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domingo, 19 de abril de 2020

Coronavirus, el infierno de las clases medias

Las clases medias ya no van al paraíso. Son ahora las más vulnerables. La crisis del Covid-19 golpea con más virulencia a sectores que antes gozaban de suficientes bienes materiales

Foto: Chabolas en Nueva York durante la Gran Depresión.

En lo peor de la anterior crisis económica, cuando no se veía la luz, la prensa estadounidense rescató de la memoria colectiva el término 'hooverville', probablemente la locución que mejor expresa la tragedia de la Gran Depresión.
Las 'hooverville' se referían al presidente Herbert Hoover, bajo cuyo mandato el país se llenó de chabolas y de miseria. Los cochambrosos y mugrientos barracones, muchos situados a orillas del gran lago que reina en el Central Park, se podían observar desde los imponentes edificios de la quinta avenida. Imágenes de la época, y que hoy cuestan creer que sean ciertas, reflejan las duras condiciones de vida de los moradores de esas villas miseria en medio de una hecatombe económica que expulsó de sus casas a millones de norteamericanos.
Las ‘hooverville’ eran la expresión trágica del desgarro social y la muestra del fracaso de las políticas económicas practicadas después de 1929
Steinbeck, el gran cronista de la Gran Depresión, lo recogió de forma portentosa en aquel viaje aciago que hizo la familia Joad desde Oklahoma a California en busca de un empleo, después de que la crisis les hubiera despojado de sus tierras.
Las 'hooverville', como muchos economistas han acreditado, entre otros Ben Bernanke, el mayor especialista en la Gran Depresión, eran la expresión trágica del desgarro social y la viva representación del fracaso de las políticas económicas practicadas inmediatamente después de 1929 por la Administración Hoover. Fue, precisamente, el responsable de la campaña electoral del Partido Demócrata, Charles Michelson, quien puso el nombre a esos barracones.
Aquel fracaso, sin embargo, sirvió de lección sobre lo que no había que hacer cuando estallara una crisis, tanto exógena (como la actual), como endógena (como la anterior). Los gobiernos de todo el mundo aprendieron de los errores y desde entonces han optado por garantizar la liquidez (más de 5.000 bancos quebraron durante la Gran Depresión en EEUU) y evitar, al mismo tiempo, la imposición de aranceles que hubieran dado alas al proteccionismo hundiendo, en paralelo, el comercio mundial. También se ha optado por dejar funcionar libremente los estabilizadores automáticos con el fin de asegurar un determinado nivel de rentas.

El colapso

Ese esquema básico sobre cómo enfrentarse a una crisis ha sido, en líneas generales, con mayor o menor intensidad, el que se ha utilizado tras la aparición de la pandemia: ayudas directas, toda la liquidez que sea necesaria por parte de los bancos centrales, que hoy son quienes gobiernan el mundo, y moratorias o exenciones de impuestos para evitar el colapso del tejido productivo.
Incluso Europa, que en la anterior crisis se equivocó imponiendo duros ajustes a países que estaban con el agua al cuello, ha rectificado. Ahora, ni pone pegas ni castiga a quienes hacen políticas fiscales expansivas que llevarán a la economía española a un déficit que rondará los 100.000 millones de euros este año.
Esa estrategia, sin embargo, no evitó en la anterior crisis una tragedia sobrevenida: la destrucción del modo de vida de amplias capas de la población que, de la noche a la mañana, observaron cómo bajaban uno o varios peldaños en la estructura social.
Lo que está en juego no es solo salir del agujero, sino también el regreso a una estructura social más equilibrada y, por definición, menos polarizada
El IVIE (Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas) y la Fundación BBVA llegaron a poner cifras a ese desastre para España y calcularon en un informe de 2016 —aquí puede leerse— que cerca de tres millones de personas se desplazaron de la zona central a la parte baja de la distribución de la renta. O expresado de otra forma, pasaron de verse como clases medias participantes del progreso a sentirse vulnerables. Y es que la crisis se había llevado por delante el 20% de su renta disponible.
La recuperación económica desde 2014 —seis años creciendo como media cerca del 3%— ha restañado en parte esas heridas. Pero hay pocas dudas de que en el camino han quedado cientos de miles de familias que antes eran clase media y hoy viven a merced del precariado, que es una de las características de nuestra época.
Se podría utilizar también el término clásico de proletariado, que hace referencia a quienes tenían hijos, pero no propiedades, pero hoy muchos jóvenes ni siquiera pueden tenerlos por la existencia de un entorno económico que favorece tanto la precariedad laboral como la fragmentación de las clases sociales a través de un ensanchamiento de las desigualdades, no solo económicas, sino también sanitarias o educativas. Incluso, el acceso a la justicia o a la función pública generan distorsiones en cuanto a igualdad de oportunidades.

La herencia maldita

Lo que está en juego en esta crisis, por lo tanto, no es solo salir del agujero lo más rápidamente posible, y para eso todos los gobiernos se han mostrado muy activos, sino también el regreso a una estructura social más equilibrada y, por definición, menos polarizada. Esa fue la herencia maldita de la anterior y crisis, lo que explica, en parte, el auge de actitudes políticas egoístas que en lugar de buscar la cohesión social encuentran en el enfrentamiento su razón de ser.
Se suele decir que en tiempos de desolación conviene no hacer mudanzas, pero convendría que el sistema político dejara las banderías y empezara a ofrecer soluciones para abordar las consecuencias de un empobrecimiento general que afectará, en particular, a las clases medias, empujadas a conformarse con eso que a veces se ha llamado el salario del miedo, y cuya consecuencias es la construcción de sociedades más individualistas, en el peor sentido del término, e insolidarias.
Lo que se sabe es que el Covid-19 golpea más a las grandes ciudades. Es decir, allí donde históricamente se han agrupado las clases medias
A esto hay que añadir la amenaza real de la globalización y de avances técnicos que, por el momento, se verá en el futuro, destruyen oficios y profesiones que antes ocupaban clases medias urbanas que tenían acceso a bienes y servicios en cantidad suficiente para asegurarse un bienestar material.
Lo que se sabe ahora con certeza es que el Covid-19 golpea con especial virulencia a las grandes ciudades: Milán, Madrid, Nueva York, Londres... Es decir, allí donde históricamente se han agrupado las clases medias, y que tradicionalmente se han definido como los hogares cuya renta disponible se sitúa entre el 75% y el 200% de la renta mediana nacional.

Más o menos impuestos

En los países más avanzados, los del norte, las clases medias llegan a representar el 70% de la población, mientras que en los que hay menos cohesión social se sitúa solo por encima del 50%. Y España, según Eurofound, se situaría como el tercer país de la UE-28 con menor porcentaje de clase media.
La mejor receta contra la degradación de las clases medias son salarios dignos, mayor calidad institucional y un sistema fiscal más equilibrado
Es por eso por lo que cabe prever que tanto el actual marco en el que se mueve el sistema fiscal como la estructura del mercado laboral serán ampliamente superados por el coronavirus, y de ahí la necesidad de introducir cambios radicales. Poniendo más énfasis en el ensanchamiento de las bases imponibles y en la eficiencia de las políticas de gasto que en el manido debate sobre si hay que subir o bajar impuestos.
Precisamente, con un único objetivo. Evitar el riesgo de construir un Estado clientelar en el que amplias capas de la sociedad dependan para su subsistencia de la acción protectora de los poderes públicos. Mientras que, en paralelo, élites extractivas se benefician de un capitalismo financiero cada vez más alejado de los sistemas productivos, y que hoy no tiene nada que ver con sus fundamentos clásicos, como muchos auténticos liberales han denunciado.
Como han demostrado las democracias más avanzadas, la mejor receta contra la polarización social y la degradación de las clases medias son salarios dignos, una mejora de la calidad institucional de las políticas públicas y un sistema fiscal más equilibrado, y que hoy privilegia a las rentas del capital frente a las del trabajo. Conviene recordarlo antes de que sea tarde. Entre otras cosas, porque si algo define la calidad de una democracia es el espacio que ocupan las clases medias.

                                               CARLOS SÁNCHEZ  Vía EL CONFIDENCIAL

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