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domingo, 29 de marzo de 2020

Aquellos años bobos y este infierno de los vivos


 

ULISES CULEBRO

 
Resulta ya casi proverbial la sagaz réplica que, en los 60, proporcionó el primer ministro británico MacMillan a una periodista. Cuando ésta le inquirió sobre lo que más temía, el gobernante conservador le respondió: "Los hechos, señorita, los hechos". No es el caso del doctor Sánchez, ¿supongo?, quien ha procedido a su olímpico desprecio a la hora de hacer frente a la pandemia del coronavirus, cuya manifiesta negligencia se ha traducido en que España sea el país del mundo con mayor porcentaje de víctimas en proporción a su población. Todo ello pese a gozar de uno de los mejores sistemas sanitarios mundiales y disponiendo de profesionales altamente cualificados que despliegan un esfuerzo titánico en estos días aciagos.
Como obra con cada inconveniente que le sale al paso desde que mora La Moncloa, al margen de cuál sea su naturaleza, Sánchez ha vuelto a recurrir a la política de apaciguamiento con la que Chamberlain, como primer ministro inglés, caviló frenar el expansionismo nazi, esa ensoñación que troca en pesadilla al alimentar la especie de que el tiempo lo resuelve todo -"Mañana, ya verás, todo estará bien"-, pero que, por lo general, engorda los problemas hasta convertirlos en insalvables.
Si Chamberlain justificó su desistimiento desentendiéndose de la invasión hitleriana de Checoslovaquia, creyendo favorecer así la paz de su tiempo, en base a que "se trata de un pueblo lejano con el que apenas tenemos relación", Sánchez quiso engañarse con que el Covid-19 no originaría mayor trastorno a esta España recluida hoy sine die y que confía no llegar a mayo para no remedar al prisionero del romance al que, "sin saber cuándo es de día ni cuándo las noches son", una avecilla le cantaba al albor hasta que un malhadado ballestero -"Déle Dios mal galardón"- mató su sonoro cantor.
Así como Chamberlain escogió el deshonor para evitar la guerra, cosechando la ignominia sin impedir la contienda, como le auguró Churchill, a Sánchez le cubre la misma deshonra al no haber sabido anticiparse y no haber acumulado, de paso, el prestigio necesario para librar un combate tan desigual con un enemigo tan invisible en sus movimientos como visible en sus efectos. Pero qué puede esperarse de un presidente que, tras reclamar como candidato la desaparición del Ejército -"Falta más presupuesto contra la pobreza, la violencia de género... y sobra el Ministerio de Defensa"-, lo descubre ahora, al igual que le ocurrió a su partido en 1982 con la Guardia Civil, como si fuera un alienígena.
Entre tanto, su vicepresidente Iglesias, después de asaltar los cielos para su exclusivo beneficio, contribuye a este infierno de los vivos. Es lo que ocurre cuando un pueblo se entrega a la demagogia como Atenas hace 2.600 años después de que Solón, uno de los siete sabios, restableciera la ley y el orden tras un periodo convulso. Cumplido el objetivo, se retiró de la vida pública instando a sus coterráneos a no olvidar la lección. Empero, al cabo de diez años, de vuelta del exilio voluntario que se impuso, se topó con que la turba se entregaba a la demagogia del tirano Pisístrato. "Os prendáis -les amonestó- de la lengua y las palabras de un hombre enlabiador y artificioso, mas no miráis, atentos, su conducta. Uno a uno sois una astuta zorra, pero juntos sois un tropel de bobos".
La manifiesta negligencia del doctor Sánchez, '¿supongo?' se ha traducido en que España sea el país del mundo con mayor porcentaje de víctimas en proporción a su población
Viendo llegar el Covid-19 primero en China y luego en Italia, al no entender de otros cordones sanitarios que los ideológicos, el Gobierno abrió de par en par las puertas a la epidemia. Al tiempo, infligía a la opinión pública sesiones de hipnopedia televisiva para persuadirla de que estaba a salvo de una moribundia que, al parecer, era cosa de otros.
Al modo de Un mundo feliz, a quienes se resisten a tragarse la psicoactiva píldora dorada del Gran Ministerio de la Propaganda se les destierra simbólicamente a Malpaís, aquella reserva donde se recluía a los disidentes en la conocida distopía de Aldous Huxley. Al fin y al cabo, España no deja de ser ese país de viceversas del que hablaba Ortega y en el que se llama incendiario al que grita "¡Fuego!", si es que directamente no se les pone en la picota.
Después de consumir energías en alterar el pasado a su conveniencia e interés, tratando de ocultar su irresponsabilidad, ahora el Gobierno se empecina en contar los hechos, no como acaecieron, al no atender los idus de marzo, sino como deberían haber ocurrido. Así, la explosión de la epidemia, pese a avisos y alertas internacionales, la habría conocido el ministro Illa la noche del domingo 8-M cuando el desfile feminista concluyó -¡qué casualidad!-, pero lo cierto es que, a la mañana siguiente, en una entrevista en Herrera en COPE, se mostraba contemporizador como siempre y descartaba suspender festejos como las Fallas o cerrar colegios porque "no serían medidas eficaces".
No era verdad. La Organización Mundial de Salud ya había desaconsejado el 2 de marzo concentraciones urbanas. El filósofo Illa, al que solo le faltaba ser timado por los chinos con los test rápidos, ejemplifica que el lenguaje político sirve para que las mentiras parezcan verdaderas y el crimen respetable.
Enajenado de la tozuda realidad de una plaga que se abría paso con su letal reguero de cadáveres, Sánchez ha acabado siendo atropellado por esos "hechos" de los que recelaba MacMillan y que se han mostrado irrebatibles. Pero también por "lo hecho" en "años bobos", recobrando el feliz hallazgo de Galdós, en los que no se ha dedicado a nada fecundo, sino a la propaganda más desconsiderada con la verdad.
No por casualidad, la vicepresidenta Calvo, como titular de la cartera de Memoria Democrática y presidenta de la comisión creada por si llegaba un Covid-19 cuya venida se negaba contra toda evidencia, pero con la visceralidad que acompaña a todo doctrinarismo, fue una de las más enérgicas en reclamar que había que echarse a la calle porque a las mujeres "les iba la vida" en ello, lo que no sabía hasta qué punto, como constató a los pocos días en su propia salud. Minusvaloró la transmisión del virus aseverando que más mataba el machismo. Como si un mal hiciera bueno al otro o la ideología de género actuara -cual nueva religión- de escudo protector.
No conviene circunscribir el disparate a Calvo, obviamente, sino que abarca a todo un Consejo de Ministros que se enajenó de la realidad creando un universo virtual hasta fabricar una colosal burbuja que ha reventado explosivamente tras no tener otro móvil que su particular provecho siguiendo el lenguaje caprichoso de los bobos que, según el personaje de Galdós, llaman "paz a lo que en realidad es consunción y acabamiento". Años bobos, en definitiva, en el que toda estupidez parecía tener asiento y cobrar cuerpo de ley.
Lo hecho en la dirección equivocada y lo que se ha dejado de hacer en el sentido debido son dos caras de un gabinete afanado en reconfigurar el pasado y en elaborar sus planes de ingeniería social, mientras orillaba aspectos sustanciales de un Estado del Bienestar cuya preservación va más allá de su vociferación. Encenagados en remover los restos de los caídos del ayer y en rescatar las dos Españas machadianas por medio de una sectaria ley de Memoria Histórica para hacer bandera de la momia de Franco y reescribir el último parte de guerra de la contienda civil de 1936, se ha facilitado neciamente la hórrida pandemia de hoy.
Entretenidos, además, en otra adoctrinadora ley de género -el sandio proyecto de libertad sexual- de la que se hizo emblema en una marcha del Día de la Mujer que no debía haberse permitido un 8 de marzo en el que el coronavirus se propagaba irrefrenable y las concentraciones solo podían extenderlo de la manera en que lo han hecho sin que nadie haya tenido la probidad de pedir perdón. Al contrario, se empecinan tercamente en sostenella y no enmendalla hasta cavar el hoyo que puede acabar siendo su tumba política.
Si a esto se une la circunstancia agravante de un Gobierno de cohabitación en crisis, con dos proyectos difícilmente amalgamables, y que disimula su apreciable distanciamiento con la excusa de que se debe al protocolo que impone el coronavirus, todo presagia lo peor. En una hora crítica, España está en manos de un Gobierno de oposición que carece, con excepciones, de las bases para afrontar la gestión que cabe exigir a quien tiene encomendada la gobernación de un país.
Un Consejo de Ministros fraccionado, en el que su presidente desconfía abiertamente de uno de esos vicepresidentes, como es su socio y líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, no puede afrontar una crisis en marcha de las dimensiones colosales del Covid-19. Con un presidente, pendiente de sostenerse de pie como un tentetieso y un vicepresidente que avizora en esta crisis un atajo para finiquitar el régimen constitucional evocando el tic tac chavista: prohíbase, exprópiese... Venezuela, en definitiva, mediante falsos remedios que son peores que la enfermedad.
En ese brete, cada socio parece más empeñado en preparar un relato para esta postguerra que le permita salir bien librado cuando la pandemia cese y el aire se haga más respirable, si bien los sucesivos intentos del presidente por sobreponerse a la situación tratando de labrarse una imagen de estadista han resultado, por ahora, fallidos: primero derivó en un estadístico limitándose a contar muertos, y luego, haciendo de La Moncloa una gran plató merced a la experiencia televisiva de su portavoz, Miguel Ángel Oliver, en un mediocre presentador de televisión. Lo acreditó en sus intervenciones del sábado y el domingo de la semana pasada en las que produjo un apreciable hastío y hartazgo hablando en bucle. Ayer anduvo más contenido al anunciar, a rastras de los acontecimientos, la paralización de actividades no esenciales sin renunciar, de paso, a trasladar sus reproches a los países de la UE más críticos con la gestión que ha hecho España de su presupuesto en la época de vacas gordas.
En la actual encrucijada, con una doble crisis de salud y económica, no cabe mejor salida que la anticipada en esta misma página hace 15 días: un Gobierno de emergencia nacional con PP y Cs que tiene difícil capitanear Sánchez, claramente sobrepasado como Zapatero en 2008, y unas posteriores elecciones en las que los españoles tomen la palabra con el riesgo claro que pudiera retornar a la política España a la casilla de salida con los mismos socios y aliados del presente.
Si Susana Díaz se desembarazó de Izquierda Unida con la que gobernaba Andalucía aprovechando que apoyó una ocupación de viviendas, Sánchez está más cargado de argumentos para dar un giro de ese fuste, pero no parece que vaya a desembarazarse de Podemos y de los nacionalistas. "Los días cambian, el tiempo cambia... la gente no cambia", le dice el personaje del detective alcohólico que interpreta Bruce Willis en 16 calles al delincuente que conduce ante un gran jurado para que testifique contra un policía corrupto y que le expone sus planes para rehacer su vida. Con ese escepticismo, hay que contemplar que Sánchez vaya hacerlo, pues árbol que crece torcido nunca su tronco endereza.

                                                                         FRANCISCO ROSELL   Vía EL MUNDO

NUESTRO JUICIO FINAL


juicio final 


No, no se trata del fin del mundo. Cuando este acaezca será una sorpresa. Ni tan siquiera se trata de un mal diluvio. Es una más de las trágicas epidemias que nuestra civilización ha vivido, y que puede ser terriblemente dañina, como la de la viruela en el Imperio Romano, que al mismo tiempo contribuyó a la expansión del cristianismo por el comportamiento ejemplar de sus miembros. Mucho más cerca en el tiempo, la mal llamada gripe española de 1918, que probablemente tuvo su origen en Estados Unidos, o en 1914 la epidemia de tifus diezmó a la población de Barcelona.
Pero que no sea el momento final no significa que no resulte una excelente ocasión para pensar en nuestro propio juicio final. De hecho, el tiempo de Cuaresma ya debía propiciar esta reflexión por sí solo. El juicio al fin de la vida parece fuera de lugar en nuestro tiempo. Tanto, que incluso la referencia y explicación del mismo, escasea en la palabra oral de la Iglesia, a pesar de que es el punto culminante de la vida cristiana. En buena medida esta situación obedece a una mala interpretación de su significado.
En las parábolas que acompañan la parte de los evangelios donde de una u otra manera Jesús presenta el fin de los tiempos, se utilizan muchas referencias a la vida cotidiana (Mateo 24, 45-51; 25, 1-13; 26, 43-44). Romano Guardini en El Señor explica que también seremos examinados en razón del cumplimiento del deber cotidiano, que tendrá una especial vigilancia los que están revestidos de responsabilidades, que seremos juzgados por la fidelidad con la que administramos los bienes confiados; los materiales ciertamente, pero también los intangibles. Todo esto, dice Guardini, será juzgado según las normas de la verdad y de la justicia, pero sobre todo, y aquí el subrayado es necesario, será juzgado en nombre de la caridad para con el prójimo. Caridad, he aquí otra palabra menospreciada cuando en realidad es una forma precisa para designar una manifestación del amor. Aquel que es desinteresado, el amor de donación, es el que da sin esperar nada cambio.
En el juicio, y por lo tanto en el transcurso de nuestras vidas, lo que será verificado también por parte de nosotros mismos, será nuestra capacidad de ser caritativos, de dar sin esperar nada a cambio. San Pablo lo dice cuando afirma que toda la ley se resume en este punto: amarás a tu prójimo como a ti mismo. San Juan viene a decir lo mismo en su primera epístola: amaos los unos a los otros, esta es la ley. Pues bien, este mandato rige para todos los campos. Obviamente para nuestra vida cotidiana, pero también cuando trabajamos, hacemos negocios, dirigimos una empresa o cualquier organización, y especialmente cuando hacemos y hablamos de política, porque está de acuerdo con la concepción cristiana. Ella es una de las más altas manifestaciones del amor;  debería de serlo.
Se cree que el amor es incompatible con un determinado nivel de eficiencia y eficacia, no sirve para alcanzar el poder, y ejercerlo, para gobernar en definitiva. Es un error.  Su aplicación presenta dificultades, claro que sí, pero no mayores que aquellas que presenta toda acción cuando ha de estar guiada por una determinada idea, la que sea, y ser fiel a ella. En este caso ser fiel a este gesto de amor cotidiano, en la política consiste en buscar el bien común, los bienes comunes y tratar a los demás, amigos y adversarios, en los mismos términos.
Una sociedad regida por estos criterios sería mucho mejor y mucho más humana y el crédito dañado de la democracia se vería recompensada, pero no solo por la democracia en sí, que solo es un medio, sino porque las personas que la dirigen se guiarían por el amor. Ese es el modelo político cristiano; su esencia.
Ahora que vivimos un tiempo difícil e incierto, vale la pena vivir de acuerdo con esta exigencia cristiana. Vividla todos, en todo momento y en toda tarea y responsabilidad. Recordando también que el amor significa compromiso, cumplimiento del deber, responsabilidad de las consecuencias de los propios actos, capacidad de entrega.  Si de esta experiencia salimos con estas actitudes y prácticas, con estas virtudes fortalecidas, seremos como el acero que se forja. Pasaremos por el fuego para salir transformados; mejores.

                                                               EDITORIAL de FORUM LIBERTAS

La tormenta perfecta de autoritarismo

La crisis sanitaria amplía el poder policial en nuestras instituciones y normaliza el acoso social. Tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones es el país de los chivatos de terraza

 

La tormenta perfecta de autoritarismo 

MARTÍN ELFMAN

 

Marea roja es una película de 1995 cuyo argumento gira en torno al conflicto que estalla en un submarino atómico norteamericano entre el capitán de la nave y el segundo de a bordo, en el contexto de una crisis internacional que amenaza con desencadenar una guerra nuclear. Al poco de empezar la misión se produce un incendio en el submarino. Mientras los equipos de emergencia tratan de sofocar el fuego, el capitán pide al resto de la tripulación que realice unos ejercicios de combate. Su ayudante se desespera hasta el límite de la insubordinación ante lo que le parece una irresponsabilidad en una situación crítica. Cuando todo acaba, el capitán le explica que ese era el momento idóneo para hacer unas maniobras, lo más parecido que cabía imaginar a las condiciones de estrés y caos que se dan en una batalla real.
La respuesta al incendio del coronavirus está siendo no solo una movilización general de todos los recursos sanitarios públicos, sino también de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado e incluso el Ejército, con atribuciones sin precedentes en la historia de nuestra democracia. Seguramente son medidas inevitables, pero plantean desafíos evidentes por lo que toca a la salvaguarda de las libertades ciudadanas y al mantenimiento de los límites legales del uso de la fuerza por parte del Estado. Hay gente a la que la preocupación por un problema como ese, mientras miles de muertos se amontonan en las morgues, le resulta irresponsable y frívola. El deterioro de la democracia puede parecer un fenómeno transitorio y, sobre todo, un precio a pagar razonable en el contexto de una catástrofe sin parangón. En mi opinión, las cosas son justo al contrario. La fortaleza del Estado de derecho se demuestra en los momentos de crisis. Pensar que los derechos civiles son para cuando nos los podemos permitir es sencillamente no creer en los derechos civiles. Si en algún momento necesitamos que funcionen los mecanismos de control de las fuerzas de seguridad es cuando les otorgamos poderes extraordinarios. Y con frecuencia las pérdidas en libertades no son transitorias, sino que dejan secuelas en las instituciones y la cultura política de un país. De hecho, España sufre un déficit histórico, heredado del franquismo, en lo que respecta a la supervisión ciudadana del monopolio de la fuerza por parte del Estado. Se trata de un problema que se acentuó en el contexto de la lucha antiterrorista, cuando cualquier duda sobre las actuaciones judiciales o policiales era interpretada como un signo de deslealtad o complicidad con la violencia.
¿De verdad es razonable que la policía haya impuesto 150.000 sanciones relacionadas con el coronavirus en 12 días (el triple que en Italia en un mes)? Además, hay indicios razonables de que la vigilancia policial del confinamiento está deparando, como mínimo, algunos abusos de poder no meramente anecdóticos. En las redes sociales proliferan los vídeos y testimonios que documentan los excesos policiales y, sobre todo, un repertorio asombroso de arbitrariedades. Hace unos días, el administrador de una cuenta de Facebook que reúne a una gran cantidad de policías (tiene más de 130.000 seguidores), lanzaba un mensaje de alarma que resume bastante bien el problema: “Os pido calma y mano izquierda, compañeros. (…) Esto se ha convertido en una cacería absurda, en un descontrol de macarrismo uniformado. Somos policías”. Es comprensible que los agentes estén abrumados por una tarea gigantesca y que en ocasiones la tensión o el cansancio les lleven a cometer errores. Tampoco estoy sugiriendo de ningún modo que sea una pauta generalizada. El problema es el clima de impunidad que ampara esas conductas minoritarias.
Proliferan vídeos y testimonios que documentan los excesos policiales y un repertorio asombro de arbitrariedades
Porque lo cierto es que muchas personas justifican e incluso jalean los abusos de poder. Esta especie de masoquismo ciudadano, de subordinación entusiasta, forma parte de un fenómeno más amplio de normalización del linchamiento social. Las personas que vigilan desde la ventana de su casa a sus vecinos y acosan a quienes salen a la calle por un motivo que no les parece apropiado se han convertido en el paisaje social de muchos barrios durante el confinamiento. Esta especie de comunitarismo represivo era bastante previsible, en realidad. A menudo, las catástrofes aumentan la cohesión, pero al precio de un incremento de la coacción social. El resultado es que ahora tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones era el país de los chivatos de terraza. Los medios de comunicación han señalado que muchas veces las víctimas del acoso balconero son, en realidad, personas que disfrutan de alguna excepción legal al confinamiento: niños con trastornos de la conducta, enfermos que necesitan caminar por prescripción médica o personas que salen de su domicilio para ayudar a familiares dependientes. Incluso ha llegado a surgir alguna iniciativa para que quienes tienen derecho a salir a la calle durante el confinamiento lleven una prenda distintiva que los vecinos al acecho puedan reconocer desde sus ventanas. Como si el problema fuera la puntería de los chivatos. Tal vez aún más estremecedora es su falta de empatía cuando aciertan, su incapacidad para preguntarse qué puede haber llevado a alguien a quebrantar el confinamiento arriesgándose a una multa y a los reproches de sus vecinos. Hay mucha gente imprudente e insolidaria, sin duda, pero hay también personas desesperadas, que viven muy solas y están asustadas, hacinadas en pisos diminutos o en situaciones familiares insostenibles, con problemas graves de ansiedad...
Pensar que los derechos civiles son para cuando nos los podemos permitir es no creer en los derechos civiles
La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo. En especial, porque se solapa sobre una tendencia aún no generalizada, pero sí creciente hacia la normalización de la democracia iliberal en nuestro país. Es un proceso que tiene hitos legales, como la Ley de Partidos y la ley mordaza, pero en el que también está desempeñando un papel destacado el Poder Judicial. La Audiencia Nacional parece haberse especializado en la persecución de supuestos delitos de opinión completamente triviales. Del mismo modo, en el contexto de la crisis catalana hemos asistido a una intensísima movilización judicial de dudosa compatibilidad con la separación de poderes. ¿Qué ocurrirá cuando se levante el confinamiento y la catástrofe económica que se avecina empiece a dar lugar a movilizaciones laborales o sociales? ¿Jueces y policías se dejarán arrastrar por la inercia represiva creada durante el estado de alarma? ¿Se seguirá apelando a la excepcionalidad de la situación y a la unidad frente a la catástrofe? ¿Continuarán las metáforas bélicas para exhortarnos a acatar las decisiones del Gobierno?
En muchos lugares del mundo la derecha radical se está imponiendo como una alternativa al derrumbe de la globalización neoliberal, ofreciendo una promesa de orden y retorno a los viejos buenos tiempos anteriores a la Gran Recesión. Las inmensas conmociones económicas que va a desencadenar la pandemia del coronavirus son un escenario perfecto para una extrema derecha capaz de conjugar un programa económico posneoliberal con una gestión inteligente del rencor social y el miedo colectivo. En realidad, un país en cuarentena se parece mucho a las distopías políticas de la nueva ultraderecha: el Ejército en la calle, llamamientos a la unidad nacional, limitación del poder autonómico, comunitarismo represivo y ruedas de prensa en prime time a cargo de un general cuyos comunicados parecen un diálogo desechado de La escopeta nacional.

                                                                  CÉSAR RENDUELES*   Vía EL PAÍS
*César Rendueles es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

sábado, 28 de marzo de 2020

POR UN GOBIERNO DE UNIDAD

Ante el cuerpo yacente de España, el autor reclama, en cuanto pase lo más duro y urgente de la crisis del coronavirus, un Ejecutivo de perfil técnico que excluya a los enemigos de la Nación y al actual presidente Sánchez


 

RAÚL ARIAS

Tiempo este de recuperación de la literatura de almanaques y pronósticos (con los que nuestro Torres y Villarroel ganó buenos dineros) pues que somos muchos los que nos dedicamos a formular conjeturas acerca de cómo ha de ser el mundo tras la epidemia que estamos padeciendo. Porque todo parece indicar que se nos han desplomado certezas que teníamos por imbatibles y con ellas esos tópicos con los que nos empeñamos en apuntalar los intereses y las miserias que mantienen erguido nuestro pequeño entorno.
Para descargo de nuestras conciencias podríamos imputar al azar, ese diablillo juguetón, las actuales calamidades si no fuera porque Tocqueville ya nos dejó explicado que "el azar tiene una gran intervención en todo lo que nosotros vemos en el teatro del mundo, pero creo firmemente que el azar no hace nada que no esté preparado de antemano. Los hechos anteriores, la naturaleza de las instituciones, el giro de los espíritus, el estado de las costumbres son los materiales con los que el azar compone esas improvisaciones que nos asombran y nos aterran" (así en sus Recuerdos de la revolución de 1848, libro obligado para los políticos cuya lectura debería desplazar a los tuits inanes).
Este azar que nos amarga, si azar es, ha venido escoltado por las advertencias de organizaciones serias como la Mundial de la Salud o la ONU a las que los gobernantes y los ciudadanos hemos prestado oídos de mercader. Y así nos va ahora en la feria malhadada pues, hasta pocas fechas, antes de que el sudario se convirtiera en la prenda de la temporada, hemos estado escuchando las gansadas de la gripe, la de las víctimas de la carretera o la necedad suprema del machismo.
Ya que las opiniones de los expertos las hemos sustituido en el pasado inmediato por las de improvisadores a la violeta y revolvedores de caldos pestilentes, por lo menos afrontemos el futuro meditando con mesura pero con las luces largas sobre aquello que deberíamos corregir cuando nos libremos de los actuales agobios.
Podríamos aprovechar para ahuyentar de forma definitiva las patrañas de los nacionalismos catalán y vasco haciendo ver lo reaccionario de sus programas, la falacia de sus mensajes y la traición a los intereses comunes que suponen sus postulados. De una vez procede explicar que todo ese mundo no es más que el carlismo disfrazado de palabrería en programa de ordenador, hojarasca pisoteada por la historia; que nada tiene que ver con el progreso el partido cuyo lema sigue siendo Dios y leyes viejas y que Cataluña jamás ha sido un Estado ni siquiera en los momentos en que los sueños de sus próceres pudieron haberse manifestado de forma más extravagante. Y que España no ha robado a los catalanes sino que unos catalanes poderosos han robado con descaro jupiterino a unos catalanes indefensos.
Creemos que si este mensaje sencillo lo hubieran defendido los políticos en la tribuna desde la hora primera de la transición, con la ayuda de los altavoces de que ellos han disfrutado, hoy no estaríamos haciendo almoneda con España. Dicho con nombres propios: si Felipe González y después José María Aznar, en la época en que tanto prestigio tuvieron, cuando nuestra democracia andaba a gatas e intentaba asentarse, hubieran destapado los embustes y las bellaquerías de la averiada mercancía nacionalista, hoy esos nacionalismos se limitarían a disponer de su clientela en sus respectivos territorios pero no habrían estado marcando el paso de la política española, hasta estos mismos días, cuando ya el descaro es orquestal. Pero los presidentes citados, que alumbraron hallazgos apreciables, en este del tratamiento de la quincalla nacionalista, se equivocaron de prisa y de corrido. Con punible desembarazo además. Por eso sería preferible que no dieran lecciones.
Hoy, la epidemia nos pone de manifiesto que solo luchando codo con codo todas las regiones podremos arrinconarla en una esquina del calendario y por eso todo el personal sanitario, desde los médicos a los camilleros, están entregados a la tarea de salvar la vida de los españoles sin mirar si son de Bilbao o de Cáceres. Y por eso los militares, también desde quienes lucen imponentes estrellas hasta los humildes soldados, están implicados en la misma labor humanitaria, sin importarles si las personas sometidas a tratamiento son de izquierdas o de derechas, federales o centralistas. Y lo mismo los camioneros que nos están alimentando, los funcionarios que se ocupan de nuestra seguridad, los voluntarios...
De otro lado, es hora de que los ciudadanos exijamos, cuando de achaques profesionales se trata, que sea atendida de forma prioritaria la voz de los expertos y no la de pícaros sin otra formación que la suministrada por el cultivo de la chapuza y la farfolla improvisada en reuniones y mítines de unos partidos sin músculo consistente alguno. Es hora de que callen quienes, con mala fe de orondas proporciones, no ven entre sus semejantes más que progresistas o carcas, machistas o feministas, fulanistas o zutanistas. Es hora de que calle el logrero y suene la melodía de un pensamiento libre del apuntalamiento de los lugares comunes.
Como es hora de que callen o bajen el diapasón quienes olvidan la vieja regla según la cual debemos conservar tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario. Regla que encierra la sabiduría de la sencillez y la exactitud de la profundidad. Y que adquiere toda su grandeza cuando nos encontramos en épocas de crisis como la actual donde advertimos que no sobra nada ni nadie a la hora de hacer frente a las carencias: necesitamos a los poderes públicos como necesitamos a los empresarios privados y a las monjas de clausura, todos trabajando de consuno para lograr fines comunes, en este caso, la derrota del virus asesino.
Mercado, libertad, servicio público, Administraciones fuertes... son componentes imprescindibles de una única organización social que han de convivir en armonía y mutuo aliento. Lo contrario es dogmatismo de converso a una nueva revelación y de los dogmáticos, como de las Academias y de las epidemias, ¡líbranos, Señor!
Si intuimos que de esta pandemia saldremos con el paisaje convertido en un esqueleto yacente, la pregunta es: ¿ante el espectáculo del barco varado seguiremos empeñados en mantener el mismo Gobierno en España?, ¿volveremos a reunir la mesa del conflicto catalán, con Torra en su cabecera, el mismo que ha denigrado a España en los foros internacionales?, ¿seguiremos aceptando la interlocución con quienes han querido hacer rancho aparte en el combate sanitario?, ¿seguiremos viendo como prioritario entregar competencias delicadas a quienes en el País Vasco proclaman su independentismo?, ¿seguiremos empeñados en aliviar la prisión a quienes protagonizaron un golpe al Estado que ha desequilibrado sus cuadernas?, ¿seguiremos dando prioridad a los debates sobre el heteropatriarcado?, ¿seguiremos atados al lenguaje populista y a su defensa del derecho de autodeterminación? O, por el contrario, ¿haremos una agenda que contenga los graves problemas que ha de enfrentar una sociedad traspasada por angustias, desesperanzas y lutos?
Me atrevo a proponer que, cuando empecemos a ver la luz por la amura, tenga valor el socialismo español, como organización mayoritaria, para alumbrar una fórmula nueva de gobierno que debe pasar por prescindir sin miramiento alguno de los enemigos de España y apoyarse en los partidos que no están por aventuras: ni de desgarro institucional ni territorial. No defiendo llevar a sus líderes a un nuevo Gobierno. En absoluto: se trata de obtener el respaldo mayoritario en el Congreso a un Ejecutivo, temporalmente limitado, de perfil técnico, lo que excluye obviamente al actual presidente, pues, como sabemos desde las Epístolas de Plinio el Joven, "como en el cuerpo, así en el gobierno, el mal más grave es el que se difunde desde la cabeza".
Un Gobierno que recoja lo que de aprovechable -en términos profesionales- tiene el actual pero incorpore a personas procedentes de la nueva mayoría que tengan acreditada una formación coherente con las responsabilidades que asuman. Austero en las proclamas, contenido en sus promesas, riguroso en sus manifestaciones. Un Gobierno, en fin, que logre secar la actual fuente de la que brotan la temeridad y las simplezas.

                                                                 FRANCISCO SOSA WAGNER*  Vía EL MUNDO
*Francisco Sosa Wagner es catedrático universitario. Su nuevo libro, pendiente de distribución, se titula Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente (en Marcial Pons).

DE REPENTE

El general que se acurruca en un rincón de la trinchera y llora, merece pena. Y una corte marcial

Gabriel Albiac 

Gabriel Albiac

  De repente, está sonando el Réquiem de Morales, una aritmética escueta del dolor, cuyo ascetismo prohibe la retórica: la retórica es la pornografía del sufrimiento. El dolor es taciturno. A ese silencio ofende el charlatán que dice compartirlo. Soledad y silencio son únicas grandezas a la altura de un hombre en sus instantes trágicos. En ese cruce fatal de un hombre con su destino, las providencias históricas que invocan los más necios se truecan en insulto. Anudar grandes palabras cuando la muerte comparece, es escupir al rostro de quien la está afrontando. Del que sufre, íntima, incomunicablemente: en el único modo en el que el dolor nos hace humanos.

Sobre mi mesa hay un libro. Desesperado y sucinto. Emil Cioran
 escribió su Breviario de descomposición en 1949, cuando su vida estaba ya rota, y su lengua perdida, y secas sus raíces, y se juzgaba a sí mismo un muerto en vida, tal vez el más hermético del siglo XX. Al inicio del libro, un manifiesto: «El antiprofeta». Y en él esta requisitoria: «La Historia: manufactura de ideales, mitología lunática, frenesí de las hordas y de los solitarios, negativa a afrontar la realidad tal cual, red mortal de ficciones». Coartada. Para lo peor siempre. La Historia, que da al político máscara horrenda de hombre bueno y facilita lo peor. Impunemente. Desconfiemos siempre de quien se dice llamado a salvarnos. Más aún, si cobra un sueldo por hacerlo. La generosidad de los políticos sale muy cara. No sólo monetariamente.
De repente, todos nos hemos despertado eremitas: hemos sido despertados. Y aprendemos a ser hombres. Miramos los mismos espejos de anteayer: vemos a un desconocido. Ése somos. No el de antes. A ése, antes no vimos nunca. De repente, alguien está hablando sobre la pantalla. Bajo, pero no quito, el Officium defunctorum. Es un pobre hombre asustado, ese que habla; aun sobre la pantalla puede olerse su miedo. Desparrama palabras. Hueras. Grandes, solemnes, resonantes como nuez podrida. Debería producirme ira el rostro desencajado del convocante del 8 de marzo, merced al cual medio Madrid está contaminado. Y me da sólo pena. Tiene miedo. Como todos. Pero es un miedo enmascarado en lo más obsceno: la grandilocuencia. Eso es lo imperdonable. El general que se acurruca en un rincón de la trinchera y llora, mientras sus hombres se hacen matar en el enjambre y el desorden, merece pena. Y una corte marcial.
De repente, entiendo que no soporto seguir escuchando a esa triste marioneta. Puede ser que mi vida, puede ser que la de alguien a quien yo quiera, sea truncada por su inconsciencia imbécil de hace dos semanas. No hay remedio. Huyo de la pantalla. Subo el volumen del Officium, esta matemática limpia del dolor. Y ya ni siquiera maldigo a ese triste irresponsable. Retomo el libro: «En todo hombre dormita un profeta, y cuando el profeta despierta hay un poco más de mal en el mundo». Pero Cristóbal de Morales lo borra todo. Y, de repente, Jorge Guillén: «El mundo está bien hecho». No tanto.
                                                                                  GABRIEL ALBIAC  Vía ABC

AHORA ES LA HORA

Las principales formaciones defensoras del sistema deben ignorar los cálculos políticos y sumar fuerzas. La nación requiere un empuje unitario para derrotar el virus y afrontar la monumental crisis económica

 

Ahora es la hora 

EULOGIA MERLE


Más de uno ha caído en la tentación desde la aparición del coronavirus de elogiar el modo en que China se ha enfrentado a la crisis: medidas drásticas, aislamientos masivos, máxima disciplina ciudadana y férreo control del mensaje por parte de las autoridades. En el extremo, algunos incluso añoran las herramientas de las que los sistemas autoritarios disponen para abordar problemas como este y, en contraste, lamentan las carencias de nuestras democracias. Hasta he leído una comparación entre “el liderazgo de Xi Jinping” ahora y el Plan Marshall tras la Segunda Guerra Mundial.
En realidad, no hay nada que alabar ni nada que envidiar. China ha aprovechado lógicamente la crisis para hacer propaganda de su sistema político, lo que incluye algunos gestos de solidaridad con otros países que, en sí mismos, son dignos de agradecimiento. Ha conseguido sin duda resultados positivos gracias a la capacidad resolutiva del poder centralizado y absoluto del Partido Comunista y a la fuerza intimidatoria de un régimen represivo y temido. Una sociedad atemorizada es una sociedad más obediente y un Gobierno autoritario está también mucho mejor dotado para silenciar cualquier atisbo de discrepancia. Todo contribuye a una apariencia de eficacia y unidad. Pero, en realidad, se trata del triunfo de un sistema de intimidación y control, el mismo que quedará, seguramente reforzado, cuando el virus sea derrotado.
No es ese el modelo que queremos en nuestro país. Nuestro sistema, fundamentado en la libertad, choca frontalmente con el alejamiento, el confinamiento y la crítica atenuada que esta crisis nos recomienda. Con esfuerzo, lo hacemos porque somos conscientes de lo que todos nos jugamos. Nos sacrificamos voluntariamente para que nuestra comunidad sobreviva. Pero cuando despertemos de esta pesadilla no queremos encontrarnos en China. Queremos despertarnos en la misma sociedad abierta que tanto echamos ahora de menos. A ser posible, aún más abierta, más libre y más fuerte.
Solo la defensa de nuestro actual sistema democrático puede asegurarnos ese despertar. Esta crisis, junto a sus múltiples calamidades, ha traído también la oportunidad de observar a cada uno de nuestros dirigentes ante el umbral de su verdadera naturaleza. Han sorprendido algunos personajes de los que poco se esperaba y, en cambio, han quedado en evidencia propagandistas y demagogos que llevaban tanto tiempo ofreciéndose como salvadores ante calamidades ficticias y redentores de males exagerados. Los más oportunistas hasta han tratado de aprovechar el virus para derribar al jefe del Estado o hacer la revolución. Por lo general, han sucumbido los extremos, Podemos y Vox, desnudos ante su verborrea ahora inútil, y han crecido los partidos del sistema: PSOE, que ha entendido —aunque no lo admita públicamente— el error tan grave que cometió con la elección de sus socios de Gobierno y de mayoría; PP, que ha sabido estar a la altura de las circunstancias en las comunidades que administra y en la oposición al Gobierno; y Ciudadanos, que ha recuperado el papel de socio predispuesto en el centro.
Los más oportunistas han tratado de aprovechar la crisis para derribar al jefe del Estado o hacer la revolución 
Ahora es la hora de que esos tres partidos ignoren de una vez los cálculos políticos que puedan favorecer más a unos o a otros ante próximas contiendas electorales y sumen fuerzas para sacar al país adelante. No valen más excusas. La nación requiere un empuje unitario que solo es posible si las principales fuerzas defensoras del sistema se empeñan de forma conjunta en esa misión.
Cuando el virus sea derrotado, España será un país dolorido, con decenas de miles de familias rotas y una sociedad entera desmoralizada y confundida tras semanas de aislamiento y miedo. A la vuelta de la esquina nos espera una crisis económica monumental que vamos a tener que afrontar en peores condiciones que la de 2008 y, probablemente, en medio de una Europa con menos iniciativa y peor gobierno. Los nacionalistas extremistas catalanes y vascos han demostrado con creces, incluso en estas circunstancias tan dramáticas, que no se puede contar con ellos en la tarea de procurar el beneficio colectivo de España, a la que odian por encima de lo que la razón es capaz de entender. No se puede por tanto descartar que incluso exploten la debilidad del conjunto del país para intentar avanzar en sus intereses propios.
No es difícil augurar el daño que todo esto puede causar a nuestro sistema político, debilitado ya por años de populismo y frivolidad en el tratamiento de nuestros problemas y nuestra historia. Un sistema que lleva ya tiempo requiriendo de reformas con profundidad y que se ve ahora amenazado además por una crisis de la primera institución de nuestra democracia a la que habrá que hacer frente con el reconocimiento de todo lo bueno que la Corona ha hecho y puede seguir haciendo para la protección de nuestros valores democráticos —republicanos, finalmente— y permitiendo a la vez que la justicia actúe sin excepción contra quienes quebrantan la ley. No debería ser esto una excepción en un país que puede enorgullecerse de que todos los grandes casos de corrupción, incluido alguno que implicaba a miembros de la Casa Real, han sido resueltos en los tribunales y sus responsables condenados. Sería un error convertir los retos que se avecinan en un debate entre Monarquía y República. Solo una sólida mayoría constitucional en el Gobierno puede establecer las prioridades realmente urgentes, entre las que destaca por encima de todas la elaboración de un auténtico Presupuesto de apoyo mayoritario para una economía de guerra.
La democracia española salió adelante sorteando siempre grandes diferencias entre sus principales protagonistas
No va a ser fácil. Después de años en los que la alimentación del odio ha dominado la práctica política —odio al otro, al del otro país, al del otro pueblo, al del otro sexo, al de la otra lengua, al del otro partido— no va a ser sencillo superar prejuicios y mitos hábilmente fabricados. Después de haberse jactado de ser el primer Ejecutivo de izquierdas desde la Guerra Civil, el PSOE tendrá que admitir que sus primeros temores eran ciertos y que no cabe un Gobierno de progreso con quienes quieren a la vez liquidar el sistema. PP y Ciudadanos tendrán que superar sus reservas respecto a la figura del presidente del Gobierno —al menos ya no se oye lo de las tres derechas— y asumir su responsabilidad en este momento.
“Ahora es hora de rezar por Trump y por el vicepresidente Pence. Por ahora ellos son los líderes que tenemos. Mientras contemplamos el colapso económico, las muertes en masa y la descomposición de nuestro modo de vida, reconstruyamos con resolución nuestro sistema político para que no vuelven a surgir otros”, afirma el columnista Dana Milbank en The Washington Post, en un recordatorio de que no somos los únicos ante retos similares.
Nuestras diferencias van a seguir ahí. También quedarán ahí las responsabilidades de cada cual en esta crisis y en el pasado. Y tendrán que responder por ellas. La democracia española salió adelante sorteando siempre grandes diferencias entre sus principales protagonistas. Nuestro sistema político no es producto, como dicen algunos, de un pacto secreto entre oligarquías y traidores, sino del enorme esfuerzo de una sociedad dirigida por una clase política que supo anteponer a sus diferencias la necesidad de un esfuerzo colectivo para progresar juntos como nación. Entonces fue la izquierda la que más se sacrificó por esa unidad. Ahora es la que más y primero ha explotado nuestra división. Es hora de rectificar. Todos los dirigentes involucrados en esta tarea son además muy jóvenes, por lo que puede también ser la hora de que una nueva generación construya las bases para otros 50 años de convivencia democrática.

                                                                               ANTONIO CAÑO  Vía EL PAÍS