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domingo, 20 de junio de 2021

MACRON Y LA HISTORIA

 

El Panóptico 31 Macron y la historia

Marc Basset, desde París, comenta que Macron ha asumido, además de sus versátiles y ubicuas responsabilidades presidenciales, la de fijar el relato nacional. Considera importante “reconocer” memorias a veces opuestas, “reconciliarlas” y enmarcarlas en un “relato común”. “Los franceses somos una sociedad histórica, un país de tiempo largo (long durée) que avanza sin borrar, sin negar ni renegar, sino reinterpretando sin cesar, reconociendo, entendiendo”.

Ha hecho de la historia y la memoria un pilar de su política. Tal vez sea la huella de sus años jóvenes cuando colaboró con el filósofo Paul Ricoeur en la obra La memoria, la historia y el olvido. Su propósito tiene forzosamente que interesar al Panóptico, cuyo objetivo fundamental es comprobar si se puede aprender de la historia.

La preocupación por las etapas oscuras de la historia de una nación no es nueva. Alemania ha pedido perdón por las atrocidades nazis. En 1995, Chirac reconoció que fueron las fuerzas policiales del Estado francés las que ejecutaron las deportaciones de judíos. En enero de 2000, Guy Verhofstadt, primer ministro de Bélgica-antigua potencia colonizadora de Ruanda- había pedido perdón en nombre de su país subrayando un “dramático cortejo de negligencias, incompetencias, dudas y errores. Macron ya demostró su interés por la historia en su discurso de conmemoración de la muerte de Napoleón, que comenté aquí. Días después, el 27 de mayo pronunció otro en Kigali. Veintisiete años después del genocidio de los tutsis en Ruanda, ha reconocido la responsabilidad del Estado francés por haber apoyado entre 1990 y 1994 al régimen hutu. En el caso francés, el reconocimiento de Macron sigue a la publicación en marzo del informe elaborado por el historiador Vincent Duclert y su equipo, sobre la actuación de Francia en Ruanda. En él exponen los errores de Mitterrand, provocados por su obsesión de limitar la influencia anglosajona en el continente.

Macron ha hablado de responsabilidad, pero no de culpabilidad ni de complicidad. “Pero Francia tiene un papel en la historia: el de mirar la historia de frente y reconocer la parte de sufrimiento que ha infligido al pueblo ruandés haciendo prevalecer durante demasiado tiempo el silencio sobre el examen de la verdad”. “Solo quienes han atravesado la noche pueden pedir perdón. Hacednos el don de perdonarnos”. Utilizaba así el lema que se lee en el Memorial de Gizoni: “Solo el que ha atravesado la noche puede contarla”. También la comunidad internacional se inhibió durante el terrible año 1994 abandonando a su suerte a cientos de miles de tutsis. Paul Kagame y Emmanuel Macron han hecho un esfuerzo por cauterizar la herida y sanear la relación bilateral. “Se abre así un nuevo espacio político que permite entrever una normalización de las relaciones”.

Macron y la historia cabecera Panóptico 31

¿Qué sentido tiene el revisionismo histórico o los movimientos de cancelación? ¿Hasta dónde pueden llegar? Desde el Panóptico creemos que el pasado se debe conocer de manera objetiva, teniendo en cuenta no solo los hechos, sino la interpretación que en su momento se hacía de esos hechos. La evaluación, la crítica, la condena, no pertenece a la Historia, sino a la Panóptica, que tiene como función sacar enseñanzas. El colonialismo es un buen ejemplo de un modo de pensar y actuar. Los estudiantes de doctorado del Magdalen College de la Universidad de Oxford han votado con clara mayoría retirar una fotografía de la reina Isabel de 1952, por su vinculación al pasado colonial. Le Monde 29.5.2021 dedica un extenso reportaje a la Exposición colonial de 1931. Transcribe el discurso de inauguración de Paul Reynaud, ministro de colonias del gobierno de Pierre Laval. “¿Cuál es el lugar de Francia entre los pueblos colonizadores?” “Francia es colonial por vocación”. No hablaba en nombre de una raza, ni siquiera de una nación, sino “en nombre de una civilización humana y dulce cuya característica es ser universal”. El objeto esencial de la exposición era “dar a los franceses la conciencia de su “Imperio”.

No se trata de negar lo que sucedió, sino de comprender lo que sucedió, la capacidad de los humanos para aceptar creencias que siglos o años más tarde pueden llegar a repugnarles. En Biografía de la Inhumanidad (p.211) he contado que uno de los atractivos de las colonias era que en ellas las normas morales quedaban en suspenso, como dice Rudyard Kipling en su poema Mandalay:

Embarcadme y llevadme a algún lugar
Donde da igual lo mejor y lo peor,
Donde no existen los diez mandamientos.

Que se pudiera aceptar este colapso ético e incluso justificarlo por una misión civilizadora encomendada a los colonizadores es lo que debe hacernos pensar. Para ello no hay que cancelar, sino recordar.

 

 

 

                       JOSÉ ANTONIO MARINA Vía su blog EL PANÓPTICO

Los jóvenes y la “paz cojonuda” de Sánchez

Las universidades catalanas solo tienen un 10% de exámenes de Selectividad en castellano 

Estudiantes con mascarilla en un examen de selectividad. EFE

Las bicicletas son para el verano. En la obra del gran Fernando Fernán-Gómez, la familia formada por don Luis, su esposa Dolores y sus hijos Manolita y Luisito comparte el día a día de la guerra civil en su piso de Madrid con la criada, los vecinos y el estraperlo. Luisito, que ha suspendido Física, lleva tiempo pidiendo a su padre una bicicleta, regalo que la guerra obliga a postergar. En el Acto IX, y con Madrid rodeado por los sublevados y el Gobierno republicano huido a Valencia, a casa de don Luis llega el primo Anselmo, ferviente miliciano, ataviado con los colores de la CNT. Trae buenas noticias. Doña Dolores le pregunta cuándo cree que acabará “esto”, y el aludido responde eufórico que “en seguida. ¿No ves cómo les hemos sacudido en la Universitaria, en la Casa de Campo, en todo el frente. Hemos ganado la batalla. Les hemos parado. ¿Lo habéis visto? ¡No han pasado! Y la repercusión internacional que ha tenido, porque los fascistas lo han jugado todo a tomar Madrid. Y no lo han tomado. Además, Francia va a abrir la frontera y entonces entrarán armas, víveres, lo que sea. Cuestión de días, ya os digo (…) Y todo va a ser distinto y mucho mejor que antes. Vendrá la paz, pero una paz cojonuda y para mucho tiempo. Se terminó lo de explotadores y explotados (…) A disfrutar de la riqueza. Que trabajen las máquinas. La jornada de trabajo, cada vez más corta; y la gente, al campo, al cine o a donde sea, a divertirse con los críos o con las gachís. Pero sin hostias de matrimonio, ni de familia, ni documentos, ni juez, ni cura… Amor libre, señor, libertad en todo: en el trabajo, en el amor, en vivir donde te salga de los cojones…” Anselmo, exultante a la hora de describir la Arcadia feliz que prepara el Frente Popular, se para en seco un momento y dirigiéndose a Luisito le conmina:

-Pero tú estudia, eh? Estudia la Física esa y no hagas rabiar a tu madre.

No te fíes, Luisito, y estudia. Como Anselmo el anarquista, la izquierda lleva décadas prometiendo a los Luisitos hispanos un mundo feliz, una vida plagada de derechos y ayuna de obligaciones, donde el Estado benefactor se encargará de llevarles de la mano por la vida desde la cuna a la tumba, rodeados de privilegios que ese Estado del Bienestar con recursos inagotables se encargará de garantizar. Una “paz cojonuda” y que trabajen las máquinas. A estas alturas del siglo XXI, cuando buena parte de nuestros jóvenes se han caído del caballo de tamaña engañifa, esa misma izquierda (con la derecha consentidora) que ha arruinado la educación de los jóvenes con la promesa del aprobado general y el título universitario para todos, esa izquierda que ha podrido sus conciencias de hombres libres dueños de su destino, esa misma izquierda, digo, pretende endosar las culpas del fracaso del modelo a la generación que ahora se está yendo, la generación heroica que nació en la posguerra y que ha sido la gran responsable del milagro económico español.  

Todo el mundo sabía que la vida era dura y que había que abrirse camino a dentelladas. Con el bíblico sudor de la frente. No había premios, pero había esperanza. La confianza en una serie de valores universales inculcados desde que a uno le salían los dientes

Una joven escritora, invitada días atrás a participar en un acto convocado por Moncloa a mayor gloria de Su Sanchidad, ha conseguido remover la ciénaga patria con la afirmación de que sus padres vivieron mejor que ella. “Me da envidia la vida que tenían mis padres a mi edad”. Por lo que parece, sus progenitores nacieron a finales de los sesenta/primeros de los setenta, una época donde una notable clase media disfrutaba ya de las ventajas del desarrollismo franquista. Peor sin duda lo pasaron sus abuelos, aquel Luisito que en plena Guerra Civil reclamaba una bicicleta para el verano y que tuvo que enfrentarse a una posguerra de ruina y miseria. Él y quienes nacieron una vez acabada la contienda. “A mi casa nunca vinieron los Reyes Magos, de modo que si quería un juguete tenía que hacérmelo yo. Nunca faltó comida y eso suponía una bendición en una España rural donde, antes de la primera ola migratoria de los sesenta, se pasaba verdadera hambre a partir de enero. Mi padre trabajaba en el campo de sol a sol y mi madre le acompañaba en el esfuerzo criando hijos, preparando comidas, remendando calcetines y yendo a lavar la ropa al río con un banco de madera con el que, en pleno invierno, primero tenía que romper el hielo. No había festejos, ni agasajos, ni regalos. Cada uno cumplía su parte en ese implícito “contrato social” de la austeridad a rajatabla. No había engaños. Todo el mundo sabía que la vida era dura y que había que abrirse camino a dentelladas. Con el bíblico sudor de la frente. No había premios, pero había esperanza. La confianza en una serie de valores universales inculcados desde que a uno le salían los dientes. El trabajo bien hecho, el esfuerzo continuado, el valor de la palabra dada. Y la alegría, sí, la alegría de vivir con lo puesto. La belleza limpia en una infancia muy feliz, sin consolas, sin ropa cara, sin zapatillas de marca, una alegría que ya de jóvenes, cuando tocaba levantar el vuelo, te hacia llorar al abandonar la casa de tus padres para ir a buscarte la vida en la gran ciudad. La añoranza de un tiempo perdido que no volverá”.

“Noche oscura en Barcelona. Primeros de septiembre. Un joven tan resuelto como lleno de miedo llega a la estación de Francia dispuesto a tomar un tren camino del país vecino. Lleva por todo equipaje una pequeña mochila con cuatro prendas de ropa. Con el alma en vilo, consigue colarse en un departamento donde viaja un matrimonio andaluz con un hijo de edad similar al recién llegado. A media mañana, el tren se detiene en Narbona donde casi queda vacío. Es un convoy de vendimiadores españoles que, como esclavos en los andenes de la versión europea de la africana isla de Goree, Senegal, esperan ser contratados por viticultores franceses en época de vendimia. Recuerdo circular sentado en un remolque, viaje al final de la noche, junto a la familia andaluza que me había adoptado como a un hijo más. Con ellos dormía en un almacén destartalado sobre un jergón de hojas de maíz. Trabajo duro, de sol a sol, extenuante, durante varias semanas. Y la alegría del esfuerzo recompensado de volver a Barcelona con un buen puñado de francos en el bolsillo que me permitió vivir y seguir mis estudios en la universidad sin pedir prestado a mi padre durante medio curso”.

La generación que hizo grande a España, la que mayor y más gravoso peaje ha pagado por la incompetencia de este Gobierno en la lucha contra la covid, una generación que se está yendo en silencio, naturalmente reclama el pago de sus pensiones porque se lo han ganado a pulso

No había otra que el esfuerzo. No había más salida que el trabajo. Esta es la generación que ha hecho grande a España. La que ha convertido aquel país que se comía los mocos (“Tino, como gato que hoy es San Martín”, frase con la que un vecino de mis padres animaba a su hijo cada 11 de noviembre, fiesta mayor del pueblo) en una de las economías más pujantes del planeta, con una de las mayores esperanzas de vida, con sanidad universal y educación garantizada para todos, con infraestructuras de primer nivel, con práctica erradicación de la pobreza extrema, con millones de familias dueñas de su destino, su piso, su coche, y sus vacaciones de verano. “Porque a mi edad”, dice la joven escritora ante el asombrado auditorio de Moncloa, “mis padres tenían, claro, una hipoteca, también tenían un coche e incluso tenían una Thermomix que mi madre compró con lo que ahorró dejando de fumar, pero sobre todo tenían la certeza de que podrían mantener sus trabajos, a sus hijos y pagar la hipoteca”. Tenían, sobre todo, la ilusión de luchar por un futuro mejor para su descendencia, idea edificada sobre la piedra labrada de unos valores compartidos que los jóvenes de hoy, no sé si la escritora de marras, rechazan, porque en la vida muelle de la que han disfrutado son una antigualla de la que no puede derivarse ningún beneficio inmediato.

La generación que hizo grande a España, la que mayor y más gravoso peaje ha pagado por la incompetencia de este Gobierno en la lucha contra la covid, una generación que se está yendo en silencio, naturalmente reclama el pago de sus pensiones porque se lo han ganado a pulso, faltaría más, han pagado con creces lo que ahora reciben y, lógicamente, no quieren renunciar a ellas. Y hay un movimiento de opinión que empieza a cuestionar ese pago debido a los mayores “porque son recursos que se están hurtando a las jóvenes generaciones”. Generaciones de jóvenes alienados que reclaman que el Estado les proporcione un empleo, les facilite casa y coche, les pague sus vacaciones y hasta les encuentre un amante. “El problema consiste en que hemos abandonado a los jóvenes”, escribía hace un par de semanas en El País uno de sus mejores periodistas. Falso. Al margen de lo inaceptable de las culpas colectivas (“¿Son igual de responsables los que defendían relajar los estándares de exigencia universitaria que los que hubieran querido mantenerlos o incluso elevarlos?”, se preguntaba aquí Benito Arruñada hace escasas fechas) no es que les “hayamos” abandonado, es que les “hemos” maleducado.  

Una generación víctima de unas leyes educativas (todas salidas de la factoría PSOE) que le condenan al empleo precario. Una de las peores educaciones secundarias de Europa

Jóvenes crecidos en la socialdemocracia rampante –de derechas o de izquierdas- que gobierna Europa desde la II Guerra Mundial. “Hemos criado a una juventud en la abundancia que piensa que solo tienen derechos y ninguna obligación, alimentada por la expectativa de que se puede vivir sin esforzarse mucho o directamente sin dar palo al agua, y cuando esas expectativas se frustran, porque la realidad no admite réplica, se genera en ellos el resentimiento del que se siente engañado”. No les “hemos” engañado, más bien “hemos” criado pequeños monstruos hedonistas, proclives al aprobado general, reñidos con la cultura del esfuerzo y convencidos de que la sociedad les debe un empleo fijo al salir de la Universidad. Es el becario que en su primer día de prácticas pregunta por sus vacaciones. Les “hemos” hablado de un mundo que ya no existe, un mercado laboral que ha dejado de existir y un futuro que, en lugar de la Arcadia feliz que prometía el anarquista Anselmo, se presenta brutalmente competitivo, un perro mundo que reclama un colmillo afilado del que los jóvenes de la generación de la opulencia carecen. El Luisito que creció sin bicicleta hizo grande a este país, crio hijos que disfrutaron de “la repentina riqueza de los pobres de Kombach”, y después, como abuelo, constató la llegada de unos nietos perfectamente inadaptados, convencidos de haber nacido en el país de la abundancia, donde todo les seria dado como por arte de magia.

Una generación víctima de unas leyes educativas (todas salidas de la factoría PSOE) que le condenan al empleo precario. Una de las peores educaciones secundarias de Europa. La elección de titulaciones entre el estudiantado español sigue las pautas medias del resto de países de la UE, con la mayoría inclinándose por las ciencias sociales y jurídicas, pero el problema de España es la baja calidad de una enseñanza que camina del brazo del bajo nivel de exigencia. Dramático. “El nivel de desempleo comparativamente mayor que el de sus homólogos del área del euro podría obedecer, entre otros factores, a una menor calidad de la educación superior”, asegura un informe del Banco de España (“La situación laboral de los licenciados universitarios en España: comparación con el área del euro”), que sostiene que la tasa de paro de los universitarios españoles con edades comprendidas entre los 30 y los 34 años dobló en 2018 la de sus colegas europeos. En términos comparativos, este es el país con mayor número de titulados y con peor calidad. La ausencia de un capital humano bien formado en aquellas especialidades que reclaman las empresas se traduce en un sector privado incapaz de absorber esa masa de titulados con ofertas de empleo adecuadas. Es un problema que ha creado la izquierda (después de haber menospreciado la formación profesional) y su obsesión por “democratizar” la enseñanza, por hacer accesible la educación secundaria a todo el mundo sobre la base de devaluarla, casi de regalar los títulos. Leído ayer mismo en el Diario de León: “Un total de 1.813 estudiantes de los 2.005 matriculados en León y Ponferrada superaron las pruebas de Evaluación de Bachillerato para el Acceso a la Universidad (Ebau) correspondientes a la convocatoria de junio de 2021, lo que equivale al 98,11% de los presentados (frente al 93,72% del año 2020), y con notas de hasta 13,793 puntos”. Una universidad que se regala.

Los exámenes dejarán de tener importancia, porque, según esta siniestra señora, la evaluación de los alumnos en España “suele penalizar los errores”

La consecuencia es que el ascensor social ha dejado de funcionar: todo el mundo tiene un título, pero ninguno, o casi, vale un pimiento, una realidad cuyas secuelas sufren las familias con menos renta, gente que no tiene acceso a los colegios privados y cuyos hijos están obligados a estudiar en universidades públicas. El chico talentoso de familia humilde que en el franquismo era capaz de estudiar con beca toda la carrera y romper con su solo esfuerzo las barreras sociales escapando del lugar en la jerarquía al que parecía condenado, ha pasado a mejor vida. Hoy manda el dinero de las familias con recursos, de modo que, efectivamente, hay un porcentaje de jóvenes que son los mejor preparados de la historia porque sus padres, en general familias estructuradas en torno a una serie de valores “tradicionales”, se han gastado buena parte de sus ahorros enviando a sus hijos a los mejores colegios para darles la mejor educación posible, y un porcentaje muy alto de titulados en universidades públicas, con estudios de baja calidad que no reclama el mercado, y que solo son empleables a salarios muy bajos, razón que explica que las disparidades de renta no dejen de crecer.

Una universidad en estado de coma. “El futuro de la Universidad está en manos de pedagogos y burócratas; como yo no pertenezco a ninguno de esos dos clanes, me voy de ella”, escribía esta semana Miguel Ángel Quintana Paz. Ahora ha llegado la ministra del ramo, Isabel Celaá, para darle la puntilla a la educación en general y a la enseñanza secundaria en particular. Según el nuevo real decreto con los criterios de promoción y titulación para 2021/22, los alumnos podrán pasar de curso en Primaria y Secundaria sin límite de suspensos. La Ley Celaá también permitirá presentarse a la Selectividad sin haber aprobado todas las asignaturas. Los exámenes dejarán de tener importancia, porque, según esta siniestra señora, la evaluación de los alumnos en España “suele penalizar los errores”. Igualmente se evitará a toda costa que el alumno repita curso, decisión que quedará en manos del cuerpo docente de forma colegiada, es decir, de esos profesores amenazados por los padres cuando suspenden a sus hijos. La doña está dispuesta a llenar la universidad de gente incapaz de poner una tilde escribiendo en castellano o cometiendo todo tipo de faltas de ortografía. Un caso extremo de enaltecimiento de la ignorancia. “Para renunciar a suspender hay que renunciar a enseñar. La Ley Celaá, cuna de ignorantes y fábrica de necios, renuncia a la cultura en general y al esfuerzo en particular, a que los profesores enseñen y los alumnos aprendan. Todos, como la cabaña asnal de Sánchez, lograrán el título de doctores cum fraude” escribía esta semana Federico J. Losantos.

Que nadie dude de que la señora Celaá y la cúpula socialista seguirán llevando a sus hijos, como han hecho siempre, a los mejores colegios privados, lejos de una enseñanza pública estabulada y conscientemente devaluada que condena a los jóvenes a la precariedad y al paro. Se trata de seguir engañándoles con el collar de abalorios del cambio climático, la ideología de género, el feminismo rampante y otros adminículos de similar porte que componen la realidad virtual que el socialismo pretende implantar en este país. La realidad evanescente de esa “paz cojonuda”, que diría Anselmo el anarquista, que quiere regalarnos el truhán (“chocarrero burlón, hombre sin vergüença, sin honra y sin respeto”, Sebastián de Cobarruvias) que nos gobierna, la píldora de la España federal y sus 17 estaditos que pretende hacernos tragar con la ayuda de los grandes grupos de comunicación y el aplauso entusiasta de Botines, Palletes y Galanes, dispuestos todos a reírle las gracias y pasar la gorra, una realidad virtual que ciertamente desaparecería del mapa en cuanto el BCE dejara de comprar deuda española. 

La situación de la juventud (“nos dedicamos a sobrevivir” titulada el diario gubernamental hace un par de domingos) afecta al crecimiento y la creación de riqueza, porque sin ese capital humano de calidad salido de la universidad el crecimiento de la economía se ralentiza para concretarse en un PIB incapaz de seguir la senda de los países más ricos. “Llevamos décadas estafando a una parte de la sociedad. Con alevosía, hasta ahora”, remataba el periodista arriba mencionado del mismo diario, “y no nos extrañemos el día que los estafados decidan defenderse”. Sería genial, sin embargo, que decidieran defenderse trabajando duro para labrarse un futuro por sí mismos, lejos del paraguas del Estado leviatán dispuesto a disolver la responsabilidad individual en la masa de los resignados al subsidio colectivo. “La raíz de la historia es el ser humano que trabaja, que crea, que modifica y supera las circunstancias dadas. Si llega a captarse a sí y si llega a fundamentar lo suyo, sin enajenación ni alienación, en una democracia real, surgirá en el mundo algo que ha brillado ante los ojos de todos en la infancia, pero donde nadie ha estado todavía: patria”, escribe Ernst Bloch en el párrafo final de su obra más notable, “El principio esperanza”.   


                                                                         JESÚS CACHO   Vía VOZ PÓPULI

domingo, 13 de junio de 2021

Colón, una vacuna de doble dosis

Si la primera concentración en Colón hace dos años obligó a congelar el oprobioso pacto con Torra, la reedición de la protesta este domingo debería servir para imposibilitar el asalto al Estado de derecho

 

Colón, una vacuna de doble dosis

ULISES CULEBRO

A veces, para no perderle la cara a la gravedad del momento sometido al imperio de la mentira, hay que recurrir a la farmacopea del humor. Por eso, parafraseando al escéptico personaje de una vieja viñeta de Chumy Chúmez, muchos convendrán igualmente: "Yo ya no creo ni en lo que NO dicen los gobernantes". No es para menos al asistir a la mascarada de Pedro Sánchez para presentar como muestra de magnanimidad su "autoindulto" -ha precisado el Tribunal Supremo, al beneficiar a quienes le sostienen en La Moncloa- a los golpistas del 1-O de 2017 y que, en realidad, entraña magnanimidad consigo mismo. Si la caridad bien entendida empieza por uno mismo, otro tanto cabe argüir cuando se obra, de modo tan impúdico, en provecho propio.

Sánchez ejemplifica que, cuando se quebrantan las leyes pretextando un supuesto interés público, se anticipa su violación en interés privado. Como ya materializó con el uso inconstitucional del estado de alarma, a la luz de lo que defiende el ponente de la sentencia del Tribunal Constitucional, no para luchar contra el Covid-19, sino para atribuirse poderes cesaristas. En este sentido, importándole un comino desdecirse de la palabra que comprometió con los votantes, Sánchez desdora el Estado de derecho con un presumible acto de desviación de poder que deja impunes los delitos de sedición y malversación de quienes no sólo presumen de que volverán a hacerlo, sino que urden reemprender la tarea de la forma tan minuciosa que describe la documentación incautada por la Guardia Civil a Xavier Vendrell -ex miembro de la banda terrorista Terra Lliure y ex conseller de ERC en el tripartito presidido por el socialista Maragall- en una investigación judicial sobre la apropiación de caudales del erario para la actividad ilegal del prófugo Puigdemont en Waterloo.

Con pruebas tales como esta hoja de ruta de la secesión en marcha, Sánchez contrae, como cooperante necesario que no puede alegar ignorancia, una responsabilidad tipificada en el Código Penal. Ante ello, lanza una cortina de humo para velar "la evidencia de nuestros ojos y oídos", según proclamaba el Gran Hermano orwelliano, vociferando su beneplácito con la carta-trampa del preso Junqueras divulgada en conexión con La Moncloa en la que, contrariamente a lo subrayado por algunos exégetas empeñados en leer lo que no dice su signatario, el líder de ERC no renuncia a la amnistía y a la autodeterminación, como figura negro sobre blanco en el pacto de investidura de Aragonès con JxCat y la CUP. Dispuestos a transigir, como los cortesanos del rey desnudo se empecinaban en ver los hilos invisibles del intangible traje de su monarca tejido por unos charlatanes que se decían a sí mismos sastres, estos corifeos aplauden que un condenado haga la merced de aceptar un indulto que derivará luego en amnistía de facto mediante la rebaja del delito de sedición que Sánchez prometió agravar, permitiendo el retorno de un Puigdemont del que dijo que lo pondría a buen recaudo de la Justicia.

Al deberle parecer cosa cicatera tal gentileza, Sánchez se presta a sentar en la mesa de la negociación a Junqueras para pactar una consulta que, tras una fase de apaciguamiento y al no poder acordar la autodeterminación, desatará la reanudación de las hostilidades con la bomba del agravio bien cebada para un secesionismo que, en este mundo del revés, es maestro en el arte de colocar sobre su rostro la máscara del humillado. Como diagnostica el filósofo francés Pascal Bruckner en La tentación de la inocencia, la victimización es la versión fraudulenta de un privilegio que, para más inri, gratifica, con el inesperado regalo de eludir las consecuencias de sus fechorías, a quienes el ensayista galo pone rostro de un viejo bebé gruñón flanqueado por un abogado y en el que muchos verán a Junqueras.

Por fas o por nefas, Sánchez y Junqueras conforman una sociedad de socorro mutuo. De un lado, al inquilino de La Moncloa le asiste el golpista para completar la legislatura y alcanzar el semestre de presidencia española de la Unión Europea para, alzado sobre esa peana, concurrir a las elecciones con mejores perspectivas, como proyectó Zapatero sin que su propósito rindiera el fruto apetecido. De otro, Junqueras, consciente de que no hallará mejor compañero de ruta que un presidente sin escrúpulos, piensa que hay que sostenerlo como sea, al igual que opinan los soberanistas vascos de PNV y Bildu, para socavar del Estado y lanzar una nueva tentativa con sus instituciones sin capacidad de reacción. A este fin, la mesa de negociación serviría de ariete contra el régimen constitucional en pro de un referéndum de autodeterminación pactado o impuesto, sin descartar la declaración unilateral de independencia. Por esa senda, se encamina el PNV, como pregona su presidente, Andoni Ortúzar, con un nuevo estatuto que será una variante de la cepa del fallido plan Ibarretxe, pero con las mismas secuelas para España.

De momento, Sánchez facilita el tránsito: legitimó primero el golpe del 1-O y ahora lo legaliza con su indulto que, en paralelo, dispensa la cédula de "presos políticos", no de políticos presos por sus delitos, a sus autores. Al tiempo, buscando que la condena del Tribunal Supremo sea ya papel mojado antes de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos revise los recursos de los alzados, La Moncloa allana la tramitación, en el Consejo de Europa, del informe sobre los sucesos de 2017 del relator letón, Boris Cilevics, socialista del partido prorruso Harmony, cuya parcialidad empieza desde el título -"¿Deben los políticos ser procesados por declaraciones realizadas en el ejercicio de su mandato?"- y ya no para en barras.

El espontáneo corrobora las sospechas que desató cuando, en su gira española en 2020, admitió a los fiscales del procés que no se había leído la sentencia. Ni falta que le hacía a un postulante al relator internacional que Sánchez consistió en su claudicación de Pedralbes y que paralizó a raíz de la concentración constitucionalista de febrero de 2019 en la madrileña Plaza de Colón. Un éxito que sus promotores disiparon entre complejos y desavenencias. Como también las marchas de Sociedad Civil en Cataluña a raíz del golpe de Estado. Otro tanto con las victorias constitucionalistas en las urnas catalanas, bien por falta de audacia (Arrimadas), bien por falta de convencimiento (Illa).

Frente a esa realidad incontrovertible, los socialistas diseñan una estrategia de control de daños que aporte aire de normalidad a ese viaje sin retorno con embelecos tales como la ocurrencia del ex ministro Illa de auspiciar un referéndum sobre el "marco de convivencia, no sobre la autodeterminación". Desde el tripartito con ERC que aupó a la Generalitat a Lorenzaccio Maragall, -evocando al primo de Lorenzo el Magnífico que se situó al lado del tirano Alejandro de Médicis para asesinarlo e iniciar un nuevo tiempo en Florencia que no sería tal al conservar incólume el crimen y la corrupción-, el PSC ha sido, más que freno, acelerador del separatismo. De hecho, ha coadyuvado a hacer del pequeño partido independentista que era la ERC de Carod-Rovira una fuerza preponderante y promotora de la independencia al empujar a Puigdemont cuando éste se inclinaba a convocar elecciones para evitar la intervención de la autonomía.

Como desgranó el ex diputado Joan Tardà en 2016 en Jot Down, ERC propició en 2003 los tripartitos con el PSC para normalizar el independentismo y fue un éxito; en 2004, invistió a Zapatero en base a que, "como los independentistas sólo somos el 12% y hemos de sacrificar una generación, vamos a hacer con la izquierda española una parte del viaje hasta la estación federal para que no sean dos las generaciones perdidas". "Cuando lleguemos al estado federal -concluía- «la izquierda española bajará del tren y nosotros continuaremos hasta la estación final que es la República de Cataluña". Más claro, agua.

En ese ínterin, Sánchez y Junqueras juegan a la ruleta rusa sobre la sien de España con la anuencia del establishment catalán que hace un negocio del independentismo. Bajo la amenaza de la independencia y viviendo como si hubiera sido declarada, saca réditos mediante un arancel permanente que provee de financiación privilegiada a una Cataluña expoliada por una clase gobernante que hace caja al grito del España nos roba u otros sucedáneos. No cabe mejor fenotipo que el consejero de Economía, Jaume Giró. En una muestra de corrupción circular, llega al cargo apadrinado por un reo del 1-O, Jordi Sánchez, dirigente de JxCat, tras sufragarle un sueldo en el fulgor del procés como ejecutivo de La Caixa a la que esa revuelta obligó a deslocalizar su sede. Como en la trama chestertoniana de Un hombre llamado Jueves, en Cataluña, nada es lo que parece.

Para blindar ese asimétrico statu quo, La Moncloa favorece la extensión de la prensa del procés, con la publicación en noviembre de 2009 del editorial único para presionar al TC sobre el Estatut recurrido por el PP y avaladora luego de toda la deriva independentista bajo la mano pródiga de la subvención, al resto de España para forjar un clima de opinión propicio. Fue lo que tramó Bismarck para ganar la guerra prusiana-austriaca en 1866 a través de un fondo secreto destinado a actividades propagandísticas dentro y fuera de las fronteras alemanas.

Como comenta un escolar a otro camino de la escuela en otra tira de Chumy Chúmez: "Si no fuera porque piden fechas, la Historia de España sería facilísima porque siempre es lo mismo". Para Chumy, donde confluyen el marxismo ideológico (de Carlos Marx) y el marxismo humorístico (de Groucho Marx), la historia se repite primero como tragedia y luego como farsa, como sintetizó el primero en El 18 brumario de Luis Bonaparte, pero sin desechar una inversión de su orden. De esta guisa, farsas como la de 2017 contra la legalidad constitucional y la integridad territorial pueden desencadenar tragedias pretéritas al dilapidarse la lección de una historia a la que se afrenta olvidándola o distorsionándola.

Por eso, si la primera concentración en la Plaza de Colón de 2019 obligó a congelar el oprobioso pacto de Pedralbes con Torra y que ahora retoma Sánchez con Aragonès, la reedición de la protesta este domingo, a instancias de Unión 78, al modo de vacuna de doble dosis, debiera servir para imposibilitar el asalto al Estado de derecho y la colonización de sus instituciones por un secesionismo que, teniendo a Sánchez como rehén, pretende extender el procés a toda España bajo la artificiosidad de un Estado plurinacional con las facilidades de quienes pasan por constitucionalistas y festejan el caballo de Troya que les dona un separatismo sitiador. Ojalá que, como dijo la madre de los Pagaza con el recuerdo vivo del hijo asesinado por ETA, no haya que exclamar con dolor herido de desencantada socialista: "¡Qué solos estamos los que no hemos cerrado los ojos!".

 

                                                                            FRANCISCO ROSELL  Vía EL MUNDO

España: Sánchez y las leyes de ruptura

 Quizás para algunos la idea de un crac moral no les preocupe. Se equivocan, porque es el fundamento de graves alteraciones sociales, económicas e institucionales.

leyes de ruptura

España está justo emergiendo de la coronacrisis y tiene por delante un camino incierto -las mutaciones del Sars-Cov-2- y la capacidad para detectarlas y aislar sus focos a tiempo; y con mayor certeza, el ascenso económico para lograr recuperar los niveles, al menos estadísticos, del 2019.

La última previsión, la que corresponde a la OCDE, nos sitúa en el lugar 32 entre las 33 economías avanzadas de mundo, solo seguidos de Islandia. No será hasta bien entrado el 2023 cuando aquel objetivo se alcance.

En este contexto y en el de los cien mil muertos de acuerdo con las cifras del exceso de mortalidad, la larga cola de sufridores por las patologías desatendidas por la Covid-19 y las decenas de miles de personas lastradas por las secuelas no curadas de esta enfermedad, el presidente Sánchez no solo no se ha esforzado en buscar la unión en torno a los retos de futuro, por encima de las diferencias partidistas, sino que ha superado a Rodríguez Zapatero en el impulso a las leyes de ruptura.

 Esto, en una sociedad ya muy atomizada por la desintegración de los acuerdos fundamentales, daña de manera terrible nuestro futuro, aunque no sean este tipo de leyes, en la mayoría de los casos, las que más polvareda levanten. Este escenario ya dice mucho de la crisis moral de nuestra sociedad. Quizás para algunos la idea de un crac moral no les preocupe. Se equivocan, porque es el fundamento de graves alteraciones sociales, económicas e institucionales.

La lista es larga:

  • La ley Celaá, que asfixiará la enseñanza concertada, ideologiza la educación, restringe el derecho de los padres a la educación moral de sus hijos, y en lugar de abordar la emergencia educativa, adopta medidas para enmascarar las cifras que la delatan, y opta por reducir, todavía más la exigencia en los conocimientos.
  • La legalización de la eutanasia, y camuflada en ella, y sin mencionarlo, también del suicidio, el estrago que crece entre nuestros jóvenes. El abuso indecente de rechazar la obligación de que existan cuidados paliativos para toda la población. Les preocupa que en algunas provincias no se pueda abortar porque no hay suficiente negocio para que se instale una clínica, cuyos clientes serán subvencionados por el gobierno, pero no les importa nada el dolor de 80.000 personas que cada año necesitan ser atendidas en su sufrimiento, porque la sanidad pública carece de recursos para hacerlo. La puesta en marcha de una nueva actividad profesional que difícilmente puede ser contemplada como médica, la del eutanasiador que, por ejemplo, en el País Vasco, prepararan on line mediante vídeos. El cinismo de declarar tales fallecimientos como “muerte natural”; una forma más de ocultar la realidad.
  • La ley de la Memoria Histórica, que el Consejo General del Poder Judicial rechaza por anticonstitucional en multitud de sus artículos, porque es más bien un compendio guerra civilista, que persigue reabrir viejas heridas y enterrar la transición.
  • Las nuevas leyes en cartera nacidas de una ideología irracional trasformada en doctrina de estado, como las leyes trans, LGBTIQ, la de la llamada libertad sexual. Una nueva ampliación de la ley del aborto, por si no fuera la española una de las más libérrimas de Europa.
  • La represión sobre las buenas gentes que en las proximidades de las clínicas abortistas rezan o invitan a dialogar sobre las consecuencias de sus actos a quienes acuden a ellas. Quieren condenarlas a prisión por una actividad vinculada a la libertad de manifestación y expresión. ¡Qué sectarismo este, que hace poco despenalizó totalmente la acción de los piquetes de huelguistas, que no todos, pero sí en demasiadas ocasionas, ejercen la fuerza para coaccionar, mientras a los pacíficos “rescatadores” los quieren encarcelar!

Todo esto señala un camino inexorable: el uso de la libertad y la constitución para liquidar la libertad de quienes no piensen como quienes nos gobiernan.

 Hay que afrontar todo esto con realismo y con sentido cristiano. No se trata de la acción- reacción, sino de la superación del mal, y en esta tarea es necesario construir la alternativa cultural, que enmarque e impulse una respuesta política positiva.

En este camino, la Asamblea de Asociaciones por la Vida, la Libertad y la Dignidad, es un avance muy considerable y señala el tipo de tarea a realizar. En este afrontamiento, la Iglesia, la institución eclesial, no puede quedar como un susurrante, sino que ha de volcarse en llamar a este servicio a todos los laicos, y sus medios de comunicación  han de levantar la iniciativa,  que no puede ser de partido, y que por ello es mejor y más amplia, porque es la alternativa cristiana.

 

                                                             EDITORIAL  de FORUM LIBERTAS