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domingo, 13 de febrero de 2022

BOLA DE PARTIDO EN CASTILLA Y LEÓN

ULISES CULEBRO/>
En su gran película sobre Abraham Lincoln, Steven Spielberg pone en boca del presidente que abolió la esclavitud que «hacer vaticinios es una de las labores menos provechosas de la vida». Mucho más «si, al buscar nuestro destino, nos lanzamos -arguye- sin ser conscientes de los obstáculos y acabamos hundiéndonos en un pantano, ¿de qué sirve saber dónde está el norte?». Con tal ponderación en el visor, toda prudencia es poca para aventurar cuál será el desenlace de la batalla de nebuloso final que este domingo de «Febrerillo, el loco: un día peor que otro/ si malo es un día, peor es el otro» se libra en Castilla y León y cuya campaña ha registrado una inestable climatología política como para no saber bien qué deparará este 13-F. No está la cosa como para gallardas apuestas como aquella de enero de 1967 del meteorólogo Eugenio Martín Rubio en un espacio del tiempo de aquella TVE en blanco y negro. «Si mañana no llueve en Madrid, me corto el bigote», arriesgó creyendo tener todos los ases en la mano y hubo de afeitarse su bigotito franquista. Pero sí para que el presidente del PP, Pablo Casado, se mese la barba de Rajoy que empezó a dejarse en agosto de 2019 coincidiendo con la primera toma de posesión de Ayuso como presidenta madrileña y que ya imprime carácter a quien, tras ganarle la sucesión de Rajoy a la pretendiente oficial con un discurso reprobatorio, se ha acomodado a la barba y se ha plegado a la conducta política del expresidente, cuyo quietismo disipó la mayoría absoluta popular dispersando muchos votantes entre Ciudadanos y Vox. Ello dejó el camino expedito para el golpe de gracia de la moción de censura Frankenstein de Sánchez, quien hoy saca a España de la lista de las mejores democracias del mundo y la degrada a democracia defectuosa, mientras intercambia -como hizo con los golpistas catalanes- presos etarras por apoyo a los Presupuestos del Estado y rezaga la recuperación de su economía tras experimentar la mayor caída en la fase álgida del Covid-19. Todo un regalo de los dioses, en suma, de quien puede convertir los campos de trigo en erial de rastrojos. A la espera de saberse si la moneda lanzada al aire cae de cara o de cruz, operando que este 13-F concluya en Día de los Enamorados o en Matanza del Día de San Valentín, el presidente en funciones de Castilla y León, Alfonso Fernández-Mañueco, contiende con unas expectativas que se dispararon en un primer momento hasta acariciar el sueño imposible de la mayoría absoluta del periodo 1991-2015 o, al menos, sumar tantos escaños como para impedir una mayoría alternativa del PSOE como Ayuso en Madrid. Ambas hipótesis se han desvanecido a medida que se enfriaban las brasas del fuego que desató la barbacoa que el ministro de Consumo, Alberto Garzón, montó utilizando como yesca las páginas del diario británico The Guardian al aseverar que «España exporta carne de mala calidad y procedente de animales maltratados». Cuando en sus manos estaría evitarlo, si fuera el caso, como titular de esa dirección general convertida en ministerio para goce y disfrute de tal inutilidad. Sumido en una prolongada afonía para no perjudicar a los partidos de la coalición socialcomunista, los sondeos se han amoldado a la realidad intangible de que Mañueco no fue el más votado hace tres años, así como a la fragmentación política y provincial de la autonomía más extensa de España. Con la amenaza añadida de una alta abstención, cualquier augurio naufraga. Sin descartar la hipótesis de que, con menor cosecha que en 2019, el socialista Tudanca gobierne con el coro de grillos de pequeñas minorías provinciales -cual versión local de la Alianza Frankenstein, con estos cantonalistas supliendo a los soberanistas- y con Cs y Podemos como tenor y barítono para finiquitar 35 años de dominio del PP. Intercambiándose los papeles entre las grandes formaciones nacionales, ello reeditaría lo acontecido en 2018 en Andalucía cuando Moreno Bonilla, con los peores logros del PP, se entronizó presidente con el aval de Cs y Vox tras 40 años de hegemonía socialista. Tal carambola sería un regalo inesperado para Sánchez al que resarciría sin comerlo ni beberlo de su fiasco en Madrid y le daría alas para nuevas osadías con un electorado que trasladaría la impresión de tragar con carros y carretas después de su presencia testimonial para no expiar en cabeza propia la derrota que Casado persigue infligirle. Con su hiperactivismo del que juega en tierra propia, como palentino de nacimiento y abulense de vivencias privadas y políticas, Casado busca a la par cobrarse la pieza de Sánchez, como Ayuso hizo en Madrid. Pero también bajarle los humos a ésta y aclararle que quien gana las contiendas es la marca del partido, por encima del cabeza de lista. Como parte esto último del atolondrado plan de Génova de aprovechar los congresos provinciales para menoscabar a los barones críticos con su proceder y neutralizar una eventual oposición territorial que cuestionara el liderazgo nacional. Todo ello encaminado a disponer, si no culmina en 2023 su asalto a La Moncloa, de las oportunidades que sus antecesores, si bien computando las dos citas de 2019 como una por el procedimiento del cuento la vieja. Con la excepción de Núñez Feijóo, quien puso pie en pared desde primera hora, los barones autonómicos han padecido más quebraderos de cabeza con la dirección nacional que con sus socios de gobierno o parlamentarios, e incluso que con la oposición que les ha correspondido en suerte. De hecho, Mañueco evitó su anunciada decapitación merced a la moción de censura fallida del PSOE de hace un año, Moreno Bonilla afrontó la desestabilización del PP andaluz negándose a clausurar el congreso provincial de Sevilla y a Ayuso se le regatea presidir, a diferencia de sus homólogos, el PP en Madrid. Craso error de Casado porque, si no lo hace alzado sobre los hombros de todos ellos, no llegará a parte alguna. Sin duda, sus desavenencias con Ayuso adquieren los rasgos esperpénticos de la alocada comedia La mujer del año. En ella, Katharine Hepburn y Spencer Tracy interpretan a una pareja de periodistas en la que ella descuella hasta merecer el galardón que da título a la película y a causa del cual su matrimonio está a punto de saltar por los aires la noche en la que ella recibe esa distinción en una cena de gala de la que él se ausenta. Dispuesta a reconciliarse con su marido, ésta transige cuando éste le comenta que no le gusta ni que sea sólo la señora Craig ni tampoco únicamente Tess Harding. «Pero, ¿por qué no puedes ser Tess Harding Craig?». Cegado por el éxito de Ayuso, Casado no ha tenido la agudeza de aquel periodista deportivo y abona un conflicto que se le ha ido de las manos hasta hacer aparecer a ésta, a ojos vista de muchos votantes, no como la luz que ilumine su camino de sombras hacia La Moncloa, sino el contraluz de quien quiere el poder, pero no transmite para qué. Como le advirtió Aznar en su incursión en la campaña de la Castilla y León que presidió por un corto periodo y que fue su palanca nacional. En vez de usarla de guía, se la pone como objetivo como el ave marina que, en la oscuridad de la noche, se precipita veloz contra la luz del faro. Si en su libro Sobre la Agresión, obra que le ganó el Premio Nobel de Medicina, el zoólogo austriaco Konrad Lorenz se refiere a las secretas pulsiones que precipitan a los seres a atacar a otros miembros de su especie, qué decir cuando se trata de los compañeros de partido, a los que el canciller alemán Konrad Adenauer incluyó como un grado mayor de peligrosidad que los enemigos a secas y los enemigos mortales. Con este escenario de fondo, no ha ayudado el cruce de estrategias entre Mañueco y Génova. El presidente en funciones quiso emular a Ayuso anticipando elecciones antes de que se consumiera el plazo de un año para que el PSOE pudiera presentar una segunda moción de censura que esta vez sí podría respaldar su vicepresidente Igea, pero sin ser Ayuso, justo es reconocerlo, y sin poder contar las veces que hubiera deseado con ella por querer Génova el foco para Casado hasta que no quedó otra que tocar a rebato en la frontera de lo irreversible. Por su parte, la dirección nacional del PP, como Felipe González con Adolfo Suárez hasta desembocar en la cita andaluza del 23 de mayo de 1982, prólogo de su mayoría absoluta de octubre de ese año, arde en deseos de encadenar victorias en Castilla y León y Andalucía, después de Madrid, donde la opinión generalizada era que a Ayuso le saldría el tiro por la culata y había que ponerse a cubierto. En ese envite, fue clave cómo la presidenta madrileña lidió el toro crecido de Vox a la que Ayuso frenó con inteligencia sin cerrar ninguna vía al entendimiento ulterior. Al revés que Casado, que favorece su crecimiento y complica cualquier acuerdo postelectoral descalificando a Abascal en idénticos términos que esa izquierda que pone en almoneda la Constitución y la integridad territorial de España, así como deslegitima las instituciones democráticas, sin cortarse un pelo. A este respecto, Plutarco ya dejó escrito que la paciencia era amiga del éxito, y la precipitación, de los fracasos. En la tesitura de este domingo, Mañueco y Casado tendrán que fiarse a la suerte en este punto de partido en el que la bola electoral, tras golpear en el borde de la red y rodar vacilante sobre su dobladillo blanco, marcará el destino de ambos. Como al protagonista de la cinta de Woody Allen en Match Point al que se le apagó su buena estrella y terminó de buscavidas enseñando a manejar la raqueta a las hijas casaderas de la alta sociedad británica que entretenían su ocio en los verdes jardines de aquel brumoso Edén. Por eso, hay que atrapar el presente, pues lo restante, o se ha vivido o es incierto, como anota el emperador Marco Aurelio en sus Meditaciones/>
Artículo de FRANCISCO ROSELL Vía EL MUNDO.

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