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jueves, 2 de julio de 2020

Berlín tiene un reto los próximos meses: no confundir Europa con Alemania

Este 1 de julio, se estrena la presidencia alemana del Consejo de la UE, la última vez de la canciller Merkel. Berlín tiene un enorme reto: no confundir los intereses alemanes con los europeos

Foto: Angela Merkel, canciller alemana, durante una conferencia en 2019. (EFE) 

Angela Merkel, canciller alemana, durante una conferencia en 2019. (EFE)

La fecha del 1 de julio estaba marcada en todos los calendarios de Bruselas desde hace mucho tiempo. Es el día en que Alemania, por última vez en la era Merkel, asume las riendas de la presidencia rotatoria del Consejo de la UE. Desde hace años, en las salas de reuniones de los hoteles de la capital comunitaria y en prácticamente todos los restaurantes de la ‘burbuja europea’ se ha hablado con esperanza de la segunda mitad de 2020. Cuando Alemania, por fin, adoptaría una agenda revolucionaria para resarcirse de lo que se ha visto como una falta total de liderazgo y ambición durante los últimos años.
El calendario de la presidencia está claro: hay que negociar un fondo de recuperación tras el covid-19 y hay que lograr cerrar el futuro marco financiero plurianual. Algunas personas esperan grandes cambios por parte de Berlín que generan cierta preocupación entre los diplomáticos, porque no está entre sus planes de los próximos seis meses.


El reto real para Alemania durante esta presidencia será algo menos comentado pero mucho más relevante y con un enorme impacto a largo plazo: Berlín tiene que conseguir, en los próximos seis meses, dejar de confundir Europa con Alemania. Dejar de confundir los intereses europeos con los alemanes es la única manera de que se pueda esperar un verdadero liderazgo por parte de Berlín.
Ese problema, confundir Alemania con Europa, ha hecho que la UE sea deficiente en dos elementos cruciales: solidaridad y soberanía. Dos palabras que se han escuchado mucho en los últimos días y que serán los ejes centrales de la presidencia. Son las dos claves que pueden cristalizar en lo que muchos esperan: que en algún momento se haga realidad el liderazgo europeo en Alemania y no tanto el liderazgo alemán en Europa.

La canciller alemana, durante una rueda de prensa. (EFE)
La canciller alemana, durante una rueda de prensa. (EFE)

ADN alemán

Lejos de que esto, la confusión entre Europa y Alemania, sea producto de un pensamiento malvado por parte de las élites alemanas, en realidad es una consecuencia normal de la cultura política de un país que escapa de los esquemas que se pueden ver en el resto de Europa y el mundo. Hay una idea repetida en numerosas ocasiones cuando se habla del alma política de Alemania que ayuda a entender este enfoque: “Estamos orgullosos de no estar orgullosos”.
Y es que, como escribió el profesor Stefen Auer en un artículo de 2018 para la revista 'Government and Opposition', de la Universidad de Cambridge, ciertos elementos que están en el ADN de la política alemana, que siempre rehúye el conflicto y busca el consenso como valor político supremo, al mismo tiempo que vive siempre consciente de su responsabilidad histórica derivada de su papel durante el siglo XX, hacen que el proyecto europeo esté en el corazón de su idea como país. Son unas características muy particulares que solo se dan en una Alemania que rechaza algunos conceptos e ideas comunes en el resto de países.


“La preferencia de Alemania por la política de anticonflicto genera una inquietud sobre la propia noción de poder y su vehículo tradicional, la soberanía nacional. Eso ayuda a explicar el compromiso ejemplar de Alemania con la integración europea”, escribe Auer en su documento. Pero ese compromiso se vertebra en una idea errónea y que ha estado en la médula de Berlín: Europa es, en cierto modo, una continuación de Alemania, un paso más allá en la ambición posnacional que ha acompañado al país después de la Segunda Guerra Mundial y que alcanzó su pico durante la unificación.
Esa confusión es la que ha llevado a un liderazgo deficiente y en ocasiones dañino por parte de Alemania, que una vez tras otra se ha consagrado a un lema: “Lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa”. Pero la realidad es totalmente distinta, como ha quedado demostrado en numerosas ocasiones durante los últimos años, especialmente durante la gestión de la crisis de la eurozona. La confusión ha generado una falta de solidaridad por la incapacidad manifiesta a la hora de comprender e integrar las prioridades, necesidades y urgencias de los demás.

Bandera alemana junto a la de la Unión Europea. (Reuters)
Bandera alemana junto a la de la Unión Europea. (Reuters)

Hacia el liderazgo y la solidaridad

Sin embargo, ha pasado algo en los últimos meses. La crisis del coronavirus, que ha generado un 'shock' económico sin precedentes para la Unión Europea desde la Segunda Guerra Mundial, ha hecho que Merkel vea el precipicio. Y esa frase tan utilizada, “lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa”, por fin se está dando la vuelta: “Lo que es bueno para Europa es bueno para Alemania”. Y ahí sí que puede haber liderazgo.
Durante los últimos tres años, Emmanuel Macron, presidente galo, ha intentado, en vano, que la canciller alemana se involucrara en su idea para renovar Europa. A veces, Berlín ha ofrecido a París su mano, pero solo para ahogar con ella cualquier ambición, como se vio con la idea de un instrumento presupuestario para la eurozona.
Pero el covid-19 ha hecho que toda la UE se tambalee, primero a nivel económico, con un enorme riesgo de aumentar la ya existente divergencia entre norte y sur, que todavía es un escenario realista, y a nivel social, con una fractura norte-sur por la ausencia de solidaridad en los primeros momentos.


A mediados de mayo, Macron y Merkel presentaron un plan revolucionario: emitir medio billón de euros en deuda conjunta para financiar un plan de recuperación económica tras el covid-19 a través de transferencias (no de créditos) sujetas a condiciones, pero no como en el pasado, sin troika ni hombres de negro. Ese aparente pequeño paso fue un salto hacia delante, con pirueta mortal incluida, para la política alemana.
Desde entonces, Merkel insiste en un discurso en el que exige solidaridad y sacrificio para ayudar a los países más golpeados. La canciller ha comenzado a defender una idea que España ha impulsado en las últimas semanas y que ha calado hondo en el Ministerio de Finanzas alemán: para que Alemania florezca es necesario el mercado único, y no hay mercado único si no se salvan España e Italia. Para salvar Alemania, hay que salvar Europa. Ese cambio de discurso, aunque parezca pequeño, es crucial.
Los mensajes son esperanzadores. No se puede esperar que las placas tectónicas del pensamiento alemán, que es en gran parte el pensamiento de la UE, cambien de la noche al día. Pero algo se mueve, y lo hace en la dirección indicada. La cuestión es si Merkel y el Gobierno alemán aprovechan los próximos seis meses para, haciendo uso del apoyo social inesperado que su giro de timón ha tenido entre los votantes alemanes, hacer cristalizar una nueva manera de entender Europa desde Berlín. Porque ese será el camino hacia un liderazgo real y efectivo de Alemania en la Unión Europea.

El presidente francés charla con la canciller alemana este lunes en Meseberg. (Reuters)
El presidente francés charla con la canciller alemana este lunes en Meseberg. (Reuters)

Soberanía

Heiko Maas, ministro de Exteriores alemán, aseguró este lunes que la presidencia alemana se basará sobre dos palabras: solidaridad y soberanía. Las dos mismas palabras utilizadas por Macron durante una rueda de prensa celebrada también el lunes junto a la canciller alemana.
Esta elección no es casual, y ambos términos están estrictamente ligados a lo que se debe lograr con el liderazgo alemán: solidaridad y soberanía. La falta de solidaridad ha sido en gran parte producto de la manera en que Alemania ha entendido el proyecto europeo, y hay unas primeras bases para cambiarlo. Y la ausencia de una soberanía real también tiene que ver con el ADN político alemán y su alergia a la idea de poder.
Europa está hecha, en gran parte, de ideas alemanas. No en vano, la idea de Europäische Rechtsgemeinschaft (comunidad europea de leyes) es un producto alemán, un reflejo a nivel europeo de la visión alemana del derecho y la ley como el elemento central de la vida política. Y lo mismo que se imprimió ese principio, algo que se debe al primer presidente de la Comisión Europea, el alemán Walter Hallstein, se imprimió también un cierto rechazo a la idea del poder, sobre todo de ejercerlo, al menos de manera directa.


Josep Borrell, alto representante de la UE para Exteriores y Política de Seguridad, insiste, cada vez que puede, en una premisa: Europa tiene que aprender a hablar el idioma del poder. Tiene la capacidad pero no la voluntad, exactamente igual que Alemania. Y esa puede ser la otra gran contribución de la presidencia alemana.
Este cambio ya está en marcha, pero se pueden aprovechar los próximos seis meses para hacer que termine de tener forma. Consiste en defender la soberanía europea y la independencia estratégica de la UE. Eso tiene que ver, fundamentalmente, con frenar los pies a China en distintos asuntos, algo que ya se está intentando con nuevas herramientas comerciales que han generado pocas buenas palabras desde Pekín, y con lograr ser menos dependientes de Estados Unidos en algunos asuntos como defensa y seguridad.

Josep Borrell, alto representante de la UE para Exteriores y Política de Seguridad. (EFE)
Josep Borrell, alto representante de la UE para Exteriores y Política de Seguridad. (EFE)

Escapar de la crisis

Todo el mundo esperaba esta presidencia no por ser alemana, sino por ser la última de Merkel. Aunque la canciller ha cometido muchos errores y ha profundizado durante su mandato en la idea errónea de “lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa”, es cierto que la líder germana es la única con una visión real y completa del proyecto europeo durante las últimas décadas. La única que dedica tiempo, esfuerzo y pensamientos a la idea de Europa. Y, quizá por eso, veamos ahora un cierto cambio en el discurso.
En una reciente entrevista con medios europeos, incluido 'La Vanguardia', Merkel toca distintos puntos de la agenda europea. Y da una tecla: las crisis. La alemana señala que Europa sigue sin estar preparada para las crisis. Porque en parte la construcción europea se basa en la idea de que las instituciones y los progresos se producen durante ellas, lo que genera en muchas ocasiones una actitud cómoda y peligrosa: primero la crisis y luego los cambios.
Esa es una idea derivada de una ausencia de liderazgo. La urgencia como único elemento político válido en Europa genera, además de riesgos innecesarios, un déficit democrático que acabará pasando, si es que no lo hace ya, una enorme factura a la Unión. Un nuevo liderazgo basado en la solidaridad y una nueva visión estratégica construida sobre la soberanía, sumadas a la ambición alemana de un futuro posnacional, que es un elemento básico del proyecto europeo, pueden hacer de la UE una realidad mucho más firme y prometedora. No habrá una revolución en los próximos seis meses, pero Alemania tiene ahora todos los focos y es su oportunidad de demostrar que los cambios que empiezan a vislumbrarse han llegado para quedarse.

                                                NACHO ALARCÓN Vía EL CONFIDENCIAL

ESTADÍSTICAS


Opinión 

Miguel Aranguren

Aunque el planeta ha entrado en ebullición, si lo cuantificamos en cifras quizá juzguemos que la del Covid-19 ha sido una pandemia ligera, nada que ver con las pestes de siglos pretéritos. Y es cierto. La última gran plaga, a la que llamaron Gripe Española, arrasó la vida de unos cuarenta millones de personas a finales de la segunda década del siglo XX. Si ahora, con toda la ciencia demoscópica encapsulada en bites, somos incapaces de dar un resultado redondo de infectados y fallecidos, qué no sería aquel cómputo sopesado quién sabe con qué criterios y herramientas. Seguramente fueron sesenta los millones de muertos. U ochenta. O cien…
Mi abuela recordaba a una de sus hermanas, por aquel entonces adolescente, que perdió la razón como consecuencia de la influenza virológica y que, pobrecita, terminó por suicidarse. Pero ahora que las guerras, sin ir más lejos, se resuelven con pocas bajas, el medio millón de víctimas que -cuando se haga la suma global- vincularemos al coronavirus se nos antoja una captura ligera frente a los millones de millones que poblamos la Tierra. Nos consolaremos al pensar que en su gran mayoría fueron hombres y mujeres mayores, muy mayores, personas que habían vivido suficiente y a quienes correspondía dejar el espacio libre para los que venimos detrás.
Es lo que tiene la muerte en aluvión, en estadística. Es el paso de la guadaña sobre un trigal bien cuajado: la imposibilidad de conocer el rostro de aquellos que fueron, de haber tocado sus manos todavía calientes una vez se les rindieron los pulmones, de haber sentido la tristeza de sus allegados o el silencio redondo de su soledad.
Pero ni pocos ni muchos. Los seres humanos morimos de uno en uno. Y con nuestra muerte se evapora todo lo que fuimos: niños llenos de inocencia, adolescentes expectantes, jóvenes con el corazón en las manos, adultos pragmáticos o conformistas, ancianos agradecidos o amargos. Varones y mujeres. Lazos de los que brotaron familias. Consejos, miedos, oportunidades. Corazones concebidos para amar. Y mucho más, porque un hombre no cabe en un libro ni puede deshilacharse como un jersey tejido de un solo ovillo.
Los fallecidos, uno a uno, son piezas irrepetibles de la construcción de la Historia: tú, él, ella, aquél, éste, el de más allá. Ninguno prescindible y, por tanto, ninguno merecedor del anonimato de una mortandad masiva, de las unidades de cómputo, del larguísimo listado de los registros de defunción.
Recomiendo la lectura de Réquiem por Nagasaki, cuyas páginas retratan al profesor Nagai, un radiólogo japonés testigo de uno de los mayores horrores bélicos de todos los tiempos. Su ciudad se derritió en el interior de una inmensa bola de calor nuclear. Cerca de cien mil personas desaparecieron; sus cuerpos se convirtieron en nada. Y con ellos sus pertenencias, sus recuerdos, todo lo que les definía. Por si no hubiera sido suficiente la atrocidad del hongo que llegó al cielo (por cierto, silenciada por el cine, motor de la cultura contemporánea), la radioactividad siguió cobrándose víctimas durante decenios, mediante los síntomas más crueles. Pero Nagai decidió transmitir la misericordia de Dios a sus vecinos, de uno en uno, también a los que se esfumaron sin dejar huella. Sus ojos actuaron como los ojos de Dios, que es incapaz de entender las estadísticas: te mira como a un hijo único. Y te dice: “Yo te he engendrado hoy para entregarte en herencia las naciones, los confines de la tierra”, una tierra sin virus ni odios, sin listados ni memoriales.

                                                                          MIGUEL ARANGUREN
                                                                           Publicado en El Observador.

miércoles, 1 de julio de 2020

¿Somos propietarios o inquilinos del planeta Tierra?

La vida en la Tierra podrá prolongarse, en condiciones parecidas a las actuales, unos 500 millones de años más
Niveles de contaminación alarmantes en China  
 Niveles de contaminación alarmantes en China Gtres
Nuestro planeta está casi al final de su “vida útil”. La vida en la Tierra podrá prolongarse, en condiciones parecidas a las actuales, unos 500 millones de años más, tan sólo un 11% adicional a lo que el planeta lleva existiendo. Esto se debe a la evolución previsible de nuestra estrella, el Sol, que va a emitir mucha más luz y calor en su camino a convertirse en una Gigante Roja, primero, y en una Enana Blanca después. Pero 500 millones de años es mucho tiempo para una especie que apareció hace tan sólo 0,25 millones de años y que tiene una tasa exponencial de crecimiento del progreso tecnológico que parece no tener límite. No se puede descartar que, en un plazo mucho más breve, de unos pocos siglos, los humanos seamos capaces de controlar nuestra estrella y también, siguiendo la célebre escala de Kardashov, la energíadel conjunto de nuestra galaxia. No es imposible que esto ocurra pero tampoco es inevitable que lo haga. Qui vivra verra, dicen los franceses.

Las dos invenciones de la Naturaleza

Un chimpancé o un delfín no saben que viven en la Naturaleza. Elevando el tiro, tampoco lo saben la gran mayoría de los campesinos. Y no lo saben porque la Naturaleza –así, con mayúscula- es un invento urbano. Ha habido en la historia dos grandes invenciones de la Naturaleza, ambas protagonizadas por urbanitas ricos. La primera ocurrió hace unos 2.000 años y fue impulsada por el emperador Augusto. La denominaré, la Naturaleza domesticada. La segunda invención ocurrió hace unos 250 años y fue impulsada por naturalistas como Humboldt y poetas e intelectuales como Goethe. La llamaré la Naturaleza romántica. La primera es la que hoy en día inspira, como en época de Augusto, la construcción de segundas residencias de los ricos urbanos. La segunda es la que inspira al movimiento ecologista de las últimas décadas. A continuación las describo con algún detalle.
Una vez se hubo desembarazado de Antonio y Cleopatra, Augusto envió un ejército de recaudadores de impuestos a Egipto para aumentar la producción de grano y transferir a Roma las riquezas generadas. Como relata Frankopan, los resultados fueron espectaculares. La exportación de trigo a Roma se duplicó y su precio se desplomó, provocando un súbito enriquecimiento de la población, una caída del tipo de interés del 12% al 4% y, consecuentemente, un tremendo boom inmobiliario –¿les suena? eso fue lo que ocurrió en la España de 1999 con el advenimiento del euro-. Las élites romanas siempre habían mostrado cierto gusto por construirse villas en el campo, pero este gusto se transformó en moda torrencial con la riqueza generada por Augusto.
El emperador no se limitó a crear la riqueza sino que, además, dirigió con pulso firme el desarrollo cultural que llevó a la invención de la Naturaleza domesticada. A través de su amigo Mecenas financió generosamente a Horacio y a Virgilio, quizás los poetas más leídos e influyentes de la historia. Horacio recibió como regalo una villa en Tivoli, donde escribió sus Odas consagrando la visión domesticada de la Naturaleza (en la famosa Oda IX del Libro I el invierno le “para” el río de su finca). Virgilio, por encargo de Mecenas, escribió las Geórgicas, que son un tratado de agricultura, ganadería y apicultura, paradigma de la Naturaleza domesticada. Augusto se hizo recitar el texto a lo largo de varios días consecutivos, enalteciendo así una visión de la naturaleza como algo que está integrado en la villa y en el huerto, no al revés. Plinio el Joven, contemporáneo de Trajano, tiene en su voluminoso epistolario muchas cartas dedicadas a describir villas y en ellas se percibe con claridad que la invención de la Naturaleza domesticada ya se había consolidado plenamente. Según esta visión los humanos seríamos, obviamente, propietarios del planeta Tierra.
Hay ecologistas que proponen un crecimiento económico nulo o negativo y, en voz más baja, algunos dicen que el planeta no puede sostener a 7.700 millones de personas y habría que bajar esa cifra a la mitad
La visión de la Naturaleza del prusiano Alexander von Humboldt (1769-1859), gran viajero, explorador infatigable y uno de los científicos más famosos de su tiempo, era completamente distinta. Esta visión fue tomando cuerpo en el tándem que formó con Goethe durante muchos años. Como señala Andrea Wulf en su reciente biografía del naturalista –titulada, precisamente, La invención de la Naturaleza- este tandem fue una asociación mutuamente estimulante e increíblemente productiva, no sólo en el terreno científico sino también en el ideológico, cultural y artístico. De la mano de Kant y de su análisis de la relación entre objetividad y subjetividad desarrollada en su, por aquel entonces recién publicada, Crítica de la razón pura, Humboldt y Goethe abrazaron una visión de la relación de la Humanidad con la Naturaleza en la que razón objetiva y sentimiento subjetivo tienen roles igualmente importantes.
La Naturaleza, para los románticos, tiene una dimensión espiritual grandiosa que provendría de un estado primigenio en el que la humanidad habría estado íntimamente unida al mundo natural como parte de él. Una Edad de Oro pretérita, en palabras de Wulf. Sólo el sentimiento subjetivo podría rescatar esta percepción ancestral. De este modo, la ciencia debe progresar por la acumulación de datos analizados por la razón objetiva, pero la búsqueda de estos datos debe estar orientada por los sentimientos y la subjetividad. Este es el enfoque que lleva a la invención de la Naturaleza romántica, que no entiende ni de villas ni de huertos. La Naturaleza es un absoluto que cada individuo debe descubrir personalmente para elevarse al recogimiento o al sobrecogimiento. Y este carácter absoluto lleva a pensar que, necesariamente, los humanos somos inquilinos de un planeta que tenemos el deber sagrado de preservar intacto y devolverlo el día del Juicio en perfecto orden de revista. Devolverlo ¿a quién?

Ecologismo y cambio climático

La revolución industrial trajo consigo serios deterioros medioambientales. La descripción que un anonadado Alexis de Tocqueville hizo del Manchester de 1835 es dantesca: chimeneas humeantes por doquier, aire irrespirable, ruido insoportable, cenagales como calles, enjambres de niños mendigando entre la basura… Este tipo de desastres ecológicos hace tiempo que no se encuentra en Occidente, principalmente porque las sociedades occidentales son ricas y la riqueza exige limpieza, pero sigue siendo frecuente en muchas grandes urbes de países en vías de desarrollo.
El actual movimiento ecologista contra el cambio climático fue iniciado a mediados del siglo pasado por altos funcionarios internacionales que eran sucesores intelectuales y funcionales de los que, desde la Sociedad de Naciones y diversas burocracias estatales, se distinguieron por propugnar la eugenesia en las primeras décadas del siglo XX. Con una base estadística de dos siglos, exigua si tenemos en cuenta la perspectiva del primer epígrafe de este artículo, el ecologismo –aglutinado en torno al IPCC impulsado por Naciones Unidas- anuncia que debido a las crecientes emisiones de CO2 las temperaturas medias del planeta subirán varios grados, se fundirán los casquetes polares y subirá varios metros el nivel del mar provocando graves catástrofes en las ciudades costeras. Bebiendo también de fuentes como el Club de Roma y su teoría del Crecimiento Cero –basada en la peregrina teoría de que se estaban agotando los recursos naturales del planeta- los modernos ecologistas proponen un crecimiento económico nulo o negativo y, en voz más baja, algunos de ellos dicen que el planeta no puede sostener a 7.700 millones de seres humanos y que ese número debería reducirse a menos de la mitad. No he conseguido averiguar cómo creen que se tendría que implementar esta reducción.
El ecologismo se ha adueñado de la escena pública y lidera la opinión sobre cómo debe gestionarse nuestro planeta. La activista Greta Thunberg, a sus 16 años, cruzó el Atlántico en diciembre del año pasado en un carísimo catamarán –para no contaminar- para dirigirse a la cumbre sobre cambio climático que se reunía en Madrid. Su discurso fue recogido profusamente en los medios internacionales y los videos circularon masivamente en las redes sociales. El precedente histórico de este portento es el de un niño de 12 años que fue hallado por sus padres debatiendo con gran sabiduría aspectos de la Ley judaica con los asombrados rabinos del Templo de Jerusalén. Eso ocurrió hace unos 2.000 años y el niño se llamaba Jesús de Nazaret (Lucas 2:41-50). Vivir para ver.

El peor contaminante es la pobreza

Si aceptamos la existencia de un cambio climático causado por la actividad humana, podemos considerar dos tipos de medidas para hacerle frente. Por una parte podemos considerar adaptarnos a vivir con temperaturas medias algunos grados más altas y, por ejemplo, elevar la altura de las ciudades o construir diques para proteger a las más amenazadas por la subida de los mares. Por otra parte podemos restringir la actividad económica suprimiendo sus dimensiones más contaminantes para reducir las emisiones de CO2. Por supuesto, ambas opciones son susceptibles de combinarse en proporciones variables. Pero los partidarios de la Naturaleza romántica no parecen dispuestos al compromiso. Exigen que cesen las actividades contaminantes, algo que si se llevase a término apresuradamente causaría una recesión económica muchísimo más grave y duradera que la de la covid-19.
Si a alguien en su sano juicio se le plantea el dilema entre comer mañana o salvar el planeta a largo plazo ¿qué creemos que hará? Ya lo dijo Indira Gandhi: la pobreza es el peor de los contaminantes. Pero esa frase hay que interpretarla con mucho cuidado.
Para ser posible y eficaz, una política de reducción de emisiones tiene que ser global y tiene que ser percibida como equitativa
A día de hoy la mayor parte de las emisiones de CO2 a nivel planetario proviene del 79% de la población mundial que vive en países en vías de desarrollo. Pero, dicho esto, en términos per cápita las emisiones de los países ricos son mucho más elevadas que las de los países más pobres: en los EE. UU., por ejemplo, son más del doble que en China y casi diez veces más que en India. Para ser posible y eficaz, una política de reducción de emisiones tiene que ser global y tiene que ser percibida como equitativa. Esto quiere decir que para involucrar a los países más pobres, los más ricos tienen que incrementar mucho sus políticas de cooperación con los primeros y esto incluye que la financiación de su desarrollo –condicionada a reformas políticas y económicas que hagan posible el crecimiento- debe aumentar muchísimo más de lo que ahora se concibe como posible.
En cualquier caso, la política medioambiental tiene que ser una política de propietarios, no de inquilinos. La principal motivación de países y personas tiene que ser el interés, no una supuesta obligación moral de preservar la Naturaleza tal y como la hemos recibido. No olvidemos que una propiedad aumenta su valor cuando mejora su entorno. Ese es el camino: la Naturaleza domesticada como manera de aunar voluntades. Eso es algo que no podrá conseguir nunca la Naturaleza romántica.
                                                          CÉSAR MOLINAS  Vía VOZ PÓPULI


ESTATUAS


Opinión 

Juan Manuel de Prada

Los más viejos y memoriosos del lugar recordarán la conmoción que en todo Occidente causó, veinte años atrás, la destrucción de los Budas de Bamiyán decretada por los talibanes de Afganistán. En su momento, aquella conmoción nos resultó muy farisaica, pues en Occidente ya abundaban entonces estas acciones (recordemos, por ejemplo, el derribo de estatuas de Lenin y otros próceres comunistas en la extinta Unión Soviética y en sus países satélites), que en los años posteriores se intensificarían fanáticamente, en algunos lugares como España, con entusiástico frenesí.
En realidad, la destrucción de aquellos Budas de Bamiyán era mucho más ‘comprensible’ que las destrucciones que por aquellos mismos años (y no digamos en los siguientes) se estaban perpetrando en Occidente. Pues los talibanes no estaban haciendo otra cosa sino repetir lo mismo que han hecho casi todas las civilizaciones, que es erigirse sobre las ruinas de otra civilización anterior, mediante un alarde de iconoclasia furiosa que reduce a escombros, añicos o pavesas las imágenes y símbolos sagrados de la civilización precedente. En realidad, la única civilización que se cuestionó esta devastación metódica fue, precisamente, la cristiana, en la que, junto a iconoclastas furiosos, hubo quienes –como San Justino–defendieron la conservación del legado pagano con argumentos que, providencialmente, acabaron imponiéndose.
Aquella fiebre iconoclasta que hace veinte años sacudió a los talibanes afganos trataba de borrar las imágenes visibles de una civilización extinta para imponer las de otra civilización pujante. En cambio, el escandalizado Occidente que se dedicó entonces a execrar a los talibanes, pintándolos como bárbaros feroces, promovía destrucciones mucho más lastimosas que sólo eran expresión de banales vaivenes ideológicos en el seno de un nihilismo civilizatorio. Frente a la destrucción de los Budas de Bamiyán, que proclamaba la pujanza de una civilización que enterraba las escurrajas de una civilización muerta, los derribos o remociones de las estatuas de Lenin o Franco no eran más que tediosos y archirrepetidos episodios propios del ocaso de cualquier civilización agotada, que se regocija patéticamente en la damnatio memoriae del adversario vencido. Las masas que aplaudían el derribo o remoción de las estatuas de Lenin o Franco pensaban, con ridículo engreimiento muy característico de las generaciones decadentes, que de este modo ‘borraban’ el legado de gobernantes que juzgaban tiránicos, ignorantes de que en realidad lo estaban revitalizando (como veinte años después puede comprobarse), a la vez que facilitaban el advenimiento de tiranos mucho más taimados e impersonales, que para imponerse sólo tendrían que distinguirse de aquellos personajes que las masas consideraban paulovianamente el epítome de la tiranía.
Los talibanes que destruyeron los Budas de Bamiyán hacían afirmación de una fe victoriosa que derribaba los viejos ídolos. Los ingenieros sociales que amparaban el derribo de estatuas de Franco o Lenin sólo ilustraban reyertas intestinas de cuño ideológico en el seno de una civilización moribunda. Pero, veinte años después de aquellos episodios, prosigue en Occidente la fiebre iconoclasta, que últimamente ha adquirido tintes ‘globales’, a rebufo de unas sedicentes manifestaciones antirracistas que, por supuesto, esconden una intención muy diversa y acaso inconsciente en muchos de los que las secundan. Resulta muy revelador que este nuevo furor iconoclasta haya elegido como diana principalísima la figura de Colón, quien a través del descubrimiento de América incorporó a toda una raza a la única forma de fraternidad posible, que es la que se reconoce en una paternidad común. Por supuesto, esa empresa admirable adolecería –por humana– de errores, desvíos y brutalidades que otros españoles denunciaron y trataron de corregir. Pero en el furor iconoclasta contra Colón subyace la aversión a la civilización que los españoles llevamos a América.
Que es la civilización que se instauró en el Gólgota. Paradójicamente, en su íntima esencia, este nuevo furor iconoclasta que descarga su ira contra las estatuas esconde el odio a la Cruz que abraza a todas las razas. Es, como diría Solzhenitsyn, una expresión evidente del «arrebato de automutilación» propio de una civilización moribunda, causado por «los fallos de la conciencia humana, privada de su dimensión divina». Aunque hoy se exprese derribando estatuas y se disfrace con coartadas humanistas, este ‘arrebato de automutilación’ acabará mostrando su verdadera faz y derribando cruces. Que es la expresión nihilista propia de este fin de civilización.

                                                                     JUAN MANUEL DE PRADA
                                                                     Publicado en XL Semanal.

CONDICIONES DE LA UE COMO OPORTUNIDAD

La autora subraya que es poco democrático pedir dinero a nuestros socios comunitarios y pretender que este se conceda sin condicionalidad alguna. Y dice que es la ocasión histórica para hacer reformas necesaria

JAVIER OLIVARES 

Javier Olivares

 
Ahora que estamos debatiendo sobre las posibles condiciones para recibir unos 140.000 millones de euros de dinero europeo -entre transferencias y préstamos-, convendría que nos hiciésemos algunas preguntas. La primera es muy sencilla: ¿se imaginan ustedes lo que nos pasaría si no fuésemos un Estado de la Unión Europea, con la crisis que tenemos encima y el endeudamiento que arrastramos? La segunda es un poco más complicada: ¿por qué muchos españoles pensamos que es mejor que los países europeos nos ayuden pero condicionando estas ayudas económicas a un programa estricto de reformas estructurales que llevan lustros pendientes? Pues porque se trata de una oportunidad histórica de alinear los incentivos de nuestra clase política para emprender de una vez las reformas que necesita este país, lo que hasta ahora no ha sido posible tras el fracaso sin paliativos de la llamada nueva política que se suponía venía a regenerar la política y las instituciones.
El diagnóstico sobre las reformas estructurales a realizar está hecho desde hace mucho desde la academia, la empresa, la sociedad civil y hasta en los programas electorales. Pero, por resumirlo (parafraseando a Angela Merkel), lo que necesitamos es políticas públicas más efectivas o, si se quiere, una mejor gobernanza de lo público. Parece difícil sostener que esto es antidemocrático. A mí lo que me parece poco democrático es pedir el dinero a nuestros socios sin condicionalidad alguna, entre otras cosas porque los países europeos llamados frugales, que son más renuentes a aprobar ayudas incondicionadas (Suecia, Dinamarca, Austria y el líder, Holanda), son democracias como la nuestra e incluso dos de ellos tienen gobiernos socialdemócratas. No se trata de un problema de norte contra sur;se trata de que sus electorados (como el nuestro) tienen sus prioridades y sus preferencias, a las que deben de atender sus representantes políticos si quieren seguir siéndolo. Pero es que además cualquier electorado -ya podía el CIS de Tezanos incluir este tipo de preguntas- prefiere políticas públicas eficientes y eficaces a políticas públicas caprichosas, despilfarradoras e ineficientes. Sean cuales sean las políticas públicas que se emprendan -y esa sí que es una cuestión de preferencias políticas-, lo mínimo que debemos esperar de nuestros gobernantes es que se basen en evidencias y datos, que estén bien diseñadas y que funcionen razonablemente bien. Y que si no es así se cambien.
Cabe también plantearse si el recibir dinero europeo sujeto a condiciones es un menoscabo a nuestra soberanía. Parece difícil sostenerlo cuando una estructura como la Unión Europea se basa precisamente en la cesión de soberanía por parte de los Estados miembros con la finalidad de conseguir unos objetivos de desarrollo económico, social e institucional que no estarían al alcance de muchos de ellos -por no decir de todos- por sí solos. Esto es especialmente evidente en una crisis provocada por una pandemia global. Pero, ¿equivalen las condiciones a los famosos y temidos recortes que tan amarga experiencia dejaron en la crisis anterior? Pues parece que esto depende fundamentalmente de las políticas de los gobiernos nacionales. A mi juicio, es precisamente la incapacidad de nuestros gobiernos (no solo del actual) de proponer reformas estructurales a medio y largo plazo en los periodos de bonanza económica lo que estuvo en el origen de los recortes antes y después del 2012, con el PSOE y con el PP. Probablemente ahora suceda lo mismo, a la vista de que se han vuelto a malgastar estos últimos años para emprender reformas que siguen estando pendientes: pensemos por ejemplo en la de las Administraciones Públicas.
La razón es que clientelismo político que reina en nuestro país sale caro cuando hay crisis y, además, es profundamente injusto. Recordemos el desastre de la politización de las cajas de ahorro que todos los partidos ocuparon alegremente para favorecer el clientelismo autonómico como si no hubiera un mañana. Lo hemos pagado muy caro entre todos los contribuyentes.
Lo mismo cabe decir de los recortes lineales a los funcionarios que también se sufrieron entonces y que probablemente se vuelvan a padecer ahora: su origen está en la falta de voluntad política para reformar con criterios rigurosos unas Administraciones Públicas muy envejecidas, con muy poca capacidad de adaptación, sobredimensionadas en cuanto a sus escalones inferiores y muy infradotadas en cuanto a sus escalones superiores. Un ejemplo: la edad media en la Administración General del Estado es de 52 años (la media de la población activa en España es de 42 años). Según datos del estudio El empleo público en España: desafíos para un Estado democrático más eficaz, solo se exige titulación superior en el 30% de sus puestos. Además, apenas un 2,4% de los trabajadores de la Administración estatal española ocupan puestos directivos. Por el contrario, un 24% pertenece a los servicios de restauración, personal, seguridad y ventas, casi el doble que en la UE.
Lo que ocurrió entonces puede volver a suceder ahora si no somos capaces de presentar proyectos creíbles de reformas serias y a medio plazo, de esas que no les gustan nada a los políticos populistas y/o cortoplacistas. Y, si no reformamos con rigor nuestro sector público, acabaremos haciendo recortes lineales con los que, como siempre, pagarán justos por pagadores, es decir, la sanidad y la educación para mantener las muchas formas clientelares de despilfarrar el dinero público que hay en España.
El reto y la oportunidad que tenemos delante es aprovechar esta ocasión excepcional para poner orden en nuestras instituciones y en nuestras políticas públicas. Una ocasión parecida se presentó con la entrada en España en la Unión Europea, allá por los años 80. Y se aprovechó. Ahora no solo se trata del mercado laboral o de la sostenibilidad del sistema de pensiones, o de la baja productividad de nuestra economía, se trata de todas y cada una de nuestras instituciones. La desastrosa gestión de la pandemia ha puesto de relieve, una vez más, muchos de los sempiternos problemas que llevamos décadas arrastrando: politización de las Administraciones Públicas, falta de profesionalidad en la dirección pública, falta de capacidad de gestión, falta de capacidad de tratamiento de datos, falta de digitalización, falta de perfiles adecuados para una Administración del siglo XXI, ocupación clientelar del sector público con especial mención de los organismos reguladores, falta de separación de poderes... En fin, el diagnóstico lleva mucho tiempo hecho.
Pero hay que ser conscientes de que las resistencias para realizar reformas de este tipo han sido siempre muy grandes, no solo por parte de la clase política sino también por parte de un sector del sector público (el más sindicalizado) muy confortable con este estado de cosas, por no hablar de unos agentes económicos que pueden campar a sus anchas por ministerios, consejerías, concejalías y organismos reguladores pobladas por pocos profesionales y muchos políticos, lo que conlleva poco criterio sobre el diseño de las políticas públicas y poco músculo para implantarlas. El lamentable episodio de la operación bicho de las residencias de ancianos en la Comunidad de Madrid no es una excepción, sino una manifestación más de lo que sucede cuando una Administración carece de una dirección pública profesional y se guía por ocurrencias. Se convierte en la meca de los conseguidores y los vendedores de elixires mágicos. Quizá ahora la opinión pública empiece a ser más consciente de lo que supone este deterioro institucional en términos de bienestar económico y social, e incluso de salud.
¿De verdad creemos que la buena gobernanza no importa? Pues miremos las cifras de la pandemia y la correlación entre el deterioro institucional y el exceso de muertes sobre las habituales. Como era esperable, los países que lo han hecho peor en el mundo desarrollado (Reino Unido, Italia, Bélgica y España) por haber tenido la mayor incidencia de exceso de mortalidad por millón de habitantes tienen algo en común: y no es la demografía, la geografía o la situación del sistema sanitario. Lo que tienen en común es que son los países que más puestos han descendido en los rankings de efectividad del gobierno del Banco Mundial en los últimos años. Por cierto, Portugal, que lo ha hecho mucho mejor que nosotros todos estos años, ha ido escalando puestos en ese mismo ranking. Esto no debería sorprender a nadie. Y no está de más añadir que las condiciones impuestas en el rescate que sufrió en la crisis anterior en cuanto a reformas institucionales y de las Administraciones Públicas le han dado un gran empuje. Pero también otras que han adoptado sin necesidad de incentivos externos, como la de la educación. Ahora es un ejemplo a seguir.
En definitiva, el prolongado deterioro de la función pública y su creciente debilidad ante las presiones políticas (ahí tenemos el caso del doctor Simón para ejemplificarlas) nos ha llevado a una situación en la que se reduce sustancialmente la capacidad del gobierno para adoptar medidas efectivas en el ámbito de las políticas públicas, incluso en el supuesto de que fuera capaz de diseñarlas adecuadamente sobre el papel.
Recientemente, he tenido ocasión de participar en un manifiesto liderado por Francisco Longo que propone las medidas que habría que adoptar, bajo un título muy expresivo: Por un sector público capaz de liderar la recuperación. Porque pensar que podemos hacer buen uso del dinero europeo sin buenas instituciones públicas es, sencillamente, ciencia ficción. No tiremos esta oportunidad única al basurero de la historia como hicimos en la crisis anterior. Si no serán muchos los que empiecen a dudar de la propia capacidad de los sistemas democráticos para garantizar los bienes más básicos a sus ciudadanos, empezando por la salud.

                                                                     ELISA DE LA NUEZ*   Vía EL MUNDO
*Elisa de la Nuez es abogada del Estado y coeditora de ¿Hay derecho?