Translate

domingo, 11 de abril de 2021

¿QUÉ PUEDE SALIR MAL CON SÁNCHEZ?

Bastó que bajara la marea de la propaganda para que se viera a Sánchez nadando desnudo. Ello le impulsó a redoblar sus descalificaciones contra Ayuso sin importarle hallarse en gira de Estado por África

 

ULISES

Hay veces que, creyendo poner la bala donde se pone el ojo, surte un extraño rebote que hiere al pistolero. Así, al modo del cazador cazado, fue acusar Pedro Sánchez el domingo último a la presidenta madrileña, en su cerval desquicie contra Isabel Díaz Ayuso, de provocar «un desmadre» con el covid y pasar él a encarnar ese «desmadre» en horas 72. Tras ponerla a escurrir, cual digan dueñas, con vestimenta de mitin como candidato virtual socialista, con Ángel Gabilondo como aspirante «formal», amén de «soso» y «serio», Sánchez se embutió el martes en traje caro y luminotecnia de estrella para montar una nueva farsa cuyo tinglado se vino abajo sin dejar siquiera secar la tinta de los titulares. Al primer tapón, zurrapa.

Luego de pregonar por enésima vez el «principio del fin de la epidemia» y de expresar su cínica contrariedad porque se politice la pandemia cuando él lo hace sin rubor ni pudor, el jefe del Ejecutivo proclamó la aceleración de la vacunación. Con aparente precisión de relojero, marcó los hitos de un plan que, en puridad, dilataba un trimestre su compromiso previo de inmunizar al 70% de los españoles antes del verano y lo demoraba a fines del estío echando por tierra la campaña turística. Aun así, su nuevo plan antiguo quedó también en agua de borrajas en un abrir y cerrar los ojos por evanescente e insostenible.

De hecho, como esos carteles del «hoy no se fía, mañana sí» de vieja tienda de ultramarinos, su anuncio fue una raya escrita en el agua. En un plis plas, se precipitó el caos al avivarse la desconfianza en torno a la vacuna de AstraZeneca por algunos casos de trombosis y suspenderse para menores de 60 años. Bastó que bajara la marea de la propaganda para que se viera a Sánchez nadando desnudo. Ello le impulsó a redoblar sus descalificaciones contra Ayuso sin importarle hallarse en gira de Estado por África, lo que ratifica como se sirve de La Moncloa como cuartel electoral.

Contraviniendo los usos democráticos y la separación de funciones entre Gobierno y partido, pese a estar apercibido, esa impudicia ya había rebasado los límites cuando, la noche de la «amarga victoria» del PSC en Cataluña, el ex ministro y candidato Illa invitó al jefe de gabinete de Sánchez, Iván Redondo, a que saliera a saludar a los medios por contribuir al éxito desde su despacho monclovita. Como el torero que invita a su meritorio subalterno a desmonterarse y recibir el aplauso del respetable tras plantar un buen par de rehiletes.

En medio del desbarajuste, con una ministra de Sanidad dando inverosímiles explicaciones a sus veleidosos cambios de criterio, Carolina Darias fungía el día siguiente de la aparición rutilante de Sánchez del médico falso que Mateo Alemán recrea en su Guzmán de Alfarache. Llevando consigo gran cantidad de recetas cuando visitaba a un enfermo metía la mano en la alforja y sacaba lo primero que encontraba musitando: «¡Dios te la depare buena!».

Con claro desapego a la realidad y apego a la mentira, el doctor Sánchez, ¿supongo? culpa a Ayuso nada menos que de «cruzarse de brazos ante la pandemia» tras medicalizar hoteles, habilitar un hospital en la institución ferial capitalina y erigir otro de nuevo cuño en cuatro meses, además de acarrear aviones con material sanitario y de anticiparse a las medidas que luego han adoptado arrastrando los pies el negacionista ministro Illa y su vocero Simón, el Embustero.

Sin parar en barras, le endosa -como si fuera un mirón de obra, en vez de estar al mando como autoridad única con dotes plenipotenciarias- generar «un récord en descontrol y desmadre» retorciendo los datos para trasladar la falsa idea de que Madrid ha encabezado los contagios «en todas las olas en la pandemia». Al tiempo, en un suma y sigue inabarcable, le echa en cara promocionar un turismo extranjero de borrachera cuando las competencias aeroportuarias y de orden público le competen a él.

Esa demonización ha tenido otros bochornos como el estúpido intento de desprestigiar el Hospital Isabel Zendal, especializado en covid, con un coste de 100 millones, esto es, dos Plus Ultras, esa medida de cuenta del derroche de fondos públicos que el Gobierno ha destinado a una empresa zombi de vaga propiedad española, inviable y sin valor estratégico al ser dueña de un solo avión, pero bien conectada con la satrapía venezolana. En su berrinche, la ministra Darias torpedeó que el comisario europeo Margaritis Schinás visitara este centro llevándoselo a otro de Toledo a medio abrir y que no atiende enfermos covid. En su viaje de inspección, Schinás se prestó a la adaptación manchega de las aldeas Potemkin de cartón que alzaba el valido de Catalina la Grande a orillas del río Dniéper para escamotear la realidad de Ucrania a la emperatriz.

Al hablar de «desmadre», al apocalíptico Sánchez le ha acaecido lo que a Zapatero en Singapur

Al hablar de «desmadre», al apocalíptico Sánchez le ha acaecido lo que a Zapatero hace 11 años en Singapur cuando no tuvo mejor ocurrencia que declarar -el día que se cumplían 99 años del naufragio del Titanic- que España «va a seguir navegando con fortaleza porque es un poderoso transatlántico». Nada más pronunciar «transatlántico» (o sea, Titanic) la publicitada inversión china en las cajas españolas fue desmentida por los gestores de fondos y el directorio francoalemán, con EEUU y China, imponía un ajuste que, cual misil en la línea de flotación, liquidaba su errática singladura de siete años.

Dicha la palabra «desmadre», en efecto, el sustantivo se ha hecho carne en un Sánchez desentendido de la pandemia. Únicamente ha visto en esa situación de emergencia una oportunidad para reforzar sus atribuciones de manera que, siendo el presidente con menos escaños propios desde la restauración democrática, le permita mandar como si dispusiera de una abultada mayoría. Así, se desentendió de la irrupción del covid propagando su letalidad al supeditar la adopción de cualquier medida a las marchas del 8-M por priorizar la agenda del Gobierno de cohabitación socialcomunista para luego determinar el confinamiento más extenso de Europa con un estado de alarma -en puridad, de excepción- en el que se arrogó potestades cesáreas.

Al cabo de cien días, decretó el acabose de la pandemia e invitó a consumir en una desescalada que, valiéndose de las vacaciones estivales, aprovechó para escurrir el bulto y allá se las aviaran las autonomías. Para ello, dictó lo que, en neolenguaje orwelliano, denominó «nueva fase de la cogobernanza» y que se ha sustanciado en la desgobernanza de un Gobierno que no está (ni se le espera) pasando de repetir la letanía de la primera ola de que el virus no entendía de territorios a obrar en contrario, según su santa voluntad y capricho. Sánchez se borró del covid para no vincularse con una mortandad que ya sobrepasa los 140.000 fallecidos más allá de aquel gélido homenaje al muerto desconocido que promovió en la Plaza de la Armería del Palacio Real.

Entretanto, la suerte de la auditoría brindada hace un año a un grupo de destacados científicos que le habían interpelado al respecto desde la revista médica británica The Lancet engrosa, junto a otras muchas cuestiones, una versión actualizada de la popular sección de la revista satírica Hermano Lobo en la que, en pleno tardofranquismo, se hacían semanalmente las Siete preguntas al lobo para responderse éste con un aullido y un recurrente: «El año que viene, si Dios quiere».

Con ese expediente x a cuestas, a Sánchez le saca de quicio que, tras denostar por sistema la estrategia de Madrid de conciliar salud y economía, haya tenido que asumirla negándola. Echando la vista atrás, se certifica como Ayuso le ha ido marcando el camino de rectificación desde antes de que La Moncloa se diera por enterado de la pandemia decretando el estado de alarma el 14-M de 2020. El último estrambote ha sido que, después de montar otra trifulca por tantear la vacuna rusa Sputnik, Sánchez se abría a ello el viernes al emprender Merkel esa vía después de que Baviera cerrara un contrato de precompra supeditado al nihil obstat de la Agencia Europea del Medicamento.

Es verdad que, como sintetizó Goebbels al servicio del nazismo y corrobora el aparato de propaganda de La Moncloa, «a fuerza de repetición y con un buen conocimiento del psiquismo de las personas, debería ser completamente posible probar que un cuadrado es, de hecho, un círculo. (...) Meras palabras y las palabras pueden modelarse hasta volver irreconocibles las ideas que transmiten». Pero ello no puede ser consentido por quienes no debieran dejarse arrebatar su condición primigenia de ciudadanos.

 Desoyendo la petición de la oposición para no prorrogar una situación dudosamente constitucional, Sánchez no ha movido un dedo. 

Como político de poder al que le trae al pairo la gobernación, despejando su mesa de todo lo que haga al covid, Sánchez ha desperdiciado seis meses seis de estado de alarma sin articular instrumentos alternativos. Como le ha reprochado un Consejo de Estado que, ante su abierto ninguneo, se ha servido de un dictamen sobre la constitucionalidad de la Ley de Salud de Galicia. A un mes vista de que prescriba el imperante estado de alarma (9 de mayo), el supremo órgano asesor ha afeado al Ejecutivo que no haya modificado la ley orgánica 3/1986 de Medidas Especiales de Salud Pública para que las comunidades autónomas restrinjan, en caso de emergencia, derechos y libertades sin acudir al estado alarma. Desoyendo la petición de la oposición para no prorrogar una situación dudosamente constitucional, Sánchez no ha movido un dedo.

En la desatención de su deber, Sánchez cuenta con el silencio cómplice de un Tribunal Constitucional que ronca el sueño de los justos sin pronunciarse sobre los recursos de inconstitucionalidad al primer estado de alarma y al vigente, lo que habla del deterioro que esa excepcionalidad legal ha infundido en el menoscabo de instituciones claves. Si el Consejo de Estado ha aprovechado este resquicio de la ley gallega recurrida por el Ejecutivo, el TC se hace el dormido, a diferencia de sus colegas alemanes que ya andan resolviendo sobre el fondo europeo anticovid.

Entretenidos en sus cabildeos para no perjudicar futuros destinos cuando periclite su mandato, sus integrantes se resisten a emitir sentencia. Hace ya un año que el magistrado emérito de tan Alto Tribunal, Manuel Aragón Reyes, alertaba sobre una «exorbitante utilización del estado de alarma» que no «autoriza la derogación completa de las garantías constitucionales». A la par, ponía los puntos sobre las íes reparando en cómo el presidencialismo que se arrogaba Sánchez «es incompatible con nuestra monarquía parlamentaria».

Sin ignorar que «la cobardía es la madre de la crueldad», como decía Montaigne y encarna quien no quiere perder la batalla en Madrid, el candidato Sánchez aguarda a que transcurra el 4 de mayo para retomar sus apaños con sus socios de la coalición Frankenstein y extender a los golpistas del independentismo catalán del 1-O de 2017 las medidas de gracia que Marlaska ya dispensa cada viernes de dolores a los criminales de ETA. Ante tales desvaríos, habrá quien se pregunte irónicamente, como antes con Zapatero: ¿qué puede salir mal con el doctor Sánchez, ¿supongo? en La Moncloa? Es suficiente con apartarse del televisor y mirar alrededor para evidenciar como hay políticos que se agigantan ante los contratiempos del destino y otros que, por el contrario, sacan lo peor de ellos.

 

                                                                       FRANCISCO ROSELL  Vía EL MUNDO

¿ES POSIBLE OTRA IZQUIERDA?

 La extrema izquierda sólo quiere destruir lo existente, como Pablo Iglesias II pretende destruir el Hospital Zendal

 

RAÚL ARIAS

Poco después de la desaparición de la URSS, en 1991, el profesor Pedro Schwartz, paladín del liberalismo en la era postfranquista, se dirigió públicamente a Manuel Vázquez Montalbán, escritor gallego afincado en Barcelona, conspicuo defensor del comunismo ruso (y del nacionalismo catalán), animándole a admitir su error político. Vázquez Montalbán no se dio por aludido y alguno recriminó a Schwartz por su propuesta. El asunto se olvidó pronto sin que nadie, que yo sepa, de los muchos comunistas que entonces había, y hoy hay, se hayan dignado a explicar cómo casan sus convicciones con el fracaso tremendo de lo que se suponía ser modelo de una nueva sociedad. Quizá convenga recordar que el derrumbamiento del comunismo ruso vino precedido del de los países de Europa Oriental y del abandono por la otra gran potencia comunista, China, de la economía marxista y la adopción del sistema de mercado, lo que, por cierto, convirtió en pocas décadas al gigante asiático en el segundo gigante económico mundial. Y conviene recordar, igualmente, que los países donde subsiste o subsistió un comunismo residual, como Etiopía, Cuba o Venezuela, son otros tantos ejemplos de opresión y miseria.

De modo que la pregunta de Schwartz subsiste: ¿cómo se explica la supervivencia de la ideología comunista ante un fracaso tan evidente y generalizado? Aquellos comunistas que intentan justificarse salen con evasivas inverosímiles. En mi modesta opinión, la única explicación plausible es que la mentalidad comunista constituye en realidad una ideología puramente negativa. Todo el imponente edificio teórico del marxismo-leninismo (por el que, debo admitirlo, siento aún cierto respeto intelectual) no era sino una fachada que escondía un sentimiento de puro rechazo a la sociedad capitalista. Esta fachada se ha venido abajo y lo único que queda en pie es lo único verdadero y auténtico de la extrema izquierda: un repudio instintivo, atávico, total y totalitario, de la sociedad desarrollada en que vive una parte grande y creciente de la humanidad. La extrema izquierda hoy no pretende, como pretendía el socialismo democrático en el siglo XX, reformar el capitalismo humanizándolo y socializándolo: la extrema izquierda de hoy sólo quiere destruir lo existente (como Pablo Iglesias II pretende destruir el Hospital Isabel Zendal) sencillamente porque lo odia visceral e irracionalmente; porque el progreso, el bienestar, la ley, el Estado de derecho, la convivencia pacífica y la democracia le irritan profundamente. No trata esta facción de asumir la tarea racional y poco romántica de corregir los serios problemas que aún subsisten en las sociedades desarrolladas en que habitamos y en que esa izquierda rabiosa también habita. Ellos intentan, por el contrario, arrasar y destruir los complejos sistemas en que se basa la convivencia civilizada y próspera que disfrutamos para regresar a las toscas y míseras dictaduras de Cuba o Venezuela o, quizá mejor, al caos absoluto de Somalia o Mali. El destino final no está muy claro, pero sin duda es caótico: la extrema izquierda sabe mucho mejor lo que rechaza que lo que propone.

Este negativismo irreflexivo (antisistema, anticapitalismo, y demás fantasías utópicas) está apoyado por aquéllos que se sienten víctimas de la sociedad, cuyo número aumenta en los momentos de crisis, y por los intelectuales e ideólogos que ven en víctimas y excluidos una base social que, en circunstancias propicias, puede llevarles al poder («asaltar los cielos», como dijo el opulento profeta del caos). La única manera de mantener a raya a estos enragés es llevar a cabo una política de mejora e igualdad social, de lucha contra el paro y la exclusión social, una política de izquierda moderada y racional, es decir, socialdemócrata.

Veamos entonces qué ocurre con la opción de centro-izquierda. Por desgracia, el socialismo democrático, después de una gloriosa historia de lucha y de triunfo, coronada por la revolución democrática del siglo XX, se encuentra hoy amenazado de muerte en su propia cuna, la Europa Occidental. Ha ganado todas las batallas, ha logrado todos sus objetivos y parece haber quedado redundante. La derecha hace tiempo que aceptó su programa. Hoy ya tiene poco sentido profundo la dicotomía derecha-izquierda. Vivimos en sociedades socialdemócráticas respaldadas por un amplio consenso social. Pero la falta de objetivos claros parece haber desorientado a los socialistas actuales, cuyos errores y falta de líderes carismáticos los ha colocado en minoría en el Reino Unido y Alemania y los ha hecho desaparecer en Italia y Francia. Curiosamente, subsisten, y en la actualidad gobiernan, en la Península Ibérica, aunque en condiciones muy diferentes. En Portugal, los socialistas hacen una sensata política de centro izquierda. En España, donde el centro está tradicionalmente escorado a la izquierda, los socialistas carecen de verdadero programa y adolecen, por el contrario, de un exceso de retórica vacua que en ocasiones les proporciona triunfos exiguos y les permite gobernar como equilibristas en la cuerda floja. En lugar de analizar seriamente los graves problemas políticos y económicos de la sociedad española, nuestros socialistas prefieren demonizar al centro derecha y aliarse con separatistas y extrema izquierda, lo cual les incapacita para formular un programa serio y más aún para llevarlo a cabo. Dicen querer fomentar el empleo, pero proponen abolir una reforma laboral que se demostró eficaz; unas veces dicen que quieren subir los impuestos, otras dicen que no; se manifiestan fieramente feministas, pero se niegan a investigar casos notorios de violación de menores tuteladas. Su política territorial es estrictamente contradictoria. Lo único que parecen haber tenido claro es que el cadáver de Franco no podía seguir en Cuelgamuros. Execran a la «extrema derecha» y elogian la «política de progreso», pero nunca aclaran qué significan exactamente tales frases.

El electorado socialista es mayoritariamente posicional o ideológico: no vota unas políticas, vota a la izquierda, haga lo que haga. Este voto incondicional tiene indudables ventajas para sus destinatarios, pero presenta el peligro de que un competidor de izquierda pueda robarles votos, como ocurrió en los primeros años de Podemos. También presenta el problema de que los jóvenes son menos gregarios que los mayores y esa base fiel va disminuyendo gradualmente. Además, aun los incondicionales acaban cansándose de vaguedades, contradicciones y promesas incumplidas. Y el peligro de fenómenos como el de Podemos es que el socialismo se divida y segregue una ala izquierda radical que divida también al electorado y repela a los socialistas moderados, algo que ya ocurre. Al cabo, el socialismo español se ha convertido en un partido vacío, una simple máquina de propaganda, políticamente desorientado y sin programa.

Esto no debiera ser así; la sociedad española necesita un verdadero partido de izquierda que afronte honradamente problemas tan importantes como la desigualdad de la renta y otras desigualdades sociales, tema que está siendo objeto de estudio por parte de algunos de nuestros mejores historiadores económicos y del que nuestros cultos políticos no dan muestras de haberse percatado; la reforma de la educación, no en beneficio de sindicatos o de profesores, sino de la sociedad en su conjunto, siendo éste un problema sempiterno sobre el que disputan ferozmente la derecha y la izquierda y sobre el que han fracasado ambas; la lucha contra los monopolios, que son una lacra tradicional de la sociedad española y del sistema de mercado, y que merecería serio estudio por parte de un partido verdaderamente progresista; el problema de la vivienda, sobre el que Podemos, en su supina ignorancia, propone exactamente lo contrario de lo que sería recomendable; el problema del desempleo, cuya serie histórica muestra que aumenta cuando gobierna el PSOE y baja cuando está en la oposición. Hay que aclarar que todos estos problemas están interrelacionados y que por tanto deben ser atacados de manera conjunta, algo que nuestra izquierda también parece desconocer. Lo mismo que ocurre con la educación se da con la corrupción: ambos grandes partidos se acusan y ambos están tiznados como la sartén y el cazo. También se requiere una mejora radical de la ley electoral. Y por último, número uno en la lista de problemas, el del separatismo catalán y sus epígonos, tema sobre el que han fracasado también derechas e izquierdas, pero más gravemente, por su complicidad, las izquierdas.

La sociedad española está necesitada de un verdadero partido socialista que se preocupe de los problemas de la sociedad y no exclusivamente de los de sus dirigentes. ¿Es probable que tal partido aparezca y encuentre apoyo? Me temo que no. ¡Triste España sin ventura...!

 

                                                                          GABRIEL TORTELLA*  Vía EL MUNDO

*Gabriel Tortella, economista e historiador, prepara, con Gloria Quiroga, un libro sobre El nacionalismo en el siglo XXI.

domingo, 4 de abril de 2021

Un ministro indigno que patea el Estado de derecho

 Hay que maliciarse lo peor de quien como ministro hace gala de tal carencia de escrúpulos.

 

ULISES CULEBRO

No hay una democracia digna de tal nombre que consienta que continúe en su empleo de ministro de la Seguridad aquel a quien una sentencia culpa de ordenar la comisión de un delito a un alto mando policial al que destituyó despóticamente por rehusar infringir la ley y desacatar a la juez instructora de un sumario que tenía de los nervios al Gobierno del que forma parte. Si ese gobernante tiene además oficio y profesión de magistrado, esa patente prevaricación debiera inhabilitarle para la función pública. No en vano, la preservación de derechos fundamentales queda seriamente desguarnecida por quien, debiendo ser garante y custodio, los atropella y asalta de esa manera tan desaprensiva que mueve a la máxima inquietud.

Es más, ningún Parlamento, si no quiere ser la casa de la mentira o directamente la Casa de Tócame Roque, toleraría ver sentado en el banco azul a un ministro que hubiera ultrajado a la verdad de la manera tan clamorosa y burda en que lo hizo al dar cuenta de los hechos ahora sentenciados. De consentirlo y darse por bien engañados por quien ha mutado en un mentiroso tan compulsivo que lo hace incluso antes de abrir la boca, esos diputados habrán elevado la mentira a una posición respetable y devaluado el arte de gobernar a lo que el poder togado juzga criminal. En uno de sus aforismos póstumos, el escritor y científico alemán sintetizó sus secuelas: «Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto».

Valiéndose como cómplices -no cabe otro término- del delito de la directora general de la Guardia Civil, María Gámez, y del secretario de Estado de Seguridad, Rafael Pérez Ruiz, también magistrado a mayor abundamiento, el titular de Interior, Fernando Grande-Marlaska, cesó ilegalmente el último 25 de mayo al coronel Diego Pérez de los Cobos como jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de Madrid en tanto que, según el fallo de la Audiencia Nacional adelantado el miércoles por Fernando Lázaro en EL MUNDO, fue apartado por cumplir la ley y someterse al mandato judicial. En consecuencia, no se trató -ratificando las informaciones periodísticas de aquellos días y negadas temblonamente por Marlaska desde el escaño azul- de un cese por pérdida de lealtad; al contrario, fue una sanción encubierta porque «el coronel no llevó a cabo el acto abiertamente ilegal que de él se esperaba».

Cuando se califican en estos nítidos y tajantes términos el desafuero de la máxima autoridad política de la Seguridad del Estado, ese mal mandamás ha perdido su auctoritas -y también debiera perder su potestas- para impartir una orden más a unos uniformados en los que el ciudadano deposita la garantía de sus derechos y libertades. Rota la exigible probidad, agravia la máxima ciceroniana de que «somos siervos de la ley con el fin de poder ser libres». Con el antecedente del ex juez Garzón, dado que podrá retornar a la Audiencia Nacional como magistrado en servicios especiales, hay que maliciarse lo peor de quien como ministro hace gala de tal carencia de escrúpulos.

Ahora, el coronel Pérez de los Cobos, el prestigioso jefe de la Benemérita al que Marlaska ha vetado su ascenso al generalato luego de su brillante contribución contra el terrorismo y asumir el mando de los Mossos en aplicación del artículo 155 de la Carta Magna para sofocar el golpe de Estado en Cataluña de 2017, debe ser readmitido en el desempeño del que fue depurado por mantener el secreto exigido en la instrucción judicial sobre la autorización gubernamental de las marchas feministas del 8-M de 2020 y su incidencia en la epidemia. Al proceder como Policía Judicial, la titular del Juzgado 51 de Madrid obligó a los investigadores de la Benemérita a no atender las solicitudes de información que, sobre esta materia, le fueran pedidas por «la dirección política de la Guardia Civil y de Interior». A tenor del lance, las suspicacias de la juez estaban fundadas y hubiera debido abrir una pieza aparte para reclamar incumbencias al más alto nivel.

A nadie escapaba la perturbación del presidente Sánchez ante la eventualidad de que la imputación del otrora delegado del Gobierno en Madrid, José Manuel Franco, nuevo secretario de Estado para el Deporte, abriera la espita judicial e incendiara el Consejo de Ministros en pos de posibles negligencias en la gestión del Covid-19. Conviene no echar en saco roto que Marlaska había defenestrado tres meses antes de jubilarse a Jose Antonio Nieto, encargado de Prevención de Riesgos Laborales en la Policía Nacional, por cursar una alerta interna a finales de enero de 2020, cuando el Gobierno desairaba la realidad usando como guiñol a Simón, El Mentiroso, en la que apremiaba la adquisición de material sanitario para evitar el contagio mortal dentro del Cuerpo.

Contrariamente a lo dicho por el financiero José María Amusátegui a uno de sus directivos en el extinto Banco Hispanoamericano de que «el presidente te da toda la confianza para que no te la tomes», Sánchez empujó a Marlaska a que lo hiciera instándole, a través de un edecán, a que averiguara que tenía entre manos la Guardia Civil y si comprometía al Ejecutivo. Al darse de bruces con el no de Pérez de los Cobos, en base a la observancia de la ley y a no inmiscuirse en la tarea del capitán jefe de la Policía Judicial, Marlaska recibió el ucase de hacer con él un cadáver para escarmiento y aviso a navegantes.

De hecho, en el curso de las pruebas practicadas por la Audiencia Nacional, así lo corroboró el teniente general Laurentino Ceña, director adjunto operativo, quien dimitió por la cacicada. En sede judicial, el más alto mando de la Benemérita esos días testimonió que, al requerirle tiempo a la directora de la Guardia Civil para oír lo que pudiera aducir el coronel-jefe de Madrid, obtuvo el absoluto rechazo de María Gámez «porque la decisión estaba tomada por Moncloa y se le iba a cesar», según refleja el veredicto. Más claro, agua. Por eso, mientras Sánchez no afloje los tornillos de su sillón, Marlaska pervivirá en su destino con la mochila de sus fechorías a cuestas.

Bajo el apremio monclovita, Marlaska se comportó de igual guisa que el ex ministro Rubalcaba con él en 2006 cuando era un magistrado grande y de fama. Mediante un chivatazo policial, Interior desbarató la operación judicial puesta en marcha por Marlaska para desarticular el aparato de extorsión de ETA en el irunés bar Faisán en plena negociación clandestina de Zapatero con la banda terrorista. Más obedientes al ministro que al togado al que debían reportar como Policía Judicial, los mandos uniformados le ocultaron deliberadamente la filtración de la misión contra los cobradores del impuesto revolucionario hasta discurridas 72 horas. Cuando «disponían del teléfono profesional de este instructor y de su móvil», según hizo figurar en las diligencias quien luego, gozando de gran notoriedad y popularidad por su brega contra el terrorismo, sacó rédito político hasta ensuciar su aura de antaño.

Tras ambicionar amorosamente un Ministerio, primero con Rajoy infructuosamente, no yendo más allá de promoverlo como vocal del Consejo General del Poder Judicial, y luego con Sánchez de forma fructuosa, ahora degenera como el denostado banderillero de Belmonte que fue gobernador de Huelva. Eso sí, después de pasar de cultivar la amistad de la hermana de Rajoy a hacerse notar en El País en 2007 para aclarar a su director que no podía ser «un duro conservador» quien había aprovechado una entrevista en su rotativo para reconocer «mi homosexualidad y cómo me había casado». Como ministro, Marlaska siempre ha procurado ir un paso por delante de las órdenes del presidente y, cuando no, ha acelerado la marcha arrollando lo que fuera menester. Consciente de que depende de la gracia de Sánchez, está dispuesto a traicionarse y a traicionar lo que haga falta «para atentar contra la legalidad o menoscabar la legalidad a la que todos, en definitiva, estamos sujetos», como le ha martilleado la Audiencia Nacional.

Parece obvio que, sin pasar por Facultad de Derecho alguna, ese subrayado tan cabal de la sentencia que lo crucifica no debiera ignorarlo ni un electricista. Si conserva -claro- la dignidad y entereza que acreditó en 1993 José Luis Corcuera cuando, ateniéndose a su palabra dada, dimitió irrevocablemente como ministro al anular el Tribunal Constitucional el artículo 21.2 de la Ley Orgánica sobre Protección de la Seguridad Ciudadana referido a la llamada patada en la puerta. «Cuando se anuncia un compromiso de esta naturaleza, los ciudadanos deben saber que los políticos son coherentes y lo cumplen, y que no se aferran a la silla», fue su réplica a los ruegos de que diera marcha atrás por parte de muchos de los más de 200 diputados que dieron su apoyo a la norma.

Corcuera hizo cuestión de honor de lo que hoy nadie hace, pese a sus éxitos contra el terrorismo encarcelando a aquellos que ahora su sucesor Marlaska acerca cada viernes de dolores. Para horror de los familiares de sus víctimas y desaliento de los supervivientes de acciones criminales como la que el sanguinario Henri Parot pretendió cometer en Sevilla, en abril del 90, apostando un coche-bomba junto a la Jefatura Superior de Policía, aledaña a un colegio de las Esclavas, unos grandes almacenes y la entonces sede provisional del Parlamento andaluz, y que remedió milagrosamente una pareja de la Agrupación de Tráfico de la Guardia Civil.

Lo que algunos achacaron a una cabezonería de quien supo discernir que «la coherencia y la responsabilidad son importantes en política», quedó, lejos de servir de ejemplo, como una extravagancia a ojos de una clase política reacia a conjugar el verbo dimitir. Como botón de muestra, su sucesor Marlaska, desde que agarró la cartera, no ha dejado de deslizarse por la pendiente del descrédito hasta contravenir al Tribunal Constitucional y justificar la patada en la puerta que precipitó el adiós de Corcuera. Todo ello a resultas del supuesto allanamiento policial de un apartamento turístico que registraba un guateque pese a prohibirlo las medidas anti Covid, mientras es reacio a intervenir en delitos como la ocupación ilegal de viviendas.

Si a esto se suma como puso a la Guardia Civil a espiar la vida de los otros para preservar la imagen del Gobierno en las redes sociales durante este eterno estado de alarma y como ha depurado el cuerpo al servicio partidista del Ejecutivo, humillando a generales y coroneles de la Benemérita que descollaron en la preservación de la integridad territorial y de la Constitución ante la sedición secesionista catalana -incluso en el juicio del 1-O frente a los silencios y carraspeos de sus jerarcas políticos-, se entenderá que Marlaska constituye un peligro público.

Con este bagaje ministerial y el baldón de la sentencia de la Audiencia Nacional que lo retrata como autor intelectual de tan vil arbitrariedad contra Pérez de los Cobos, se colegirá que quien tituló su autobiografía Ni pena ni miedo no produce pena, pero si miedo al verificar en qué se ha convertido y en lo que anda expedito hacer. Es tan buen bribón ya como vaticinó Samuel Johnson que sería un recién designado gobernador que acudió a preguntarle si creía que estaría a la altura del rango. No extrañará que los diputados filoetarras le sonrían y le sostengan, mientras orilla a las víctimas de sus destelladas de hiena.

 

                                                                FRANCISCO ROSELL  Vía EL MUNDO

Misión, alternativa y acción cristiana

  

Josep Miró i Ardèvol

SEMINARIO LIBRAR LA BATALLA CULTURAL. FUNDACIÓN CULTURAL ÁNGEL HERRERA ORIA

¿Hay que librar la batalla cultural? ¿De la cultura pensada a la cultura vivida?

 Buenas tardes y muchas gracias por su invitación a participar en este semanario sobre la batalla cultural.

  1. Después de haber escuchado buena parte de las intervenciones precedentes, todas ellas de un gran interés, me he preguntado qué más podía decir en 10 minutos que fuera útil. Mi cavilación me ha conducido a tres preguntas.
  2. ¿Cómo hemos llegado hasta la actual situación?
  3. ¿Podía haberse evitado?
  4. Y la tercera y decisiva, ¿qué hacer ahora?
  5. Me centraré en la tercera por una evidente razón de tiempo, pero antes diré algunas palabras sobre las dos cuestiones que la preceden.
  6. Sobre el cómo hemos llegado hasta aquí, sobre el diagnóstico, aíslo y señalo unos ejes explicativos:
  7. La causa fundamental radica en la concepción desvinculada, y su hegemonía cultural y política. Dediqué un libro, La Sociedad Desvinculada, a este tema en 2014.
  8. Esta concepción ha asentado un orden de razón instrumental radicalmente nuevo, que ha dado lugar a grandes rupturas en todos los ambitos, y ha causado la acumulación de grandes crisis irresueltas, si bien la ruptura más importante ha sido la desvinculación de Dios.
  9. Así mismo, se ha producido una gran alianza política de naturaleza objetiva a favor de esta cultura de la desvinculación, formada por el capitalismo liberal cosmopolita no perfeccionista, y el progresismo de género.
  10. Un factor clave en todo esto, ha sido y es, la debilidad del sujeto cristiano. La consecuencia es la marginalidad y marginación del catolicismo, convertido en un relato contracultural. No voy a entrar en los factores que la generan, que son diversos, y sí solo señalar, por su importancia decisiva en España, la pérdida de la política como valor de salvación, a pesar de que toda su doctrina social señala el camino opuesto, y también por el importante hecho de que la política determina opciones culturales y morales. La política no aparece como un espacio donde extender el Reino de Dios.
  11. Refiero un solo dato que dice mucho de esta debilidad: la conversión sin voces de denuncia, de nuestro estado neutral y colaborativo con las confesiones religiosas, y en especial la católica, en un estado de práctica atea, basado en la cancelación de Dios del espacio publico-politico.

La respuesta

  • Y dicho lo anterior, abordo la cuestión del qué hacer.
  • Una observación previa: desde la práctica social no se puede separar la cultura de otros dos planos: por arriba, digámoslo así, el de la fe, y en paralelo el lado de la política.
  • Si el sujeto cristiano es débil es necesario reconstruirlo, y la única manera de hacerlo es mediante la acción porque ella es portadora de sentido. Se trata de un acto humano cuya práctica requiere de los dones del Espíritu Santo y de las virtudes cristianas.
  • Acción en tres planos orgánicamente distintos, pero íntimamente conectados: la misión evangelizadora, la alternativa cultural, y la acción política social cristiana. Misión, alternativa y acción.
  • España es un país para evangelizar de nuevo, es un país de misión. La misión es extender el Reino.
  • Y esta misión choca con dos grandes adversidades: el marco de referencia cultural y político de la desvinculación y cancelación de Dios, y las estructuras de pecado, muy poderosas, y en buena medida fruto de leyes.
  • La batalla cultural consiste en una alternativa. De contraculturales a alternativos. Y una alternativa debe de poseer un buen relato dirigido a todos. La tarea de construir este relato es urgente.
  • Sobre dicho relato solo voy a decir ahora unas pocas cosas.
  • Debe practicar un diagnóstico crítico, sistemático de todos los males que nos aquejan, de las crisis acumuladas, porque todas ellas son fruto de la cultura y el poder desvinculado, y de la alianza política que la promueve
  • Debe presentar la concepción y la mentalidad cristiana como alternativa integral al desastre. La mentalidad cristiana es fruto de una fe, pero surge también en la increencia, solo como cultura. El último y extraordinario libro del historiador Tom Holland, “Dominio”, permite rastrearla con claridad a lo largo de la historia. Es una conciencia, pero también un tensor, un horizonte de sentido, un marco de referencia. Se forja en la práctica de unas virtudes específicas.
  • Todo esto ha de significar el relato, que debe mostrar que todo lo existente sería muy distinto y mucho mejor con el proyecto cultural cristiano.
  • La tercera referencia sobre la alternativa cultural se refiere a Habermas, quien ya ha sido mencionado en una intervención anterior. La alternativa debe plantear abiertamente, que los ciudadanos secularizados no tienen derecho a rechazar el verdadero potencial de las cosmovisiones religiosas, ni discutir el derecho de los conciudadanos creyentes a hacer contribuciones a las discusiones públicas en su lenguaje religioso.
  • La cuarta consideración es que la alternativa debe extender e intensificar el debate sobre la vida humana y su dignidad, porque en las actuales condiciones posee una extraordinaria capacidad transformadora.
  • La alternativa cultural siempre quedará como reactiva si no accede a la legislación y a las políticas públicas. El catolicismo español ha olvidado la ley de la contienda política que dice que todo movimiento, concepción, que no tiene algún tipo de presencia y representación en las instituciones políticas, queda confinado a los márgenes.
  • Es una omisión grave seguir renunciado a la política. Solo hace falta observar cómo van cayendo las fichas para constatarlo. Y la próxima será la escuela concertada. Pero antes ya lo han hecho, la neutralidad del estado en materia moral y religiosa, la maternidad y paternidad, el matrimonio, la sacralidad del cuerpo humano, el sentido y dignidad de la vida, la familia, la conversión de la ideología de género en sus dos versiones, la del feminismo del patriarcado y la de las identidades LGBTI, en política de estado, siendo a la vez un emporio europeo de la prostitución y la pornografía. Mientras, la desigualdad y la pobreza siguen creciendo, el sistema educativo español a la luz de los datos es un gran fracaso, el envejecimiento aumenta, sobre todo a causa de la baja natalidad que condena el futuro de este país, la administración pública es muy deficiente, la partitocracia y la demagogia han usurpado la democracia, las instituciones del estado están en crisis, la gestión de la pandemia ha sido humanamente cruel, y un desastre en cuanto a resultados. La lista es larga y no voy a extenderme más. Todo esto es política, todo esto es fruto en mayor o menor medida de la política de la desvinculación. ¿Qué más se requiere para una llamada cristiana a la acción política? ¿Qué más ha de suceder?
  • La cuestión por debatir no es si se debe hacer política como cristianos, es decir, si debemos contribuir al bien común, si no como debemos hacerla.
  • Termino ¿No es acaso una paradoja que para forjar una alternativa al sistema, alguien tan aparentemente lejos del cristianismo como Antonio Negri, deba recurrir como modelo, no a Marx, Lenin, o Trotsky, como sería de espera por sus antecedentes, sino a San Agustín y un poco a San Francisco de Asís, como hace en su obra “Imperio”? ¿Y nosotros desde el núcleo del hecho cristiano, y ante la crítica situación actual, no somos capaces de levantar una alternativa más fidedigna y mejor?
  •  

                                         JOSEP MIRÓ i ARDÈVOL    Vía FORUM LIBERTAS

    LA BARBARIE DE LA IGNORANCIA

     

    Pedro Sánchez y Grande Marlaska

    “Las malas decisiones que tomó el Gobierno Zapatero en política energética en general y renovables en particular lo hacen responsable de una gran parte del elevado coste de la energía en España. No se pueden crear falsas expectativas. El país le debe exigir a este progresismo la obligación de la competencia profesional. Hacer bien las cosas. Esto no es un patio de colegio. Para elaborar una ley hay que pasar una serie de trámites. Hay que hacer los números 40 veces. Esto es largo y difícil”. La frase pertenece a Jordi Mercader (entrevista de Martí Saballs en El Mundo, miércoles 31 de marzo), expresidente del INI con el Gobierno de Felipe González. Antes había sido presidente de la Empresa Nacional Bazán y después lo sería de Aguas de Barcelona, además de vicepresidente de La Caixa y Repsol, entre otras cosas. Ingeniero Industrial y master en Economía y Dirección de Empresas por el IESE, Mercader pertenece a una generación de servidores públicos (con la UCD de Suárez, el PSOE de Felipe o el PP de Aznar) caracterizada por un brillante currículum y una eficaz ejecutoria profesional. Un tipo a quien confiar la dirección de cualquier empresa o incluso la presidencia de un país, que apunta con esa frase al Gobierno Sánchez donde más le duele: la falta de competencia profesional del actual Ejecutivo.

    No es ideología (que también); es incompetencia. Es la falta de capacidad para gestionar de gente con una formación académica mediocre, con una licenciatura en Derecho, en Políticas o en Psicología en universidad pública, en el mejor de los casos, o con un bachillerato mal digerido, en otros. Gente que se sienta en el Consejo de Ministros sin haber competido nunca en el sector privado, sin tener la menor idea de lo que es una cuenta de resultados (incluido el presidente), sin haber pagado jamás la nómina de una pequeña pyme. La ignorancia salpimentada de soberbia explica cosas como la reciente Ley de Nueva Normalidad aparecida en el BOE este miércoles, que ha endurecido el uso de las mascarillas incluso cuando uno está en lo alto de un monte o en una playa desierta. Que a una ley sanitaria se aluda desde el Gobierno con el orwelliano apodo de “Ley de Nueva Normalidad” predispone ya al personal a esperar cualquier barbaridad o sinsentido, cualquier atentado a esos derechos individuales hoy tan conculcados en España, en línea con la frase atribuida a Cicerón según la cual “cuanto más se acerca el colapso de un imperio, más locas y arbitrarias son sus leyes”. La medida es tan disparatada que apenas unas horas después de publicada ha obligado a sus mentores a dar marcha atrás con la creación de “una mesa técnica para interpretar esta ley” (sic).

    Ridículo espantoso, al que es proclive una tropa caracterizada por su falta de conocimientos, que se enfrasca en la torpe manufactura de una ley que no se va a cumplir, como tantas leyes de este bendito país dado a regularlo todo con la idea preconcebida de no cumplir nada. Exceso regulatorio del que se deriva su masivo incumplimiento. Éxtasis legal del que se sigue el desprestigio de la ley. No es ideología, es ineptitud. Pero el baile continúa. La minicrisis provocada por la salida de Iglesias del Gobierno nos ha traído el ascenso de la ministra de Trabajo a la vicepresidencia tercera. Desde su nuevo puesto, Yolanda Díaz quiere impulsar la definitiva derogación de la reforma laboral, el sueño líquido de sindicalistas y comunistas, perdón por el oxímoron, la única reforma, si bien incompleta, en el haber del triste Gobierno Rajoy, y ello cuando Bruselas acaba de enviar a Madrid un aviso muy serio en contrario. El vicepresidente europeo Valdis Dombrovskis, en efecto, ha recordado esta semana al Gobierno que la reforma integral y ambiciosa del mercado laboral es prioridad absoluta si nuestro gran timonel quiere desbloquear los 140.000 millones –él se conforma con los 72.000 gratis total- asignados a España previa presentación de un Plan de Recuperación que deberá ser evaluado por la Comisión y ratificado por los 27 parlamentos de la Unión.

    De modo que Bruselas quiere más reforma laboral -más profunda-, no menos. Pero ellos/as son así. Simple fachada. Y mucho descaro. “Es amable de trato”, describe a Díaz un personaje de CEOE que la conoce bien, “pero cuando hablas con ella y rascas un poco no hay fondo de ninguna clase: todo es pura ideología”. Ideología y sectarismo rancio es la característica de la nueva ministra Ione Belarra, de cuyo currículo es imposible destacar algo que no sea el haber sido compañera de pupitre en la facultad y amiga íntima de Irene Montero, además de destacada activista de Podemos. Treinta y tres años de edad y seis en el Congreso. Fin de la historia. Su biografía dice que “antes de embarcarse en este proyecto era investigadora en formación y realizaba una tesis doctoral sobre experiencias migratorias, género y movimientos sociales”. Lo típico en Podemos, vamos. Nula preparación y experiencia profesional para gestionar una mercería. La nada más absoluta.

    Imposible reclutar deliberadamente un Ejecutivo de gente tan mediocre, intelectual y profesionalmente, como este. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí?

    La mujer que es escaparate de este Gobierno, su cara más amable, su currículum más presentable, la bella y educada Nadia Calviño, nos obsequió esta semana con uno de esos episodios capaces de arruinar cualquier biografía. Y definir cualquier Gobierno. Arreglada y contenta, Nadia grabó (leyó en un 'teleprompter') el miércoles, recién vuelta de La Zarzuela donde acababa de jurar su nuevo cargo de vicepresidenta segunda, un mensaje desde su despacho. “Llevo casi tres años formando parte del Gobierno de España con una agenda progresista, feminista y europeísta, de transformación del país, de impulso de una economía más sostenible e inclusiva (…) Las prioridades del Gobierno están claras. En primer lugar seguir acelerando el proceso de vacunación (…) En segundo lugar, continuar asegurando la estabilidad financiera internacional”. Así, de sopetón, la “estabilidad financiera internacional”, literal, y uno se queda pasmado, como si le hubiera dado un aire, porque lo único que tendría que asegurar Nadia, teniendo en cuenta el recordatorio que el Banco de España le acababa de dejar en el alfeizar de su ventana (la deuda pública cerró 2020 en 1,35 billones, equivalente al 120% del PIB), es el rescate financiero que España necesitará en cuanto estalle una crisis de deuda cada día más cercana. “Muchas gracias al presidente Sánchez”, concluyó Nadia.

    Esto no tiene remedio. Es “la barbarie de la ignorancia” que decía Georges Steiner. Imposible reclutar deliberadamente un Ejecutivo de gente tan mediocre, intelectual y profesionalmente, como este. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? ¿Cómo explicar la devaluación de nuestra clase política, a derecha e izquierda? “En los ochenta había vocación de servicio”, explica Mercader en la entrevista de El Mundo. “A los altos puestos de la Administración se llegaba dispuesto a llevar a cabo un trabajo con un desgaste personal tremendo. Había un colectivo que tenía la ilusión de que en este país haríamos algo nuevo e importante. En esos años todo era muy complicado. Estábamos dispuestos a soportar esas batallas y ganarlas”. Todo eso ha desaparecido por el albañal de una sociedad dispuesta a exigir derechos sin someterse a obligación alguna.

    Pero un Gobierno muy feminista, eso sí. Tan feminista que nuestro Hugh Hefner se exhibió en las escalinatas de Moncloa, gallo rodeado por sus gallinas, para presumir de vicepresidentas, en una más de sus impúdicas exhibiciones de machismo a palo seco. Y todo el mismo día en que una durísima sentencia judicial ponía a su ministro del Interior, Grande-Marlaska, en el disparadero de una obligada dimisión de honor si el caballero conociera lo que tal vocablo significa. “No podemos concluir más que el motivo de la decisión discrecional de cese [del teniente coronel Pérez de los Cobos] era ilegal”, afirma el juez, “en tanto que estuvo motivado por cumplir con lo que la ley y el expreso mandato judicial ordenaban tanto a la UOPJ como a sus superiores, no informar del desarrollo de las investigaciones y actuaciones en curso; lo que, entre otras cosas, podría haber sido constitutivo de un ilícito penal”. En otras palabras, que Pérez de los Cobos fue castigado por cumplir la ley. Es el tenor de un Gobierno que ha degradado la ya de por sí feble democracia española hasta convertirla en un guiñapo.

    El 4 de mayo tenemos la primera oportunidad para ir construyendo algo distinto. Complicado ilusionarse viendo el panorama político a derecha e izquierda, pero obligado

    Mientras tanto, el pequeño Marlaska, el demócrata de la “patada en la puerta” dispuesto a acabar con la inviolabilidad del domicilio, sigue acercando a los criminales de ETA a su lugar de origen. El último, en plena Semana Santa, ha sido García Gaztelu, alias Txapote, el asesino del concejal Miguel Ángel Blanco. El jefe de la banda sigue pagando los peajes a que está obligado por los lugartenientes (Rufianes, Oteguis y Cía.) que le sostienen en la peana de Moncloa, agrandando así día tras día la herida por la que sangra esta España maltrecha, ese “pedazo de pan seco”, como la describieron algunos intelectuales europeos en los años treinta, esa “pobre España, dolorida España, aquejada de la locura de la inmortalidad” que escribiera Thomas Mann, esa España silente que en su cuesta abajo ha sido capaz de elevar a la presidencia del Gobierno a un aventurero sin escrúpulos. Después de la sentencia hemos sabido, lo contó aquí Alejandro Requeijo, que la decisión de cesar al militar no se tomó en Interior, como cabía imaginar, sino en Moncloa. Y lógicamente con conocimiento de Sánchez y muy probablemente a iniciativa suya. Este es el pájaro que motivó una moción de censura con el argumento de que no podía soportar el hedor de la corrupción del Gobierno Rajoy.

    Alguien ha dicho que el lamentable estado por el que atraviesa nuestra democracia no se debe tanto a las órdenes que imparte la minoría que maneja el BOE, como al silencio cómplice de la mayoría que asiente. Los españoles de bien, que son legión, están obligados a reaccionar. Como decía el mencionado Steiner, obligados “a dejar la casa en la que estamos invitados un poco más rica, un poco más humana, un poco más justa, un poco más bella que como la encontramos. Creo que esa es nuestra misión, nuestra tarea”. Pero esto, digámoslo una vez más, no tiene más salida democrática que las urnas. El 4 de mayo tenemos la primera oportunidad para ir construyendo algo distinto. Complicado ilusionarse viendo el panorama político a derecha e izquierda, pero obligado. Se trata de negarse a aceptar la “nueva normalidad". Y empeñarse en salir del fango, simplemente para poder respirar.

     

                                                                      JESÚS CACHO  Vía VOZ PÓPULI