin El otro es el activista separatista Elías Campo Cid (¡ocho apellidos catalanes!), un tipo que participó como voluntario en la organización del referéndum ilegal del 1-O, y que no oculta su admiración personal por Puigdemont y el resto de compañeros mártires. Nada habría que objetar si Campo, sin experiencia como investigador y sin título universitario que lo avale como coordinador de un trabajo de tal envergadura, no se hubiera desempeñado como redactor principal del informe declarándose, al mismo tiempo, como una de las víctimas del espionaje de Pegasus. Juez y parte. Haciendo suya la narrativa secesionista que tan bien conocemos por estos pagos, y naturalmente sin la menor mención a que los supuestos espiados pertenecen a un movimiento que ha protagonizado un golpe de Estado contra la legalidad española, la conclusión de New Yorker, Farrow y Campo es categórica: "Estamos ante una flagrante violación de las libertades civiles en Cataluña". Lo alucinante del caso es que el Gobierno de Sánchez desde un primer momento asume y da por buena la historia, endosa como verdadera la tesis del espionaje del CNI (¿quién si no?) sobre los separatistas catalanes, sin plantearse la más mínima duda o interrogante de los muchos que pueblan un montaje que huele a pescado podrido de principio a fin. Al Gobierno Sánchez y a sus tropecientos asesores (Abogacía del Estado incluida) no le hace sospechar siquiera el hecho de que el "Catalangate" con el que el guapo Farrow bautiza la publicación de su reportaje coincidiera con la web http://Catalangate.cat que la organización separatista Asamblea Nacional Catalana (ANC) había registrado el 10 de enero de 2022, y que dos días después del reportaje del New Yorker estaba ya en pleno funcionamiento en inglés y catalán. Toda una campaña preparadita con muchos meses de antelación. La línea de sumisión del Gobierno al separatismo catalán, envalentonado por lo que creen ha sido un golpe de efecto internacional que ha pillado desprevenido a Madrid, alcanza el cénit de la ignominia con la visita que el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, supuestamente el "listo" de este Ejecutivo, realiza el pasado domingo, naturalmente por mandato de Sánchez, a Barcelona para dar explicaciones a los "espiados" en la persona de una consejera de la Generalitat de segunda o tercera categoría, quien previamente se permite humillar al número dos del Gobierno haciéndole desprenderse de su móvil antes de pasar a la sala donde se iba a celebrar "la cumbre". Humillación a Bolaños, humillación a Sánchez y, por extensión, humillación a todo un país que ya no puede material ni moralmente recibir más sopapos de un separatismo al que el Gobierno del PSOE no solo no ha rematado en su momento más bajo, sino que le ha dado aire, le ha insuflado protagonismo nuevo aceptando como bueno un montaje que debería haber descartado de un plumazo. Nunca nadie pudo sospechar que nuestra democracia llegaría a sufrir la humillación de ver la estabilidad institucional y la seguridad del Estado en manos y/o al alcance de los enemigos declarados de ese mismo Estado, y ello para dar satisfacción a los intereses del PSOE y los de su gran capo Porque todo el episodio sería una comedia bufa si por medio no estuviera el prestigio de España y la situación de un país en el punto más bajo de su decadencia como nación. Entre las obligaciones del CNI está, naturalmente, la de vigilar a los enemigos del orden constitucional para preservar la seguridad del Estado. El artículo 1 de la Ley 11/2002 reguladora del CNI fija sus tareas asegurando que "El Centro Nacional de Inteligencia es el Organismo público responsable de facilitar al Presidente del Gobierno y al Gobierno de la Nación las informaciones, análisis, estudios o propuestas que permitan prevenir y evitar cualquier peligro, amenaza o agresión contra la independencia o integridad territorial de España, los intereses nacionales y la estabilidad del Estado de derecho y sus instituciones". La independencia y la integridad territorial de España. Para eso está el CNI. Y el artículo único de la Ley Orgánica 2/2002 de la misma fecha establece el control judicial previo en los siguientes términos: "1. El Secretario de Estado Director del Centro Nacional de Inteligencia deberá solicitar al Magistrado del Tribunal Supremo competente, conforme a la Ley Orgánica del Poder Judicial, autorización para la adopción de medidas que afecten a la inviolabilidad del domicilio y al secreto de las comunicaciones, siempre que tales medidas resulten necesarias para el cumplimiento de las funciones asignadas al Centro". El Gobierno ha reconocido muy tarde, vía su tradicional medio de comunicación, que el supuesto espionaje a los líderes independentistas se llevó a cabo de forma individualizada y con el correspondiente mandamiento judicial. Si esto es verdad, se acabó el caso. Si la infiltración de los móviles con Pegasus se hizo como manda la Ley, aquí debería cerrarse el asunto con un simple portazo del Ejecutivo en el rostro de ese separatismo faltón y delincuencial a partes iguales y en sus horas más bajas. Pero, ¿Por qué va entonces Bolaños a Barcelona a ponerse de rodillas ante una funcionaria de la Generalitat? Entre las infinitas sombras que escoltan este episodio hay algunas particularmente interesantes. Como, por ejemplo, que más de 95% de las escuchas se realizaron en el año 2019, cuando Sánchez estaba negociando el apoyo parlamentario de "la banda" (comunistas, separatistas, bildutarras y nacionalistas vascos). Aparte de mostrar una vez más la falta de escrúpulos del sujeto (pretendo aliarme con una gente tan digna de sospecha que mientras negocio espío sus móviles), ¿qué es lo que sabe Sánchez de sus socios y qué pretende hacer con ello? No parece que sea mucho a la luz del comportamiento de unos y otros. Sánchez se humilla y se muestra dispuesto a pagar el precio que ERC le exige para mantenerlo en el poder, aunque ello signifique acelerar el deterioro institucional hasta niveles insoportables. Y no parece que sea mucho porque los separatistas creen tenerlo acorralado y no están dispuestos a soltar la presa, a la que exigen que haga rodar cabezas (la de la ministra de Defensa, Margarita está linda la mar Robles, qué triste final el tuyo, que epílogo para la juez de prestigio que fuiste un día no lejano) y además exigen comisiones de investigación y, sobre todo, exigen meter las narices en el propio CNI, entrar a formar parte de la Comisión Parlamentaria que vigila las actividades del centro, exigencia a la que el PSOE y el Gobierno Sánchez accedieron en la tarde noche del martes, en una de las más penosas sesiones parlamentarias que ha conocido la doliente democracia española. El resultado es único por estrambótico. En la comisión de secretos oficiales se sentarán a partir de esta semana, entre otros, Gabriel Rufián (ERC), Míriam Nogueras (Junts), Mertxe Aizpurua (EH Bildu) y Albert Botrán (CUP). No cabe un zorro más en el gallinero del Estado. Que nadie dude que Sánchez sacrificará a Margarita Robles para seguir en Moncloa unos meses más si bildutarras y separatistas así se lo exigen Se entiende el cabreo existente estos días dentro del CNI. Nunca nadie pudo sospechar que nuestra democracia llegaría a sufrir la humillación de ver la estabilidad institucional y la seguridad del Estado en manos y/o al alcance de los enemigos declarados de ese mismo Estado, y ello para dar satisfacción a los intereses del PSOE y los de su gran capo, en una operación profundamente dañina para los intereses de España. Se entiende también la preocupación que hoy embarga a embajadas en Madrid como la de EE.UU. o la de Reino Unido, ante la inminencia de la próxima cumbre de la OTAN a celebrar en la capital de España los próximos 29 y 30 de junio. En esa reunión se va a pasar revista al papel de la organización, manifiestamente mejorable, en la guerra de Ucrania y, sobre todo, se va a establecer el nuevo plan estratégico para los próximos 10 años. De verdad, ¿qué seguridades pueden tener los grandes capos de la OTAN de que lo que se hable y acuerde en Madrid no será del conocimiento de Vladímir Putin a la media hora, con gente en esa comisión de secretos oficiales a la que Putin ha financiado y que nunca ha negado su admiración por el genocida ruso? ¿Y cómo pueden sentirse los servicios de inteligencia de nuestros socios en la UE y en la propia OTAN que comparten información tan valiosa como secreta con el CNI, ante la presencia de tanto indeseable como ha sido admitido en la citada comisión? El Gobierno Sánchez ofrece una lamentable imagen de debilidad y confirma una vez más su tóxica dependencia de unos socios que diariamente le obsequian con su absoluta deslealtad. Que nadie dude que el sujeto sacrificará a Margarita Robles para seguir en Moncloa unos meses más si bildutarras y separatistas así se lo exigen. El responsable de este escándalo que avergüenza a los españoles tiene, como siempre desde junio de 2018, nombre y apellidos: Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Y los españoles tienen una obligación que cada día reclama mayor urgencia si quieren preservar la estabilidad institucional y la supervivencia del marco jurídico que ha permitido más de 40 años de convivencia en paz: desalojar cuanto antes del poder a este facineroso de la política para quien solo cabe imaginar un destino: el banquillo de los acusados. />
Artículo de JESÚS CACHO en VOZ PÓPULI

domingo, 24 de abril de 2022

ESPAÑA, VEINTE AÑOS PERDIDOS

El presidente nacional del PP, Alberto Núñez Feijóo (i) y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), durante una reunión en La Moncloa. EP />
/>
“En 2021, el español medio produjo un poco más de 23.000 euros, cifra corregida con la inflación, lo mismo que en 2005, lo que quiere decir que desde entonces nuestra economía no ha crecido. Ya no estamos hablando de una década perdida. Son 16 años sin crecer y vamos camino de las bodas de plata de carencia de crecimiento económico”. La frase pertenece al economista Jesús Fernández-Villaverde, catedrático de Economía en la Universidad de Pensilvania desde 2007, en una conferencia impartida hace escasas fechas en la Fundación Rafael del Pino de Madrid. “España tiene el mismo PIB per cápita que Estados Unidos en 1870, lo que equivale a decir que en 152 años no hemos sido capaces de reducir la distancia que nos separa de la primera economía del mundo. Hemos pasado de ser el 2% a solo el 1,37% de la economía mundial. Cada vez somos menos importantes. Nos vamos a convertir en un país periférico. El problema es que otros países sí han crecido. El PIB per cápita de Irlanda lo ha hecho en un 79% desde 2005. El de Alemania, en un 18,7%; Estados Unidos, un 17%. También Japón, con sus problemas demográficos, ha crecido un 7,8%. Incluso Portugal ha sido capaz de crecer en un 7%, ¿por qué nosotros no lo somos?” “¿Es que solo importa el crecimiento económico? ¿Es el PIB la única variable a considerar?”, prosigue Fernández-Villaverde. “Veamos. En 2005 trabajaban 19,2 millones de españoles; en 2021 lo hacen 19,6 millones. Hemos creado apenas 400.000 puestos de trabajo. No somos más productivos ahora que en 2005. Nuestra capacidad de producir no ha crecido, aunque la población sí lo ha hecho. El desempleo, por otro lado, ha pasado del 8% al 16%. El déficit estructural de las Administraciones Públicas, que en 2005 era del 3,43%, es ahora del 5,3%, mientras la deuda pública se ha disparado del 42% a cerca del 120% del PIB. Es decir, que producimos lo mismo, pero tenemos más desempleo, más déficit y mucha más deuda”. Han sido 16 años perdidos y lo que te rondaré morena. ¿Estamos condenados los españoles a perdernos en el furgón de cola del progreso? ¿Somos menos laboriosos que los habitantes de otros países? No lo parece. Españoles de primer nivel hay enseñando en las mejores universidades, compitiendo en los mercados de capitales de Londres o Nueva York, participando en compañías tecnológicas de Silicon Valley o dirigiendo la investigación médica en los mejores hospitales del mundo, por solo hablar de algunas de las profesiones liberales más relevantes del momento. Nuestro retraso es producto de decisiones de política económica equivocadas tomadas por los sucesivos gobiernos con el consentimiento de la ciudadanía. Negación de los ajustes pertinentes en épocas de vacas gordas para afrontar las crisis que siempre acaban por llegar y eterno olvido de las reformas imprescindibles para volver al crecimiento. “Todas las decisiones de política económica de las últimas semanas son exactamente iguales que las que se tomaron en el otoño de 1973, tras la primera crisis del petróleo. Una, negar la realidad. Dos, tomar medidas en el Consejo de ministros que van a dar un titular fantástico al día siguiente para dar la impresión de que se hace algo y tratar de ganar votos. Intentar solucionar la situación actual a base de gasto público con una deuda del 120% del PIB es hacer lo contrario de lo que habría que hacer”. El viernes supimos que la deuda pública alcanzó el pasado febrero su máximo histórico con 1,442 billones de euros, lo que supone casi un 5,5% más que hace un año (74.474 millones más), superando el 119% del PIB, según los datos publicados por el Banco de España. Esta es la verdadera tragedia de España, el cáncer que amenaza la prosperidad colectiva y la realidad que celosamente oculta el Gobierno y en buena medida la oposición. Llama poderosamente la atención que en situación tan amenazante, que devendrá en una crisis de deuda inevitable en cuanto nuestro Tesoro se vea obligado a salir a financiarse en el mercado tras la decisión del BCE de empezar a reducir sus programas de compra de deuda soberana, en el Parlamento y en los medios de comunicación se siga hablando única y exclusivamente de “desigualdad”, de “ayudas”, de “subvenciones” y, en definitiva, de gasto público. Ni una palabra sobre el crecimiento, sobre la necesidad de crecer, de generar riqueza y crear empleo, única forma de abordar el saneamiento integral de las cuentas públicas. En las últimas fechas se viene hablando con largueza de la conveniencia o no de bajar impuestos en la actual situación, un debate introducido por la llegada a la dirección del PP de Alberto Núñez-Feijóo, que este viernes hizo pública una propuesta al Gobierno Sánchez con rebajas fiscales por importe de 10.000 millones y cerca de 5.000 más de movilización de fondos del Plan de Recuperación para bonificar fiscalmente la energía a las rentas bajas. Y da la impresión de que, a pesar de haber contado en la elaboración de ese plan con la ayuda de “decenas de personas de la sociedad civil”, el PP no acaba de dar con la tecla, no es muy consciente de la gravedad de una situación que no se arregla con cataplasmas destinadas a transmitir a la ciudadanía la sensación de que la oposición también se mueve, se preocupa y plantea soluciones. Ocurre que en una crisis de oferta como la que nos ocupa consecuencia de la invasión de Ucrania, toda esa parafernalia del cheque, la ayuda y la subvención tiene un componente inflacionario evidente, tanto más grave con un guarismo que ahora mismo ronda el 10%. Nuestro retraso es producto de decisiones de política económica equivocadas tomadas por los sucesivos gobiernos con el consentimiento de la ciudadanía" Naturalmente que el Gobierno y su clerecía mediática se escandalizan ante la sola mención de una bajada de impuestos, porque lo suyo es justo lo contrario, exprimir a empresas y clases medias trabajadoras para poder gastar más, olvidando la otra parte de la ecuación, la necesidad imperiosa de reducir el gasto, de racionalizar el gasto público para hacer más con lo mismo o con menos, empezando por recortar drásticamente la escandalosa estructura de un Gobierno con veintitantos ministerios, algunos, caso del de Igualdad, con un presupuesto que supera los 5.000 millones, una situación insultante desde el punto de vista del contribuyente. Todo apunta a un futuro muy preocupante para una España enfrentada a la incertidumbre de la guerra en Ucrania y sus efectos sobre los precios, con alta inflación, fuerte subida de tipos de interés llamando a la puerta, un crecimiento raquítico, un endeudamiento insoportable, y un proceso de desglobalización en marcha cuyas consecuencias para una economía abierta como la nuestra, básicamente dependiente del turismo, se desconocen. Lo más dañino, con todo, es la presencia en el puente de mando del peor Gobierno de la democracia, el más endeble desde el punto de vista técnico y el más débil desde el parlamentario. Una coalición de socialistas y comunistas incapaz de acometer las reformas que el país necesita y, por supuesto, negado para abordar un proceso de consolidación fiscal que, más pronto que tarde, nos acabará imponiendo Bruselas, porque, por suerte, pertenecemos al club del euro y será la dirigencia de ese club la que nos imponga los ajustes a realizar y la que, en definitiva, nos salve de la clase política que padecemos y a la que resignadamente respaldamos cada cuatro años. Ello, en una situación de extrema debilidad del Estado que episodios como el del espionaje del “Pegasus” no hacen sino poner en evidencia. El ciudadano de una democracia parlamentaria en un país desarrollado espera que sus gobernantes cumplan con las obligaciones inherentes a su cargo, una de las cuales consiste en proteger la seguridad del Estado de sus enemigos internos y externos. El problema no es que el CNI haya expiado a los separatistas, que va de suyo (“Sí, yo disparé”, Thatcher en el Parlamento británico tras la muerte en Gibraltar de tres activistas del IRA), iba en el sueldo del mediocre Sanz Roldán, el problema es que lo han hecho tan mal, ha sido tal la chapuza que, en el caso del 'procès', el pasmado Rajoy aseguró que no habría referéndum y el CNI no fue capaz de detectar una sola urna antes del 1-O, ni de impedir la huida en el maletero de un coche del capo de la conspiración, entre otras muchas cosas. Milagros al margen, parece imposible imaginar a Pedro Sánchez (un enemigo formidable para el centro derecha, un auténtico campeón del marketing político) revalidando su presidencia en las próximas generales, sean cuando sean. Como ocurriera con Zapatero en 2011, Núñez-Feijóo está llamado a convertirse en el próximo presidente del Gobierno de grado o por fuerza, en solitario o con la ayuda de VOX. Será un desembarco en Moncloa doloroso, porque su presidencia no consistirá solo en aplicar la necesaria cirugía a nuestras cuentas públicas obligada por la pertenencia de España al euro, sino que, de una vez por todas y resistiendo las presiones de la calle, tendrá que poner en marcha esas grandes reformas eternamente aplazadas que este país necesita para salir del hoyo de crecimiento en que se encuentra desde 2005. Reformas que no solo tienen que ver con la economía, sino con el alma política de este desventurado país nuestro. Cambiar de raíz una “estructura político-administrativa que ha generado una serie de incentivos para que no se tomen las decisiones concretas que España necesita”, en palabras de Fernández-Villaverde. “Esta estructura ha llevado a una calidad democrática en deterioro y a una eficiencia económica cada vez más baja”. Cambiar radicalmente el sistema de formación y selección de elites (para que, entre otras cosas, tipos como Zapatero, Rajoy y Sánchez no puedan llegar a la presidencia del Gobierno), reformar la administración para hacerla más barata y eficiente, acabar con la colonización de las instituciones por los partidos políticos, cambiar el sistema electoral y, last but not least, poner en marcha una revolución educativa capaz de sacar de las aulas jóvenes cultos y con espíritu crítico, con conocimientos suficientes para discernir por su cuenta dónde le aprieta el zapato a la España en la que van a vivir su vida. />
Artículo de JESÚS CACHO Vía VOZ PÓPULI

domingo, 17 de abril de 2022

¿Seguirá el PSOE existiendo tras las próximas generales?

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. Europa Press />
"Nunca los socialistas se han enfrentado a una catástrofe semejante", aseguraba el pasado domingo noche, pocas horas después de cerrados los colegios electorales, uno de los colaboradores habituales del diario Le Figaro. La candidata socialista, Anne Hidalgo, alcaldesa de Paris, apenas había alcanzado el 1,73% de los votos emitidos en las presidenciales galas. El peor resultado de la historia del Partido Socialista Francés. "Sé lo decepcionados que estáis esta noche", reconoció Hidalgo desde su cuartel general, instalado en una antigua estación de tren transformada en bar de moda en el distrito 14. "Haremos todos juntos el balance de lo ocurrido de manera objetiva, pero ya os advierto que yo nunca me rindo y que seguiré poniendo toda mi energía en la conquista de una Francia republicana más fuerte y más bella, porque es más justa". Nada de irse a su casa y abandonar la política tras batacazo tan monumental. Ella no se rinde y no está dispuesta a abandonar la dirección del partido socialista, a pesar de la evidencia de que han sido los votantes franceses los que han abandonado al partido socialista. Lo hicieron ya hace mucho tiempo, porque de François Mitterrand a esta parte el PSF no ha dejado de perder terreno en el corazón de la izquierda gala hasta convertirse en un partido testimonial. Lo mismo ocurrió hace ya mucho tiempo en Italia con el Partido Socialista Italiano de Bettino Craxi, exprimer ministro italiano entre 1983 y 1987, el político que terminó sus días en el exilio de Túnez tras huir de la justicia italiana por la trama de corrupción Tangentopoli. Desde entonces el PSI ha desaparecido del mapa, como ha desaparecido la Democracia Cristiana, el otro gran partido sobre el que se vertebró la vida política italiana tras el final de la II Guerra Mundial. Lo mismo ocurrió en Grecia con el PASOK, el partido socialdemócrata que gobernó el país durante gran parte de los ochenta y los noventa del siglo pasado, convertido hoy en un cadáver imposible de encontrar salvo en las hemerotecas. En el arco mediterráneo, solo el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) sobrevive a la liquidación por derribo de unas formaciones que hace mucho tiempo que dejaron de representar los intereses de aquellos a quienes teóricamente decían defender. Entre los grandes países de la UE, el socialismo solo resiste en España. Solo resiste el PSOE como una auténtica excepción, aún más llamativa tras los desastres que los Gobiernos del puño y la rosa han significado para la vida de los españoles Porque el Partido Socialista Portugués (PSP), al menos a las órdenes de su actual secretario general, Antonio Costa, hoy primer ministro portugués, sigue siendo fiel a los postulados de esa socialdemocracia que, unas veces gestionada por la izquierda y otras por la derecha, gobernó Europa tras la derrota del nazismo y hasta fecha muy reciente. Todo eso, sin embargo, es ya reliquia del pasado. En Italia desde luego, pero también en Francia. El PS está en trance de desaparición, cierto, como también lo está Los Republicanos (LR), el partido heredero de la derecha gaullista que, con el propio PS, dio vida a la V República. Entre los grandes países de la UE, el socialismo solo resiste en España. Solo resiste el PSOE como una auténtica excepción, aún más llamativa tras los desastres que los Gobiernos del puño y la rosa han significado para la democracia y el nivel de vida de los españoles. Justo es reconocer en los primeros de Felipe González una significativa aportación del socialismo democrático a la extensión de derechos sociales a casi todas las capas de población, además de contribuir a la consolidación de la democracia. Sin embargo, el final del felipismo en el año 96, precedido por la mayor cadena de escándalos que ha conocido la Transición, y hemos conocido unos pocos, dejó las instituciones convertidas en un solar sobre el que muchos entonces pensaron que jamás volvería a ondear la bandera del puño y la rosa. De desacreditar el vaticinio se encargaron los atentados del 11-M, aquella masacre que tan decisivamente cambió la historia de España, más los groseros errores cometidos por José María Aznar en su segundo mandato con mayoría absoluta. El recuerdo de la herencia dejada por los Gobiernos de Rodríguez Zapatero está muy presente en el imaginario colectivo como para que merezca la pena entrar en detalles. Convertido hoy en un simple comisionista del régimen criminal de Maduro y de otros de similar porte en Iberoamérica, Zapatero imprimió en el PSOE un giro de 180 grados a la praxis socialdemócrata que había presidido la vida de tantos partidos socialistas europeos, para convertirlo en una izquierda radical empeñada en la reinterpretación de la Guerra Civil, y la impugnación del gran pacto de reconciliación entre vencedores y vencidos plasmado en la Constitución del 78. Nueva vida a "las dos Españas" y puerta abierta a los viejos demonios familiares históricos de los españoles que la Carta Magna parecía haber encerrado bajo siete llaves. Su herencia en el terreno económico no puede calificarse sino de desastrosa, poniendo a España al borde de un rescate financiero del que el Gobierno Rajoy escapó por los pelos. Que fue quizá lo único bueno del Gobierno de una derecha que volvió al poder por una motivo casi de física elemental. Porque no había nadie más que pudiera llenar el vacío de poder dejado por la debacle zapateril. De la tragedia que para la España urbana, culta y sedicentemente liberal significó el fracaso de la segunda mayoría absoluta de que dispuso esa derecha para haber acometido las reformas de fondo que reclamaba el país ya desde mediados de los noventa, no hay mucho que escribir a estas alturas, porque está casi todo dicho. Alguien ha escrito estos días que Mariano Rajoy, a quien el PP sigue sacando en procesión cuando la ocasión lo requiere, no pasaba de ser "un vago atornillado a un sillón con la única virtud de la paciencia". Lo peor del personaje, no obstante, consistió en abrir la puerta al Gobierno de un buscavidas de la política, un descuidero enfermo de egolatría sin oficio ni beneficio y sin una ideología muy clara, si bien emparentado con la llegada al poder en otros países no muy lejanos de auténticos autócratas poco o nada escrupulosos con la ley y la dignidad de las instituciones. En España, a la crisis del socialismo ha respondido Sánchez haciéndose podemita, escorándose hacia la izquierda radical llevado en volandas por una militancia igualmente radicalizada que nada tiene que ver con las clases medias socialistas que prosperaron con la Transición Zapatero, Rajoy, Pedro Sánchez, incluso el pobre Casado recientemente defenestrado de la dirección del PP, no son sino evidencia de la degradación de los modernos "partidos del turno", PSOE y PP, responsables de haber conducido el brillante proyecto constitucional nacido en 1978 hasta el albañal de su actual degradación. De algún modo, España resulta hoy una anomalía en el panorama político de la UE. Ya se ha aludido a la compleja situación por la que atraviesan los dos partidos que construyeron la V República y dominaron la política gala durante más de medio siglo. La candidata de LR, Valérie Pécresse, consiguió el domingo pasado el peor resultado electoral de la historia de las derechas francesas con el 4,79% de los votos. Del pozo sin fondo en el que Anne Hidalgo y su 1,74% han hundido al socialismo francés ya se ha dicho casi todo. Un partido dividido entre quienes propugnan una especie de refundación y quienes son partidarios incluso de crear uno nuevo, olvidándose de las viejas siglas e incluso del socialismo, sustituido por un mejunje de ideas, entre ecologismo y feminismo, tan familiares a oídos españoles. Una España en la que PSOE y PP siguen, con todos sus achaques, manejando a su antojo el aparato del Estado, "anomalía" que algunos atribuyen a nuestro retraso en incorporarnos a las grandes corrientes de la historia, a ese terrible siglo XIX que España vivió aislada y ensimismada, enfangada en guerras civiles que impidieron su conexión con el naciente constitucionalismo europeo, y a una crisis del 98 que no hizo sino aislarnos aún más, aislamiento que no logró romper la llamarada fugaz de la República ahogada en el desorden que no supo reprimir. PSOE y PP. Ambos muy malitos, muy castigados por las deserciones, muy enfermos por la corrupción crónica. Del árbol hendido por el rayo de la incuria de los Gobiernos de Rajoy se desgajó su parte más liberal para formar Ciudadanos como expresión de protesta contra la renuncia criminal de la derecha a dar respuesta constitucional contundente al separatismo catalán. Mientras tanto, la parte más conservadora se refugiaba en unas nuevas siglas que hoy reciben los más furibundos ataques de los beneficiarios de un sistema que se cae a pedazos pero del que viven millones de gorrones aferrados a los bajos de la subvención. Lo de "facha" es el calificativo más suave que se puede leer diariamente en la prensa. La realidad es que en Vox, cúpula al margen, militan millones de españoles cabreados hasta la náusea con la quiebra de un país que lo es también de su proyecto vital, el de su familia, y el del futuro de sus hijos y nietos. La partida entre Santiago Abascal y Alberto Núñez Feijóo está por decidir y todo dependerá de la habilidad del gallego para pescar en caladeros de centro izquierda do mora mucho socialista avergonzado, manteniendo inhiesto el dique de contención que representa Díaz Ayuso frente al crecimiento de Vox. Al PSOE le surgió por la izquierda una corriente muy potente tras el movimiento del 15-M. Pablo Iglesias, un vividor de la política, un charlatán con ínfulas de los muchos que pueblan la novela picaresca española, pudo dar la puntilla con Podemos a un PSOE muy castigado por el desastre del Gobierno Zapatero, pero el muy cretino descubrió demasiado pronto sus cartas: como buen comunista, él solo pretendía hacerse rico cuanto antes y habitar casoplón con piscina y jardín. Elemental. Sánchez llegó al poder mediante una sentencia manipulada por la mafia judicial que hoy se ha apoderado de la justicia española sin el menor recato, sentencia que sirvió para orquestar una moción de censura que exigió el apoyo de quien todos sabemos. Tras las primeras generales de 2019, el sujeto despreció un acuerdo con Cs que le hubiera otorgado una cómoda posición (180 diputados) para gobernar para a la mayoría de los españoles, algo que nunca entró en sus planes, porque él ya había elegido compañeros de viaje. Las segundas generales de 2019, de las que salió mal parado, le arrojaron en brazos de Iglesias y del resto de "especies protegidas" de la periferia. Todos constituyen "la banda" tan gráficamente denunciada por Albert Rivera en su día. Hoy, en efecto, nos gobierna una "banda" al frente de la cual se halla un tipo al que en el otoño de 2016 el propio PSOE expulsó de la secretaria general por miedo a que terminara aliándose para gobernar con los enemigos de la Constitución y de la nación de ciudadanos libres e iguales. Pedro Sánchez Pérez-Castejón es el gran enemigo de nuestra democracia, la amenaza de nuestras libertades. No lo es la pequeña élite de Podemos dispuesta a soportar cualquier desplante con tal de conservar una buena nómina, ni lo son esos millones de votantes de Vox que buscan restaurar su proyecto vital El PSOE de Sánchez no se parece en nada al que conocimos en la Transición. Es otro partido cuya relación con la socialdemocracia clásica es pura quimera. La crisis terminal del socialismo galo hizo surgir en el país vecino el movimiento de la "Francia Insumisa" que lidera Jean-Luc Mélenchon, lo más parecido a nuestro Podemos o el 21,9% del voto en la primera vuelta de las presidenciales. En España, a la crisis del socialismo ha respondido Sánchez haciéndose podemita, escorándose hacia la izquierda radical llevado en volandas por una militancia igualmente radicalizada que nada tiene que ver con las clases medias socialistas que prosperaron con la Transición. Los supuestos intentos de Sánchez por "centrarse" de que alardean sus relatores solo pueden mover a la risa. Es imposible virar al centro para quien tiene los socios que tiene, vive en el alambre de la mentira permanente y en el deterioro continuado del prestigio de las instituciones. Con una crisis de deuda en el horizonte cercano, algo que parece inevitable tras la decisión del BCE de subir tipos y dejar de comprar toda la deuda neta que emitimos a partir del verano, la necesidad de un ajuste salvaje de nuestras cuentas públicas más que una necesidad se presenta como una obligación forzada por nuestra pertenencia al euro. El punto de no retorno para este aventurero sin escrúpulos. Si calamitosa es la situación de nuestras finanzas públicas, fenómeno agravado por las sucesivas crisis y la falta de crecimiento, peor lo es la pérdida de calidad de nuestra democracia a cuenta del deterioro constante al que están sometidas las instituciones desde junio de 2018. Tras el final del felipismo y su catarata de escándalos, tras el adiós del zapaterismo provocado por el hundimiento de la economía, parecía imposible asistir al experimento de un líder socialista todavía peor, más desvergonzado, más adánico. Lo hemos conocido, se llama Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Es el gran enemigo de nuestra democracia, la amenaza de nuestras libertades. No lo es la pequeña élite de Podemos dispuesta a soportar cualquier desplante con tal de conservar una buena nómina, ni lo son esos millones de votantes de Vox que buscan restaurar su proyecto vital bajo la escarapela del respeto a la ley y a su modo de vida. Lo es este personaje a quien sostienen "esas élites culturales progresistas que han concentrado su energía intelectual y política en las minorías sexuales y étnicas generando unas violentas guerras culturales (…) mientras se olvidaban de los deseos, temores y necesidades de una mayoría de la clase media y obrera" (Eva Illouz, El gran retroceso). Lo es este personaje a quien aún parece respaldar el veintitantos por ciento del electorado. El presidente de casi todas las televisiones. Y el presidente del Ibex 35. John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos, recordaba en una carta dirigida al filósofo John Taylor que "nunca ha habido una democracia que no se suicidara". ¿Acabará haciéndolo la española, o sabrá, urnas mediante, enviar a Sánchez y al PSOE por la senda que han seguido todos los partidos socialistas que en el arco mediterráneo han sido?./>
Artículo de JESÚS CACHO Vía VOZ PÓPULI

domingo, 10 de abril de 2022

Emmanuel tiene un problema con Marine

El presidente francés, Emmanuel Macron. Europa Press/>
Atardecer lluvioso en Chartres, valle del Loira, primera quincena de agosto. Frío en la calle y temblor asombrado ante la envergadura de una catedral que se convertiría en canon del arte gótico a lo largo y ancho del continente europeo. La lluvia golpea la ennegrecida fachada sur, que sigue reclamando una limpieza integral, y se hace piedra ante la maestría de los canteros que dieron forma al fantástico, inigualable pórtico norte, o los artesanos del vidrio que dieron luz a las mejores vidrieras del siglo XIII con su famoso "azul de Chartres". En su camino hacia esta icónica catedral adonde hoy, como todos los domingos de Ramos, peregrinarán miles de católicos franceses, el viajero ha pasado por lugares tan emblemáticos como Chambord o Tours, ha pisado catedrales, castillos, palacios, ha cruzado ríos profundos y bosques cerrados, toda la exhibición de riqueza que ofrece un país con el que la madre naturaleza fue pródiga en exceso, hasta tal punto generosa que, según una broma tan extendida como vieja, los dioses se vieron en la obligación de llenarlo de franceses para compensar. Los 67 millones de habitantes del país vecino están hoy llamados a las urnas para elegir presidente de la República. Un país rico, una potencia nuclear con un PIB que dobla al español, con empresas multinacionales, con presencia en la investigación tecnológica, con científicos, artistas y deportistas de renombre, con el aura que todo lo "francés" ha expandido por el mundo a lo largo de generaciones, pero que, tópicos al margen, se encuentra en una verdadera encrucijada de su historia, víctima de esa sociedad acomodaticia que se ha apoderado de tantos países occidentales, acostumbrada a disfrutar de las ventajas de un Estado del Bienestar que durante la pandemia ha llegado a dedicar el 65% -todo un récord mundial- del PIB a gasto público, que ha bajado los brazos, ha desertado de cualquier forma de sacrificio y se niega a aceptar las reformas que le permitirían responder a los desafíos del siglo XXI. Francia ha dejado de ser una gran potencia para convertirse en un país de segundo orden, muy lejos de esa Alemania con la que un París ensimismado en su "grandeur" ha pretendido competir por el liderazgo de la UE Un crecimiento prácticamente nulo desde hace años y que desde la década de los setenta del siglo pasado no ha vuelto al pleno empleo. Una productividad estancada y una deuda pública que ha escalado hasta los 2,82 billones (1,4 billones la española) y que ha convertido a Francia en un país que ha perdido su autonomía y hasta cierto punto su independencia puesto que depende, como España, de la "caridad" de un BCE que lleva tiempo comprando toda la deuda neta que emite, en un proceso a punto de expirar y que anuncia la posibilidad de una crisis de deuda inapelable en cuanto el tesoro galo, como el español, se vea en la tesitura de tener que salir a financiarse en el mercado. En realidad, Francia ha dejado de ser una gran potencia para convertirse en un país de segundo orden, muy lejos de esa Alemania con la que un París ensimismado en su "grandeur" ha pretendido competir por el liderazgo de la UE. La crisis del Covid no ha hecho sino confirmar el descuelgue de Francia de los países frugales, ricos, serios, devotos del santo temor al déficit, para incrustarlo de lleno en el llamado "Club Med", los países ribereños del Mediterráneo con deudas públicas insostenibles en el medio largo plazo. La sociedad gala es al mismo tiempo beneficiaria y víctima de un Estado elefantiásico, un Leviatán tan pesado como inmanejable que una mayoría se niega a reformar. Un Estado sobre el que cada día nuevos colectivos con vocación extractiva, y a menudo con la violencia por bandera, se cuelgan de sus faldas benefactoras con demandas ante las que el político en ejercicio, el Macron de turno, termina claudicando con la firma del correspondiente "cheque", algo que no hace sino engordar la deuda y multiplicar las dificultades del país para salir del hoyo. Los cimientos de la nación francesa están hoy muy dañados por el colectivismo, el odio de clases y el auge de la violencia, muy a menudo de carácter étnico. Los intentos de reforma se saldan con movimientos tan polémicos como el de los "chalecos amarillos" y desde luego con la claudicación de la "autoridad". El resultado es que cada nueva gran crisis -la financiera de 2008, la de los chalecos amarillos, la posterior y más reciente del Covid-, se salda con Francia bajando un nuevo peldaño en la escalera de las grandes potencias. Algunas certidumbres en apariencia sólidamente ancladas en el inconsciente colectivo del francés medio han saltado por los aires con la pandemia, tal que la de contar con uno de los mejores -desde luego de los más caros- sistemas de salud del mundo; o la de disponer de tecnología suficiente como para lanzar su propia vacuna antiCovid, o la de disfrutar de un Estado capaz de proteger a la nación ante cualquier desafío, o, en fin, la de compartir el liderazgo de la UE con esa gran potencia que es hoy la Alemania reunificada. A resultas de lo cual y como en tantos países de la Unión, desde luego en España, una ola de desconfianza en las instituciones se ha instalado en el corazón de esa nación llamada hoy a las urnas, en las instituciones y en una clase política que sigue tratando a los ciudadanos como menores de edad, a los que hay que atiborrar de propaganda para que vuelvan al correcto sendero por el que nosotros, las elites parisinas educadas en la "Grande École", queremos que mansamente caminen. Una Francia a punto de perder el control de su destino, con una población envejecida -como la española-, un crecimiento raquítico -como el español-, un desempleo estructural -ídem de lienzo-, unas pensiones que solo puede pagar endeudándose –como en España-, y una deuda pública fuera de control, también como la española. El futuro convertido en una gran incógnita. Desaparecidos los dos grandes partidos -la derecha gaullista y el partido socialista- que dieron vida a la V República, de enfrentarse a panorama tan desalentador se encargó a partir de 2017 Emmanuel Macron, un político sin partido que guarda algunas curiosas similitudes -desde luego su desparpajo y su capacidad para reinventarse- con nuestro Pedro Sánchez, aunque entre el exejecutivo de banca Rothschild y el jeta que plagió su tesis doctoral medie el mismo parecido que entre un huevo y una castaña. Las grandes reformas prometidas se han quedado a medio camino, cuando no han sido postergadas. El desempeño con el empleo ha sido una de las sorpresas agradables de su mandato. La inflación, otra. Con una tasa del 4,5% en marzo, una de las más bajas del mundo desarrollado, muy por debajo del 6,2% de Reino Unido, el 7,3% de Alemania, el 9,8% de España y el 11,9% de Holanda, la decisión tomada en 2021 de topar los beneficios de las empresas energéticas galas, en su mayoría estatales, ha resultado un éxito que ha beneficiado a los consumidores y ha relanzado su candidatura a la reelección, aspiración favorecida también por el protagonismo alcanzado con su papel de mediador ante Putin tras la agresión rusa a Ucrania. Emmanuel ha dejado de lado la retórica habitual de sus brillantes discursos para lanzarse a degüello contra su oponente bajo el argumento, tan poco sofisticado, tan familiar a oídos españoles, de la "extrema derecha" En las últimas semanas, sin embargo, las encuestas vienen mostrando una caída de las acciones de Macron en la bolsa de valores electoral, mientras suben como la espuma las de Marine Le Pen. De modo que Emmanuel ha dejado de lado la retórica habitual de sus brillantes discursos para lanzarse a degüello contra su oponente bajo el argumento, tan poco sofisticado, tan familiar a oídos españoles, de la "extrema derecha", un escenario insospechado a primeros de año, cuando el enemigo a batir era Eric Zemmour. El problema es que el propio Macron se ha comportado no pocas veces estos años de manera tan autoritaria, despótica incluso, ha utilizado la mano dura con tanta frecuencia y no solo con los chalecos amarillos, que es poco probable que los intentos de meter miedo con el avance de la "extrema derecha" no logren impresionar en demasía a esos millones de antiguos votantes socialistas que ahora prefieren hacerlo por la derechista Le Pen. De cara a la segunda vuelta, donde muy probablemente competirá con Le Pen, Macron volverá a prometer hincarle el diente a las grandes reformas pendientes: poner coto a la inmigración ilegal; recuperar el control de distritos enteros donde no rigen los valores republicanos; volver a un crecimiento robusto hoy olvidado; abordar la reforma radical del Estado Leviatán, reduciendo el número de sus funcionarios; seguir siendo una potencia militar mediante las oportunas inversiones; contener la explosión de la deuda pública; mejorar la eficacia de la sanidad sin necesidad de volcar en ella más y más recursos; devolver a Francia aquel sistema educativo ("El proyecto de educación, que está en el corazón de mi proyecto para sacar adelante al país, será una prioridad y debe poder iniciarse inmediatamente después de las elecciones", toda una declaración de principios que marca la frontera entre un político de calado y un desvergonzado charlatán de feria como Sánchez, capaz de reducir a escombros el sistema educativo español) que la hizo famosa, y todo lo demás. Celebrada la segunda vuelta y una vez elegido, las aguas volverían al cauce de los elegantes discursos huecos que han caracterizado su primer quinquenio. Hace ya mucho tiempo que Edmund Burke escribió que "un Estado que no dispone de los medios para su reforma, no dispone de los medios para su supervivencia". Al final, todo se reduce a una cuestión doctrinal. Ideológica si se quiere. Él mismo acaba de describir (entrevista en Le Figaroeste 6 de abril) la esencia del macronismo como el intento de "reagrupamiento de la socialdemocracia, la ecología del progreso que rechaza el decrecimiento, el centro político, los radicales, la derecha orleanista y parte de la derecha liberal y bonapartista". Acabáramos. La socialdemocracia. La verdadera ideología que, unas veces gestionada por la derecha, otras por la izquierda, ha dominado Europa desde el final de la II Guerra Mundial, pero que se ha demostrado ya como una herramienta inservible para dar respuesta a las demandas de crecimiento y progreso que reclaman las nuevas generaciones de europeos. Millones de franceses lo saben, razón de más para que sigan apostando por darle hilo a la cometa de un Estado benefactor llamado a colapsar más pronto que tarde. Hasta que el cuero aguante. Pero muy probablemente también lo sabe la ola creciente de votantes de esa "extrema derecha" que cada vez mete menos miedo en el cuerpo a la gente. Enmanuel tiene un problema con Marine/>
Artículo de JESÚS CACHO Vía VOZ PÓPULI

domingo, 3 de abril de 2022

DE CABEZA A LA POBREZA

La vida de Juan Español ha cambiado a peor. En el bar de la esquina, en el supermercado, en la gasolinera, en casa, con el recibo de la luz y el gas. Todo se ha vuelto más caro. La escalada del IPC en lo que va de año no deja de impresionar: 6,1% en enero, 7,6% en febrero y 9,8% en marzo, la más alta desde mayo de 1985, con Felipe en Moncloa y Boyer en Economía. Según Funcas, eso se traduce en una pérdida global del poder adquisitivo de los hogares de 16.700 millones, y ello siempre y cuando la curva empiece a ceder, que será peor en abril con seguridad, y consiga cerrar el año en un 6,8% de promedio. Frente a semejante realidad, la propaganda de Sánchez ofreciendo cataplasmas temporales con 6.000 millones (cifra equivalente al exceso de recaudación de Hacienda debida precisamente a la inflación) solo produce indiferencia cuando no desdén. Adiós al sueño de esa recuperación brillante que algunos auguraban antes de lo de Ucrania. Mejor guardar los ahorros de una vida, a los que ese 9,8% ha metido un buen bocado, en espera de tiempos mejores. Incertidumbre. Sobre la espuma de un Estado del Bienestar que aspiró a acompañar la vida del español medio desde la cuna a la tumba, flota ya el espectro de los cambios que no se hicieron a su hora, las reformas que se postergaron, las decisiones políticas que se tomaron mal, por meras razones ideológicas o de partido. Cuestan más los bienes y servicios que consumimos y valen menos nuestros ahorros. Todos vamos a ser más pobres, somos ya más pobres. Y no para un rato. Más pobres individual y colectivamente, como el país de segundo orden que somos, capaz de renunciar a su industria para convertirse en un proveedor de servicios básicamente turísticos. Decisiones políticas mal tomadas. Toda economía desarrollada se asienta sobre una potente estructura productiva, cuya columna vertebral es una industria boyante capaz de competir a escala global. España carece de músculo industrial porque, por decisión política, todo se desmanteló y liquidó por cuatro perras, muchas veces llegadas de Bruselas como contrapartida. La reindustrialización del país, objetivo a perseguir por cualquier Gobierno preocupado por el futuro, descansa hoy más que nunca sobre un pilar fundamental llamado autosuficiencia energética. Cuando estos días nos acercamos con nuestro coche a una estación de servicio, comprobamos en nuestras carnes el error de una Unión Europea convertida en rehén del gas y del petróleo rusos, por no hablar del procedente de las satrapías del Oriente Medio. Y el error de un país, el nuestro, totalmente dependiente del exterior para su aprovisionamiento energético, fundamentalmente del gas de Argelia y de la energía eléctrica (de origen nuclear) de Francia. Aquí las nucleares están prohibidas y las que existen, amenazadas de cierre inminente. Hace décadas que nadie invierte un duro en prospección petrolífera en la península y sus costas, y otro tanto cabe decir del fracking en un país donde la izquierda ecotonta está acostumbrada a imponer su ley con la anuencia de los Gobiernos de izquierda y de derecha, y la indiferencia de una sociedad civil en Babia. De construir pantanos ni hablamos, porque es franquista. España carece de músculo industrial porque, por decisión política, todo se desmanteló y liquidó por cuatro perras, muchas veces llegadas de Bruselas como contrapartida El resultado es que ya somos un país de segundo nivel, sumido en la tormenta perfecta de una crisis multisecuencial, que no deja de perder posiciones en los rankings internacionales que miden el nivel de vida de sus gentes. El PIB per cápita español en 2021 (25.410 euros) es idéntico al de 2004. El de Irlanda, una isla que hace décadas solo producía patatas, fue en 2021 de 83.990 euros. Pero, claro está, somos un país que ha sido capaz de elegir a un presidente como Zapatero, a otro como Rajoy y a un tercero, tres eran tres, como el profundamente ignorante y ególatra Sánchez, un tipo capaz de, por su cuenta y riesgo, tomar una decisión como la del Sáhara poniendo en grave riesgo el suministro del gas argelino. Un país que ha despilfarrado las capacidades que en materia de energía nuclear atesoraba, pero que está obligado a volver sobre una fuente fundamental en la composición de nuestro mix energético si queremos competir y crear empleo y mantener un cierto nivel de vida. Ya se ha escrito mucho sobre la decisión de Macron de instalar nuevas centrales nucleares. Esta misma semana, el Gobierno de Boris Johnson ha anunciado la sustitución de buena parte de las centrales nucleares británicas a punto de finalizar su vida útil por una serie de minireactores, fabricados por Rolls-Royce, los llamados Small Modular Reactors (SMR), que pueden ser fabricados en un lugar distinto al de su instalación y que además permiten abaratar costes y reducir el impacto medioambiental, ello en un esfuerzo por reducir la dependencia del gas y el petróleo y alcanzar lo que hoy es la gran meta de cualquier país desarrollado: la autonomía energética. Un asunto tabú en España. Nadie, en efecto, se atreve aquí a hablar del tema por miedo a la reacción en tromba de la izquierda ecotonta y sus altavoces mediáticos, pero alguien deberá romper el fuego de una energía cuya aportación resulta estratégica para lograr la autonomía energética. La nuclear y las renovables, naturalmente, tan ensalzadas por esa izquierda tan proclive a olvidar que el cobalto y otros minerales estratégicos esenciales en la construcción de las placas solares y los molinillos proceden de minas situadas en países como el Congo, en las que trabajan niños en condiciones de semi esclavitud. Tan proclive a olvidar, también, que con la instalación de las placas y molinillos que arruinan nuestros paisajes no participamos en la cadena de valor correspondiente, porque todo lo importamos del extranjero, de países como Alemania, que aquí no creamos ni valor añadido ni puestos de trabajo. Urge poner remedio de inmediato a nuestra dependencia energética, en el bien entendido de que no es posible esperar resultados de un programa de esta naturaleza en el corto/medio plazo. Razón de más para, cuanto antes, poner manos a la obra en procura de esa autonomía energética, y hacerlo por encima de las ideologías, como un imperativo patriótico, una cuestión de soberanía nacional y de bienestar colectivo. La situación de las cuentas públicas, que no hace más que empeorar con cada decisión que adopta un Ejecutivo superado por las circunstancias, no admite demora y reclama cirugía radical en forma de ajuste La misma urgencia reclama la necesidad de proceder a la consolidación de unas cuentas públicas en situación insostenible. Este es, quizá, el mayor nubarrón que se yergue sobre el bienestar y el nivel de vida de los españoles. La amenaza inminente de empobrecimiento colectivo. En un escenario de bajo o nulo crecimiento y alta inflación, con un BCE obligado a subir tipos y cerrar el grifo de las compras de deuda soberana, la evolución de la prima de riesgo española es tan perfectamente descriptible como imaginable. La espada de Damocles de una crisis de deuda es algo más que una hipótesis. Nuestra deuda pública alcanza ya los 1,42 billones de euros -datos del BdE correspondientes a enero-, tras doblar prácticamente su tamaño en una década. Una espiral vertiginosa que no parece preocupar a nadie, menos aún a este Gobierno de ignorantes, y que indica que España lleva tiempo viviendo por encima de sus posibilidades, gastando mucho más de lo que ingresa. El dique de contención de la más elemental prudencia ha sido rebasado por argumentos variopintos, desde la pandemia a la guerra de Ucrania, pasando por esa bandera tan querida de la izquierda, la lucha contra una "desigualdad" que en realidad no aspira más que a igualar a todos en la más ignominiosa pobreza. Una deuda que habrá que pagar, porque solo los comunistas de Podemos y algún otro iluso creen el cuento de la cancelación de la deuda, de que la deuda soberana no se va a pagar nunca. Basta preguntar a los acreedores internacionales qué piensan al respecto. Una deuda cuya amortización, en el horizonte de subida de tipos e inflación galopante, exigirá cada vez más y más recursos. Es decir, más impuestos. Más pobreza colectiva. Este es un país condenado a la irrelevancia por culpa de una clase política depauperada y de una sociedad que la ha tolerado con su voto cada cuatro años Cualquiera que sea el Gobierno que se haga con las riendas en sustitución de este que ahora padecemos deberá tomar cartas en el asunto de inmediato. El panorama no deja de ser aterrador para un PP que acaba de estrenar presidente. La situación de las cuentas públicas, que no hace más que empeorar con cada decisión que adopta un Ejecutivo superado por las circunstancias, no admite demora y reclama cirugía radical en forma de ajuste que una sociedad entre hedonista e infantil como la española difícilmente soportará. Pero no hay vuelta atrás. Este es un país condenado a la irrelevancia por culpa de una clase política depauperada y de una sociedad que la ha tolerado con su voto cada cuatro años. Una sociedad envilecida, muy castigada por unas leyes educativas que parecen perseguir la destrucción total de la nación de ciudadanos libres e iguales. No hay en un país riqueza natural comparable a la de una población bien educada. Es la tercera forma de pobreza que amenaza el horizonte español a largo plazo: la existencia de unas leyes educativas que el nuevo Gobierno deberá enviar a la basura al día siguiente de llegar al poder. Que el PSOE haya decidido acabar con la enseñanza pública de calidad en nombre de no sé qué igualdad es uno de esos crímenes que un país serio no debería perdonar nunca a su autor. Los socialistas han decidido condenar a los hijos de las familias españolas con menos recursos a la sempiterna pobreza, al privarles del ascensor social que suponía, para cualquier joven inteligente, una buena educación pública. Los buenos empleos quedarán reservados para los hijos de las familias de clase media y alta, capaces de pagar los mejores centros educativos privados. Desde luego para los hijos de la elite socialista, que naturalmente jamás osarán llevar a sus hijos al colegio público del barrio. Un Gobierno que ha destruido la Educación, que ha laminado el Estado de Derecho (la utilización de la Ley Concursal para premiar los servicios prestados por la FGE Lola Delgado, es la última de sus fechorías) y que se ha convertido en el mayor peligro para el bienestar de las familias españolas. Sacarlo del poder cuanto antes es ya una cuestión de urgencia nacional. />
Artículo de JESÚS CACHO Vía EL MUNDO

domingo, 27 de marzo de 2022

De Aznar a Feijóo, 32 años en bucle

El candidato a la Presidencia del PP, Alberto Núñez Feijóo. EFE />
Un 1 de abril de 1990. Sobre las cenizas de Alianza Popular, un neonato PP celebra el congreso en Sevilla en el que Manuel Fraga pasa el testigo a un joven José María Aznar, quien, en su discurso de proclamación como nuevo presidente ("Un Proyecto en Libertad"), presenta a los españoles un decálogo liberal destinado a llevar a la derecha, aún contaminada de franquismo, a los mandos de la nave española, con el felipismo dando ya claros síntomas de agotamiento. Nuestra historia reciente no podría entenderse sin valorar la importancia de aquel cónclave que modernizó la derecha patria. Un 1 de abril pero del año 2022. Congreso del PP también en Sevilla. Mismo recinto ferial Fibes. Un Alberto Núñez Feijóo ya muy rodado se dispone a ser elegido por aclamación nuevo capitán de un PP recién salido del trauma provocado por la decapitación de Pablo Casado, muerte y fracaso que ejemplifican como pocos la pérdida de rumbo del partido. Llega Feijóo en momentos especialmente críticos, dramáticos deberíamos decir sin miedo a la hipérbole, para el propio PP y para España. Porque esto ya no da más de sí. Entre el Congreso de Sevilla de 1990 y el de este 2022, entre la caída del muro de Berlín y la invasión de Ucrania, entre la llegada de Aznar por la puerta grande y la salida por el excusado de su hijo político, han transcurrido 32 años, ¿32 años perdidos?, más de tres décadas en la historia en bucle de un PP desnortado, sin ideario ideológico conocido, que se dispone a hacerse cargo del cadáver en que el PSOE ha vuelto a convertir España, pero obligado de una vez a alumbrar un proyecto de futuro para el país más allá de la pedestre gestión del aparato del Estado. En efecto, esto no da más de sí. Todas las cesiones que en materia presupuestaria está obligado a hacer el Ejecutivo van a desaguar en el mar de un déficit y una deuda pública insostenible. Esto no tiene arreglo más que con cirugía de campaña Porque, en efecto, esto no da más de sí. Aguante anclado al poder hasta el final de la legislatura o se vea obligado a adelantar generales, todo apunta a que la gravedad del enfermo no hará sino empeorar con riesgo de entrar en shock. Todas las cesiones que en materia presupuestaria está obligado a hacer un Ejecutivo cercado por grupos y sectores varios van a desaguar en el mar de un déficit y una deuda pública insostenible, que amenaza con hacer crisis más pronto que tarde. Esto no tiene arreglo más que con cirugía de campaña. Por eso no importa ya el PSOE y el futuro de su líder canalla. Ahora importa saber qué va a hacer la alternativa, si es que la hay; qué proyecto alberga el PP, si alguno, para enmendar el rumbo, corregir la deriva hacia la depauperación de esta Grecia de Tsipras multiplicada por cuatro; qué planes guarda ese Feijóo en el morral, un tipo a quien el PP se ha entregado como se otorga el náufrago al navío que aparece en el horizonte dispuesto a devolverlo a la vida. ¿Va a ser este PP el avergonzado gestor de la nada de un país en bancarrota y en apariencia dispuesto, con la resignación del manso, a aceptar su triste destino, o hay en él mimbres morales bastantes para urdir una trama capaz de sacarlo adelante -sangre, sudor y lágrimas- desde la plataforma de un proyecto liberal? ¿Aceptará Feijóo convertirse en una copia en sepia del triste Rajoy, o aspirará a pasar a la historia como el hombre que fue capaz de certificar el final de un modelo -económico, político y social- agotado, y de plantear su superación? "Cargos del PP piden a Feijóo un partido de tecnócratas", rezaba el titular de una información que el martes firmaba aquí Jesús Ortega. "Un PP para formar un gobierno como el de Draghi en Italia. Así ven importantes dirigentes populares al nuevo partido, en un contexto en el que ve más posible que nunca un adelanto electoral por parte de Sánchez". Un PP convertido en una elongación de aquel PP que, mayoría absoluta mediante, la incuria de Rajoy entregó a las supuestas doctas manos tecnocráticas de Soraya Sáenz de Santamaría. Conviene decir enseguida que esta sería la peor salida imaginable de la crisis profunda que hoy vive el país. Una puerta sin esperanza. Desde el final de la II Guerra Mundial hasta la gran crisis del petróleo de 1973, la derecha europea se adornó del florón teórico keynesiano aunque en la práctica se desempeñara con estricta vocación liberal y pro mercado, un mix que permitió la reconstrucción de un continente asolado por la guerra en tiempo récord. La crisis del petróleo a que dio lugar la guerra del Yom Kipur supuso, sin embargo, el inicio de una expansión brutal del tamaño del sector público, empeñados los Gobiernos en la construcción del Estado del Bienestar. La vuelta a los valores liberales que significó la aparición de líderes como Thatcher y Reagan en Gran Bretaña y EE.UU. resultó efímera, enseguida desbordada por la vocación de un continente entregado de hoz y coz a la socialdemocracia rampante, ora gestionada por la izquierda, ora por la derecha. El socialismo muere y, donde sobrevive, se radicaliza, se echa al monte, caso del PSOE de Sánchez. Pero esa derecha que ha renunciado a los viejos principios no tiene ya capacidad para gestionar el monstruo de unos Estados inmanejables Embarcada en la construcción de ese Estado del Bienestar, la derecha hizo suyos, con entusiasmo comparable al de la izquierda, programas masivos de gasto público. Tal vez gestionando mejor, cierto, lo que ha convertido casi en un cliché la idea de que, en las últimas décadas, la derecha europea no ha pasado de ser una especie de taller de reparaciones donde la socialdemocracia ha purgado los excesos de una izquierda extasiada ante la posibilidad de gastar el dinero ajeno. En España, el Gobierno Rajoy, llamado con su mayoría a repensar el modelo y proponer otra vía de crecimiento sólido para la economía española, llevó esa pulsión socialdemócrata al paroxismo con tipos tan pintorescos como Cristóbal Montoro en Hacienda. Pero ese modelo hace tiempo que ha entrado en crisis. Crisis terminal. Tal vez el mejor ejemplo sea ahora mismo Francia, un país que dedica casi el 62% de su PIB a gasto público. Cuando, cada 1 de enero, los Estados levantan el telón de sus respectivos Presupuestos, la parte del león de los mismos está asignada con compromisos de gasto insoslayables, a los que se añaden constantes remiendos de gasto nuevo que se convierte en estructural y se enchufa directamente a una deuda que no ha dejado de crecer en los últimos años por culpa, entre otras cosas, de la pandemia. Todo ya repartido, todas las cartas marcadas, todo el futuro agotado en una UE acogotada por la burocracia. No hay crecimiento. No hay empleo. No hay futuro para los jóvenes. España es quizá el mejor ejemplo de este drama. Y, ¿qué ha hecho Europa para combatir este cáncer terminal? Nada, regodearse en su infortunio. Incrementar exponencialmente el mal con nuevas metástasis. Con el agravante de que ha sido la derecha la que ha asumido casi en exclusiva el papel de garante de esa socialdemocracia desvencijada, ese Estado paternalista que todo lo invade achicharrando la iniciativa privada. La derecha como gestor atontado de un modelo, el socialdemócrata, claramente agotado, del que se han ido desprendiendo cual frutos maduros los partidos socialistas (el francés, el italiano, el griego, con el portugués jugando a liberal) hasta desaparecer. El socialismo muere y, donde sobrevive, se radicaliza, se echa al monte, caso del PSOE de Sánchez. Pero esa derecha que ha renunciado a los viejos principios no tiene ya capacidad para gestionar el monstruo de unos Estados inmanejables, quebrados en su mayoría, con una deuda superior a los bienes y servicios que un país como España es capaz de producir en un año entero. El desafío se ha convertido en inabarcable para nuestros aprendices de Rajoy. Ya nadie puede ocultar la necesidad de una revisión integral del modelo, revisión que va mucho más allá de su vertiente puramente económica para, de forma obligada, invadir terrenos naturalmente de la política (la calidad de la democracia, la regeneración de las instituciones, el desalojo de las mafias, tipo Garzón & Delgado, que han copado el aparato del Estado) y social (la batalla cultural contra esa parodia llamada progresismo woke y la lucha sin cuartel contra las sanguijuelas progres acostumbradas a vivir de los impuestos del ciudadano). ¿Va a oficiar Feijóo como nuevo sumo sacerdote de ese rajoyismo acomodaticio dispuesto a bailarle el agua a la izquierda? Porque si esa es la alternativa, entonces la buena gente de derechas votará a Vox Por eso, ¿gestionar qué y para qué, señores del PP? Alcanzar el poder implica poner en marcha un modelo de gestión capaz de determinar en paralelo un modelo de sociedad. Porque si solo se trata de gestionar, mejor encargar la tarea a una gestoría profesional. Conviene insistir: lo que está en crisis es el modelo, el consenso socialdemócrata que ha gobernado Europa durante décadas, el de un gasto público desenfrenado, el de unos impuestos confiscatorios, el de un Estado Leviatán lleno de funcionarios, vocacionalmente dispuestos a decirle al ciudadano cómo debe vivir su vida y lo que tiene o no prohibido hacer. La carga fiscal que soportaban los europeos hasta la gran crisis del petróleo de 1973 era muy inferior a la actual, lo que permitió a las economías crecer con fuerza y crear empleo. Eso hace mucho tiempo que se acabó. Italia lleva más de 20 años sin crecer. ¿Va a oficiar Feijóo como nuevo sumo sacerdote de ese rajoyismo acomodaticio dispuesto a bailarle el agua a la izquierda? Porque si esa es la alternativa, si no va a pasar de ser una copia en blanco y negro del pasmarote (invitado, por cierto, a Sevilla), entonces la buena gente de derechas votará a Vox. Ese es el reto al que se enfrenta un Partido Popular en busca de su destino. Trabajo, pues, para el nuevo capo de Génova. La legislatura está vista para sentencia. La recuperación del crecimiento dañado por la pandemia, que se esperaba, como ocurrió en tantos países de la UE, a finales de 2021, no se producirá en este 2022 y muy probablemente ni siquiera en 2023. El futuro de España empieza a presentar perfiles muy amenazadores. "El BOE publicó el miércoles las condiciones del bono cultural joven, es decir, del cheque que se ha inventado Moncloa para intentar sobornar a quienes alcanzarán la mayoría de edad en 2022", escribía aquí el viernes Rubén Arranz. "Puede sonar simple", añadía, "pero cualquier explicación más compleja sería errónea". Un PSOE que no deja de insultar la inteligencia del ciudadano mientras mete mano en su cartera. He aquí, pues, una derecha enfrentada a un doble reto: romper con su pasado estatista, vale decir hacerse liberal, entronizar de nuevo la oferta liberal ("Creemos que este pueblo debe decir fuera intervenciones, fuera mordazas, fuera amenazas, fuera intentos de control. Queremos devolver el protagonismo a los ciudadanos antes que a la sociedad. Y a la sociedad antes que al Estado") con la que Aznar se presentó en Sevilla aquel 1 de abril de 1990, por un lado, y romper de una bendita vez con el consenso socialdemócrata que ha dominado la vida española desde los ochenta, por otro. Salir del bucle de inanidad en el que el PP ha navegado desde, más o menos, 2002, para recuperar el pulso. Sería la doble ruptura de la derecha española./>
Artículo de JESÚS CACHO Vía VOZ PÓPULI
Entradas más recientes Entradas antiguas Inicio