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viernes, 2 de diciembre de 2016

EL ÁNIMO DE LOS EUROPEOS SOBRE EUROPA

En una entrevista, Draghi afirmó que ”la integración europea es la respuesta adecuada, pero se ha debilitado en los últimos tiempos, en parte por los populismos”
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (Reuters)


El pasado miércoles estuvo el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, en España y alabó el “ejemplo de éxito” de las reformas estructurales implantadas por el Gobierno de Mariano Rajoy.
Por supuesto, cualquier cosa que Draghi comente, por el hecho de ser Draghi, tendrá tanto defensores como detractores (más… ruidosos estos últimos). Pero que la cabeza del Banco Central Europeo reconozca un hecho como positivo, posiciona en buen lugar ante inversores e instituciones a aquel que recibe la loa.
La visita de SuperMario vino precedida de una entrevista en el diario 'El País' en la que afirmó que ”la integración europea es la respuesta adecuada, pero se ha debilitado en los últimos tiempos, en parte por los populismos”.
El primer ejemplo, no cronológico, sino en magnitud, que se nos viene a la mente de una victoria de estos grupos está, sin duda, en el resultado del Brexit. Una campaña ajustada en la que diversas soflamas, que luego se reconoció que solo pretendían atemorizar, han dado la vuelta a la dinámica esperada de lo que sería
la evolución de la UE como organización supranacional.
Si nos centramos en la evolución de ese sentimiento entre los países más significativos, vemos que el declive del sentimiento positivo es muy significativo
Si el 23 de junio era la votación del Brexit, el 7 de aquel mes, nuestra venerada Pew Research ponía en circulación un estudio sobre el euroescepticismo que ampliaba con “… más allá del Brexit”. Es decir; ¿solo el Reino Unido tiene los sentimientos que tiene ante la UE? Veamos qué arrojó el estudio y si el Sr. Draghi, que se caracteriza por hablar con solidez, ha vuelto a resumir en pocas palabras una cuestión que ha hecho correr ríos de tinta.
El estudio arranca con un 51% de visión favorable de la UE frente a un 47% desfavorable. Para un ambicioso proyecto de unidad en el continente para favorecer su competitividad frente al entorno americano y asiático, no parece que despierte un entusiasmo enorme, no.
Pero si nos centramos en la evolución de ese sentimiento entre los países que podemos considerar más significativos (lo hemos reducido a Francia, Reino Unido, Alemania y España para simplificar las gráficas y porque se han realizado encuestas en los mismos años en todas ellas), vemos que el declive del sentimiento positivo es muy significativo.
La pregunta que se hacía al encuestado, pedía que dijera si tenía una visión muy favorable, algo favorable, algo desfavorable o muy desfavorable sobre la Unión Europea. En el gráfico, hemos agregado las dos opciones positivas y vemos como en 2016 solo Alemania llega al 50% de los encuestados que toman una de estas dos opciones.
Otro asunto destacable es el repunte general en el año 2014 y que prolongan en 2015 España y Francia. Pero ya que hablamos de Francia, es llamativo ver cómo en 2016 la respuesta positiva es aún más baja que la del propio Reino Unido. En general, hasta tal punto cae la opinión sobre la UE, que la media de los cuatro países no llega este año al 45%.
En esta evolución, España es el país que más cambia de opinión en el periodo estudiado, siendo el Reino Unido el más consecuente, manteniendo una media inferior del 48%.
Pues sí, Draghi ha mirado correctamente la situación y el uso del participio 'debilitado' es más que razonable. Y es que, ante este rechazo nominal, no sería de extrañar que los alemanes hasta se enfadaran al ver cómo solo son ellos los que, en cierta forma, mantienen el entusiasmo.
Abundando en el tema de España, vamos a ver cómo evoluciona ese amor-odio que tenemos por el marco común europeo desde 2010.
2010 parecía ser un romance. No enloquecido, ya que la visión muy favorable obtiene mejores resultados en los dos años siguientes, pero no se aprecia apenas rechazo. En 2011, ya se ve una visión contraria mayor, siendo la más negativa bastante más apreciable que en el año anterior.
Pero la pregunta es ¿cómo se ha inoculado ese cuestionamiento a la UE en España? El populismo no puede ser el responsable único. Primero, porque el 15-M nace en 2011 y la relevancia de Podemos no llega hasta las elecciones europeas de 2014 (si recuerdan, se presentaba Pablo Iglesias como cabeza de lista, aunque, luego, las otras puertas giratorias hicieron que abandonara su escaño para venir al Congreso de los Diputados).
2013 era el año en el que las reformas y los recortes estaban a pleno rendimiento y, entonces, el PSOE (aún liderado por Rubalcaba) llegó a superar al PP en intención de voto en encuestas como la de Metroscopia de septiembre, al tiempo que en la encuesta de la misma agencia de enero de 2014 un 78% de los encuestados rechazaba la gestión de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno.
Es decir; no hubo un mensaje explícito contrario a la Unión Europea, sino que las reformas y, en su versión más identificable, los recortes impuestos desde Bruselas generaron por arrastre ese rechazo que podemos ver arriba. Lo que sí es cierto es que el mismo argumento ha venido siendo recurrente desde entonces hasta hoy: el sometimiento a Bruselas, los designios de Merkel, las políticas de Fráncfor, etc.
Es más, si vuelven al primer gráfico, verán que el humor se recupera hasta 2016, dónde podemos entender que, en parte por la actividad explícita de ciertos partidos y en parte por ósmosis, vuelve a desplomarse la opinión. Pero, como una golondrina no hace verano, habrá que ver qué nos dice el estudio el año que viene ysi esto es tendencia o anécdota.

¿Cómo ven los europeos el futuro de la Unión?

¿Aspecto relevante y común? La opción más deseada es (y permitan el uso de la expresión) más autogobierno. Esta gráfica por sí misma explica el humor ante el Brexit de forma evidente. No queremos implicar con ello que toda esa voluntad de tener más control torne automáticamente en abandono de la Unión, ya que el resultado no fue tan apabullante, pero es evidente el hecho de que la situación que vivía el Reino Unido no era satisfactoria para sus ciudadanos.
Destacar aquí que Francia está insatisfecha al tiempo que divorciada: es el país que menos contento está con la situación actual (hasta UK puntúa más alto), y casi a partes iguales quieren más integración como lo rechazan.
Curioso ver cómo Alemania, el país que más influye en las políticas comunitarias, cree que se deben recuperar competencias de forma destacada sobre cualquier otra opción. Angela Merkel, que es uno de los más evidentes valores de la argumentación y del poder de la comunicación política, podría aprovechar esta circunstancia para asegurar la elección.
Por último, y para rematar, veamos respuestas en un espectro más amplio de países, porque hay resultados que harán que recordemos las palabras del Sr, Draghi.
¿Cómo ven los ciudadanos de cada país la gestión de la UE con respecto a ellos? Grecia, Francia, Italia, España o Reino Unido dan picos significativos, aunque solo haya más ciudadanos que den su aprobado frente al rechazo en Alemania y Polonia.
No vamos a flirtear con el populismo, con lo que no vamos a forzar una causa-efecto para asignarle un culpable, pero sí es cierto que Mario Draghi es sensible al distanciamiento de los ciudadanos europeos con respecto a la Unión, y cuando habla del populismo, no podemos eliminar la explicación simplemente porque no nos suene bien.
Es cierto que el último gráfico evidencia que no toda la responsabilidad es de la interpretación que ciertos intereses hacen del momento actual, y así lo manifestaba Draghi. En el gráfico, se ve un aviso de que la distancia con Bruselas es algo más que geográfica, pero también evidencia que el fuego necesita oxígeno para ser generado. Es posible que, por esto, el presidente del BCE matizara con 'en parte' una frase que, como hemos visto, está tan llena de sentido como de significado.

                               EQUIPO INTENCIÓN DE VOTO  Vía EL CONFIDENCIAL

EL GOBIERNO ABRAZA LA "FÓRMULA RUBALCABA"

Sáenz de Santamaría digirió en un par de horas 45 de las 46 peticiones de Puigdemont a Rajoy sin que la unidad de España se resintiera lo más mínimo.




Julio de 2013. Esteban González Pons, por aquel entonces vicesecretario de Estudios y Programas del Partido Popular, dijo que la aplicación de la conocida como “Declaración de Granada” -el penúltimo intento serio del PSOE de zanjar el debate federal con sus primos catalanes- habría supuesto la “supresión de la solidaridad interterritorial”. Hoy, tres años después de aquellas declaraciones de carril, desde Moncloa se prepara a la parroquia para que asuma sin mayores tiranteces un cambio de itinerario tan drástico como inevitable: “Con el PSOE de la ‘Declaración de Granada’ podemos entendernos”, le han soplado fuentes monclovitas a nuestros colegas del ABC. “Este texto -han añadido- sirve de puente para el diálogo, y nosotros podríamos suscribir sin problema más del 90 por ciento del fondo del documento”. O sea, que de aquel “España se rompe” hemos pasado, en el tránsito de la mayoría absoluta al cargante ejercicio de construir consensos, a buscar soluciones, por primera vez parece que en serio, a un problema, el problema, que hemos dejado crecer con inusitada torpeza, y a digerir a toda prisa otra evidencia: la necesidad de actualizar la Constitución del 78.

No va a ser fácil mantener la cabeza fría con quienes reclaman el cumplimiento de la ley mientras derrochan 18 millones en embajadas y 58 en crear una agencia tributaria propia
En aquella declaración granadina, que lleva por título “Un nuevo pacto territorial: la España de todos”, se plantea una reforma de la Carta Magna para, entre otros propósitos, “clarificar y delimitar definitivamente la distribución de las competencias, de las responsabilidades y de las obligaciones del Estado y de las CCAA. Para acabar con la confusión actual, que genera toda clase de conflictos”. Los socialistas no se atrevieron a ir más por lo derecho, aclarando que esa “distribución” no tenía por qué ser homogénea, ni a plantear abiertamente el fin del café para todos, aunque sí incluyeron en el texto, la necesidad de “incorporar los hechos diferenciales y las singularidades políticas, institucionales, territoriales y lingüísticas que son expresión de nuestra diversidad”.

Cartas marcadas

En Granada quedó pendiente lo que seguirá estando pendiente: el acuerdo sobre la consideración política y el rango democrático del llamado derecho a decidir. Pero una vez asumido por el Gobierno  como racional punto de partida aquel acuerdo sellado por los barones socialistas, la “fórmula Rubalcaba”, y solventado en poco más de una hora por parte de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría el supuesto conflicto irresoluble que planteaban las 46 peticiones que Carles Puigdemont trasladó a Mariano Rajoy en abril, la habilidad debiera consistir en volver a la casilla de salida, solo que esta vez no desde la debilidad de una mayoría absoluta aislante, por contradictorio que suene, sino a partir de la fortaleza a la que debiera conducir un amplio acuerdo de todos los partidos involucrados.
No va a ser fácil mantener la cabeza fría ni la racionalidad con quienes reclaman el cumplimiento de la ley cuando les conviene y, mientras, aprueban presupuestos electoralistas en los que destinan el 77 por ciento del aumento del gasto a políticas vinculadas al Estado del bienestar, derrochan 18 millones de euros en embajadas y 58 en crear una agencia tributaria propia. Entretanto, siguen adelgazando la sanidad pública al tiempo que engordan la deuda, la catalana, hasta el 370% del PIB. Deuda, por cierto, que en su mayoría está en manos del Tesoro Público, algo así como 60.000 millones, y cuyo impago, más allá del concepto -teórico, por supuesto- de la extorsión, no es hoy por hoy contemplable.
No es el momento de desestabilizar a los partidos (Pedro Sánchez) o de conspiracioncitas para desplazar a valiosos hallazgos políticos, como el de Inés Arrimadas
Ha llegado el momento de poner todas las cartas encima de la mesa. También las cartas marcadas por la sospecha de cualquier potencial chantaje. La necesidad de encontrar bases parlamentarias amplias que sustenten una reforma ambiciosa y perdurable de la Constitución, constituye la inesperada oportunidad que debe ser gestionada con inteligencia y sensatez por mujeres y hombres prudentes y generosos. En esta coyuntura no hay sitio para la mediocridad; ni para las ambiciones personales. Ni tampoco es el momento de desestabilizar a los partidos que han de jugar un papel central en esta etapa (estoy pensando en Pedro Sánchez); o de conspiracioncitas que en mitad de un indisimulado ataque de celos pretenden desplazar a valiosos hallazgos políticos, como Inés Arrimadas. Y mucho menos para perder el tiempo con las gesticulaciones de Pablo Iglesias, quien cada vez que se lo propone consigue el propósito de escandalizar a media España y, de paso, hacerse un hueco en la escaleta de los telediarios.
No es hora de chiquilladas. Más de la mitad de los catalanes no son partidarios de la independencia. Después de la cadena de torpezas políticas a la que hemos asistido, de los ingentes recursos públicos destinados a situar en la opinión pública falsedades extraordinariamente dañinas que nunca fueron contrarrestadas, ese porcentaje, cuando toca negociar, debe ser visto como el excepcional síntoma de resistencia de un proyecto que aún es para muchos común; y no como un fracaso irremediable, que es la percepción que algunos llevan tiempo queriendo imponer.

                                                                     AGUSTÍN VALLADOLID Vía VOZ PÓPULI


jueves, 1 de diciembre de 2016

LA VISIÓN QUE NOS ESTÁ DESTRUYENDO ( I )




Existe una visión sobre cómo debe ser la vida humana y la sociedad, que nos está destruyendo. La victoria en votos electorales, que no en votantes, de Trump, la frustración y amargura que provoca en sus detractores, la hace emerger con mayor nitidez, porque la tragedia le hace olvidar su camuflaje buenista. Es la crisis de una mirada supremacista. De la misma manera que existe tal cosa desde el punto racial, también se da en el ámbito de ideas. Es aquella que considera toda forma de pensar distinta a la suya como una minusvalía intelectual, incluso moral. Para ella, las personas que votaron a Trump son “basura blanca”, gente sin estudios del cinturón del orín, racistas del KKK, que cuando votaban a Obama o demócrata en general, eran otra cosa, “trabajadores”, o mejor aún, “clase trabajadora”. Es una visión complaciente sin el menor atisbo de crítica hacia sí misma. Ganan porque son mejores y es justo que así sea, y si pierden, carecen de responsabilidad en la derrota, es simplemente que los otros se han equivocado.
Según este punto de vista, resulta que las elecciones presidenciales las ganó la coalición WASP, hombres blancos, anglosajones y protestantes. Mientras que perdió la buena, la “coalición arcoíris”, la formada por las identidades políticas LGBTI, jóvenes, mujeres, latinos y negros. Como segmentación técnica del voto puede ser útil, como visión política de la sociedad, es frentista y mala, porque ignora el elevado número de mujeres y católicos que votaron a Trump, a pesar de su campaña misógina e inmisericorde, y que no resultó marginal el voto latino en muchos estados a pesar de sus amenazas de expulsión en masa.
Para esta visión pretendidamente progresista, las consecuencias de la crisis económica, el abandono por parte del partido demócrata de los intereses de los trabajadores de la industria, las profundas modificaciones en el modo de producción de Estados Unidos, nada tiene que ver con el comportamiento electoral. Se trata de unos paletos sin remedio, lo que demostraría que abundan en los Estados Unidos. Son las “viejas clases medias” “analógicas”, que solo saben mantener relaciones personalizadas locales, “comunitarias”, incapaces de competir en el mundo cosmopolita de la globalización, a diferencia de las nuevas clases “digitales” y “abiertas”, que por descontado votaron por Clinton. Y como sin sonrojo advertía todo un catedrático de sociología de la izquierda española, Enrique Gil Calvo (El País 26 noviembre 2016), esta divisoria no hay que leerla en términos de clase, al modo de Marx, sino en términos de estatus, al modo de Weber.  O sea, que no es una discusión sobre los garbanzos, ni la forma como se distribuye el pastel, como si la posición en la escala social no viniera determinada por la situación económica: un inmigrante árabe es sospechoso excepto cuando es un jeque, entonces pasa a ser un amigo de la familia.
  ¡Ay! el poder de la pasta, que la progresía solo reconoce con significación electoral, cuando los trabajadores les votan a ellos. Cuando no es así, los nobles obreros se convierten en “white trash”, carcomidos por el resentimiento hacia los latinos, los negros y, sobre todo, hacia las mujeres porque se han emancipado. De esta manera, introducen el pretendido “gran conflicto” de nuestra sociedad, el conflicto de género.  Es la respuesta vengativa, escribe nuestro catedrático de sociología Gil Calvo, del resentimiento masculino por el progreso de la mujer. La nueva misoginia generada por el supremacismo masculino. Y toda la cursiva es suya y describe la visión supremacista sobre los votantes de Trump -o sobre quien se tercie y donde se tercie- si no vota por los “suyos”. Quienes no votan en el sentido que ellos señalan son simplemente basura resentida. Es muy difícil hacer política democrática bajo esta forma de pensar.
Obsesionados por sus coaliciones arcoíris, la perspectiva de género para la que la nueva “lucha de clases” no es económica, sino cultural y de estatus, auspician en la práctica el crecimiento de la desigualdad. Sostiene la peregrina teoría de que los intereses de la mujer que limpia habitaciones a 3 euros en los hoteles de cinco estrellas de Barcelona, tiene los mismos intereses que la directora de relaciones del hotel, por ser ambas mujeres, y el enemigo a batir es el patriarcado machista representado por el maletero o el camarero del hotel. Que formidable coartada para no afrontar la desigualdad que ha introducido el Gender
Todo ese “rollo”, no solo ha hundido al liberalismo y a la social democracia que ha caído en su redil, en Europa y a los demócratas en Estados Unidos, sino que nos encamina a una sociedad en manos, de una élite oligárquica y cosmopolita como nunca lo ha estado, y precisamente donde se hace más evidente este cambio es en Estados Unidos. Y donde hay oligarquía, la democracia es un mito, al menos desde tiempos de Aristóteles.


                                                                                                               EDITORIAL de FORUM LIBERTAS

NO HAY VICTORIA ELECTORAL SIN VICTORIA IDEOLÓGICA


Después de la victoria de Donald Trump en las elecciones norteamericanas, la noticia más importante ocurrida a nivel global en las últimas semanas, al menos para quienes comparten los valores de la economía de mercado y la democracia representativa, es el gran triunfo de François Fillon en las primarias celebradas el pasado domingo en el país vecino para elegir al candidato de la derecha a las presidenciales de mayo de 2017. Ocupada en contarnos hasta el último detalle las guarachas habaneras del deceso del dictador cubano Castro, TVE ha pasado de puntillas sobre un hecho tan importante como el ocurrido en Francia, quizá porque de haber entrado a fondo en la materia se hubiera visto obligada, siquiera de soslayo, a poner en evidencia las miserias de esta derecha gallinácea y triste que soportamos los españoles, cuya inanidad política e ideológica queda al descubierto ante el brioso discurso exhibido por ese “liberal templado, conservador esclarecido” que ha demostrado ser el candidato de Los Republicanos a ocupar el Elíseo el año que viene.

Aclaremos primero que Fillon ha ganado una batalla pero no la guerra. Una batalla importante, contra dos pesos pesados de tanto fuste como Nicolás Sarkozy, derrotado en primera vuelta, y Alain Juppé, un político en plena madurez por quien apostaban las encuestas y las cancillerías de medio mundo. Para Fillon, la verdadera batalla empieza ahora, y no solo porque los antecedentes invitan a ser precavidos –véase lo ocurrido en su día con “La France qui souffre” de Sarkozy y sus brillantes discursos de cambio-, sino porque el de Le Mans es un producto atípico, una flor exótica en el paisaje de un país tan ferozmente estatista y tan contrario a cualquier tipo de reformas como Francia. Que la derecha de ese país haya sido capaz, en el momento de mayor auge de los populismos –de derechas y de izquierdas- en todo el mundo, de optar sin tapujos por una alternativa liberal en lo económico y conservadora en lo social es un acontecimiento de un enorme valor simbólico, capaz de convertirse en la gran esperanza de un centro derecha europeo mayoritariamente rendido a los encantos de la socialdemocracia.
Pero los 4 millones que han votado en las primarias de la derecha gala son muy poca cosa comparados con los 36 millones que, grosso modo, componen el censo electoral francés. No es al votante culto y urbano, muchos de ellos unos privilegiados del sistema, que el domingo pasado le dio su voto al que tendrá que convencer dentro de medio año, sino a esa masa de votantes formada, entre otros, por el parado de larga duración, el estudiante de barrio sin perspectiva de encontrar empleo y el padre de familia que malvive con su magro sueldo, protagonistas todos de la “Francia periférica” a la que el paro y la inmigración ha echado en brazos del FN de Le Pen. Unir a esas dos Francias en un mismo impulso transformador es el gran desafío al que se enfrenta el candidato de Los Republicanos, convencido por lo demás, de que en su camino tendrá que hacer oídos sordos a los “mandarines mediáticos” de la izquierda que le han llamado de todo, y a los “amigos” políticos de la derecha que le exigirán, por mor de la unidad, moderar un programa que, en su radicalidad, en su desprecio a ese centrismo personificado en Juppé, y en su capacidad para llamar a las cosas por su nombre, le ha llevado al éxito en volandas.
No se conoce una sola aportación teórica al pensamiento político de la vicepresidenta del Gobierno, Sáenz de Santamaría. La suya es apenas la ideología del Poder, de la ocupación del Poder
Un envite de primera magnitud que, de triunfar en mayo, podría hacer añicos algunas verdades tenidas por inmutables en el acervo político de una Europa donde los roles electorales de “ricos” y “pobres” parecen marcados a fuego, una Europa donde las reformas liberales son vistas por la gente del común como un castigo añadido a sus penurias diarias por parte de los amos del sistema. El voto a Fillon en primarias parece indicar que algo está cambiando en la mentalidad del europeo medio, en línea con lo que viene sucediendo en las últimas presidenciales de los Estados Unidos. Lo puso negro sobre blanco el escritor y periodista Thomas Frank en su “What's the Matter with Kansas? How Conservatives Won the Heart of America”, tratando de responder al fenómeno de por qué tantos trabajadores blue-collar depositan su voto en las urnas desde la convicción profunda en una serie de valores tales como la libertad de poseer armas de fuego, el aborto o el matrimonio homosexual, más que en cuestiones salariales o de política económica, una contradicción que no ha sabido resolver la candidata Hillary Clinton.

Reconciliar progreso y tradición

Esa es la síntesis que, en el terreno de las ideas, persigue François Fillon: la de conjugar liberalismo económico y conservadurismo social, reconciliar progreso y tradición, unir a la derecha política con el voto de unas clases populares a las que tendrá que convencer para que abandonen al FN y se unan a su proyecto restaurador de la “grandeur” de Francia, enlazando con el impulso que un día elevó a los altares a un general De Gaulle o al mismísimo Georges Pompidou. En el último debate de primarias celebrado el jueves 24, Fillon pronunció una frase que es una enmienda a la totalidad de un Partido Popular (PP) cuya inanidad ideológica alcanza proporciones asombrosas: “No hay victoria electoral sin victoria ideológica”. Es la primera razón por la que es imposible imaginar un Fillon español saliendo de las filas de un partido en el que resulta misión imposible encontrar una sola idea capaz de configurar siquiera el embrión de un programa ideológico.
No se conoce una sola aportación teórica al pensamiento político de la vicepresidenta del Gobierno, Sáenz de Santamaría. La suya es apenas la ideología del Poder, de la ocupación del Poder, la misma que comparte con su jefe, Mariano Rajoy, un conservador de Casino de provincias anclado en el siglo XIX y en esa frase, que tantos consideran mero brindis al sol, según la cual “Cataluña no será independiente mientras yo sea presidente”. Por no tener no tiene ya ni relación con FAES, el tradicional think tank proveedor de ideas de la derecha española. Auténtico yermo en el terreno del pensamiento, esta derecha no sabe qué hacer con Cataluña. Tras años de inmovilismo, el gran jefe ha decidido por fin enviar a Barcelona a su vicepresidenta como antaño Austrias y Borbones enviaban sus galeones a las Indias dispuestos a afrontar las tormentas, para que negocie en secreto con los sátrapas del independentismo, a ver si, abriendo el cofre y regalando collares a los indios de la plaza Sant Jaume, consigue andando el tiempo volver a Madrid con algún tipo de apaño que le permita salvar la cara.     
La determinación de evitar a toda costa la celebración de primarias configura la esencia de un partido reñido con la democracia interna o simplemente con la democracia. Porque él no se quiere ir. Nada de apearse del poder o correr el riesgo, en primarias libres, de que se lo arrebate un Fillon cualquiera. La gran operación montada durante la pasada legislatura para destruir al PSOE con el martillo pilón de las televisiones podemitas es indicio revelador de esa determinación, esa voluntad de reinar por siempre, aunque sea sobre un solar en ruinas. Ello arrumbando cualquier planteamiento liberal en la conducción de la política económica, sacrificado todo a esa pulsión socialdemócrata que asegura gasto público para dar y tomar y el que venga atrás que arree. Après moi le déluge. Es el drama de un partido al que votan 8 millones de españoles no porque les encante Mariano o los postulados ideológicos del partido, sino porque les espanta la posibilidad de que la izquierda radical pueda hacerse con el poder reduciendo a cenizas su relativo bienestar. El PP como valor refugio. Tal es la dimensión del drama español.

                                                                               JESÚS CACHO  Vía VOZ PÓPULI