Translate

jueves, 28 de septiembre de 2017

NACIONALISMO DE GUARDIA(S)

Pujol decía: "Si usted ve letreros en otro idioma y policías con otro uniforme, se hace la idea de estar en otro país"


Este feo gatuperio de los Mozos –pronúnciese mussus– de Escuadra, este tira y afloja de recelos, amagos de desacato y quiebras de confianza, no es más que la tardía pero previsible consecuencia de uno de los grandes errores del modelo de descentralización de España. Sólo desde la enorme ingenuidad de la etapa post-constituyente, cuando la política española creía en la lealtad del nacionalismo sin suspicacias, se puede entender la alegre decisión de entregar las competencias de orden público a las autonomías catalana y vasca, ignorando la experiencia histórica de la República con un candor digno de mejor causa. En el optimismo liminar de la refundación democrática nadie quiso contemplar en serio el riesgo de dotar a las llamadas nacionalidades de tres instrumentos básicos para construir estructuras soberanas: la Policía, la escuela y la televisión. Es decir, el control simultáneo de la calle, la educación y la propaganda.

Pujol lo explicaba en los años 90 con gran desparpajo. "Si usted aterriza en Barcelona y ve los letreros en otro idioma y los guardias vestidos con otro uniforme, de inmediato se hace la idea de estar en otro país". No lo podía decir más claro. La fuerza pública era parte cardinal del proyecto de construcción nacional, tanto en el plano simbólico como en el pragmático. En aquel tiempo la secesión apenas constituía en el credo soberanista un referente teórico y lejano, pero el patriarca pensaba con visión estratégica a distinto plazo. Mientras sembraba mitos doctrinales con una pedagogía intensiva, aprovechaba su enorme influencia para acumular recursos de Estado.

Resultaba obvio que, tarde o temprano, los separatistas iban a tratar de convertir a los Mozos en una suerte de policía política al servicio de su designio de independencia. Un cuerpo armado con el que respaldar su legalidad insurgente; el sucedáneo de ejército de una patria nueva. Este verano, tras el atentado de las Ramblas, las autoridades autonómicas exhibieron sin pudor el capital político de una gendarmería subordinada a su estricta obediencia. Y aunque sabían que el Estado y el aparato judicial acabarían asumiendo el mando de la seguridad antes del referéndum mediante un golpe en la mesa, continúan escenificando conatos de insumisión o de falta de celo para publicitarse ante los suyos como víctimas de un abusivo acto de fuerza.

No ha habido en las últimas décadas el más mínimo gesto de nobleza en el nacionalismo, capaz de usar con deslealtad cada competencia de autogobierno que ha recibido. Incluida la promesa de acatamiento de la Constitución de sus líderes, no ha honrado un solo compromiso. Sus antiguas contribuciones a la estabilidad española no fueron más que operaciones de mercado negro en las que Gobiernos socialistas y conservadores picaron el anzuelo del tráfico de favores y del estraperlo político.


Qué ilusos fueron. O fuimos.


                                                                                                IGNACIO CAMACHO   Vía ABC

REFLEXIONES DE UN SUPREMACISTA BLANCO

"Es en esta atmósfera de relativismo, en la cual la realidad la define uno mismo de forma narcisista, donde el Orgullo actúa sin freno, el menor de los cuales no es el Orgullo racial: el Orgullo Negro o el Orgullo Blanco."


Joseph Pearce

Cuando leo las noticias sobre la violencia en Charlottesville (Virginia) entre supremacistas blancos y sus oponentes, me vienen a la memoria cicatrices de batalla de mi propio pasado. Cuando era un joven indignado en mi Inglaterra natal, me uní a un partido supremacista blanco y me vi envuelto en numerosas y violentas batallas callejeras. Disfruté cuando un contramanifestante fue asesinado en uno de nuestros mítines y lloré cuando un amigo mío, un compañero neonazi, murió tras ser alcanzado en la cabeza durante otra manifestación tumultuosa.

En aquellos días disfrutaba con la violencia, soñando con que la guerra racial fuese a más. Como editor de una revista supremacista blanca, incité al odio racial y fui condenado a prisión dos veces, cumpliendo en la cárcel mis 21 y mis 25 años. Así que he contemplado cómo se desarrollaban los sucesos de Charlottesville con una inquietante sensación de déjà vu. Ya he visto esto antes, y no como simple espectador pasivo mirando lo que pasa en la televisión, sino como partícipe activo, que siente rabia e ira y experimenta la violencia de primera mano.

Habiendo estado, en otros tiempos, en el mismo lugar y en el mismo espacio psicológico que los supremacistas blancos de hoy, y habiendo experimentado sus sentimientos de furia e indignación alienantes, creo que puedo ofrecer algunas perspectivas sobre por qué esas personas se sienten así y qué podemos hacer para sanar las heridas de nuestra fracturada cultura.

Para ello, necesitaré volver sobre mis propios pasos, recordando cómo acabé en un mundo de racismo e intolerancia.

Aunque, siendo sincero, mucho de mi racismo lo aprendí en las rodillas de mi padre, se alimentó en la cultura del relativismo en el instituto público al que asistía. Nada sugería que los jóvenes debiesen ser educados en la virtud; nada sugería que el verdadero significado del amor no fuese la autosatisfacción, sino entregar la propia vida por otro; nada sugería que existiese Dios o que, si existía, fuese relevante en nuestra vida. Si en clase se mencionaba el cristianismo, era despreciado por los profesores, que parecían ser casi todos agnóstico o ateos, y muchos de los cuales se declaraban marxistas. Esta educación secularizada no es distinta a la educación que los jóvenes reciben hoy en Estados Unidos. En las escuelas públicas que operan bajo las exigencias de la dictadura del relativismo, no hay lugar para una educación en la virtud. De hecho, la palabra “virtud” ha sido eficazmente borrada de las aulas, y las virtudes concretas, como la castidad y la humildad, son activamente rechazadas o ridiculizadas. Lo que se enseña es un espíritu de rebelión contra las ideas tradicionales de la verdad, el bien y la belleza. En este entorno viciado y vacío, es inevitable que el vicio llene el vacío que deja la virtud. Si no enseñamos la verdad, la bondad y la belleza, no podemos evitar que crezcan la falsedad, la maldad y la fealdad, y eso incluye el auge del Orgullo en todas sus feas manifestaciones, entre ellas el Orgullo de lo que uno considera su identidad racial.

El problema es que el relativismo privilegia el sentimiento sobre la razón. Si de lo que se trata es de mí y de mis sentimientos, y no de mi lugar en una realidad objetiva de la cual soy solo una pequeña parte, entonces soy “libre” de elegir el “ego” que egoístamente deseo. Para algunos, una pequeña minoría, sus raíces podrían estar en algo que tenga que ver con la “sexualidad”; para otros, y potencialmente un número mucho mayor de personas, podrían estar en un sentimiento de identidad tribal o racial. Es en esta atmósfera de relativismo, en la cual la realidad la define uno mismo de forma narcisista, donde el Orgullo actúa sin freno, el menor de los cuales no es el Orgullo racial: el Orgullo Negro o el Orgullo Blanco; ninguno está justificado y ambos merecen condena.

En mi caso, el Orgullo que estaba dirigiendo y arruinando mi vida se vio desafiado al darse de bruces con la realidad objetiva, con la Razón auténtica. Al descubrir las obras de G.K. Chesterton, Hilaire Belloc, C.S. Lewis, el Beato John Henry Newman y, finalmente, durante mi segundo encarcelamiento, las obras de Santo Tomás de Aquino, comencé a percibir la realidad como algo mucho mayor que el patético mundo de ideología racista que yo me había construido. Por esa razón creo firmemente, con San Juan Pablo II y Benedicto XVI, que la Iglesia solo puede evangelizar eficazmente una cultura dominada por el relativismo con el poder de fides et ratio, de una fe indisolublemente matrimoniada con la razón. El narcisismo del relativismo encarcela al yo dentro de la prisión del propio yo; la razón libera al yo, capacitándolo para abarcar el maravilloso cosmos que existe más allá de sí mismo. En breve y en resumen: el racismo y otras manifestaciones de Orgullo deben ser refutados mediante un encuentro con la Razón.

Hubo, sin embargo, otra fuerza que me ayudó a superar mi Orgullo, y fue el poder del amor.

En mis días de Orgullo, odiaba a mis enemigos y esperaba que mis enemigos me odiasen. Era la vieja ley del ojo por ojo. Tú me haces daño a mí y yo te hago daño a ti. Tú me odias y yo te odio. El odio engendra odio. Son las escenas de manifestantes y contramanifestantes en Charlottesville, descargando su rencor unos contra otros, vociferando su odio mutuo, cada uno alimentado por la histeria del otro.

La vía de salida de esta espiral letal es ir más allá del amor al prójimo -por necesario que esto sea- y comenzar a amar a nuestros enemigos. Esto no es bueno solamente para nosotros, al liberarnos de las ataduras del odio: es también bueno para nuestros enemigos. En mi libro Mi carrera con el diablo. Del odio racial al amor racional evoco tres ocasiones distintas en la que, al enfrentarme a mi enemigo con odio y enemistad, recibí a cambio amor y amistad. En cada uno de los casos, recibir amor cuando esperaba odio sembró la semilla de l
Cuando leo las noticias sobre la violencia en Charlottesville (Virginia) entre supremacistas blancos y sus oponentes, me vienen a la memoria cicatrices de batalla de mi propio pasado. Cuando era un joven indignado en mi Inglaterra natal, me uní a un partido supremacista blanco y me vi envuelto en numerosas y violentas batallas callejeras. Disfruté cuando un contramanifestante fue asesinado en uno de nuestros mítines y lloré cuando un amigo mío, un compañero neonazi, murió tras ser alcanzado en la cabeza durante otra manifestación tumultuosa.

En aquellos días disfrutaba con la violencia, soñando con que la guerra racial fuese a más. Como editor de una revista supremacista blanca, incité al odio racial y fui condenado a prisión dos veces, cumpliendo en la cárcel mis 21 y mis 25 años. Así que he contemplado cómo se desarrollaban los sucesos de Charlottesville con una inquietante sensación de déjà vu. Ya he visto esto antes, y no como simple espectador pasivo mirando lo que pasa en la televisión, sino como partícipe activo, que siente rabia e ira y experimenta la violencia de primera mano.

Habiendo estado, en otros tiempos, en el mismo lugar y en el mismo espacio psicológico que los supremacistas blancos de hoy, y habiendo experimentado sus sentimientos de furia e indignación alienantes, creo que puedo ofrecer algunas perspectivas sobre por qué esas personas se sienten así y qué podemos hacer para sanar las heridas de nuestra fracturada cultura.

Para ello, necesitaré volver sobre mis propios pasos, recordando cómo acabé en un mundo de racismo e intolerancia.

Aunque, siendo sincero, mucho de mi racismo lo aprendí en las rodillas de mi padre, se alimentó en la cultura del relativismo en el instituto público al que asistía. Nada sugería que los jóvenes debiesen ser educados en la virtud; nada sugería que el verdadero significado del amor no fuese la autosatisfacción, sino entregar la propia vida por otro; nada sugería que existiese Dios o que, si existía, fuese relevante en nuestra vida. Si en clase se mencionaba el cristianismo, era despreciado por los profesores, que parecían ser casi todos agnóstico o ateos, y muchos de los cuales se declaraban marxistas. Esta educación secularizada no es distinta a la educación que los jóvenes reciben hoy en Estados Unidos. En las escuelas públicas que operan bajo las exigencias de la dictadura del relativismo, no hay lugar para una educación en la virtud. De hecho, la palabra “virtud” ha sido eficazmente borrada de las aulas, y las virtudes concretas, como la castidad y la humildad, son activamente rechazadas o ridiculizadas. Lo que se enseña es un espíritu de rebelión contra las ideas tradicionales de la verdad, el bien y la belleza. En este entorno viciado y vacío, es inevitable que el vicio llene el vacío que deja la virtud. Si no enseñamos la verdad, la bondad y la belleza, no podemos evitar que crezcan la falsedad, la maldad y la fealdad, y eso incluye el auge del Orgullo en todas sus feas manifestaciones, entre ellas el Orgullo de lo que uno considera su identidad racial.

El problema es que el relativismo privilegia el sentimiento sobre la razón. Si de lo que se trata es de mí y de mis sentimientos, y no de mi lugar en una realidad objetiva de la cual soy solo una pequeña parte, entonces soy “libre” de elegir el “ego” que egoístamente deseo. Para algunos, una pequeña minoría, sus raíces podrían estar en algo que tenga que ver con la “sexualidad”; para otros, y potencialmente un número mucho mayor de personas, podrían estar en un sentimiento de identidad tribal o racial. Es en esta atmósfera de relativismo, en la cual la realidad la define uno mismo de forma narcisista, donde el Orgullo actúa sin freno, el menor de los cuales no es el Orgullo racial: el Orgullo Negro o el Orgullo Blanco; ninguno está justificado y ambos merecen condena.

En mi caso, el Orgullo que estaba dirigiendo y arruinando mi vida se vio desafiado al darse de bruces con la realidad objetiva, con la Razón auténtica. Al descubrir las obras de G.K. Chesterton, Hilaire Belloc, C.S. Lewis, el Beato John Henry Newman y, finalmente, durante mi segundo encarcelamiento, las obras de Santo Tomás de Aquino, comencé a percibir la realidad como algo mucho mayor que el patético mundo de ideología racista que yo me había construido. Por esa razón creo firmemente, con San Juan Pablo II y Benedicto XVI, que la Iglesia solo puede evangelizar eficazmente una cultura dominada por el relativismo con el poder de fides et ratio, de una fe indisolublemente matrimoniada con la razón. El narcisismo del relativismo encarcela al yo dentro de la prisión del propio yo; la razón libera al yo, capacitándolo para abarcar el maravilloso cosmos que existe más allá de sí mismo. En breve y en resumen: el racismo y otras manifestaciones de Orgullo deben ser refutados mediante un encuentro con la Razón.

Hubo, sin embargo, otra fuerza que me ayudó a superar mi Orgullo, y fue el poder del amor.

En mis días de Orgullo, odiaba a mis enemigos y esperaba que mis enemigos me odiasen. Era la vieja ley del ojo por ojo. Tú me haces daño a mí y yo te hago daño a ti. Tú me odias y yo te odio. El odio engendra odio. Son las escenas de manifestantes y contramanifestantes en Charlottesville, descargando su rencor unos contra otros, vociferando su odio mutuo, cada uno alimentado por la histeria del otro.

La vía de salida de esta espiral letal es ir más allá del amor al prójimo -por necesario que esto sea- y comenzar a amar a nuestros enemigos. Esto no es bueno solamente para nosotros, al liberarnos de las ataduras del odio: es también bueno para nuestros enemigos. En mi libro Mi carrera con el diablo. Del odio racial al amor racional evoco tres ocasiones distintas en la que, al enfrentarme a mi enemigo con odio y enemistad, recibí a cambio amor y amistad. En cada uno de los casos, recibir amor cuando esperaba odio sembró la semilla de l
a sanación en mi corazón golpeado por el odio. No os equivoquéis al respecto: el amor es un arma poderosa contra nuestros enemigos. El odio hiere a nuestros enemigos, pero no dejan de ser nuestros enemigos; al revés: inflama su odio y acrecienta su enemistad. Por el contrario, el amor no hiere a nuestros enemigos, solamente hiere a su odio. Y al herir a su odio sana su corazón y convierte al enemigo en amigo.

Éste es el desafío que afrontamos tras los horrores de Charlottesville. Amar a nuestros enemigos. No debemos demonizar al supremacista blanco o al abortista, sino amarles comprometidamente. No debemos aborrecerles [prey], sino rezar [praypor ellos, con la esperanza de que, en el futuro, por la gracia de Dios, podamos rezar con ellos.

En cuanto a James Alex Fields, el joven indignado y lleno de odio que lanzó su vehículo contra los manifestantes en Charlottesville, sé demasiado bien que él es lo que yo fui. Él no está fuera del alcance del amor de Dios, ni debería estar lejos del alcance del amor de su prójimo y de sus enemigos. Recemos por él como rezamos por sus víctimas.



                                                                           JOSEPH PEARCE  Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

Publicado originariamente en National Catholic Register.
Hemos adoptado el título con el que fue reproducido después en The Imaginative Conservative.
Traducción de Carmelo López-Arias.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

AUSENCIA DEL GOBIERNO

El Ejecutivo debe comparecer y no delegar el relato en jueces y fiscales

 

Miembros de la Guardia Civil, de la Policía Nacional y de los Mossos d'esquadra en la puerta de la Delegación del Gobierno en Barcelona. 


Puede ser estrategia o incompetencia, pero en cualquiera de los casos o interpretaciones, la actuación del Gobierno de España en este momento —ante la mayor crisis de Estado que vive el país posiblemente desde el 23-F— es desconcertante, insuficiente, roza lo irresponsable y desde luego es merecedora de una firme reprobación.
Los acontecimientos se suceden a diario de forma dramática en Cataluña, y ahora ya, fuera de Cataluña. La incertidumbre sobre lo que pueda suceder crece cada minuto, y con ella crece la angustia de los ciudadanos. ¿Qué está pasando? ¿Cómo de grave es? ¿Qué puede llegar a suceder? Es el Gobierno el que tiene que responder a estas preguntas, no el fiscal general. Es el Gobierno, no el fiscal, el que tiene que explicar —día tras día— qué es lo que está haciendo, qué medidas está tomando y qué medidas va a tomar.
Es inaceptable que cada vez que un ministro comparece —siempre de forma atropellada, en los pasillos del Congreso o en la entrada o salida de un acto público— se limite a contestar que es la justicia la encargada de tomar las medidas pertinentes.
Hemos dicho en numerosas ocasiones que el Gobierno no podía esconderse detrás de la justicia ante una crisis de esta magnitud. A estas alturas del conflicto, es inadmisible que el presidente y sus ministros sigan sin dar la cara ante el país.
Todo lo que se ha hecho hasta ahora para frenar el referéndum ilegal de 1 de octubre ha sido de índole judicial y ha estado en manos de jueces, fiscales y guardias civiles. La única implicación directa de un miembro del Gabinete ha sido casi de carácter técnico, la del ministro de Hacienda. Eso es todo. Hace una semana de la última comparecencia de Mariano Rajoy. Ni siquiera el portavoz del Gobierno actúa como tal.
¿De verdad el Gobierno no tiene nada que decirle a los ciudadanos, a los catalanes y a los no catalanes? ¿No es necesario explicar las medidas coercitivas impuestas por la justicia? ¿No se siente obligado a asumir la responsabilidad de esas medidas? ¿No hay un proyecto que defender, un plan que exponer, una política que impulsar?
Lo peor de todo es que empezamos a sospechar que, efectivamente, ninguna de esas cosas existen, y que se confía únicamente en que la Guardia Civil sea capaz de abortar el referéndum, y el problema se vaya diluyendo después por sí solo. Por no tener, el Gobierno no tiene ni un relato propio, frente al insidioso y falso —pero hábil y reiterado— relato de los independentistas.
Quedan cuatro días para el 1 de octubre. Ya es muy tarde para que el Gobierno esté a la altura del momento histórico que vivimos. Es tarde también para contrarrestar con la política correcta el infame proceder del independentismo. Estamos a tiempo, sin embargo, de que se ponga al frente de la situación: que comparezca ante la nación y le ofrezca las garantías y esperanzas que ésta reclama. No valdrá ya para evitar el 1-O, pero podría servir aún para tratar de enfilar en mejores condiciones las decisiones políticas que sin duda serán necesarias inmediatamente después.

                                                                                             EDITORIAL de EL PAÍS

 

LOS CATALANES MARGINADOS DE CATALUÑA ... Y DE ESPAÑA

La voz de los nacionalistas es prácticamente la única que se escucha. Su intensa y larga estrategia de hacerse con todos los resortes del poder y de la comunicación ha logrado que su discurso sea el único aceptable en la calle.

Los catalanes marginados de Cataluña… y de España.

En todo este follón de Cataluña se destaca siempre que los independentistas no llegan a la mitad de los votantes. Que su mayoría absoluta en el Parlament no se corresponde con el porcentaje de voto (47,7%) que obtuvieron en unas elecciones que ellos mismos tildaban de plebiscitarias. Que ser superados por los votantes no independentistas (50,62%), pese a la enorme participación (77%) y a una movilización no menos grande de los partidarios de la secesión, fue un fracaso en toda regla que tratan de tapar ahora con prisas.

Sin embargo, la voz de los nacionalistas es prácticamente la única que se escucha. Su intensa y larga estrategia de hacerse con todos los resortes del poder y de la comunicación ha logrado que su discurso sea el único aceptable en la calle y, lógicamente, el único audible.

La presión social es muy grande. Un dirigente del Partido Popular catalán protestaba hace unos días: “nos van a linchar”, resumiendo el acoso que los soberanistas han desplegado contra su partido

Sin duda la presión social es muy grande. Un dirigente del Partido Popular catalán protestaba hace unos días: “nos van a linchar”, resumiendo el acoso que los soberanistas han desplegado contra su partido y sus militantes. Los alcaldes del PSC han denunciado las amenazas que sufren y varias sedes socialistas han aparecido pintarrajeadas, lo mismo que la tienda de los padres de Albert Rivera. No debe extrañar que esa mayoría de catalanes que no quieren irse de España se mantenga en silencio y solo hable en privado, salvo honrosas excepciones.

A nadie puede exigírsele que sea un héroe y es muy comprensible que quienes se saben en contra de la corriente que acapara ahora las calles se refugien en un prudente silencio. Levantar la voz con toda seguridad les dará problemas en su entorno inmediato y nada les garantiza que vaya a suponerles ventaja alguna a posteriori. Y ahí está la clave.

Han podido ver cómo año tras año, Gobierno tras Gobierno, a derecha e izquierda, el resto de España compraba el discurso de Pujol y daba por bueno que los suyos hablasen en nombre de “los catalanes” 

A los catalanes no nacionalistas seguramente les cabe la sospecha razonable de que, cuando todo esto se solucione, los nuevos interlocutores catalanes con el resto de políticos españoles no serán ellos sino que serán, como siempre, los dirigentes nacionalistas que entonces queden. Saben que no son parte de la clase dirigente de su tierra y, sobre todo, que así se ha admitido en el resto de España. Saben que son mayoría seguramente, pero una mayoría a la que los nacionalistas desprecian y el resto de españoles no escucha.

Han podido ver cómo año tras año, Gobierno tras Gobierno, a derecha e izquierda, el resto de España compraba el discurso de Pujol y daba por bueno que los suyos hablasen en nombre de “los catalanes”. Me resulta obvio porque igual pasaba con los vascos que no comulgábamos con el nacionalismo, que soportábamos con decepción que en el Congreso se llamase “Grupo Vasco” al del PNV, aun cuando hubiera más diputados vascos en la cámara de otros partidos que del jeltzale. Pero esos otros no eran “vascos del todo”, eran vascos “a medias”.
El gran éxito del independentismo es que pensemos que los no nacionalistas son españoles trasladados, que no se puede ser catalanista y español

Ver con qué facilidad se compraba en Madrid el relato nacionalista era desolador para un vasco como yo y supongo que también lo será para un catalán no independentista. Desolador pero instructivo. Esa sensación de no ser tenidos en cuenta, de no importar, es lo que mueve al silencio. ¡Los nacionalistas son los que mandan en tu tierra y los únicos que nos importan en Madrid, tú no te metas en líos! Esa es la lección que han recibido estos catalanes silenciosos, marginados por ambos lados. En Euskadi conocemos bien esa sensación, aunque debo reconocer que a los vascos no nacionalistas al menos nos quedaba el consuelo de sentir en el resto de España un afecto que no veo que se ofrezca a los catalanes a los que ahora apelamos.

El gran éxito del independentismo es que pensemos que los no nacionalistas son españoles trasladados, que no se puede ser catalanista y español, que todos ellos han de sentirse españoles de idéntica forma y que, en fin, no deberían hablar “tanto catalán”. La asombrosa e irresponsable alimentación de ese discurso tóxico que tanto gusta a los independentistas, hace sospechar que estos tendrían sedes abiertas en muchas emisoras, en muchos taxis y en muchas barras de bar de Madrid. 
En demasiadas. Porque lo que consigue es, justamente, alejar a los catalanes más prudentes, que son los que más queremos y los que más falta hacen. Sentirse un poco más escuchados y también un poco más queridos es lo que necesita esa mayoría de catalanes para empezar a ser cada día menos silenciosa.


                                                                               CARLOS GOROSTIZA  Vía VOZ PÓPULI

LA LIBERTAD Y LA OBJECIÓN DE CONCIENCIA

"Los defensores del Nuevo Orden Mundial están consiguiendo con su ideología de género éxitos espectaculares y espeluznantes. En nombre de lo políticamente correcto están logrando a nivel mundial imponernos su ideología, en la que los conceptos Bien y Mal, Verdad y Mentira desaparecen."



Pedro Trevijano


No estamos en tiempos fáciles. En España hay dos leyes en vigor y una tercera en camino ante las que un católico no puede permanecer indiferente, sino que ha de hacer uso de la objeción de conciencia. Ne refiero, como Vds, se pueden suponer a la "Ley Orgánica 2/2010, de 3 de marzo, de salud sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo”, más conocida como la Ley del Aborto, y a la Ley Orgánica 11/2015, de 21 de septiembre, que es tan solo una modificación mínima de la Ley anterior, leyes éstas que defienden no sólo el aborto como un derecho, sino también la ideología de género. La Ley en camino se titula “Proposición de Ley contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales, y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales”, y por supuesto hace referencia a la ideología de género.

Los defensores del Nuevo Orden Mundial están consiguiendo con su ideología de género éxitos espectaculares y espeluznantes. En nombre de lo políticamente correcto están logrando a nivel mundial imponernos su ideología, en la que los conceptos Bien y Mal, Verdad y Mentira desaparecen, siendo el objetivo final la destrucción del matrimonio, de la familia, de la religión y el total libertinaje sexual.

Ante esto ¿cuál debe ser la actitud de los católicos? Ante los ataques contra la Familia y la Religión, la Declaración Dignitatis Humanae del Concilio, nos decía:

“La libertad religiosa de la familia. 5. Cada familia, en cuanto sociedad que goza de un derecho propio y primordial, tiene derecho a ordenar libremente su vida religiosa doméstica bajo la dirección de los padres. A éstos corresponde el derecho de determinar la forma de educación religiosa que se ha de dar a sus hijos, según sus propias convicciones religiosas. Así, pues, la autoridad civil debe reconocer el derecho de los padres a elegir con verdadera libertad las escuelas u otros medios de educación, sin imponerles ni directa ni indirectamente gravámenes injustos por esta libertad de elección. Se violan, además, los derechos de los padres, si se obliga a los hijos a asistir a lecciones escolares que no corresponden a la persuasión religiosa de los padres, o si se impone un único sistema de educación del que se excluye totalmente la formación religiosa”.

El libro de Hechos de los Apóstoles afirma que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres” (5,29 y 4,19), y por ello el seguimiento de la propia conciencia es un deber moral y religioso, que en el plano civil se fundamenta en el artículo 18 de la Declaración de Derechos Humanos: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”. Es decir, la libertad de conciencia es un derecho humano fundamental, aun desde el punto de vista civil.

No olvidemos además que la conciencia individual es la instancia suprema de moralidad subjetiva o de licitud, por lo que puede suceder y de hecho sucede que surjan conflictos entre las leyes generales del Estado y la conciencia de sus ciudadanos, siendo la objeción de conciencia la reacción de la conciencia moral ante la ley que se estima injusta o perniciosa. La moral católica reconoce el derecho y el deber por parte del sujeto individual de desobedecer aquellas leyes que no estén de acuerdo con el recto orden moral. Los mártires nos muestran con su ejemplo que el seguimiento de la propia conciencia prima sobre la obediencia a una legalidad que puede ser muy legal, pero es fundamentalmente injusta.

Pero la obediencia a la propia conciencia tiene dos límites. Por una parte, se trata de obedecer a lo que considero el recto orden moral, es decir no se trata de hacer lo que a mí me da la gana, mi capricho, sino lo que considero justo y verdadero objetivamente. Por otra parte, el Concilio me recuerda que debo actuar “dentro de los límites debidos” (Dignitatis Humanae nº 2). Se viola la libertad de conciencia cuando la invocación a la conciencia es una excusa para quitarse de en medio obligaciones básicas. La libertad no es sólo “mi” libertad, sino que ella es también y siempre “la libertad de los otros”. Dentro del orden moral y jurídico no sólo tengo derechos, sino también deberes. No se puede reivindicar la libertad de conciencia para encubrir el terrorismo, el asesinato, el abuso de menores, la violación, el comercio con drogas, en pocas palabras, para hacer el mal. Nuestra conciencia, por tanto, nos empuja hacia una libertad responsable, en la que debemos procurar traducir en una vida de fe nuestras convicciones de fe.

Ahora bien si el actuar contra la propia conciencia está mal, es mucho peor obligar a otro a actuar contra su conciencia. San Juan XXIII, en el Catecismo Joven de la Iglesia Católica, nos dice. “Hacer violencia a la conciencia de la persona es herirla gravemente, dar el golpe más doloroso a su dignidad. En cierto sentido es más grave que matarla” (nº 297). Y Jesucristo en el evangelio de San Mateo afirma: “No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No; temed al que puede llevar a la perdición alma y cuerpo” (
Mt 10,28).



                                                                   PEDRO TREVIJANO  Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

Rajoy amenaza al PNV con no mejorarle el cupo... y al PSOE con un adelanto electoral

La prórroga automática de las cuentas de este ejercicio a partir del 1 de enero paralizaría la mejora de la financiación incluia en la renovación del concierto e inversiones en la Y vasca


El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Reuters)

Agobiado ante el desmarque del PNV —por el 1-O— de los pactos presupuestarios, el Gobierno ha decidido aplazar la presentación de las cuentas del Estado para 2018 con la consiguiente amenaza de paralizar la aplicación de las mejoras financieras incluidas en la aplicación del concierto y las inversiones en el AVE vasco pendientes para el siguiente ejercicio. El resto de los gobiernos autonómicos se arriesgan a los mismos problemas, al quedarse sin nuevo modelo de financiación y sin los aumentos de plantillas y subidas salariales prometidas. Además, con la prórroga presupuestaria en vigor a partir del 1 de enero de 2018, la legislatura tendría fecha tope de caducidad en Navidad, con adelanto electoral obligado para principios de 2019, en coincidencia con los comicios autonómicos en Andalucía.

Mariano Rajoy vuelve a probar con la misma táctica que siguió para sacar adelante los Presupuestos de este año: llevar la negociación hasta el límite en todos los plazos, guardar el secreto de los pactos con el PNV hasta el último minuto y lanzar el mensaje de que sin cuentas se acaba la legislatura. Pero esta vez, los nacionalistas vascos, al menos los responsables del aparato y el grupo parlamentario, están tan preocupados en apoyar a los independentistas catalanes y en atacar al Gobierno que el acuerdo se presenta imposible de momento.

Fuentes gubernamentales insisten en que el Ejecutivo no puede añadir a su debilidad parlamentaria general (137 escaños) y a la responsabilidad de parar el golpe separatista en Cataluña el verse abocado el próximo trimestre a una derrota por la devolución de los Presupuestos. "Hasta que los apoyos no estén garantizados, no habrá proyecto", repite el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro.



El Gobierno pretendía en un principio aprobar el proyecto este viernes, aunque no presentara su contenido en el Congreso hasta la semana siguiente. Ahora descarta cumplir con el precepto constitucional de llevar las cuentas a la Cámara antes del 1 de octubre, se compromete a seguir buscando apoyos en las próximas semanas, pero también destaca que la prórroga de los vigentes sería automática el 1 de enero de 2018 y que no habría ningún vacío.

Al mismo tiempo que confirmaba el retraso en el calendario de legislatura fijado por el propio Ejecutivo, Montoro dijo que mantenía la esperanza de recuperar la marcha de las negociaciones en un futuro inmediato, e incluso invitó al PSOE a entrar en ellas. Era un guiño al partido de Pedro Sánchez y también a los presidentes de los gobiernos autonómicos socialistas, ya que las cuentas contienen "oferta de empleo público y subidas salariales".



Fuentes de Hacienda recuerdan que de la entrada en vigor del proyecto de Presupuestos —ya comprometido con Ciudadanos y apalabrado con el Gobierno vasco— dependen toda la aplicación del pacto sobre el concierto cerrado este año con el PNV, las inversiones en la Y vasca y la reforma del sistema de financiación autonómico que se debe aplicar al resto de comunidades a partir del próximo ejercicio.

Si el PNV se anima a reactivar sus relaciones presupuestarias con el Gobierno durante octubre y las cuentas pasaran ya por el Consejo de Ministros, en el Congreso y el Senado todavía se podrían acortar algo los plazos de los trámites parlamentarios para que entraran en vigor en enero. De lo contrario, llegaría la prórroga automática y en manos de Mariano Rajoy quedaría la decisión de perseverar en el intento durante 2018 o esperar a que se agotara el ejercicio mientras baraja la fecha para un adelanto electoral inevitable a partir de final de año.


                                                                           ÁNGEL COLLADO  Vía EL CONFIDENCIAL

EL VÉRTIGO DEL 1-O: EL REFERÉNDUM YA ES LA INDEPENDENCIA

La celebración efectiva de la votación —incluso de un remedo de ella— privaría de autoridad no solo al Gobierno sino a todas las instituciones del Estado





Mariano Rajoy arriesgó mucho al anunciar con solemnidad que el 1 de octubre no habrá un referéndum en Cataluña. Una afirmación que hoy mantiene sin matices. Cuando eso lo dice un presidente del Gobierno, no estamos ante un pronóstico ni ante una expresión de voluntad, sino ante un compromiso formal e indeclinable. La apuesta es elevadísima, porque ello le obliga no solo a desautorizarlo jurídicamente, sino a impedirlo físicamente.

Cuando enfrente tienes una formidable maquinaria institucional, respaldada por una parte muy importante de la población, dispuesta a confrontar su poder con el tuyo y derrotarte sobre el terreno —su terreno— violando todas las reglas del juego, la situación puede tornarse vertiginosamente dramática.




Pero el compromiso se ha hecho aún mayor cuando todos los poderes e instituciones del Estado se han involucrado activamente en la tarea de frenar el referéndum. Desde las fuerzas políticas leales a la Constitución hasta el Tribunal Constitucional, desde el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña a los jueces de instrucción que investigan causas penales, desde la Fiscalía en todos sus niveles a los cuerpos de policía, desde el Ministerio de Hacienda al Tribunal de Cuentas: todos han sido beligerantes ante este desafío a la legalidad constitucional.

Esto significa que la celebración efectiva de la votación —incluso de un remedo de ella— privaría de autoridad no solo al Gobierno, sino a todas la instituciones del Estado. ¿Qué deberían hacer los magistrados del Tribunal Constitucional al comprobar que sus reiteradas sentencias unánimes prohibiendo el referéndum quedaron en papel mojado? ¿Cómo se sentirían los jueces y fiscales de Cataluña que se han jugado hasta el físico por defender la ley? ¿En qué lugar quedarían la policía y la guardia civil después del enorme despliegue de estos días?

A un lado, un Gobierno autonómico insurrecto, aliado con una organización revolucionaria. Al otro, el aparato del Estado democrático al completo

A un lado, un Gobierno autonómico insurrecto, aliado con una organización revolucionaria. Al otro, el aparato del Estado democrático al completo. En medio, la vigencia de la Constitución en todo el territorio español. En estas condiciones, ni siquiera una apariencia de empate es admisible.

Lo que tenemos delante ya no es una contienda legal o política. Ni siquiera un asunto de autoridad, sino de desnudo poder físico. Ya no se discute quién tiene la razón o quién está del lado de la ley, sino únicamente quién impone materialmente su voluntad en la jornada del domingo. Y desde Maquiavelo sabemos que la batalla del poder es la única que un Estado no puede perder sin renunciar a su esencia.

Según parece, todo el tomate está en el control de los locales destinados a la votación. La estrategia de la Generalitat y sus aliados es clara: ocupar preventivamente los colegios electorales mediante escudos humanos que disuadan la acción policial, para asegurarse de que se abren y se mantienen abiertos durante toda la jornada.

Lo ha explicado la CUP y lo explicó también Puigdemont en La Sexta: si cuando lleguen los Mossos a requisar las urnas se encuentran ante una multitud, el deber de no provocar un grave altercado de orden público primará sobre el de obedecer las órdenes del fiscal. Se trata de formar piquetes de activistas dispuestos a todo y presentarlos como pacíficas colas de ciudadanos esperando para votar.
Con ello se lograría un doble objetivo: por una parte, transmitir la impresión de una participación masiva en la votación. Por otra, proporcionar a Trapero la coartada que necesita para desobedecer haciendo como que obedece. El hecho de que los 5.000 puntos habituales de votación se hayan reducido a 2.000 ayuda operativamente a tal propósito.




Da igual que las urnas sean de cartón y las papeletas de mentira. Si se consigue que las televisiones muestren imágenes de colegios electorales abiertos y abarrotados de gente por fuera y por dentro, lo demás es coser y cantar. A falta de una autoridad electoral que vigile la limpieza de la votación, con las mesas formadas exclusivamente por independentistas —ya se ocuparán de enviar a primera hora a militantes de toda confianza para que las ocupen— y sin interventores de la oposición, el resultado que se haga figurar en las actas será el que les dé la gana. El 'conseller' de Interior saldrá por la noche proclamando el resultado que más le convenga (incluso engordando los votos del no para que el traje quede más presentable) y nadie podrá desmentirle con pruebas. El pucherazo estará consumado, y también la derrota del Estado.

A partir de ahí, la posterior declaración de independencia pasaría a ser una mera formalidad, porque no hay mayor prueba de independencia que demostrar en la práctica que el Estado, con toda su cohorte de legisladores, jueces, fiscales y policías, carece de fuerza en ese territorio para hacer cumplir la ley.

Durante el fin de semana asistiremos a una carrera entre los activistas y la policía por llegar antes. Es de temer que los Mossos sigan arrastrando los pies

La orden del fiscal de precintar los colegios demuestra que sabe muy bien que ahí es donde se juega todo. Durante el fin de semana, asistiremos a una carrera entre los activistas y la policía por llegar antes. Es de temer que los Mossos sigan arrastrando los pies, pero el Gobierno aún no ha agotado su arsenal de medidas y aún queda al menos un Consejo de Ministros.

Coincido con quienes insisten en que una hipotética solución al conflicto de Cataluña solo puede venir de la política. Pero antes hay que crear la condiciones para que la política pueda operar, y esas condiciones no se dan ni se van a dar de aquí al domingo. Quizá todo podría haber sido de otra manera, pero hemos llegado a este punto y no sirve de nada ignorarlo. Como también nos enseñó el genio florentino, “no se puede evitar la batalla cuando el enemigo quiere darla de todo en todo”.

Para que a partir del lunes el Estado pueda negociar con Cataluña, primero tiene que seguir siéndolo, y demostrarlo el domingo. El mundo estará atento a ello. Por decirlo en lenguaje tenístico, lo del día 1 no es un punto de set, sino de partido. Si lo gana el Estado, continúa el partido. Si no, 'game over'.


                                                                               IGNACIO VARELA  Vía EL CONFIDENCIAL