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lunes, 2 de octubre de 2017

EL DÍA QUE NUNCA DEBIÓ LLEGAR

El Gobierno logró bloquear el referéndum, pues lo que hubo fue una pantomina, pero millones de españoles se acostaron ayer abatidos tras ver a Puigdemont, Junqueras y Colau votando impunemente


El Centro Cívico de la Sedeta, en Barcelona, empieza el recuento de papeletas a la finalización de la jornada de referéndum del 1 de octubre convocado por el Govern y suspendido por el Tribunal Constitucional


La jornada de ayer, deplorable y amarga para España, fue la cristalización simbólica de varios fallos primigenios de nuestra democracia. El primero, la cesión a las comunidades de las competencias de Educación. El segundo, confiar en Jordi Pujol, que incluso recibía galardones por todo el país por su «seny» y contribución a la armonía nacional. Pujol gobernó Cataluña de 1980 a 2003. El cainismo enfermizo entre PP y PSOE, uno de nuestros males, llevó a Gonzálezprimero y a Aznar después a pasar por la taquilla pujolista. Nacionalista fervoroso y político taimado, con esas concesiones Pujol fue tejiendo un Estado catalán en la sombra, a la espera de un momento de debilidad de España para soltar amarras (amén de lucrarse con el dinero público de los catalanes).
El malestar por la crisis de 2008 fue abono de populismos, del Brexit a Podemos. En Cataluña se convirtió en la munición perfecta para activar el sueño separatista. Una opción que era residual cobró súbitamente todo el foco tras una formidable operación de ingeniería social, con olas de propaganda de escuela goebbeliana. En una lacerante paradoja, la campaña fue costeada por las arcas del propio Estado al que se pretendía destruir. Frente a tal acometida, el Gobierno de Rajoy descuidó la comunicación, la defensa emocional de España, la lucha por los corazones y el orgullo de país. Su aproximación funcionarial al problema ha resultado insuficiente.
Lo de ayer no fue un referéndum. Todo se quedó en una gran pantomima, una suerte de enésima Diada, gigantesca y con las urnas chinas de plástico como coartada. El Gobierno desarticuló la logística del Govern sedicioso. No hubo censo, ni junta electoral, ni siquiera papeletas regladas. Cada ciudadano podía votar dos veces, o incluso más, como probó ABC. Las reglas básicas de la democracia no existieron. La Generalitat separatista, marrullera siempre, incluso cambió las reglas de juego en la propia jornada. Al final podía votar quien quisiese, en la práctica sin necesidad de acreditación alguna. Fue la «performance» de una consulta. Pero ha dado la vuelta al mundo.
Hubo también otra Cataluña. Las imágenes de gresca opacan la foto completa. Testigos que recorrieron ayer Barcelona cuentan que fuera de puntos concretos imperaba una curiosa calma de domingo. Los incidentes y la tensión son innegables, pero es un error ignorar que existió otra Cataluña, ajena al desparrame emocional separatista.
Hay imágenes que nunca se debieron permitir. Finalmente, Puigdemont, Junqueras, Colau y Mas acabaron depositantdo su voto en urnas con sello de la Generalitat. El peso simbólico de esa imagen hace mucho daño a España. El Gobierno enfatizó una y otra vez que no se votaría. Pues bien: los cabecillas del golpe de Estado sí lo hicieron y a estas horas nada les ha ocurrido. ¿Sale gratis delinquir según quién seas y el cargo que ocupes? La irritación de millones de españoles, saturados del culebrón separatista, es enorme: golpistas que quedan impunes, un mal mensaje.
El Gobierno, tarde y mal. Nunca se debieron haber tolerado las sesiones en el Parlament de los pasados 6 y 7 de septiembre. Los sediciosos no ocultaron sus planes: de manera previa anunciaron que aprobarían dos leyes golpistas, destinadas a dinamitar España y el propio Estatuto de Cataluña. Pero se dejó hacer en nombre de un equivocado principio de prudencia y proporcionalidad.
«Si toleras el desorden para evitar la guerra, tendrás primero desorden y después guerra», advirtió el lúcido Maquiavelo. Churchill parafraseó la cita espetándosela a Chamberlain en los días de Hitler: «Se te ofreció elegir entre la deshonra y la guerra, elegiste la deshonra y también tendrás la guerra». Qué preclaras suenan esas frases hoy en Cataluña. La gestión de esta crisis tendrá secuelas políticas. La vicepresidenta ha defraudado las altas expectativas depositadas en ella, tanto dialéctica como tácticamente. El discurso de anoche de Rajoy, dándose por ganador de la jornada, sonó -ay- poco creíble. Es cierto que ha evitado la consulta, pero no que haya ocurrido algo gravísimo. Una vez más su alocución fue la de un gestor, no la de un alto estadista. Seamos sinceros: las fuerzas del Estado ni siquiera encontraron las urnas que luego desplegaron los sediciosos.
Los Mossos han dejado de ser un cuerpo fiable. Los mossos son una fuerza del Estado con competencias en Cataluña. Ayer se pusieron de perfil, su actuación fue displicente y a veces abiertamente burlona. Una traición que estaba cantada. El Gobierno de Rajoy, repleto de abogados del Estado y altos funcionarios, quisó creer hasta el final que se medía con personas homologables a ellos, respetuosas a la postre de la legalidad. No era así. El filibusterismo de mossos y Govern los ha desbordado. Es insólito que a estas horas el Estado no se haya puesto todavía al frente de los Mossos destituyendo sus mandos. Siete jueces investigan ya la lamentable inhibición de la policía catalana. En las calles españolas resuena una pregunta: ¿Qué más tiene que ocurrir en Cataluña para que se aplique el artículo 155 de la Constitución, diseñado exactamente para situaciones como esta?
PSOE, primero su ombligo y luego España. Ayer tiró la «E» de «Español» por la borda. Pésima noticia para el país. El líder de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, pidió de mañana que la Policía y la Guardia Civil se retirasen y dejasen el paso expedito a los lugares de voto. La equidistancia de Sánchez entre Rajoy y Puigdemont en una jornada de rebelión contra nuestra democracia y sus críticas a las cargas policiales son una desealtad doliente, imperdonable. El PSOE se ha convertido en un talón de Aquiles de España. El pésimo liderazgo de Sánchez ha dejado campo abierto a la crecida del comunismo podemita y además no está en su sitio a la hora de defender la unidad nacional. Pura felonía.
Derrota en la prensa internacional. Es asombroso, y habla muy mal de nuestra diplomacia, que la mirada de los separatistas se haya impuesto en los principales medios de comunicación foráneos. El Gobierno, una vez más, no ha trabajado el frente mediático, en el que los separatistas se aplican con denuedo. La jornada volvió a hacer patente además el anómalo sector televisivo que sufrimos. La Sexta hizo una cobertura que presentaba la intervención del Estado para salvar nuestra democracia como una agresión intolerable a Cataluña. Roures, uno de los fundadores de la cadena y actual accionista, prestó sus instalaciones para el centro de prensa de la consulta ilegal, con el logo de su firma Mediapro destacado a la espalda del golpista Turull. Enfrente, TVE ofrecía un programa en directo flojo, con analistas de poco peso y un presentador de segunda línea. La comunicación mueve el mundo y hoy España no está bien defendida en ese frente.
¿Y ahora qué? Los sediciosos, crecidos, podrían proclamar unilateralmente la independencia en días sucesivos. Supodría, por fin, la aplicación inmediata del Artículo 155 y la toma de acciones legales contra los dirigentes del Govern insurrecto, que a día de hoy se mofan de nuestra justicia. Una crisis como la que vive España requeriría un Gobierno de coalición de los tres partidos constitucionalistas, PP, PSOE y Ciudadanos, que deberían unirse ante una emergencia nacional. Imposible con el actual líder del PSOE, un ególatra que detesta a Rajoy porque lo vapuleó dos veces en las urnas y fantasea con que su equidistancia le dará votos.
España se enfrenta a este envite, el mayor desde el golpe del 23-F de 1981 con un Gobierno en minoría y con los presupuestos del Reino en manos de otro partido nacionalista que exige cobrarse un precio, el PNV. Unas elecciones anticipadas darían a los españoles la posibilidad de dotarse con el Gobierno fuerte que requiere esta insólita, execrable y dañina situación, que pronto pasará factura a la economía española. España, el país grande del mundo desarrollado que más crece a día de hoy, corre desesperado tras un grupo de secidiosos que ni siquiera son mayoritarios en su región.

                                                                                                              LUIS VENTOSO   Vía ABC





domingo, 1 de octubre de 2017

EL REFERÉNDUM DEL ODIO

/ULISES

En este domingo roto del 1 de octubre, aniversario de una derrota colectiva que se ensalzó como día de la victoria y de una presumida victoria que se consumará en inevitable derrota, independientemente de lo que acaezca, España asiste dolorida a otromomentum catastrophicum. Éste es justamente el expresivo título de la novela que Baroja publicó hace casi 100 años y con los mismos protagonistas antaño que ahora. Todos ellos mancomunados en su afán por destruir España. "Gentes mezquinas que necesitan que España se disgregue" y que, en su afán por desbaratarla, no dudan en "excitar el odio interregional y fomentar el cabilismo español".
En aquel alegato contra el nacionalismo, don Pío repara en su sello distintivo -"la vanidad, la antipatía y el interés"- y en su contribución para que se perpetúe la incapacidad de los españoles para soportarse los unos a los otros y para conservar una concordia que cuesta Dios y ayuda conseguir, como en el año de gracia de 1978 en el que se obró una milagrosa Constitución de Consenso.
Aquel esfuerzo conciliador e integrador para encerrar a los demonios familiares amenaza con romperse al contener en su interior la semilla de la discordia de unos nacionalismos tan desleales como bulímicos en su ambición. Tamaño dislate supondría destapar la caja de Pandora y esparcir males de toda laya que no conocen de confines, como ya demostró al teñir de sangre la Europa del siglo XX y ensombrece la del XXI.
Atendiendo a la madre Historia, habría que adoptar la prevención y cautela hecha costumbre de nuestro señor Don Quijote que, viendo el burro venir, ya se apercibía de las patadas que pudiera propinarle. Desgraciadamente, pese a los avisos, ha sobrevenido la hora crítica en la que el Gobierno de la Nación se enfrenta no sólo al desafío independentista, sino también a quienes quieren aprovecharlo desde la izquierda podemita para organizar la voladura de la España constitucional.
Pablo Iglesias marcha por la senda de las tesis de Lenin, quien se valió de la reclamación del derecho de autodeterminación para socavar al Imperio zarista. Apenas aprehendido el poder, Lenin impugnó la autodeterminación de las repúblicas y las recondujo por la fuerza. Todo les vale a nacionalismos y populismos de izquierda con tal de derruir la nación española.
Por eso, Rajoy debe enfrentar con todas las de la ley una jornada como la de hoy y no remitirse, como el 9-N de 2014, al argumento de que se trata de un referéndum aparencial, que lo es, pero, como alecciona Baltasar Gracián, "las cosas no pasan por lo que son, sino por lo que parecen". Así, el general Queipo de Llano se adueñó de Sevilla con dos escuadras de moros de los Tercios de Regulares e hizo prosperar su alzamiento en un bastión de la izquierda. Sin llegar al centenar de mílites, fingió comandar el Ejército de África al montar sus huestes en cinco camiones y darles vueltas en carrusel amplificando su efecto visual con sus bravatas radiofónicas, como los independentistas, mientras la mayoría silenciosa se desentiende. Afortunadamente, ésta dio ayer signos de reacción echándose a la calle en algunas ciudades de Cataluña. Principalmente, Barcelona.
Esa técnica del golpe de Estado ya se ensayó el 9-N. Si otrora se hizo desfilar ante urnas de cartón y se fotografió al millón largo de secesionistas que, incomparecente el Estado, presentó como deseo generalizado el anhelo de una minoría cuando más de cuatro millones no estaban por la labor, hoy lo procurará igualmente. Esta segunda función teatral se desarrollará con urnas opacas made in China que, muy probablemente, lleguen embarazadas de votos antes de la apertura de los mercadillos de votación ilegales.
Ante el golpe de Estado separatista, irrita la carencia de una política anticipatoria. Tiene más razón que el santo que no es Felipe González, aunque en su propio partido se la nieguen, cuando avisa de que el artículo 155 de la Constitución debía haberse aplicado hace tiempo. Más vale una vez colorado que ciento amarillo. Quizá habríase evitado que la bola de nieve, lejos de derretirse, ruede como ahora con serio riesgo de aplastar a todo quisque que pille en su acelerado deslizamiento. Lejos de apaciguar al independentismo, lo ha envalentonado.
Si Rajoy repite hoy el error del 9-N, recalcitrante en su parsimonia, hará que muchos españoles -votantes y militantes del PP, entre ellos- se interpelen si el error no es el propio Rajoy. Ello les impulsará a proclamar como antaño Ortega en su alegato contra la designación del general Berenguer, jefe del Cuarto Militar de Alfonso XIII, como sucesor de Primo de Rivera: "¡Españoles, vuestro Estado no existe! Reconstruidlo".
Es quimérico un Estado sin nación como se perfila España, pues la idea (la nación) es lo que sustenta al Estado como sintetiza Robert Musil en El hombre sin atributos. Su protagonista es un personaje sin voluntad en el que algunos ven retratado a Rajoy. No es el momento de preferir la precisión del reloj parado -al menos dos veces, da la hora exacta- a tomarle la hora a un país en crisis, no ya económica, por fortuna, sino de desmembración por parte de quienes sacan las hijuelas a la nación más antigua de Europa.
Rajoy no puede afrontar esta encrucijada con la flema del registrador que autoriza rutinariamente la inscripción de una finca segregada. Antes bien, debe asumir su alta magistratura, en vez de sucumbir a ella. Ya dijo el clásico que "las diminutas cadenas de los hábitos son generalmente demasiado pequeñas para sentirlas hasta que llegan a ser demasiado fuertes para romperlas".
Entre el esperar y ver del PP y una desbarajustada reforma constitucional del PSOE para contentar a nadie, repitiendo el vano denuedo del 78 en lo tocante al anclaje nacionalista, toca reedificar la nación antes de que desaparezca porque, como resolvió Azaña, tras tenérselas tiesas con Ortega sobre el Estatuto de 1932, el manantial de perturbaciones catalán es "la manifestación aguda, más dolorosa, de una enfermedad crónica del pueblo español".
Pero qué decir en contra de ello si la universal Iglesia Católica ha devenido estas fechas en una especie de Confederación de Iglesias Autónomas de los Pueblos del Estado, cuyo designio y rumbo marcan en la práctica obispos que, de forma discreta o subidos al púlpito, son confesos independentistas. Entre tanto, la mayoría del Obispado opta por silencio de corderos, siendo sus pastores, para no exteriorizar su desencuentro en lo que hace a la unidad de la católica España.
Ha nacido un nacionalcatolicismo de nuevo cuño para reemplazar al que cobijaba bajo palio al Caudillo, superado merced a la tarea ímproba del cardenal Tarancón, siguiendo la estela del concilio Vaticano II, en pro de la reconciliación nacional. Da grima que lo que no logró el nacionalismo vasco en los años de plomo de ETA -no desfigurar el mensaje de la Conferencia Episcopal- pueda torcerlo el independentismo catalán echado al monte.
Al margen de cómo se resuelva la asonada independentista, haciendo gala de una manipulación que deja en pañales las postverdades del Brexit, y de las que se jactaron sus rufianes nada más consumar la fechoría, va a ser muy escabroso restañar las heridas infligidas a la convivencia, por más que el odio se coloque una careta sonriente y se exprese en tono amistoso, cuando su corazón rebosa hiel. Así, se pasa del franquista "Rusia es culpable" de Serrano Súñer al "España nos roba" del nacionalismo.
Escuchar al abacial Junqueras, como el que repasa las cuentas del rosario, que no están haciendo nada malo y exaltar con sensiblería hipócrita su amor a España como el que va con flores a María, mientras exhibe las urnas opacas del referéndum ilegal, no deja de mover al pasmo. No cabe duda de que, gimoteando, han sabido «hacer la fortuna a pucheritos», como llegó a decir un ilustre catalán con cargo de Gobierno de sus "buenos paisanos del hilado y el tejido", harto de que siempre se sintieran desatendidos, pese a los privilegios percibidos.
Ante la pasividad de los Gobiernos de la Nación, el nacionalismo moviliza a una minoría muy activa. A estos hijos de la ira les han inculcado una inquina a España que se alimenta de mentiras flagrantes. No en vano el nacionalismo prima el odio a lo demás, en contraste con el verdadero patriotismo. Por eso, desterrar esa malquerencia va a resultar una tarea hercúlea. Basta observar a escolares como mástiles humanos de las esteladas y escuchándoles salmodiar las consignas que le insuflan sus profesores de Formación del Espíritu Nacional (FEN), remedos de aquellos otros adoctrinadores del falangismo franquista, que los arrastran a sentadas ante los cuarteles de la Guardia Civil.
Lástima que el ministro de Educación se limite a cubrir el expediente alzando la voz, como si fuera un mero ciudadano del común, y no ponga remedio a este adoctrinamiento fascista. Llegado a ese punto de abyección, es imposible no rememorar con horror la ceremonia orwelliana de los Dos Minutos del Odio, mientras se proyectaba la imagen de rasgos simiescos de Emmanuel Goldstein, enemigo por antonomasia del Gran Hermano y cuya mera existencia legitimaba el intrusivo poder paternal de quien esclavizaba a los habitantes de Eurasia.
Ello anticipa el totalitarismo sonriente que se quiere implantar en Cataluña en sintonía con la distopía orwelliana de 1984. Hay que odiar a los que no son independentistas y hacer que se sientan extranjeros en su propio país, hasta hacerlos que sientan vergüenza, a modo de chivos expiatorios sobre los que descargar culpas propias. Es lo que ocurre cuando se dice adiós a la libertad de espíritu, cubriéndose las orejas con la barretina de la estrechez de miras y el odio ciego. Momentum catastrophicum el de este referéndum del odio bajo la careta de sonrisas que hielan.

                                                                      FRANCISCO ROSELL Vía EL MUNDO

MACRON TIENE LA LLAVE DE CATALUÑA

Cataluña es un asunto europeo de primer orden y que amenaza su supervivencia, dejémonos ya de historias hueras


 
El presidente francés, Emmanuel Macron.


El esperpento secesionista, por insólito en el territorio civilizado de la Unión Europea, ya llama la atención de los principales líderes de la cosa. ¡Demasiado tarde! Solo el presidente francés Emmanuel Macron, convenientemente alertado por el expremier Manuel Valls, se ha dado cuenta del peligro inminente que el independentismo catalán supone para el conjunto de Europa.
Uno de los reproches claros que se le puede hacer a Mariano Rajoy es, sin duda, no haber acudido solícito a Bruselas para reclamar ayuda directa para parar los pies a los rupturistas. Porque si el eje franco/alemán, con Merkel y Macron cogidos de la mano, se citan en Barcelona, se ponen serios y hacen una declaración ex profeso de apoyo a un Estado miembro –que es la cuarta potencia de la UE– la cosa hubiera transcurrido por distintos cauces, porque muchos catalanes creen que van a estar en las instituciones europeas.
Si Cataluña estalla, estalla España y, por ende, Europa. Cataluña no es un “asunto interno”
Y no porque profesen un amor indescriptible a España, no. Porque se están jugando a su vez su propio destino. Si Cataluña estalla, estalla España y, por ende, Europa. Cataluña no es un “asunto interno” atendiendo a la caduca y superada “doctrina Estrada”. Cataluña es un asunto europeo de primer orden y que amenaza su supervivencia, dejémonos ya de historias hueras.
Por eso, el presidente galo propone acelerar a toda prisa la construcción del continente y oferta cosas hasta hace poco inentendibles dentro del clásico chauvinismo francés porque, justamente, también está en juego la propia supervivencia de Francia. Lo ha dicho claramente: "El nacionalismo ha alumbrado la hoguera donde puede perecer Europa…”.
La otra pata sería Angela Merkel. Ahora falta saber si la señora que vino del estalinismo tiene talla de estadista.

                                             GRACIANO PALOMO  Vía EL CONFIDENCIAL



CÓDIGO PENAL

/Javi Martínez

Artículo 472 - Son reos del delito de rebelión los que se alzaren violenta y 
públicamente para cualquiera de los fines siguientes: 1. Derogar, suspender o modificar total o parcialmente la Constitución. 5. Declarar la independencia de una parte del territorio nacional. 7. Sustraer cualquier clase de fuerza armada a la obediencia del Gobierno.


Artículo 473 - 1. Los que, induciendo a los rebeldes, hayan promovido o sostengan la rebelión, y los jefes principales de ésta serán castigados con la pena de prisión de quince a veinticinco años e inhabilitación absoluta por el mismo tiempo; los que ejerzan un mando subalterno, con la de prisión de diez a quince años e inhabilitación absoluta de diez a quince años, y los meros participantes, con la de prisión de cinco a diez años e inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de seis a diez años. 2. Si se han esgrimido armas, o si ha habido combate entre la fuerza de su mando y los sectores leales a la autoridad legítima, o la rebelión hubiese causado estragos en propiedades de titularidad pública o privada, cortado las comunicaciones telegráficas, telefónicas, por ondas, ferroviarias o de otra clase, ejercido violencias graves contra las personas, exigido contribuciones o distraído los caudales públicos de su legítima inversión, las penas de prisión serán, respectivamente, de veinticinco a treinta años para los primeros, de quince a veinticinco años para los segundos y de diez a quince años para los últimos.
Artículo 544 - Son reos de sedición los que, sin estar comprendidos en el delito de rebelión, se alcen pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las Leyes o a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público, el legítimo ejercicio de sus funciones o el
cumplimiento de sus acuerdos, o de las resoluciones administrativas o judiciales.
Artículo 545 - 1. Los que hubieren inducido, sostenido o dirigido la sedición o aparecieren en ella como sus principales autores, serán castigados con la pena de prisión de ocho a diez años, y con la de diez a quince años, si fueran personas constituidas en autoridad. En ambos casos se impondrá, además, la inhabilitación absoluta por el mismo tiempo. 2. Fuera de estos casos, se impondrá la pena de cuatro a ocho años de prisión, y la de inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de cuatro a ocho años.

                                                     FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ  Vía EL MUNDO

LA HORA CERO

La independencia catalana sería trágica para España y para Cataluña, que habría caído en manos de unos demagogos que la conducirían a su ruina

 

 /Fernando Vicente


¿Habrá hoy referéndum en Cataluña? Espero ardientemente que, en un acto de sensatez, la Generalitat lo haya desconvocado, pero, de otro lado, sé de sobra los altos niveles de testarudez e irrealidad que conlleva todo nacionalismo, de manera que no es imposible que, pese a todo —y este “todo” es muchísimo—, los dirigentes del Govern catalán se empeñen en incitar a sus partidarios a desobedecer la ley y votar. Si ocurre así, el llamado referéndum será una caricatura de consulta, írrita a la legalidad, sin censo de votantes, ni urnas autorizadas, ni compromisarios, ni padrones electorales, con un porcentaje mínimo de participantes y sólo independentistas, es decir, el monólogo patético de una minoría ciega y sorda a la racionalidad, pues, según las encuestas, por lo menos dos tercios de los catalanes admiten que el referéndum carece de validez legal. Sólo servirá para alimentar el victimismo, ingrediente esencial de toda ideología nacionalista, y acusar al Gobierno español de haber violentado la democracia impidiendo al pueblo catalán ejercer su derecho a decidir su destino mediante la más pacífica y civilizada manera democrática, que es votar.
Escribo este artículo muy lejos de España, en sus antípodas, y desconozco los últimos episodios de este problema que ha tenido en vilo a todo el país en las últimas semanas. Pero tal vez la distancia sea buena para preguntarse con serenidad qué ha llevado a Cataluña, una de las regiones más cultas y cosmopolitas de España, a que prenda en su seno, de manera tan extendida, esa anticuada, provinciana y aberrante ideología que es el nacionalismo. ¿Cómo es posible que millares de jóvenes universitarios y escolares de una sociedad moderna, que forma parte del más generoso e idealista proyecto democrático de nuestro tiempo, la construcción de Europa, concebida precisamente como una ciudadela contra los nacionalismos que han bañado de sangre y de cadáveres la historia, tengan ahora como ilusión política querer encastillarse en una sociedad cerrada y obsoleta, que retrocedería y empobrecería brutalmente a Cataluña, pues saldría del euro y de la Unión Europea y tendría un largo y difícil trámite para retornar a ellos?
La respuesta no puede ser la que esgrimen los nacionalistas, que ello se debe a que “España roba a Cataluña”, pues, precisamente, desde la caída de la dictadura de Franco y la transición hacia la democracia esta región ha obtenido progresivamente la mayor atribución de competencias económicas, culturales y políticas de toda su historia. Podría no ser suficiente, desde luego, y quizás haya habido de parte de los gobiernos centrales negligencia en atender los reclamos de Cataluña; pero esto, que tiene una salida perfectamente negociada dentro de la legalidad, no puede justificar la pretensión de cortar de manera unilateral quinientos años de historia común y romper con el resto de una comunidad que está presente e imbricada de mil maneras en la sociedad y la historia catalanas.
La tradición cultural de Cataluña está reñida con el provincianismo racista del nacionalismo
Nada puede estar más reñido con el provincianismo racista y anacrónico del nacionalismo que la gran tradición cultural bilingüe de Cataluña, con sus artistas, músicos, arquitectos, poetas, novelistas, cantantes, que estuvieron casi siempre a la vanguardia, experimentando nuevas formas y técnicas, abriéndose al resto del mundo, asimilando lo nuevo con fruición y propagándolo por el resto de España. ¿Cómo encajan un Gaudí, un Dalí o un Tàpies con un Puigdemont y un Junqueras? ¿Y un Pla o Foix o Marsé o Serrat o Cercas con Carme Forcadell o Ada Colau? Hay un abismo tal entre lo que unos y otros representan que cuesta imaginar alguna línea de continuidad cultural o ideológica que los una.
La explicación está seguramente en una labor de adoctrinamiento sistemático, que comenzando en las escuelas y proyectándose a todo el conjunto de Cataluña a través de los grandes medios de comunicación, orquestado y financiado desde el Govern catalán desde los años de Jordi Pujol y sus seguidores, fue calando en las nuevas generaciones hasta impregnarlas con la ficción perniciosa que significa todo nacionalismo. Un adoctrinamiento que no fue casi contrarrestado por la incuria o la ingenua creencia de parte del Gobierno y la élite política e intelectual del resto de España de que aquella fabricación mentirosa no prendería, que la sociedad catalana sabría resistirla, que el problema se iría resolviendo solo. No ha sido así y esa incuria irresponsable está hoy detrás de un monstruo que ha crecido y llevado a buena parte de Cataluña a una deriva secesionista que, aunque cuando no triunfe —y yo creo firmemente que no triunfará—, puede precipitar a España en una crisis traumática, que, entre otras consecuencias nefastas, podría paralizar el proceso de recuperación económica que tantos sacrificios ha costado ya a los españoles.
Ha habido una larga labor de adoctrinamiento orquestado y financiado desde el Govern desde los años de Jordi Pujol
Un sector minoritario de la extrema izquierda ha hecho causa común con el independentismo catalán y otro, más numerosos y más sensato, exige diálogo. No hay duda de que esto último parece indispensable. El problema, sin embargo, es que para que un diálogo sea posible y fructífero, tiene que haber algún denominador común entre los dialogantes. Lo hubo en el pasado y fue lamentable que, entonces, las negociaciones no tuvieran lugar. Pero, ahora, aunque no imposible, es mucho más difícil dialogar con quienes no aceptan otra opción que “la secesión sí o sí” y tienen en su intransigencia el respaldo de un sector considerable de la población catalana.
Hay que tender puentes primero, reconstruir los que se han roto. Y ésta es una labor esencialmente cultural. Convencer a los menos fanatizados y recalcitrantes que el nacionalismo —todo nacionalismo— siempre fue una epidemia catastrófica para los pueblos que sólo produjo violencia, incomunicación, exclusión y racismo, y que, sobre todo en esta época de globalización universal que está deshaciendo poco a poco las fronteras, es suicida querer resistirse a este proceso enormemente beneficioso para toda la humanidad. Y explicar que España necesita a Cataluña tanto como Cataluña necesita a España para integrarse mejor en la gran aventura de Europa y perseverar —perfeccionándola sin tregua— en esta democracia que ha traído a este país unas condiciones de vida que son las más libres y prósperas de toda su historia. La independencia de Cataluña sería trágica para España y sobre todo para Cataluña, que habría caído en manos de una ideología retrógrada y bárbara y de unos demagogos que la conducirían a su ruina. Todo lo que hay de justo en las demandas soberanistas se puede alcanzar dentro de la unidad, mediante negociaciones, sin fracturar la legalidad que en este último medio siglo ha ido haciendo de España un país libre y democrático. No olvidemos que, durante la Transición, el mundo entero miraba a España como un ejemplo a seguir, por haber transitado tan pronto y de manera tan cauta y pacífica hacia la democracia, con la actitud tolerante y solidaria de todos los partidos políticos y el beneplácito de la inmensa mayoría de la nación. No es tarde para retomar aquel punto de partida solidario del que se derivaron tantos bienes para el conjunto de los españoles, empezando por el más importante, que es la libertad. Por todos los medios racionales posibles, hay que persuadir a los catalanes de que el nacionalismo es uno de los peores enemigos que tiene la libertad y que este período aciago debe quedar atrás, como una pesadilla que se desvanece al despertar.

                                                                  MARIO VARGAS LLOSA  Vía EL PAÍS