Translate

martes, 2 de junio de 2020

¿DEBEMOS CONFIAR EN ESTE GOBIERNO?


 
SEAN MACKAOUI


"Confianza", reclamó el presidente del Gobierno a los españoles tras su pacto con Bildu, partido definido por el Tribunal Supremo como "testaferro de ETA". Sin embargo, como subraya la prestigiosa pensadora Onora O'Neill, "la confianza es valiosa cuando se deposita en quienes son merecedores de ella, pero dañina cuando se concede a quienes no son confiables". Los trabajos sobre confianza y política de esta profesora de la universidad de Cambridge son referencia. En ellos desafía la generalizada asunción sobre la obligación de intentar restaurar siempre la confianza dañada. Primero es preciso juzgar si la persona merece dicha confianza. La formación de ese juicio exige valorar la evidencia objetiva sobre la competencia, honestidad y fiabilidad de quien reclama confianza. En ausencia de competencia, honestidad y fiabilidad, lo inteligente no es otorgar confianza, sino negarla. O'Neill lo ejemplifica con la estafa de Madoff: miles de inversores arruinados por una confianza indebida. Ante la crisis de confianza que sufre el presidente del Gobierno, sería "estúpido" y "costoso", en los términos de O'Neill, seguir confiando o intentar restablecer la confianza en quien ha convertido la mentira en una constante política. Como recuerda O'Neill, el engaño es el enemigo de la confianza, y la trayectoria de Sánchez lo confirma.
En un país polarizado ante la mayor crisis política, sanitaria y económica de nuestra historia reciente, muchos ciudadanos eluden un juicio racional imprescindible para decidir en quién confiar. Lo sustituyen por actitudes influenciadas por sus propios prejuicios y motivaciones que con frecuencia ignoran la abundante evidencia objetiva sobre la incompetencia del presidente, su falta de honestidad y fiabilidad y, en consecuencia, la del Gobierno. Ahí encaja la manipulación demoscópica de Tezanos, pues sus encuestas pretenden reemplazar con actitudes fabricadas la desconfianza que genera un análisis riguroso de la gestión gubernamental. El pacto del PSOE con Bildu es otra prueba más que nos obliga a no confiar en el Gobierno.
La ministra Calviño evidenció la incompetencia de Sánchez al denunciar que la derogación de la reforma laboral pactada con los testaferros de ETA sería "contraproducente y absurda". El pacto expone la preeminencia del interés partidista por encima de los intereses de un país que necesita a toda costa el apoyo de la Unión Europea, que en buena lógica jamás confiará en un Gobierno que dinamita el diálogo social, político e institucional. La pactada concesión de privilegios económicos a Navarra y País Vasco aúna incompetencia y deshonestidad. El presidente del Gobierno vuelve a incumplir su compromiso de no pactar con Bildu y a mentir sobre el contenido de un acuerdo del que no se ha retractado. Suma la deshonestidad de atribuir al Partido Popular la responsabilidad por el pacto siguiendo la lógica del maltratador: el presidente nos maltrata pactando con quienes legitiman el terrorismo porque nos quiere. El comportamiento de Sánchez refleja la misma "evasión estratégica" mantenida a lo largo de la crisis. Así describen Hart y Boin la transferencia de culpa con la que algunos gobiernos intentan encubrir su ineptitud durante las crisis.
El Gobierno erró al minimizar el riesgo del COVID, demorando así su respuesta e hipotecando la reacción al renunciar a la prevención. Su actitud reactiva en lugar de preventiva determinó en gran medida una gestión repleta de incompetentes decisiones, cambios de criterio, incumplimiento de objetivos en relación con la provisión de material sanitario, test, estudios serológicos eficientes, rastreos, y desprotección de grupos de riesgo como los ancianos. Aun asumiendo la imprevisible magnitud de la crisis, el Gobierno elude su responsabilidad ignorando, por ejemplo, que la Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 contempla el riesgo de pandemias con consecuencias como la que sufrimos. Por ello exige la estrategia reducir la vulnerabilidad de la población, desarrollar planes de preparación y respuesta, y una buena coordinación de todas las administraciones implicadas. La imprevisión abocó a un estado de alarma en el que se han suspendido derechos fundamentales que solo pueden suspenderse en un estado de excepción. Además se ha abusado del estado de alarma, como denunció, entre otros, el magistrado Manuel Aragón, aprobándose decretos leyes sin relación con la crisis sanitaria y órdenes ministeriales que burlan el control parlamentario.
Ante la complejidad de la crisis, el Gobierno, en lugar de asumir con humildad su incapacidad y buscar la colaboración de la oposición, la ha estigmatizado agravando la polarización política y social. En esa estrategia de confrontación el pacto con Bildu evidencia otra irresponsable táctica: la reivindicación del crédito mientras se elude la culpa. El Gobierno justifica la deshonestidad e incompetencia del acuerdo presentándose como guiado por un honorable fin, salvar vidas, al tiempo que culpa al PP de su firma. La manipuladora falacia deriva en una reversión de la atribución de culpa reivindicando también para Bildu el crédito: el PP desea que la gente muera, mientras que los testaferros de ETA, que han alentado y todavía justifican el asesinato, salvan vidas.
Este deshonesto encuadre repetido por Sánchez y otros dirigentes del PSOE agudiza la estigmatización de la oposición que la propaganda gubernamental reproduce. Como Goffman previene, el estigma persigue desacreditar al individuo, disminuirlo e incluso inhabilitarlo. "El Gobierno busca aislar al PP con pactos con Cs y agentes sociales", reconocía el 8 de mayo El País a pesar de que Casado apoyara tres prórrogas del estado de alarma y se abstuviera en la cuarta. El diario de sesiones del Congreso acredita la injusta estigmatización de la oposición. Con falacias dicotómicas se deshumaniza a la derecha que "amenaza derechos", blanqueándose a los representantes políticos de ETA, identificados como defensores de los trabajadores a los que se agradece su abstención para sostener al Gobierno.
Ante la desconfianza lógica que el Gobierno provoca, este aviva la desconfianza hacia una oposición obligada a escrutar y controlar la acción gubernamental, especialmente cuando ha asumido poderes excepcionales. Las apelaciones a la unidad encubren exigencias de adhesión incondicional que el Gobierno no merece por deméritos propios. La oposición, como los medios de comunicación en una democracia mediatizada, está obligada a facilitar la rendición de cuentas democrática. A ello contribuye el periodismo vigilante, pero no el servil como el que critica el pacto con Bildu porque "da carnaza a los portavoces de la derecha", a la vez que lo justifica porque "nada de esto estaría pasando si el PP no se hubiera quitado de la ecuación".
La racionalidad obliga a no confiar en un Gobierno que estigmatiza a la oposición para activar el fanatismo de adhesión. Su propaganda incide en la estigmatización como elemento de cohesión entre fieles que también perciben la incompetencia y deshonestidad gubernamental. El "sesgo de negatividad" convierte el odio al enemigo en un cohesionador mayor que la debilitada confianza en el Gobierno. De ahí las abusivas alocuciones presidenciales en la televisión pública que intentan neutralizar la información negativa. La apariencia de transparencia no es condición suficiente para la confianza cuando sus discursos son prolijos en ocultamiento de información, confusión deliberada y mentiras. Sus constantes apelaciones emocionales pretenden el reagrupamiento en torno a la bandera utilizando a la nación como escudo, equiparando tramposamente la lealtad al país con la lealtad a su persona. Pero mientras Sánchez interpreta ante las cámaras su papel, sobreactuando la comunicación emocional y el victimismo, multitud de españoles sufren y han sufrido un desgarrador drama que es real. Ningún político decente sacaría pecho en unos momentos que exigen duelo. Del mismo modo que ningún político decente politizaría el dolor manifestándose como cuando España ganó el Mundial mientras miles de compatriotas están de luto. En esta grave coyuntura la política verdaderamente patriota y responsable exige desconfiar de quienes, en palabras de Alan Wolfe, prefieren las poses morales a la seriedad moral.

                                                                            ROGELIO ALONSO*  Vía EL MUNDO
  • *Rogelio Alonso es Catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos.

lunes, 1 de junio de 2020

COMO SI EL MUNDO PERDIERA EL RESPLANDOR

De la crisis sanitaria no salimos más fuertes: la democracia y la economía son ahora más débiles, si bien los ciudadanos han dado muestras de construir una sociedad civil madura y responsable

 

 

 

 

Una pérdida incalculable. Así calificaba The New York Times del domingo 24 de mayo la masacre de vidas humanas provocada por la actual pandemia, que ya sobrepasa los cien mil muertos en Estados Unidos. Esa primera página, con los nombres de mil de los fallecidos, ha pasado ya a la gran historia del periodismo, junto al titular y el breve comentario que introducía la información: “No eran solo nombres en una lista. Eran nosotros”. Un día después, todos los diarios de España publicaron otra portada que igualmente pasará a la historia, en este caso la de la vergüenza. No la de nuestra ya zarandeada profesión ni la de las empresas de medios, acorraladas ahora más que nunca por las dificultades económicas, aunque reconozco mi amargura cuando llegaron a mi mano los diarios de esa fecha. Hablo de la historia de la infamia de unos gobernantes que bajo el pretexto de infundir ánimo a los ciudadanos parecen más preocupados por defender su gestión que por honrar a las víctimas. “Salimos más fuertes”, decía en grandes titulares el anuncio del Ministerio de Sanidad. No se pueden pronunciar más mentiras en menos palabras. Ni salimos todavía, ni somos más fuertes, ni lo seremos en mucho tiempo. Treinta mil o cuarenta mil muertos españoles, en una población seis veces más pequeña que la de Estados Unidos, tampoco son una estadística: somos nosotros, que, en efecto, padecemos una pérdida incalculable, irreparable también en muchos aspectos.
Hoy somos más débiles, todos lo somos no solo por culpa del coronavirus, aunque este haya sido la coyuntura propicia para desnudar nuestras flaquezas. Solo la aceptación de esta realidad podrá empujarnos hacia la resistencia. Es más débil el Estado, que ya venía padeciendo tensiones de gran calado por la ofensiva independentista. Son más débiles las instituciones, ninguna de las cuales ha funcionado con normalidad durante el confinamiento: el Tribunal Constitucional ausente, el Poder Judicial de vacaciones, el Legislativo convertido en escenario de trifulcas cainitas cuando no en altavoz de estupideces pronunciadas sin vergüenza por ministros, ministras, o quienes aspiran a serlo. En la antigua Roma el minister, por contraposición al magister, era el más ignorante de los criados. Escuchando algunos debates podría pensarse que no hemos evolucionado mucho en esto.
Es más débil el Gobierno, dividido y desbordado, sin liderazgo alguno pese a la pleitesía reiterada con que mencionan sus miembros al presidente. O quizá con demasiados liderazgos en su seno. Dado que es tan numeroso y se ha vuelto tan loca su aguja de marear, alberga muchas facciones, no solo ni principalmente ideológicas. Algunos las clasifican entre listos y tontos, buenos y malos, o cosas así. Hay en su seno quienes confunden el poder político con la actividad de una oenegé, y quienes pretenden comportarse como el juez de la horca. Unos ejercen el cargo como si jugaran al ajedrez, en procura del jaque al rey, otros van de farol como en el póker. Quienes participen en la timba deben asumir que por el momento gana un trío de damas: la vicepresidenta Económica, la ministra de Defensa y la de Trabajo. A ellas se debe lo mejor de las decisiones tomadas y es de agradecer su dedicación y acierto, algo de lo que nunca han presumido.
Es más débil la oposición, con un centroderecha descabezado y una derecha echada al monte, sometida a la influencia de fanáticos y salvapatrias. Era previsible el despertar del nacionalismo radical español, aunque por lo menos hay figuras como el alcalde de Madrid, el portavoz de Ciudadanos o la líder de Coalición Canaria que nos ayudan a recuperar la confianza en la democracia liberal en el mejor de los sentidos. Desgraciadamente, al igual que en el caso de la alianza gubernamental, son los menos. La de las cacerolas no es la España pija, sino la profunda, azuzada por el populismo de los nuevos progres que por más que ensalcen la memoria histórica parecen haberla perdido por completo. Hacen gala de una ignorancia absoluta sobre el pasado reciente de nuestro país, el significado de la reconciliación nacional después de la dictadura, consecuencia de una espantosa guerra civil. Parecen enfermos contagiados por todas las enfermedades infantiles de la izquierda que Lenin denunciara. Para nuestra desgracia, facciosos de ambos lados, a derecha e izquierda, del centro y la periferia, son hoy de nuevo protagonistas de la España que Machado denunciara: la que embiste cuando decide utilizar la cabeza.
Es más débil nuestra economía, arruinadas las cuentas públicas, disparada la deuda, lo mismo que el desempleo y el déficit, con millones de españoles viviendo de los subsidios. Ni la renta pública universal, una de las decisiones valiosas del Gobierno cuya iniciativa se han dejado arrebatar incomprensiblemente los partidos conservadores; ni la ayuda europea, que ojalá se confirme sin incorporar condiciones leoninas, bastarán para aliviar en el corto plazo los sufrimientos padecidos. Mucho menos para repararlos. Y son más débiles nuestras empresas, con sectores como el del automóvil o el turismo (más del 20% de la economía nacional) abandonados por las autoridades hasta el último minuto, cuando no directamente combatidos o denigrados por algunos petimetres.
La crispación y vulgaridad de los debates en Cortes, solo comparable a la vulgaridad y crispación con que nos castigan los tertulianos televisivos, ponen de relieve otras debilidades que afectan a la integridad moral y la calidad intelectual de las élites dirigentes. Los partidos políticos son esenciales para la construcción y continuidad de la democracia. El deterioro profundo al que se han visto sometidos, víctimas de la corrupción y el clientelismo, no es casual. Está motivado por un empacho ideológico con el que se pretende inútilmente ocultar la incompetencia de la gestión y la ausencia de un proyecto para el común de los ciudadanos. Hay modos de corregir tanta intemperancia, pero no hay voluntad de aplicarlos. Muchos analistas, politólogos o simplemente gentes con sentido común llevan reclamando desde hace décadas la desaparición de las listas electorales cerradas y bloqueadas, cuyo mantenimiento refuerza abusivamente el poder de las cúpulas de los partidos, impide y ensucia el debate interno, condiciona la decisión de los votantes y corrompe el carácter democrático de las elecciones. La fragmentación de la representación parlamentaria es potenciada por la avaricia de poder de esos nuevos reyezuelos de taifas, dueños y señores de la elaboración de las listas electorales. Mientras la renovación de la clase política no dependa tanto del sufragio de los ciudadanos como de las conspiraciones palaciegas de la nueva casta la inestabilidad política estará garantizada.
En definitiva, salimos, o vamos a salir, cuando es más débil nuestra democracia y más endebles los mimbres que la componen. Y de ninguna manera lo hacemos todos juntos. La ciudadanía tal vez sí, aunque veremos por cuánto tiempo si sus representantes se empeñan en seguir dividiendo y enfrentando a los españoles. Los políticos vienen resaltando enfáticamente la solidaridad y civismo de nuestro pueblo, que ha dado muestras de haber construido una sociedad civil madura y responsable. Se lo debemos en gran medida al esfuerzo de generaciones anteriores que trabajaron al unísono para levantar instituciones hoy vulneradas sistemáticamente por la audacia de los gobernantes. El que sea un mal casi universal no justifica, ni sirve de consuelo al respecto, que también a nosotros acaben gobernándonos los últimos de la clase.
Escribo estas líneas abochornado por el espectáculo deleznable que Gobierno y oposición, oposiciones y Gobiernos, nos regalan casi a diario, en desprecio a la incalculable pérdida en vidas humanas y al sufrimiento de una sociedad perpleja y aturdida tras meses de encierro involuntario. Una sociedad que lucha por su sentir comunitario desde su soledad interior, ya casi cósmica, “como si el mundo —en palabras de Cioran— hubiera perdido súbitamente el resplandor”. Frente a este sentimiento desolado no se puede luchar con la mentira, ni de nada sirve el marketing político. Si pese al esfuerzo de las gentes no hay rectificación de nuestros gobernantes, que al menos el último apague la luz.
                         JUAN LUÍS CEBRIÁN  Vía EL PAÍS

 

El confinamiento es un "método medieval innecesario", ¿por qué seguimos usándolo?

Dos matemáticos han elaborado una teoría en la que argumentan, con datos reales, como Israel y otros países podrían haber controlado la epidemia sin necesidad de confinamiento

Foto: Visitantes en el Sepulcro Sagrado en Jerusalén. (EFE) 

Visitantes en el Sepulcro Sagrado en Jerusalén. (EFE)

Cuando medio mundo ha estado o permanece en confinamiento para evitar la propagación del covid-19, en Israel, uno de los países en los que la incidencia letal de la pandemia ha sido casi marginal, pero la económica y psicológica no tanto, un equipo de la Universidad Hebrea de Jerusalén critica el método de la cuarentena como “medieval” y señala que, en este caso y aplicándolas como se han aplicado en casi todo el mundo, el remedio es peor que la enfermedad.
En los primeros días de actividad institucional en contra del coronavirus, con cierre de los cielos del país, clausura de fronteras, la obligatoriedad de la cuarentena y la puesta en marcha de métodos hasta entonces antiterroristas, como la supervisión vía GPS de personas que la vulnerasen, el primer ministro Benjamin Netanyahu dijo en una de sus múltiples alocuciones al país en la televisión pública: “Hay que extremar las precauciones, quedarse en sus casas y seguir nuestras instrucciones; un contagiado contagiará a tres personas, cada una de esas tres personas contagiará a otras tres y así”, en una explicación exponencial que el profesor David Gershon, coautor del estudio “Manejando la pandemia del covid-19 sin destruir la economía”, califica de anticuada y no precisa.
“El modelo epidemiológico tradicional que explica el ritmo de contagios con bolas de color representando los enfermos, y bolas blancas representando a los sanos, en el que una bola de color contagia exponencial y progresivamente a las sanas es un modelo que permite predecir fácilmente los contagios, pero es un mal modelo porque es primitivo, inexacto y da mucho miedo”, sostiene Gershon, profesor de economía de la Universidad Hebrea, en entrevista con El Confidencial.
Los economistas Gershon y Alexander Lipton, junto al epidemiólogo Hagai Levin, han elaborado una teoría matemática en la que argumentan, con datos reales, como Israel y otros países podrían haber controlado la epidemia sin necesidad de confinamiento.

Sálvese quien pueda

La versión israelí del confinamiento: las calles de Tel Aviv, Jerusalén, Haifa… vacías, coches patrulla de la policía recorriéndolas, así como ambulancias y drones de vigilancia sobre parques y plazas para asegurar el cumplimiento de la nueva normativa. Mientras, los informativos monotemáticos día tras día.
Muy a menudo se oía música en los apartamentos del centro de las ciudades y en los portales se acumulaban las botellas de alcohol (se dejan ahí para que las personas necesitadas las canjeen en los supermercados por dinero). El gerente de una conocida franquicia de alcohol confirmaba a este diario que los israelíes, un pueblo no muy dado a consumir alcohol, se comportaba de manera atípica desde el encierro: “Están comprando más alcohol que nunca, más que en las fiestas, y eso me alegra bastante”, afirmaba Adam Solov.
Se sabe que el confinamiento puede producir enormes daños en la psique de las personas, por la ansiedad, el miedo, la sobreinformación...
En ese ambiente apocalíptico, los psicólogos y psiquiatras israelíes, como en el resto del mundo, vieron aumentar su trabajo. Como enfatizó la psicóloga Yafi Shpirer, “se sabe que el confinamiento puede producir enormes daños en la psique de las personas, por la ansiedad y el miedo, la sobreinformación que acaba siendo desinformación, el aislamiento, con el aumento de agresiones domésticas multidireccionales (no solo del marido a la mujer, sino de los menores a los padres, o entre los hermanos)”. Esos males y el consabido estancamiento económico -en España el PIB ha caído un 5,2%, en la mayor economía del mundo, la estadounidense, un 4,8%, y la israelí se ha contraído en un 7%- es lo que motivó al equipo de profesores israelíes a trabajar en un modelo basado en una división multipoblacional para calcular su teoría y probar que el confinamiento no es la solución.

El modelo propuesto

“Quisimos ser más específicos que los modelos de contagio hechos por los epidemiólogos, que no son muy buenos matemáticos”, señaló Gershon. Para ello dividieron la población muchos y diversos grupos, como vulnerables y menos vulnerables, los que viven en concentraciones urbanas y en menor concentración, por edades, por características de comportamiento, por interacciones… y estudiaron lo que se conoce del comportamiento del coronavirus.
Se preguntaron lo que otra mucha gente se debió de preguntar cuando los gobiernos empezaron a dictar cuarentenas: que si el confinamiento era realmente necesario o si esa recreación moderna del encierro medieval era una medida desesperada y tomada con retraso frente lo desconocido, cuando el virus ya se había propagado, o una medida preventiva necesaria.
Un hombre camina por una calle semivacía en Nablus. (EFE)
Un hombre camina por una calle semivacía en Nablus. (EFE)
“Porque uno de los argumentos de los gobernantes era que el objetivo del encierro era 'aplanar la curva' o, en otras palabras, asegurarse de que el sistema de salud no excediese su capacidad máxima”, explicó Gershon. “El modo de medirlo con respecto a esta pandemia es asegurarse de que el número de camas en las unidades de cuidados intensivos es suficiente para todos los pacientes que requieran cuidados intensivos”, añadió.
El modelo “Manejando la pandemia del COVID-19 sin destruir la economía” calcula el consumo de camas en unidades de cuidados intensivos en hospitales y camas hospitalarias en general durante la pandemia. Considera cada una de las fases de la enfermedad, separa entre los distintos grupos de población y calcula la tasa de infección, hospitalización y camas en cuidados intensivos para las diferentes poblaciones.
Según este modelo, si un país adopta una política de distancia social en la medida de lo posible, también en el trabajo, 14 días de autoconfinamiento para quien tenga síntomas de fiebre o tos, pruebas a los individuos con síntomas siempre que sea posible y medidas higiénicas, como mascarillas en público, en la mayoría de los casos la cuarentena sería innecesaria.
Una de las conclusiones del estudio es que en los países en los que el número de camas en cuidados intensivos para pacientes de covid-19 supera las 60 por millón, no es necesario el confinamiento. Y cuando el número de camas es menor a 60 por millón de pacientes, puede que se recomiende una cuarentena parcial y temporal para la población de riesgo, pero la economía y la sociedad puede continuar funcionando.

¿Un mundo sin grises?

El dilema del confinamiento se presentó al público israelí desde el principio como una cuestión maniquea entre salvar vidas o salvar la economía. Y no solo al público israelí. El reputado economista turco Daron Acemoglu, que investiga y trabaja en el MIT (Massachusetts Institute of Technology) se alinea con esta perspectiva, igual que Darrell Duffie, de la Universidad de Stanford, que oponían vidas a economía, y proponían encierros de hasta dos años.
El estudio de la Universidad Hebrea, que, por cierto, ha tenido repercusión limitada en el país, apenas en el ámbito académico, asegura que, en Israel, incluso con el peor de los pronósticos y sin ninguna cuarentena, hay 3.000 camas hospitalarias en total, lo que lleva a Gershon a concluir: “Aquí el encierro ha sido innecesario y podría haber sido evitado. Hubiera bastado una política de responsabilidad higiénica en lugares públicos”.
Sin embargo, sí que ha habido grises en países como Suecia, Singapur, Taiwán o Corea del Sur. En ninguno de ellos hubo un cierre total y el sistema sanitario no llegó a su capacidad máxima, incluso cuando varios de ellos tenían menos camas que Israel.
El epidemiólogo del estudio apunta que países como España, Italia o el Reino Unido, donde, a pesar de la cuarentena, miles de personas han muerto, se han solapado diversos elementos: el número de muertos por gripe en los tres países es más alto que la media europea, entre otros motivos por el excepcionalmente alto número de población de riesgo por edad. Otro motivo probable es que las regulaciones de cuarentena se aplicaron cuando el virus ya se había propagado peligrosamente y no se había obligado a medidas higiénicas desde el principio.
Tanto en Europa como en Israel no se han hechos públicos muchos datos todavía, como el impacto psicológico del encierro. Los psicólogos que tratan a pacientes en situación de ansiedad extrema han compartido algunos detalles, como personas que de tanto limpiar ciertas partes de sus casas han deshecho muebles y utensilios con disolventes, casos de quemaduras corporales para “librarse” del virus, y el fenómeno más común de las personas que, aun pudiendo, prefieren no salir de casa.
Tan seguros están los tres investigadores de que el remedio ha sido peor que la enfermedad que piden una investigación sistemática de los casos de muertes debida al confinamiento, a corto y largo plazo, ya que apuestan a que la mortandad por efectos de la cuarentena es mayor que la mortandad relacionada con el virus.

             MAYA  SIMINOVICH    Vía EL CONFIDENCIAL

Federalismo en movimiento

El autor elogia la estructura federal del modelo de Estado alemán, que evoluciona en favor de la Federación y no de los 'Länder', como un mecanismo que se ha revelado eficaz en la gestión de la pandemia

 

LPO

 
Pese a las convulsiones en las que se ve envuelta la vida política alemana, lo cierto es que el Gobierno de Gran Coalición entre democristianos y socialdemócratas no se tambalea. Es ésta una experiencia que, en un ambiente como el español, llama la atención porque nuestras fuerzas políticas viven del alimento que les proporciona la constante gresca, la pendencia insultona y palabrera, esa que tanto cansa, aburre y desespera a quienes somos personas temerosas de Dios.
Uno de los acuerdos trabados entre los socios para la formación de ese Gobierno (un acuerdo minucioso, preparado por centenares de técnicos y bendecido por los políticos, nada que ver con las ligerezas de nuestro ambiente) se refiere a la reforma del sistema federal desde una perspectiva no nueva, pero sí actualizada bajo un enunciado moderno: "La creación de condiciones de vida equivalentes entre los alemanes".
Merece la pena detenerse en el modus operandi seguido: se constituyeron, por mandato del propio Gobierno, varios grupos de trabajo con representantes de la Federación (en nuestra terminología, el Estado) y los Länder (nuestras autonomías) dirigidos por los titulares de los ministerios federales del Interior, de Agricultura y de Familia. Estudiaron entre ellos asuntos como la situación financiera de los municipios y la ordenación territorial a ella ligada, las infraestructuras digitales, la movilidad y los mercados de trabajo, las prestaciones sociales y sanitarias, la formación de niños y jóvenes... Un largo prontuario, cuyo resultado, en forma de informe, fue presentado en julio de 2019 y hoy figura como aguja de bitácora para los proyectos tanto de la Federación como de los Länder y de los municipios.
El federalismo alemán, como toda realidad sólida empapada de Historia, es un permanente fieri, abierto a las quejas que puedan suscitar unos ciudadanos pendientes de realidades que afectan a su vida diaria y ajenos a los enredos de políticos y juristas, a las peleas en torno a la distribución de competencias entre las autoridades tal como figuran en los textos constitucionales. La expresión "tapiz de retales" que acompaña al federalismo alemán desde la noche de los tiempos, así como la descalificación que supone la afirmación según la cual en él «todos hacen todo», es una constante preocupación de quienes, en las alturas, dirigen la compleja estructura del mejor hilvanado federalismo europeo. A conjurar su descrédito han respondido muchas iniciativas en el siglo XX y también las alcanzadas en la primera década de este siglo (de las que he dado cuenta en libros y en artículos publicados en este periódico) más las que afectan a la nueva financiación de los Länder.
Conviene recordar, porque es lección para nuestro medio, que la distribución de competencias en el constitucionalismo alemán no atiende tanto a los ámbitos materiales (sanidad, agricultura, turismo...) como a las funciones del Estado y, por ello, la legislación corresponde en términos sustanciales a la Federación (repito: para nosotros, el Estado) mientras que la ejecución es el espacio preferente de los Länder. Nada que ver con la obsesión hispana del blindaje de las competencias, en la que tantas y tan tontas energías han gastado muchos juristas siendo como es una aspiración parecida a la de quien corre tras el horizonte, ese obcecado que tiene asegurado el desánimo y la fatiga gratuita.
Esta forma de concebir el reparto de tareas es la que sirve de base a un órgano constitucional como el Bundesrat donde se hallan representados los gobiernos (no los Parlamentos) de los Länder, es decir, la instancia donde estos influyen en la legislación que aprueba la Federación. Las tensiones son lógicas y constantes, a ellas atendieron las reformas de este siglo XXI, pero no desaparecen nunca y ahí están las quejas enérgicas de los presidentes de los Länder que se ponen de manifiesto con ocasión de las sesiones de la Conferencia de sus Presidentes, tal por ejemplo la celebrada en Baviera a finales de octubre de 2019. Quienes en España desean importar el modelo alemán a nuestro Senado deben saber que suelen ser esos presidentes los integrantes del Bundesrat, normalmente, miembros de las cúpulas de sus partidos políticos que, cuando son los hoy coligados, contribuyen a determinar la política berlinesa.
Con todas sus tensiones, las propias de un cuerpo vivo, el sistema funciona y ello porque, como ha destacado Wolfgang Renzsch, catedrático emérito en Magdeburg y observador inteligente de su evolución, pese a las críticas "ha sido decisiva la metamorfosis vivida desde el modelo principesco y predemocrático de 1871 hasta el democrático federal construido por la Ley Fundamental de Bonn". Y añade algo de primordial importancia para España: "la racionalidad del federalismo alemán no consiste en afianzar la diversidad y las diferencias entre los territorios (nosotros diríamos las identidades), sino la de crear unas condiciones de vida equivalentes entre los ciudadanos". Algo que debe ser la consecuencia de una legislación unitaria de la Federación (del Estado) vinculada al principio constitucional de la igualdad, quedando las diferencias entre territorios a la tarea de ejecución atribuida a los Länder. Una prueba de la resistencia del sistema es la actual pandemia: pese a la respuesta dispar que han ofrecido los Länder, por ejemplo, los de Renania del Norte-Westfalia y Baviera, lo cierto es que, bajo la coordinación del Gobierno federal, que no ha recurrido a la legislación de emergencia, se ha logrado capear con eficacia la tempestad sanitaria. Para nada ha hecho falta el mando único.
Nadie debe, empero, llamarse a engaño: los Länder se debilitan como organizaciones políticas. Las causas son siempre económicas. Todos ellos necesitan una financiación que sea adecuada a las demandas de la sociedad moderna, ahora agravadas como consecuencia del virus. Y la solución a esas angustias financieras no puede venir sino de la Federación, de las estructuras de poder centrales. Las ayudas que fluyen a los Länder son cuantiosas y tienen objetivos muy variados, a veces, se refieren a territorios específicos como ha ocurrido en Bremen y en el Sarre con los puertos y el saneamiento presupuestario o la construcción de viviendas. Es evidente que el dinero refuerza el poder del Gobierno federal al contar éste con diversos instrumentos siendo especialmente potente el que ofrece el Tribunal de Cuentas federal. La entrada en vigor este año 2020 del renovado sistema de financiación de los Länder, que ha desactivado la ayuda del rico al pobre y lo ha sustituido básicamente por asignaciones condicionadas federales, supone -obvio es decirlo- la confirmación de esta relevante centralización iniciada hace años.
Sorprende por ello en este panorama la iniciativa que han tomado los presidentes de los tres Länder más grandes, a saber, Renania del Norte-Westfalia, Baviera y Baden-Württemberg, con motivo de la conferencia del pasado año. Están regidos por coaliciones: el primero por la formada por cristianodemócratas y liberales; el segundo por los cristianosociales y los llamados electores libres; y el tercero por verdes y cristianodemócratas. Como se ve, diversas familias ideológicas (de nuevo algo insólito entre nosotros) puestas de acuerdo en plantear una alternativa al modelo federal tradicional: la cobijada bajo la denominación de las distintas velocidades, una terminología importada del mundo europeo. Aspiran a diferenciarse de los demás Länder, pues consideran que no puede compararse su envergadura con la de otros más pequeños o con los de la extinta República democrática.
Esta fórmula supondría un altanero alejamiento del tradicional federalismo simétrico, es decir, se impondría un modelo que admitiría diferencias entre territorios lo que incluiría la posibilidad de dictar una legislación divergente en algunas cuestiones, aunque reconociendo en todo caso la primacía del derecho federal. Pronostico que no será acogida con simpatía y será enterrada sin muchos honores, acaso con el flaco consuelo de algún desvaído debate académico.
Concluyo: el federalismo alemán se mueve y lo hace en una dirección clara, la que marca la aplastante superioridad de la Federación y el debilitamiento del resto de los protagonistas, devorados por una necesidad inacabable de financiación impuesta por una sociedad nueva, por unos ciudadanos exigentes y angustiados. Nada extraño ya que, como nos enseña el Eclesiastés, "para toda cosa hay un tiempo y un juicio al ser grave el mal que amenaza al hombre".

                                                           FRANCISCO SOSA WAGNER* Vía EL MUNDO
Francisco Sosa Wagner es catedrático universitario. Su último libro se titula Gracia y desgracia del Sacro Imperio Romano Germánico. Montgelas: el liberalismo incipiente (Marcial Pons, 2020).