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domingo, 13 de junio de 2021

UN ENEMIGO DE ESPAÑA

Pedro Sánchez y Pere Aragonés 

Pedro Sánchez y Pere Aragonés. EFE

 Indignación, rabia, impotencia. Es lo que de nuevo sienten los constitucionalistas catalanes, otra vez a la intemperie, ante la avalancha propagandística que el nacionalismo ha puesto en circulación en las últimas semanas, esta vez en alianza con la armada mediática agrupada en torno al PSOE de Pedro Sánchez y su marca catalana, el PSC. Ríos de tinta, agua a mansalva la que está desfilando bajo los puentes de una engañifa que, en el fondo, casi también en la forma, es la misma que en 2017 acompañó el intento de golpe de Estado perpetrado por el separatismo contra ese gañán sin sangre en las venas llamado Mariano Rajoy. Este nuevo turbión no deja de sorprender en tanto en cuanto las tropas coaligadas han perdido muchos efectivos en los últimos tiempos, por más que sigan controlando al 100% el espacio mediático catalán y en Madrid manejen el aparato del Estado, con su agitprop anexo, a plena satisfacción, aunque lo más llamativo quizá sean las dudas que ha generado entre constitucionalistas con la cabeza bien amueblada, políticos sensatos, columnistas de postín, gente que de repente parece dudar, como dispuesta, dispuestos muchos, a comprar, si no todo, sí buena parte de la mercancía averiada con la que Sánchez y su banda intentan disfrazar ese nuevo insulto a la nación de ciudadanos libres e iguales llamado indulto.

Conviene insistir: no hay nada nuevo. Ninguna posibilidad de reconciliación, de concordia, de acuerdo; ningún volver a empezar con un nacionalismo que no ha cambiado un ápice sus objetivos maximalistas. El separatismo sigue hozando en el barro conceptual y semántico en el que habita desde tiempo inmemorial, del mismo modo que Sánchez sigue prisionero de los compromisos contraídos con quienes el 31 de mayo de 2018 lo elevaron a la presidencia del Gobierno para desgracia de esa realidad de siglos llamada España. El felón siempre pensó que el poder que confiere la presidencia le daría oportunidades sobradas para huir del cepo, escapar del callejón sin salida en el que él mismo se metió al aceptar los apoyos de la anti España. La “operación Illa” ha sido el último, y casi desesperado, intento de librarse del abrazo del oso de sus socios de investidura, la última intentona por recuperar una cierta autonomía. La operación pretendía ocupar la Generalidad con un nuevo tripartito (PSC, ERC y Comunes) presidido por Illa, naturalmente, pero con los socialistas dispuestos a ceder el honor a ERC incluso en el caso de ser ellos la lista más votada. Y a cambio de asegurar a Esquerra el control político de Cataluña para los próximos 20 años, Sánchez pensaba trincar por sus partes a un Junqueras que vendría obligado en Madrid a sostener a su Gobierno hasta el final de la legislatura y lo que venga después.

La operación fracasó porque Illa (hoy apenas una sombra que se pasea por el Parlament como un fantasma) se quedó a mitad de camino. ERC no picó nunca el anzuelo que le lanzaron desde Moncloa y los resultados de las urnas, muy ajustados, negaron a Salvador Illa el protagonismo que pretendía. De modo que es ERC quien en realidad tiene al PSOE y a Sánchez cogidos por salvada sea la parte. Al contrario que su oponente, Junqueras tiene socios bastantes donde elegir para el Gobierno de la Generalidad, tanto desde la vertiente política como de la llamada “agenda social”. Sánchez depende de ERC, pero ERC no necesita a Sánchez, el aprendiz de déspota que tres años después de mayo de 2018 sigue atado al yugo de un partido que le hará sudar tinta a la hora de lograr los apoyos que necesita para seguir en el machito.

España necesita cerrar heridas, tender puentes, pacificar la hoguera encendida por el separatismo, tender una mano a la concordia

Es el fracaso de la “operación Illa” lo que acelera la concesión de los indultos. Porque Pedro no tiene otro cromo que intercambiar con Junqueras que no sean los indultos, una realidad que un día sí y otro también devuelve a este descuidero de la política al punto de partida del 31 de mayo de 2018. Su Sanchidad está obligado a atender las letras de cambio que sus socios le pasan puntualmente a cobro, sin que tenga forma de escapar del cepo, la celada que él mismo se tendió aquel día. Nada parece irle bien. Fracasó lo de Illa, salió como el rosario de la aurora lo de Murcia y ahora corre serio peligro de estrellarse con “lo” de Sevilla. Su margen de maniobra en el Congreso, donde soñaba con arrinconar a la oposición, es prácticamente nulo, y las encuestas parecen empeñadas en demostrarle (los resultados del 4 de mayo en Madrid así lo avalan) que el país no solo no le quiere, sino que mayoritariamente le detesta. Y todo parece indicar que estamos ante un movimiento transversal que ha recalado ya en las propias filas socialistas. Sánchez o el náufrago necesitado de urgente salvavidas.

De modo que todas sus políticas se reducen a conceder al separatismo lo que este le pide. Ningún margen de maniobra. Un hombre esclavo de su ambición. Con todo, él y sus exegetas podían haber planteado la “operación indulto” con cierta delicadeza. Podían haberla presentado al país con otro envoltorio, argumentar que dada la situación por la que atravesamos, la pandemia y sus consecuencias, la situación de la economía, la acumulación de deuda, la avalancha de paro y otras desgracias fáciles de imaginar, España necesita cerrar heridas, tender puentes, pacificar la hoguera encendida por el separatismo, tender una mano a la concordia, no sé, algún discurso algo más creíble, menos mendaz, españoles todos, sabemos que perdonar el golpe de octubre del 17 supondrá para la mayoría de ustedes tragarse un sapo de grandes dimensiones, pero humildemente creemos en la necesidad de ese sacrificio, en la importancia histórica de ese gesto aquí y ahora… Sería una línea argumental débil, pero en cierta medida honesta. Pero no, de nuevo han tirado por el único camino que conocen: el de la mentira, de modo que han hecho algo peor aún: han abrazado la línea argumental del nacionalismo y la han hecho suya, dispuestos a blanquear al separatismo, la cara como el cemento armado, argumentando que Junqueras ha renunciado a la vía unilateral, mostrando como prueba una carta que no dice nada de lo que el Gobierno y Lo País dicen que dice. De nuevo nos toman por tontos. De nuevo traicionan a la nación alineándose con los enemigos de la España constitucional.

Sánchez necesita seguir alimentando a su tropa; necesita dar los indultos para asegurarse un final de legislatura con posibilidades de renovar su poder en las urnas

Asombra la disciplina con la que los medios de comunicación que escoltan al sanchismo defienden que el sapo del indulto, que todo el mundo sabe que es un sapo, es un bocado exquisito con el que los españoles van a disfrutar como nunca. Su ausencia de vergüenza es solo comparable a su falta de pudor. Demasiada gente vive ya de la mamandurria de un Estado y de un sector público capaz de colocar a miles y miles de tragasables dispuestos a decir blanco donde todo es negro. Sánchez necesita seguir alimentando a su tropa; necesita dar los indultos para asegurarse un final de legislatura con posibilidades de renovar su poder en las urnas, una contingencia hoy remota pero que dependerá en buena medida de la llegada del maná europeo en forma de esos 142.000 millones, la mitad de ellos gratis total, con los que espera “comprar” la voluntad de media España, asegurarse el control de la práctica totalidad de los grandes grupos mediáticos y el favor de los amos del Ibex 35, esos señores que de forma vergonzante hoy se pliegan a sus deseos en la esperanza de que el susodicho maná arregle sus cuentas de resultados y eleve la cotización de la acción en bolsa.

Después del indulto vendrán nuevas cesiones en cadena. Está en la condición del nacionalismo, ese ogro insaciable al que hay que alimentar casi a diario para mantenerlo apaciguado. Y está en la condición de un Sánchez prisionero de la moción de censura. Lo ha puesto de manifiesto el documento incautado al ex senador Xavier Vendrell y que hemos conocido esta semana. Nadie puede albergar la menor duda de que sobre esa mesa de diálogo que Sánchez quiere copresidir con Junqueras estará, cual nuevas letras de cambio a pagar sin demora, la amnistía y la celebración de un referéndum de autodeterminación, otro sapo que los Illa, Iceta y Cía. intentarán envolver en el mismo falso papel de regalo con el que hoy disfrazan el indulto, diciendo que será una consulta no vinculante dentro de la Constitución, pero que los separatistas entenderán y publicitarán como lo que quieren que sea: un referéndum de autodeterminación. Eso, y el regreso del prófugo Puigdemont como el héroe que vuelve a Roma tras la conquista de la Galia, algo que ese portento intelectual que responde al nombre de Ione Belarra acaba de adelantar, sin la menor duda con la anuencia de Sánchez, para ir preparando el terreno. 

Sánchez y su banda. Una banda que puede, eso sí, hacer mucho daño a este país si no la desalojamos democráticamente cuanto antes del poder

Y el mismo desprecio, la misma fatal ignorancia, idéntico intencionado olvido el de esos millones de catalanes que no comulgan con el ideario nacionalista y que han sido y son tratados como ciudadanos de segunda en la propia Cataluña por el separatismo y en Madrid por los sucesivos Gobiernos de la democracia. Es evidente que de la “negociación” que Sánchez pretende con el separatismo no saldrá nada. Porque quien negocia es un tipo al que el 4 de mayo Díaz Ayuso extendió el certificado de defunción, y una ERC que el 12 de febrero pasado obtuvo 603.607 votos en las autonómicas catalanas, tras perder el 35,5% del voto logrado en 2017. Aquella cifra representa el 11,1% del censo electoral catalán y apenas el 7,81% de la población total de Cataluña, unos porcentajes con los que no se puede negociar ni la compra de una bolsa de pipas. Se trata simplemente de una sociedad de socorros mutuos entre un Sánchez que, más débil que nunca, necesita de ERC para acabar la legislatura, y una ERC que sabe que jamás volverá a tener al frente del Gobierno a un aventurero tan bien dispuesto a devolverle el favor. Una sociedad que durará el tiempo que a los separatistas (más bildutarras y nacionalistas de derechas vascos) convenga. Sánchez y su banda. Una banda que puede, eso sí, hacer mucho daño a este país si no la desalojamos democráticamente cuanto antes del poder. Por eso hay que manifestarse hoy en la plaza de Colón: para mandar a las sentinas de la historia a los enemigos de España que hoy gobiernan España con Sánchez al frente. Seguimos anclados al 31 de mayo de 2018.

 

                                                                            JESÚS CACHO   Vía VOZ PÓPULI

domingo, 6 de junio de 2021

LA 'HIBRIS' ESPAÑOLA

 

 

Una característica decisiva de nuestra realidad la resume la palabra griega hibris. Designa la transgresión de los límites que los dioses establecen. También señala una falta de control de los impulsos ocasionados por pasiones exageradas, irracionales, verdaderas patologías, que resume el proverbio de los griegos antiguos. “Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco”. Es lícito dar a la palabra un sentido colectivo, como hace Arnold J. Toynbee en su Estudio de la historia, al emplearla como explicación de la fase de colapso de las distintas civilizaciones.

Hoy nuestra hibris surge de tres patologías dotadas cada una de ellas de potencial crítico. Las tres afectan a sí mismo en una medida parecida a Cataluña.

Una es de origen geográfico, demográfico y económico. Se trata de la frontera con el Magreb, con Marruecos en primer término, pero también con Argelia y su incógnito futuro. La geografía es inevitable, la demografía surge de la diferencia entre un pueblo joven, vital y en expansión y otro que envejece deprisa, y es incapaz de proporcionarse la descendencia que necesita. El económico es fruto de un desarrollo exageradamente desigual. Una renta de 2.932 euros por persona al otro lado del Estrecho por 23.690 euros de España, y un salario mínimo de 209,4 euros y 1.108,3 euros, respectivamente. Eso sí, sus muertos por covid son solo 0,249 por cada mil habitantes por 1,682 de España.

La segunda causa crítica radica en el hecho de que la mitad de los catalanes parece que quieren separarse de España y crear un Estado propio, pero sin saber cómo hacerlo y con la otra mitad en contra.

La tercera es radical y tiene múltiples efectos ramificados: se trata de la natalidad de derribo que padecemos, una de las más bajas del mundo. Nuestro índice de fecundidad es de un mísero 1,24 hijos por mujer (el marroquí es de 2,42 hijos)

Estas grandes amenazas golpean una y otra vez un suelo cada vez más frágil a causa de tres fallas estructurales: 1) Un sistema económico de baja productividad y elevado paro, donde predominan el turismo, las microempresas y muchas deficiencias en los factores que configuran la productividad total; 2) Unos costes sociales y su consecuencia en costes de transacción y de oportunidad en aumento, causados por la anomia de la sociedad desvinculada; 3) La incapacidad para responder a las necesidades básicas de la juventud: igualdad de oportunidades, educación, ocupación, ascensor social, emancipación, vivienda y formación de nuevas familias.

En la raíz de estos fallos subyacen unas grandes incapacidades culturales y morales:

  1. La destrucción sin sustitución de los acuerdos fundamentales que nos unen y la subsiguiente ausencia de un proyecto en común. La disgregación que este hecho provoca está acentuada por las dinámicas políticas relacionadas con la construcción de identidades basadas en ideologías del antagonismo, antiguas y nuevas. Lo opuesto a la concordia necesaria para el buen gobierno que ya señalaba Aristóteles. Izquierda-derecha, progres contra reaccionarios, mujeres contra hombres. Homosexuales y trans contra heterosexuales. La muerte como derecho contra la prioridad a la vida… Estas polaridades se multiplican y acrecientan gracias a las leyes del deseo y el conflicto, y una concepción legisladora desde lo marginal para imponerlo sobre lo que nos es común.
  2. La hegemonía cultural de un progresismo adánico, otra consecuencia de la cultura de la desvinculación, que considera que todo nace con ellos, que siempre lo nuevo es mejor, los derechos son fruto del deseo sin responsabilidades, que todo lo que puede desearse debe hacerse, que es hiper liberal en lo sexual y a la vez moralista y constrictivo. Destructivo en sus contradicciones; por ejemplo, criminalizando el piropo, y al mismo tiempo ser incapaz de limitar la prostitución y la pornografía. Este progresismo se ha desligado de la tradición de la izquierda histórica, y nace cada día, con ideas de este calibre: “Hoy es tan importante atender la división de género como la pobreza” (Gloria Steinem, último premio Princesa de Asturias). Es un progresismo woke, versión anglosajona del clásico “vamos a pasar cuentas” a los que no son como nosotros”, expulsándolos, asfixiándolos económicamente, censurándolos, marcándolos con el estigma, como hace Rufián con los católicos, desde la tribuna de oradores del Congreso como portavoz de Esquerra Republicana.

El resultado es el enfrentamiento continuo entre los supremacistas, que los rufianes representan con tanta propiedad, y los agraviados de todo tipo, de los que Vox son una modalidad castiza.

 

                                                             JOSEP MIRÓ i ARDÈVOL

                                                                       Publicado en La Vanguardia el 31-5-21

El procés de Sánchez y el zulo de Ortega Lara

 Con el autoindulto Sánchez yerra si calcula que más vale una vez colorado que ciento amarillo

Ulises Culebro 

ULISES CULEBRO

Cuando este martes, en la apertura del vitoriano Memorial a las Víctimas del Terrorismo, Pedro Sánchez -no se sabe si por vergüenza torera tras hacerlo los Reyes- se introdujo en la reproducción del zulo en el que ETA tuvo secuestrado 532 jornadas a Ortega Lara «sin saber cuándo es de día ni cuándo las noches son», como en el Romance del Prisionero, es difícil colegir qué rondó en su cabeza en ese breve lapso. Mientras aquel funcionario de prisiones padece ostracismo y vejación por sus ideas, sus carceleros son sus socios y el capitán de la Guardia Civil Sánchez Corbí que lo liberó en 1997 ha sido purgado por el ministro Marlaska que cada viernes de dolores acerca presos etarras para que el Gobierno vasco les dispense el favor que la Generalitat presta a los convictos del golpe de Estado de 2017. Sánchez parece la doblez misma. Un dechado de hipocresía con cabeza fría, corazón insensible y temperamento voluble bajo una máscara que ya es parte de su piel.

Luego de fingir ser un hijo de las circunstancias con la excusa de las exigencias del líder de Podemos, el adiós a la política de Iglesias, a raíz del batacazo del 4-M en Madrid, prueba que Sánchez es su propia circunstancia. Pese a sus gritos de engaño en pos del voto moderado, refrenda que el lobo era Pedro bajo piel de cordero. Así, quien en 2019 interpelaba en un mitin en Tenerife «¿os imagináis la mitad del Gobierno defendiendo la Constitución y la otra mitad, con Podemos dentro, diciendo que hay presos políticos y defendiendo el derecho de autodeterminación de Cataluña?», hoy lo acomete él sin rubor por habitar La Moncloa.

Después de cortarse la coleta Iglesias (o más bien cortársela Ayuso), Sánchez estima como presos políticos a los reos separatistas a los que busca conmutar en una desviación de poder por medio de un «autoindulto» que, como avisa el Tribunal Supremo en su informe negativo, beneficia a «los líderes de los partidos que hoy por hoy garantizan la estabilidad del Gobierno llamado al ejercicio del derecho de gracia». Como si fueran canapés, sirve en bandeja los argumentos esgrimidos por el secesionismo dentro y fuera de España, para pasmo de propios y desconcierto de ajenos que, como el galo Astérix con los romanos, proferirán «estos españoles están locos».

Con la doble puñalada trapera del autoindulto y la rebaja del delito de sedición, tras negar lo uno y prometer agravar lo otro, además de estar resuelto a poner a buen recaudo al prófugo Puigdemont, Sánchez acuchilla al Estado de Derecho forzando a que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos tenga que moverse entre la perplejidad y el sarcasmo cuando estudie el recurso separatista. Desde la traición del conde don Julián dramatizada por Zorrilla en El puñal del godo, no se conoce nada igual. Ello puede arrastrar la imagen de España por los suelos y que su diplomacia sea el hazmerreír continental. ¡Cómo para batallar en el frente exterior con órdagos como el marroquí!

Para más inri, Sánchez da su venia, bajo distintos eufemismos para disimular su juego de cartas marcadas, a la Mesa de la Autodeterminación sin inconveniente alguno en acomodar a un cabecilla del 1-O como Junqueras, a quien el ministro y número dos en el PSOE, José Luis Ábalos, compara nada menos -¡oído al parche!- que con Mandela. Con claro menoscabo de quien derribó el muro del apartheid en Sudáfrica y exaltación de un racista que diferencia los genes de los catalanes de los del resto de los españoles en sintonía con el atrabiliario doctor Robert, alcalde de Barcelona a fines del XIX, que fundamentaba su independentismo en la peculiar conformación del cráneo catalán. En agosto de 2008, no se sabe si por los efectos de las altas temperaturas, Junqueras arguyó que los catalanes se asemejaban genéticamente más a franceses, italianos y suizos que al resto de españoles. Con la muestra de quien presume ser independentista desde los ocho años y de oponerse a la Constitución antes de promulgarse, se aprecia el catálogo entero.

Lo cierto es que el presidente que se compungía porque «no dormiría tranquilo» con Podemos en el Gobierno del insomnio hace suyo el cuestionamiento que entonces deploraba en su vicepresidente cuando Iglesias, en la cita catalana del 4-F, recriminaba la baja calidad de la democracia española porque los golpistas del 1-O estaban entre rejas. Reproduciendo lo escrito por el poeta francés Gérard de Nerval al pie de un retrato suyo, Sánchez puede rotular también «yo soy el otro» al ser intercambiable con Iglesias. Después de usar a éste como intermediario para que visitara a Junqueras en la cárcel a fin de preservar su mayoría parlamentaria, Sánchez ya no requiere su celestineo y se entiende vis a vis con quien acredita tener mejor ojo para calar la debilidad de Sánchez (y antes de Rajoy) que la de este tartufo independentista confundiendo realidad y deseo.

Al cabo de dos años del saludo buscado por el reo Junqueras aprovechando su permiso para asistir a la constitución de las Cortes, donde le emplazó a hablar de todo, Sánchez se apresta a ello con quien tiene dicho y redicho que «gracias a lo que hicimos en otoño de 2017, nos hemos ganado el derecho a repetirlo». Sólo un político dispuesto a sostenerse en el poder a toda costa, desentendido de las secuelas de sus actos, puede emprender tal camino de perdición de un país cuyos intereses prometió proteger situando su mano sobre un repujado ejemplar de la Constitución.

Al margen de que Junqueras, urgiendo ser amnistiado, reitere «que se metan el indulto por donde les quepa» desde antes de la sentencia, Sánchez se determina a pagar el tributo contraído después de que la amarga victoria del PSC no haya servido para configurar un tripartito con ERC que supeditara el Gobierno de Aragonès y, a través de un do ut des, facilitara un apoyo recíproco. El revés posterga al ex ministro Illa, rey por una noche, a un papel de comparsa penoso de fingir con Sánchez dependiendo de Aragonès. Este último ha escurrido el bulto, si bien sometido, a su vez, a unos socios (JuntsxCat, intramuros de la Generalitat, y CUP, extramuros de ella) que le pondrán las peras a cuarto, es decir, fecha de caducidad si no convoca un referéndum de autodeterminación esta legislatura.

Esta porfía por el liderazgo soberanista acelerará una desquiciada carrera en la que los sindicados de Aragonès tirarán de él y éste arrastrará, a su vez, a Sánchez poniendo en jaque al Estado. Se fía a un gradualismo de ERC que no es tal a la hora de la verdad. Cuando Puigdemont titubeaba si anticipar elecciones para soslayar la intervención de la Generalitat por la vía del artículo 155 de la Carta Magna, Junqueras empujó al president a ejecutar la declaración de independencia asistido por Rufián con un incendiario tuit que le incriminaba ser un Judas listo para venderse por 30 denarios de plata.

Con el autoindulto, Sánchez yerra de medio a medio si hace el cálculo de que más vale ponerse una vez colorao que ciento amarillo y que luego el tiempo enfriará la lava del volcán que desatará la gracia repudiada por la mayoría de los españoles. Ello esclarece que ahora lo saque a la palestra sin comicios en ciernes tras negarlo en vísperas electorales. Como dijo Caracol El del Bulto, padre de Manolo Caracol y mozo de estoques de Joselito El Gallo, al empaparle el traje entero un rebufo de vapor proveniente del Expreso que le había trasladado de Sevilla a Madrid con gran retraso: «Ese roneo, cojones, en Despeñaperros».

Al igual que Chamberlain festejaba la paz de su tiempo presumiendo de haber apaciguado a Hitler, Sánchez hace deliberada ignorancia sobre la voracidad de quienes carecen de límite por lo que es absurdo tener fe en ellos. Fue lo que le aclaró Ortega a Azaña en las Cortes, si bien este último se percató tarde constatando cómo Companys explotaba la revolución de Asturias de 1934 para promulgar el Estat català y reincidir en plena Guerra Civil. Esa doble traición le llevó a anotar en 1937 en La velada en Benicarló: «Mientras dicen privadamente que las cuestiones catalanistas han pasado a segundo término (...), la Generalidad asalta servicios y secuestra funciones del Estado, encaminándose a una separación de hecho».

Por eso, como un semáforo averiado, Sánchez irá del colorao al amarillo a rastras de quienes se la jugarán las veces que sea menester al sentirse impunes desbarren lo que desbarren. No obstante, creyéndose par de Federico II de Prusia, reanuda la escapada en la seguridad de que hallará, como aquel déspota ilustrado, a un idiota que justifique en Derecho la tropelía que cometa. Empero, el autoindulto será de difícil y ardua digestión para quien se empecina en incurrir en los errores del ayer bajo la máscara de la aparente novedad. Todo ello con la ansiedad del impostor que teme ser desenmascarado o quizá ya está siéndolo a tenor de las encuestas que hunden su popularidad y sus perspectivas de voto.

A este respecto, produce una mueca amarga que los servicios de propaganda de La Moncloa promuevan como acto de arrojo de Sánchez su clamorosa deserción. Rebuscando en el ropero de la historia, como el que va a la tienda de disfraces en los prolegómenos del carnaval, buscan acomodarle un traje que le dé porte de estadista, al igual que en los días más crudos del confinamiento por la Covid sin que tales atuendos cubrieran la desnudez de su negligente gestión. Es verdad que, en estos «tiempos bobos» como aquellos de Galdós, en los que cualquier estupidez tiene acomodo y asiento de ley, brota una nueva especie de impostores. Entronizándose como héroes contemporáneos, se arrogan victorias en batallas que no libraron y se apropian de los honores que aquellos otros que se dejaron girones de piel, cuando no la vida, en el envite.

Así sobre el fuste torcido del pacificador del Pas Vasco que no fue Zapatero, sino blanqueador de la derrota de ETA merced a una sostenida política antiterrorista del aparato policial y judicial del Estado, ahora los constructores de relatos copiados de exitosas series cinematográficas quieren ceñir con esa corona de laurel las sienes de Sánchez con relación a la Cataluña que incendió Zapatero para ser presidente con un estatuto inconstitucional que desató la caja de Pandora con el tripartito de Maragall.

En esa falsía, si el terrorista Otegi era un hombre de paz para Zapatero sin importar su trayectoria sanguinaria, el golpista Junqueras es Mandela para un Sánchez que vive al día abonando la hipoteca que contrajo para morar en La Moncloa por encima de las posibilidades que le otorgaban sus votos. A diferencia de los versos agradecidos del poeta libanés Yibrán Jalit Yibrán a los benditos ladrones que «me robaron mis máscaras», aflorando su auténtica personalidad, Sánchez se aferra a esa máscara para, asomado con curiosidad de turista al zulo rehecho del secuestro de Ortega Lara, salir como entró. Sin reconcomios ni problemas de conciencia.

 

                                                           FRANCISCO ROSELL  Vía EL MUNDO

LO QUE LA VERDAD ESCONDE

 No la dice, pero la sabemos todos

 

 

Dentro del gran embuste del indulto (a los independentistas catalanes) hay un aspecto que el presidente ha despreciado desde el primer momento. Se ve que no va con él, pero contribuye de forma decisiva a aumentar el número de españoles que opuestos a concederlo, como la levadura es determinante para el crecimiento de la masa.


Nos referimos a un estilo de comportamiento que es muy valorado en política, aunque al presidente le suele a chino, cual es decir la verdad.

Sánchez ha basado su comunicación en la mentira, en manifestar en cada ocasión lo que le viene bien sin importarle un comino si es contradictorio con lo defendido horas antes, si realmente es su voluntad, o si ya es falso en su origen.

Ahora resulta muy complicado reconvertir la situación. Primero, porque ha perdido toda credibilidad, y segundo, porque está construido sobre unos falsos cimientos que se lo impiden.

Con todo y eso, si su discurso no hubiera sido el que oímos sobre tender puentes, animar a la convivencia, y ser valientes y generosos en el tema catalán _ que no se lo cree ni Salvador Illa _, y hubiera dicho: Señores tengo que concederles el indulto porque se lo he prometido y solo de esa manera me apoyarían para ser presidente, no digo que se ganase a la opinión pública, pero rebajaría el número de españoles en contra. Es sincero.

Los opuestos a la medida de gracia constituyen hoy una cantidad suficiente como para pararle los pies a cualquier político sensato, aunque no sea el caso. Incluso dentro de las filas del PSOE.

Ocurre no obstante que es imposible. Sus cimientos, además de estar apuntalados con mentiras, son como los naipes de un castillo fragilísimo en donde la verdad supondría un contrapeso imposible de compaginar con el equilibrio.

Señores, ya sé que lo volverán a intentar, pero mi ambición es tan desmedida que les prometí el indulto, el oro y el moro.

 

                                                                           José de Cora

                                                 Vía Bitácora de Cora/El Progreso

martes, 1 de junio de 2021

Política Ancestral y Política Ilustrada

 


El enfrentamiento entre Israel y Palestina se ha recrudecido en estos días, y crece el escepticismo ante la posibilidad de resolver un conflicto tan profundamente enraizado. Desde que en 1957 apareció la primera revista dedicada a la solución de conflictos – Journal of Conflict Resolution. A quarterly for research related to war and peace, (Universidad de Michigan)- han proliferado los centros de estudios y de mediación y las publicaciones sobre estos temas. Pero una y otra vez el recurso a la violencia se impone.

Parece que los humanos no somos capaces de vivir en paz. Se confabulan para ello elementos psicológicos, sociales, y económicos.  “Need, Creed and Greed”, la necesidad, las creencias y la codicia son factores omnipresentes (Arnson, C.J. y Zaartman I.W (Eds) Rethinking the Economics of War. The Intersection of Need, Creed and Greed). La Ciencia de la evolución de las culturas, que inspira estos Panópticos, trata de comprender esos mecanismos que se disparan de forma automática, y que sólo conociéndolos podremos controlar.

Hagamos un poco de historia. Con la vida aparecieron en el universo las necesidades y con ellas el problema de satisfacerlas. La inteligencia ha aumentado los deseos, las expectativas y las necesidades humanas, ampliando así los problemas a resolver. Somos seres expansivos, lujosos, competitivos y con afán de poder. Un coctel creativo y peligroso. Como señaló Tomás de Aquino, “los deseos que proceden de la inteligencia y no de la fisiología, son infinitos” (Sum.Theol. I-II.30,4). Pero somos, al mismo tiempo, seres sociales que necesitamos vivir juntos y cooperar. Solidarios insolidarios, decía el viejo Kant. Esta contradicción nos convierte en archiproblemáticos. La inteligencia humana crea sin parar nuevos problemas y se esfuerza por resolverlos.

En el Panóptico 17 (el Panóptico es una red que deberá irse haciendo cada vez más amplia y más tupida) ya expliqué que las necesidades y deseos pueden ser incompatibles. El deseo de sobrevivir del cazador y de su presa lo son. En los animales sociales, hay una pugna por la jerarquía e, inevitablemente, uno gana y otro pierde. La fuerza es la última instancia. Los humanos hemos heredado también esa forma natural de resolver los conflictos, pero nos hemos esforzado en buscar otros modos de hacerlo, en los que la fuerza, la violencia, no sea el recurso definitivo. Llamaré “política ancestral” a esa herencia de nuestros antepasados animales. Está en el origen de las invasiones, del derecho de conquista, del colonialismo, de la “realpolitik” de todos los tiempos. Sostiene que no se puede hacer política con principios morales. La razón de Estado es imprescindible y a la vez perversa. Maquiavelo ya lo había advertido:

“Debéis saber que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la fuerza. La primera es propia del hombre; la segunda es la de las bestias. Pero como la primera, muy frecuentemente, no basta, conviene recurrir a la segunda. Por eso es necesario un príncipe que sepa usar bien de la bestia y del hombre”.

La “política ancestral” es la natural, la más fácil, la que aparece cuando nos dejamos llevar. Penetró durante siglos la acción política internacional en todos los niveles.  El principio romano uti possidetis iuris, que autorizaba a la parte beligerante a reclamar el territorio que había adquirido tras una guerra, fue declarado principio de Derecho Internacional en la Conferencia de Berlín (1884-1885) en que las grandes potencias se repartieron África, y ha sido utilizado por la Corte Penal Internacional al menos hasta 1986.  En 1452, la bula Dum diversas, publicada por el papa Nicolás V, autorizaba al rey de Portugal “a atacar, conquistar y someter a los sarracenos, a capturar sus bienes y sus territorios, a reducir la presa a esclavitud perpetua y a traspasar sus tierras y propiedades al rey de Portugal (Carles R. Boxer, The Portuguese Seaborne Empire, 1415-1825 ,1969, 21).

La “política ancestral” sigue vigente. Se basa en dos premisas:

  1. La oposición amigo-enemigo es la esencia de la política.
  2. El triunfo de la política es la aniquilación del enemigo o, al menos, su sometimiento.

Este modelo lo expuso Carl Schmitt, ideólogo nazi y de los movimientos populistas. Cuando Pablo Iglesias, en su gran momento retórico, gritó: “El cielo no se alcanza por consenso, se alcanza por asalto”, estaba resumiendo brillantemente la “política ancestral”.  Se manifiesta en los enfrentamientos de clase, ideológicos, religiosos. Toda polarización – y de hecho el sistema actual de partidos entero- manifiesta este enfoque conflictivo de la política. La única salida es la derrota, por ventura en las urnas en las democracias. Otra salida puede ser el pacto, pero, si se hace desde posturas enfrentadas, suele ser un compromiso precario para salir del paso.  Cada una de las partes lo firma con el propósito de cambiarlo al tener suficiente poder. Un ejemplo: al redactar el artículo 27 de la Constitución sobre el sistema educativo, las partes enfrentadas no llegaron a un acuerdo. Para desencallar la situación se llegó a un “pacto” que dejaba en suspenso muchas cuestiones que cada partido confiaba en definir a su manera al llegar al poder.

Frente a esa idea belicosa se ha mantenido también a lo largo de la historia otro modo esperanzado, “supra-natural”, podríamos decir, de hacer política. No se centra en el enfrentamiento amigo-enemigo, ni en la dialéctica de la fuerza, ni en juegos de suma cero, sino en el afán de transformar el conflicto entre dos fuerzas en un problema común a resolver.  La dialéctica victoria-derrota es sustituida por la dialéctica solución buena-solución mala. Es un salto de nivel que supone una reformulación de la política, que no acaba de cuajar. La llamo “política ilustrada” porque la Ilustración -inglesa, americana, francesa- perfeccionaron ese modelo esbozado a lo largo de la historia. Los aspectos que lo definen son el multiculturalismo, el reconocimiento de derechos individuales, la universalidad de los valores, la participación en el poder político, el rechazo a la fuerza como fuente del derecho y una optimista confianza en la razón y en la persuasión. Es una política de suma positiva, win-win, en la que todos los contendientes pueden resultar beneficiados a lo largo del tiempo. Para el estafador es perjudicial someterse a un tribunal justo que le condena. Pero, a la larga, le resulta beneficioso que existan tribunales justos. Como corroboración de la universalidad de las dos tradiciones políticas -ancestral e ilustrada- recordaré que durante los 80, hubo en China un poderoso movimiento intelectual reclamando una “ilustración” (qimeng), con los valores que antes he mencionado.  La involución de 1989 (Tianamen) la reprimió.

No se centra en el enfrentamiento amigo-enemigo, ni en la dialéctica de la fuerza, ni en juegos de suma cero, sino en el afán de transformar el conflicto entre dos fuerzas en un problema común a resolver.

Esta política sensata choca contra fuerzas emocionales muy poderosas, difíciles de extirpar. Es una gigantesca, precaria y difícil creación humana, por eso digo que se mueve en un nivel supra-natural, como la ética. Tucídides, en Historia de la guerra del Peloponeso ejemplifica las dos políticas. La isla de Melos, aliada de Esparta, se niega a someterse al poder ateniense. Atenas envió embajadores para vencer definitivamente esa resistencia. En este caso, los melios representan la “política ilustrada”. Apelan a una idea de justicia para disuadir a los atenienses de sus pretensiones de dominación. Tratan de convencerles sobre la base de una concepción compartida de lo que deben ser las relaciones entre comunidades políticas. En cambio, los atenienses representan la “política ancestral”. Se saben más poderosos y quieren “negociar” sus condiciones. No hay acuerdo. Los griegos conquistaron la isla y, según Tucídides, “mataron a todos los melios adultos que apresaron y redujeron a la esclavitud a niños y mujeres”.
Lo que permite pasar de la “política ancestral” a la “política ilustrada” es convertir el conflicto en un problema a resolver. Pondré dos ejemplos españoles:
Los movimientos independentistas y los enfrentamientos sobre el modelo educativo. La “política ancestral” los plantea en términos de victoria de una facción. La “política ilustrada” en términos de “problema” a resolver:

¿Cómo conseguir que las justas pretensiones nacionalistas y no nacionalistas puedan satisfacerse? ¿Cómo conseguir que nuestros alumnos tengan éxito educativo?

Quiero insistir en que ese paso es difícil, porque va en contra de propensiones instintivas muy fuertes. Conviene recordar que los europeos tenemos una tradición muy belicosa. Por eso la Comunidad europea es un milagro, que se vuelve frágil en cuanto resuenan voces ancestrales. Europa, un continente pequeño y dividido, acabó dominando el mundo por su agresividad y su pasión competitiva y expansiva. El elogio a la guerra como motor de progreso ha sido constante. “Es un fenómeno en el que lo que está en juego es el poder espiritual” (Scheler), “Lo que compite no son las armas, sino la voluntad” (Klausewitz). “La guerra hace que el mundo sea comprensible, un cuadro en blanco y negro que divide a buenos y malos. Por desgracia, a veces la guerra es la herramienta más poderosa de que dispone la sociedad humana para alcanzar el sentido” (Hedges, C., La guerra es la fuerza que nos da sentido, Síntesis, 2003). El historiador Ian Morris, en su libro ¿Para qué sirve la guerra? defiende que la guerra es el gran motor del progreso, que ha producido cambios beneficiosos y que uno de ellos será acabar con la misma guerra. Pero esta última y esperanzadora conclusión no resulta muy convincente. La campaña ideológica que ha comenzado China, se basa en presumir de que su cultura no ha sido nunca agresiva, y que su tradición confuciana la lleva a preferir la armonía al conflicto. (Lo explico en la sección LO QUE HE LEÍDO).

Solo pensamos en la paz cuando estamos en guerra, porque queremos huir del dolor.

Lo cierto es que somos una especie competitiva que no acabamos de dar un contenido atractivo a la paz. Nos ocurre lo mismo que a los teólogos católicos, capaces de describir con gran elocuencia los horrores del infierno, pero no las delicias del cielo. Solo pensamos en la paz cuando estamos en guerra, porque queremos huir del dolor. Pero cuando se vive en paz, emergen las pasiones expansivas, de cambio, de competición, de envidias, de codicias. La paz ha tenido mala prensa. Ya Juvenal escribió una frase que estremece: “Nunc patimur longae pacis mala”. “Ahora padecemos los males de una larga paz”. Resulta sorprendente la explicación que da: “Se nos ha venido encima el lujo, más corrosivo que las armas (…) Ningún crimen ni acción lujuriosa nos falta desde que la austeridad romana desapareció” (Sátira VI, 290-295). Kant, que aspiraba a la paz universal, reconocía en su Crítica del juicio que “una larga paz suele hacer dominar el mero espíritu de negocio, y con él el bajo provecho propio, la cobardía y la debilidad, rebajando el modo de pensar del pueblo”.  Marx, en La ideología alemana, cuando quiere explicar cómo será la vida después del triunfo del comunismo, su imaginación es muy pobre: “podrá dedicarse por la mañana a cazar, por la tarde a pescar y por la noche a apacentar el ganado”. La paz aparece, así como una calma aburrida y laboriosa, que hace que mucha gente añore emociones más fuertes. Tácito (55-120 d. C) señalaba que las tribus germánicas preferían “desafiar al enemigo y ganar el honor de las heridas”, al duro trabajar.  “Les parece aburrido y estúpido adquirir con el sudor de su trabajo lo que pueden conquistar con su sangre” (Germania, 14).

Ortega comprendió bien la situación. Se dio cuenta de que era necesario “inventar la paz”, porque no era una situación ni obvia ni natural. La naturaleza es una permanente y cruel lucha por la vida. “El enorme esfuerzo que es la guerra -escribió- solo puede evitarse si se entiende por paz un esfuerzo todavía mayor, un sistema de esfuerzos complicadísimos y que requieren la venturosa intervención del genio. Lo otro es puro error. Lo otro es interpretar la paz como el simple hueco que la guerra dejaría si desapareciese; por lo tanto, ignorar que si la guerra es una cosa que se hace, también la paz es una cosa que hay que hacer, que hay que fabricar, poniendo a la faena todas las potencias humanas (…). La ausencia de pasiones, la voluntad pacifica de todos los hombres, resultarían completamente ineficaces, porque los conflictos reclaman solución y, mientras no se inventase otro medio, la guerra reaparecería ´inexorablemente”.

Hace falta una creatividad poderosa para inventar la paz. Y debe comenzar provocando un cambio de actitud, de cultura, para reescribir en términos de problema lo que se había vivido en términos de conflicto.

Reconocer las dificultades es el primer paso para resolverlas.

No se pueden proponer soluciones sencillas a problemas complejos. Sobre todo, a los que fueron planteados por una “política ancestral”, que creó una situación de hecho sobre la que se han construido intereses, agravios y resentimientos. Resulta chistoso aquel comentario atribuido a un diplomático optimista: “No sé por qué se preocupan tanto por el conflicto judío palestino, cuando la solución es muy sencilla: Basta que todos se comporten como buenos cristianos”. No es posible pasar del régimen del conflicto al régimen del problema, sin un acuerdo previo en querer resolverlo, sin la evaluación de la legitimidad de las pretensiones. Hace falta una firme decisión de realizar un trabajo de elaboración del problema (parecido al que se da en la elaboración del duelo), de aprendizaje adaptativo, dice Heifez (Liderazgo sin respuestas fáciles, Paidós). No basta, como pensaba Habermas, con un diálogo de todas las partes implicadas, sino que hay que hacerlo a sabiendas que todos deben evolucionar en el mismo proceso de solución. En él no deben implicarse solo los políticos, sino la ciudadanía entera. El nivel de “capital social” de esa ciudadanía hará posible o no l solución. En el caso de bajo capital social, lo ilustrado es intentar elevarlo. Lo ancestral, exacerbar la hostilidad.

No olvidemos que en los conflictos se mezcla una situación objetiva y la interpretación subjetiva de los participantes. Dos investigadores, Oded Adomi Leshem y Eran Halperin, que estudian la psicología humana para facilitar la resolución de conflictos, nos dan algunas pistas al estudiar el conflicto palestino-israelí. Preguntaron a ciudadanos de ambos países por su idea de paz y comprobaron que era diferente. En un conflicto asimétrico, explican, el significado de la palabra “paz” depende de si perteneces al grupo favorecido o desfavorecido. Es decir, cuando israelíes y palestinos se sientan a negociar la “paz”, unos van pensando en llevarse bien y otros en reparar injusticias. “Aunque los participantes de ambos lados pueden estar muy motivados para promover la paz intergrupal, los palestinos a menudo se irritan cuando los israelíes no ven la conexión entre la paz y la justicia”.

“No es posible pasar del régimen del conflicto al régimen del problema, sin un acuerdo previo en querer resolverlo, sin la evaluación de la legitimidad de las pretensiones.”

Los israelíes también pueden sentirse frustrados porque su deseo de establecer una colaboración con los miembros del grupo desfavorecido se encuentra con la desaprobación. Esta discrepancia, explica Leshem, es una condición universal de la humanidad, no algo anecdótico de Oriente Medio. “Creemos que las lecciones de este estudio pueden generalizarse a otros conflictos”. Este problema también se da con otros conceptos, cuando líderes o colectivos mencionan “diálogo” o “acuerdo”. “Exactamente”, afirma Leshem, “las diferencias en la forma en que la gente interpreta palabras como acuerdo o justicia pueden conducir a malentendidos y a intensificar los conflictos”. Por tanto, los representantes políticos deberían gastar algunas energías en definir previamente el marco mental en el que se van a mover, para evitar frustraciones al llegar a la mesa de diálogo. “Los líderes que realmente aspiran a la paz deben comprender que el concepto de paz no es evidente. Deben escuchar la interpretación de su oponente de lo que es la paz y explicar su propia interpretación”, asegura Leshem. Y añade: “El diálogo no debe centrarse solo en la pragmática de los acuerdos de paz, sino en la esencia de la idea de paz”. Porque, a pesar del tópico, desear la “paz en el mundo” puede ser de lo más conflictivo si no aclaramos antes lo queremos decir cuando decimos “paz”. Intentemos aplicar estos consejos a la mesa de negociación sobre Cataluña que está a punto de inaugurarse.

Cuando escribo este Panóptico se debate si se debe conceder el indulto a los condenados por sedición tras los sucesos del 1 de octubre en Cataluña.  Si se concede como elemento de negociación, dentro del marco de la “política ancestral” en que siempre se ha planteado el enfrentamiento nacionalista, no creo que sirvan para nada. Pueden, en cambio, ser útiles si entran dentro de un proceso de “aprendizaje adaptativo”, lejos de la dialéctica de vencedores y vencidos.

El enfrentamiento entre Israel y Palestina se ha recrudecido en estos días, y crece el escepticismo ante la posibilidad de resolver un conflicto tan profundamente enraizado. Desde que en 1957 apareció la primera revista dedicada a la solución de conflictos han proliferado los centros de estudios y de mediación y las publicaciones sobre estos temas. Pero una y otra vez el recurso a la violencia se impone.


                                                       JOSÉ ANTONIO MARINA  Vía su blog EL PANÓPTICO Nº 30