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miércoles, 28 de marzo de 2018

EL PARAPETO DE LA JUDICIALIZACIÓN

Con la anormalidad actual sucede como con la judicialización: todos son culpables menos quienes deciden saltarse las leyes a sabiendas

El presidente del Parlament, Roger Torrent EFE


El tablero de ajedrez del independentismo en que se había convertido la eventual formación de un gobierno, nuevamente de vocación separatista, dejaba margen a finales de la semana pasada para hasta tres escenarios. La toma de carrerilla hacia el nuevo choque con la forzada investidura de Puigdemont apoyada por la CUP, la renuncia al acta de los diputados electos fugados para posibilitar un candidato sin el beneplácito de los antisistema, o la suma de los comunes al denominado frente común para eternizar en el ejecutivo catalán las denuncias a la represión del Estado.


El asunto catalán ha conseguido lo que no han conseguido ni los casos de corrupción de los principales partidos políticos de nuestro país, ni el Caso Nóos: que el control judicial sobre sus presuntos delitos sea utilizado como un argumento para justificar las motivaciones que les llevaron a cometerlos.  ¿Se imaginan a algún dirigente siendo detenido por corrupción al grito de ‘no llevemos el conflicto a los tribunales, busquemos una solución política’? ¿O que, a continuación, arguyera que, en lugar de la sentencia del juez, mejor sería una mediación entre las arcas públicas y su engordado bolsillo, estableciendo una simetría dispuesta a repartir culpas entre el corrupto y el erario público?
"La judicialización de la política es una cómoda excusa partidista para seguir eximiendo de responsabilidad a los dirigentes catalanes procesados a costa de la legitimidad de los jueces"
La judicialización de la política se convierte en una cómoda excusa partidista para seguir eximiendo de responsabilidad a los dirigentes catalanes procesados a costa de la legitimidad de los jueces y, en consecuencia, el Estado de Derecho. Sólo desde la convicción de que la democracia española tiene serias carencias –por ejemplo, respecto a otros países de nuestro entorno- se puede asumir la fiscalización de los poderes públicos como una indeseada intromisión en la Política, que, tan denostada, se convierte en la más noble de las actividades cuando se contrapone a la perversa y malvada Justicia, que a este paso será con prontitud sinónimo de venganza, revancha, o el próximo calificativo que inventen para atribuir malas intenciones a toda acción judicial.

Es difícil que alguien no prefiera combatir a los adversarios políticos con argumentos, en la tribuna de un parlamento o con el intercambio de pareceres, por encendido que pueda volverse en ocasiones. Aceptar que ello supone la resignación a no señalar con claridad quiénes son los culpables de habernos dejado esta herencia en la vida pública es una enorme irresponsabilidad, comparable a las incendiarias declaraciones de Roger Torrent cargando contra la separación de poderes. Porque conlleva aceptar que el conjunto de los ciudadanos no somos dignos de exigir responsabilidades a los representantes que, en caso del golpe en Cataluña, jugaron con nuestros derechos y libertades e incluso llegaron a utilizarlos como moneda de cambio los últimos días antes de la DUI.

Aquellas fatídicas semanas, por cierto, quebraron toda la normalidad posible que ahora exigen quienes precipitaron su quiebra orgullosamente. Con la anormalidad actual, claro, sucede como con la judicialización, de la que son culpables todos menos quienes deciden saltarse las leyes a sabiendas. Ellos arguyen que la normalidad no es posible con personas procesadas, pero olvidan que tampoco es posible tras haberse situado por encima de la ley y, a pesar de todo, tenemos que seguir rebatiendo sus argumentos y hablando de ellos. Si no, miren el primer párrafo.


                                                                                  ANDREA MÁRMOL   Vía VOZ PÓPULI

Fin de la crisis: Rajoy firma los PGE más expansivos en una década

Los Presupuestos de 2018 serán los más expansivos en una década. El escenario mundial ha mejorado y también la economía española. Pero la regla de gasto sigue operando


El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)


Una década después de la Gran Recesión, la economía española entra en una nueva fase. Han sido necesarios cuatro años consecutivos con un crecimiento situado en el entorno del 3% para que el Gobierno haya abierto la mano en su política fiscal y firme los Presupuestos Generales más expansivos de la era Rajoy.

No es que el ministro Montoro haya decidido tirar la casa por la ventana. De hecho, el gasto público (+1,6%) seguirá creciendo menos que los ingresos en 2018 (+6%), pero el Gobierno ha dado prioridad a cuestiones de fuerte contenido político (comienza el ciclo electoral) y social: pensiones, sueldo de los empleados públicos, rebaja fiscal para las rentas inferiores a 18.000 euros, ampliación del permiso de paternidad o rebaja del IVA cultural.

Es decir, una política fiscal más expansiva que pone en apuros a los partidos de la oposición, que ya han anunciado una enmienda de devolución al proyecto de ley que registrará el Gobierno en el Congreso el próximo día 3 de abril. A partir de ahí, Moncloa tiene alrededor de tres semanas para negociar. Si no obtiene más síes que noes, el texto volverá a la casilla de salida.

No lo tendrá fácil. Entre otras cosas, porque España debe rebajar el déficit del 3,1% del PIB al 2,2%, y aunque esa reducción se vaya a financiar con ingresos tributarios, el techo de gasto está ahí para marcar el perímetro de negociación. Pero también la regla de gasto, que impide a las administraciones gastar por encima de la recaudación, aunque se encuentren en situación de equilibrio fiscal. Es decir, Hacienda —gracias a la Ley de Estabilidad Presupuestaria— sigue teniendo la sartén por el mango aun cuando la economía vaya a acumular cuatro años consecutivos creciendo alrededor de un 3%.

Montoro, incluso, se ha guardado un as en la manga para doblegar al PSOE ante las previsibles dificultades para contar con los cinco votos del PNV. El proyecto de ley incorpora una partida de 4.244 millones de euros de recursos adicionales para las comunidades autónomas y ayuntamientos en cumplimiento del actual modelo de financiación, que funciona con un sistema de entregas a cuenta sobre los ingresos recaudados. Eso significa que si no hay Presupuestos, esos ingresos se retrasan (se trata de un derecho de las CCAA), de ahí que Ferraz vaya a sufrir la presión de algunos de sus alcaldes y barones territoriales. Máxime cuando el año que viene (mayo) se celebrarán elecciones locales y autonómicas, lo que supone un incentivo para gastar más.

Círculo virtuoso


Lo que está fuera de toda duda es que la economía ha entrado en un círculo virtuoso en cuanto al avance del PIB, aunque todavía vaya a arrastrar durante los próximos años un elevadísimo nivel de desempleo: 15,5% en 2018 de media anual.


La propia Autoridad Fiscal Independiente (AIReF) lo certificó ayer. En su opinión, la senda de crecimiento prevista para 2018 “se considera prudente y su composición, verosímil”. El organismo que preside José Luis Escrivá destaca la “evolución contenida tanto del consumo público como del privado, manteniéndose la demanda interna como principal motor de la economía”.

España, de hecho, por primera vez desde el Plan de Estabilización de 1959, ha encadenado cinco años consecutivos con superávit exterior (1,7% del PIB). Y aunque la deuda externa todavía representa el 80% del PIB (el triple de lo que recomiendan los organismos multilaterales), esos excedentes contribuyen a reducir una de las principales vulnerabilidades de la economía española.

Detrás de este optimismo se encuentra, sin duda, el escenario económico en Europa, hacia donde se dirige la mayor parte las exportaciones, que representan ya el 34,1% del PIB de España (nueve puntos más que en 2008). Y hay que tener en cuenta que la zona euro crecerá este año un 2,4%, lo que supone la mayor tasa desde la crisis. Pero es que en el caso del PIB mundial, el avance será del 4,1%, también el mayor registro desde la Gran Recesión.


Es decir, la economía española podrá aprovechar un contexto exterior claramente favorable —petróleo a 66 dólares por barril—, que será compatible con unos tipos de interés extremadamente bajos (el euríbor a tres meses se mantendrá en el -0,3%) y una inflación mínima. El deflactor del PIB apenas avanzará un 1,5%, pese a la fortaleza de la demanda interna.

Deuda e inflación


El Tesoro estima, de hecho, que la rentabilidad del bono español a 10 años se situará, como media, en el 1,6%, lo que significa que el endurecimiento de la política monetaria se retrasará al menos hasta 2019. No es un asunto menor para un país con un endeudamiento público que se mantiene muy cerca del 100%. Y aunque el desapalancamiento del sector privado (familias y empresas) ha sido intenso, todavía representa el 170% del PIB. Por lo tanto, la deuda pública y privada se sitúa en el entorno del 270% del PIB, lo que explica que el Gobierno haya querido elaborar unos Presupuestos más expansivos, pero sin perder de vista la sostenibilidad de la deuda para cuando vengan los tiempos duros.

La baja inflación, en todo caso, a quien perjudica es a la Seguridad Social, cuya recaudación está fuertemente vinculada a la evolución de los precios, ya que si sube el IPC también se incrementan los salarios, y ello supone mayores recursos a través de las cotizaciones sociales.

La otra vía para aumentar los ingresos viene del empleo, y lo que dice el cuadro macro es que se crearán este año 475.000 puestos de trabajo en términos EPA (Encuesta de Población Activa), aunque si se utiliza la contabilidad nacional, que refleja el número de nuevos empleos a tiempo completo, la cifra baja hasta los 339.000 nuevos ocupados. Eso quiere decir que el candidato del Partido Popular podrá presentarse a las elecciones territoriales con alrededor de 19,47 millones de puestos de trabajo, ya cerca de los 20 millones que se ha puesto como objetivo el presidente del Gobierno para las elecciones de 2020 (si no hay adelanto).


                                                                               CARLOS SÁNCHEZ  Vía EL CONFIDENCIAL

martes, 27 de marzo de 2018

EL 'PROCÉS' Y EL SÍNDROME DE MALTA


/SEAN MACKAOUI



Creo que no hace falta insistir en que Cataluña, dentro de Europa, ha sido hasta ahora una región privilegiada con un alto nivel de vida, con una cultura potente, que ha gozado de una paz envidiable, así como de total libertad para hacer valer sus señas de identidad y hasta para imponer excesivamente su propia lengua. Situación que se reforzaba aún más por formar parte decisiva de una de las naciones más importantes del mundo y, por tanto, por pertenecer también a la Unión Europea.
Pero no se acababa ahí su supremacía, sino que, además, se trataba de una Comunidad Autónoma que poseía el mayor grado de autogobierno que se puede disfrutar en un país descentralizado. Sin embargo, sobre todo en los últimos años, el Govern ha estado quemando etapas para independizarse de España, lo cual no sólo rompe la convivencia pacífica entre los catalanes, sino que comporta irremediablemente también la aparición de una crisis institucional que no se sabe a dónde podría llevarnos. Porque digámoslo claramente: si Cataluña llegará a independizarse, las cosas no se pararían ahí, sino que, justo al revés del cuento de Monterroso, cuando el dinosaurio se despertase, España ya habría desaparecido.
La cuestión es tan grave que lo primero, antes de buscar la forma de salir de este berenjenal, es explicar cómo hemos llegado a una locura que a nadie beneficia y que, en cambio, perjudica a infinidad de personas. Por eso, antes de contribuir con alguna idea a encontrar una salida a este atolladero me parece esencial que sepamos con claridad por qué nos encontramos así.
En mi opinión, como tantas veces he repetido, nuestro Estado, de no rectificarse a tiempo, estaba destinado al fracaso, porque los constituyentes no copiaron ninguno de los tres modelos de descentralización territorial que se podían imitar en Europa, esto es, el portugués, que sólo reconoce la autonomía a dos regiones; el italiano, que establece 20 regiones autónomas, pero cinco de ellas con más competencias que las otras; y el alemán, con competencias similares en las actuales 16. Lo cual quiere decir que en la Constitución de cada uno de los tres países se señalaban, desde el principio, cuáles eran las regiones reconocidas y las competencias de cada una de ellas, así como las del Estado central. Había, por consiguiente, una foto fija del mapa respectivo de cada país (después de la reunificación alemana aumentaron los Länder), que era la manera de evitar la confusión en el funcionamiento de cada entidad regional o federal.
Sin embargo, en España, la Constitución, en lo que respecta a la descentralización territorial, no estableció las Autonomías que existían, salvo esa misteriosa distinción entre nacionalidades y regiones, sino que se dejaba al futuro el que se fuesen reconociendo según el llamado principio dispositivo, que significaba que cada región, comenzando por las llamadas históricas (es decir, las que en la II República llegaron a disponer de un Estatuto: Cataluña, País Vasco y, en menor medida, Galicia) podían no sólo acceder al autogobierno, sino que además podían también solicitar las competencias que dos artículos confusos de la Carta Magna, el 148 y el 149, reconocían de forma caótica, pues las Comunidades ordinarias, por llamarlas así, en principio podían asumir competencias en las materias limitadas que enumeraba el artículo 148.
Por el contrario, las regiones históricas y las que accediesen según lo establecido en el artículo 151 podrán asumir las competencias enumeradas en el 149, cuyo comienzo dice: "El Estado tiene competencia exclusiva sobre las materias" que se establecen a continuación. Tal embrollo se complica aún más, porque, por un lado, el artículo 148.2 indica que "transcurridos cinco años, y mediante la reforma de sus Estatutos, las Comunidades Autónomas podrán ampliar sucesivamente sus competencias dentro del marco establecido en el artículo 149". Y, por otro, porque el artículo 150.2 reitera que el Estado podrá transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, "facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación". En definitiva, como el lector puede deducir, no se puede regular una materia tan decisiva como es ésta de manera tan embarullada y confusa a la que se le podría aplicar lo que Churchill dijo de la URSS, e incluso nos quedamos cortos: "Un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma".
Aunque no me gustan las autocitas, no tengo más remedio que recurrir a ellas en este caso. Creo, con perdón, que fui el primero en señalar que la Constitución, reconociendo sus evidentes virtudes, tenía un defecto que, si no se remediaba cuanto antes, tendríamos que pagar. Me refería al chapucero Título VIII que he analizado más arriba y que dejaba la Constitución incompleta, para lo cual había que intentar racionalizarla y acabarla de una vez. Debo decir que, junto con varios de mis discípulos, escribí el primer manual en dos tomos del nuevo régimen constitucional español, pero nadie sabe lo que tuve que superar para poder explicar con cierta lógica en qué consistía el Estado de las Autonomías.
No es extraño que uno de nuestros más preclaros juristas, como es Santiago Muñoz Machado, haya podido escribir muchos años después de lo que yo lo anunciara que "el Título VIII de la Constitución, que ha dado lugar al sistema autonómico, es un desastre sin paliativos, un complejo de normas muy defectuosas técnicamente, que se juntaron en dicho texto sin mediar ningún estudio previo ni una reflexión adecuada sobre las consecuencias de su aplicación". Todo esto lo tengo dicho en los diarios Informaciones, El País y, sobre todo, EL MUNDO.
Pero cuando lo expliqué con más detalle fue en una ponencia presentada en un Simposium en el que participaron también Eduardo García de Enterría, Santiago Muñoz Machado, Isidre Molas y Francisco Sosa Wagner, siete días antes del 23-F, en la que señalaba que era urgente racionalizar el batiburrillo de esta materia en la Constitución. Proponía, ante la imposibilidad de reformar entonces la Constitución, que se aprobase una Ley Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico que acabase con la época constituyente y que se dejasen bien claras las competencias de las Comunidades Autónomas, siguiendo el modelo italiano o el alemán. El ministro Pío Cabanillas y el propio presidente Calvo-Soteloasumieron dicha idea, pero en lugar de aceptar que una Comisión de Expertos redactase el Anteproyecto de la citada Ley en el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales del que yo era subdirector, se lo encargaron a una Comisión de prestigiosos juristas presididos por García de Enterría, lo que comportó mi inmediata dimisión del cargo por razones obvias. Así se hizo la LOAPA que, sin duda, constituyó un avance en ciertos aspectos, pero que fue amputada por un Tribunal Constitucional que no sabía lo que nos jugábamos.
El hecho es que todo siguió esencialmente como estaba, con una metodología que iba a desembocar en el desastre en que nos encontramos hoy. Comentaré brevemente los errores más importantes que han hecho estallar un conflicto que nadie sabe cómo resolver en esta hora en la que Puigdemont está detenido en Alemania, varios de sus colaboradores siguen fugados de la Justicia y otros se encuentran en cárceles españolas, mientras desde el domingo se han sucedido los disturbios callejeros en protesta por esta situación.
Un primer error, como ya he dicho, es haber concebido la distribución de competencias de las Comunidades Autónomas como si se tratase de una barra libre en un país en el que no hemos sabido evitar que en el Congreso de los Diputados los partidos nacionales hayan tenido que contar permanentemente con partidos nacionalistas que llevan el agua a su molino regional. Circunstancia que significa que cuando cada Gobierno central de turno ha necesitado apoyos ha recurrido a esas formaciones (especialmente vascas y catalanas) a cambio de más competencias o privilegios, puesto que la Constitución no tasaba el número de competencias posibles.
Es más, a veces ha ocurrido que los Gobiernos centrales han dejado actuar sin nada a cambio porque les interesaba, por cualquier razón. En este pecado han caído todos los Ejecutivos a partir del año 1983, hasta el punto de haber permitido el exilio en algunas regiones del idioma oficial de España, o que no se cumpliesen las leyes estatales o las sentencias del Tribunal Constitucional. Pero la pasividad del Ejecutivo nacional no se ha puesto en evidencia sólo con los ejemplos vascos o catalanes, sino que todavía sigue contemplándose en Baleares o en la Comunidad valenciana, que ignoran nuevamente lo que dice la Constitución sobre el derecho de todo español a estudiar en la lengua oficial común, porque si hay españoles que no pueden estudiar en castellano ese artículo no sirve para nada.
Por lo tanto, es grave que no se hagan cumplir las leyes en todo el territorio nacional, pero incluso lo es mucho más que se haya permitido que los nacionalistas catalanes, sobre todo desde la admisión de un Estatuto que no reivindicaba más que el asimétrico Maragall apoyado por el presidente Zapatero, hayan asimilado lo que podríamos denominar el síndrome de Malta. Me refiero al famoso partido de fútbol, en estos días curiosamente rememorado, en el que España venció 12 a 1 a la selección maltesa, pudiéndose clasificar así para jugar la Eurocopa de 1983. Nadie creía que se pudiese lograr esa hazaña con tantos goles, pero a medida que se iban metiendo el optimismo iba en aumento, porque el enemigo se había convertido en un tigre de papel. Esto es lo que ha ocurrido desgraciadamente en la cuestión catalana, pues a medida que el Govern iba subiendo escalones en la imposición de una soberanía que no les corresponde, la pasividad de Madrid les animaba a seguir en su escalada. Si se anunciaban referéndums ilegales de independencia y no se hacía nada para impedirlo, había que seguir adelante porque la desconexión caería como fruta madura.
Así llegamos al 1 de octubre en donde todo pudo suceder. Pero es la fecha histórica en que por fin apareció el Estado, porque éste no sólo lo compone un Ejecutivo apático e inoperante que podía haber utilizado los instrumentos constitucionales que estaban en su mano hace ya años, sino que también forman parte de él el poder moderador y el poder judicial, mientras que el legislativo, salvo honrosas excepciones que todo el mundo conoce, se dedica, entre cosas a contar cuántas naciones hay en España. Digámoslo abiertamente: el día 3 de octubre, la intervención del Rey evitó una vergüenza nacional y, posteriormente, el poder judicial también saltó a la pista para recordar a los nacionalistas catalanes que cometer un golpe de Estado, aunque sea a causa del síndrome de Malta, es un crimen de lesa humanidad en un país que forma parte de la Unión Europea.
Vicens Vives mantiene en su Noticia de Cataluña que los catalanes son por su propia naturaleza esencialmente pactistas. Por ello, cuando nos encontramos en una encrucijada histórica que exige un nuevo pacto nacional para organizar el Estado, los catalanes separatistas y los constitucionalistas tienen que detener esta locura mediante un pacto entre ellos, aunque sea coyuntural. Más tarde ya habrá tiempo de hacer, a nivel nacional, lo que se debía haber hecho hace años. Porque las cosas son como son, no como nosotros queremos que sean. Y aceptar este principio es el primer paso que lleva a la sensatez.
Por eso, el mejor servicio que se puede hacer ahora mismo al pueblo catalán, tanto a unos como a otros, es pactar un presidente del Govern con un programa para normalizar la convivencia que ha roto un grupo de iluminados. En este sentido, hay que insistir que un Gobierno en una situación de crisis debe ser ante todo previsible, es decir, no dar más sorpresas de las que ofrece la realidad.


                                                                       JORGE DE ESTEBAN* Vía EL MUNDO
*Jorge de Esteban es catedrático de Derecho constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

LAS ALMAS DEL DELITO

"Detrás de estos crímenes estridentes que matan el cuerpo de los niños hay una trastienda de crímenes sigilosos que matan sus almas. Detrás del odio atávico y bestial de una psicópata que estrangula a un niño hay muchos odios socialmente aceptados que no se manchan las manos."


Juan Manuel de Prada


Toda la conmoción que ha desatado la terrible –la sacrílega– muerte del niño Gabriel Cruz desembocará inevitablemente en la confusión y el vacío, como ha ocurrido con otros episodios semejantes. No puede ser de otro modo, en una sociedad que niega las certezas morales y metafísicas.

Hace ochenta años, con motivo del asesinato de una niña llamada Martita Ofelia en la Argentina, Leonardo Castellani escribía –glosando a San Pablo– unas palabras que podrían aplicarse igualmente al tenebroso asesinato de Gabriel: «Créanme, nuestra lucha aquí no es contra la carne y la sangre, sino contra las tinieblas, contra las potestades invisibles que pueblan la región del aire y que nos envenenan desde que nacemos, como una fábrica de azufre y de peste, el aire, el agua y el pensamiento». El escritor argentino no estaba afirmando tan sólo que el asesino de aquella niña fuese un poseso, sino algo mucho más profundo que ya la sociedad de su tiempo se resistía a aceptar; y que la sociedad del nuestro no sólo no acepta, sino que se afana por ocultar a toda costa. Castellani nos enseñaba que estos infanticidios tan desalmados son tan sólo el estallido de un divieso purulento que crece sobre un cuerpo social gangrenado; y que hasta que no se ataque el virus espiritual que ha gangrenado ese cuerpo no estaremos a salvo.

Detrás de estos crímenes estridentes que matan el cuerpo de los niños hay una trastienda de crímenes sigilosos que matan sus almas. Detrás del odio atávico y bestial de una psicópata que estrangula a un niño hay muchos odios socialmente aceptados que no se manchan las manos. Porque nuestra época odia a los niños; los odia de un modo taimado y discreto que puede llegar incluso a disfrazarse de amor. Las reacciones indignadas ante los crímenes nacidos del odio atávico y bestial pueden, sin duda, considerarse esperanzadoras; pues nos demuestran que, en medio de la fábrica de azufre y de peste que nos envenena, aún sobreviven reductos de sana humanidad. Pero también podríamos considerar que en tales reacciones hay algo de aspaviento hipócrita (o de respuesta inducida) que nos permite seguir manteniendo nuestro odio taimado y discreto a la infancia. Nos horrorizamos ante los crímenes estridentes contra la infancia que nos dejan un corpus delicti; pero ni nos inmutamos ante los crímenes sigilosos que nos dejan una multitud innumerable de animae delicti. Tal vez porque sabemos que los primeros crímenes sólo pueden perpetrarlos monstruos remotos; mientras que los segundos los puede perpetrar nuestro prójimo más cercano y más íntimo. O sea, nosotros mismos.

Y en todos los crímenes contra la infancia pulula, como una de esas polillas necrófagas que revolotea en torno a los cadáveres, el fantasma de la libertad. Lo hace, desde luego, en los crímenes que se perpetran contra los niños que aún no han sido alumbrados, esos ‘amasijos de células’ que ‘descartamos’, haciendo uso de nuestra fatua libertad decisoria. Y enseguida nuestra desmedida libertad empieza a causar estragos también entre los niños que magnánimamente decidimos alumbrar; enseguida nuestra libertad omnímoda empieza a maquinar formas de aniquilar espiritualmente a los supervivientes. Y así, los condenamos a la escisión vital, convirtiéndolos en peregrinos en su propio hogar; los despojamos de una vida familiar plena, a sabiendas de que ese despojo les dejará heridas irrestañables, porque anteponemos nuestros egoísmos personales, nuestros deseos bulímicos, nuestra orgullosa libertad para ser felices a costa de su infelicidad. Y, por si fuera poco, permitimos que las escuelas se conviertan en corruptorios oficiales donde su inocencia maltrecha y sus emociones magulladas son pervertidas, todo ello enmascarado de una moderna pedagogía que aspira a que puedan vivir en plenitud una ‘libertad sexual’ polimorfa. Y, en fin, dejamos que caiga sobre sus almas el vitriolo de una propaganda ubicua que calcina los últimos vestigios de su inocencia y los adiestra –siempre de forma lúdica– en las más oscuras depravaciones y en los materialismos más envilecedores. Para que sean todavía más libres de lo que lo fueron sus padres.

Todas estas almas del delito pesan demasiado sobre nuestra conciencia. Y viene entonces en nuestro socorro un odio más atávico y bestial que nos entrega un cuerpo del delito. Pero alguien dijo que, mucho más temibles que quienes matan el cuerpo, son quienes matan el cuerpo y el alma. Sobre todo cuando lo hacen –cuando lo hacemos– creyendo rendir un gran servicio a la causa de la libertad y del progreso.


                                                                                    JUAN MANUEL DE PRADA

                                                                                     Publicado en XLSemanal.

RESOLVER EL CONFLICTO


Hay una frase que se escucha de un lado a otro de la península cada vez que alguno de los líderes del proceso secesionista catalán es apercibido, imputado o detenido. Es la de esto no resuelve el conflicto o, en su permutación más exitosa, ¿alguien cree verdaderamente que esto resolverá el conflicto? Con toda seguridad, la estaremos escuchando durante los próximos meses, años e incluso décadas. Porque es el razonamiento que permite a quienes han abanderado el proceso, o a quienes han actuado como sus aliados discursivos, sortear cualquier nueva refutación de sus tesis y reivindicar que ellos siempre tuvieron la razón. Lo que, a estas alturas, empieza a parecer su aspiración máxima.

Es conocido lo que la frase de marras tiene de trampa y de chantaje. Da a entender que la única salida posible a la crisis catalana sería ceder a las exigencias de los independentistas, cuando sería bastante más factible, beneficioso y -nunca sobra recordarlo- legal que fueran ellos quienes desistieran de un proyecto tan injustificado como dañino. Además, la frase obvia la importancia del precedente en la cultura política de las naciones y de los regímenes. Recordemos que hasta hace dos telediarios se dudaba de que, dada la naturaleza del Estado autonómico y su evolución durante las últimas décadas, el gobierno central pudiese llevar a cabo medidas como las que contempla el artículo 155, incluso cuando tuviera toda la razón para ello. También se dudaba de si la sensación de absoluta impunidad con la que actuaban los líderes independentistas estaría justificada. Ahí se veía de forma nítida, por ejemplo, la influencia del precedente que habían sentado el caso Banca Catalana o el incumplimiento de las sentencias relacionadas con el modelo lingüístico.

Pero hay algo muy acertado en la idea de que el desafío independentista siempre ha sido más que los individuos que lo lideran. No ver esto, acomodarse en el cortoplacismo que asume que con Artur Mas fuera de la Generalitat o con Puigdemont procesado nos podíamos desentender del problema, ha sido uno de los errores más graves del constitucionalismo en el conjunto de España.

El proceso independentista nos aboca a un debate muy profundo acerca de nuestro modelo territorial, de la relación entre las distintas instituciones del Estado y del modelo educativo de este país plurilingüe; por no hablar de la cultura política de nuestra ciudadanía y nuestros mecanismos de selección de élites. Las noticias relacionadas con el destino penal de Puigdemont y compañía no deben eclipsar jamás esas cuestiones. Por ello preocupan, por ejemplo, la escasa fiscalización que se está haciendo de la aplicación del 155, o el poco escándalo que provoca la aparente parálisis en el Congreso de las iniciativas de reforma del modelo autonómico. Al final, nadie nos obliga a elegir si la Historia la hacen los individuos o las estructuras. La hacen ambos, y ambos deberían preocuparnos.

                                                                                 DAVID JIMÉNEZ TORRES  Vía EL ESPAÑOL

EN CATALUÑA YA ESTAMOS EN GUERRA CIVIL

Miembros de los Mossos d´Esquadra impiden el paso de manifestantes en las inmediaciones de la Delegación del Gobierno en Barcelona, durante las protestas que se han producido tras conocerse la decisión del juez Pablo Llarena     EFE


Se puede intentar disfrazar, disimular o, simplemente, esconder, pero es evidente que a día de hoy existen dos bandos en Cataluña y que unos están dispuestos a emplear todos los métodos para salirse con la suya. El interrogante es saber que van a hacer los otros para defenderse.

Las bondades que entraña provocar al Estado

Pilar Rahola, que ha mutado de hagiógrafa del poder nacionalista burgués a la condición de agitadora social, defendía en una tertulia de la emisora del Conde de Godó, Grande de España, subvencionado por todos los lados y protector de especímenes como Eduard Pujol, el del patinete y ahora vocero separatista, que hay que provocar al Estado. Ante la imposibilidad de investir a Puigdemont, ha dicho que propone a Carles Riera, de las CUP, como candidato a la presidencia de la Generalitat. “Hay que apoyar la candidatura que más moleste al Estado”. Lo dice una millonaria, ¡a las barricadas!

Lo grave de la hora presente no es la frivolidad con la que se produce ante el micrófono o la cámara televisiva esta señora, o cualquier otro integrante de la pléyade comunicadora separatista. Lo auténticamente preocupante es que lo hagan mientras en toda Cataluña el conflicto se ha trasladado del terciopelo del Parlament, la moqueta de los despachos o los medios de comunicación a la calle.


Este fin de semana, a raíz de la detención en Alemania del fugado Puigdemont, se han vivido escenas de una gran violencia en la capital catalana, en Girona, en Tarragona, en las carreteras del Principado. He ahí el resultado de años y años de adoctrinamiento, de hacerle creer a la gente cosas que ellos mismos sabían que eran imposibles – lo reconoció el propio Artur Mas en una entrevista -, de sembrar la semilla de la superioridad moral de unos y de la bajeza de otros. Lo que se plasma en los contenedores incendiados, las carreteras cortadas, las pintadas intimidatorias o el tremendo puñetazo que le propina un energúmeno separatista a un joven que portaba una bandera española no es más que esto: no sabemos perder, no queremos perder, no nos da la gana de que ganéis vosotros. Rahola dixit, lo que provoque más al Estado, es decir, lo que haga más daño, lo peor, lo que sea con tal de que no ganen ellos. Porque toda esta gente sabe que lo tiene más que perdido, pero es tal su arrogante carácter que están dispuestos a cualquier cosa antes que decir que lo sienten.

"Es guerra civil, insisto, cuando un miembro de los Mossos es descubierto por sus propios compañeros participando en el asedio a la Delegación del Gobierno"
Ese clima amenazante que ha durado meses, que se hacía cada vez más gris, más ominoso, ha acabado por estallar. Cuando un alto cargo de la Generalitat se permite insultar al ex portavoz de Ciudadanos JordiCañas llamándole miserable y diciendo que le da asco, para después insultar a un colega periodista con los epítetos de ladrón, fascista o extorsionador es que algo falla. ¿Saben qué? Que el insultador es Agustí Colominas, ex gerente de la fundación de Convergencia, la CATDEM, y actual director de la escuela de administración pública de la Generalitat. No nos engañemos, esto solo pasa en un país que vive en guerra contra sí mismo, en el que los odios han ocupado el lugar de las razones, en el que la víscera ha ganado a la neurona.

Es guerra civil, porque en mi tierra la mentalidad de Cheka es mucho más abundante que la de ir al frente, de ahí que en las redes sociales se encuentren obscenidades como la que tuiteó @csaune en la que daba información acerca de donde trabaja y como se llama la esposa del juez Pablo Llarena, ahora con protección policial debido a las pintadas amenazadoras hechas por Arran delante de su casa en Gerona. La infame tuitera decía “hay que difundir – los datos de la esposa – para que sepan que ya no podrán ir por la calle a partir de ahora”.

Es guerra civil, insisto, cuando un miembro de los Mossos es descubierto por sus propios compañeros participando en el asedio a la Delegación del Gobierno. Es enfrentamiento entre dos maneras de entender a Cataluña, una que quiere el conflicto porque ya no sabe por dónde salir y la otra que, simplemente, aspira es a vivir en paz, con un trabajo digno, un Estado que ampare al débil y un sistema justo para todos.

¿Hará falta un muerto para que se ilegalice a los que defienden la violencia?


Siempre se jactó el separatismo de su carácter pacífico, no violento, casi seráfico. Ya saben, la revolución de las sonrisas. Nunca han reconocido ni lo harán que su postura conllevaba, necesariamente, una carga de violencia ideológica. Multar a un sencillo comerciante por no rotular en catalán ¿no era violencia? Obligar a los niños a estudiar solamente en catalán, escondiendo debajo de la alfombra el castellano ¿no era violencia, y de la peor clase, porque se practica contra inocentes? Vean como entienden estas gentes el concepto de violencia cuando la misma Ómnium, la que tiene a Jordi Cuixart, su dirigente, en la cárcel, califica los hechos vandálicos de este domingo como una cosa “pacífica y ejemplar”. Lo ha dicho su actual presidente, Marcel Mauri, que añadía “En cualquier país del mundo, cuando encarcelan a todo su gobierno la gente sale a la calle y lo quema todo, pero aquí eso no pasa”. Le hace falta acudir a un buen oculista, porque el centro de Barcelona estaba iluminado ayer noche por incontables containers incendiados por los suyos.

Y es que negar la evidencia es también un síntoma de guerra civil, porque de todos es sabido que la primera víctima en cualquier guerra es la verdad. Los Mossos heridos son guerra civil. Las piedras, pintura, salfumán, botes de humo, lejía, palos, sillas de las terrazas, incluso algunos extintores que les arrojaron, son guerra civil. Los conductores intimidados por piquetes de cafres que cortan el tráfico y toman las matrículas de aquellos que no secundan, amenazándolos con gritos de “Sabemos quién eres, ya te pillaremos, hijo de puta”, son guerra civil. Los Mossos separatistas como el que participaba en las agresiones contra la policía autonómica, son guerra civil. TV3, dando todo el día consignas acerca de los sitios donde existen tumultos, casi invitando a la gente para que se sume, informando sesgadamente, lanzado soflamas en favor de los sublevados presos o detenidos, es guerra civil.
"Ellos saben perfectamente que esto es una guerra y quieren ganarla como sea. Pervirtiendo la democracia mediante referéndums que no son más que charlotadas dignas de un gerifalte africano"
Un separatista que trabaja en esa televisión que debería haber sido la primera en recibir una aplicación vigorosa del 155, Jair Domínguez, autor de momentos televisivos repugnantes como cuando disparó a una fotografía del por entonces rey Juan Carlos, lo ha dejado claro. El colaborador del programa “Està passant”, presentado por Toni Soler, otro de los beneficiados del proceso, dijo textualmente en su cuenta de Instagram que “habrá muertos para conseguir la república catalana y será terrible porque, en el fondo, no nos gusta la violencia”. En el fondo, menos mal. Es el mismo individuo que escribió en la revista “Esguard” que quería atar al ministro Zoido, tumbarlo encima de una mesa de neurocirujano, clavarle la cabeza con tonillos y cordeles para que no se moviese ni un milímetro y cortarle con un cúter la papada para podérsela comer. El mismo que, aliviado, manifiesta que por fin han descubierto que la república no llegará con lacitos amarillos o manifiestos, sino con sangre y fuego. Eso es guerra civil, es vomitivo, es incitación al odio, a la violencia, al enfrentamiento. Y delito, claro.

Ellos saben perfectamente que esto es una guerra y quieren ganarla como sea. Pervirtiendo la democracia mediante referéndums que no son más que charlotadas dignas de un gerifalte africano, adulterando la vida parlamentaria, defendiendo a los delincuentes cual si de héroes se tratase. El último peldaño que les quedaba era el de justificar la kale borroka y ya están en ello. Solo en Barcelona: cargas policiales, un centenar de heridos – veintitrés son Mossos – y nueve detenciones. Eso sí, no habrán escuchado por parte de la pseudo izquierda más que el silencio cómplice de los podemitas catalanes o el vergonzante llamamiento del socialista Miquel Iceta para que se cree un gobierno de concentración.

La irresponsable pasividad también es un síntoma de guerra civil. Ahora se trata de saber si los que defendemos la ley y el orden vamos a enterarnos de lo que hay o seguiremos matando moscas, como aquel emperador que se entretenía en tales ocios mientras que su guardia pretoriana llegó y le cortó el cuello.


                                                                                  MIQUEL GIMÉNEZ  Vía EL CONFIDENCIAL

EL PACTO EDUCATIVO SE VA DE VACACIONES

¿Quién está en condiciones de tomar decisiones sobre la educación de nuestra juventud? ¿Los políticos, los padres, los científicos, los pedagogos...?


Foto: iStock.


Una vez más, ha quedado claro que nuestro deporte nacional es 'marear la perdiz'. Los lectores de esta sección saben hasta qué punto, con la ayuda de El Confidencial, hemos intentado facilitar un pacto educativo, desde un primer artículo ("El pacto educativo en El Confidencial"). El mismo equipo que elaboró el 'Libro blanco de la profesión docente' redactó unos 'Papeles para un pacto educativo', con la ayuda de la Universidad Antonio de Nebrija, que pueden encontrar en internet.

Nuestro propósito era facilitar la información más completa y objetiva posible a las fuerzas políticas que debían formalizar dicho pacto. Incluíamos la historia de los intentos fracasados, los temas conflictivos, los ya establecidos en otras naciones, las propuestas hechas en España por distintos colectivos e instituciones (comunidades autónomas, Colectivo Lorenzo Luzuriaga, Foro de Sevilla, Sindicatos ANPE, FSIE, FETE-UGT, Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España, Asociaciones de Padres y Madres, las Asociaciones de Centros de Enseñanza, propuestas de los distintos partidos políticos en sus programas electorales, etc.). Defendía que era necesario firmar una 'hoja de ruta para un pacto educativo' antes de las elecciones, cuando todos los partidos tenían que salvar la cara ante la sociedad. Por un momento, creí que lo conseguiríamos, gracias, entre otras cosas, al esfuerzo organizador de Manuel Campo Vidal.




Aquello no cuajó y, después de las elecciones, se creó una subcomisión del Congreso. Desde el principio, pensé que era una equivocación metodológica. Tenía la convicción de que en algún momento cualquiera de los partidos se levantaría de la mesa. No sabía cuál sería, ni por qué motivo. Reconozco que la razón del PSOE es de peso. No se puede tener un sistema educativo de alto rendimiento con un presupuesto menor del 5% del PIB.

Las tensiones no se solucionarán si no se separan las posiciones ideológicas de un tratamiento crítico

Mi desconfianza era hacia el sistema de 'comparecencias', que me parece un subproducto demagógico. Una alergia a leer y a estudiar documentos. Durante una comparecencia no se pueden tratar temas complejos. Por eso, no asegura ningún progreso intelectual. Por eso, cuando me invitaron, decliné la invitación y volví a enviarles el laborioso documento que habíamos redactado.

Modelos enfrentados


A lo largo de los años, se han ido consolidando en España dos modelos enfrentados (a los que llamaré 'progresista' y 'conservador') que se han caricaturizado mutuamente hasta el maniqueísmo, falseándose y haciendo difícil el diálogo para resolver las siguientes tensiones:
  1. Tensión entre calidad y equidad. Aquella se identifica con modelos conservadores, y esta con progresistas.
  2. Tensión entre modelo inclusivo/comprensivo (progresista) y modelo diferenciado (conservador).
  3. Tensión entre las competencias educativas del Estado (progresista) y los derechos de las familias (conservador).
  4. Tensión entre una idea laica de la escuela (progresista) y el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos (conservador).
  5. Tensión entre la gestión social (conservador) y la gestión estatal del sistema educativo (progresista).
  6. Tensión entre el currículo nacional (conservador) y las competencias educativas de las comunidades autónomas (progresista).
  7. Tensión entre el respeto a la autonomía de los centros (conservador) y el control de la Administración (progresista).
  8. Tensión entre la participación democrática en la gestión de los centros educativos (progresista) y la profesionalización de la dirección (conservador).
No habrá mejora de la escuela hasta que durante unos meses no aparezca la educación en el primer lugar de las preocupaciones ciudadanas

Hay, sin duda, otros problemas esenciales: financiación, formación de los docentes, currículos, destrezas para el siglo XXI, que solo pueden abordarse después de haber resuelto las tensiones previas.

Las tensiones no se solucionarán si no se separan las posiciones ideológicas de un tratamiento crítico. Ya sé que muchos partidos defienden que es imposible no tener posiciones ideológicas en temas políticos. Y que los que se enfrentan a la ideologización lo hacen en nombre de una tecnocracia. Creo que esta puede ser una postura tan ideológica como la que se reconoce como tal.


Necesitamos un paco. (iStock)
Necesitamos un paco. (iStock)

Por 'ideología' se entiende una filosofía sectaria —que acaba funcionando como un “discurso de control social”— que (1) obedece a los intereses y al egoísmo grupal de sus postulantes, no a una búsqueda del bien común, (2) posee un conjunto de soluciones fijas y preestablecidas para los problemas sociales, (3) es dogmática, planteando premisas normativas irrefutables, que no pueden ser comprobadas, (4) se acompaña de proselitismo, propaganda y, en grados extremos, de adoctrinamiento, y (5) nunca reconoce su responsabilidad sino que se la endosa a otros.

¿No hay entonces solución?


En 'El bosque pedagógico', después de una revisión minuciosa (y bastante agotadora) de las principales propuestas sobre quién aprende, cómo aprende, qué se debe aprender, dónde se debe hacer, quién debe enseñar y cómo se debe hacerlo, llegué a una conclusión. La pregunta esencial en un momento crítico, en el que una aceleración vertiginosa de los cambios sociales exige una adecuada respuesta educativa, es ¿quién está en condiciones de tomar decisiones sobre la educación de nuestra juventud? ¿Los políticos, los padres, los científicos, los pedagogos, los psicólogos, los empresarios, los sociólogos, los economistas, los sacerdotes?

No se puede tener un buen sistema educativo con un presupuesto menor al 5% del PIB

Ninguno de ellos tiene un conocimiento lo suficientemente amplio y profundo para tomar esas decisiones. Necesitamos un conocimiento de nivel superior. Ya lo había defendido aquí. Al no tener nombre para esa ciencia, la he denominado Filosofía de la educación. Debe conocer lo que se está haciendo, las diferentes posturas, y justificar en cada caso por qué una decisión es mejor que otra.
Supone una clarificación de los conceptos, y de los criterios de evaluación, una crítica de los argumentos, un conocimiento amplio, y la actitud de estar dispuesto a aprender de todo el mundo. De nuevo, la Filosofía, tal como la entiendo, se convierte en un servicio público. La sociedad debe conocer sus argumentos, para saber lo que debe exigir a los políticos. Sigo pensando que no habrá mejora de la escuela hasta que durante unos meses no aparezca la educación en el primer lugar de las preocupaciones ciudadanas en las encuestas del CIS.



                                                                   JOSÉ ANTONIO MARINA  Vía EL CONFIDENCIAL