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sábado, 30 de mayo de 2020

¿Qué herencia nos va a dejar el virus?


Opinión 

Ángel Barahona

Vamos a empezar a vivir en un estado de desconfianza del otro permanente. Como si se tratase de un estado de sitio en el que los enemigos estuvieran dentro de las fronteras y no supiéramos quienes son. Nos miraremos unos a otros y nos juzgaremos severamente: si unos llevan la máscara, respetan las medidas o no… Unos banalizarán las medidas, otros las exhibirán exageradamente, cambiándose de acera, marcando ostensivamente las distancias…
¿Cuáles son los síntomas de esta situación que se nos viene encima…? Los hombres van a perder la libertad, la confianza, la sociabilidad, el bienestar en favor de una obsesión por la salud, por la seguridad. Lo que dice la Epístola a los Hebreos, que Cristo vino a «libertar a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hebreos, 2, 15), se va a convertir en una verdad inapelable: un modo de vida esclavo, sumiso, aborregado. El darwinismo hará presa de nuestras relaciones: primaremos la supuesta salud física a la espiritual, social, psicológica.
A esto contribuye el actual clima de terror sembrado en los espíritus más endebles por Covid19, pero es lo que se masca en el ambiente desde hace tiempo y de lo que tenemos test que lo ratifican: la presión legal contra el tabaco nos ha convertido a todos en perseguidores de fumadores, la presión de la catástrofe ecológica en ciernes se volverá obsesiva… Nos vigilaremos unos a otros. La histeria de la amenaza permanente nos volverá más misántropos e inhumanos. Viviremos controlando los contactos, mediremos la conveniencia de las relaciones, igual que los grifos, la energía que gastamos.
Tendremos una vídeo-vigilancia, una bio-vigilancia, y un control total de nuestros movimientos mediante las cámaras, los móviles, las cuentas, las compras… Se medirán nuestros gustos, nuestros lugares de ocio, nuestras manías y podredumbres, a quién vamos a votar (ya se ha hecho todo esto). Biung Chul Han lo llama la era de la biopolítica. Entrando en polémica con el otro autoproclamado profeta de nuestro tiempo, Slavov Zizec, que augura el comienzo de la decadencia del comunismo chino, Han proclama el acabóse de las libertades personales del mundo occidental. La gente adorará un totalitarismo al que nos someteremos sumisamente para que nos asegure nuestra salud. Le entregaremos nuestra alma al diablo en función de nuestra supervivencia.
Por eso pienso que a esta sociedad le hace falta urgentemente el evangelio. Le hace falta el kerigma. El anuncio de que un hombre -Cristo- ha vencido a la muerte con la muerte. El evangelio no es el consuelo de las almas débiles. Compartir el testimonio de los que creen nos lleva a volver a confiar en que la muerte no es el final. Esto que podría ser, como denunciaba el ateísmo marxista, una fuente de alienación se revierte en todo lo contrario: una fuerza vital que vive el hoy con alegría, que disfruta del bienestar, de la compañía.
Sabiendo que solo tenemos el hoy que vivimos y que hemos sido creados para la eternidad, distinguiremos qué es más importante: asegurarnos dos meses más de vida haciendo aerobic obsesivamente, protegiéndonos sin salir de casa, controlando nuestras emisiones de CO2 que como animales que somos producimos, matando por ello (nadie pone en duda una falsedad letal, empezando por la ONU, que somos excesivos para este planeta). Las medidas se toman siempre sobre los descartados, los pobres, los que no tienen voz: no nacidos o ancianos. A nadie se le ocurre controlar la corrupción de los gobiernos, racionalizar el consumo, invertir en ciencia de lo renovable, organizar científicamente la vida cotidiana respetando la inapelable libertad, educando sin ideologías para crear una humanidad amigable y sana.
Si el vecino, el prójimo, es un potencial agente contaminador tendré que mantener la distancia. Si las personas mayores mueren con más facilidad, va a ser prescrito no visitarlas. El evangelio nos permite anticipar estas consecuencias del virus. Ya nos advierte proféticamente la necesidad de vivir lo que rezamos cuando decimos: “El pan nuestro de cada día dánosle hoy”. Vamos a tener que aprender a rezar de nuevo. Porque la pregunta que nos lanza el evangelio con estos preclaros micro-apocalipsis que anuncia Cristo, se resume en un cáustico interrogante que implica toda nuestra existencia y estilo de vida: ¿es mejor prolongar la vida unos meses que morir solo? Es mejor no ejercer la caridad, amarnos, para que podamos “alargar un codo a la medida de nuestra vida”.
La supervivencia nos va a hacer sacrificar todo lo que hace que valga la pena vivir: amistad, comunidad, proximidad, buen trato. Nos van a llevar a aceptar resignadamente la restricción radical de los derechos y libertades. Biung Chul Han lanza una crítica a la actitud de algunos religiosos recordando el abrazo de Francisco de Asís a los leprosos. La caridad es sacrificada en nombre de la asepsia y de la ley. Nos ha vencido una ideología que se estaba colando por la ventana cuando creíamos tener la puerta cerrada: el miedo a la muerte nos ha hecho vulnerables y por preservar la salud biológica nos volveremos enfermos sociales.
Hemos perdido el valor, el bendito riesgo, la libertad, la capacidad infinita de amor que nos daba la presencia testificada de la resurrección de Cristo, que nos hizo perder el terror a la muerte que nos ponía en estado de egoísmo y angustia permanente. Ahora la resurrección es simplemente volver al trabajo, a la playa, o tomar una caña con la debida separación… hasta la siguiente amenaza micro-apocalíptica. Si esto nos parece una hipérbole, es porque preferimos no pensar y utilizar la estrategia estúpida del avestruz.    

                                                                          ÁNGEL BARAHONA*
*Ángel Barahona es director del Departamento de Humanidades de la Universidad Francisco de Vitoria.
Publicado en el portal del Instituto John Henry Newman de la Universidad Francisco de Vitoria.

RECONSTRUCCIÓN Y AMISTAD CIVIL


reconstrucción 


Vaya por delante una premisa: la salida de la crisis económica provocada por la pandemia depende en gran manera de las condiciones políticas.
La reconstrucción necesita de la amistad civil, esta no existe, y eso es malo para todos nosotros, los ciudadanos de a pie. ¿Cómo podemos resolverlo? Asumiendo la realidad, que es la única forma de transformarla. Y tal cosa significa saber de dónde salimos para conocer a donde vamos.
Y salimos de una gestión desastrosa del gobierno. No me extenderé en los hechos que avalan el calificativo. Bastará con uno que los resume. España tiene 25 de cada 100 muertos europeos por coronavirus, a pesar de que nuestra población es solo de 9 cada 100. Esta tragedia no ha sido asumida por el gobierno, sino que responde a ella con engreimiento e irresponsabilidad. Solo lo encrespado de la política partidista difumina el cúmulo de errores, desatinos y contradicciones, con los que se ha obtenido este resultado, que tiene en la gente de más de 70 años sus principales víctimas, y en el cinismo de Pablo Iglesias, el último responsable bajo el Estado de Alarma de las residencias para la gente mayor, al más destacado enemigo de la amistad civil, porque el favor de la provocación lo protege de sus culpas.
Estos daños se extienden a la economía a base de declaraciones confusas, que van de las nacionalizaciones a la “derogación íntegra de la reforma laboral”, hasta la falta de planes sólidos, como muestra la secuencia contradictoria sobre el turismo. Todo ello siempre amenazado por un desconfinamiento, que en gran medida funciona a ciegas por falta de capacidad de detección e intervención.
Enunciar escuetamente todo esto no es pesimismo. Son ganas, muchas, de que hagamos bien las cosas, pero para lograrlo hay que advertir de los errores e incompetencias, porque es la única forma de remediarlas. Para los partidarios de quienes nos gobiernan, la crítica es mala, seguramente lo es para las etiquetas políticas, pero es necesaria para el país, porque solo entendiendo de dónde venimos podemos andar mejor hacia donde debemos avanzar.

¿A dónde vamos?

Debemos reconocer que salimos mal, que no estamos más fuertes, ni unidos, sino todo lo contrario, y que si el Covid-19 no desaparece, así, sin más, como el SARS-CoV (2002-2003), vamos a vivir peligrosamente un periodo indeterminado, y la recuperación no será en V, ni tan siquiera en U, sino en L con un brazo horizontal dotado de agudos dientes de sierra.
¿Y esto por qué? Pues básicamente porque si los datos no se equivocan, el 95% de la población es susceptible de infectarse, y entre un 28% y un 33% de los portadores son asintomáticos; ni ellos mismos saben que son un peligro
Ante esta situación se opera una desescalada con insuficientes medios y basada en una regulación rococó, confusa, que favorece la indisciplina ciudadana, en lugar de aplicar medidas obligatorias y efectivas, como el uso obligatorio de mascarillas siempre y la prevención en los lugares cerrados. España necesita aplicar test masivos en una proporción, como el mínimo, del doble de la actual, dotarse de unos 200 rastreadores por millón de habitantes, sobre todo en los territorios mas críticos, reforzar la asistencia primaria en miles de médicos y personal sanitario para normalizar la asistencia a otras patologías, intervenir rápidamente y atender residencia a residencia, hogar a hogar, a la población de riesgo.
Sobre esta base sí que puede asentarse el plan de reconstrucción. Pero este no saldrá bien parado de la pugna política.
Solo cabe una medida alternativa. Las organizaciones de sociedad civil, empresariales, sindicales, sociales, profesionales, bajo el liderazgo de algunas personalidades acreditadas por sus resultados empresariales y sociales, deben constituir una comisión operativa que elabore y presente un plan concreto y definido que sea presentado a la opinión pública primero, y a la Comisión del Congreso después. Solo si se genera un fuerte constreñimiento social que confine a oposición y gobierno a trabajar sobre una pauta común, se producirá el principio de colaboración necesaria, que es la condición donde levantar la amistad civil.
Se trata de organizar la fuerza de las instituciones civiles, también las de la Iglesia, como Caritas, para concretar un plan de reconstrucción que a su vez fuerce a la colaboración política. Si nos quedamos mirando el combate entre partidos, solo conseguiremos que todos perdamos.
                                                     EDITORIAL de FORUM LIBERTAS

viernes, 29 de mayo de 2020

El silencio con Venezuela es la peor mentira

Condenemos sin matices al régimen de Nicolás Maduro, respaldemos la lucha de los demócratas venezolanos y pidamos elecciones libres. 

Juan Guaidó  EFE

 Sostiene la señora González Laya que "tenemos que actuar ya". Añade a continuación lo obvio: "La comunidad internacional no puede dar la espalda a los más de cinco millones de migrantes venezolanos". Con esta difusa perspectiva intervino la ministra de Asuntos Exteriores el pasado martes en la Conferencia de Donantes que organizó el Gobierno español con laUnión Europea para paliar la crisis humanitaria de los refugiados de Venezuela; hablamos de la mayor crisis humanitaria en la historia contemporánea de Latinoamérica.

Sus palabras merecen una glosa. Me gustaría poner de relieve que la tremenda crisis humanitaria que azota Venezuela no procede de alguna causa remota o no explorada, sino que deriva de la abismal gestión política, económica y social de dos dictadores bien conocidos: primero Hugo Chávez y después su sucesor, Nicolás Maduro; ambos tan generosamente ligados desde antiguo a Unidas Podemos, el partido del actual vicepresidente del Gobierno, el señor Pablo Iglesias.
Venezuela, para los que no conozcan el país, es la joya de entre todas las joyas que conforman Latinoamérica, región que tantos vínculos comparte con España. Su agricultura, su ganadería, su riqueza energética, sus paisajes, la maravilla de sus gentes, su iniciativa; todo ello debería abrir cada día mil sendas nuevas a la prosperidad económica y el progreso social. Venezuela tiene capacidad más que de sobra para fomentar la independencia de sus instituciones y la autonomía de su sociedad civil con el fin de que ello, a su vez, redunde en el crecimiento cultural, educativo y económico de sus ciudadanos.
Pero no. No se lo permiten sus propias autoridades. La gestión sucesiva de dos narcotiranos armados hasta los dientes ha transformado aquel país lleno de posibilidades en un silencioso cementerio de ilusiones; cementerio del que han huido como han podido en busca de una vida digna cinco millones de personas; la inmensa mayoría de ellas lo han hecho a pie o en coche, atravesando selvas y montañas con sus hijos en brazos; los más afortunados, con un billete de avión. Tendremos que sumar en el futuro a todos los venezolanos que se añadirán al forzoso exilio si la comunidad internacional no hace nada.
El Gobierno de España pasó este martes de puntillas por estas obvias causas políticas; ni siquiera ante la rotunda condena de la dictadura de Maduro por parte de los presidentes de Colombia y Ecuador, y del secretario general de la OEA, tuvo la ministra González Laya el valor de refrendarles. En la cuestión de Venezuela, el silencio sobre estos factores capitales acarrea consecuencias graves.
La primera y más evidente es que desfigura el conjunto de las conclusiones de la Conferencia de Donantes. En segundo lugar, distrae la atención de la principal dificultad. La ministra del Gobierno Sánchez-Iglesias mencionaba los migrantes venezolanos en situación de vulnerabilidad, para los que la Conferencia recaudó 595 millones de euros –cifra que es muy bienvenida–, pero al soslayar la causa más importante del problema –su condición de víctimas de una narcodictadura–, enmudece al pueblo de Venezuela. Este sesgo elegido dificulta el diálogo con los ciudadanos venezolanos, pues establece una tácita complicidad con Nicolás Maduro.
En tercer lugar: el mutismo del Gobierno amordaza el drástico rechazo que los españoles experimentamos hacia Maduro y sus secuaces. Esquivar –al menos en público– las causas políticas de esta crisis humanitaria podría dar la impresión a nuestros amigos, socios y aliados internacionales de que el Gobierno del señor Sánchez y el señor Iglesias busca no se sabe qué entendimiento con el tirano, cuando el sentir del pueblo español es diametralmente opuesto.
En cuarto lugar, no resulta aceptable poner sordina a las honrosas responsabilidades asumidas por Perú, Colombia y Ecuador en esta crisis humanitaria. Los Ejecutivos de estos países hermanos merecen el más sólido y explícito respaldo por parte de España. Ellos –al contrario que el Gobierno del señor Sánchez– sí que mencionaron con claridad la causa de esta tragedia: la dictadura de Maduro.
En quinto término: tampoco resulta aceptable que se pretenda diluir o pasar página ante la firme actitud de Leopoldo López y Juan Guaidó, el presidente encargado de Venezuela reconocido por España. Los dos están siendo sometidos a una persecución implacable por la Fiscalía chavista, al punto de que ahora Caracas pretende ilegalizar Voluntad Popular, el partido de esos héroes de la democracia. Ahora incluso pretende arrebatar a Guaidó el nombramiento que le dieron las urnas.
En todo caso, quiero dejar claro el agradecimiento del Partido Popular a todos los donantes de la Conferencia, por su contribución para atenuar los terribles efectos que dejan tras de sí 20 años de políticas populistas en Venezuela. Pero de igual modo considero que ir al origen y a la causa del problema es lo mínimo que se espera de un país como España. Por tanto, condenemos sin matices al régimen de Nicolás Maduro, respaldemos la lucha de los demócratas venezolanos y pidamos elecciones libres, transparentes y con participación de todos. Así evitaremos mucho dolor y contribuiremos a solucionar, no sólo a paliar.

Valentina Martínez, diputada del Partido Popular.
Vía LIBERTAD DIGITAL.

 

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Condenemos sin matices al régimen de Nicolás Maduro, respaldemos la lucha de los demócratas venezolanos y pidamos elecciones libres.

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Condenemos sin matices al régimen de Nicolás Maduro, respaldemos la lucha de los demócratas venezolanos y pidamos elecciones libres.

Libertad e independencia religiosa


 

Es buena y necesaria la cooperación entre la Iglesia y el Estado, y la Constitución Española en su artículo 16.3 lo define con particular acierto. 

Al mismo tiempo esta cooperación en favor del bien común debe preservar la independencia de las dos partes, y a la libertad religiosa de las intromisiones del estado.

Con motivo de esta pandemia se ha producido más de una confusión lamentable. Los casos no alcanzan a constituir una categoría preocupante, pero tampoco son una anécdota. Nos referimos a las reiteradas intervenciones policiales, en especial la municipal, entrometiéndose en el servicio religioso de diversos templos, normalmente por un exceso de celo mal encauzado, y el acicate de la denuncia del algún vecino. 

La cuestión no ha ido a más, si bien prefigura la facilidad con la que algunos se consideran con derecho a entrometerse en la práctica de un derecho fundamental, olvidando que el estado de emergencia no puede anularlos, sino someterlos a determinadas y limitadas restricciones, la de la distancia física y el aforo, por ejemplo.

Ahora, con el paso progresivo de diversas zonas de España a la fase 1, muchos medios de comunicación han informado en los términos de que “ya se podían abrir los templos”. Es un error, y no pequeño. 

En esta fase los templos no se abren por la sencilla razón de que nunca han estado cerrados por la autoridad civil, y por tanto el cambio de fase, una regulación de esta naturaleza, ni los abre, ni los cierra, sino lo que hace es establecer unas normas muy generales en cuanto al aforo. 

 Es a la autoridad religiosa a quien le ha correspondido, de acuerdo con el criterio de cada diócesis, decidir sobre la situación de culto en las parroquias. Y ha sido ella la única que ha podido decidir que se debía hacer en ellas. Cualquier otra cosa hubiera sido una intromisión nada acorde con la Constitución

Esta separación clara entre los dos ámbitos en cuanto a lo que es la misión de la Iglesia, debe prevalecer siempre y en cualquier caso, como así ha sido en términos generales, con dos lagunas no menores.

En la fase de confinamiento el gobierno no estableció el cierre de los templos, pero no especifico que la asistencia a los mismos era un motivo justificado para circular por la calle. Esto dio lugar a más de un tropiezo. Y ahora para todo el territorio que se encuentra en fase 1 están prohibidos, así en general, y de manera absoluta, los actos fuera de las cuatro paredes de la parroquia. 

 Esta es una limitación clara del derecho al culto, que debe ser revisada. Pueden y deben establecerse criterios prudenciales de seguridad de como deben realizarse dichos actos, pero no prohibirse, puesto que al obrar así se produce una limitación del derecho constitucional que no se da en otros ámbitos, como el de manifestación.

¿Nos podemos manifestar en la calle – repetimos, bajo ciertas condiciones- y no se puede llevar a cabo una procesión? ¿Cómo se come esto? Pues como algo arbitrario que como tal no debe ser cumplido, porque es un ejercicio autoritario de la autoridad civil, con el agravante de que la prohibición es general, y no se encuentra en la misma situación un acto en un tramo urbano denso, que otra de índole rural o de baja densidad poblacional.

Los cristianos hemos de ser exigentes con nuestras propias medidas de seguridad por solidaridad. Este es también un deber cristiano, pero a partir del cumplimiento de esta condición, hemos de realizar el culto y normalizar nuestra práctica de servicio a Dios, que es el centro de nuestra fe.
 
 
                                                   EDITORIAL de FORUM LIBERTAS

Carta de una enfermera: «En la carrera no te enseñan a ver cómo cientos de personas mayores mueren solas, sin la despedida que merecen»

«Es todo tan inhumano, frío, lejano con estos trajes puestos... así que lo más cálido que pude ofrecerle fue mi mano y apretársela fuerte»

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Es 7 de abril. Hay un ingreso de urgencias. El diagnóstico es neumonía bilateral (como todos los Covid-19), con insuficiencia respiratoria y pendiente de PCR. Dimero D elevado, ferritina por las nubes, LDH alto...ante todos estos parámetros se da como positivo y se ingresa en una habitación que, en condiciones normales, sería individual y con las oportunas medidas de aislamiento, pero hace tiempo que esto dejó de ser un escenario "normal". La comparte con otra mujer que también tiene coronavirus, así que lo mejor que le puede pasar es que ella también lo sea.
Me visto, voy con todo, doble bata, gafas estancas, doble gorro, doble guante, doble mascarilla y viseras de protección. Se trata de una mujer de 75 años, aunque si alguien me preguntase por su edad le diría que 50. Aspecto jovial, alegre, optimista aunque con espíritu cansado. Habrá pasado muchos días en casa con síntomas o quizás algún familiar tenga Covid y esté afectada...
Me dispongo a tomarle la tensión y algo asoma en su pecho. Disimuladamente retiro un poco el camisón y veo lo que me temía. Lleva un reservorio que se implanta a los pacientes que reciben quimioterapia. Tiene cáncer. No me atrevo a preguntarle por el nombre y apellido del tumor. Ella solo tiene palabras agradables y positivas conmigo y no seré yo quien le cambie el ánimo hablando de algo que espero supere.



"Buenas noches, que descanse", le digo. " Igualmente corazón, espero que no te demos mucho la lata", me responde.
Me siento frente al ordenador y me voy directa a leer su historia clínica. Lleva ingresada tres semanas y su último ciclo de quimio fue la semana pasada en otro hospital. Con ese ya son siete, es un linfoma. Con tan solo 75 años ya se le desestima como paciente a UVI. Somos muchos y pocas camas, lo sé, pero no doy crédito.
A las 6 de la madrugada me dispongo a empezar la última ronda de la noche y me vuelvo a encontrar con ella. Me recibe con una sonrisa y yo le comunico que vengo a sacarle sangre. "Lo que tú creas conveniente, cielo. ¿Sabes? Debes tener la edad de mi hija... Sois la generación que ha venido a salvarnos. Os ha tocado. Y lo estáis haciendo de maravilla. Los aplausos se quedan cortos para todo lo que os mereceis".
Con los ojos borrosos le hago una broma (porque así soy yo, ante situaciones difíciles me da por sacar mi humor irónico). "Hay que ver, yo diciéndole que le saco sangre y usted diciéndome esas cosas". "No puedo hacer otra cosa que agradecerte que, puesto que ya que no puedo tener a mi marido y a mis hijas conmigo, vosotras, que vais a ser lo último que voy a ver en vida, me lo estéis haciendo tan fácil y llevadero".
En ese momento no pude evitarlo y empecé a llorar. Se me caían las lágrimas y se me empañaban las gafas. Ella no lo notó, aunque con todo lo que llevamos puesto los pacientes ni nos reconocen. Es todo tan inhumano, frío, lejano con estos trajes puestos... así que lo más cálido que pude ofrecerle fue mi mano y apretársela fuerte.
"Ánimo, sea fuerte, no está todo perdido, la mente es mucho más poderosa de lo que creemos, confíe en que de esto sale". Ella también comenzó a llorar y yo seguía con ella. "Gracias cariño, eres un ángel". Salí de la habitación con otra historia a cuestas, de esas que sabes que no vas a olvidar.
En la carrera no te enseñan a ver cómo cientos de personas mayores mueren solas, sin la despedida que merecen por todo lo que han construido. El mundo en el que hoy vivimos se ha levantado con su trabajo y esfuerzo. Somos lo que somos porque ellos lucharon por nuestra generación. Y ahora se van solos. La pandemia se está llevando muchas vidas, pero hay una cosa que permanece y es más fuerte que nunca, mi vocación eterna por lo que hago.

                                                       ROCÍO SALAS ROJAS*   Vía ABC
* Rocío Salas Rojas es enfermera y vive en Madrid.

miércoles, 27 de mayo de 2020

De cómo un Gobierno se hace viejo en cinco meses

De repente, este Gobierno apesta a viejo. El olor nos resulta conocido porque lo percibimos varias veces en las últimas décadas

Foto: Reunión del Consejo de Ministros. (EFE) 

 Reunión del Consejo de Ministros. (EFE)

En la política, el olor a viejo existe, vaya si existe. Y no es agradable como el aroma de los materiales nobles que mejoran con los años, sino fétido como el de los organismos en descomposición.
De repente, este Gobierno apesta a viejo. El olor nos resulta conocido porque lo percibimos varias veces en las últimas décadas. Es el que desprendían los últimos gobiernos de UCD antes de su extinción; el de la fase terminal del periodo de Felipe González; el de los dos últimos años de Aznar; el de Zapatero a partir del 12 de mayo de 2010, y el de Rajoy cuando el golpe institucional en Cataluña lo atropelló y después permitió que Pedro Sánchez ganara una moción de censura contra un bolso de señora en un escaño vacío. Es el olor de la impotencia sobrevenida ante acontecimientos que te pillan ya gastado y desbordan tu capacidad de respuesta.
Lo terrible del caso es que este Gobierno no tiene, como los anteriores, varias legislaturas a sus espaldas, sino apenas cinco meses de vida y toda una legislatura por delante. Incluso añadiendo el periodo del llamado 'Gobierno bonito' de Sánchez con sus 84 escaños, estaríamos ante un caso insólito de progeria política que solo se explica por dos causas: la caducidad previa de sus materiales de origen y el brutal salto histórico de la primera mitad de este 2020 que, como dice un amigo argentino, si todo sale bien será un año de mierda. Cinco meses que ya pesan en nuestro devenir colectivo como cinco lustros, aunque los dirigentes permanecen enganchados en la lógica confrontativa del remotísimo 2019.
Los gobiernos jóvenes galopan, frecuentemente con brío excesivo. Los maduros miden sus pasos y caminan a su ritmo, acelerando y frenando según las condiciones del terreno. Los avejentados se trompican con todo lo que aparece a su paso y convierten cada episodio en un sobresalto, cada avance en un percance y cada alianza en un artefacto explosivo. Es lo que les viene sucediendo a Sánchez e Iglesias desde que el virus hizo añicos su proyecto de gobierno y la crisis económica terminó de sepultarlo. Todo ello aparece condensado en las dos últimas semanas.
Pedro Sánchez ha cometido desde 2014 toda clase de tropelías. Bloquear la política española durante periodos larguísimos. Transformar el PSOE en un guiñapo inerte, desprovisto de toda voluntad autónoma de la del césar. Inocular dosis masivas de azufre en las relaciones políticas y en la sociedad. Mostrar desprecio categórico por la lógica institucional y los fundamentos del Estado de derecho. Hacer de la trampa y la mentira religión de estricta observancia. Promover conscientemente el ascenso de la extrema derecha en España. Y lo peor: acercarnos al infierno de las dos Españas más de lo que nunca estuvimos desde 1975.
Con todo, en sus desafueros anteriores podía observarse un propósito y reconocer la ganancia que esperaba obtener —casi siempre relacionada con el fortalecimiento de su poder personal—. Por mucha repugnancia que suscitara su proceder, era innegable que tras él latía un objetivo, la voluntad férrea de alcanzarlo a cualquier costa y una conducción tortuosa e implacable, a ratos temeraria.
Hay liderazgos que en las grandes crisis emergen o se agigantan; y otros que terminan extraviados en su propia caricatura. Como este Sánchez de los sábados en la tele y los miércoles en el Congreso, mezcla del padre Peyton y el Pedro Navajas de la canción.
A medida que el virus lo invadió todo, los muertos se amontonaron y la inminencia de una hecatombe económica cobró cuerpo, el Gobierno Progresista (con mayúsculas, por favor) se fue desmadejando por días: vinieron en cadena los pisotones, los errores no forzados y los movimientos convulsivos y autodestructivos.
El Gobierno se ha propinado dos tiros en la pierna en una semana. Dos conflictos mayúsculos, totalmente prescindibles, sin esperanza de beneficio alguno. Tan inexplicable fue el absurdo pacto con Bildu como el manotazo zopenco de Marlaska represaliando a un héroe de la Guardia Civil. El hilo emocional que une ambos movimientos es la combinación de la soberbia con el miedo. Pero no busquen en ellos un rastro de racionalidad política, porque no lo hay.
La semana pasada encabronaron a los empresarios, a los sindicatos, a Bruselas, al PNV, a los presidentes autonómicos y a la ministra de Economía. Ahora han decidido soliviantar también a los jueces y a la Guardia Civil. No hay como ir por la vida haciendo amigos.
El ministro del Interior conoce de sobra las obligaciones de la policía judicial. Sabe también que irrumpir en una investigación en la que él mismo es un potencial justiciable puede ser algo peor que una imprudencia. Era imposible no prever que la purga del coronel Pérez de los Cobos provocaría una tempestad política, no precisamente favorable. Conoce a sus antiguos colegas para presumir que la acometida no tendría el menor efecto disuasorio sobre la jueza que conduce la investigación; más bien al contrario, excitaría su celo inquisitivo. Y cualquier aprendiz de comunicación política le habría alertado de que no era una buena idea volver a poner el foco mediático sobre el pecado original de la gestión gubernamental de la pandemia, que es la insensatez del 8-M.
Quizá debió anticipar también que los peligrosos aliados del Gobierno recibirían con entusiasmo el escarmiento a Pérez de los Cobos, tomándolo como un merecido castigo por el comportamiento del coronel en defensa de la Constitución, primero en el referéndum ilegal del 1 de octubre y después en el Tribunal Supremo y en la Audiencia Nacional. Pablo Iglesias jaleando el cese en nombre de “la higiene democrática” es como Nacho Vidal predicando la castidad.
Este Gobierno está superado por una crisis mucho más grande que él. El conductor ha perdido el control y por eso el vehículo derrapa en cada curva
Sabiendo todo eso, el ministro lo hizo. Y en la rueda de prensa de ayer reprodujo la norma de la casa, típica de los gobiernos avejentados: repetir cansinamente la consigna sin esperar en absoluto ser creído. Claro que cesó al coronel por pérdida de confianza: la perdió en el instante en que este decidió cumplir con su deber antes que obedecer una orden ilegal. La explicadera de la confianza es tan cínica como la de “hemos pactado con Bildu por culpa del PP”. Como dice Jorge Bustos, en este Gobierno ya todos son Tezanos.
Que analistas y politólogos no se devanen los sesos buscando interpretaciones estratégicas a lo que no es sino torpeza en grado sumo. Este Gobierno está superado por una crisis mucho más grande que él. El conductor ha perdido el control del volante y por eso el vehículo derrapa escandalosamente en cada curva. Es lo que hay.

                                               IGNACIO VARELA  Vía EL CONFIDENCIAL