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viernes, 3 de abril de 2020

DE LA ESTUPIDEZ A LA ESPERANZA


Opinión 

Miguel Aranguren


La estupidez colectiva trae inoculado el veneno de la sumisión. Pensar compromete y, además, fatiga. Por tanto, que sean otros los que piensen, los que decidan y organicen la sociedad mientras nos volcamos en nuestras tareas, que por urgentes parecen eximirnos de cualquier responsabilidad.
Durante las dos primeras décadas del nuevo siglo, quienes tejen la tela de araña de las zonas oscuras de la Historia han enlazado con maestría los nudos que maniatan la verdad, aprovechado los resortes de la comunicación de masas para sumir a la humanidad en un pesado letargo.
Dando cumplimiento a una estrategia, han normalizado la cultura de la muerte. Manifestarse a favor de la vida de los débiles, de los inocentes, es un gesto cuasi delictivo, propio de mercenarios a los que conviene destruir. La globalización de un retorcido humanitarismo, en el que la libertad es un bien absoluto, sume a Occidente en una confusión acerca de la dignidad humana, en la que el sentimentalismo prima frente a la razón.
Qué decir respecto al matrimonio civil con toda su baraja de posibilidades: hombre y mujer, mujer y mujer, hombre y hombre y, no dentro de mucho, menor de edad con adulto y, ¿por qué no?, entre tres y más personas e, incluso, mascota con hombre o mujer. La estupidez colectiva se ha rendido a las maquinaciones de aquellos que adoran el placer sexual en todas sus variantes, haciendo de lo erógeno espina dorsal de la existencia.
Pero no es el matrimonio la estación de destino de los ideólogos. Aprovechando la nube de disparates con la que nos ciegan, la concepción, la gestación y el parto también se han subjetivado. Han convertido la paternidad y la maternidad en un capricho supremo, pingüe negocio a la carta en el que también cabe una colección de anomalías: de la compraventa de semen y óvulos a la fecundación in vitro y la inseminación artificial; del embarazo subrogado al vientre de alquiler, con todas sus variantes y sus intrigas económicas y legales, a las órdenes de todas las combinaciones de uniones afectivas posibles.
Son dos las nuevas fichas que completan el puzle del hombre moderno, sin que este haya decidido unirlas al tablero. Por una parte el feminismo radical, una suerte de marxismo 5G que reinventa la lucha de clases en un toma y daca con el varón, del que la víctima es la familia.
Hay violencia en el planteamiento, en el lenguaje que emplea, en la generalización del hombre como un delincuente en potencia, en la proclamación de un igualitarismo que reniega de la complementariedad de los sexos. No es una ideología constructiva, todo lo contrario: aprovechando el sesteo del ciudadano ocupado en sus cosas, hace de la guerra una fiesta disfrazada de color violeta.
La otra es el animalismo. Sin ir más lejos, Joaquin Phoenix, al recibir su Oscar por el papel en Jocker (una película que habla de la manipulación de la masa pasiva, para arrastrarla a una violencia sin límites), nos invitó a dejar de abusar de las vacas, a las que sometemos a la inseminación para que paran los mejores terneros con vocación de hamburguesa, rizando el rizo de nuestra crueldad al retirárselos en el destete, sin reparar en la tristeza inconsolable de la madre bovina. Se trata de una misericordia de salón, urbana y sin sentido, ideal para ciudades con más mascotas que niños, en las que se triplican los hogares con perro, gato, lagarto o pez, pero sin niños.
Este es el mundo que debemos transformar con inteligencia, amabilidad y buen humor. Esta es la estupidez colectiva a la que estamos obligados a regalar toda la luz posible.

                                                                               MIGUEL ARANGUREN
                                                                                Publicado en El Observador.

miércoles, 1 de abril de 2020

NOSTALGIA DE LA LIBERTAD

A la profesión médica se le debe devolver el respeto que se le robó, hay que dignificarla con más medios y honorarios.

 

JAVIER OLIVARES

 
Estos días, en medio de unas circunstancias inéditas y excepcionales, solamente creíbles en la ficción, se me vinieron a la cabeza estas dos historias ejemplares que, para gran parte de nuestros conciudadanos, les serán desconocidas. Una transcurrió en Lisboa, mientras que la otra en Nápoles. Ambas urbes están cargadas de tantas maravillas naturales como artísticas que, para los visitantes, se les hacen desapercibidas estas vidas. A finales del siglo XIX vivió el doctor Sousa Martins (1843-1897). Había nacido en Alhandra, una pequeña población a 30 kilómetros de la capital portuguesa, donde está enterrado y su casa es ahora un museo y tiene una estatua. Estudió farmacia y medicina. Fue empleado en la Farmacia ultramarina de su tío, que aún está en la Rua de San Pablo, casi enfrente del gran portalón que bajo techo oculta en su interior el Elevador de Bica. Catedrático de la Universidad de Lisboa y siempre médico de los desfavorecidos. Ayudó a los pobres e intervino generosamente contra todas las epidemias de su tiempo, especialmente la tuberculosis, enfermedad a la que él mismo sucumbió. Tanta fue su dedicación a los demás que, aún hoy, en la Plaza lisboeta del Campo Santo, rebautizada como Campo Mártires da Pátria, se alza una gran estatua en su honor. Y no es la grandiosidad de la misma, frente al edificio de la Facultad de Medicina, lo que atrae y llama la atención, sino la multitud de exvotos que la rodean: placas de mármol agradeciéndole los favores sanitarios recibidos. Sousa Martins es un santo laico, y no lo es de la Iglesia católica porque él creyó más en la ciencia que en la fe; pero, sobre todo, porque cuando se vio ya perdido, aislado en su pueblo por la tuberculosis, se suicidó. Ángel Crespo en Lisboa mítica y literaria, se refiere a él como médico taumaturgo que compite, sin pretenderlo, con nada menos que con San Antonio de Padua (que era de Lisboa) y con el Patrón San Vicente. Azulejos, velas, incensarios, escapularios, figuras de cera, pinturas y otros muchos objetos de recuerdo y culto llevan su rostro. Hoy, ante la situación en la que vivimos, se habrán incrementado el cúmulo de peticiones. En el año 1990 fue santificado con una ceremonia universitaria en el Aula Magna de la Universidad de Lisboa. El Premio Nobel de Medicina, el portugués Egas Moniz, dijo que Sousa era una persona "irreprochable", "maestro de la medicina" y un "científico avanzado".
El doctor Moscati (1880-1927) es nuestro segundo y último ejemplo. Este italiano sí era muy religioso. Fue médico ejemplar y se dedicó, aparte de atender a los pobres, a cuidar de los incurables. En sus muchos y varios escritos afirma que no hay mayor virtud que la caridad: "Dios es caridad, quien está en la caridad está en Dios". Moscati, además de dedicarse a esta cotidianeidad triste, intervino decisivamente en los desastres provocados por la erupción del Vesuvio, o las diversas epidemias de cólera y tuberculosis. También tuvo un papel decisivo en la organización de un hospital de campaña que reunió a más de 3.000 soldados italianos heridos en la Primera Guerra Mundial. Fue canonizado por Juan Pablo II, en el año 1987. Si Sousa murió a los 54 años, Moscati lo hizo con 46, víctima del agotamiento físico. Está enterrado en la Iglesia de Gesú Nuovo, en pleno casco histórico napolitano. También luce Moscati, en su estatua, delante de su sepulcro, la bata médica. En varias salas cuelgan de las paredes cientos de exvotos. También hay una reproducción de su consulta. Ambos no tuvieron familia más allá de los pobres y enfermos. Ambos también despreciaron todo lo material y criticaron a aquellos que se beneficiaban económicamente del dolor de los demás. Giacomo Campiotti, en el año 2007 y para la RAI, rodó una película sobre su vida.
Hoy la medicina no se basa en el esfuerzo gigantesco de una serie de personas individuales, sino que la tarea es ya realizada por un gran colectivo de magníficos profesionales preparados para combatir los muchos males con los que todavía la humanidad se ve aquejada. Gracias al esfuerzo de personajes como los nombrados, arquetipos de otros muchos, el estado fue tomando conciencia de que la libertad tampoco existe si cada uno de sus ciudadanos no tiene derecho a recibir atención médica, sea del estrato social que sea. Y para eso una democracia como la nuestra, hoy tan vilmente acosada, incluso desde los socios del Gobierno, debe proporcionar recursos económicos suficientes para que los médicos y quienes los rodean puedan desarrollar bien su trabajo en beneficio de todos. La democracia también enferma, y gravemente, cuando sus ciudadanos mueren en situaciones tan precarias y trágicas, como las de ahora, por las malas y tardías decisiones de sus incapaces gobernantes. Una vez pase todo esto, a la profesión médica se le debe devolver el respeto que se le robó, y antes de homenajes y placas y discursos vacíos hay que dignificarlos con muchos más medios y honorarios. Ese será el agradecimiento que se merecen por su heroico comportamiento. En los últimos años ha sido uno de los colectivos peor tratados.
Da asco escuchar a Rufián pedir que se retire el despliegue del ejército y el de los cuerpos de seguridad estatales, para invertir ese dinero en la sanidad. A gran parte de los españoles de bien, nos hubiera gustado que el despilfarro de millones de euros dedicados al independentismo se hubieran invertido en la sanidad de Cataluña. El ejército y los cuerpos de seguridad, en una democracia, están para ayudar a sus ciudadanos que son quienes les pagan. ¿Acaso Rufián no ha visto en Francia, sobre todo en París, desde hace años, desplegado al ejército francés para impedir atentados? ¿Acaso Rufián no ha visto lo mismo en Italia y en otros países europeos también democráticos? Probablemente no, pues ya sabemos que su categoría cultural es todavía más ínfima que su catadura moral. Decía Croce, contemporáneo y coterráneo de Moscati, que la historia no es más que la historia de la libertad. Rufián, como su troupe populista-independentista, tiene tal falta de talento que roza la genialidad, una genialidad estúpida y malévola.
El mundo lleva décadas intoxicándose y, ahora, ha llegado un periodo de desintoxicación obligatoria. El frenesí en el que hemos vivido nos conduce a este paro forzoso, a este silencio. La comercialización del espíritu, la manipulación de las masas, el fraude intelectual, el permanente fomento del fanatismo y la discordia, el ahogamiento de los medios de comunicación libres, la explotación de las emociones más bajas, la traición a la solidaridad terráquea, la destrucción continua y sin piedad de la naturaleza, conduce a la muerte de la sociedad y la extinción de la civilización. Sayer y Schumacher, filósofos y publicistas de la paz, en los años cuarenta ya lo advertían, como tantos otros pensadores y escritores. Tanto es así que se acusó a toda la filosofía contemporánea de ser apocalíptica. Derrida, en el año 1982, escribió ¿Sobre un tono apocalíptico recientemente adoptado en filosofía? Y allí ya hablaba del agotamiento de los recursos del planeta, la deshumanización, el todavía incipiente totalitarismo tecnológico y el control sobre la vida y las libres opciones individuales. La filosofía pero, sobre todo, la poesía, siempre han sido premonitorias, han sido las Casandras. Pero ya sabemos el caso que le hicieron y lo que luego pasó. Duras pruebas vamos a pasar en los próximos meses y, como le sucedió a Job, seremos capaces de soportar el dolor, pero no así la conciencia de haberlo merecido.
La Unión Europea está también ante una de sus pruebas más difíciles. Cuando se firmó el Tratado de Maastricht se hizo para superar unos intereses nacionales profundamente arraigados para crear una verdadera unión política basada en el compromiso con una identidad europea. Lo que ha venido pasando estos días lo pone todo en entredicho. Cada vez nos alejamos más de aquella propuesta de Kant de crear una república cosmopolita gobernada por una sola ley. El hablaba de algo universal, yo me conformo con la propia UE. Es esta una época muy peligrosa para lo que Max Weber denominaba "autoridades carismáticas". Es decir: autoritarias, despóticas y totalitarias. Lo que está pasando ya en Rusia y los EEUU. Safranski, en El drama de la libertad, escribe: "El hombre a través de la civilización se emancipó de la naturaleza y ahora la civilización se emancipa del hombre. Pero ahora los hombres han producido la civilización de la ciencia técnica. ¿Tras la muerte de Dios vendrá la del hombre? Un hombre pasado de moda, que todavía sigue haciéndose ilusiones con su libertad". Esperemos que el estímulo del miedo nos haga reflexionar.
He escuchado infinidad de veces la Sinfonía nº 7, Leningrado, de Shostakóvich; nunca la he llegado a entender tan bien como ahora. Estamos sitiados, y nuestras culpas colectivas son la materia de ese virus invisible y enemigo. Lo venceremos pronto, pero no se si de la misma manera derrotaremos nuestros odios, intransigencias, avaricias, venganzas y demás graves miserias. Ahora, más que nunca, los españoles deberíamos renunciar a nuestras rencillas instigadas por aquellos que solo van a obtener beneficios para sí mismos a costa de las emociones irracionales de los demás. "España es el último país que aún tiene alma", escribió Cioran. ¡Que nadie, visible o más o menos invisible, nos la arrebate!.

                                                                      CÉSAR ANTONIO MOLINA*  Vía EL MUNDO
*César Antonio Molina es ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura. Autor de La caza de los intelectuales (Destino), Las democracias suicidas (Fórcola) y Para el tiempo que reste (Vandalia).

DISTOPÍA POSTHUMANISTA


Opinión 

Albert Cortina

Si las utopías de los siglos XIX y XX se nutrieron básicamente de la “cuestión social”, en el siglo XXI la [dis]topía posthumanista se nutrirá de la “cuestión antropológica”. Este desafío antropológico será evidente en todos los proyectos de ingeniería social del Nuevo Orden Mundial.
La despersonalización del globalismo
En efecto, en el mundo globalizado que se va configurando, el transhumanismo pretende iniciar una época nueva de la historia y de la evolución en la que se habrá superado y desbordado el “tiempo antiguo”, es decir, el de los “humanismos”. Y ello gracias a los avances y al progreso producido por las tecnologías disruptivas aplicadas a todos los ámbitos de lo que hasta ahora hemos llamado “vida humana”.
Tal y como señala Agustín Domingo Moratalla –profesor de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Valencia (El Debate de hoy)– lo más importante de este cambio de paradigma será la previsible “despersonalización del mundo” de la que se nutre esta [dis]topía posthumanista.
Al focalizar las dinámicas del conocimiento y su aplicación en esta dirección posthumana, según el profesor Domingo Moratalla se está generando un nuevo horizonte utópico con el que promover trayectorias para un “verdadero progreso de la humanidad” que en realidad pueden llevar a un retroceso de la civilización. Con las nanotecnologías, las biotecnologías, las neurociencias, la inteligencia artificial, la computación cuántica, la tecno-religión, etc., el transhumanismo/posthumanismo puede llegar a ser mucho más que una ideología de la hipermodernidad. En realidad, el transhumanismo/posthumanismo puede convertirse en la nueva utopía (o mejor dicho, distopía) del siglo XXI al prometer dejar atrás –como ya lo hace la eugenesia liberal– la discapacidad, lo imperfecto, el sufrimiento, la vulnerabilidad, la fragilidad, el envejecimiento, la caducidad, nuestra mortalidad, y en definitiva, todo lo que nos hace humanos, para esperar una especie de “salvación” mediante el advenimiento de una nueva condición posthumana.
Esta nueva especie posthumana seria el producto de la mejora biotecnológica de la naturaleza humana que perseguiría, en realidad, hacer más “perfectos” y “singulares” solo a unos pocos individuos y no a todas las personas que constituyen la familia humana.
Según el profesor Domingo Moratalla, el transhumanismo y el posthumanismo se nutren de la “despersonalización del mundo” que se está acelerando en la actualidad.
Desde mi punto de vista, esta despersonalización se produce cuando nos pensamos como meros “individuos” y no como “personas” dotadas de dignidad y libertad. Por otro lado, desde una cosmovisión cristiana todavía podemos ir más allá del concepto de persona al hacernos conscientes de que cada uno de nosotros somos “hijos de Dios” creados a su imagen y semejanza.
Aquí el humanismo avanzado y la ética del personalismo comunitario tienen todo un programa de actuación para proponer al mundo una antropología adecuada para el siglo XXI, es decir, una “cuestión antropológica” que evite –como señala Domingo Moratalla– “la desnaturalización de la voluntad, la descorporalización de la inteligencia y la desdiferenciación de la sexualidad”.
Deconstruir ilimitadamente la naturaleza humana, separar mente y corporalidad como los gnósticos separan alma y cuerpo, o establecer una libertad morfológica radical para que el género acabe siendo fluido, los cuerpos se hibriden con las máquinas convirtiéndonos en ciborgs o traspasemos las fronteras de las especies hacia una identidad transespecie forma parte de la ideología transhumanista y de la [dis]topía posthumanista que avanza aceleradamente junto con la agenda globalista secular.
Ética del personalismo comunitario
En mi opinión, ante la [dis]topía posthumanista necesitamos una ética universal basada en la ley natural como regla de conducta prescrita por el Creador en la constitución de la naturaleza humana con la cual nos ha dotado.
Para Santo Tomás de Aquino la ley natural es “nada más que la participación de la criatura en la ley eterna” ( I-II, 94). Dicha ley eterna es la sabiduría de Dios, puesto que ella es la norma directiva de todo movimiento y acción en el conjunto de la Creación.
También necesitamos una auténtica cultura al servicio de la persona. Una ética sustentada en el cuidado y en la confianza entre los seres humanos como elemento fundamental del humanismo avanzado que propongo para la sociedad biotecnológica del siglo XXI.
Por otra parte, el personalismo comunitario, como corriente filosófica fundada por Emmanuel Mounier (1905-1950) e inspirada en el pensamiento de Charles Péguy (1873-1914), puede ser también la base que dé unidad a todas las microutopías humanizantes existentes, que las sostenga y oriente hacia un horizonte de futuro basado en el bien común.
En efecto, el personalismo comunitario nos ofrece una visión humanista avanzada y renovada que permite a la persona desarrollar su propio proyecto vital, manifestarse desde su singularidad, excepcionalidad y diversidad, ser un fin en sí mismo y nunca un medio, en comunión con el resto de sus semejantes, para poder centrarse, de este modo, en lo que de verdad importa al ser humano para ser plenamente feliz.

De este modo, una ética del personalismo comunitario para esta nueva era de la humanidad se enfrentaría al “globalismo” (término distinto al fenómeno de la globalización) construido fundamentalmente desde la ideología neoliberal, sorprendentemente hibridado con lo que ha venido a denominarse como “marxismo cultural”, ambas tendencias complementarias  del materialismo ateo y de la nueva religión secular universal, ideologías actualmente muy implementadas y con vocación hegemónica y constitutiva del Nuevo Orden Mundial.
Dicho globalismo –que busca colonizar todos los rincones del planeta, así como nuestras mentes– antepone el dinero y el beneficio financiero por encima de cualquier realidad y necesidad humana.
En este contexto, una ética basada en el personalismo comunitario lucharía contra el fundamento de dichas ideologías deshumanizadoras, que únicamente pretenden obtener un biopoder totalizador, así como el control tecnológico de unos pocos, pasando por encima de todo lo que se les oponga a su agenda mundialista contraria a la persona humana y a las redes de vida que conforman nuestra casa común.
Antropología adecuada desde un humanismo avanzado
En realidad lo que estamos viviendo –según el papa emérito Benedicto XVI– “es un momento de aniquilación del hombre como imagen de Dios. Es la época del pecado contra Dios creador”.
Con estas palabras, Benedicto XVI se refiere a cómo en esta etapa final, definitiva, enaltecidos en su máxima expresión el materialismo ateo, la nueva religión secular universal y la agenda globalista deshumanizante, se pretende la creación de un nuevo sujeto transhumano/posthumano que no sólo no tenga nada que ver con el concepto de persona que hemos conocido hasta ahora desde la tradición judeocristiana, sino que además, posea una estructura radicalmente opuesta a la moldeada por el Dios Trinidad que la cosmovisión cristiana considera como el Creador.
Benedicto XVI coincide con este diagnóstico al afirmar, en su encíclica Caritas in veritate (2009), que “hoy la cuestión social se ha convertido radicalmente en una cuestión antropológica”.
Desde mi punto de vista, en estos tiempos que nos ha tocado vivir, evangelizar la globalización y proponer a la humanidad una antropología adecuada resulta una misión apasionante.
Desde la cosmovisión cristiana, el Espíritu sopla extraordinariamente en estos momentos – en realidad, nunca ha dejado de hacerlo a lo largo de la historia humana– al poner el acento de la nueva evangelización en la conversión personal, desde el asombro ante el misterio de la Creación y la adoración al Creador que nos ofrece el don generoso de su infinita Misericordia.
Por todo ello, al adentrarnos en el siglo XXI, resulta urgente proponer al mundo una antropología adecuada ante los desafíos que plantea la ideología transhumanista y la [dis]topía posthumanista, para evitar, de este modo, la aniquilación de la naturaleza humana y el concepto mismo de persona.

                                                                           ALBERT CORTINA
                                                                           Publicado en Frontiere.


                                                                        



ESOS MOLESTOS VIEJOS VULNERABLES

La pandemia hace que se establezcan nuevos parámetros para medir a los ancianos, que se convierten, de pronto, en una piedra en el zapato, porque son el segmento social más vulnerable al contagio

 

Un anciano es atendido en una residencia.  

Un anciano es atendido en una residencia. 

El personaje del cuento Una historia aburrida de Antón Chéjov, ostenta el alto rango de consejero privado en la nomenclatura imperial, y ha sido honrado con todas las condecoraciones deseables. Se trata de un anciano que nos relata sus memorias. Un anciano de 60 años de edad.
Todavía a inicios del siglo pasado, el que llegaba a los 40 años se dejaba crecer la barba, se buscaba un bastón, y olvidaba impulsos y ardores juveniles. Ya no se diga una mujer que a los treinta no se hubiera casado, era declarada oficialmente solterona y tenía que resignarse a que su vida sería la de vestir santos.
Una de las grandes proclamas humanitarias de la civilización moderna, basada en los formidables avances de la ciencia, ha sido la conquista de índices cada vez más altos de longevidad, sobre todo en los países del primer mundo. En Estados Unidos la esperanza de vida en 1900 era de 47 años, cuando hoy es de ochenta; y España, en el mismo periodo, pasó de 32 a 83 años. En medio siglo, aún América Latina ha ganado 25 años en expectativa promedio de vida, para situarse en 75 años.
El concepto de vejez temprana, entendida como senilidad, duró por muy largo tiempo en la historia de la humanidad, salvo si aceptamos como válidas las copiosas edades que se mencionan en el Antiguo Testamento, que deberíamos atribuir mejor a un error en las cuentas de los escribas.
A la misma edad del ilustre viejo de Chéjov, que a los sesenta siente que ha llegado el fin de su vida, fue que Cicerón escribió, veinte siglos atrás, su canto de cisne en De senectute. A ese anciano que mira reflexivo hacia el pasado como una forma de prepararse ante la inminencia de la muerte, desahuciado por sí mismo, se le encuentra hoy en el gimnasio.
Atlético, bien bronceado, puede servir como modelo de ropa deportiva, con un palo de golf en la mano. La gloria de la tercera edad empieza a parecer tan inmarcesible, que hay quienes piensan necesario inventar una cuarta. Y también las parejas felices de ochenta están en la publicidad, anunciando seguros de salud, vitaminas milagrosas y cremas rejuvenecedoras, ya no se diga el Viagra, porque el sexo entra también en el catálogo de derechos restituidos.
Es que la longevidad es también toda una industria de miles de millones de dólares. Norberto Bobbio, el gran pensador italiano, quien osó acercarse a la centena con plena lucidez creativa, y escribió también su propio De senectute, habla precisamente de esa inserción de los viejos en el mercado, porque son una clientela, y son cortejados como portadores de nuevas demandas de mercancías.
O sacrificamos la economía, o sacrificamos a los viejos, esa es la propuesta
Los viejos tienen sueños, esperanzas, necesidades espirituales, y también materiales, y hay que satisfacerlas. Ese ha sido un notable reconocimiento que se han ganado viviendo más; son un segmento no despreciable del consumo.
Pero la pandemia del coronavirus, que saca filo al sentido de supervivencia, hace que se establezcan nuevos parámetros para medir a los viejos, que se convierten, de pronto, en una piedra en el zapato, porque son el segmento social más vulnerable al contagio. Es el grupo de riesgo por excelencia, y de allí se tiende a extraer las más variadas y coloridas conclusiones.
La que más me cautiva es la que establece que hay una urgente necesidad de escoger entre la economía y los viejos. O sacrificamos la economía, o sacrificamos a los viejos, esa es la propuesta. El vicegobernador republicano del Estado de Texas, Dan Patrick, lo dice sin andarse por las ramas: “Mi mensaje es este: volvamos al trabajo, volvamos a la vida, seamos inteligentes, y aquellos de nosotros que tenemos más de 70 años, ya nos cuidaremos de nosotros. No sacrifiquemos el país". Al menos, por lo que puede verse, Míster Patrick ofrece voluntario su pescuezo.
Este reclamo de que los viejos se sacrifiquen para salvar el todo a costas de una parte, responde a una premisa general, tal como la enuncia Lloyd Blankfein, antiguo presidente de Goldman Sachs: "Las medidas extremas para rebajar la curva del virus son adecuadas durante un tiempo para reducir la carga sobre la infraestructura sanitaria. Pero destruir la economía, los empleos y la moral es también un asunto sanitario y afecta a muchas más cosas".
¿Y la longevidad que el mercado nos enseñaba en colores resplandecientes y felices?
Viene en respaldo suyo Dick Kovacevich, expresidente del Wells Fargo, quien propone que todos dejen el encierro de la cuarentena, y salgan a producir y a consumir: "Algunos enfermarán, algunos incluso puede que mueran, no lo sé… ¿Quieres sufrir las consecuencias económicas o el riesgo de tener síntomas parecidos a los de la gripe o una experiencia como la de gripe? Tienes que elegir".
Algunos morirán. Los viejos, ya sus cartas están marcadas. A los jóvenes no les pasará nada, les dará un simple resfrío. Y si toda la población se contamina, mejor, pues todo el mundo quedará inmunizado.
Salvo los viejos. A esos, ya les tocaba de todos modos, es la ley de la selección natural; sólo los más fuertes sobreviven. De allí que los apóstoles defensores de la religión de la economía, no tardarán en enlistar también a otros seres humanos desechables, de los que se puede prescindir en aras del bien común. Los que no puedan curarse por su cuenta, por ejemplo.
Y eso me trae a la mente también esas armas de destrucción masiva, tan inteligentes como para matar gente, pero que preservan, intacta, la economía; es decir, la infraestructura productiva y los templos del consumo. Para que nos demos cuenta que la economía, deidad abstracta hecha de cifras y curvas estadísticas, es una cosa, y la gente otra.
¿Y la longevidad que el mercado nos enseñaba en colores resplandecientes y felices? ¿Y las nuevas impresionantes cotas de esperanza de vida? Hay que olvidarse de esa conquista de la ciencia, y entregarnos todos, cuanto antes, a la normalidad de la muerte.
Mientras tanto, los viejos a escondernos.

                                                                 SERGIO RAMÍREZ*   Vía EL PAÍS
*Sergio Ramírez es escritor y premio Cervantes 2017.