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miércoles, 22 de abril de 2020

GUERRA O PAZ

Sánchez no puede convertir el estado de alarma en un estado de sitio. Resulta peligroso jugar a la creación de un enemigo asociado con el virus

 

El presidente del Gobierno preside el Consejo de Ministros de este martes. 

El presidente del Gobierno preside el Consejo de Ministros de este martes. MONCLOA

 

La ya lejana sesión parlamentaria del Jueves Santo pudo haber sido solo un trámite parlamentario para prorrogar el estado de alarma. Pero el debate tuvo un alcance mucho mayor, hasta el punto de trazar las pautas y las posiciones en conflicto para el futuro inmediato.

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Todo se debió al anuncio por Sánchez de su intención de abrirse a una estrategia de concertación con las demás fuerzas políticas y sociales, al evocar aquellos Pactos de La Moncloa que hicieron viable la Transición. Tal oferta suponía incorporar a la dinámica de elaboración política y económica a las fuerzas de oposición, PP y Ciudadanos, así como a las organizaciones sociales más relevantes, sindicatos y patronales. Sin olvidar a los poderes autonómicos. Como consecuencia, la sesión del 9 de abril se convirtió en el escenario donde todos tuvieron que poner sus cartas sobre la mesa.
Tres días después, en el Domingo de Resurrección, tocó en cambio una sesión dura de propaganda de Sánchez, aprovechando la reunión telemática con los presidentes de autonomías, sobre cuyas exposiciones críticas el presidente y sus medios rehusaron la debida información. Provisto de la Razón, con mayúscula, derivada del dictamen científico de los expertos —con Simón y Trilla a la cabeza, antes negacionistas—, sin más precisiones, lo más que les admitió fueron "pareceres", de mal recuerdo. A continuación, la rueda de prensa siguió siendo insustancial, ahora aplicando el criterio de la igualdad otomana, donde todos son iguales en tanto que esclavos bajo el Sultán: la masificación de admitidos y la restricción de preguntas sirvió para propiciar la exclusión fáctica de los medios más representativos. Toda cuestión espinosa —de Canal Sur, de BBC— quedó además sin respuesta.
Lo más destacado en la disertación del presidente fue, sin embargo, el tono marcial de sus palabras. Una y otra vez insistió en que "estamos en guerra", "alcanzaremos la victoria", hace falta "un mando único". Sorprendentes expresiones encajaban con la presentación militarizada del comité técnico sobre la crisis. Nada parecido a lo que ofrecen Francia o Italia.
Quedó también claro que si Sánchez no cambiaba de discurso, unos verdaderos pactos nunca serán realidad. Servirán solo de inútil señuelo para proclamar sus intenciones patrióticas y condenar al PP, algo que este partido propició hasta hace poco con sus torpes declaraciones. Por fortuna, el PP ha acudido a la cita. Veremos qué sucede. De entrada, Sánchez habló de "sumar", "en torno al Gobierno". Todos empujan, él dirige (con Pablo Iglesias más que a su lado).
Hoy el marketing es un instrumento necesario de la política. Otra cosa es que el marketing determine la política. Los discursos de Sánchez, como los de Lastra en el primer debate, fueron muestra de cómo el mensaje resulta sepultado por la forma. Otro tanto ha sucedido con la política informativa, TVE al frente, tras los primeros días trágicos de abril. "A nosotros nadie nos aplaude", se quejó la viuda de una víctima. Y es que si las noticias seguían siendo malas, las televisiones las presentaban envueltas de un mar de buenas expectativas, ovaciones por cada curación, y eso sí, bien merecidas a esos sanitarios, heroicos al afrontar la oleada de virus sin las protecciones necesarias, a quienes beneficiaría más un premio económico que tanto aplauso. De estas terribles carencias en plena ofensiva del virus, nada, y es que el abastecimiento posterior no borra el episodio de los kamikazes de Ifema, contado por The New York Times. Los muertos, simples números. No era tiempo de ataudes. Sánchez no visitó ni Ifema ni la morgue del Palacio de Hielo. Su imagen es la firmeza en el timón, sin contacto personal con la tragedia.
Resulta difícil saber si esta política de exaltación de su imagen, diseñada verosímilmente por Iván Redondo, no tendrá un coste. Además esa caracterización como líder supremo tropieza con la interferencia de su vicepresidente. Iglesias juega a un constante desbordamiento del Gobierno al que pertenece. Ha seguido introduciendo sus exigencias —despidos, ingreso vital mínimo— de modo que presenta sus "presiones", justas en los casos citados, como heraldo de una justicia social que le pertenece. Subraya ante los medios como se impone al Gobierno reticente. La ruptura de la concertación social no le importa. Piensa que todo acuerdo transversal favorece a los poderosos, como en su tiempo los Pactos de La Moncloa, por lo cual difícilmente sus ideas encajan con el acuerdo ahora anunciado.
El episodio del salario es ejemplar. Claro que su adopción es imprescindible, pero hay que saber calcular, cosa que Iglesias practica poco, fiel a la línea de anticapitalismo primario que en su facultad impartía el profesor Moral Santín. Para él, la implementación técnica es un obstáculo a arrollar, ministro socialista incluido, como antes sucediera con la libertad sexual para Irene Montero: resultado, otro ministro de Sánchez en ridículo. ¿Cómo lo autoriza el presidente, tal vez atrapado en la pinza entre la ofensiva permanente de Iglesias y los consejos de popularidad a toda costa de Redondo? El caso es tanto más significativo, cuanto que se trata de una medida justa y necesaria, una vez fijados los recursos para la misma. Conviene recordar que Fidel en los sesenta acumuló las medidas justas para Cuba, también sin cálculo previo, y llevó el país a la ruina. Por lo demás, si opciones de capital importancia como esta son adoptadas por Pablo, con el simple aval de Pedro, ¿de qué va a ocuparse la comisión de concertación ?
Esta es una cara del principal problema. La otra es el proceso de militarización que parece impulsar el presidente, con ese "mando único" que entra en tensión abierta con el espíritu y la letra de la Constitución. Sánchez no puede convertir el estado de alarma en un estado de sitio. Resulta peligroso jugar a la creación de un enemigo asociado con el virus, y lo prueba la increíble sexta pregunta de la encuesta del CIS, que sienta las premisas para que toda información "engañosa y poco fundamentada" que contradiga la oficial pueda ser objeto de denuncia por el Gobierno. Un pequeño problema: qué hacemos con la lluvia de informaciones erróneas, insuficientes y a veces simplemente nulas del Gobierno desde fines de febrero sobre la evolución de la pandemia. No creo que vaya a denunciarlas la Fiscal General del Estado. Y qué decir de los informes de Simón de febrero-marzo en TVE, antes visibles en la red, hoy bien escondidos. ¿Se acuerdan el Gobierno y Tezanos de lo que significaba el borrado de las cintas por Nixon? Algo además estúpido en este caso, porque bastaba con el reconocimiento expreso de errores en una cuestión tan compleja.
Iglesias se apunta de inmediato a la restricción de la libertad, que por un lapsus —Marlaska dixit— reveló el general de la Guardia Civil: el Instituto se ocupa de "minimizar el clima contrario a la gestión de la crisis por parte del Gobierno". ¿Tiene algo que ver esto con la tradición democrática del PSOE? No. ¿Con un Estado de derecho? Tampoco. Y el hombre fue aplaudido por sus colegas de Comisión. De vergüenza ajena. Por fin, ¿no puede Sánchez dejar esta guerra y pasar a la paz de la imprescindible concertación, menos lesiva que convertirse en valedor de Iglesias?
                                                                         ANTONIO ELORZA*   Vía EL PAÍS
*Antonio Elorza es profesor de Ciencia Política.

 

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