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jueves, 27 de agosto de 2020

MIGUEL DELIBES, VIVIR Y ESCRIBIR AL UNÍSONO

En el centenario de su nacimiento, el autor, biógrafo de Miguel Delibes, repasa la obra, tanto periodística como narrativa, del escritor vallisoletano, para resaltar su compromiso ético y su pasión literaria

 

EFE 


El próximo 17 de octubre se cumplirán cien años del nacimiento del novelista Miguel Delibes. Centenario que se está conmemorando a lo largo de 2020 con actos culturales, bibliográficos y artísticos. Miguel Delibes nació en Valladolid en 1920, y murió en Valladolid noventa años después, en 2010. Se preciaba de repetir, con un personaje de su primera novela: "Soy como un árbol que crece donde lo plantan".
Para trazar esta semblanza bioliteraria de Miguel Delibes, partiré de un axioma para mí irrefutable, y que ya dejo insinuado en el título de estas líneas: Biografía y literatura discurren en el escritor castellano en completa sintonía. O dicho más por derecho: Delibes escribe como él es. Y, si tratamos de resumir su vida y su literatura en un solo concepto definitorio, éste sería el de fidelidad. Fidelidad a su entorno natural y a sus raíces sociales y culturales. En definitiva, a sí mismo.
Miguel Delibes concibió la novela como el compendio de tres elementos imprescindibles: un hombre, un paisaje y una pasión. El trinomio me sirve asimismo para enmarcar la vida y la literatura del escritor: Miguel Delibes fue un hombre independiente, protagonista absoluto de su propia biografía, que nunca permitió, en propias palabras, que "nadie me lleve más allá ni me deje más acá de donde yo quiero ir".
Un paisaje: Castilla. "Desde que yo empecé a escribir, me propuse que mi literatura y mi tierra irían siempre asociadas". Una pasión: escribir. Escribir precisamente en memoria y en defensa de su tierra y sus gentes. Y escribir, además, imbuido por una preocupación ética. Volvamos a oírle: "A mi aspiración estética -hacer lo que hago lo mejor posible- he unido siempre una preocupación ética : procurar un perfeccionamiento social. Sé que una novela que quede para la posteridad quedará por su valores literarios, al margen de la preocupación moral de su autor. Pero a pesar de esa convicción, yo no he podido desprenderme de ella e, incluso, estoy por asegurar que sin una norma ética como guía, es muy posible que mi obra literaria, buena o mala, no se hubiera producido".
Norma ética y preocupación social tanto en la literatura narrativa delibeana como en su escritura periodística. Y ambas, vuelvo a insistir, con su Castilla natal como telón de fondo, compromiso y preocupación. Si en 1943 empieza a escribir en prensa -en su ya irrenunciable El Norte de Castilla-, sólo cuatro años más tarde empieza a redactar su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, que le abrirá, al ganar con ella el prestigioso premio Nadal, la senda literaria cuajada en un total de veinte novelas.
Periodismo y narrativa, pues, de la mano. Inseparables. Incluso saltando de una a la otra escritura cuando las circunstancias lo requieran. Salto que designó, muy gráficamente, como "cambiar de instrumento". "Cuando el artista, el escritor en mi caso, emplea un instrumento que desafina en opinión del poder establecido, no tiene aquél más que cambiarlo por otro". Del periodismo pasó a la novela. "Es así como yo escribí mi novela Las ratas. Cuando yo emprendo -siendo ya director del El Norte- una campaña de prensa denunciando la postración y abandono del medio rural castellano, y la autoridad me la persigue primero y me la prohíbe después, yo cambio de instrumento y me paso a la novela. Las ratas (1962) es un alegato mucho más duro y acusador que las crónicas de prensa. Pero la censura franquista no atinó a verlo".
Delibes ocupará diferentes puestos y cargos en el periódico vallisoletano, llegando a director en el periodo 1958-1963, y dimitiendo él mismo del cargo por razones de conciencia profesional y enfrentamientos con las autoridades de prensa, entre ellas el ministro Fraga Iribarne, titular de la cartera de Información y Turismo.
De dos iniciativas y logros se sentirá especialmente satisfecho, por no decir orgulloso, Miguel Delibes en el ejercicio del periodismo: primero, del compromiso con su tierra y sus gentes, que le llevará a practicar un periodismo batallador y reivindicativo en defensa de Castilla y, particularmente, del medio rural; segundo, el haber formado y aglutinado en torno a su persona y magisterio a un plantel de periodistas y escritores, comprometidos como él, cuyos solos nombres dejan constancia de la eminencia de la que será ya conocida como Escuela de El Norte de Castilla: Jiménez Lozano, Umbral (ambos Premios Cervantes, como el maestro), Leguineche, Martín Descalzo, Pérez Pellón, entre otros.
Si he trazado parte de esta semblanza bioliteraria fundamentándome en los tres pilares que, según Delibes deben sostener la estructura novelesca, intentaré completarla guiándome de las cuatro constantes literarias enunciadas asimismo por el propio escritor: infancia, prójimo, naturaleza y muerte. Me detendré en dos: la infancia y la naturaleza.
Resulta curioso constatar que, si bien Delibes no escribió expresamente historias para niños -a excepción, digamos, de Tres pájaros de cuenta (1982)- toda su obra está plagada de personajes infantiles, de modo que, en efecto, bien puede proclamar que la infancia es una de sus constantes narrativas. Pero si hay una constante que predomina por encima de las demás esa es, sin duda, su relación con el medio natural. "Todas mis obras participan de la naturaleza en mayor o menor medida; incluso en mis novelas urbanas, los protagonistas escapan al campo de vez en cuando para oxigenarse".
Se ha considerado a Delibes como el primer ecologista español, un ecologista avant la lettre, digámoslo así, y no es para menos. Ya en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, en 1975, hace por tanto cuarenta y cinco años, expuso sin cortapisas, y fundamentándose, además, en su propia obra narrativa, las claves de su relación, humana y literaria, con el medio natural. El credo ecológico delibeano no puede ser más claro y contundente: "Todo cuanto sea conservar el medio es progresar; todo lo que signifique alterarlo esencialmente es retroceder". Por algo tituló su discurso El sentido del progreso desde mi obra. Y por algo he titulado yo esta crónica Vivió y escribió al unísono. Es decir: con coherencia.

                                                     RAMÓN GARCÍA DOMÍNGUEZ*  Vía EL MUNDO
*Ramón García Domínguez, periodista y biógrafo de Miguel Delibes, es autor de Miguel Delibes de cerca (Destino).

DICTADURA DEL MIEDO Y DÉFICIT DE SOCIEDAD CIVIL


Opinión 

Carmen Castiella

Es evidente que estamos ante una nueva dictadura del pensamiento único. Ni soy negacionista, ni soy irresponsable ni soy conspiranoica. Me pongo la mascarilla y procuro guardar la distancia social, pero conservo por ahora la libertad de pensar y expresarme. Estamos viviendo una realidad de enorme complejidad, pero creo que el personal sanitario no es el único autorizado a reflexionar. Ésta es una crisis global, no solo sanitaria. Así que escribo para tratar de entender algo en medio del caos y la confusión, sin una opinión realmente formada. Hay demasiados aspectos que no controlo y demasiadas preguntas que tienen como respuesta otras preguntas.
Se ha instaurado en muy poco tiempo un pensamiento único que tacha de “negacionista” cualquier voz mínimamente crítica. Cualquier tímido intento de reflexionar más allá del discurso oficial es tachado de  “irresponsable” por atentar contra la salud pública.
Cada censura y cada ridiculización como interlocutor “loco-conspiranoico-negacionaista-irresponsable”, se realiza bajo la bandera del bien común y la salud. Se ha subvertido totalmente el concepto de ataque y defensa. El agredido se convierte en agresor en el discurso de esta nueva mentalidad. Se restringe la libertad en nombre de la libertad misma, la tolerancia y la salud. En realidad, esta mentalidad lleva ya años campando a sus anchas en nuestra sociedad pusilánime y timorata.
En mi entorno familiar, la crisis del coronavirus ha golpeado con fuerza tanto en la salud como en lo económico. No entraré en detalles pero, como miles de familias, hemos sufrido y sufrimos en primera persona los efectos del virus. Hay familias a nuestro alrededor que han vivido situaciones terribles. La peor parte creo que ha sido la sufrida por aquellas que no han podido acompañar y despedir a sus mayores. Así que de negacionistas, nada de nada. ¿Cómo vamos a negar algo tan obvio y tan doloroso?
Es más, creo que el virus no se erradicará. Podrá quizás controlarse pero vivirá ya muchos años entre nosotros. Así que nos toca vivir con él y con sus rebrotes, sin dejar de vivir. “La vida no vivida es una enfermedad de la que también se puede morir” (Carl Jung en Psicología Analítica). Prudencia, sí,  pero recuperar la vida, la humanidad, el pensamiento crítico y el sentido común, también.
A mí personalmente mucho más miedo que el virus me da la obediencia ciega de la sociedad civil, continuamente ejerciendo de policía de balcón y escandalizada con los presuntos incumplimientos de los demás. Legiones de twitteros indignados pidiendo a gritos la censura de cualquier tuit que se aleje tímidamente del discurso oficial.
Hubo algo profundamente inhumano en la prohibición de acompañar a los familiares en sus últimos momentos. Dejamos morir solos, asustados y sin acompañamiento espiritual y sacramentos a cientos de ancianos. La realidad es que muchísimas familias no tuvieron tiempo de reacción y tuvieron que comerse su indignación y su duelo en silencio.
También creo que solo se habla de salud física y muy poco de salud mental, cuando todos vemos a nuestro alrededor hasta qué punto el confinamiento y el miedo han pasado factura a nuestros mayores y no tan mayores. Los medios de comunicación nos han saturado con sus datos, pero no han difundido entre la población estrategias de afrontamiento  para gestionar los estados de ansiedad, por ejemplo. El bombardeo continuo de datos no ha ayudado a las personas a autorregularse sino que les ha ido desquiciando y obsesionando. No solo la biología, la medicina y el periodismo tienen algo que decir en esta crisis.
Una sociedad presa del pánico pierde la capacidad de enjuiciar la situación y asume cualquier directriz que le imponga la autoridad, por muy inepta y autoritaria que sea. Acepta la "verdad" de sus dirigentes (cambiante a conveniencia) como justificante de todas sus decisiones. Estamos ante una sociedad que acepta, silenciosa y confiada en las autoridades sanitarias, medidas que no hacen sino reproducir errores pasados y que podrían llevarnos a nuevos confinamientos, vacuna obligatoria, geolocalización con la excusa del rastreo de contactos… Es ya evidente para todo el que quiera ver que en España se han adoptado las medidas más drásticas con los peores resultados. No podemos seguir como borregos por la senda de la incompetencia.
Aplaudo la voz ligeramente crítica de Fernando Savater en El País el domingo pasado en una entrevista titulada “La muerte es lo que da sabor a la vida”: “Este verano es tétrico. Hay algo siniestro en las precauciones, las mascarillas, esa vigilancia permanente. Somos huéspedes de una especie de campo de concentración benévolo.”
No puedo afirmar, porque no lo sé, que todas las teorías conspiranoicas sean falsas, aunque yo personalmente no suscribo ninguna. Pero también creo que, viendo lo que estamos viendo, conviene estar atentos porque hay algo extraño e inquietante en todo esto. Recomiendo vivamente leer un artículo de Jacques Attali, asesor de Mitterand, escrito hace once años, en el que describe cómo una pandemia permite imponer por motivos de salud cambios estructurales que después se reciclarán para convertirse en parte integrante de la “nueva normalidad”. Suena, desde luego, a ingeniería social. La primera frase del artículo dice “L´Histoire nous apprend que l´humanité n´evolue significativement que quand elle a vraiment peur”, es decir, “la historia nos enseña que la humanidad no evoluciona significativamente salvo cuando tiene verdadero miedo”. 
El término “nueva normalidad” no puede ser más inquietante y apunta sin duda a una libertad vigilada y a un mayor intervencionismo del poder público, que va encogiendo cada vez más a la ya de por sí encogida sociedad civil española.
No me gustan los profetas de los últimos tiempos, pero intuyo que estamos ante un cambio de época. Lo intuyo pero puedo, evidentemente, estar equivocada. Solo Dios sabe qué está ocurriendo realmente. Nuestra seguridad es Cristo y no nuestros planteamientos, nuestras minúsculas opiniones y presuntos conocimientos, ideas y saberes. Sabemos muy poco, así que inseguros y confusos pero firmes en Cristo, que es Roca Firme y Señor de la Historia.
El martes 25 de agosto, cuando escribo este artículo, la lectura es la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses: “Acerca de la Venida de nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión con Él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis perturbar fácilmente ni os alarméis, sea por nuncios proféticos, o por palabras o cartas atribuidas a nosotros, que hacen creer que el Día del Señor ya ha llegado. Que nadie os engañe de ninguna manera”.

                                    CARMEN CASTIELLA  Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

EL RETORNO DE Mr. PANDEMIA

Su Persona ha comparecido ante nosotros, oh pueblo agradecido. Y no veas lo moreno que está el chiquillo

El retorno de Mr. Pandemia 
El retorno de Mr. Pandemia

 
Porque soluciones, lo que se dice soluciones, no ha traído ni una de Doñana, pero, ¡ah, amigo!, el presidente áureo y omnisciente ha ligado un bronce que ríete tú de Julito Iglesias. Y, como no podía ser de otra manera, el tal llamado presidente ha desgranado una serie de chuminadas campestres que, resumidas, vienen a decir: allá películas y ya os apañaréis, yo me voy a Moncloa a que me aplaudan. Bueno, tampoco hay que ser injustos con Su Pedridad. Algo ha dicho. De entrada, se ha opuesto a que Pablenin acuda a dar explicaciones en sede parlamentaria, y eso que cuando gobernaba el PP se rasgaban las vestiduras exigiendo a Rajoy que fuese a explicar la financiación irregular de su partido. Pero como lo que importa es el quién y no el qué, lo que se le pedía a grito pelado al seráfico Mariano ahora no es de recibo. La risa va por barrios. El rostro de cemento armado, también.
¿Qué más ha pergeñado ese faro de sabiduría, pasmo del mundo mundial? Pues que, fíjate tú, parece que ya mismo hay que volver a los coles y habrá que hacer algo, o sea, que lo hagan las comunidades autónomas; también se ha fijado, con esa mirada de lince político que hubiesen envidiado Churchill, De Gaulle y Adenauer, conocidos también como popularísimo trío de rumba, en que la tasa de contagios sube y es menester tomar medidas sanitarias, por lo que ha creído bueno que sean las comunidades las que adopten las medidas que estimen; otrosí, ante la insensatez de las gentes que salen sin mascarillas, ante la industria turística, el comercio proximidad, la economía, el paro o el estado de alarma, Su Socialistez se ha pronunciado: las autonomías. Luego ya, si eso, irá mirando cómo se coordina el desastre con eso que denominan cogobernanza y que toda la vida de Dios ha sido una casa de putas sin madame.
Mr. Pandemia vive ajeno a todos estos problemillas que ni a él ni a Bego, su señora, ni a los suyos afectan para nada. La cuestión estriba en mirar de rematar el cadáver de Iglesias cuando se pueda

A sabiendas que hay cosas que una autonomía no puede hacer porque la ley se lo impide, como declarar un estado de alarma por su cuenta y riesgo, verbigracia, Su Persona dice que el responsable como mando único será el presidente de la comunidad que fuera. Es decir, que si por un casual Torra recoge el guante podrá hacer lo que le pase por la punta del Nabucodonosor. En las Vascongadas, en Navarra, en fin, en lugares donde tanto y tan bien se cultiva el amor a la Constitución y a España, que es lo mismo, habrán recibido tamaña novedad con aplausos atronadores. Ante una crisis nacional, el presidente delega en las partes, con perdón, abjurando de todas sus responsabilidades. Como no es capaz ni de coordinar a su Gobierno, hace santamente renunciando a poner algo de cordura en esa ensalada Baudelaire en la que hemos convertido a la antaño nación más poderosa del mundo. En Bruselas, que ya ven de qué palo andan en Moncloa, exigen a Sánchez un ministerio, otro más, para que administre los dinerillos que han de soltarnos. No se fían de que la riada de millones que han de llegar, es de suponer, se diluyan como lágrimas en la lluvia dorada de tantas administraciones y manos que pretenden pillar lo que puedan del viático de Bruselas.
Mr. Pandemia vive ajeno a todos estos problemillas que ni a él ni a Bego, su señora, ni a los suyos afectan para nada. La cuestión estriba en mirar de rematar el cadáver de Iglesias cuando se pueda, acabar de llevarse al huerto a un PP y un Cs domesticados y aprovechar propagandísticamente la pasta que no habrá creado él y el esfuerzo y el trabajo que pondremos los españoles. Lo único que aportará a este holocausto social será su piel bronceada, sus pausas dramáticas cuando habla, sus frases huecas y su brutal, enorme, colosal incapacidad para querer nada que vaya más lejos de su ombligo.
Lo dije en uno de mis sermones, que no vuelva de vacaciones, que al menos en la playa no hace daño. Pero no me han querido hacer caso. Pues nada, Mr. Pandemia ha vuelto a la ciudad.

                                                     MIQUEL GIMÉNEZ   Vía VOZ PÓPULI

miércoles, 26 de agosto de 2020

LOS CATÓLICOS Y LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

Opinión 

Pedro Trevijano

Hace unos días, el político catalán Quim Torra declaraba que él era católico de la Teología de la Liberación, porque para él “la Iglesia es la que trabaja para los pobres, los vulnerables y los que están presos”. ¿Qué pensar de ello?
Lo primero que se me ocurre es ver qué dice San Pablo ante el problema que tuvo que afrontar por las divisiones existentes dentro de la Iglesia: “Os ruego, hermanos, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos, con un mismo pensar y un mismo sentir… Y os digo esto porque cada cual anda diciendo: ‘Yo soy de Pablo, yo soy de Apolo, yo soy de Cefas, yo soy de Cristo’. ¿Está dividido Cristo? ¿Fue crucificado Pablo por vosotros? ¿Fuisteis bautizados en nombre de Pablo?" (1 Cor 1,10 y 12-13). Somos cristianos porque todos somos de Cristo y lo demás sobra porque es otra cosa y no hay por qué fraccionarse en banderías: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Ef 4,5).
Que la Iglesia se debe preocupar por los pobres es evidente. El propio Jesús dice a los enviados del Bautista como señal de su misión: “Los pobres son evangelizados” (Mt 11,5; Lc 7,22). El esfuerzo de la Iglesia por aliviar las necesidades humanas es inseparable del Evangelio y desde luego creo no hay ninguna organización que haga más por los pobres que la Iglesia. Ahora bien, mientras muchos plantean la responsabilidad del cristiano con respecto a los pobres y oprimidos en un correcto sentido eclesial, otros lo hacen desde posiciones fundamentalmente marxistas, es decir, no católicas.
La teología de la liberación que hace propia la opción marxista se presenta como una nueva forma de comprensión y de realización del cristianismo, explicándolo como una praxis de liberación y presentándose como una guía en esta praxis. Ahora bien, para esta teología toda realidad es política, por lo que la liberación es también un concepto político y la guía para la liberación es una guía para la acción política. El análisis marxista de la historia y de la sociedad a la luz del esquema de la lucha de clases, y que nos obliga a escoger, como única alternativa posible, entre capitalismo y comunismo, es considerado por éstos como el único verdaderamente científico.
Y así la Iglesia popular se contrapone a la Iglesia jerárquica, siendo el Magisterio, al insistir en verdades permanentes, una instancia enemiga del progreso y carente de valor para el conocimiento de Jesús. Oponerse a la interpretación marxista de la Biblia no es otra cosa que la expresión de la clase dominante para conservar su propio poder.
Hoy está claro que el marxismo ha supuesto una visión equivocada de la realidad y del ser humano. Esta visión equivocada y aberrante de la realidad ha sido causa de innumerables desastres, pues no se puede construir la realidad partiendo de bases irreales.  Pretender ayudar a quienes están en la miseria sin promover su libertad y responsabilidad no hace sino acentuar las necesidades y  las causas de sufrimiento de la población.
Además, la lucha de clases no puede ser el centro de la vida cristiana, sino el amor y la conversión de los corazones. Actuar sobre estructuras económicas y sociales no es suficiente, pues son los pecados personales los que se encuentran realmente en los cimientos de las estructuras sociales injustas. Jesús nos dice: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1,15). Si no incluimos el aspecto religioso y la necesidad de conversión, caemos en la filantropía o en una acción humanitaria secular que olvida el evangelio. La diferencia está en la presencia o no de Jesucristo.
En Teología se enseña: “El Reino de Dios ya está entre nosotros, pero todavía no ha llegado a su plenitud”, con lo que se nos pone en guardia contra mesianismos y esperanzas puramente terrenas. Si queremos mejorar, el mundo el  primer paso es intentar ser mejor yo mismo. Pero como nos advierte Jesucristo: “Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), y por ello necesitamos la ayuda de su gracia.

                                      PEDRO TREVIJANO  Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

Un 'Aló presidente' tétrico: España es un Estado fallido

Pedro Sánchez, en Moncloa. 

Pedro Sánchez, en Moncloa. EFE


Como de todo vive en la viña del Señor, hay quien todavía niega la existencia de la covid-19 o quien se muestra valiente o timorato en su día a día en función de su color político. No hay duda de que si la izquierda no estuviera en el Gobierno las calles habrían ardido a estas alturas, del mismo modo que las protestas del Barrio de Salamanca, de Madrid, no hubieran tenido tanta repercusión si la derecha ostentara el Ejecutivo. Unas caceroladas, por cierto, que estuvieron organizadas por una señora que afirma que la vacuna de Bill Gates podría impedir que los seres humanos se reproduzcan.
Ocurre que el sectarismo se alimenta de la ignorancia y España ha dado una lección, en este sentido, durante los últimos meses. Porque mientras los más distinguidos intelectuales dejaban las tribunas a disposición de los portavoces políticos y los periodistas con carné de partido demostraban su total dejación de funciones, los ciudadanos han padecido las consecuencias de un Estado en el que todos reclaman competencias, pero nadie asume responsabilidades. Comenzando por su presidente, el veraneante. 
Es evidente que una buena parte de la población vive al día y todavía no ha asimilado que el próximo otoño-invierno se reproducirá por estos lares un escenario muy similar al de una posguerra, con los hospitales comprometidos por la confluencia de dos epidemias -covid y gripe- y con un cuadro macroeconómico condicionado por un déficit disparado y por una tasa de desempleo controlada por la respiración asistida de los ERTEs. Nunca en los últimos años la ruina estuvo tan cerca y lo peor es que comparecencias como la de Pedro Sánchez de este martes vuelven a confirmar que aquí no hay nadie al volante.
Los ciudadanos han padecido las consecuencias de un Estado en el que todos reclaman competencias, pero nadie asume responsabilidades. Comenzando por su presidente, el veraneante. 
Son muchos los que hablarán de las grandes virtudes del Estado autonómico y de su contribución a la modernización de España, pero la realidad es que, en un momento de emergencia, ha fallado de forma estrepitosa. Lo ha hecho porque el sistema de partidos ha condicionado el abordaje de los problemas a la estrategia política, en detrimento del interés general. Decía Ortega que una nación se debe caracterizar por tener “un sugestivo proyecto de vida en común”. ¿Cómo conseguirlo cuando hay quienes defienden nacionalismos excluyentes? ¿O, como en esta pandemia, cuando hay Administraciones, comenzando por el propio Gobierno, que han priorizado la tarea de quitarse 'el muerto de encima' a la gestión de la crisis?

Las trampas de Sánchez y Redondo

Pedro Sánchez ha aparecido este martes en la sala de prensa del Palacio de la Moncloa para ofrecer a los presidentes autonómicos su apoyo para declarar el estado de alarma en caso de que lo consideren necesario. Se entiende que lo ha hecho porque, como el virus no se ha extendido de la misma forma en los diferentes territorios, sería ilógico aplicar esta medida al conjunto del país.
Sobra decir que este mensaje tiene cierto aire de venganza, pues implica derivar el marrón a las autonomías y dejar en sus manos posibles medidas como el cierre de negocios o la imposición de confinamientos. Como siempre, la propaganda oficial omite deliberadamente que lo que se criticó entonces fue la forma del estado de alarma -ineficiente- y no el fondo. También, por qué no decirlo, las concesiones a los nacionalistas que acompañaron algunas de sus prórrogas. Es lo de siempre: pídeme lo que quieras, que te necesito.
Por otra parte, convendría preguntarse el porqué del giro radical de la estrategia del Ejecutivo, que ha pasado en pocos meses de apostar decididamente por el 'mando único' a defender aquello de que cada cual gobierne en su cortijo. Desconozco si será más acertado, pero, desde luego, no es serio. Es cierto que son las comunidades las que tienen las competencias de sanidad; y es evidente que por esta razón el Ministerio de Salvador Illa hizo el ridículo a la hora de adquirir material hospitalario tras la declaración del estado de alarma. Pero resulta desconcertante el cambio de criterio de Moncloa, aunque tiene una explicación: la política. No se trata de contener una pandemia, sino de salir menos perjudicado que el adversario de esta situación excepcional.

Penosa pelea

Tampoco es nuevo que el enfrentamiento entre el Ejecutivo y el Gobierno de la Comunidad de Madrid ha sido contraproducente a la hora de gestionar la pandemia. Resultaba patético observar este martes a Pedro Sánchez y a Isabel Díaz-Ayuso comparecer al mismo tiempo, como si su única prioridad fuera salvar su cabeza; y no controlar la epidemia. Hasta ese punto hemos llegado.
No es el único frente abierto, ni mucho menos; y no sería de extrañar que, antes del final del día, los independentistas de uno u otro pelaje criticaran que Moncloa haya reclutado a 2.000 soldados para ejercer labores de rastreo de los casos de coronavirus. Todo puede resultar ofensiva para los amorales que son capaces de considerar como un casus belli cualquier cosa que huela a España.
Así funcionan las cosas por aquí y es lógico que nada funcione; y que los ciudadanos poco a poco pierdan la esperanza de que sus representantes sean capaces de enderezar el rumbo de esta nave. Es el sentimiento propio de un Estado fallido. De un país en el que el Gobierno, casi en pleno, se fue de vacaciones con la epidemia por controlar y ha vuelto con la situación descontrolada. Es el gran desastre español de este siglo. Y el que manda tenía a su lado este martes un eslogan que afirmaba: “Salimos más fuertes”. Claro, claro...

                                                              RUBÉN ARRANZ   Vía VOZ PÓPULI

EVITEMOS LAS NUEVAS GUERRAS VERDES

El autor apunta la necesidad de que los responsables políticos y económicos empiecen a pensar en cómo podemos hacer compatible un comercio justo y libre en un mundo más limpio y sostenible


 

YVES HERMAN REUTERS


La Economía mundial está hecha jirones. Por un lado, un pequeño cisne negro en forma de virus ha creado un caos social y económico sin precedentes y provocado un ajuste en los mercados financieros que ha ido más allá de la ineludible corrección de la exuberancia financiera presente en dichos mercados desde hace años. Por otro, las guerras comerciales (en sus distintas versiones, como la impulsada por Trump o como la derivada del proceso del Brexit) se ciernen como una verdadera amenaza para la economía globalizada, que tan bien ha servido al planeta en las últimas décadas.
En ambas esferas se dan razones suficientes para la preocupación, pero también para la esperanza. En el frente de la Covid, las enérgicas medidas adoptadas por los gobiernos y los bancos centrales están aliviando las tensiones y ayudando a reducir las consecuencias a largo plazo de la pandemia. Por su parte, la transformación de las guerras comerciales en acuerdos comerciales en el último momento muestra que los políticos entienden que un mal acuerdo es siempre mejor que una buena guerra.
Pero hay otra amenaza en el horizonte que podemos estar subestimando: las guerras comerciales que no provienen del populismo, sino de la muy necesaria y largamente esperada lucha contra el cambio climático.
¿Qué sabemos hasta ahora al respecto? Sabemos que hay un amplio apoyo público en Europa a la lucha contra el cambio climático, una actitud mixta en EEUU (con el sector privado y ciertos estados federados liderando la lucha, pero con un gobierno federal a la contra) y una conciencia más limitada en el mundo de los países emergentes. Sabemos también que las grandes corporaciones consideran la aplicación de los factores ESG (ambientales, sociales y de gobierno corporativo) como ejes decisivos de sus estrategias de futuro. El resultado de la Conferencia sobre el cambio climático celebrada en Madrid (Chile COP 25) es un buen motivo para la esperanza. Aunque los gobiernos no pudieron o no quisieron llegar a acuerdos, la sociedad civil, en general, mostró un nivel de compromiso sin precedente. Particularmente llamativa ha sido la adhesión de las empresas financieras, ya sean bancos globales o gestores de activos, a los valores ESG y, en particular, a la lucha contra el cambio climático, incluso en jurisdicciones, como la estadounidense, en las que los gobiernos se están apartando del consenso mundial.
¿Qué posibilidades hay de llegar a un acuerdo político mundial sobre la lucha contra el cambio climático? Muy escasas, me temo. Siendo realistas, el resultado más probable será una solución desigual con diferentes niveles de ambición y una adopción escalonada por parte de los países de políticas más estrictas a medida que la demanda social y el cambio tecnológico presionen en la dirección adecuada.
En este contexto, Europa viene mostrando un firme liderazgo avalado con la aprobación por parte del Parlamento Europeo del reglamento sobre el establecimiento de un marco para facilitar las inversiones sostenibles, conocido como el reglamento de taxonomía, una pieza clave en el Plan de Finanzas Sostenibles de la Unión Europea, pues define criterios armonizados para calificar una actividad económica como ambientalmente sostenible. Asimismo, el Banco Central Europeo ha planteado en consulta pública una guía que define las expectativas supervisoras de la entidad en materia de cambio climático y la Autoridad Bancaria Europea sigue definiendo su Plan de Finanzas Sostenibles en el que los test de esfuerzo se convertirán en la piedra angular de este plan.
Por tanto, el hecho de que Europa haya decidido liderar la carrera hacia una economía sostenible transformará las reglas en las que se ha basado el comercio mundial hasta ahora. Dado que el respeto a los principios ESG entraña costes para los productores de bienes y servicios, aquellos ubicados en los países más comprometidos con la lucha contra el cambio climático resultarán menos competitivos, mientras que los basados en los países más rezagados en esta lucha se convertirán en formidables competidores de los primeros. Una situación a todas luces inaceptable.
La única forma de restablecer una competencia leal sería utilizar los impuestos sobre el carbono en forma de aranceles aplicados a los bienes importados, aranceles proporcionales a la diferente huella de carbono del sector y país de origen. Esta no es una idea nueva y ya ha sido propuesta por las autoridades competentes. Por ejemplo, la Comisión ha anunciado que propondrá en 2021 (con vistas a aplicarlos desde 2023) una tasa digital y un sistema de ajuste de carbono en frontera que permitirá igualar el precio de importaciones desde países con estándares medioambientales más laxos a los aplicados a la producción europea.
Pero esta solución no será, probablemente, pacífica. Los países seguramente discreparán entre sí respecto a la huella de carbono de los bienes y servicios comercializados, de forma que las jurisdicciones importadoras las sobrevalorarán y las exportadoras pueden subestimarlas. Obviamente, la UE y el Reino Unido (después del Brexit), que están emergiendo como líderes mundiales en la lucha contra el cambio climático, podrán llegar a acuerdos con cierta facilidad. Pero, ¿qué puede pasar con el comercio entre la UE y China, la India o Indonesia? Incluso Japón y la UE pueden tener dificultades para encontrar un equilibrio en los aranceles de carbono. No será nada fácil alcanzar acuerdos y que el comercio mundial prosiga con normalidad.
Si además tenemos en cuenta el comercio de servicios, la complejidad de cualquier acuerdo puede aumentar considerablemente. Pensemos en el turismo, un sector intensivo en CO2, aunque la huella de carbono sea generada por los visitantes extranjeros y no por el país receptor. ¿Cómo contemplará la Unión Europea esta circunstancia en los acuerdos comerciales relativos al clima?
¿Son inevitables esas nuevas guerras comerciales verdes? Desde luego no va a ser nada fácil sortearlas, pero estoy convencido de que tenemos la obligación de evitar, con todos los medios a nuestro alcance, lo que puede suponer un nuevo paso atrás en el comercial mundial y en la globalización de la economía. Para ello, en primer lugar, debemos comprender este nuevo desafío en toda su magnitud. Es necesario que los responsables políticos y económicos empiecen a tomar conciencia del problema y pensar en cómo podemos hacer compatible un comercio justo y libre en un mundo más limpio y sostenible.

                                                      JOSÉ MARÍA ROLDÁN*   Vía EL MUNDO
  • *José María Roldán es presidente de la AEB.