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domingo, 21 de marzo de 2021

PABLO IGLESIAS O EL ZUMBIDO DEL ABEJORRO

 De Madrid a Madrid tras orbitar la nada y sin otro cielo que ese particular firmamento que se ha hecho a su medida y a su gusto en forma de casoplón en Galapagar y del que tiene difícil retorno político

 

RAÚL ARIAS

 A inicios del siglo pasado, el modernista belga, naturalizado francés, Maurice Maeterlinck, invitaba a sus lectores a efectuar un curioso experimento en La vida de las abejas. Proponía introducir media docena de moscas y otras tantas abejas en una botella, volcarla y situarla horizontalmente con la base hacia la ventana. En minutos, constatarían que las moscas, desdeñando la lógica y dando con la suerte de los tontos, escapaban por el gollete del frasco, mientras las abejas se empecinarían horas y horas en huir por el fondo del casco feneciendo extenuadas o exánimes dentro del vidrio.

El futuro Premio Nobel concluye que la limitada inteligencia de la abeja le lleva a deducir que, en toda prisión, la vía de escape está donde hay más luz, mientras que la mosca es más hábil para salir del paso, aunque sea a trompicones. Maeterlinck añade la circunstancia de que, además, a diferencia de la cautelosa mosca, la abeja se arroja de cabeza al recipiente de los alimentos líquidos y se ahoga sin que su funesto destino frene a sus congéneres arrastradas a correr pareja suerte. A juicio de Maeterlinck, los tenidos por más avispados se guían, a veces, de modo incomprensible y sucumben con estrépito allí donde se salvan quienes parecen más zotes y con menos seso.

Dentro de La colmena del poder, como tituló otra de sus obras el gran entomólogo literario, es digno de observación ese gran parásito político que es el dimitido vicepresidente segundo del Gobierno y cabecilla de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, un aburrido enfermo de notoriedad que este lunes notificó con gran ruido y altanería que se presenta como candidato a diputado a la Asamblea de Madrid. Tras un año holgazaneando a la sombra de Sánchez, desentendido de sus competencias e incapaz de poner un pie en las residencias de ancianos diezmadas por el coronavirus, hace mutis por el foro. Obra en consonancia con una vida regalada como estudiante becado en el extranjero por la extinta Caja Madrid, como eterno profesorcito de la Facultad de Políticas y como agitador con una incurable adicción televisiva.

De hecho, bajo el ampuloso rango de Vicepresidente de Derechos Sociales y Agenda 2030, su agenda estaba vacía con la pandemia desatada. Entre tanto, el tiempo se le iba en tuits y en series figurándose ser protagonista o escudriñando claves para sus juegos de ajedrez televisivo con Iván Redondo, el asesor-jefe de Sánchez. Ambos participan de la idea común de que es más fácil cambiar la sociedad que la realidad si se hace un buen manejo del lenguaje y un omnímodo dominio de la propaganda.

En efecto, en estas vísperas de las elecciones madrileñas del 4 de mayo, convocadas por Isabel Díaz Ayuso para conjurar la moción de censura que urdía su vicepresidente Aguado con el PSOE en el curso de la operación de la actual líder Ciudadanos, Inés Arrimadas, para denunciar los pactos suscritos por su antecesor, Albert Rivera, con el PP tras la cita municipal y autonómica del 26 de mayo de 2019, nadie ilustra como Iglesias el zumbido del abejorro dentro de la botella. Tomando a sus adversarios por estúpidas moscas, se ha introducido en el vidrio impulsado por la soberbia característica de quien no cree tener par ni igual.

Así, sin miramientos con la institución que representa hasta que salga por la puerta del adiós, desde su despacho oficial, se arremangó el lunes para sorprender a todos con un vídeo con el que, olvidando sus deberes y poniéndoselos al presidente del Gobierno sobre a quién debía nombrar y cómo hacerlo, al igual que ya probó en la abortada investidura de marzo de 2016, comunicó su concurrencia a los comicios de una comunidad en la que aterriza abruptamente tras su malogrado abordaje del cielo. En suma, de Madrid a Madrid tras orbitar la nada y sin otro cielo que ese particular firmamento que se ha hecho a su medida y a su gusto en forma de casoplón en Galapagar y del que tiene difícil retorno político. El ahorro logrado en la hipoteca de su dacha soviética lo sufraga crecidamente Podemos al elevado interés de vaciar sus urnas.

Como gran símbolo del aprovechamiento de la política para el enriquecimiento personal, Galapagar es la gran losa del gran impostor que ha pasado de quejarse de la incomodidad de tener que hacerse selfies por la calle mientras denigraba, paseando cámara en ristre por el infierno de Vallecas, a quienes se iban a vivir a grandes mansiones. Con gran descaro, puso en la picota pública la efigie del ministro Guindos por comprarse un ático que luego se comprobaría que no alcanzaba ni de lejos lo desembolsado -crédito ingenieril en el bolsillo- por un político a la violeta. Como aquellos engreídos y vanidosos a los que el escritor y militar gaditano José Cadalso satirizó por dárselas de sabios en los salones de la España dieciochesca y que vaporizaban -de ahí el título- una penetrante fragancia a agua "de violeta", como la que desprende Iglesias cada vez que habla escuchándose a sí mismo.

Todo ello después de capitalizar el acéfalo movimiento surgido el 15 de mayo de 2011 en la Puerta del Sol, con la complicidad en su germinación de Zapatero y en su ascenso de Rajoy, en el intento común de PSOE y PP de usar a Podemos como ariete contra el otro. Jugando a aprendices de brujo, con Podemos en televisión a todas horas, de la noche a la mañana, la franquicia neocomunista de la dictadura narcovenezolana, sin cuya financiación no se habría apoderado del 15-M, se constituyó en la fuerza determinante que ha sido hasta el lento declinar que se ha patentizado en las últimas citas con las urnas hasta correr riesgo cierto de quedarse fuera de la Asamblea de Madrid por no tener garantizado superar el 5% del voto exigido para alcanzar representación.

Por eso, con aires de valentón de patio de colegio, Iglesias ha querido quitarle la merienda electoral que le puso la ex alcaldesa Carmena al bebesaurioErrejón instándole a que Más Madrid, fundado a raíz de haberlo purgado matonamente en Podemos, se una a su candidatura. Escuchándole, parecía el mismísimo Belaustre, aquel centrocampista del Athletic que marcó el histórico gol de la medalla de plata española en la Olimpiada de Amberes tras reclamar el esférico al grito de "¡A mí, Sabino [en su caso, Iñigo], que los arrollo!".

No imaginaba que, dada su prepotencia y la antipatía que suscita, singularmente entre los que conocen el percal, su "explosión de testosterona" fuera la excusa perfecta para que algunos de los que antaño le bailaban las gracias se pusieran de uñas con quien aparecía en el vídeo de la anunciación dándose golpes de pecho con la mecanicidad y comicidad de muñecos de peluche de guantera de taxista de filme de Almodóvar. Así se lo hicieron saber cuñas de la misma madera como son dos antiguas correligionarias y escindidas de Podemos.

Si la gaditana Teresa Rodríguez lo retrató de cuerpo entero por su «enorme inmadurez» después de la que montó para ser vicepresidente y «aburrirse» a los pocos meses, la madrileña Mónica García, portavoz parlamentaria de Más Madrid y candidata el 4-M, lo enmarcó rechazando el ucase de quien, para rematar su vendetta con Errejón, contemplaba Madrid como una serie de Netflix en la que este político a la violeta irrumpía estelarmente apartando a un lado a mujeres cansadas de "hacer el trabajo sucio".

Ninguna de las dos descubría una gran novedad a los ojos de la mayoría de españoles, aunque la primera borrara su tuit al asustarse por cómo lo había desnudado y el desolador espectáculo producido. Pero ambas exteriorizaban lo peor que le puede ocurrir a un caudillo devaluado a la condición de petimetre: que ya no les merece el menor respeto por mucho que apele a la "revolución pendiente" como aquel prohombre del falangismo irredento desde su residencia costasoleña que fue Girón de Velasco, a la sazón protector del padre de Iglesias, cuyos postreros gironazos en el tardofranquismo sólo conmovían a los medios adictos.

Haciendo lo que nadie esperaba para imprimir un gironazo a los acontecimientos, como agitador y paladín de la "política de lo peor", Iglesias persigue evitar la desaparición de Podemos. Pero también desestabilizar primero la Comunidad de Madrid debilitando el baluarte que es ahora frente a las políticas del Gobierno socialcomunista y su alianza Frankenstein, y embarcándola en su propio procés. Es una pieza a cobrar en la estrategia mancomunada de neocomunistas e independentistas de acabar con el régimen constitucional y desintegrar España con la martingala de hacerla más plural tirando de la hebra de la cooficialidad en el conjunto del territorio nacional de todas sus lenguas y hablas.

Así, con un retén de ministros intramuros de La Moncloa y él capitalizando el descontento de la calle, haciendo de Gobierno y de oposición, Iglesias se lanza a procurar rearmar a Unidas Podemos y reemprender el cambio de régimen en España. Podría darse la circunstancia de que Iglesias encabezara el malestar de los parados que multiplique la contrarreforma laboral de su compañera Yolanda Díaz, a la que otorga graciosamente el título de mejor ministra de la historia cuando arribó al puesto sin saber lo que eran los ERTEs introducidos por Fátima Báñez, quien tanto empleo auspició en esa cartera.

Con relación a esa pinza podemita, se cita una anécdota del presidente Lyndon B. Johnson al llegar a la Casa Blanca tras el asesinato de Kennedy. Al preguntarle al secretario de Defensa McNamara sobre si debía sustituir al director Hoover al mando del FBI, éste le respondió cáustico: "Presidente, mejor tener al indio dentro de la tienda meando hacia fuera, que fuera meando hacia dentro". Lo cierto es que, sentado en el Consejo de Ministros, ya miccionaba hacia dentro.

Como Iglesias no ignora que, según anotó Stefan Zweig sobre Fouché, "un hombre de poder sin poder, un político liquidado, un integrante agotado, siempre es la cosa más miserable del mundo", se dispone a armar guerra en Madrid. Por eso, habiendo tanto en juego y debiendo solidificar las posiciones, cada día está más claro el acierto de Ayuso para que sean los madrileños quienes resuelvan un futuro en riesgo en vez de cocinar zarangollos murcianos.

Al modo de este revuelto tradicional de la región, con ocasión de la moción de censura de PSOE y parte de Cs contra el Ejecutivo de coalición de la otra parte naranja con el PP, se ha condimentado un zarangollo con el PP pactando con Vox para retener la Presidencia de la Comunidad tras repudiar Casado a su líder Abascal en las Cortes y con el PSOE negociando a hurtadillas con quienes descalifica como la ultraderecha para desencallar su moción con un Cs roto que tampoco hacía ascos a Podemos para desalojar a sus ex socios del PP.

Eso sí, con todos adoptando la hipocresía del capitán Renault en Casablanca. Cuando el mayor alemán Strasser le ordena clausurar el Café de Rick al no impedir que el resistente Laszlo inflame los ánimos patrióticos de los concurrentes entonando La Marsellesa, su propietario (Bogart) le exige una razón y Renault le replica cínicamente: "Es un escándalo: acabo de descubrir que en este local se juega..." Sin acabar la frase, alarga la mano bajo la bocamanga para atrapar el fajo de billetes que le desliza el croupier con arraigada inercia.

Parafraseando a un testigo de la etapa que retrata la cinta de Michael Curtiz como fue el neurólogo y psiquiatra austriaco Viktor Emil Frankl, superviviente de campos de concentración nazis, las ruinas en las que pretende Iglesias convertir Madrid pueden abrir las ventanas para ver su cielo sin abejorros que pretendan apoderarse del mismo.

 

                                                                FRANCISCO ROSELL    Vía EL MUNDO 

MENTIRAS ABSOLUTAS

 Los gobiernos, la mayoría, son los grandes gestores de la gran mentira. Aspiran a convertirse en los sacerdotes de una nueva religión política que decide sobre el bien y el mal, lo que ha sucedido en el pasado y lo que no, el contenido de las verdades religiosas, filosóficas y científicas. Lo profetizó Tocqueville. El futuro despotismo democrático dejará libres los cuerpos para apoderarse de las conciencias, y degradará a los hombres sin atormentarlos.

 

 

 La negación de la existencia de verdades absolutas conduce a la afirmación de verdades relativas, y ésta, a la negación de la verdad. Negada la verdad, quedan la falsedad y la mentira. Niegan la verdad absoluta para afirmar la mentira absoluta.

Lo diagnosticó con lucidez Jean-François Revel: la principal fuerza que gobierna el mundo es la mentira. Y no una mentira relativa sino la mentira absoluta. Quieren destruir la verdad para abrir el camino a la mentira. Son tiempos de eclipse de la verdad. Pero la verdad puede ser negada, ocultada o rechazada, pero no puede ser destruida. 

Suena hoy a piadosa y casi ridícula ingenuidad la afirmación de Kant de que la mentira nunca es lícita moralmente, ni siquiera la mentira filantrópica. Parece que la mentira se ha convertido en un deber inexcusable y la verdad en objeto de persecución.

Hoy, cuando se cumple un año de la declaración del estado de alarma, la mentira domina la política. Es allí más superficial y visible. Pero se nutre de la mentira intelectual y moral, más profunda y menos visible. Pero quizá alcance su apoteosis en la política. Afirmó Ortega y Gasset que la política es el imperio de la mentira porque la política es pensar utilitario, y hacer de la utilidad la verdad es la definición de la mentira. 

Resulta cada día más difícil encontrar políticos que no mientan o, lo que es lo mismo, que no digan una cosa y apenas un día después la contraria. Rectificar será acaso de sabios, pero mentir es de ruines. Y, en muchas ocasiones, cuando no mienten proclaman falsedades y vilezas. Platón abrió el camino a la mentira al justificar en la República su licitud en los gobernantes. Aunque es cierto que se trataba de un régimen político ideal en el que gobernarían los sabios, es decir los buenos, y que jamás vería la luz del sol.

La democracia no está vacunada contra la mentira, aunque su lugar natural sea el totalitarismo. Acaso haya también una democracia totalitaria. Y es un campo abonado a la mentira porque, para empezar, hay que halagar al pueblo. Y no es fácil halagar sin mentir. Lo dijo Platón: un tribunal de niños preferiría al pastelero antes que al médico. Léase o véase ‘Un enemigo del pueblo’ de Ibsen. Pero las aguas bajan contaminadas.

No hay voluntad por mayoritaria, y aún unánime, que sea que pueda convertir lo falso en verdadero y lo verdadero en falso. La democracia (por supuesto, la autocracia tampoco) no puede decidir cuestiones de verdad o falsedad sino, si acaso, intentar aproximarse a la justicia. Pero ella no es la justicia. El modelo y paradigma de la mentira es el totalitarismo, comunista y fascista. Su mayor enemigo es la verdad, que no soportan.

La libertad de expresión es defendida en la teoría y escarnecida en la práctica. Ella no ampara la mentira sino la posibilidad del error. Si uno tiene derecho a buscar la verdad por sí mismo, entonces tiene derecho a equivocarse, pero no a mentir. La libertad de emitir opiniones, ideas, juicios y valoraciones es ilimitada. Pero no existe un derecho a mentir, insultar, calumniar, injuriar, blasfemar o inducir a la comisión de un delito. 

Hoy se invierten con frecuencia los términos y se pretende amparar, por ejemplo, el insulto, la calumnia y la blasfemia, a la vez que se niega el derecho a opinar libremente sobre Franco, el feminismo o la homosexualidad. El mundo jurídico y moral al revés. Además, la libertad de expresión se dosifica a conveniencia. La poseen unos, pero no los otros. Caminamos así hacia la destrucción de la libertad en nombre de la libertad. No hay libertad para los amigos de la libertad. La defensa de la Constitución deviene inconstitucional.

La contradicción se convierte en una figura silogística. El derecho a la vida pasa a ser compatible con el deber de matar. Se quita la vida (al embrión, al enfermo terminal, o no terminal, o ni siquiera enfermo) en nombre de la dignidad de la vida. Matar ya no es matar. Es interrumpir la vida. La muerte como derecho y deber. La dignidad de la muerte acaba con la dignidad de la vida.

Y la mentira se cobija bajo el eufemismo, tributo involuntario que la mentira rinde a la verdad. Matar es proporcionar una muerte digna. El aborto es una prestación sanitaria a la que tiene derecho la mujer. El embrión humano tiene menos derechos que un perro. En realidad, no tiene ninguno. Debe de poseer naturaleza mineral. Pero no conviene hablar de aborto, que suena fatal. Se trata de la interrupción voluntaria del embarazo. Eso ya es otra cosa. Un derecho.

Se reconoce el derecho a mentir y se niega el derecho a decir la verdad. La mentira es un derecho y la verdad un delito. La mentira como un nuevo derecho fundamental. Y es que la mentira halaga, mientras la verdad exige. El mundo necesita una máquina de la verdad, un detector de verdades.

En el ámbito de la educación es donde resulta quizá más deletéreo el imperio de la mentira. Sus víctimas son las más indefensas. Hay que proscribir el esfuerzo, la exigencia y la disciplina, en beneficio de la diversión, la creatividad y la motivación. Conviene que el niño se acomode cuanto antes a la mentira. Es preciso prepararse para la vida adulta. Se le oculta al niño la primera verdad pedagógica: no es posible aprender sin esfuerzo. En general, nada grande ha sido hecho sin esfuerzo.

Los gobiernos, la mayoría, son los grandes gestores de la gran mentira. Aspiran a convertirse en los sacerdotes de una nueva religión política que decide sobre el bien y el mal, lo que ha sucedido en el pasado y lo que no, el contenido de las verdades religiosas, filosóficas y científicas. 

Lo profetizó Tocqueville. El futuro despotismo democrático dejará libres los cuerpos para apoderarse de las conciencias, y degradará a los hombres sin atormentarlos. Nos aguardan los campos de exterminio de la verdad, en los que se gasearán las almas y se dejarán, felices y libres, los cuerpos. Vivimos tiempos de mentiras absolutas, pero la verdad es eterna, inmortal, indestructible.

 

Ignacio Sánchez Cámara

Catedrático de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos

Vía ABC

 

domingo, 14 de marzo de 2021

EL FINAL DEL PRINCIPIO

  

Pedro Sánchez e Inés Arrimadas en el Congreso

 El miércoles 10 de marzo, día en que supimos que el Gobierno Sánchez se había embarcado en una operación de demolición de la alianza entre PP y Ciudadanos en varias comunidades autónomas (léase en reducir a cenizas el poder territorial de los populares), 192 españoles perdieron la vida víctimas de la covid-19. A la altura del viernes 12, 2.649 compatriotas habían perecido en lo que va de marzo a causa de un virus que, además de producir dolor, ha puesto en evidencia la incapacidad de este Gobierno para gestionar semejante envite sanitario. Al cumplirse un año del primer encierro obligatorio, Sanidad reporta un total de 72.258 fallecidos, cifra que se eleva a 103.512 si se comparan los datos de población de un año a otro. Con panorama tan devastador detrás, resulta que apenas se ha vacunado un millón largo de personas, y ello porque a este Gobierno, a quien semejantes cifras deberían abochornar, lo que de verdad le importa es asentar el poder personal del sátrapa que lo preside, poder omnímodo cuya aspiración gira en torno a la eliminación, a derecha e izquierda, de todo aquello que entrañe un peligro para Su Persona. A Pedro Sánchez solo le importa acabar con la oposición. Lo demás puede esperar.     

No hablamos ya de la situación económica, del paro galopante que nos golpea, de una deuda pública susceptible de condenar a la pobreza a varias generaciones… No hablamos de esa Cataluña donde el golpismo, muy debilitado por los resultados electorales del 14 de febrero, sigue desafiando al Estado (discurso alucinado el viernes de Laura Borrás) entre el silencio atronador de Sánchez, ni del acercamiento de los presos de ETA al País Vasco para pagar los servicios del PNV… No hablamos de la persecución al español en buena parte de España, ni del asalto al poder judicial para domeñar una Justicia que tal vez tenga un día que sentarlo en el banquillo… Y deberíamos empezar a hablar de la corrupción que a este Gobierno le asoma ya por las orejas, como muestra el escandaloso rescate de una aerolínea casi desconocida, propiedad de unos venezolanos devotos de Maduro y amigos de Delcy Rodríguez, la 'cuate' del ministro Ábalos, asunto destapado por este periódico que apunta a lo que sospechamos: a corrupción, pero corrupción a lo grande, corrupción al por mayor, detrás de la cual está en este caso –como en todos los que tienen que ver con problemas empresariales entre sociedades de la UE y Venezuela- ese pájaro de mal agüero con pinta de sacristán apolillado que es Rodríguez Zapatero.  

Este es el contraste brutal que lo ocurrido en Murcia ha puesto en evidencia; esta es la filosofía que el golpe de mano de Sánchez ha desnudado. La disposición del sátrapa de Moncloa a gobernar en solitario durante muchos años reduciendo a escombros a todo lo que esté a derecha (el PP desde luego, pero también Ciudadanos, tarea a la que se ha prestado gustosa Inés Arrimadas) e izquierda (porque Podemos ya no es sino la gestoría particular de los marqueses de Galapagar). A Sánchez no le importa el paro, ni la ruina económica, ni los muertos de la pandemia. No hay vacunas para acabar cuanto antes con la letanía de muertos, pero hay operaciones subterráneas para reducir a escombros a la oposición. Contra esta deriva inane, contra este camino de perdición colectivo, es contra lo que se ha rebelado Isabel Díaz Ayuso al negarse a someterse al rodillo del sátrapa, al rechazar la apisonadora de derechos que Sánchez mostró días atrás a toda España en el País Vasco.

A Sánchez no le importa el paro, ni la ruina económica, ni los muertos de la pandemia. No hay vacunas para acabar cuanto antes con la letanía de muertos, pero hay operaciones subterráneas para reducir a escombros a la oposición

Se ha pasado de listo. Ha cometido un grosero error de cálculo. Tan en la nube le tiene esa armada mediática que le baila el agua, empezando por la práctica totalidad de las televisiones, que no ha percibido el riesgo de pegarse una costalada murciana. Se ha pasado de frenada. Ni él ni su gente imaginaron que la señora Ayuso reaccionaría como lo ha hecho, con el visto bueno de Pablo Casado. El error de cálculo se convirtió el viernes en ridículo histórico cuando se supo que el PP había llegado a un acuerdo con tres de los diputados de Cs en Murcia para derrotar la moción de censura pactada entre Sánchez y Arrimadas y ejecutada por la mano derecha de Inés y los pesos pesados del Gobierno, empezando por Ábalos, el amigo de Delcy, y siguiendo por Félix Bolaños, secretario general de Presidencia y persona de máxima confianza de Sánchez. Es decir, por el propio Sánchez.

No seré yo quien se encargue de demoler la efigie de Arrimadas. En mi retina emocional está presente la imagen de aquella mujer que con ejemplar denuedo se batió el cobre en la tribuna del Parlament el 6 y el 7 de octubre de 2017, cuando el nacionalismo decidió asaltar por las bravas la legalidad del Estado de Derecho. Su posterior orfandad -la desaparición de la tutela que sobre ella ejercían Albert Rivera, Girauta y otros- le ha llevado por un camino de perdición que ha terminado en el cul-de-sac donde vivaquean cazadores sin escrúpulos del porte de Sánchez. De la Arrimadas catalana ya no queda nada. Tampoco del Cs al que votaron millones de españoles ansiosos de terminar con la corrupción del binomio PP-PSOE. Es hasta cierto punto normal que, en estas circunstancias, diputados del partido fundado por Rivera se nieguen a acompañar a Inés en este viaje de servidumbre al pozo de la inanidad ideológica y moral que representa Sánchez.  

De la Arrimadas catalana ya no queda nada. Tampoco del Cs al que votaron millones de españoles ansiosos de terminar con la corrupción del binomio PP-PSOE

Con el contraataque del PP haciendo fracasar la moción de censura murciana, Sánchez, Redondo & Cía añaden el ridículo a la ignominia. Un error que podría ser histórico andando el tiempo. El galán de Moncloa pierde la iniciativa por primera vez desde mayo de 2018. Qué error, qué inmenso error. Con su altanera soberbia destroza de un manotazo el pacífico horizonte de legislatura que tenía por delante, concediendo a la oposición de centro derecha un hito electoral entre las catalanas de febrero pasado y las próximas andaluzas (diciembre de 2022). Y regala al moribundo de Génova un balón de oxígeno en un momento crítico. De modo que el 10 de marzo de 2021 podría convertirse andando el tiempo en un punto de inflexión en la trayectoria de este aventurero de la política que se ha adueñado del PSOE y de la presidencia del Gobierno. De nuevo se van a repartir cartas sobre el tapete político español.

Elecciones en Madrid

¿Qué pasará el 4 de mayo? Complicado hacer pronósticos. El enemigo es formidable, porque tal es la capacidad de la acorazada mediática que acompaña a Sánchez. El País daba el viernes un ejemplo de lo que les espera a sus lectores. “El movimiento de Ayuso empuja al PP a perder el centro o a perder Madrid”. Un editorial convertido en noticia de apertura. Y decir El País, es decir la SER, La Sexta, Atresmedia, Mediaset, RTVE… Ello por no hablar de palomeras, escolares y otras aves de paso de menor trapío. Tienen mucha potencia de fuego, cierto, pero tienen también mucho miedo. Han demostrado que le tienen pánico a esta convocatoria electoral. “El PP quiere gobernar España en coalición con las ultrarreaccionarias huestes de Abascal” (Cadena SER). Y que en modo alguno quieren urnas. El susto del establishment que protege al sanchismo está justificado. “Sánchez fue a los tribunales para convocar elecciones en Cataluña porque confiaba en el efecto Illa y va a los tribunales para impedir que se celebren elecciones en Madrid porque tiene certeza del efecto Ayuso” (Rosa Díez). No quieren que los madrileños voten.

Pero en Madrid anida lo mejor de esta España extraviada a la que este tipo sin escrúpulos ha decidido conducir a la ruina en su personal provecho. El cabreo acumulado en amplias capas de la población, clases medias incluidas, es de tal calibre que cualquier cosa podría ocurrir. La gente quiere votar, porque ya conoce vida y milagros del trapacero de Moncloa y cree que es llegada la hora de pasar a cobro algunas letras pendientes. Ya nadie puede llamarse a engaño con Pedro Sánchez Pérez-Castejón. Ningún demócrata puede sentirse tranquilo ante el riesgo que para las libertades suponen Su Persona y “la banda” que lo sostiene en el poder. Es una ocasión de oro para que, entre otras cosas, los madrileños escapen de la “armonización fiscal” que quieren imponer sobre su Comunidad quienes solo aspiran a meter la mano en el bolsillo del prójimo. Los Dioses les han concedido la insospechada oportunidad de darle con el voto en el morro. La importancia del envite a nadie escapa: si el sujeto gana esta batalla, habrá que renunciar a toda esperanza y, quien pueda, emigrar. Si gana Ayuso, se abrirá una cierta rendija a la esperanza. Parodiando a Sir Winston Churchill tras la batalla de El Alamein, esto no sería el final, ni siquiera el principio del final, pero sí sería el final del principio.

 

                                                                        JESÚS CACHO  Vía VOZ PÓPULI

QUERER SER ITALIA DE MAYOR

La política española quiere ser italiana de mayor. Un pequeño detalle se interpone en su camino: España no es Italia. Y el precio a pagar por no entenderlo puede ser muy alto

Foto: Sacan de la Cámara de Diputados italiana al diputado Vittorio Sgarbi. (Captura de pantalla EFE vídeo) 

Sacan de la Cámara de Diputados italiana al diputado Vittorio Sgarbi. (Captura de pantalla EFE vídeo)

 

“Italia funciona a pesar de su política”. Escuché muchas veces esa frase a principios del siglo XXI, cuando todavía era difícil imaginar lo que vendría durante las siguientes décadas. Y era una frase bastante ajustada a la realidad: un país que, con todas sus deficiencias, y una de ellas era la política, seguía siendo un gigante. Nos referíamos a todo ello con un cierto estupor desde la relativa estabilidad política española.

 

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Esta semana la palabra más repetida en España es “inestabilidad”. Se ha hablado mucho de ella durante los últimos meses y especialmente durante la última semana, después de que la moción de censura fallida de Ciudadanos y PSOE en la Región de Murcia desembocara en la aparente explosión del centroderecha y la convocatoria de elecciones en la Comunidad de Madrid.

 

Es el último capítulo de la “italianización” de la política española. La italianización conlleva también, como advertía ya en 2019 el director de este periódico, Nacho Cardero, la lenta pero imparable independización de dos esferas de la realidad que apenas se tocan: la de la clase política por un lado, y la económica y civil por el otro. Ese “Italia funciona a pesar de su política”. Hay muchos problemas ante este escenario, pero uno bastante evidente: España no es Italia.

 

La principal debilidad de España, y de su clase política, es no entender su propia debilidad. España tiene un tejido económico muy frágil, dependiente de emprendedores y pequeñas y medianas empresas que son diminutos barcos pesqueros intentando no hundirse en mitad de la peor tormenta que se recuerda. A su lado, transatlánticos con banderas italianas en donde la cubertería del restaurante se mueve ligeramente por las olas. Se llevarán un mal rato, pero no se hundirán.

Foto: Mario Draghi, cuando todavía era presidente del BCE, junto a Pedro Sánchez. (EFE)

Italia no es un país modélico y tiene enormes problemas que amenazan su futuro. Pero ante la idea de la “italianización” de la política española hay que explicar que hay lujos que uno no se puede permitir. Y este es uno de ellos. Entre otras cosas porque la “italianización” es solamente parcial: otra de las diferencias entre España e Italia es que la política transalpina, acostumbrada al show parlamentario y las intrigas de palacio, es capaz de ponerse de acuerdo en los aspectos clave cuando toca hacerlo. La cultura del ‘reality show’ italiano, que hacen mejor que nadie, implica que cuando se apagan las cámaras hay que darse la mano antes de irse del plató.

 

Cuando se habla de inestabilidad en Italia con fuentes europeas tienden a restarle importancia: al final siempre acaban encontrando alguna solución. Y la encuentran. "Me reconforta el hecho de que al final Italia siempre parece capaz de encontrar soluciones a estos problemas. La situación puede que no sea tan dramática como parecía en un primer momento", señalaba una fuente europea en la última crisis política italiana.

 

Existe preocupación sobre cómo se percibe esta inestabilidad española desde Bruselas. Esa, quizás, no deba ser una preocupación prioritaria: España lleva siendo inestable desde 2016. La mejor muestra son los presupuestos generales del Estado, un termómetro que sirve a la Comisión Europea para medir con bastante certeza hasta qué punto un país es capaz de mantenerse al día con los retos que afronta. Pero la imagen que se transmite no es buena y creer que nada de esto tendrá efectos es ilusorio. Porque no va sobre Murcia o la Comunidad de Madrid. Eso son solamente algunos síntomas de algo más grave.

placeholderCongreso de los Diputados en Madrid. (EFE)
Congreso de los Diputados en Madrid. (EFE)

Lo que más debería preocupar sin embargo es el mensaje que se envía al interior. Con 100.000 muertos, 4 millones de parados y unas perspectivas de futuro muy inciertas, las clase política redobla el show. Mientras se pide responsabilidad a la ciudadanía, la política reafirma su independencia del plano real con un espectáculo como el visto esta semana, demostrando que la responsabilidad es algo que se queda en el plano del mundo real de los ciudadanos y que no pasa al político. Un show llevamos viviendo desde hace tiempo.

 

Quizás Italia pueda sobrevivir con esa "independencia" entre el plano político y el empresarial y civil. Pero España no puede en las actuales circunstancias. Para salir de esta situación necesariamente la política deberá poner los pies en el plano real porque la situación es extraordinaria. España no es Italia y la “italianización” de la política no es un lujo que este país, que debería estar volcado en la lucha contra la pandemia, la reactivación de la economía y la preparación para la gestión de los 140.000 millones de euros que recibirá del Fondo de Recuperación, se pueda permitir. Como escribía hace unos día Javier G. Jorrín, este es el proyecto europeo más importante desde la creación del euro. Si la política española falla, entonces el precio que tendrá que pagar el futuro de España y de la Unión Europea será muy alto.

 

                                                    NACHO ALARCÓN  Vía EL CONFIDENCIAL

AYUSO SE LA JUEGA PARA QUE NO SE LA JUEGUEN

Sin el órdago de Díaz Ayuso, con una dirección catatónica, es posible que el PP hubiera contemplado la irreversibilidad de los hechos como vacas mirando pasar el tren y no hubiera hecho fracasar la intentona murciana

Ilustración: 

ULISES CULEBRO

Al cabo de ese bienio corto al frente de la Comunidad de Madrid, en el que primero fue acogida con displicencia para luego ir deshelando la fría acogida de la recepción, Isabel Díaz Ayuso ha acreditado el arrojo de aquel espontáneo Juan Belmonte que saltó a un tentadero que contaba con la presencia como novillero de postín de un Joselito con quien mantendría una enconada rivalidad hasta la mortal cogida de éste en Talavera. Frente a aquel invitado con todos los honores, el futuro Pasmo de Triana no pasaba de ser uno de tantos maletillas que merodeaban estas capeas para ver si surgía la oportunidad de dar algún buen capotazo y la caprichosa fortuna imprimiera su nombre en un cartel ferial librándolo de las cornás del hambre.

Cuando Belmonte se pegó al eral, muleta en mano, oyó que Joselito le prevenía a voz en grito: «¡Por ahí no, muchacho; que te va a coger!». Pero era tal su ansia de triunfo que, impertérrito, hizo oídos sordos. Al cabo de un par de volteretas, obtuvo que el novillo pasase sin rozarlo gracias a los vuelos de engaño con el percal. Sólo entonces alzó la mirada hacia Joselito. Con arrogancia e ínfulas del venido arriba, le soltó como el que fija los rehiletes en el punto exacto de la cerviz del morlaco: «¡Que me iba a coger ya lo sabía yo! ¡La gracia estaba en torearla por ahí!».

En su concepción de la tauromaquia, madurada en tientas clandestinas de noches de luna llena en la Dehesa de Tablada, con un ojo en la vaquilla y el otro para no ser pillado in fraganti por el caporal de la ganadería, Belmonte no admitía derecho prevalente en el ruedo. Rebatiendo a Pepe Hillo y su clásico «si viene el toro, te quitas tú; si no te quitas tú, te quita el toro», él argüía: «Me pongo en el terreno del toro, y ni me quito yo ni me quita el toro».

Si Belmonte no consentía al toro terrenos propios, tampoco Díaz Ayuso. Viendo como le rondaba el cortejo fúnebre de la moción de censura con sus socios de Ciudadanos portando los cirios tras cristalizarse la noche anterior esa maniobra en Murcia contra su correligionario López Miras, no quiso quedar a merced de los acontecimientos y tomó la iniciativa firmando en horas la convocatoria anticipada de elecciones para que fueran los madrileños quienes resuelvan en las urnas, y no en la oscuridad de los despachos sin luz ni taquígrafos, lo que se perpetraba a sus espaldas merced al golpe palaciego urdido entre La Moncloa y la jefa de filas naranja, Inés Arrimadas.

Sin el órdago de Díaz Ayuso, con una dirección catatónica y en estado de shock desde hace meses, con una militancia desconcertada y desanimada, es posible que el PP hubiera contemplado la irreversibilidad de los hechos como vacas mirando pasar el tren y no hubiera hecho fracasar la intentona murciana. Es verdad que el secretario general, Teodoro García Egea, se vio que perdía de facto el cargo al dejarse arrebatar la cartera en su propia casa en un momento en el que, coincidiendo con la celebración de congresos telemáticos con participaciones propias de comunidad de vecinos, los barones territoriales le acusan de desestabilizar las estructuras provinciales y de debilitarlos frente a tentativas como la de Murcia.

Si escarmientan, tal vez Pablo Casado enderece su camino de perdición impresionado por los saltos de la rana de la factoría de La Moncloa, donde el jefe de gabinete de Sánchez, Iván Redondo, a quien ya debía conocer por haber velado armas en los cuarteles del PP y haber asesorado a prohombres de su formación, da brincos extraordinarios de batracio, pero no siempre acierta a saber dónde cae. Como en Cataluña, donde el triunfo de Illa se ha revelado estéril como el de Arrimadas, con el añadido de dejar desguarnecida la oposición al depender la estabilidad parlamentaria de Sánchez de quienes reemprenden la marcha hacia la secesión, y como en esta ofensiva para bombardear las posiciones del centroderecha con la asistencia cómplice de Cs tirando por la borda todo su capital político. Cúmplese el aforismo griego de que los dioses ciegan a quienes quieren perder para que los hombres venideros tengan qué cantar.

Tras catalogar de irresponsables y amorales a quienes promovieran planes de esta índole en plena pandemia, la sucesora de Albert Rivera se adentró en la habitación del pánico en la que el fundador del partido naranja alertó el 22 de julio de 2019, en el debate de investidura, que Pedro Sánchez negociaba «con su banda» de neocomunistas y separatistas para perpetuarse y que ya operaba antes de la moción de censura Frankenstein contra Rajoy de 2018; en concreto, desde que fuera defenestrado de la dirección del PSOE en octubre de 2016 por saltarse las líneas rojas del partido.

Ahora, poniendo en solfa sus pactos autonómicos y locales con el PP tras las elecciones de mayo de 2019, Cs se abrazaba como un náufrago a un PSOE sin romper éste su alianza Frankenstein ni tener la menor intención de hacerlo. Arrimadas se sumaba a este pretendido golpe de gracia a una eventual alternativa de centroderecha aprovechando el desconcierto de una formación que, de un tiempo a esta parte, es una veleta carente de un firme punto de apoyo sobre el que girar sin desbaratarse.

Al asumir hace un año la presidencia de Cs, Arrimadas se dejó acariciar el oído con el canto de sirena de un PSOE. No escarmentó en la cabeza ajena de Rivera cuando, tras los comicios de diciembre de 2015, se dejó engatusar por Sánchez con el Pacto del Abrazo (del oso, cabría añadir). Suscrito con gran parafernalia en las Cortes bajo el cuadro de Genovés sobre la amnistía a los presos del franquismo, la pretensión del hoy inquilino de La Moncloa era burlar con esa foto al Comité Federal del PSOE en su objetivo no declarado de pactar con los secesionistas. Así, cuando Arrimadas se ofreció para aprobar los Presupuestos del Estado como pieza de recambio de los independentistas, solo le interesó como cebo para atraérselos. Soñando con la carroza de Cenicienta, cosechó calabazas.

Con la excusa de buscar una aproximación al PSOE para captar a los desengañados votantes socialistas con la podemizada gobernación de Sánchez, Arrimadas reincidió en su negligente gestión de su gran triunfo catalán de 2017 y que tiró por tierra rehuyendo sus compromisos. Con el trampantojo de tender puentes con un nacionalismo contrario a la proces(ionaria) segregacionista, emprendió viaje a ninguna parte. Sin satisfacer a tirios y troyanos, perdió a propios sin atraerse ajenos.

Salvo que persiga acomodar al núcleo dirigente en puestos oficiales, su realineamiento sólo daría visos de centralidad a Sánchez. Sin oposición que le turbe, el doncel de La Moncloa seguiría en sus tratos con la alianza Frankenstein menoscabando el régimen constitucional y la integridad de España a base de deconstruir su Estado de Derecho y diluir su identidad al equiparar, por ejemplo, su idioma oficial a la última habla lugareña.

Pese a ser malquerida de ese modo, Arrimadas persistió en deambular por la calle del Desengaño hasta propiciar una encadenada caída -a modo de fichas de dominó- de sus gobiernos de coalición con el PP. Ello redundaría en que Cs fuera, con relación a la Alianza Sáncheztein, un remedo del Partido Agrario de la Alemania Comunista. Si es que subsiste tras el petardazo de su moción de censura en Murcia a las pocas horas de presentarse en el registro y apearse en marcha tres de los diputados naranjas que la habían firmado. Siguiendo las analogías taurinas tan apreciadas por Ortega, Arrimadas ha quedado en Murcia peor que Cagancho en Almagro. Coetáneo de Belmonte y Joselito, abandonó la plaza manchega, preso de la Guardia Civil, para no volver a levantar cabeza.

A este respecto, pareciera que la hecatombe naranja del Día de los Enamorados en Cataluña, al favorecer el trasvase de votantes de Cs al PSC tras morder el anzuelo de los cabezas de huevo monclovitas de presentar al ministro Illa como falsa alternativa constitucionalista siendo interlocutor con los independentistas por encargo de Sánchez, hubiera persuadido a Arrimadas de que la mejor forma de salvar los muebles es integrarse a medio plazo con quien tiene los posibles. Al modo del Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, haciendo que el adquirente se haga cargo de las hipotecas y coloque a los firmantes de la claudicación. Como acaeció con el viejo profesor y sus acólitos Bono y Morodo, entre otros.

Pese a haber tornado en esperpento en Murcia, la maniobra torticera de Arrimadas en conchabanza con el estado mayor monclovita, como en la trama de los Diez negritos de Agatha Christie, quería cobrarse por riguroso turno las cabezas también de los presidentes de Madrid, Castilla y León y Andalucía con el apoyo de Podemos si menester fuera. Sin olvidar a algunos regidores locales. En este sentido, la autonomía madrileña, hostigada por La Moncloa hasta el punto de sugerirle Sánchez a Casado la entrega de la cabeza de Ayuso como prueba de confianza para signar pactos de Estado, era empeño preferente.

Jugaba a favor de obra que la convivencia entre la presidenta Ayuso y su vicepresidente Aguado se había revelado imposible al anidar esa enfermiza celotipia entre aquel que tiene tan alto concepto de sí mismo que no respeta a quien cree que usurpa el trono que él está seguro de merecer y que se acrecienta al mirarse al espejo (más si es televisivo). Nada más contraer matrimonio de conveniencia, Aguado le asestó una puñalada trapera donde más daño podría hacer a su socia. Para ponerla bajo sospecha, Cs facilitó una investigación de «ultratumba», evocando las memorias de Chateaubriand, sobre las ayudas percibidas por la empresa del padre de la presidenta y que el fallecido liquidó en un proceso que originó la ruina patrimonial.

Al tiempo, además de contraprogramarla y alinearse con el Gobierno contra Ayuso por su gestión alternativa del coronavirus, Vellido Aguado, como el que abre el portillo de la traición -no en Zamora, sino en Madrid-, alimentaba la especie de una moción socialista que le aupara a la Presidencia. Lista para servirse, hace nueve meses, debió meterse en el congelador al interponerse la imputación -luego sobreseída- del delegado del Gobierno, José Manuel Franco, jefe del PSOE matritense, por propagar el Covid-19 al autorizar las marchas del 8-M.

Ayuso estuvo en un tris de adelantar urnas, pero Casado frenó lo formulado este miércoles. No era cosa de asistir a su entierro político como Rajoy durmiendo el sueño de Morfeo en brazos de Sánchez creyendo que el puñal del godo lo portaba Rivera. No es empresa fácil la que aguarda a quien se enfrenta a un reto sin saber si es la elegida para arrancar la espada Excalibur de ese yunque superpuesto en una roca que tiene forma de urna y donde Esquilo podría haber anotado aquello de que «a Dios le encanta ayudar a quien se esfuerza por ayudarse a sí mismo». Fue lo que espoleó a Belmonte a revolucionar el arte de Cúchares inyectando esa emoción trágica que ponía en pie el redondel y que empujó a su amigo Valle-Inclán a lanzarle: «Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza». «Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda», fue la contestación de quien marcó la Edad de Oro del toreo en franca lid con Joselito.

 

                                                                            FRANCISCO ROSELL   Vía EL MUNDO