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sábado, 4 de abril de 2020

El interés general y el papel del Estado

Preservar la salud de los ciudadanos con todos los medios disponibles, públicos y privados, es una prioridad absoluta; y también defender nuestro aparato productivo sin escatimar esfuerzos

El interés general y el papel del Estado 

DIEGO MIR

 

En situaciones como las actuales, de extrema excepcionalidad, es importante reflexionar sobre dos elementos esenciales de la democracia: la defensa del interés general y la dimensión política que existe en toda crisis. El primer punto atañe muy principalmente al Gobierno central, que tiene que actuar siempre, y muy precisamente, en defensa de ese interés general. Esta obligación-responsabilidad es, evidentemente, mucho más relevante en un momento como el que vivimos, con la pandemia de la Covid-19. Para ello, la propia Constitución, en lo que se conoce como Constitución Económica, es decir, el Título VII, dispone en su artículo 128, primer apartado, que “la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”. Y en el segundo, que “se reconoce la iniciativa pública en la actividad económica. Mediante ley se podrá reservar al sector público recursos o servicios esenciales, especialmente en caso de monopolio y asimismo acordar la intervención de empresas, cuando así lo exigiere el interés general”.
El constitucionalismo histórico, de base liberal, no solía recoger un papel del Estado en la ordenación de la economía, y no fue hasta después de la II Guerra Mundial cuando los textos constitucionales europeos empezaron a recoger este principio. De hecho, en Estados Unidos, por ejemplo, no existe una fórmula equiparable y su Constitución no prevé la actuación del Estado en relación con el libre mercado. Por eso Trump ha tenido que acudir a una ley aprobada expresamente para apoyar la guerra de Corea a fin de obligar ahora a empresas privadas a producir lo que el presidente de la nación considera imprescindible en este nuevo esfuerzo. Por el contrario, las Constituciones europeas, y entre ellas la española, hacen compatible la economía de mercado (recogida en esos textos fundamentales) con lo que se vino en llamar “economía social de mercado”. En España no se puede aludir al artículo 128 sin reconocer y cumplir el resto de los principios constitucionales.
El enorme desafío, tanto sanitario como económico-social, cargado de incertidumbres, que nos plantea la pandemia de la Covid-19, exige, por tanto, que el Estado asuma ese papel previsto en el artículo 128 de la Constitución, respetando todo su contenido y respondiendo, de acuerdo con nuestra realidad, a la defensa del interés general que se invoca.
Estoy entre los que piensan que la prioridad indiscutible es la defensa de la salud de los ciudadanos. No comparto que se contraponga salud y economía, como un dilema que no admita escapatoria. Un tratamiento decidido de lucha contra la pandemia es coherente con la defensa del interés general y, en mi opinión, la mejor forma de combatir la crisis socioeconómica que inevitablemente nos provoca esta pandemia. Cuanto antes acabemos con el virus, más fácil será salir de la emergencia económica y social.
La Constitución española hace compatible la economía de mercado con la llamada “economía social de mercado”
Por eso el interés general debería llevarnos a tomar todas las medidas sanitarias para frenar y superar la pandemia y todas las que preserven al máximo nuestro aparato productivo, para que la salida socioeconómica sea eficiente. Si no somos capaces de poner en valor nuestro tejido empresarial, desde el autónomo, pasando por las pymes y las cooperativas, hasta las grandes empresas de todos los sectores, interpretamos mal, o sectariamente, el interés general que invocamos. Aunque algunos no lo comprendan, el tejido productivo de nuestro país, del que depende el empleo y el bienestar, es un gran entramado interdependiente, con protagonistas privados y públicos a los que hay que defender y ayudar a superar este desafío.
El primer requerimiento de la acción de gobierno en la dimensión socioeconómica es el diálogo permanente con los interlocutores sociales. Después de atender a las razones de todas las partes, el Gobierno tiene la responsabilidad de decidir. No se trata de sustituir a los actores económicos y sociales, porque nos llevaría a fracasos ya constatados, sino de avanzar en decisiones que permitan salir de la crisis sanitaria, lanzando la actividad con el menor daño para empresas y trabajadores. Por eso hay que tenerlos en cuenta para procesar las decisiones. Los gestos de menosprecio, cuando no de agresiones injustificadas, restan capacidad de presente y de futuro. Las empresas, sea cual sea su tamaño, tienen un conocimiento mucho más preciso de la realidad en la que se mueven y, por tanto, de cuáles son las condiciones que les pueden permitir enfrentarse a la crisis que atravesamos con el menor coste económico y de empleo, para recuperar su plena actividad cuanto antes. Los sindicatos también viven directamente esa realidad y son imprescindibles para que el diálogo, que permite a los gobernantes tomar decisiones, sea fructífero.
El interés general nos obliga a combatir la pandemia para preservar la salud de los ciudadanos, con todos los medios disponibles, públicos y privados, como prioridad absoluta; y ese mismo interés general nos obliga a defender nuestro aparato productivo sin escatimar esfuerzos, para mantener el empleo y la recuperación de la actividad plena de nuestras empresas lo antes posible. No habrá empleo sin empleadores, ni las empresas privadas podrán ser sustituidas por la tentación estatalizadora que nos conduciría al fracaso.
Nada hay más equivocado en esta emergencia que buscar culpables en lugar de sumar esfuerzos. La democracia española contempla el pluralismo y la diversidad, y el Estado se organiza teniendo en cuenta ese pluralismo de las ideas y también la descentralización política de las competencias en las comunidades autónomas.
En situaciones de crisis, el Gobierno tiene que contar con las fuerzas políticas para llegar al máximo consenso
En situaciones de crisis como la actual, el Gobierno tiene que contar con todas las fuerzas políticas para llegar al máximo consenso en las medidas que hay que implementar. Los que hablan críticamente de improvisación, se equivocan. Habrá que adoptar medidas excepcionales en función de una evolución incierta. También se equivocan los que dicen que no improvisan cuando responden a las críticas, porque no es verdad, ni puede serlo. Como tampoco aciertan cuando niegan errores inevitables o respecto de acciones que, viendo lo sucedido, no se habrían adoptado.
El pluralismo político está representado en el Parlamento y no tiene ningún sentido que esté paralizado. La misma sociedad que pide a los estudiantes que sigan sus clases en el aislamiento y a los empleados que trabajen desde casa, no puede entender que no se haga lo mismo con el funcionamiento telemático del Parlamento, que, con pocas limitaciones, podría estar cumpliendo plenamente sus funciones de debate, control del Ejecutivo y desarrollo legislativo. Si defendemos que los dirigentes políticos hablen con toda la frecuencia que exijan las circunstancias, hay que mantener en funcionamiento el Parlamento porque es ahí donde ese diálogo se produce.
Como somos un Estado descentralizado políticamente en autonomías y tenemos entidades locales con sus propias competencias, necesitamos además que las decisiones de carácter general, de aplicación en todo el territorio nacional, se coordinen con los responsables autonómicos y, en la mayor medida posible, con los Ayuntamientos. Más allá del respeto a la Constitución, esta estrategia de acción contra la crisis nos permitiría acercarnos mucho más a la realidad en todos los lugares de España. Los Gobiernos, central, autonómico y local operan siempre a múltiples niveles, aunque cada uno tenga competencias específicas asignadas. Las disposiciones de carácter general, dirigidas a todos los ciudadanos del Estado, serán mucho más eficaces, tanto en su elaboración como en su ejecución, si se cuenta con las Administraciones que están más próximas a su realidad. En eso consiste el principio de subsidiaridad que rige en países compuestos como el nuestro y en la Unión Europea.
                                                              FELIPE GONZÁLEZ MÁRQUEZ*  Vía EL PAÍS
*Felipe González es expresidente del Gobierno.

LOS CRISTIANOS ANTE LA TRAGEDIA

Para los cristianos la tragedia que vivimos es la evidencia de la finitud humana ante una sociedad que había menospreciado esta realidad, incluso viviendo de espaldas a ella.

tragedia

Es también la ocasión de mostrar que nuestra fe son hechos y testimonios, y ahora más que nunca, la solidaridad y la donación son su signo, que nuestra vida espiritual es carnal como explicaba Péguy, porque se basa en la fuerza sacramental y no podemos prescindir demasiado tiempo de ella.
Pero también es necesario que reflexionemos como comunidad cristiana ante la evidencia trágica, que lo que ha sucedido, lo que todavía sucede, no es enteramente fruto de la fatalidad, sino que es en buena medida resultado del mal gobierno. Otra vez, ahora con consecuencias mucho más aciagas, que lo acaecido en 2008 con Zapatero y la Gran Crisis, en el 2017 con Rajoy y el problema catalán. Quienes nos gobiernan no llegan, ni de lejos, a dar con una respuesta razonable al problema.
Tanta reiteración debe llamarnos la atención. Se trata de un problema de la incapacidad de los políticos y de los partidos que los conducen al poder, para ser eficaces, eficientes y virtuosos. Cuando la mortalidad por Coronavirus es en España 20 veces superior a la alemana, algo no va bien. Cuando Corea con un gasto público menor, incluida la sanidad, consigue reducir el contagio y la letalidad rápidamente, es necesario reflexionar sobre si algo profundo no funciona en este país, y ese algo no tiene que ver con los criterios que esta sociedad elige a  sus lideres y cómo actúan los partidos políticos.
Para los cristianos la tragedia que vivimos es la evidencia de la finitud humana ante una sociedad que había menospreciado esta realidad, incluso viviendo de espaldas a ella. CLIC PARA TUITEAR
Se podrá discutir hasta el infinito si los datos sobre la letalidad y los contagios son comparativamente mejores o peores, pero cuando se empieza a no trasladar a los hospitales a enfermos mayores de 80 años, cuando ya ha empezado la selección de a quien debe dejarse morir, algo muy grave se ha roto. ¡Y querían una ley sobre la eutanasia! Ahora se muestra la evidencia de la necesidad de los cuidados paliativos, que serian un amortiguador más en nuestra grave situación. Si ahora por obligación se actúa de aquella manera, ¿qué no resultaría con una ley, una mentalidad, que consagrase la eutanasia?
La política, si no la haces te la hacen, esa es la cuestión. Y la deserción cristiana, tiene un coste tremendo para el testimonio de nuestra fe, y por los daños que ocasiona a la sociedad.
 Y esa omisión sigue, incluso ahora parece mayor, y nos perseguirá siempre, porque es un grave pecado colectivo, que solo puede redimirse enmendándolo.

                                            JOSEP MIRÓ i ARDÈVOL   Vía FORUM LIBERTAS

DE LA AMISTAD

Un capitán no abandona el navío que naufraga. Es lo que diferencia a un hombre de un canalla

Gabriel Albiac 

Gabriel Albiac

Al confinado todo parece llegarle como de otro mundo: en la gasa inconcreta de los sueños. Todo se ha vuelto huidizo y telemático en su eremitorio. Conversa mucho, el confinado. Tecleando. Puede que en ningún momento de su vida haya conversado tanto: el tiempo vacío del confinamiento es una fantasía; ordenadores, smartphones, campanillean, testarudos. En aquel otro tiempo, que ahora añora, ni les haría caso, quitaría el sonido o, sin más, los apagaría; ahora, le dan miedo. Pueden ser mensajeros de lo peor. Las pantallas han suplido al mundo, sus frágiles esperanzas, sus angustias sobre todo.

¿Dónde están los amigos, aquellos con los cuales soñamos singladuras piratas en un océano abierto a todos los azares? La «Queja» de Rutebeuf golpea
 mi memoria. Trovador del siglo XIII, pocos poetas me resultaron nunca más cercanos: «¿Dónde fueron a parar mis amigos?», ¿qué queda de ellos?, ¿quedará, al cabo de este viento malo, de ellos algo?



Pero no es día hoy para literatura. O no es mi ánimo, en esta bella mañana de marzo, lo bastante sólido para fingirla. Y, en esta nada de amigos metafísicamente lejanos que es la pantalla, me fuerzo a constatar que soy yo, aún más que ellos, el que no está: no del todo. El que no hará hoy literatura, porque algo le dice que es hora de ceder su palabra a otros: a esos con cuya vida alguien está jugando. Alguien a quien tal tipo de juegos sale gratis. O eso piensa ese alguien en el confort de su búnker. Transcribiré sólo dos conversaciones. Digitales.
En la primera, un enfermo. Solo en su domicilio. Escribe a quienes sabe que no pueden ayudarle: a los amigos que lo leen, igual que él, presos. Diez días con fiebre alta. Atención telefónica. La fiebre no cede. «¿Test?», pregunta. «¿Para qué?», le responden. «No serviría de nada». Entonces, ¿para qué sirvió a los dirigentes políticos a quienes se aplicó, de inmediato, tras el 8 de marzo? No hay respuesta. «Primero la casta...», escribe a los amigos, igual que él, prisioneros. «...Luego la plebe frumentaria». ¿Hay alguien en el Gobierno, hay alguien en Moncloa y aledaños a quien no se hayan hecho, con toda urgencia y esmero, esos tests que en los demás mortales «son inútiles»? La respuesta, amigo mío, flota en el viento.
Segunda conversación: uno de esos médicos a los que se aplaude a las 8 y se abandona todo el día. «No nos hacen pruebas, aunque tengamos síntomas que predicen neumonía. Nos tienen trabajando y diseminando más el virus si luego resulta que damos positivo. No limpian las consultas en las que se ha visto a pacientes sintomáticos. Están mintiendo como bellacos a la población». No tienen tests, no tienen máscaras apenas, apenas guantes. ¿Para qué?, les responden. Si de nada sirven. ¿Por qué sirvieron a todos y a cada uno de los dirigentes políticos? ¿De qué les sirvieron?
No, no es ciertamente día para literatura. Pero a mí me dan vueltas recuerdos de lo que leí en Stevenson y en Conrad: historias de hombres que, aun en los trances más duros, mantienen inviolable su fuste ético; de hombres. Un capitán no abandona el navío que naufraga, hasta que el último de sus marineros está a salvo. Aquí es exactamente lo contrario. Es lo que diferencia a un hombre de un canalla.
¿Dónde, dónde habrán ido a parar tantos amigos en estos días que pasan como escenas deshilvanadas de un mal sueño? De algunos algo sé por las pantallas, que son hoy la sola realidad. Otros se me han desvanecido. Como al trovador que, hace ocho siglos, lamenta: «Creo que el viento los borró».

                                                                          GABRIEL ALBIAC   Vía ABC

viernes, 3 de abril de 2020

GOBERNADOS POR AFICIONADOS

Sánchez ha encontrado en esa UE reacia a mutualizar la deuda al nuevo chivo expiatorio al que culpar de futuros desastres


El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. 

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EP


“Marzo está siendo catastrófico para la recaudación tributaria”, decía aquí este domingo Francisco Núñez, “y abril puede ser aún peor, porque coinciden en este mes las declaraciones trimestrales de IVA y del pago fraccionado del Impuesto de Sociedades. Nadie se atreve a profetizar qué pasará en mayo o junio”. Según las fuentes consultadas por Núñez, “la caída de los ingresos públicos puede alcanzar entre el 30% y el 50%  de la tributación, lo que podría llevar al Gobierno a una crisis de liquidez”. Abundando en la cuestión, y en otro gran trabajo, Jorge Sáinz abría ayer Vozpópuli afirmando que “el Gobierno tendrá que pedir un rescate a la Unión Europea para hacer frente a la crisis”, añadiendo que “en La Moncloa se da por hecho que habrá que acudir al MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) para contener el ingente endeudamiento público” que supondrán las ayudas que, a empellones, está arbitrando el Ejecutivo vía Real Decreto para tratar de paliar la situación de los sectores más afectados.
Son muchos, sin embargo, los que creen que pedir socorro al Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) será lo último que haga Pedro Sánchez o, dicho de otra manera, antes se arrojará al Manzanares desde el Puente de Toledo que acudir al MEDE. Un procedimiento que implica la elaboración de un memorandum of understanding con la petición expresa en euros, informe que sería contestado por otro (elaborado por la Comisión, el FMI y el BCE) dirigido a Madrid donde se detallarían una serie de condiciones, fundamentalmente centradas en un ajuste de caballo, a acometer por el Gobierno social-comunista para recibir el dinero. Lo cual supondría, por decirlo con una imagen gráfica, el desembarco en Barajas de los tan temidos hombres de negro con su palo y tente tieso. Una situación que recuerda la vivida por Portugal entre 2010 y 2014. Con el añadido, por lo demás, de que el MEDE dispone de liquidez por importe de 450.000 millones, una suma que se antoja muy corta para la cuantía de fondos que reclamaría el salvamento no solo de España, sino también seguramente de Italia.
No, Sánchez no acudirá a la puerta del MEDE en demanda de un macro préstamo y en esto imitará al estulto Rajoy cuando, en la que quizá fue la mejor decisión de sus años de Gobierno, resistió las presiones para pedir a Bruselas el “rescate país” que reclamaban hasta los más conspicuos empresarios del Reino. Pero, a diferencia de Rajoy, no lo hará por sentido de la responsabilidad o amor a España, sino por su personal conveniencia. El populista radical en que se ha convertido sabe que aceptar la presencia de los hombres de negro equivaldría a firmar su sentencia de muerte política, acusado de traidor por su base electoral. Por eso sigue insistiendo en el mecanismo de los eurobonos (bautizados “coronabonos”), en tanto en cuanto una mutualización (hablamos de obligaciones suscritas por la UE como tal y no por los diferentes Estados) de la deuda le permitiría salvar el match ball financiero que tiene planteado e incluso seguir gastando, en la seguridad de que otros vendrían detrás con la chequera dispuestos a pagar las copas de su derroche. 
España ha conocido seis años de crecimiento económico y, sin embargo, no ha sido capaz de llevar a cabo una consolidación definitiva de sus cuentas públicas
Alemania, Holanda, Austria y Finlandia se han negado en redondo, una negativa tras la que subyace la radical desconfianza del norte hacia la escasa ortodoxia del sur en el manejo de las cuentas públicas, por no hablar de lo ocurrido con los fondos europeos recibidos durante años. Algo de razón no les falta. España ha conocido seis años de crecimiento económico y, sin embargo, no ha sido capaz de llevar a cabo una consolidación definitiva de sus cuentas públicas, antes al contrario, ha seguido gastando y generando déficits y deuda, hasta el punto de que su capacidad de endeudamiento es ahora mucho más endeble que la de Alemania, por ejemplo, con un ratio deuda/PIB en el entorno del 60%. La negativa de los ricos del norte le ha venido de perillas a nuestro atrabiliario aprendiz de Putin. Sánchez, que ha encontrado en esa UE reacia a mutualizar la deuda al nuevo chivo expiatorio al que culpar de futuros desastres. “Europa se la juega”, dijo el sábado con desparpajo en su ¡Aló presidente!, tras pedir a Bruselas “decisiones valientes y contundentes”. De cemento armado.

Una pesada herencia

Su situación, sin embargo, no es tan apurada como pudiera parecer. Es verdad que tiene que renunciar a esos “coronabonos” que le permitirían seguir gastando mientras otros pagan la cuenta, pero el señorín tiene margen para seguir financiando el gigantesco déficit que vamos a generar con esta crisis mediante el sempiterno recurso a la deuda, siempre y cuando tenga detrás al BCE dispuesto a comprársela, como es el caso. El respaldo de Christine Lagarde le va a seguir permitiendo acudir a los mercados financieros, sin que la UE esté ahora mismo en situación de exigir disciplina fiscal a nadie y mucho menos de imponer sanciones de ningún tipo. Sánchez podría incluso acogerse al programa OMT que en 2012 instauró Mario Draghi y que nunca ha llegado a utilizarse, aunque ahora el BCE baraja su puesta en marcha. Mediante dicho programa, el MEDE otorgaría a España un préstamo por una cantidad “simbólica” para las necesidades reales, digamos que 20.000 millones, y con escasa condicionalidad. El secreto estriba en que esa concesión permitiría al BCE la compra de forma ilimitada de emisiones de deuda española. La salvación del soldado Sánchez.
Alguien dijo que “estamos gobernados por aficionados y algunos tienen suerte”. Aficionados sin la formación cultural necesaria y sin la menor experiencia en gestión. Simples aventureros de la política. Trileros dispuestos a engañar al más pintado, al solo propósito de seguir reinando en solitario durante el mayor tiempo posible aunque sea sobre un erial. Lo cual quiere decir que al final de la pandemia que nos aflige estaremos ante un escenario de cuentas públicas parecido al que dejó Zapatero en 2011, aunque notablemente agravado. Las estimaciones más realistas hablan de una caída del PIB del 5%, un déficit para este año situado entre el 10% y el 11%, y una deuda pública que podría llegar al 120% del PIB, una pesada herencia para las futuras generaciones.  
Cada vez se extiende más la sensación de que en buena parte del Gobierno se ha impuesto el lema del “cuanto peor, mejor”
De modo que Sánchez y su 'troupe' no necesariamente tienen que pedir el rescate a Europa, como la señora Merkel le ha recomendado. Es verdad que la falta de acuerdo entre los socios comunitarios ofrece de nuevo a los ciudadanos europeos un lamentable espectáculo de desunión. “El clima que reina entre los jefes de Estado y de Gobierno y la falta de solidaridad europea representan un peligro mortal para la Unión”, acaba de decir Jacques Delors, expresidente de la Comisión. El coronavirus, en efecto, podría ser el golpe de gracia para un proyecto que, una vez superada la pandemia, tal vez tenga que enfrentarse a su demolición y, en el menos grave de los casos, a un replanteamiento de la Europa a dos velocidades. Con ser graves, los problemas de la Unión nunca serían comparables a los que afronta una España en manos de una izquierda radical dispuesta, y cada día que pasa surgen nuevas señales de alarma, a hacer tabla rasa con la España que hemos conocido desde la muerte de Franco.
En efecto, cada vez se extiende más la sensación de que en buena parte del Gobierno, desde luego en los ministros de Podemos y posiblemente en el propio Sánchez, se ha impuesto el lema del “cuanto peor, mejor”. Cuanto más profunda sea la crisis y más desarbolado quede el tejido empresarial, más fácil será imponer esa agenda social bolivariana con sabor mediterráneo con la que sueñan algunos. El espectáculo de la ministra de Trabajo de IU blandiendo un discurso típico de la lucha de clases –nunca una palabra amable para los empresarios, considerados el enemigo a batir- es la prueba del nueve de ese intento de aprovechar la crisis para tratar de imponer una agenda social y económica de izquierda radical. “Vamos a asistir al surgimiento de un nuevo mundo, con formas de democracia que aspiran a redefinir el capitalismo y a restaurar un papel central para el Estado. Occidente saldrá exhausto de esta prueba”, afirmaba estos días el político francés Pierre Lellouche en Le Figaro. Es imprescindible, por eso, que la ciudadanía empiece a movilizarse –y naturalmente la oposición, como bien acaba de hacer Pablo Casado- pensando en el día después, porque, superada la pandemia, sobre el horizonte de tierra quemada económica asistiremos al intento de acabar con el modelo de convivencia que ha proporcionado a España los mejores años de paz y prosperidad de su historia.

                                                             JESÚS CACHO   Vía VOZ PÓPULI

El compromiso histórico español

Los Pactos de la Moncloa partieron del hecho de que ninguna ideología, ningún partido político, tenía las respuestas ni la fuerza suficiente para superar por sí solo las dificultades

 

El compromiso histórico español 

NICOLÁS AZNÁREZ 


El 15 de junio del año 1977 tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas en España desde febrero de 1936. Un conglomerado de partidos llamado Unión de Centro Democrático (UCD), a cuyo frente estaba Adolfo Suárez, las ganó con una holgada mayoría: 166 diputados y 103 senadores. En todas las fuerzas políticas en litigio predominaba la idea de que el más urgente problema político era la situación económica: España estaba en suspensión de pagos, el paro no hacía más que aumentar y la inflación rondaba en los meses centrales de 1977 el 30%. Se repetía la pesadilla de los años de la Segunda República con la Gran Depresión: un cambio de régimen (de la dictadura a la democracia) inmerso en una gigantesca crisis económica. Uno de los hombres fuertes de Suárez, su vicepresidente económico, Enrique Fuentes Quintana, dijo: “La experiencia de 1931-1936 demuestra que una crisis económica grave y no resuelta es un pasivo que complica, hasta hacerla imposible, la construcción de la democracia. Un político español dijo en 1932: o los demócratas acaban con la crisis o la crisis acaba con la democracia”.
Suárez, y dos de sus hombres fuertes, Fuentes Quintana y Fernando Abril Martorell, entre otros, llegaron a la conclusión de que era imposible domeñar los problemas económicos con sus solas fuerzas. Ya en el verano de 1976, en sus primeros contactos con los dirigentes del resto de los partidos políticos (desde la derecha posfranquista de Alianza Popular hasta el Partido Comunista, incluyendo a los nacionalistas vascos y catalanes, y pasando por las diversas formaciones socialistas), el presidente de Gobierno se había referido a la imposibilidad de actuar eficazmente sin la existencia previa de un gran acuerdo de todas las fuerzas políticas y sociales.
En 1977 España estaba en suspensión de pagos, el paro no hacía más que aumentar y la inflación rondaba el 30%
¿Cómo había llegado España a esta situación de quiebra? La crisis internacional del año 1973 (primera crisis del petróleo) se gestó en plena guerra del Yom Kippur entre los países árabes y el Estado de Israel. En octubre de ese año, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), dominada por los primeros, ordenó el embargo parcial de sus suministros de crudo y, como consecuencia, se produjo un alza general de los precios, que se multiplicaron por cuatro en tan solo unos meses. Pero la crisis no fue solo energética (o de materias primas, que también incrementaron los precios), sino también de índole monetaria. El presidente republicano estadounidense, Richard Nixon, tomó una decisión revolucionaria: liquidó las normas vigentes del sistema monetario internacional, suspendió la paridad entre el dólar y el oro, y los tipos de cambio fijos. Es decir, acabó con lo que quedaba en pie del sistema de Bretton Woods, establecido al final de la Segunda Guerra Mundial.
El shock energético más la crisis monetaria hicieron sonar las alarmas económicas de todos los países occidentales, que iniciaron un fuerte ajuste para superar la recesión. ¿Todos los países occidentales? Todos menos España, ocupada en salir del tardofranquismo, sin el poder político y la legitimidad para pedir sacrificios a sus ciudadanos, y sin autoridad para administrarlos. Durante muchos meses, nuestro país se caracterizó por la falta de reacción a los problemas exógenos que llegaban, a los que se añadían los propios de una gestión equivocada de ellos, lo que hizo a la crisis española más aguda y hasta cierto punto “diferencial” de la de los países de nuestro entorno.
Nada más llegar a La Moncloa, el Gobierno de Suárez se puso a trabajar en un programa de saneamiento y reformas, que fue el origen de los Pactos de la Moncloa, en el entendido de que la prolongación de las tendencias conduciría a una situación de colapso económico con gravísimas consecuencias políticas.
Entre las medidas de saneamiento estaba una política monetaria basada en el control de la cantidad de dinero en circulación, una política presupuestaria que redujese el crecimiento de los gastos públicos y orientara los gastos de inversión hacia una reducción del déficit público, la fijación de un tipo de cambio realista de la peseta, una política de rentas basada en que los salarios se fijarían en función de la inflación prevista y no de la inflación pasada, etcétera. Las reformas comprometidas fueron las de los Presupuestos Generales del Estado y del gasto público para lograr la universalización del primero y el control del segundo; la reforma fiscal para que todo el mundo pagase impuestos; la de la administración tributaria; la reforma del sistema financiero mediante la competencia, supervisando la liquidez y solvencia de los bancos y las cajas de ahorro; la reforma laboral con la elaboración de un Estatuto de los Trabajadores; una leve alusión al marco de actuación de las empresas públicas, etcétera.
Los acuerdos fueron eficaces en la corrección de los principales desequilibrios de la economía española
A cambio de aceptar las medidas de saneamiento propuestas por el Gobierno de UCD, la oposición exigió la incorporación de ese ambicioso paquete de reformas. El 25 de octubre se signaron los Pactos de la Moncloa. Los firmantes fueron Adolfo Suárez, Felipe González, Joan Reventós, Josep Maria Triginer, Manuel Fraga Iribarne, Enrique Tierno Galván, Juan Ajuriaguerra, Miquel Roca, Leopoldo Calvo Sotelo y Santiago Carrillo. En su preámbulo se decía que estos pactos “recogen el fruto de una negociación entre las fuerzas políticas españolas, [estas] eran conscientes de que la grave situación española requería un esfuerzo común construido a base del más auténtico patriotismo. Existía, por tanto, en la toma de conciencia de nuestra situación esa coincidencia en anteponer los intereses comunes y de Estado a los intereses de partido”.
Leídos transversalmente se puede afirmar que los Pactos de la Moncloa, firmados en un momento excepcional, asumían dos principios básicos: exigir de cada grupo social la asunción de sus responsabilidades frente a la crisis económica, y que ninguna ideología, ningún partido político por sí mismo contaba con las respuestas y con las fuerzas suficientes para imponerlas al resto de la sociedad y superar las dificultades; las respuestas exigían sacrificios compartidos de todos los grupos sociales.
Firmados en una coyuntura en la que en otros países de nuestro entorno administraban contratos sociales, los Pactos de la Moncloa doblan el pacto social (Gobierno, patronal y sindicatos) con un pacto político (Gobierno y oposición). Ello fue así porque en el momento del acuerdo, la patronal (la Confederación Española de Organizaciones Empresariales) apenas acababa de nacer, y las centrales sindicales (un mapa de siglas entre las que sobresalían las de Comisiones Obreras y UGT) emergían de décadas de silencio y represión y aún no se conocía su auténtica representatividad.
Los Pactos de la Moncloa duraron poco, apenas un año, pero fueron eficaces en la corrección de los principales desequilibrios de la economía española. Y sobre todo, crearon una moral ciudadana basada en que el acuerdo era mejor que el disenso y el ordeno y mando en tiempo de dificultades excepcionales, y lograron el tiempo necesario para llegar sin dificultades económicas insuperables a la firma de la Constitución en diciembre de 1978.

                                                                 JOAQUÍN ESTEFANÍA   Vía EL PAÍS