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viernes, 1 de diciembre de 2017

REFORMAR LA CONSTITUCIÓN, ¿PARA QUÉ?

Que muchos hayan sacado las banderas nacionales a la calle puede ser un buen augurio, si empiezan a darse cuenta de que la Nación no puede permitirse el lujo de empobrecerse a base de que unos les roben su esfuerzo a otros.

Reformar la Constitución, ¿para qué? RTVE

Además de que una mayoría de españoles parece estar conforme con la idea de que algo no marcha, el reciente sofocón por la peripecia catalana hace completamente evidente que la Constitución del 78 ha perdido, al menos, una parte de los apoyos que tuvo, y que, en buena lógica, eso debiera hacernos pensar en lo que habría que hacer para recuperarlos. La salida fácil es la reforma de la Constitución, pero puede que no sea la respuesta más correcta.
La idea de que los males que padecemos deriven de defectos constitucionales goza de muchos adeptos

¿Dónde nos aprieta el zapato?


Las preocupaciones que inquietan a los ciudadanos no siempre indican directamente la mejor dirección para resolver el problema que las causa. Pondré un ejemplo: al parecer solo un diez por ciento de los españoles está preocupado por la mala calidad del sistema educativo. El dato muestra, a mi juicio, no que el sistema funcione bien, sino lo profundo que es el daño que causa una educación casi universalmente mediocre. En el caso que nos ocupa, el malestar político que aflige a muchos ciudadanos bien podría estar enmascarado por la ideología de su preferencia, de hecho, tal es una de las fuentes de motivación política que más usan los líderes, tratan de convencernos de que no es necesario que ofrezcan buenas soluciones para los problemas comunes, que basta con derrotar al malo de su preferencia. En Cataluña ese rasgo ha llegado a convertirse en una obsesión porque es el arma preferida de los supremacistas, la convicción de que siempre son otros los culpables de cuanto resulta molesto e insoportable y, de ahí, esa paradójica invención del derecho a decidir, la pura eliminación del otro.
La política postconstitucional ha llegado a estar orientada por dos principios de apariencia engañosa, pero de efectos patológicos que han actuado como un veneno lento
Pues bien, no hay una sola línea en la CE del 78 que explique por si sola ni siquiera uno de los males que nos afligen. ¿Qué lo explica entonces? La política postconstitucional ha llegado a estar orientada por dos principios de apariencia engañosa, pero de efectos patológicos que han actuado como un veneno lento. El primero es la abusiva concentración del poder en las cúpulas de los partidos, mal que es gravísimo en el PP y está menos acentuado en el PSOE, pero que puede verse también con claridad en el caso del maduro Iglesias, cuya guardia pretoriana ha ido mutando a medida de las exigencias del líder de la coleta al margen de cualquier razón política distinta a la unidad del mando.

El segundo principio de malignidad que aflige a nuestro sistema surge, en parte, como lenitivo del primero, aunque, en la práctica, se ha constituido en su mejor aliado: es el principio de división territorial del poder que, además de promover la insolidaridad y procurar la quiebra de la unidad nacional, ha sido el gran aliado de la conversión de los partidos en falanges obedientes y en oficinas de colocación para los más mansos. Ninguna de estas dos trayectorias está en la CE, pero se insinuaron prontamente y han entrado en un grado aceleradísimo de agravamiento desde el triunfo del zapaterismo que, no lo olvidemos, trató de evitar a toda costa cualquier nuevo triunfo del rival, lo que es la negación misma de la democracia liberal, aunque lo hizo tan mal que acabamos cayendo en manos de Rajoy.

La reforma que no se quiere hacer


Cualquier reforma de un sistema político anquilosado, como lo es ahora mismo el nuestro, exige dos condiciones que realmente escasean, generosidad y patriotismo. La generosidad es necesaria porque sin ella no se puede producir ninguna clase de renovación del personal político, que se agarra al asiento con uñas y dientes, y el patriotismo hace falta porque si no se piensa en términos del bienestar común se acaba actuando, inevitablemente, en el propio y exclusivo beneficio.
En cualquier lugar con una cultura política algo más exigente que la que nos es común, el cese del líder del PP habría sido una realidad hace ya mucho tiempo
En cualquier lugar con una cultura política algo más exigente que la que nos es común, el cese del líder del PP habría sido una realidad hace ya mucho tiempo. Rajoy es una garantía de que su partido, pues de él es y de nadie más, no va a hacer nada que le perjudique. Ver, por poner el último ejemplo, a un líder del PP acusando a Ciudadanos de “nacionalismo español” por cuestionar las formas del cuponazo vasco es una muestra de hasta qué punto el PP ha perdido cualquier razón de ser distinta a la de mantener indefinidamente a Rajoy, y a sus secuaces más inmediatos, al frente de un aparato cada vez más débil pero todavía con el inmenso poder que nuestra Constitución concede a los gobiernos. La importante ventaja del PSOE, a estos efectos, es que es un partido que, pese a sus muchos bandazos y la precario de su situación, parece conservar cierta autonomía, una vida interna alimentada por distintas ideas, una ambición de política que ha desaparecido por completo en el PP.
Hace unos días me confesaba un viejo militante del PP que la gente podía sacar las banderas a la calle porque ha perdido el miedo a que eso les identifique con el partido de Rajoy
Cualquier reforma que no busque impedir lo que ahora mismo ocurre, que un partido puede ir más allá de cualquier frontera política concebible porque no existen los instrumentos internos, los controles, las libertades, la pluralidad y la democracia que debiera existir en el interior de esas organizaciones, es escribir en el agua. Piénsese en lo que pasaría si realmente fuera necesario reformar la CE: este PP no sabría qué defender porque está completamente ajeno a todo lo que no sea el más empobrecedor ir tirando para mantenerse en un poder que es políticamente inane. Su esterilidad es absoluta. Hace unos días me confesaba un viejo militante del PP que la gente podía sacar las banderas a la calle porque ha perdido el miedo a que eso les identifique con el partido de Rajoy, lo decía con pesar, pero con convicción.

La reforma que podría ser un engaño


Frente a lo que se necesita, que es mayor control ciudadano de las acciones de los políticos, los aparatos dominantes tratarán de imponer mayores controles políticos de los ciudadanos, mayor poder en sus manos. Desde esta perspectiva, que Iceta pida una Hacienda exclusivamente catalana, no es ninguna forma de una supuesta generosidad con Cataluña, sino una muestra más de lo que tantos políticos anhelan, que no les controle nadie en absoluto. Para caer en la cuenta de ello bastaría con pensar en que la otra medida que ha propuesto este desenvuelto candidato es que los demás españoles le paguemos a los catalanes la deuda de 50.000 millones de euros en que han incurrido, irresponsablemente, los del procés, pero no es piedad lo que mueve a Iceta, sino un deseo irrefrenable de gobernar sin ataduras, de ser Rajoy, podríamos decir. Todas las melodías del encaje catalán son traducciones eróticas de una pura pornografía política: queremos mandar sin que nada nos limite y gastar sin que nadie nos controle.
Cuando un sentimiento se usa para abusar de un tercero, el sentimiento deja se ser algo inocuo porque se convierte en una agresión
El nacionalismo, se nos dice, es un sentimiento, y los sentimientos no tienen nada de malo, pero cuando un sentimiento se usa para abusar de un tercero, el sentimiento deja se ser algo inocuo porque se convierte en una agresión. No es necesario hacer grandes esfuerzos para comprender que el camino seguido con las Autonomías ha de ser revisado, que vamos a vivir en un mundo en el que no podremos permitirnos unos dispendios institucionales y administrativos que hay que moderar y corregir. Claro es que tratar de hacerlo va en contra de los intereses de la clase política, pero hemos de exigirles el mínimo de generosidad y patriotismo necesario para comprender que España necesita caminar en otra dirección, precisamente para acrecentar la libertad y hacer más efectiva la democracia.
Que muchos hayan sacado las banderas nacionales a la calle puede ser un buen augurio, si empiezan a darse cuenta de que la Nación no puede permitirse el lujo de empobrecerse a base de que unos les roben su esfuerzo a otros, que es lo que siempre ocurre cuando los políticos solo saben trabajar para sí y para los suyos, y que, pese a todo, el porvenir de España está todavía en nuestras manos.


                                                                     JOSÉ LUIS GONZÁLEZ QUIRÓS  Vía VOZ PÓPULI 

LAS ÉLITES Y SUS PALMEROS

Los intelectuales de nuestra época se han especializado en reorientar la realidad de modo que sus lecturas sean favorables al orden existente. Son cada vez más conservadores.

Una imagen del Foro de Davos de 2017. Un buen resumen de cómo cierran los ojos a la realidad. (EFE)

Una de las ideas que con más insistencia se divulgan como solución a nuestros problemas es la del aumento de la productividad, un factor clave para que las empresas resulten competitivas y, en consecuencia, puedan tener empleos de buena calidad y satisfactoriamente retribuidos. Existe consenso en el mundo político y en el económico de que es el horizonte principal hacia el que deberíamos orientarnos, y una gran mayoría de expertos ratifica con datos esa creencia. Desgraciadamente, la vida va por otro lado. Sirvan un par de aspectos típicos de nuestra cotidianidad para entender cuál es el problema.

Varios conocidos me han transmitido últimamente sus quejas referidas a empresas de servicios por la mala calidad de los mismos. La explicación que (en privado) daban sobre estas disfunciones los responsables intermedios de las firmas era que sus empleados contaban con salarios bajos y solían tener la certeza de que serían despedidos al acabar su contrato temporal, con lo que la motivación era escasa. No es extraño, pues, que ese descontento acabase siendo percibido por los clientes: se trata de una mano de obra que cuando aprende a realizar con eficiencia su tarea tiene que abandonarla, y que siempre está preguntándose si llegará a fin de mes y cuál será su siguiente trabajo. En ese contexto, la productividad es necesariamente baja.

Es frecuente en España que personas de más de 45 años regresen al mercado laboral en puestos de menor categoría y mal pagados

El segundo ejemplo viene de Francia, pero tiene mucha relación con lo que pasa en nuestro país. Según asegura el diario 'Le Monde', la contratación de mayores de 50, lo que llaman el empleo sénior, ha crecido durante los últimos años, aunque con la contrapartida de una gran precariedad. Algo similar ocurre en España, donde no es extraño encontrarte con trabajadores de más de 45 años —que habían salido del mercado laboral y tenían difícil el reingreso— que han acabado colocándose en puestos de menor categoría o peor pagados o ambas cosas. Lo cual también es una gran idea para aumentar la productividad: a la gente que tiene años de experiencia la ignoras, la desprecias, y luego la colocas allí donde su conocimiento no tiene ninguna posibilidad de aportar valor.

Dices una cosa, haces otra


Lo lógico sería que los expertos, ante situaciones de esta clase, señalasen con insistencia que ese no es el camino, pero no lo hacen. La mayoría de ellos desprecian estos elementos, y quienes se atreven a sugerir que los salarios deben ser satisfactorios y que los empleos deben tener continuidad son ignorados. Pero en realidad este no es el asunto. Que para que las cosas funcionen los salarios deben ser buenos es algo que las élites ya saben, pero no quieren modificar un sistema que les resulta rentable. Lo que en realidad echo de menos es que los expertos señalen de modo claro esta contradicción, que consiste en afirmar que se persigue una meta mientras se ponen todas las bases para ir justo por el camino contrario.

Cuando llegan los problemas, nadie asume responsabilidades: señalan a voz en grito que “han sido los rusos”

No ocurre solo en el trabajo: las quejas de las élites europeas sobre el auge de los nacionalismos es otro buen ejemplo. Desde su perspectiva, el gran problema de Europa es ese repliegue conservador sobre el territorio y la identidad que desprecia los avances que el comercio, las sociedades abiertas y la perspectiva global han traído: un mundo reaccionario que empuja para hacernos regresar a un pasado oscuro. Pero alguien debería decirles que ese regreso solo es posible porque su sistema, el que las élites han construido, está dejando muchos perdedores por el camino, y es natural que estos se rebelen porque no es esperable otra cosa. Si pones todas las piedras para que algo suceda, es muy probable que acabe ocurriendo. Eso sí, después nadie asume responsabilidades, y señalan a voz en grito que “han sido los rusos: ellos están detrás de esto”.

Los intelectuales


No. Alguien tiene que decirles que muchos de los males con los que deben lidiar, y que aseguran que son un problema, están causados por las acciones económicas y políticas desarrolladas por las élites. Y que si quieren que se terminen, la primera medida es actuar de otra manera. Y ese alguien debería ser, desde luego, el entorno intelectual, tanto el de los expertos como el proveniente de la cultura. Sin embargo, no es así: muchos de estos intelectuales coinciden, por interés, por origen o por convicción, con las ideas de ese mundo al que deberían contrapesar.

Todos coinciden en que nuestro mundo funciona razonablemente bien, que su orden es justo y que el reparto social de posiciones es el adecuado

En realidad, este entorno se ha especializado (y con los economistas y los politólogos ortodoxos en primer lugar) en reorientar la realidad: todos coinciden en que nuestro mundo funciona razonablemente bien, que su orden es justo y que el reparto social de posiciones es el adecuado; y, como mucho, añaden alguna idea para que en el futuro todo vaya mejor o señalan que sus conclusiones son las bases adecuadas para futuras investigaciones.

Los viejos resentidos


Así se llega a situaciones paradójicas. Si se argumenta que el declive de la clase media occidental y el empobrecimiento de las capas trabajadoras son causas evidentes de las transformaciones políticas de los últimos años, nos dirán que no es así: la culpa es de la posverdad, de los viejos resentidos que votan al Brexit o de los seguidores de Trump, que no son de clase trabajadora sino reaccionarios de toda la vida. Y que, en última instancia, nunca hemos estado mejor, porque el número de personas de clase media es hoy mayor que nunca y jamás ha habido tan pocos pobres, algo de lo que deberíamos alegrarnos y que subraya las bondades de la globalización.

Hemos perdido poder adquisitivo, nuestro nivel de vida es peor y eso ha beneficiado a los chinos. ¿Dónde está la buena noticia?

Es el tipo de argumentos absurdos y estúpidos que sirven al propósito de tranquilizar al poder, pero no para dar cuenta de lo que ocurre. La clase media europea ha descendido y, a cambio, ha crecido fundamentalmente la asiática, sobre todo la china. Ignoro por qué eso es motivo de celebración: hemos perdido poder adquisitivo, nuestro nivel de vida es peor y eso ha beneficiado a los chinos.
¿Dónde está la buena noticia? Si me quedase con la mitad de las rentas de los intelectuales que defienden estas tesis y luego argumentase que deberían alegrarse porque yo soy más rico y ellos no, seguramente no estarían tan de acuerdo. Sin embargo, no tienen reparo en exhibir sin pudor esas tesis cuando no les afectan a ellos. Y la cosa se complica cuando uno entiende hasta qué punto el capital y la tecnología que se han regalado a China (solo para que las élites occidentales ganen más dinero) han convertido al gran país asiático en una enorme potencia económica cuyo auge perjudicará a Europa.

Todo está OK


La esencia de los estudios y de las obras de estos intelectuales consiste en ratificar lo que el poder piensa. Pueden hablar de innovación, de disrupción, de las bondades de la tecnología, de la necesidad de conservar el orden político existente para no caer en el caso y de la urgencia de las reformas en el ámbito económico, especialmente en el laboral, para no seguir cayendo, pero su idea central es que el orden establecido es el correcto, que lo que hacen las élites es la mejor de las opciones posibles y que cualquier intento de cambiar eso está abocado al desastre. Y si eso no funciona, entonces aparecen los rusos como mecanismo conspiranoico para encubrir los errores.

Este tipo de comportamiento palmero es exactamente lo contrario de lo que el mundo intelectual ha de aportar a la sociedad. Los expertos en economía, salud, periodismo, política o sociología se deben en primer lugar a las reglas de su oficio y no a los intereses de las élites, sean estas políticas o económicas. Algunos de estos intelectuales gozan de una protección que les debería permitir conservar su independencia y poseen los suficientes conocimientos como para aportar una opinión fundada. Quizá sean los menos, pero es muy importante que reaparezcan hoy, porque resulta prioritario reconstruir una esfera del pensamiento que sea capaz de reorientar sus disciplinas (y a las mismas élites) hacia la realidad. Es imprescindible salir de este mundo ficticio que los expertos han ayudado a crear.



                                                                         ESTEBAN HERNÁNDEZ  Vía EL CONFIDENCIAL

LA OLEADA DEL ACOSO SEXUAL

"La causa fundamental del cambio del relato radica en la conversión de la perspectiva de género en ideología hegemónica. Bajo sus auspicios solo importa aquel segmento de la realidad que sirve a su arquitectura de hegemonía política, que en este caso, como el de la violencia contra la mujer, es utilizado para categorizar a los hombres, a todos ellos."


Josep Miró i Ardèvol

Nuestra sociedad parece moverse por oleadas, de un día para el otro surge una cuestión que suscita la máxima atención mediática y de las redes. Esto no tendría nada de extraordinario si fuera debido a un suceso insospechado y extraordinario; algo así como el descubrimiento de la vida en Marte. Pero no, se trata de situaciones estructurales que están ahí intocadas desde hace tiempo. Esto es precisamente lo que ha sucedido con la última oleada sobre el acoso sexual surgida, como todas las precedentes, en Estados Unidos, cuya espoleta se encuentra en Hollywood, pero cuya detonación tiene efectos en toda la sociedad occidental.

Desde sus inicios la llamada “meca del cine” era considerada por los medios y la vox populi un lugar donde abundaban la promiscuidad, el libertinaje y el abuso. Tanto, que la propia cinematografía ha hecho de esta situación material para sus negocios. La gran mayoría de la sociedad rechazaba aquellos comportamientos, donde no se sabía dónde empezaba la libertad en las relaciones sexuales y dónde terminaba la prepotencia para forzarla.

Entonces se veía a Hollywood como la excepción moral (aunque parte de los progres de la época no dejaban de alabarla: la promiscuidad, no el abuso, como un ejemplo de la necesaria libertad en las costumbres; sobre esto también hay mucho cine, bueno y malo). En todo caso, sus protagonistas sabían que vivían en una isla moral, y a nadie se le acudía pensar que aquellos pecados eran también los propios del conjunto de la sociedad.

Ahora el relato ha cambiado sustancialmente y lo que sucede en Los Ángeles no es algo específico de la cultura del entretenimiento y el cruce de pasiones y ansias, sino que automáticamente se proyecta como algo constitutivo de toda la sociedad. Los abusos sexuales, sus depredadores enfermos, son vistos, no como la excepción de una cultura libertina que lo favorece, sino como consecuencia de un hecho estructural: los hombres, el machismo, como una cultura, pero solo esta única cultura. Las creencias imperantes, por lo visto, no entran en juego. No importan las diferencias obvias entre un católico y un no creyente; no influye la cultura hipersexualizada que nos rodea, donde el sexo es un producto del mercado; no influye para nada que las relaciones sexuales sean tan tempranas y presentadas como algo lúdico, y no como un hecho trascedente que requiere madurez emocional y construcción de la conciencia del respeto; no cuenta para nada la influencia de la cultura gay en todo esto, impulsora del sexo como única componente de la identidad humana. Nada de eso importa. Lo único que cuenta es que la mayoría son hombres, y por consiguiente, el comportamiento es fruto de una presunta sociedad patriarcal.

La causa fundamental del cambio del relato radica en la conversión de la perspectiva de género en ideología hegemónica. Bajo sus auspicios solo importa aquel segmento de la realidad que sirve a su arquitectura de hegemonía política, que en este caso, como el de la violencia contra la mujer, es utilizado para categorizar a los hombres, a todos ellos.

De esta manera, al no contemplar todas las causas y su relación, lo que sucede es que el problema no se resuelve, por el contrario, crece, como sucede con la violencia entre las parejas adolescentes. Las generaciones más jóvenes, educadas en la perspectiva de género, presentan varones activos en un mayor número que menosprecian a la mujer.

Porque en lugar de educar en el respeto a la persona y en el amor de donación, en el dominio de uno mismo al servicio de aquella donación, los formaron en la mecánica del Póntelo, pónselo y la relación sexual como un deporte de contacto. No es un hecho ajeno a los resultados qu
e todo tipo de violencia hacia la mujer está en función inversa a la condición cristiana del grupo, como se refleja claramente en todas las estadísticas que miden el fenómeno por países y en las encuestas, al menos las españolas, que muestran que las católicas practicantes reciben en una medida muy inferior, del orden del 50%, acoso y violencia sexual. Negar la realidad solo conduce a ser dominado por ella.


                                                                        JOSEP MIRÓ i ARDÈVOL  Vía FORUM LIBERTAS

AUSCHWITZ EN MADRID

El estudio de Auschwitz es un deber moral para cualquiera que hoy trate de ejercer el oficio de hombre

Ni Robert Antelme era judío ni el lugar que describe se llama, sobre los mapas, Auschwitz. Pero Auschwitz no es un lugar. Es la cartografía de lo más oscuro en la mente humana: el placer de administrar dolor y muerte; de administrar, en el límite, el nombre de lo humano; de excluir de él a cuantos sentencia sólo bestias. Los lugares se llaman Dachau, Buchenwald, Birkenau… Auschwitz es un espacio anímico: el espacio del mal en la mente de ese hablante predador que somos. Y es, por ello, el único interrogante metafísico verdaderamente serio.
En una noche de abril de 1944, exhausto en el tránsito entre dos de esos campos de animalizar humanos y exterminarlos luego sin coste anímico, Robert Antelme se pregunta qué vería allí un espectador si las luces se encendiesen. «Si de pronto la sala se iluminase, se vería un revoltijo de harapos a rayas, de brazos encogidos, de codos puntiagudos, de manos malvas, de pies inmensos; bocas abiertas hacia el techo, rostros de huesos cubiertos de piel negruzca con los ojos cerrados, calaveras, formas semejantes que ya no cesarán de parecerse, inertes y como colocadas sobre el fango de un estanque». Ni siquiera animales. Cosas, residuos de cosas. Vertedero. En descomposición.
No es Auschwitz lo que está en Madrid ahora, saturando con su dolor la Sala de Exposiciones del Canal. Auschwitz no es representable: su dimensión teológica -la del hombre que suple a Dios y por él decide de vida, de humanidad y de muerte- no es reductible a escena. Pero es necesario poner esos fríos residuos, ese almacén de basura y de ceniza ante los ojos de todos y sacudir la indiferencia de quienes creen saber y nada saben. El estudio de Auschwitz -o, si preferimos dejar de lado la metáfora, el estudio de la Shoá, del exterminio de seis millones de hombres a los que se catalogó como no humanos- es un deber moral para cualquiera que hoy trate de ejercer el oficio de hombre sin saberse aplastado por la vergüenza de lo que haber sido hombre en el siglo XX ha sido.
Auschwitz consuma lo humano. Es ésa la certeza que nos aterra. Y que hace que no sepamos, en rigor, qué decir ante la enormidad de la Shoá, del exterminio. Thomas Mann daba fórmula amarga a ese pánico de constatar hasta qué punto Hitler fue hermano nuestro. De no ser así, de ser un monstruo venido de otra galaxia, un monstruo en el cual nada de nosotros reconociéramos, ninguna angustia nos generaría su historia. No nos angustia la «crueldad» de un terremoto o de un tifón. No es «nuestra» su capacidad devastadora. No tiene dimensión moral, por tanto. La Shoá es algo que cualquier humano podría haber hecho. Y que cualesquiera humanos volverán a hacer. Porque los predadores matan, sin más límite que el que les ponen sus recursos técnicos. Y porque los predadores hablantes hacen templo sagrado, religión, del dominio y maestría de esas técnicas. Y sólo saberlo puede ponernos al abrigo de ser sus instrumentos.
Las cifras nada dicen de lo más hondo. Seis millones de civiles que volaron en humo y en ceniza. Nada dicen del envite: sufrir primero, hasta que nada en ellos trasluciera ya lo humano. Esa verdad susurra en los versos de Paul Celan: «La muerte es un Maestro Alemán, su ojo es azul. / Él te alcanza con bala de plomo, su blanco eres tú… / Nos regala una fosa en el aire, / juega con las serpientes y sueña la muerte. Es un Maestro Alemán».
Ved lo que puede hacer un hombre: lo que no puede ser visto con los ojos. Sólo. Y pensad. Si es aún posible. Pensad en vosotros.

                                                                                   GABRIEL ALBIAC  Vía ABC

 

 

jueves, 30 de noviembre de 2017

SOBRE LA AMISTAD VERDADERA




La amistad es un sentimiento sincero y puro. En la amistad verdadera una persona se relaciona con otra porque se encuentra cómoda y es libre para ser ella misma. Pero la amistad conlleva respeto mutuo y no da derecho a invadir o interferir la vida o la intimidad del otro.
 
Es una relación entre dos personas serena, racional, segura y duradera. En ella ambas personas siguen siendo libres y pueden dejar esa amistad cuando quieran, porque controlan su sentimiento. 

Para que dos personas mantengan una buena relación amistosa no basta que tengan sentimiento amistoso mutuo y empatía. Hace falta también que en esa relación ambos se encuentren cómodos y que tengan sinceridad y una plena confianza uno en otro, para que su amistad sea fecunda y duradera.

La relación amistosa exclusivamente 'on line' o digital es deficiente, incómoda y da lugar a malentendidos.

Lo esencial de la amistad es que una persona quiera lo mejor para su amigo, al que nunca hará algo malo o indebido. Se relacionará con él generosamente, con benevolencia y con gratuidad porque no exige contraprestación o retorno a su actitud o a su acción amistosa.


En la amistad verdadera una persona hará lo que sea por su amigo, sin pedir nada a cambio. Su recompensa es ver que ello conviene o hace feliz a su amigo. Por ello, si ve que su amigo se enamora de alguien y se empareja, se alegrará y, si puede, cooperará en la felicidad que su amigo encuentra en la relación amorosa con otra persona.


En la verdadera amistad, una persona nunca pedirá a su amigo que cambie y que sea diferente; al contrario, lo aceptará tal y como es porque lo considera estupendo, inmejorable. Esa persona hará cualquier cosa por su amigo, lo defenderá y alabará siempre, hablará de todo con él, y le contará secretos que nunca contaría a otra gente.

Una persona nunca presionará a un amigo para que haga algo que él no desea hacer, pues respetará siempre que su amigo no quiera hacer algo.


En la amistad verdadera, uno puede llegar a sentir que su amigo puede ser el hermano mayor o hermana que no tuvo y que le hubiera gustado tener.


Un amigo verdadero siempre querrá mantenerse en contacto con su amigo y, aunque se vaya lejos de viaje, procurará comunicarse con el otro por el medio que sea, aduciendo mil razones para hacerlo, pues no querrá dejar escapar esa amistad por no haber insistido suficientemente.


La amistad verdadera es difícil de encontrar, es un tesoro.


                                                                                       JOAQUÍN  JAVALOYS

CATALUÑA 21-D: ¿QUÉ PUEDE SALIRLE MAL A CIUDADANOS?

Repaso todos los indicadores y compruebo que apuntan en la misma dirección: los de naranja van lanzados. Sin embargo, hay algo que no termina de encajar. Es la pestaña de una duda


El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, y la candidata a la presidencia de la Generalitat, Inés Arrimadas. (EFE)

Miro los números y veo que están en la cresta de la ola. Observo la evolución general de la precampaña y pienso lo mismo que cuando analizo los discursos: son ellos los que tocan la tecla adecuada. Me detengo frente a las piezas publicitarias y creo que las suyas son más nítidas que las demás. Comparo los candidatos y creo que ofrecen a la candidata más idónea. En definitiva, repaso todos los indicadores y compruebo que todos apuntan en la misma dirección: los de naranja van lanzados. Sin embargo, no sé... Hay algo que no termina de encajar. Es la pestaña de una duda, ingrávida.

Ya sé que Ciudadanos tiene el 'momentum', que el universo entero parece ahora conjurado a su favor. Pero esto es largo. Hasta el 21 de diciembre queda mucho y harán falta dosis industriales de cuajo para atravesar las 21 eternidades que quedan. Desconozco si Ciudadanos tiene reservas suficientes de ese material, hasta el momento no lo ha demostrado.

A veces no hace falta, claro. Hay competiciones en que la temperatura de la corriente social eleva el cartel electoral con un movimiento ligero, como pasa con la bolsa de plástico durante la secuencia de 'American Beauty'. También las hay que parecen señaladas por un destino cruel, esfuerzos que exigen la entereza de las guerras perdidas de antemano, esas en las que cada cosa que puede ir mal va invariablemente a peor. Entre esos dos extremos del abanico caben todas las campañas electorales. Y todas contienen el factor cambio. Ninguna es lineal. Esta tampoco lo será. Pasarán cosas durante las próximas semanas. Seguro.



La probabilidad de que el globo naranja pierda aire inesperadamente está en el horizonte porque no se ha borrado del paisaje del tiempo. Hay precedente, diciembre de 2015. Entonces faltaba para las generales lo mismo que falta ahora para las catalanas, las cifras eran muy parecidas a las actuales. Es verdad que no son procesos ni momentos comparables, pero ando con la impresión de que es un precedente digno de ser tenido en cuenta. Sobre todo, porque aquel escenario era bastante más estable que el actual, menos propenso a giros bruscos. Solo han pasado dos años desde que el PSOE logró activar a última hora el gen de la supervivencia. Solo dos, desde que el PP logró despertar en el último minuto a buena parte de sus votantes durmientes. Solo dos, desde que Ciudadanos demostró tener la menor capacidad competitiva de los cuatro grandes contendientes.

¿Puede repetirse, aunque sea a menor escala, un fenómeno parecido? En el último tramo de aquella carrera, Ciudadanos perdió votos hacia el Partido Socialista, el Partido Popular y también hacia Podemos. En aquella época, la 'nueva política' se estrenaba. Ahora la vía de agua hacia los de Colau está sellada. Por lo tanto, solo quedan un par de flancos abiertos. Dos, porque esta campaña son dos campañas aisladas e igualmente encarnizadas: una dentro de los nacionalistas y otra dentro de los constitucionalistas. Creo que no habrá trasvases significativos entre ambos bloques.



¿Puede Ciudadanos perder parte del terreno que tiene en beneficio del PSC? Los socialistas catalanes no lo tienen fácil, pero de momento han conseguido un logro. Partiendo de una posición matemáticamente lateral, Iceta ha logrado proyectar en el público la imagen de 'president' verosímil. Un milagro para el que ha bastado la política, no ha necesitado ninguna danza de la lluvia. Iceta es un competidor duro, mucho más rocoso de lo que parece. Irá a por todo y con todo. Con todo para que las siglas lleguen donde él no termina de llegar: voto femenino y votante obrero. Es probable que Borrell haga mucha campaña, no solo en los medios. Podría desempeñar una tarea decisiva en las zonas históricamente rojas, en donde vive el primer anillo del público objetivo socialista. Barrio a barrio. Ese es el escenario central de la batalla entre PSC y Cs.

¿Puede Ciudadanos perder votantes porque el PP cuente con más apoyos de los que cuentan las encuestas? En mi opinión, esa es la pregunta más interesante de las próximas semanas. Lo veo así porque, a pesar de todos los factores que juegan en su contra, los populares llevan ya varios años demostrando mayor profesionalidad y acierto tanto en el planteamiento estratégico como en el trabajo con grandes datos. Veremos si están en condiciones de hacer una campaña puerta a puerta que acabe pasando por debajo del radar. Yo no me atrevo a descartarlo.



¿Puede haber un cambio climático súbito en la campaña electoral? Por supuesto que sí, desde un suceso imprevisible hasta un hecho probable. Un ejemplo: el clima entero cambiará si Junqueras sale de la cárcel y entra en la campaña electoral. Tendrá sobre sí el halo del mártir, hará una campaña beatífica pensada para poner la carne de gallina hasta a las piedras. Imaginemos su primer acto público. Imaginemos el debate electoral. Y así todos los días hasta el final. Ninguna de esas imágenes restará votos naranjas, pero cada una empujará un poco más lejos del escenario a quienes hoy concentran la mayor parte de atención. Veremos si saben gestionar emocionalmente el tipo de liderazgo que hace falta para una situación como esa.

¿Qué es lo peor que le podría pasar a Ciudadanos? Nadie puede hacerse más daño que uno mismo. Están acertando al apelar al voto útil constitucionalista, las dudas que generan respecto a la posición final del PSC también son eficaces. Ahora bien, quizás empiecen a verse ya errores de tono. Puede que todavía no se perciba del todo, pero hay señales de euforia antes de tiempo. Cuidado, porque el público tarda muy poco en identificar y rechazar el exceso. Tengo la impresión de que Arrimadas emana mucho mejor que Rivera lo que su partido necesita emitir en este momento. Serenidad. Si pierden un poco de eso, puede desvanecerse el 'momentum', pueden perder muchos votos.



                                                                                    PABLO POMBO  Vía EL CONFIDENCIAL 

CISNEROS

"Cisneros es el impulsor de la reforma católica española, pero no debemos confundirle con el creador de la misma que había tenido su inicio en el siglo XIV siguiendo las huellas del mallorquín Lulio, que también parece olvidado."


Luis Suárez

Se han cumplido quinientos años desde la muerte de un protagonista excepcional para la Historia de España, el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, que recorrió un largo camino desde la pequeña nobleza castellana hasta el gobierno de poderosos reinos sin olvidarse nunca de las ancas de los asnos que le conducían a la virtud de la humildad. En otro país se habrían alzado sonoros los recuerdos de tal acontecimiento, pero en España tenemos costumbre de olvidarlos. Curiosamente, la fecha coincide con aquella en que Martín Lutero decidió emprender el camino hacia la ruptura que ahora llamamos Reforma publicando aquellos puntos elaborados en Wittenberg y que al final han conducido a la fragmentación de la europeidad que ahora el Pontificado se esfuerza en reparar mediante el acercamiento de posturas. Con mucha corrección el cardenal español se había adelantado en dos puntos vitales: hacer de la Universidad de Alcalá lugar de encuentro entre tomistas y scotistas y poner la Biblia a disposición de todos los fieles. No hay duda de que la Complutense se sitúa kilómetros por delante de la versión luterana. La Iglesia al canonizar a Juan Duns Scoto acabaría dando la razón al primado español.

Cisneros es el impulsor de la reforma católica española, pero no debemos confundirle con el creador de la misma que había tenido su inicio en el siglo XIV siguiendo las huellas del mallorquín Lulio, que también parece olvidado. De este modo se habían sentado las bases de un humanismo que reconoce en la persona humana dos dimensiones que el luteranismo negaría: libre albedrío y capacidad racional para el conocimiento especulativo. De ahí se extraía la consecuencia de que el ser humano está dotado de derechos que deben calificarse de naturales porque se incluyen en su propia esencia y no son simplemente como ahora decimos el resultado de la voluntad política de quienes ejercen el poder. No se trataba de una simple contrarreforma como ahora se dice, sino de un salto adelante de grandes proporciones para la europeidad que era entonces esencialmente cristiana. Esa reforma que guardaba estrecha relación con Catalina de Siena y con la «devotio moderna» de donde De Kempis había adquirido ya tres dimensiones en el momento en que Francisco llegó al mundo. Con los jerónimos alcanzaba linderos de sabiduría e influencia. Los observantes franciscanos y dominicos querían volver al punto de partida en la existencia. Y los benedictinos vallisoletanos habían descubierto que no solo el cuerpo, sino también el espíritu debe ser «ejercitado» para alcanzar su meta. Pues bien, Cisneros procede de esa observancia que San Pedro Regalado pusiera en marcha a orillas del Duero. Buscó todos los medios precisos para poner en marcha esta rigurosa observancia suprimiendo las otras formas que se habían llegado a introducir en el franciscanismo haciéndolo más moderado. A sí mismo se aplicaba el principio. Siendo ya primado de España seguiría utilizando como lecho un colchón tendido en el suelo.

Otro error cometido en nuestros días consiste en creer que fue arzobispo de Granada. El primer arzobispo de esta diócesis en que se inauguraba el regio patronato que sería llevado luego a América fue su predecesor como confesor de la reina Isabel, fray Hernando de Talavera, que era jerónimo y prior de El Prado de Valladolid. Los jerónimos, que hoy son apenas una reliquia entre las Órdenes religiosas, revistieron enorme importancia en los tres siglos de tránsito hacia la modernidad. Suyos eran Guadalupe, Yuste y El Escorial. No hace falta entrar en más detalles para comprender la importancia que revestía esa reforma católica de la que Cisneros, al convertirse en confesor de la reina y en uno de los consejeros más escuchados, asumiría la dirección. De ahí que se le entregara la sede deToledo, que significaba también la primacía sobre todas las demás sedes episcopales cristianas. España defendería con empeño esta fórmula que hubiera podido servir de relevo al luteranismo, pero al final sería vencida por otro cardenal francés, Richelieu, que se situaba en el extremo opuesto anteponiendo la política a la religión y sumiendo a Europa en la cadena de guerras que no terminaría hasta 1945.

A los valores que Cisneros defendió han intentado tornar en 1947 los que llamamos padres de Europa y en 1963 el Concilio Vaticano II. Es sintomático que Wojtyla leyera su tesis doctoral sobre San Juan de la Cruz en el Angelicum de Roma, que es aún el barco de la más nítida observancia. Si tuviéramos que elegir entre las distintas aportaciones cisnerianas no tendríamos la menor duda en señalar la Complutense. Un proyecto que Isabel la Católica obligó a retrasar porque temía perjuicios para Salamanca y Valladolid, en donde Derecho y Medicina habían alcanzado la cumbre. Cisneros sostenía que la tarea principal de las Universidades –monopolio de la cultura europea– no estaba en el valioso comunicado de los saberes que explican la Naturaleza, sino en la maduración de la persona, ya que en esta se sitúa el progreso. Por eso en Alcalá todos los alumnos se instalaban en Colegios Mayores: era aquí en donde, al tiempo que se estudiaba y aprendía, se hacía el entrenamiento necesario para una vida mejor. También en este punto invocaba el lejano precedente de don Gil de Albornoz, fundador de Bolonia.

Cisneros actuó directamente en Granada como primado de España y aquí encontramos un pequeño error del que debemos aprender. Se opuso a Talavera, que quería llevar a la conversión de los antiguos musulmanes por la vía del ejemplo y de la fraterna caridad, sustituyéndolas por presiones duras y promesas halagadoras. Estuvo convencido de que alcanzaba un éxito, pero se equivocaba, pues así en lo más profundo de las venas entraba el odio. Hay que tener en cuenta que se estaba viviendo el tiempo de la expansión turca que superaba las crueldades. El cardenal intentaría establecer bases españolas en el norte de África, marcando el camino que medio siglo más tarde cerraría Lepanto.

Murió en Roa al encuentro con Carlos I, a quien debía entregar el patrimonio consolidado. Hombres como Cisneros son los que han dejado tras de sí el valioso patrimonio que aún puede percibirse en los salones alcalaínos. Un centenario valioso.


                                                                   LUIS SUÁREZ   Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

                                                                   Publicado en La R
azón el 26 de noviembre de 2017.