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lunes, 27 de noviembre de 2017

EL GRAN RETO DEL FME

Bruselas propone un fondo que afiance el euro y un ministro de Hacienda común

 

Mario Draghi.  (REUTERS)


La Comisión Europea presentará en las próximas horas un detallado plan de un Fondo Monetario Europeo (FME), que a imagen del FMI sirva para el rescate de países en crisis; reconduzca sus sistemas bancarios sin coste público y apoye a una futura hucha presupuestaria capaz de atajar los problemas que afectan más a unos socios que a otros (los llamados shocks asimétricos).
Ese proyecto, que hoy desvela EL PAÍS, se acompaña de otro de corte institucional que diseña la figura del futuro ministro de Hacienda europeo, para unir en su figura las funciones de dirección económica de la eurozona y de la UE, hoy dispersas entre la vicepresidencia de la Comisión y las presidencias del Eurogrupo y del Mecanismo de Estabilización Financiera (el fondo de rescate).
El doble plan es una cuestión trascendental para la UE, porque supone poner el hilo en la aguja de un reto clave: la culminación de la unión económica y monetaria. Sus insuficiencias estructurales estuvieron a punto de no poder evitar la catástrofe del euro cuando la Gran Recesión desencadenada en 2008/2009 se hizo profunda y reverberó en 2011/2012.

El momento para discutir este proyecto es el adecuado, porque el debate de los papeles previos ha sido amplio en las instituciones, de la Eurocámara al Eurogrupo, en algunos Parlamentos nacionales (no así en el Congreso de los Diputados), entre los expertos, los comités económicos y sociales, sindicatos y patronales y círculos universitarios. No contiene, pues, ensoñaciones en el vacío.
También es oportuno políticamente. Responde en ese ámbito a un triple envite. Primero, al de las propias instituciones comunitarias, que vienen madurando las ideas subyacentes desde hace un lustro. Segundo, a la necesidad de tener un ambicioso horizonte de política económica a medio plazo que contrarreste los regresivos planteamientos nacionalistas-populistas, de momento contenidos en las distintas convocatorias electorales de 2017, pero demasiado vitaminados. Y tercero, a la urgencia de reforzar los vínculos de la locomotora germanofrancesa en unos instantes muy delicados.
En efecto, por un lado, el presidente francés, Emmanuel Macron, ha hecho de la defensa de una mayor integración económica y política su bandera: y eso es parte sustancial de lo mejor de la misma, que compensa otros errores de política doméstica. Consolidar la expectativa de un avance europeísta es también una buena receta para asegurar una regeneración de Francia y un nuevo papel reequilibrador en el conjunto de la Unión.
Por otro, convienen ideas claras, aunque puedan resultar polémicas para algunos, que despejen la espesa complejidad de los escarceos para una alianza gubernamental en Alemania. Y que refuercen los flancos hoy más europeístas de su abanico electoral, el cristianodemócrata y el socialdemócrata.
Entre las virtudes de los proyectos ultimados por Bruselas destaca que pergeñan un punto de encuentro viable entre las ambiciosas necesidades de Francia y el pragmático realismo alemán. Un cruce en el que España debe sentirse necesariamente cómoda.
                                                                                    EDITORIAL de EL PAÍS




 

EL ORIGEN DEL MAL CATALÁN

El catalanismo es el Mal. Sí, con mayúscula.




Lo primero que procede hacer si se quiere resolver un problema es leer con suma atención el enunciado. Si no se obra de ese modo, se correrá el riesgo de dar con la respuesta correcta a la pregunta equivocada. Sin ir más lejos, eso es lo que le pasa al Madrid con mando en plaza cada vez que ya no le queda más remedio que sacar la cabeza de debajo del ala y mirar de frente el problema catalán. Y es que el Madrid de los despachos oficiales no ha sabido leer nunca el genuino enunciado de la querella catalana. De ahí que siempre se le ocurran soluciones para el problema que no es.

Porque en Madrid creen, y desde siempre, que el problema es el separatismo. Pero resulta que el problema, el verdadero problema, no es el separatismo. El separatismo, como la fiebre y los vómitos en los pacientes aquejados de muy graves patologías orgánicas, supone apenas el síntoma externo de una afección más profunda. Virulento y estridente, sí, pero solo síntoma. Bien al contrario, el origen del mal, la fuente primera de todas las desgracias que Cataluña proyecta sobre sí misma y por extensión sobre el resto de España, remite a algo que en la capital se tiende a considerar, aun sin saber muy bien de qué se trata en realidad, como algo en el fondo inofensivo. Porque la fuente germinal del mal es el catalanismo. El catalanismo, ese peaje obligatorio que todo el mundo tiene que pagar si quiere que su presencia en la vida política de las cuatro provincias sea aceptada como legítima a ojos de las fuerzas vivas de la plaza.

A fin de cuentas, el separatismo nunca ha logrado ser mayoritario. Nunca, ahora tampoco. Sin embargo, el catalanismo constituye una indiscutida fuente doctrinal compartida no sólo por los partidos separatistas, sino por todos los demás. Un todos que incluso alcanza, si bien con acusados matices, al actual Ciudadanos y a la delegación local del Partido Popular. Y lo que de entrada conviene saber sobre esa ideología política, la del llamado catalanismo, es que es justamente eso: una ideología política. No hablamos de ningún sentimiento espontáneo, de afectos particularmente intensos y exaltados hacia el terruño. Olvídese de una vez esa confusión interesada que siempre pugnan por traer a colación los nacionalistas. El catalanismo es una ideología, la transversal, hegemónica e indiscutida hoy en Cataluña, que se asienta, y desde hace ya más de cien años, sobre dos pilares básicos. El primero, obra de Valentí Almirall, parte de distorsionar los principios conceptuales del federalismo para reformularlo hasta hacerlo del todo irreconocible. Pues pasaría a ser concebido no como lo que es, un pacto entre los individuos que son titulares de la soberanía de una nación, sino como un acuerdo suscrito por los distintos territorios donde esas personas habitan. Por los territorios, no por las personas.

Así, cuando Miquel Iceta o Xavier Domènech hablan de suscribir un "nuevo pacto" constitucional entre Cataluña y España es la jerga falsaria de Almirall lo que asoma a sus labios. El segundo rasgo nodal de esa doctrina, otra edulcorada fórmula retórica para encubrir un pensamiento profundamente antieuropeo, antiliberal y reaccionario, es la apelación al famoso "hecho diferencial". El catalanismo es en gran medida un interminable ejercicio de onanismo teórico en torno a esa obviedad de Perogrullo, la de las acusadas peculiaridades locales que todo viajero que cruce la península podrá observar a su paso. Una simpleza que, al haber sido transformada en obsesión crónica por los doctrinarios catalanistas, pone hoy en grave riesgo la aplicación de los principios del Estado liberal y democrático en ese territorio. En la medida en que esos principios se basan en la libertad de las personas y en la no interferencia de los poderes públicos para tratar determinar o condicionar su sentimiento de identidad individual. Pues en las democracias liberales de Europa, a diferencia de lo que sucede en la Cataluña actual, la única obligación de un miembro de la polis es cumplir las leyes. Cumplir las leyes, punto. En ningún caso asimilarse, integrarse, alinearse, diluirse, normalizarse o evaporarse. El catalanismo es el Mal. Sí, con mayúscula.


                                                               JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ   Vía LIBERTAD DIGITAL

CATALUÑA YA TIENE UN LÍDER DE EXTREMA DERECHA

Carles Puigdemont, en Bruselas /Europa Press


La última ocurrencia del cesado President de la Generalitat, Carles Puigdemont, es la de anunciar un referéndum acerca de la pertenencia o no en la Unión Europea de una Cataluña hipotéticamente independiente. La misma tesis que la extrema derecha europea e sus respectivos países.

“Europa, ese nido de masones”


La cita es de Francisco Franco, a propósito de lo que se denominó Contubernio de Múnich. El franquismo y, por extensión, la derecha dura en la transición, siempre vieron a Europa y sus instituciones como algo emanado del famoso complot judeo masónico. Que bastantes de los líderes europeos hayan pertenecido o pertenezcan en la actualidad a la masonería es algo innegable. Recordemos, por importantes, a Willy Brandt, Sandro Pertini o François Mitterrand para no aburrir al lector con un lista larga y farragosa

Franco odiaba – los motivos serían prolijos de explicar, porque tanto su padre como sus dos hermanos, Ramón y Nicolás, vistieron el mandil masónico – a la masonería, lo que condujo a que muchos masones reales y muchos otros acusados de pertenecer a ella sin serlo, acabasen asesinados contra la tapia de cualquier cementerio, en la cárcel, apartados de sus trabajos, de su ciudad, de su familia, incluso de su patria. Aquellos sí fueron presos políticos, ya que sale el tema.La extrema derecha europea, en laque parece hallarse cómodamente instalado Carles Puigdemont a juzga por sus amistades ultras en Flandes o en Venecia, por vía de ejemplo, sostiene desde hace décadas las declaraciones que el cesado ha hecho a un medio de comunicación. Dice que deberá celebrarse un referéndum entre los catalanes para decidir si se permanece o no en el seno de la Unión europea, a la que califica como, y citamos literalmente, “Un club de países decadentes, obsolescentes, en el que mandan unos pocos, además muy ligados a intereses económicos cada vez más discutibles”.

“Un club de países decadentes, obsolescentes, en el que mandan unos pocos, además muy ligados a intereses económicos cada vez más discutibles”.
Estamos ante una idea que comparten los dos extremos del arco ideológico, porque anti europeístas en grado sumo también son los populismos de la mal llamada izquierda, como Podemos en el conjunto de España o las CUP en el caso de Cataluña. Esa Europa encarnada en la Unión, manipulada por banqueros desaprensivos, burócratas al servicio de las logias más siniestras y dominada por el capital judío, según dicen – no hay nada más antisemita que las CUP y Podemos - es igualmente odiada por extremistas de derecha que por los de izquierda.

Puigdemont se ha sumergido en ese barrizal al manifestarse en contra de lo único que ha mantenido a Europa sin un conflicto armado general, al margen de los localizados, que, no por horribles, pueden entenderse como el horror que desató la maldita II Guerra Mundial. Es un lugar peligroso, porque el camino que señala solo puede acabar en la tesis final de que los estados han de ser fuertes, aislados, con leyes duras, gobernados con mano de hierro y de manera totalitaria. Así se opina ahora en Hungría, por ejemplo, y así opina el Front National, Alternativa por Alemania, Amanecer Dorado o incluso el UKIP británico, que ha sabido meter en un lío épico al Reino Unido – por culpa del tonto de Cameron – con el Brexit que, se diga lo que se diga, es lo más antidemocrático que han hecho en Inglaterra en décadas.
El discurso contra la UE es, básicamente, un discurso anti parlamentario, anti democrático y que va a destrozar todo lo que sustenta nuestro sistema de vida occidental
Sabe Puigdemont, que se halla completamente instalado en la más absoluta radicalidad, que el antieuropeismo vende entre los jóvenes y los más desencantados socialmente. Debería saber, empero, si no lo sabe, que en ese establo de Augias deberá convivir con algunos de los animales más peligrosos en política. El discurso contra la UE es, básicamente, un discurso anti parlamentario, anti democrático y que va a destrozar todo lo que sustenta nuestro sistema de vida occidental. Rompe, además, con la tradición europeísta del nacionalismo catalán que, desde Jordi Pujol, intentó buscar ejemplos y complicidades en el seno de Europa. Recuerde el cesado como el propio Pujol fue presidente de la Europa de las Regiones, organismo dependiente de la entonces Comunidad europea.

Claro que no parece del todo ilógico que alguien como los independentistas radicalizados abominen de un marco supraestatal democrático. Porque no son demócratas.

Rompiendo las reglas democráticas


Cuando el NSDAP entró en el Reichstag, Joseph Goebbels lo dijo claramente: “Entramos aquí como lobos entre los corderos, porque nuestra finalidad es abolir el parlamentarismo burgués y el sistema de representación por partidos políticos”. Les deben sonar palabras como “lista única”, “mandato del pueblo”, “mártires por la causa”, “encarcelados por sus ideas”, “parlamentarismo burgués alejado del pueblo”, “dictadura de la masonería financiera” o “nuestra patria tiene derecho a decidir”. Las decían los nazis refiriéndose a referéndums varios y variopintos que convocaban siempre para ganar, a leyes que rompían la constitución de Weimar - la más moderna de la época - para hacer piña alrededor del Fhürer, en fin, para aceptar el Fhürerprinzip, que exigía acatar obediencia a lo que dijera o hiciese el líder. Sin discrepancias. Sin respetar a las minorías. Sin respetar las leyes. Muchas de estas frases las habrán escuchado en boca de los dirigentes afines al cesado Puigdemont.

¿Qué diría un anti demócrata al ver lo sucedido en el Parlament catalán este pasado mes de septiembre, cuando se aprobó forzando toda legalidad – incluso la catalana – la ley de transitoriedad para la república? ¿Qué diría si el famoso mandato popular se sustentase tan solo en manifestaciones organizadas por asociaciones pagadas por el propio Govern y por un referéndum totalmente ilegal y sin garantías? ¿Qué diría de proclamar un nuevo régimen con la mitad del parlamento ausentándose y sin mayoría de votos en las urnas? ¿Estaría o no de acuerdo con el uso partidario hasta extremos vomitivos de los medios de comunicación públicos? ¿Y de la instrumentalización de escuelas y funcionarios?


Es un cuestionario puramente retórico. Cualquier fascista estaría encantado. Pues esas cosas son las que han hecho justamente Puigdemont con su ex Govern, las cosas que han jaleado, aprobado y festejado Junts pel Sí y las CUP, las cosas que han vociferado en manifestaciones los acólitos del proceso. Si les importa un pito romper leyes iguales para todos en beneficio suyo, ¿por qué no les ha de importar romper Europa? ¿Qué problema pueden tener en mentir, en deformar la realidad, en vender humo, si sus valores son totalitarios, desprecian cualquier norma vinculada a la decencia y a la normalidad democrática? ¿Alguien puede extrañarse de que se inventen heridos, violadas, violencias, incluso hipotéticos muertos? Claro que no.

Temen a la luz de la verdad, que no puede ser otra más que la de la razón, porque esa luz desvela sus patrañas, sus miserias y sus enormes yerros. Ellos pretenden acaparar el discurso de la libertad, la democracia, la honradez, la pureza, pero lo cierto es que representan a uno de los partidos más corruptos en la historia de Europa y al totalitarismo más corrosivo y rabioso. Son puro fascismo y ahora, abominando de la UE, lo confirman una vez más. No les interesa nada ni nadie que lo les dé la razón. Por eso a Puigdemont no le acomodó jamás ir al Senado a explicarse, o a las reuniones con otros presidentes autonómicos. Por eso cercenó a la oposición modificando reglamentos y leyes para impedirles debatir sus locos proyectos. Lo suyo es tuitear, conceder entrevistas con cuestionarios pactados y que le jaleen, que le alabe, que lo invistan como líder.

Fascismo. Puro y duro. Y al fascismo no le gusta nada que sea mínimamente libre. Felicidades, Cataluña. Ya tienes un líder de extrema derecha.


                                                                      MIQUEL GIMÉNEZ     Vía VOZ PÓPULI

Junqueras no tiene un problema sino tres: Puigdemont, Rovira y las encuestas

El quilombo está montado. Crisis de fe o ataque de celos. Llámenlo como quieran, pero lo cierto es que este triángulo da para un guion de Vicente Aranda


Oriol Junqueras. (EFE)


Junqueras es lo peor que le ha podido pasar a este Govern”. Esta frase se pudo escuchar en el Majestic de Barcelona, hotel cuyo simbolismo resulta hoy anacrónico, y su autoría pertenece a un 'exconseller' de Puigdemont. No se esfuercen en adivinar el nombre del susodicho. Elijan cualesquiera, acertarán.

Hay unanimidad en la cúpula de JxCAT, PDeCAT, Convergència o como quiera se denomine, en que el líder de ERC es un arcano imposible de descodificar, un político sin más agenda que la suya propia, un mesías convencido de que en algún lugar recóndito de Cataluña hay escondido un Testamento apócrifo en el que está escrito que será el próximo 'president' de la Generalitat con la bendición de Dios Padre Todopoderoso.

Esta aureola da un punto de superioridad moral al líder republicano. Cuando negociaba con el Gobierno de Madrid, lo hacía acompañado del Espíritu Santo. O así lo entendían sus interlocutores cuando, entre inversiones y partidas presupuestarias, Junqueras requería al Ejecutivo que solventara, vía FLA, la deuda de los hospitales vinculados a órdenes religiosas porque eso era lo que quería el Vaticano. Tenía el visto bueno del mismísimo papa Francisco.



Uno solo puede entender estos desvaríos por los excesos del obispo de Solsona, Xavier Novell, con el vino del Priorato en las eucaristías de los domingos. Un exceso que ha debido provocar que a Junqueras todavía le reverberen los taninos si atendemos a sus condescendientes declaraciones ante la jueza Lamela en las que, con tono de homilía de doce, negaba las acusaciones por rebelión y sedición ya que es “creyente y cualquier cosa relacionada con la violencia me parece fuera de lugar”.

Se olvida el republicano que los indicios apuntan de forma cada vez más clara y contundente a su persona, en los preparativos y organización tanto del referéndum ilegal del 1 de octubre como en el andamiaje para las estructuras de Estado. ‘Cosas veredes’.

Si ERC continúa bajando por culpa de Carles Puigdemont, podría ocurrir que Ciudadanos se convirtiera en la primera fuerza en Cataluña

Han pasado 25 días desde su ingreso en Estremera y al 'exvicepresident' ya le ha sobrevenido su primera crisis de fe. Todo porque aquellos que debían de llevarle en volandas hasta la presidencia del Palau de la Generalitat se han ido a adorar al becerro de oro de Bruselas mientras él permanece encerrado en prisión, y porque su secretaria general, su fiel y siempre dispuesta Marta Rovira, es la favorita para ocupar un sillón que le estaba reservado. La republicana se ha venido arriba y este fin de semana ya admitía en una entrevista en el diario 'Ara' que estaba dispuesta a asumir “las responsabilidades que hagan falta”.

El quilombo está montado. Crisis de fe o ataque de celos. Llámenlo como quieran, pero lo cierto es que el triángulo de Puigdemont, Junqueras y Rovira da para un guion de Vicente Aranda y todo hace presagiar un desenlace fatal como el de sus películas.

Puigdemont presentó en Brujas junto a 90 miembros de la lista de Junts per Catalunya su candidatura a la elecciones del 21 de diciembre. (EFE)
Puigdemont presentó en Brujas junto a 90 miembros de la lista de Junts per Catalunya su candidatura a la elecciones del 21 de diciembre. (EFE)

El primer capítulo de este drama se percibe en los porcentajes de las encuestas. Es cierto que la ‘lista del president’ que Puigdemont presentó el pasado sábado es una cosa un tanto ecléctica, por no decir exótica, con dificultades para desarrollar su actividad de forma coherente y coordinada tanto en campaña como fuera de ella, y que, como apuntaba Ignacio Varela, será un “engorro y un estorbo” tras los comicios, pero igual de cierto es que el invento está funcionando más que dignamente como reclamo electoral.

La encuesta de Metroscopia de este domingo apunta a que ERC obtendría el 26,5% y 39 diputados mientras que la ‘lista del president’ conseguiría el 13,6% y 21 escaños. Lo llamativo de estos números no radica en el hecho de que los republicanos vayan perdiendo fuelle y que JxCAT, heredera del PDeCAT, haya frenado su sangría de votos. Tampoco sorprenden los vasos comunicantes de Puigdemont y Junqueras, pues lo que sube uno es lo mismo que pierde el otro. Lo verdaderamente importante en este sondeo es el resultado que obtiene Ciudadanos, con el 25,3% de los votos y 35 diputados.

Si ERC continúa con su tendencia bajista por culpa de Puigdemont y, al mismo tiempo, Arrimadas prosigue en esta línea ascendente, podría ocurrir que Ciudadanos fuese la primera fuerza en Cataluña. En este supuesto, lejano todavía pero plausible, no es que quede enterrado el 'procés', es que habrá que decir adiós al soberanismo durante décadas.

Junqueras es el candidato más valorado pero, a tenor de la precampaña, está lejos de ser el que más adhesiones cosecha

Luego está la cuestión del fielato. Puede ser que Junqueras sea el candidato más valorado pero, a tenor de la evolución de la precampaña, está lejos de ser el que más adhesiones cosecha. Mandató a Rovira para que sondeara a Ernest Maragall, de Moviment d’Esquerres; a Albano-Dante Fachin, exlíder de Podem, e incluso a Jordi Turull y Josep Rull, 'exconsellers' hoy en prisión y militantes del PDeCAT, para incluirlos en la candidatura de ERC a las elecciones del 21-D. Solo obtuvo una respuesta afirmativa del primero. Del resto se llevó un sonoro portazo.

Ora porque Junqueras está maniatado en prisión, ora por representar un papel secundario en este vodevil, los guardianes del 'procés' parecen decantarse por Puigdemont. El 'expresident' ha logrado arrastrar a un amplio abanico de firmas —mucho transversal y poco PDeCAT— tales que el líder de la ANC, Jordi Sànchez; el exdirector de RAC1 Eduard Pujol; el periodista Martí Anglada; el sociólogo y escritor Salvador Cardús, y el profesor de ESADE Ángel Castiñeira, entre otros nombres conocidos del 'agitprop' secesionista.


Puigdemont se muestra eufórico. No paran de bailarle el agua los propios y los extraños. Incluso algunos republicanos, rivales en las urnas, le sonríen sus gracietas belgas como si formaran parte de un 'sketch' de 'Polònia', la serie cómica de TV3.

Llama la atención también el mordisco que le ha pegado a Òmnium Cultural, organización independentista próxima a ERC que en estos comicios había decidido, aparentemente, mantenerse neutral. Puigdemont ha incluido en su lista al expresidente de Òmnium Quim Torra i Pla, y a un vocal de esta asociación, Isidor Marí i Maians. Los acólitos de Junqueras no parecen tener problemas de conciencia a la hora de apostatar de sus orígenes.

Los acontecimientos no marchan bien para el líder republicano. Mientras por el día mata las horas escribiendo cartas a la prensa independentista, por las noches se lamenta entre barrotes de soledades y traiciones: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”.



                                                                           NACHO CARDERO   Vía EL CONFIDENCIAL

domingo, 26 de noviembre de 2017

NO ES CATALUÑA: EL PROBLEMA SIGUE SIENDO ESPAÑA

Las banderas española y catalana ondean ondean en la fachada del edificio de la Generalitat de Catalunya EFE

España acaba de salvar el match ball más peligroso de su reciente historia. El de un nacionalismo que hemos financiado con cargo a los PGE y que ha permitido a la derecha catalana apoyada en el quicio de la mancebía de Jordi Pujol disponer de casi 40 años para, ante la desaparición del Estado en la región, crear un Estadito clientelar basado en la corrupción y en la ocupación sectaria de todos los ámbitos de la vida política, económica, social y cultural de Cataluña. Con una deslealtad evidente a esa Constitución que consagra su autogobierno, el secesionismo ha pretendido romper uno de los Estados más antiguos del mundo, un Estado que, tras no pocas dudas, se ha defendido simplemente aplicando la ley y con los instrumentos que al Gobierno otorga la ley. A estas alturas, el diagnóstico de lo ocurrido está claro: los culpables del envite, traidores al pacto constituyente, son los nacionalistas, pero los responsables de que hayamos llegado a este punto hay que buscarlos en los sucesivos inquilinos de la Moncloa, los Gobiernos del PSOE y del PP, desde la entrada en vigor de la Constitución de 1978 hasta nuestros días.

En el perfil agónico del final de la Transición, estaba claro que el frágil equilibrio entre el Estado y los nacionalismos periféricos podía saltar por los aires en cuanto explotara la burbuja inmobiliaria y financiera. El golpe de estado del nacionalismo catalán hubiera sido inimaginable sin la crisis surgida a partir de 2008. Como ocurriera en los años 30 del siglo pasado, el nacionalismo se rebela contra España en el momento de mayor debilidad de España, en el punto más bajo de España como nación, cuando la crisis galopante difumina los perfiles de una sociedad que ha perdido el rumbo y de una clase política formada por tipos mediocres y oportunistas, profesionales del pasteleo ayunos de patriotismo, fieles únicamente al líder supremo que confecciona las listas electorales. Artur Mas se sube en marcha al tren secesionista en septiembre de 2012, en lo más duro de la crisis, cuando España está a punto de verse obligada a pedir un rescate país a la griega o portuguesa. Con lógica perversa, el nacionalismo catalán piensa entonces que aquello era su “ahora o nunca”.  
  

Curioso, el nacionalismo pierde la batalla mucho antes de lo que cree. La pierde cuando la Economía empieza a recuperarse de la crisis y a crecer a buen ritmo, creando empleo. La pierde el secesionismo y la pierde ese populismo, aliado coyuntural del nacionalismo, empeñado en destruir el Régimen del 78 para edificar sobre sus cascotes una solución neocomunista a la venezolana. El partido, con todo, está lejos de haber terminado. Y no lo está porque España ha superado la crisis económica, pero sigue inmersa en una aguda crisis política que dura ya casi una década, y cuya expresión más certera ha sido precisamente la rebelión nacionalista. Se trata de una crisis de agotamiento del sistema que ya estaba presente entre los síntomas que acompañaron la de 1992/1993, con el final del felipismo y sus casos de corrupción y cuya solución aplazó el boom del crecimiento que dio comienzo a partir de 1996. Y aquí entramos en el meollo del asunto: el problema no es tanto la radical deslealtad del nacionalismo catalán como la incapacidad, la debilidad y la impotencia del Estado para hacer frente a ese desafío. Dicho de otra forma: el problema no es Cataluña, sino la propia España. Barcelona es el reflejo de un gran incendio cuya hoguera está radicada en Madrid.

"La solución al problema no puede consistir en que nos entre un súbito ataque de comprensión a los sentimientos nacionalistas, ni en un aumento de la financiación autonómica"
La solución al problema de los nacionalismos no puede consistir, por eso, en que a todos nos entre un súbito ataque de comprensión a los sentimientos nacionalistas, ni en un aumento de la financiación autonómica (al nacionalismo no se le sacia con dinero), ni mucho menos en la cesión de más y más competencias (como pretenden los Icetas de turno) si es que quedara alguna por transferir. No hay que arreglar Cataluña: hay que arreglar España. No se podrá curar a Cataluña sin antes sanar a España. Hay que darle una salida de futuro, un proyecto de futuro integrador a un país que se debate en el callejón sin salida en el que le han situado los dos grandes partidos del turno corroídos por la corrupción y cuyo único objetivo es el monopolio del poder por el poder, el quítate tú que me pongo yo, en el convencimiento de que los problemas de la democracia se arreglan con más democracia.

Abrir un nuevo periodo histórico


Ese proyecto pasa por mejorar radicalmente la calidad de nuestra democracia, lo cual seguramente pasa por enviar al PP a la oposición durante unos cuantos años, para obligarle a una regeneración radical tanto de líderes como de ideas. Caminamos uncidos al yugo de un Gobierno que transita con una mano atada a la espalda por culpa de la corrupción del partido que lo sostiene, lo que le resta legitimidad a la hora de aplicar la ley, algo que ha hecho tan difícil la solución a la crisis catalana. Es la corrupción de los “partidos del turno” lo que coloca al Estado a la defensiva ante la arrogancia nacionalista. Y es esa falta de legitimidad, más los tradicionales complejos de tanto demócrata sobrevenido, lo que explica que, a pesar de haber quedado demostrado que la aplicación de la Ley es el ungüento mágico capaz de hacer aterrizar en la realidad a los golpistas, el Ejecutivo Rajoy haya sido incapaz de impedir, mediante el uso legítimo de la fuerza, la huelga general política que una escuálida minoría impuso a la inmensa mayoría de los catalanes el pasado 3 de octubre.

La Transición ha muerto. Acabó en junio de 2014 con la abdicación de Juan Carlos I, máximo exponente de las luces (el fenomenal desarrollo experimentado por España en las últimas décadas) y sombras (su intolerable corrupción) del periodo. La crisis catalana ha venido a certificar esa defunción. España necesita abrir un nuevo periodo histórico capaz de transportar a las nuevas generaciones en un proyecto de vida colectivo para los próximos 40 o 50 años. Resulta difícil imaginar a PP y a PSOE como muletas capaces de soportar esa travesía. Un nuevo proyecto histórico que debe comenzar por una puesta al día de la Constitución del 78, no para otorgar nuevas canonjías, no para proseguir con el vaciado de competencias del Estado, no para hacer nuevas concesiones a unas Autonomías que ya tienen competencias sobradas, sino para corregir los defectos del diseño territorial plasmados en dicha Constitución, para arreglar lo que se hizo mal y lo que la experiencia ha demostrado que funciona mal. Para devolver al Estado algunas de esas competencias que jamás debió perder, caso de la Educación, o para devolver el Estado a algunas Comunidades de las que jamás debió salir. Se trata de una visión de España que a no dudar contará con la oposición frontal del establishment político, de derechas y de izquierdas, del centro y de las periferias, pero que ineludiblemente habría que someter a consulta de los españoles.

Este martes, una decena de catedráticos de Derecho Constitucional y Administrativo, comandados por Santiago Muñoz Machado, dieron a conocer un “paper” (“Ideas para una reforma de la Constitución”) que propone abordarla “en la línea de los sistemas federales” vigentes en países de nuestros entorno. Con un lenguaje deliberadamente críptico, los firmantes proponen incorporar a la Constitución una nueva Disposición Adicional que establezca un “régimen jurídico singular” para Cataluña y una “relación bilateral” con el Estado, eso sí, dentro de la Constitución. Aunque se trata de un documento más de los muchos que a partir de ahora van a ver la luz, porque estamos ante el tema por antonomasia del inmediato futuro, parece que Muñoz Machado y sus copains no se han enterado de nada. No se han enterado de lo que ha ocurrido en los dos últimos meses, desde luego no de las dos gigantescas manifestaciones que el 8 y el 29 de octubre inundaron las calles de Barcelona para decir basta al secesionismo. O si se han enterado, siguen dispuestos a ofrecer la otra mejilla a ese nacionalismo supremacista y xenófobo ante el que tanta gente acomplejada se ha hincado de hinojos en la última década. Tal que José Luis Ábalos, secretario de Organización del PSOE, quien ayer mismo aseguraba que Inés Arrimadas no puede ser presidenta de Cataluña porque “no comprende el hecho singular catalán”. Los lacayos del nacionalismo en Madrid tienen que enterarse de una vez de que no hemos llegado hasta aquí para terminar comprando la moto de esa “singularidad” catalana que algunos quieren vendernos.  

El pozo negro de la financiación de los partidos


Reforma de la Constitución que debería llevar aparejada, dentro o fuera de la misma, algunas otras cuestiones imprescindibles para esa mejora de la calidad de la democracia española, tal que la definitiva separación de poderes (devolver la independencia a la Justicia), una reforma de la Ley Electoral, una nueva y efectiva Ley de Financiación de los partidos (verdadero pozo negro de la corrupción política), etc., etc. Se trata, en definitiva, de hacer un país más justo, más rico, más liberal, menos corrupto, más eficiente, más volcado en la Educación y las nuevas tecnologías, más dado al mérito y al esfuerzo que a los privilegios, más proclive a las vocaciones empresariales, más centrado en facilitar la vida a las empresas, en lugar de pretender esquilmarlas, porque ellas son las llamadas a crear riqueza y asegurar el futuro de nuestro Estado del bienestar. Un país de hombres libres e iguales ante la ley.

Repito, el problema no es Cataluña: el problema es España, y esa incógnita se despeja convocando a la ciudadanía a un nuevo gran pacto colectivo llamado a convertirla en lo que realmente ya es: el mejor país del mundo para vivir una vida. Solo en la medida en que España sea fuerte, cuente con un proyecto sólido de país, los nacionalismos serán débiles, porque una España fuerte es la mejor garantía de nuestras libertades y derechos. Pequemos de optimismo. La crisis catalana ha hecho aflorar realidades que son garantía de futuro y con las que hace apenas unos meses no contábamos: contamos con un Rey joven que, al contrario que su padre, ha sabido estar a la altura de las circunstancias; contamos con un partido de nuevo cuño y marchamo liberal, Ciudadanos, no contaminado por la corrupción y con un proyecto para España; contamos también con una Justicia (ahí está la juez Lamela o el fallecido Maza) que parece haber superado la fase más aguda de su crisis (solo el Periodismo sigue hozando en el barro), y, por encima de todo, contamos con un gran pueblo, con esa mayoría silenciosa que ha despertado sin necesidad de convocatoria de partido alguno, la España ciudadana que ha redescubierto su bandera y ha desempolvado un cierto orgullo democrático en ser español, en Barcelona y en Madrid. La España que, en el momento de máximo peligro, ha sabido movilizarse para impedir que nadie le arrebate su futuro. 


                                                                                               JESÚS CACHO  Vía VOZ PÓPULI

PUIGDEMONT, ESE TRASTO INÚTIL (TRAS EL 21-D)

Un fugitivo de la Justicia española bajo la vigilancia de la Justicia belga, que se presenta a unas elecciones en las que su lista lucha por el tercer o cuarto puesto




Atribuyen a Víctor Hugo la frase de que Napoleón fue el primer loco que se creyó Napoleón. Algo así debe estar sucediéndole al prófugo de Bruselas, que sigue pretendiendo ejercer de 'Molt Honorable President' cuando hace tiempo que ni los suyos se lo toman en serio como tal.

Su penúltima chaladura ha sido convocar a Rajoy en Bruselas para mantener una entrevista oficial. Seguro que el presidente del Gobierno de España no tiene nada mejor que hacer que acudir presto a la llamada. Aparte de que el 'lehendakari' Urkullu puede testimoniar el valor que tienen los acuerdos con ese tarambana, alguien debería explicarle lo que es: un fugitivo de la Justicia española bajo la vigilancia de la Justicia belga, que se presenta a unas elecciones en las que su lista lucha por el tercer o cuarto puesto.

No sé qué pasó por su cabeza en el momento en que decidió tirar a la papelera el decreto de convocatoria de las elecciones, que era su última oportunidad para prolongar su liderazgo y la fantasía del procés; y después a salir de naja tras aquella atolondrada DUI, dejando tirados a sus compinches de la "banda de los seis" (Junqueras, Forcadell, los dos Jordis y Trapero, además del padrino Mas). Pero en esas horas liquidó lo que le quedara de dignidad y de carrera política.

Puede que Puigdemont sirva aún como reclamo electoral para el 21-D. Pero a partir de ese día, será un cachivache inútil, un engorro y un estorbo para todos. Especialmente, para los suyos.

La probabilidad de que repita como presidente de la Generalitat tiende a cero. Primero, porque no ganará las elecciones. Incluso las encuestas más optimistas lo sitúan claramente por detrás de ERC y de Ciudadanos y disputando la tercera posición al PSC. Todo su empeño por encabezar una lista única del independentismo se debía a que solo así podría aspirar a la presidencia; y ERC saboteó esa candidatura unitaria justamente para cortarle el paso.

Además, para gobernar hay que estar físicamente en el lugar. Y en el momento en que pise territorio español será detenido y conducido ante el juez, que a su vez lo enviará a prisión porque en su caso el riesgo de fuga no es una hipótesis, sino una realidad comprobada. Dicen que podría ensayar el golpe de efecto de presentarse en Barcelona inmediatamente antes de la votación, precisamente para rentabilizar en la urnas el impacto de su detención. Eso quizá valdría como último mitin de campaña, pero le depararía una larga temporada en la sombra, no compatible con la función de gobierno.

Cuando pise territorio español será detenido y conducido ante el juez y, en su caso, el riesgo de fuga no es una hipótesis

Por otra parte, encabeza una candidatura políticamente delicuescente. Una colección de retales independentistas reclutados sobre la marcha que tienen en común la falta de anclajes partidarios y la ausencia casi absoluta de experiencia política. Ahí aparecen periodistas, deportistas, faranduleros, profesores, médicos, cocineros, curas… de todo menos políticos profesionales. Y los pocos que hay están fugados, encarcelados o procesados. En la lista de Barcelona, la primera que no está empitonada por la justicia es la número cinco. Y de los otros, la primera que puede ser considerada política es la número 10, que acaba de largarse del PDeCAT.

Puigdemont no solo ha terminado de destruir (empezó Mas) al partido más importante de Cataluña, sino que ha hecho en las listas un purga masiva de sus dirigentes orgánicos. En estas condiciones, ¿quién orientará políticamente y mantendrá mínimamente disciplinado a ese grupo parlamentario? (No hablo ya de formar gobierno con semejante colectivo de voluntariosos inexpertos). Lo más probable es que a los pocos días de llegar al Parlament muchos se aburran y se vayan, otros vayan por libre y a los más vocacionales los vayan comprando uno a uno los profesionales de ERC mediante prebendas. Sobre todo, teniendo en cuenta que el titular del negocio no estará allí para impedirlo.


Como señala Kiko Llaneras, Junts per Catalunya es la sexta marca electoral de Convergéncia en tres años, como si cambiando cien veces de nombre escaparan de su patética historia reciente. En el trayecto, ese partido ha pasado del estado sólido al líquido y de ahí al gaseoso. Sus votos añadirán confusión y desorden al bloque independentista, por si no tuviera poco de ambas cosas tras el sainete del último mes. Esa "lista del president" sin 'president' solo sirve para bloquear la imprescindible reconstrucción de un nacionalismo catalán institucional y democrático, conectado con la realidad y respetuoso de la ley.

Pero hay más. En el mejor de los casos (para ellos), los independentistas alcanzarán una ajustada mayoría parlamentaria. ¿Pueden permitirse el lujo de tener a un puñado de diputados en prisión y a otros hipotecados por su compromiso de no hacer nada anticonstitucional so pena de regresar a la trena y pendientes de una sentencia que acarrearía su inhabilitación definitiva? Es cierto que, llegado el caso, pueden renunciar y ser sustituidos por los siguientes de la lista. En el caso de los de Puigdemont, otro puñado de aficionados políticamente incontrolables. La "mayoría de cemento" independentista de la anterior legislatura será esta vez de plastilina, con eso cuentan Iglesias y Colau.

Carles Puigdemont recorre el centro de Brujas guiado por el senador Pol van den Driessche. (EFE)
Carles Puigdemont recorre el centro de Brujas guiado por el senador Pol van den Driessche. (EFE)

Por otra parte, los cortesanos de Puigdemont insisten en que se le siga reconociendo una especie de presidencia "legitima" de la Generalitat aunque pierda y otro ocupe el poder ejecutivo. Vana ilusión. No conozco a ningún gobierno que consienta de buen grado la existencia de otro gobierno paralelo, por ornamental que sea. ¡Menuda es la Marta Rovira –o el propio Junqueras– para contemporizar con situaciones equívocas de poder!

En su fantasmagórico mitin de este sábado en Bélgica, Puigdemont dijo que estas elecciones "son las más importantes de la historia de Cataluña" pese a llamarlas ilegítimas y potencialmente fraudulentas. Que hay que votar contra el 155 que sus socios han ido acatando sumisamente. Que hay que recuperar las instituciones del autogobierno, esas que pisotearon con saña. Y que tras el 21-D hay que retomar la DUI. ¿Cuál de ellas, la "simbólica de Forcadell", la "meramente política" de Junqueras o la chapucera del 27 de octubre, que con el susto ni se acordaron de arriar la bandera española?

Las tres primeras acepciones de "trasto" que recoge el diccionario son: Cosa estropeada o que estorba. Persona de carácter revoltoso. Persona inútil o informal. Cualquiera de las tres se podrá aplicar a nuestro hombre tras el 21-D. Por eso entrevistarse con él, además de indecoroso, sería una forma lamentable de perder el tiempo.


                                                                                 IGNACIO VARELA   Vía EL CONFIDENCIAL

LAS DEMÁS ESPAÑAS PIDEN PASO


/JORGE ARÉVALO


1-0. El referéndum ilegal convocado por las autoridades independentistas de Cataluña deriva en una polémica carga policial para impedir la votación. La atención de España y de medio mundo está centrada en las calles de Cataluña.
1-0. A casi quinientos kilómetros de distancia de Cataluña, decenas de miles de personas se manifiestan en Murcia contra el muro que dividirá la ciudad en dos por las obras del AVE. La notable protesta de los murcianos apenas traspasa las fronteras de la comunidad murciana.

16-N. La atención de la política nacional se centra en la candidatura de Barcelona para acoger la Agencia del Medicamento. Gobierno y Casa Real se vuelcan para conseguir esta sede con gestiones de última hora, aunque fracasan en su intento.

16-N. 40.000 extremeños se manifiestan en Madrid pidiendo un tren "digno" para la región. La paciencia de Extremadura, el tiempo de espera en la estación para la llegada de los trenes del Siglo XXI "se ha terminado", advierten los extremeños representados por el Pacto Social y Político por el Ferrocarril. La trifulca política en torno a la Agencia del Medicamento opaca la reivindicación de los ciudadanos de Extremadura.

18-N. El debate nacional está centrado en las polémicas declaraciones de Marta Rovira sobre las supuestas amenazas del Gobierno central de ejercer la violencia contra los independentistas si se aplicaba la declaración de independencia.

18-N. 60.000 valencianos salen a la calle para exigir un sistema de financiación justo para la comunidad. La protesta coincide con la recta final de la aprobación del Cupo vasco con la que el Gobierno quiere ganarse el apoyo del PNV a los Presupuestos de 2018, en el aire tras la aplicación del artículo 155 en Cataluña.

Las tres movilizaciones indican que el resto de las Españas pide paso y reclama la atención de las autoridades del país, que en los últimos meses -años más bien- sólo han tenido ojos y oídos para Cataluña. La gravedad de la crisis catalana mantiene secuestrado el debate nacional, paralizadas las reformas que antaño eran urgentes y olvidadas las necesidades financieras del resto del Estado. Con el 21-D a la vuelta de la esquina, las maquinarias de los partidos en busca del voto están a pleno rendimiento y se llevan por delante cualquier posibilidad de acuerdo en lo que afecta a todo el país. La ciudadanía comienza a dar síntomas de fatiga hacia la presencia obsesiva y exclusiva de Cataluña en el debate.


El aldabonazo de las otras Españas se ha cruzado con la aprobación del Cupo que garantiza la financiación del País Vasco, mientras el resto de las comunidades sigue esperando la renovación del sistema de financiación del régimen común. Hace ya cuatro años que Mariano Rajoy se comprometió a empezar las negociaciones y éstas son las fechas en las que el acuerdo sigue empantanado.

El agravio comparativo -como era de esperar- está tensando la situación interna de los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, al mismo tiempo que impulsa en los sondeos a Ciudadanos, que ha visto en el descontento de las demás Españas su ventana de oportunidad y la está aprovechando sin complejos. Las tensiones internas han sido muy explícitas en el caso de los presidentes autonómicos socialistas, que han alzado la voz contra la rápida aprobación y la opacidad del método del cálculo del Cupo vasco. Pedro Sánchez ha tenido que emplearse a fondo para aplacar el malestar de sus barones y baronesas territoriales y evitar una fuga de votos en el grupo parlamentario. Las voces críticas del PP en las comunidades han sido más discretas, aunque las declaraciones de Alberto Núñez Feijóo pidiendo aclaraciones sobre el cálculo del Cupo vasco permiten apreciar un malestar cierto y real en el partido.

Fuentes de la dirección del PP aseguran que son plenamente conscientes de la incomodidad y el enfado de las bases del partido en las comunidades. Bien es verdad que la férrea disciplina mental de la militancia y de la dirigencia del PP es un elemento de tranquilidad absoluta para Rajoy. El presidente dispone de manos libres para asegurar la continuidad de su Gobierno, que, en opinión de todas las fuentes consultadas, es su único objetivo en esta legislatura. Una continuidad que depende en exclusiva de la aprobación del Presupuesto, razón por la que ha asumido casi todas las peticiones del PNV.

Las consecuencias de la decisión de Rajoy de asumir una investidura sin acción de Gobierno ni programa de legislatura están a la vista cada semana en el Parlamento. Y pueden servir para explicar las circunstancias de la política alemana, increíblemente parecidas a las que vivió España durante el bloqueo. Angela Merkel prefiere nuevas elecciones a un Gobierno en minoría lastrado por acuerdos puntuales con los Verdes y los liberales. El líder socialista alemán, Martin Schulz, se ve en la misma tesitura que Sánchez, presionado por Merkel y una parte del SPD para reeditar la gran coalición.
El entendimiento PP-Cs para la investidura ha pasado a la historia. Albert Rivera disputa con firmeza a Rajoy los votos del PP con la palabra España por delante. La dirección popular reconoce que Cs está pinchando donde más le duele a su electorado, por más que califiquen su conducta de "oportunista y desleal".

Los dirigentes del PP han repasado estos días las negociaciones del pacto de investidura en las que Cs obvió de forma expresa cuestionar el concierto y el Cupo vascos para no encrespar los ánimos del PNV, partido que garantizaba los votos necesarios para sostener al Gobierno de Rajoy. Ni una palabra se dice sobre el sistema de financiación del País Vasco en el documento firmado.


El PP recuerda que mientras se negociaba la aplicación del artículo 155, Rivera se mostraba reacio a aplicarlo en sus declaraciones públicas. Hasta que aparecieron las banderas en los balcones y Cs pisó el acelerador para presentarse como el principal bastión del 155. Las costuras internas del PP se están resistiendo asimismo con las exigencias de equiparación salarial de los cuerpos policiales de ámbito nacional con los de las autonomías. Una exigencia que no se puede hacer realidad debido a los límites presupuestarios, pero que cala en las bases de un partido que se presenta como el gran defensor de las fuerzas de seguridad.

"Ciudadanos puede hacer lo que está haciendo porque no tiene la responsabilidad de gobernar. Hay mucho enfado contra Rivera. Para nosotros, esta situación es bastante dura, sabemos que nuestra gente quiere escuchar lo que Rivera está diciendo. Hablar todo el día de España le da resultado. A corto plazo, puede sacar rentabilidad y nosotros sufrir una fuga de votos por la derecha. El único aspecto positivo es que nos rehabilita como partido de centro. Pero la experiencia nos dice que la estrategia de Ciudadanos no funciona a medio y largo plazo. Las elecciones están lejos y se ha demostrado que Rivera tiene más votos en las encuestas que votantes en las urnas", señala un dirigente del PP.

Frente al acelerón de Cs, el partido en el Gobierno destaca la "prudencia de Estado a la hora de aplicar el 155". "Podíamos haber ido más allá, como nos pedía parte de nuestro electorado, pero Rajoy renunció a mantenerlo en el tiempo con la convocatoria de las elecciones; en parte fue también una decisión de autoprotección, porque no esperábamos que la aplicación fuera a resultar tan fácil y tan indolora. Más bien temíamos un escenario de tensión".
Así es cómo un año después de tomar posesión como presidente, las tornas han cambiado. Y Rajoy tiene una relación política -y hasta personal- mucho más estrecha con aquel Sánchez del "no es no" que con el Rivera del pacto de investidura.



                                                                                      LUCÍA MÉNDEZ   Vía EL MUNDO