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domingo, 23 de mayo de 2021

LA FAMILIA Y LOS BÁRBAROS

familia

La familia es un vínculo de vida, de amor, de donación, que tiene decisivas consecuencias sociales y económicas, porque el matrimonio, generador de una familia estable con capacidad educadora de los hijos, es la condición necesaria del Estado de bienestar. Después, claro, tiene que existir la productividad y el sistema fiscal adecuado para hacerlo posible, pero sin la materia prima familiar el bienestar se degrada y desequilibra.

Cuando Ludwig W. Erhard, el ministro de Economía responsable del “milagro económico” alemán, advertía de los costes futuros de las nuevas y generosas prestaciones sociales al canciller Konrad Adenauer, padre de la actual República Federal, este le respondió con un argumento muy sencillo: “Mientras las personas se casen, formen familias y tengan hijos, usted no se preocupe de cómo pagaremos”. Pues ha llegado el momento de preocuparnos:

Cada año se casa menos gente. Optan más bien por la cohabitación y las parejas de hecho. Esta tendencia tiene consecuencias sociales importantes. Es una de las causas de la baja natalidad, que ya alcanza el estadio de suicidio colectivo. La mayoría de singles de hoy serán las personas mayores más o menos dependientes que vivirán en soledad el mañana. Es una causa de infelicidad y determina un coste social en aumento.

El envejecimiento de la población, debido sobre todo a la crisis de la natalidad, hace que aumente la media de edad de la población, con las consecuencias que se derivan para la productividad, el ahorro, la inversión y los costes públicos: farmacia, crónicos y dependencia.

También crece el número de hijos nacidos fuera del matrimonio y de madres solteras, que ya rozan la mitad de nuestra escasa natalidad. Muchos de estos niños están condenados a la adversidad de disponer de un solo progenitor, y una renta baja; su inclusión en la pobreza y marginación es muy probable, y escasas las esperanzas de poder utilizar el ascensor social.

Nuestro fracaso escolar tiene mucho que ver con estas disfunciones sociales, porque la ideología dominante se niega a asumir que es la familia quien educa en primero y básico término. Sin esta condición el aprendizaje en el aula resulta inviable o muy costoso.

La familia lleva a cabo ocho funciones sociales y económicas insustituibles; una evidencia que tampoco se quiere entender por la misma ceguera ideológica. A partir de la condición de la estabilidad, el matrimonio genera la descendencia, la educa, establece normas compartidas de cooperación interna y externa, y las proyecta en términos de confianza, construyendo así el capital social primigenio, que se transforma en capital humano. De este modo aporta la primera red relacional de capital social, la del parentesco. Proporciona la función de acogida, acompañamiento y cuidado de costosa sustitución, y tan vitales en periodos de enfermedad, dependencia y crisis económica. También proporciona el necesario efecto dinástico, la solidaridad generacional: la capacidad de diferir rentas presentes en beneficio de la generación futura. Y todo eso, además de su papel formalmente reconocido en materia de consumo, ahorro e inversión. Todas estas funciones definen la actuación de la familia en el crecimiento y el bienestar. En el 2015 escribí Una nueva teoría de la familia para contribuir a una mejor comprensión de su papel.

Pero en España y en Cataluña, los poderes públicos y la cultura dominante no tan solo no reconocen toda esa importancia, sino que son adversos al matrimonio, la maternidad y la paternidad. No es de extrañar que destaquemos en Europa en pobreza infantil. Las familias reciben muy pocas ayudas y los beneficios en función del número de hijos son mínimos, de manera que tenerlos es un acto de una generosidad extraordinaria. Las familias numerosas son heroicas. El sistema público de pensiones penaliza a las familias con hijos, que son las que aportan los futuros cotizantes, en vez de premiarlas. Las patologías socioeconómicas, elevado paro estructural, familias con todos los miembros en paro, jóvenes que ni estudian ni trabajan, los ninis, no disponen de las políticas públicas, la gestión administrativa y los recursos adecuados.

Por si fuera poco, la política y cultura dominante considera a los padres un sospechoso habitual, desprecia la maternidad y la estabilidad del vínculo. Incluso la infidelidad es celebrada y el compromiso firme, motivo de hazmerreír. Al mismo tiempo, los adolescentes no reciben la educación sexual adecuada para alcanzar la plena responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos.

El desprecio gubernamental es tal que incluso han intentado, a escondidas y vía Europa, retirar la desgravación por declaración conjunta de los matrimonios, y solo el escándalo que se produjo al conocer esta intención antes de las elecciones madrileñas ha comportado su rectificación… de momento. Como escribe MacIntyre en la última página de Tras la virtud, no hay que temer la invasión de los bárbaros, porque hace años que nos gobiernan.

 

                                                                      JOSEP MIRÓ i ARDÈVOL

                                                                                 Publicado en La Vanguardia el 17-5-2021

EL CÉSAR VISIONARIO QUE HUYE DEL HOY

España se desasiste por medio de un presidente que pone 'regreso al futuro' de 1936, reivindicando el guerracivilismo del 'Lenin español', 'Noverdad' Largo Caballero, o se embarca en la odisea espacial del 2050

El césar visionario que huye del hoy  

ULISES CULEBRO

Para averiguar cómo está España, no es preciso el Debate sobre el Estado de la Nación que le urge el jefe de la oposición, Pablo Casado, al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Basta fijarse en cómo es percibida al otro lado del Estrecho de Gibraltar por un vecino del sur que, como hiciera Hassan II en 1975 con la Marcha Verde para adueñarse del Sáhara español en la agonía de Franco, Mohamed VI ha repetido el ardid paterno. En vez de hacerlo a pie como hace medio siglo para desbordar las líneas de defensa adversarias del Ejército español, unos 8.000 emigrantes, con alto porcentaje de menores pasaportados como carne de cañón, irrumpían a nado franqueando la raya fronteriza de Ceuta. Ajeno a lo que se le venía encima, Sánchez ultimaba ese mismo lunes el pasacalle de la España de 2050, remedo del programa 2000 del PSOE y de tantas fugas adelante de políticos en apuros.

No es que el régimen magrebí se sienta fuerte tras admitir Trump su soberanía sobre el Sáhara Occidental orillando a la ONU, o de que su sucesor y rival Biden le reiterara su estatus de «socio estratégico» en las horas inciertas en las que a Sánchez no le llegaba la camisa al cuello con el órdago que no vio teniéndolo ante sus ojos, al tiempo que columbraba lo que acontecerá en el lejano 2050; es que España está debilitada como un perro flaco para el que todo son pulgas.

Si extramuros sufre la coacción de un Reino con una apreciable potencia desestabilizadora mediante la instrumentalización de los flujos inmigratorios y de una valiosa información sobre el terrorismo islamista; intramuros, su suerte se la dictan los socios soberanistas catalanes y vascos de la Alianza Frankenstein. Así, los unos, con la investidura de Pere Aragonès como presidente de la Generalitat, han refrendado su compromiso de un referéndum secesionista antes de que concluya la legislatura, así como obtener la amnistía de los golpistas del 1-O de 2017, y los otros impulsan parejo rumbo en el País Vasco, donde los asesinos etarras pueden beneficiarse de las transferencias penitenciarias en cuya formalización el ministro Iceta se mostró anuente con el «derecho a decidir» -eufemismo de autodeterminación- de los vascos y, por ende, de los catalanes, como votó en su día el PSC en las Cortes.

En suma, una política de pervivencia en La Moncloa tributaria de los enemigos de la nación a los que Sánchez financia graciosamente mientras desfoga su ira contra quienes no ocultan su ampulosa desnudez. Como sentencia Montaigne en uno de sus adagios, «es debilidad ceder a los males, mas es locura alimentarlos». Si Inglaterra carece de amigos y enemigos permanentes, pero sí tiene intereses permanentes, España descuida esos menesteres perdurables bajo las horcas caudinas de esos enemigos persistentes y desdeña amigos que pueden asistirle en tiempos recios.

Es más, en parangón con el embeleco de la Alianza de las Civilizaciones de Zapatero, se enajena de la realidad aleccionando a los embajadores sobre la nueva diplomacia feminista, sostenible y resiliente con gran perplejidad de estos en su último cónclave con la ministra Laya.

Al reactivar el Frente Polisario su lucha armada tras un dilatado alto el fuego que aparcó el pleito saharaui en los márgenes de la agenda internacional hasta 2020, era palmario que la decisión de acoger al líder de la organización, Brahim Ghali, por «razones humanitarias», con identidad falsa y con un sumario abierto en la Audiencia Nacional, destaparía la caja de los truenos. Para percatarse de ello, el embajador español no necesitaba ser emplazado por el Gobierno magrebí. Tampoco, pese a hacerse la sueca, si es que realmente no lo es, la ministra Laya que estaba al tanto del rechazo de varios países europeos a la petición argelina, entre ellos Alemania, y registrarse, además, en un contexto de tirantez mutua.

No en vano Sánchez se saltó a la torera la costumbre de que el primer viaje al extranjero de un presidente español fuera al país vecino. Error de libro cuando tan primordial es el eje Baleares-Estrecho-Canarias y ser Marruecos un baluarte contra el integrismo que asoló Túnez y Egipto en los años 80 y sumió a Argelia en una guerra civil. En definitiva, una pieza capital en la estabilidad del tablero internacional.

Haciendo público desprecio de ello, España se desasiste diplomáticamente por medio de un presidente que pone regreso al futuro de 1936, reivindicando el guerracivilismo del Lenin español,Noverdad Largo Caballero, como el martes en el congreso de UGT, o se embarca en la Odisea Espacial del 2050, como el jueves en la presentación galáctica de ese Retablo de las Maravillas futurista que no deja de ser una modernización de aquel con el que maese Pedro recorría La Mancha hasta que se lo desbarató un malhumorado Don Quijote.

De esta guisa, cual Pigmalión de Sánchez, Iván Redondo construye la Leyenda del César Visionario. Evocando el título de la novela de Umbral sobre la Salamanca franquista de 1936, algunos episodios chuscos parecen reponerse como dispensar, sin título habilitante, sino por ser quien es, la dirección de una Cátedra Extraordinaria para la Transformación Social Competitiva de la Universidad Complutense de Madrid, a la esposa del Sánchez, Begoña Gómez. Loor a la ejemplaridad política y a la excelencia universitaria. Mejor cobrarse ya un trozo del presente que esperar al paraíso prometido en 2050. Con este tipo de abusos y aprovechamientos familiares, Pablo Iglesias creó una animadversión que puso punto y final a su acelerada carrera política. Sánchez va camino de ello. Al hacer balance del batacazo del PSOE en las elecciones madrileñas del 4-M, el presidente castellano-manchego, García Page, advertía de que «ese odio que había contra Iglesias, y que está como flotando, vamos a ver si no se deposita en el PSOE».

Después de hacerse el encontradizo con Trump para que le tomaran un retrato de circunstancia o de simular con igual propósito un encuentro digital con un Biden que le dispensa el dudoso privilegio de ser uno de los escasos mandatarios al que no ha telefoneado desde que se sienta en el Despacho Oval, no se divisa nada equivalente entre socios de la OTAN que comparten unas bases militares que, por su posición geoestratégica, posibilitaron que el franquismo saliera del ostracismo y auparon internacionalmente a González y Aznar. Con esa orfandad, a diferencia de Aznar con la crisis del islote de Perejil en el verano de 2002, Sánchez no ha podido echar mano del Secretario de Estado de turno como Ana Palacio con Colin Powell, al que le costó Dios y ayuda localizar aquel peñascal de míseras cabras conquistado por unos uniformados marroquíes. Menos mal que la Unión Europea le ha salvado la negra honrilla con el estruendoso silencio de Macron para no perturbar a Rabat. En las estancias de la Cancillería del Palacio de Santa Cruz, revive la chanza de que España limita al Norte con Francia y al Sur también.

Sin teléfono al que llamar en Washington y en Rabat, la soberbia de Sánchez ha torpedeado una eventual conversación entre monarcas para, como otras veces, sofocar el fuego avivado de modo desaprensivo. No se trata de inmiscuir a Felipe VI en política, como arguye la vicepresidenta Calvo, sino que ejerza su influencia de Jefe de Estado, atribución que no ceja en asimilar inconstitucionalmente el propio Sánchez, en un asunto cabalmente de Estado, como ha sucedido desde la restauración de la Monarquía.

Claro que siempre cabrá, como alternativa a la mediación real, que Calvo viaje a Rabat como su paisano egabrense Solís Ruiz con la Marcha Verde y persuada esta vez con mayor tino a Mohamed VI de que se preste a un amigable trato de «andaluza a andaluz». Tales desatinos hacen preguntarse en qué manos está España. Como en La Tempestad, de Shakespeare, «todo lo sólido se disuelve en el aire» por medio de la política abrasiva de quien, usando en vano el nombre de Adolfo Suárez, marcha en la dirección contraria de quien fraguó grandes acuerdos nacionales y convierte en humo la principal obra de éste: la Constitución.

«Condenados a entenderse». Es una frase recurrente casi desde el 18 de julio de 1945 en que España finiquitó su protectorado sobre el norte de Marruecos y evacuó Tánger. Una manoseada muletilla que muestra tanto un deseo largamente anhelado como también la inercia a la hora de tomarle el pulso a esta espinada cuestión que aparece y desaparece haciendo que los gobernantes españoles se sientan como el personaje de Delibes que veía su vida reducida a un siniestro círculo vicioso. Marruecos ha sido ese vulnerable talón de Aquiles que España no acaba de saber afrontar con «la claridad de fines y el vigor de medios» que, como apuntaba Salvador de Madariaga, aconsejan la historia y la geografía.

Pese a estar «condenados a entenderse», nada presume, empero, que ambos países estén decididos a entenderse, que es de lo que se trata. Mucho más con un Mohamed VI que emula la doblez de un padre que simultaneaba las largas jornadas de caza con Franco (luego con don Juan Carlos) y los preparativos de la invasión del Sáhara español para cuando expirara aquel espadón africanista que se las tuvo tiesas con Primo de Rivera al exteriorizar éste: «Gibraltar, para España, y lo de más abajo para quien lo quiera». Unos oficiales ávidos de resarcirse del desastre de Annual no se lo perdonaron y, en una visita suya a las posesiones españolas en África, obsequiarían al dictador jerezano con un menú hecho entero a base de huevos en una escena digna de una película del testicular cineasta Bigas Luna.

Esta última arremetida marroquí indica que España deambula sonámbulamente a ciegas. Como la inspirada novela de ese título del escritor italiano Claudio Magris en la que el autor del monumental ensayo sobre la Europa que circunda El Danubio sitúa al continente al borde un volcán a punto de saltar por los aires recreando el final del mundo antiguo. Desentendido del acuciante presente y escapando de las secuelas de sus actos, Sánchez aplica lo que, en rugby, se llama «patada a seguir» para quitarse el balón de encima, alejarlo de la zona de peligro y evitar un expuesto envite.

Si persigue tener mañana, mejor haría en dárselo todo a ese presente del que huye con pasaportes falsos como ese Plan 2050 del ya te veré. España cosecha ya tantos libros blancos e informes de comités del futuro sin otro destino cierto que acumular polvo en el engrosado desván de la inepcia y de la desidia, como carece de políticos dispuestos aplicar las reformas precisas frente aquellos figurantes de la política que, con su planta de maniquí de escaparate, pasan de colocarse la escarapela del 2030 a la del 2050 como el que simultanea a la vez un hola y un adiós.

 

                                                                FRANCISCO ROSELL     Vía EL MUNDO

domingo, 16 de mayo de 2021

SÁNCHEZ Y EL GOBIERNO DEL CAOS

El Ejecutivo no ha tenido mayor ocurrencia que poner a gobernar a los Tribunales.

ULISES CULEBRO 

ULISES CULEBRO

Como ordinariamente el Tribunal Constitucional (TC) se hace oír tarde (o nunca, como con su irresolución sobre la ley del aborto más de una década después), cuando ya es imposible impedir la realización de los hechos reprobados o cuando sus muñidores ya están fuera del cargo, es fácil concluir -yendo del hecho al dicho- que sus sentencias se ajustan, por lo general, al refrán de que a burro muerto, cebada al rabo. No cabe mejor apostilla a las nimias secuelas que cosechará el fallo del Alto Tribunal que declara nulo el precepto que permitió integrar al hasta hace nada vicepresidente Pablo Iglesias, así como al fontanero-jefe del presidente, Iván Redondo, en la Comisión Delegada del Consejo de Ministros que supervisa el Centro Nacional de Inteligencia. Redunda en esa apreciación el hecho clamoroso de que el tribunal de garantías constitucionales aún aguarde a pronunciarse sobre un estado de alarma abolido este 9 de mayo al cabo de 14 meses de vigencia y rigor.

Al abdicar de su alta encomienda, como el Gobierno hace a su vez dejando en manos de los tribunales que gobierne la salida al estado de alarma, el TC propicia una ilusión de control que no es tal cuando los veredictos se dilatan de tal modo que son brasas frías que no calientan y a las que no cabe otro destino que esparcir sus cenizas. Lejos de desincentivar las prácticas que mueven a su condena, las estimulan, bien por conveniencia política, bien por egoísmo propio de magistrados que no quieren arruinar sus expectativas de destino en plena renovación de este órgano de extracción parlamentaria. Burla burlando, como en el soneto que Violante mandó hacer a Lope de Vega, esos gobernantes desaprensivos suman abusos como tercetos y cuartetos aquel fénix de los genios del Siglo de Oro español hasta proclamar: «Contad si son catorce, y está hecho».

Así, según el TC, en el asalto al CNI no concurrían los requisitos que facultan al Gobierno para eludir la tramitación ordinaria de una norma en las Cortes y tomar la vía expedita del decreto-ley que, en este año y medio de estado de alarma, Sánchez ha explotado con frenesí de ludópata. A razón de uno por mes y para meter de matute cuestiones que no se correspondían con la finalidad de estos. Pese a contravenir el artículo 86.1 de la Constitución que fija que sólo por extraordinaria y urgente necesidad puede el Gobierno dictar decretos-leyes, Sánchez coló de rondón a Iglesias en la comisión del CNI en la disposición final segunda del decreto-ley 8/2020, de 17 de marzo, que activaba medidas económicas y sociales sobre el coronavirus. Por la gatera, obró una modificación encubierta de la Ley Reguladora del CNI.

Como resalta su ponente, Pedro González-Trevijano, su propósito último no guardaba relación alguna con la pandemia. Pero sí, claro, con la ambición de Iglesias de estar al acecho de los servicios secretos, así como con el compromiso adquirido por Sánchez para alumbrar su Gobierno socialcomunista. Mientras ambos se entretenían en sus juegos de poder y aprovechaban para asaltar las instituciones, evocando lo anticipado por San Agustín de que los reinos que se olvidan de la ley derivan en bandas de ladrones, los españoles vivían aquellas jornadas trágicas de marzo recluidos sin saber qué sería de su vida y de su hacienda tras haberse facilitado desde instancias gubernamentales la propagación (más de 150.000 muertos lo contemplan, junto a muchos miles de convalecientes) de la peste del siglo XXI.

Luego de negar de realidad hasta convertir la mentira en un modo de hablar, como El burgués gentilhombre, de Molière, que hablaba en prosa sin saberlo, se ha desentendido de la misma endosándole nuestro Poncio Pilatos patrio la patata caliente a los presidentes autonómicos. A través de una cogobernanza asimétrica, el Gobierno se reserva el papel de árbitro con patente de arbitrariedad a conveniencia. Fue lo que hizo en su deletérea ofensiva contra Madrid para auspiciar primero las opciones del ministro Illa en Cataluña y luego para derribar a Ayuso con la palanqueta de las mociones de censura en cascada apalabradas con Ciudadanos. Como colofón de la desgobernanza, dejó desguarnecidas a las autonomías, pese a haberse comprometido a dotarlas de un paraguas jurídico cuando recabó votos para prorrogar por seis meses el estado de alarma. El supuesto arsenal normativo que arguye el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, para justificar la inacción, revela lo inexistente que cabía prever al año de que la vicepresidenta Calvo anunciara un plan que jamás vio la luz.

Al no estar para gobernar, el Ejecutivo no ha tenido mayor ocurrencia que poner a gobernar a los Tribunales Superiores de Justicia y al Supremo para que sean los que, en vez de atenerse a preservar el cumplimiento de las normas, suplan la inhibición del Ejecutivo e incluso del Legislativo. Ello supone tanto como retrotraerse a lo que un autor inglés, Robert Southey, llamó en 1844 «critarquía», esto es, la dirección de los asuntos públicos por parte de los togados, al modo de la Judea del Libro de los Jueces. Un desvarío en toda regla por parte de quien torpedea la independencia judicial y ahora endosa a la Justicia una tarea gubernativa. Cual empresa en concurso de acreedores, Sánchez encomienda la gobernación de asuntos tan sustanciales como la pandemia a la Administración de Justicia. Se empieza con que el Estado debe dirigirlo todo y se finaliza abandonándolo al caos.

Como denuncia la práctica totalidad de presidentes autonómicos, resulta indignante por parte que quien se ha desentendido de la pandemia y les ha desprovisto de instrumentos jurídicos para salir ordenadamente del estado de alarma cuando ha dispuesto de idéntico tiempo que la comunidad internacional para lograr descubrir las vacunas salvíficas, como ha subrayado Núñez Feijóo. De este modo, comunidades con menor tasa de incidencia son autorizadas judicialmente a establecer el toque de queda que se les niega a aquellas otras que desbordan ese porcentaje para desdoro de una Justicia que, sin comerlo ni beberlo, se ve atrapada en el caos desatado por Sánchez como sí pudiera salir bien librado del marasmo y sobrevivir al mismo.

Cual subastador de lonja que grita a viva a voz la entrada de cada caja de pescado recién desembarcada, pero sin la pretenciosidad de aparentar que los ha capturado él, Sánchez corea diariamente la cuenta atrás de la vacunación que escenifica fotografiándose con bata blanca y gafas de científico como si fuera el sumo hacedor de ellas en sus visitas a laboratorios que fabrican los antídotos de farmacéuticas foráneas. Ya lo hizo el verano pasado con los fondos europeos por llegar tras invitar a los españoles a disfrutar de la nueva normalidad y retorna a hacerlo al cabo del tiempo. Se hace presente lo escrito por Galdós, en 1898, en su episodio nacional sobre Mendizábal: «En fin... nuestros mandarines se parecen a los toreros medianos; ¿sabe en qué? Pues en que no rematan. La política de entonces, como la de ahora, no era terreno propio para lucir las supremas dotes de la inteligencia; era un arte de triquiñuelas y de marrullerías».

Valiéndose de las artimañas referidas por el gran escritor canario, a Sánchez sólo le mueve mandar. Desde que amalgamó en 2018 la Alianza Frankenstein contra Rajoy, bien para llegar al poder (PSOE) o para demoler el régimen constitucional (Unidas Podemos), bien para romper la integridad territorial de España (soberanistas y bilduetarras), era evidente que esa conchabanza no podía construir nada, sino destruir lo que menester fuera en función de la capacidad de resistencia del Estado y de sus ciudadanos. No fue, como verbalizó Alfonso Guerra, un error de apreciación de Sánchez y de su Rasputín Redondo, como gran urdidor de aquel audaz golpe. Encerraba una estrategia por la que, si retenía el 30% del voto, el PSOE tendría asegurado el Gobierno, pues sus socios facilitarían su investidura con tal de que el centroderecha no retornara a La Moncloa. Luego, con la prima de gobierno, podría ir aflojando esas ataduras a medida que, merced a la instrumentalización electoral del manejo de fondos públicos, incrementara su caudal de escaños propios.

Sin embargo, en los dos intentos habidos en este negro trienio iliberal que Sánchez ha encarado como un plebiscito personal -Cataluña discurrió por otros cauces electorales- sobre dos variantes de la cepa autocrática -«o yo o el caos» y «o yo o el desmadre madrileño»-, tanto las elecciones generales de noviembre de 2010 como los comicios parciales de Madrid se han saldado con sendos fracasos, si bien el primero lo palió con su abrazo de náufragos con Iglesias. Con los socios con los que aún se halla embarcado no es posible gobernación alguna por parte de quien, como concluye Mefistófeles en el Fausto de Goethe, depende de las criaturas que ha creado.

Ni siquiera la marcha de Iglesias, aunque le sirva de alivio escapar a su sombra y a su coleta, le permitirá desentenderse de esos apoyos con medidas de gracia penitenciarias como las que el Gobierno vasco concederá a los criminales etarras acercados por Marlaska tras serle transferidas las prisiones y que se extenderán, a partir del 13 de junio, a Cataluña. Todo ello una vez se constituya el Govern si se sofoca la guerra civil independentista después de desearse mutuamente que los unos se jodan en prisión y que los otros se mueran de asco en Waterloo, así como se celebren las primarias del PSOE andaluz de ese día en el que el sanchismo quiere enterrar a Susana Díaz para que ésta no le recuerde que no era nadie hasta que lo escogió como sobresaliente para que le calentara el sitio en Ferraz.

Después de alentar la nueva política de su tiempo, viendo que duró lo que una primavera corta, como se aprecia en este décimo aniversario del 15-M en el que los adoquines que se levantaron simbólicamente, como los universitarios sesentayochistas del Mayo parisino, han servido a quienes usufructuaron aquel movimiento de indignación para edificarse un colosal casoplón, sin que apareciera debajo ninguna playa, Ortega y Gasset solía decir que «vivir es saberse perdido» al entender que «el que lo acepta ya ha empezado a encontrarse». Empero, quien no se siente nunca perdido, como Sánchez tras su varapalo en Madrid y su incapacidad e improbabilidad para rectificar, se pierde inexorablemente al no encontrarse jamás.

No es extraño que combata sañudamente a aquellos que advirtieron que el sanchismo, cual enfermedad infantil del PSOE, podría enterrar unas siglas históricas timoneadas por quien se toma demasiado en serio a sí mismo, pero no a aquellos cuyo destino rige.

 

                                                                     FRANCISCO ROSELL   Vía EL MUNDO

 

The War of the World, un intento de analizar la barbarie del siglo XX

Sigo la Pista El panóptico Historia de los humanos 29 

 Al historiador Niall Ferguson desde que publicó The War of the World, en 2006,un intento de analizar la barbarie del siglo XX, al que denomina la “Edad de Odio de la Historia”. Intenta explicar la inhumanidad de los humanos, asunto en el que he trabajado durante muchos años. Cinco años después, publicó Civilización. Occidente y el resto (Debate), donde critica el abandono del estudio de la Historia en los sistemas educativos. “Ignorar la experiencia acumulada de una mayoría tan enorme de la humanidad (nuestros antepasados) redunda en perjuicio nuestro” (p.24). Recuerda las ideas de un gran filósofo de la historia, R.G. Collingwood: “La verdadera función de la percepción histórica es “informar a la gente sobre el presente, en la medida en que el pasado, su aparente objeto, está encapsulado en el presente y constituye una parte de él no inmediatamente evidente para el ojo inexperto”.

El Panóptico se mueve en esta misma línea. Ferguson se hace la misma pregunta que intriga a muchos historiadores: ¿Por qué las naciones europeas se hicieron dueñas del mundo? Encuentra la respuesta en seis instituciones: el afán competitivo, la ciencia, los derechos de propiedad, la medicina y la ética del trabajo. Su último libro aparecido en España –La plaza y la torre (Debate)- tiene todas las características del autor: brillante en la exposición, bien informado, innovador en el enfoque e irregular en la sistematización. En este caso, pretende aplicar a la historia la “teoría de redes”, lo que me parece un ensayo muy interesante. Considera que la realidad histórica está compuesta por redes horizontales (la plaza) y redes jerárquicas (la torre). La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías.

 

 Acaba de aparecer su última obra Doom: The politics of catastrophe (Allen Lane, mayo 2021). Se pregunta por qué la humanidad no ha sabido nunca predecir las catástrofes, sean naturales o provocadas por los humanos. Anticipar el futuro es el sueño de todo historiador. El asunto me interesa porque investigo algo más humilde, pero en la misma línea. Parto de la hipótesis de que las sociedades para evitar que el turbión de la violencia y la agresividad se desborde han construido tres presas: afectiva (favorecer los sentimientos de compasión, cooperación, respeto, etc.), moral (sistemas internalizados de normas morales y jurídicas), institucional (Estado, Administración de justicia, fuerzas de seguridad). Sospecho que se pueden detectar “grietas en las presas” y es lo que investigo. He de reconocer que también Ferguson lo ha hecho en La gran degeneración. Cómo decaen las instituciones y mueren las economías (Debate) donde atribuye los problemas de Occidente en el mal funcionamiento (grietas, en mi argot) de cuatro dominios fundamentales: la democracia, el capitalismo, el imperio de la ley y la “sociedad civil”.

 

 

                       JOSÉ ANTONIO MARINA  En su blog EL PANÓPTICO

sábado, 15 de mayo de 2021

El 15-M diez años después: ¿nos representan?

La plaza de Sol, en Madrid, durante el 15-M de 2011.

La plaza de Sol, en Madrid, durante el 15-M de 2011.

Cuando un movimiento social ve la luz, varios factores le otorgan, con el tiempo, probabilidades de éxito. Si tras el velo de la espontaneidad existe una dirección política que, además de reivindicar su causa, se plantea objetivos concretos, cabe la posibilidad de triunfo.

Si, por el contrario, se limita a protestar y a tener como objetivo un paradigma ideal, lo lógico es que se quede en espuma vistosa o que sea fagocitado por algún grupo de oportunistas. Grupo que, manteniendo viva la apariencia de su espíritu, travista su idealismo genérico en un proyecto de poder concreto.

El 15-M surgió como reacción a la crisis iniciada con el estallido de la burbuja inmobiliaria, que luego evidenciaría muchas más fallas estructurales en nuestro sistema político y productivo.

Su origen económico tenía, no obstante, un evidente cariz político. El eslogan utilizado dejaba claro que sus pretensiones se dirigían a la quintaesencia de todo sistema democrático: "No nos representan".

Debido a su improvisación, nació huérfano de dirección política. Y lo que comenzó con reuniones horizontales y círculos en las plazas, vindicando la democracia directa, acabó monopolizado por un grupo de activistas de la Complutense.

Un grupo mucho mejor organizado, con grandes recursos económicos y cuya organización formal pronto dio paso a una estructura monolítica y cesáreo-populista que ha tornado la prometida democracia directa, abierta y permanente con la que soñó Rousseau en plebiscitos de aclamación al mejor estilo fascista.

Como Mayo del 68, nuestra bienintencionada primavera (ninguno de sus promotores originales vive de la política), fue más una protesta que una propuesta.

Quienes recorrimos el trayecto Cibeles-Sol esa agradable tarde dominical y permanecimos atentos a su evolución pudimos comprobar pronto que la iniciativa albergaba mucho más conocimiento de la galaxia internet que de ciencia política.

Esos chavales altruistas fueron unos genios extendiendo en las redes sociales una protesta con la que acabó identificándose el 70% de la población en muy poco tiempo. Las plazas, los círculos, los medios de comunicación y un ambiente inflamado por la angustia de la crisis (crisis provocada por una clase dirigente que se había beneficiado de ella) dieron cobertura nacional e internacional a un problema subyacente que ha devenido endémico.

No hubo, pese a las muchas veces que hemos oído lo contrario, dirección política en su origen. Razón por la cual el movimiento ha cosechado tan magros resultados en sus prístinos objetivos.

Diez años después, la mal llamada nueva política ha resultado tan apolillada como la que venía a suceder. Resulta muy sencillo comprobarlo. ¿O acaso esta nos representa mejor de lo que lo hacía la anterior clase política?

¿Existe más proximidad entre el representante y el representado?

¿Se han acercado los procedimientos de primarias a electores y elegidos?

¿Podemos controlar por medio de verdaderos mecanismos de democracia directa, existentes en países como Estados Unidos y Suiza, a nuestros representantes y dirigentes de una forma más rígida que hace diez años?

¿Acaso se ha resuelto la diferencia del valor del voto en función del territorio?

¿Tienen menos peso político hoy que ayer los escaños en el Parlamento español de quienes odian a nuestro país?

¿Son hoy los diputados y diputadas menos dependientes de las cúpulas de los partidos políticos que antes del 15-M?

¿Tenemos una clase política más preparada que hace diez años? Y no digamos ya 40, cuando las Cortes estaban mayoritariamente compuestas por diputados que perdían dinero al dejar temporalmente el ejercicio de sus profesiones, en vez de multiplicar sus mediocres ingresos.

Dicho de otro modo. ¿Ha eliminado, siquiera mitigado, la nueva política a la oligarquía imperante que motivó el eslogan no nos representan? ¿Por qué no se planteó seriamente desde el inicio la única reforma que soluciona automáticamente el problema de la representación?

Las reivindicaciones del 15-M no se hicieron concretas hasta que Podemos fagocitó el espíritu del movimiento. Pero entonces ya se había revertido la situación.

El 15-M había pasado de ser un movimiento apartidista, transversal e ideológicamente neutro que pedía reformas políticas con un respaldo popular extraordinario a defender las propuestas radicales de un partido populista de extrema izquierda cuyo paradigma no se encontraba en Estocolmo, sino en Caracas, y que hoy cosecha un apoyo ciudadano inferior al 10%.

Quienes no encuentran una relación directa entre la calidad de la representación y sus efectos materiales deberían preguntarse si el pluripartidismo de la nueva política ha resuelto algo, más allá de multiplicar las mociones de censura o de hacer descender la preparación personal de los representantes a niveles tercermundistas.

O si los grandes grupos financieros han dejado de controlar los medios de comunicación más importantes.

Descendiendo todavía más a la arena de lo concreto, convendría recordar que la renta media actualizada de los españoles es menor de lo que fue. Que nos alejamos paulatinamente de los países más ricos de nuestro entorno. Que no hemos sido capaces de reducir la deuda de 2012 y que el futuro de las próximas generaciones se intuye mucho más incierto.

Y lo peor es que todo el sacrificio que vienen haciendo las familias y pequeñas empresas desde hace una década no se ha hecho con la vista puesta en el largo plazo y con el objetivo de mejorar la educación, la I+D o para revertir el sistema productivo. Se ha hecho para mantener un sistema inviable en el que sólo quedan sin pincharse la burbuja política y la clientelista, puro abono para el populismo.

No creo que nadie, en todo el espectro ideológico, vea el panorama de distinta manera. Salvo los habitantes de las dos burbujas, claro está.

Por último, ¿cuánto ha contribuido la nueva política surgida del 15-M a la polarización? Sin duda, los efectos colaterales de la globalización (proceso derivado del proyecto ilustrado que ha resultado altamente beneficioso para la humanidad, pero que ha dejado muchos olvidados en el camino cuyos derechos deben ser restaurados lo antes posible) han sido los que más han contribuido a la polarización política de carácter identitario por los dos extremos ideológicos.

Pero en el ámbito doméstico, y aunque a veces se argumente que los sistemas mayoritarios suelen facilitar la polarización, lo cierto es que el pluripartidismo permite a los partidos pequeños de los extremos rentabilizar la teoría de los fundamentos morales y fomentar las pasiones, tan caras a la política. Especialmente en la derecha populista, como explica magistralmente Jonathan Haidt en La mente de los justos.

Esto es lo que ha ocurrido, indubitadamente, en España. Lo acabamos de ver en la lamentable campaña electoral de Madrid.

Con la perspectiva que dan diez años, podemos constatar el poco efecto positivo que tuvo el 15-M por no haber contado con los mimbres organizativos y la determinación política necesarios.

Es una pena que el tesoro de una opinión pública abrumadoramente a favor acabase en el fondo del mar. Será muy difícil que vuelva a concitarse un apoyo de tal naturaleza.

Pero si se consigue, tendrá que ser por medio de otro movimiento nato de la sociedad civil y que, poco a poco, de manera menos abrupta, surja en su seno y vaya conquistando voluntades en torno a un horizonte menos ambiguo, más concreto y con soluciones muy precisas.

La reforma de la ley electoral, ámbito político cuya naturaleza no es sólo constitucional, sino constituyente, probablemente sea el mejor (si no el único) recambio. A ello hemos consagrado algunos nuestra acción política.

 

 

                                             LORENZO ABADÍA* Vía REVISTA DE PRENSA y EL ESPAÑOL

*Lorenzo Abadía es empresario y profesor de Derecho Constitucional.