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sábado, 9 de mayo de 2020

Tres lecciones de una Europa en llamas

No ha sido sencillo el año que ha corrido del 9 de mayo de 2019 a este sábado, con elecciones europeas, negociaciones presupuestarias, crisis internacionales y una pandemia

 Foto: Bandera europea durante una manifestación frente a la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters) 

 Bandera europea durante una manifestación frente a la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)

Cuando la pandemia golpeó el Viejo Continente cogió a muchos encerrados en soledad en sus casas, con la única compañía de su conciencia y su memoria. También a la Unión Europea, que ha tenido tiempo de mirar para atrás. Y como mucha gente estos días, le toca soplar las velas de su día, el Día de Europa que celebramos este 9 de mayo, en soledad.
No ha sido sencillo el año que ha corrido del 9 de mayo de 2019 a este sábado, con elecciones europeas, negociaciones presupuestarias, crisis internacionales y una pandemia. Ha sido un curso difícil, con muchos momentos de desamparo y pocos de esperanza. ¿Qué lecciones podemos sacar?
Este año ha tenido como uno de sus capítulos primordiales la elección de una nueva cúpula de la Unión Europea, que nos ha dejado unas instituciones con un peor liderazgo que durante el periodo 2014 – 2019. La primera lección es que el liderazgo europeo es crucial. Hemos vivido momentos difíciles este curso, y pocas veces podemos decir que los nuevos líderes hayan estado completamente a la altura, si bien las circunstancias no siempre han sido fáciles. Pero es que los líderes lo son, precisamente, por saber dirigir en tiempos turbulentos.
¿Por qué es tan importante tener un liderazgo fuerte? Por la segunda lección: el egoísmo sigue siendo la bandera de Europa, y el proyecto comunitario es solo una resistencia antinatural a los sentimientos primarios de nuestros pueblos. No es una novedad y todos lo sabemos, pero el debate respecto a la respuesta económica al coronavirus, así como algunas medidas respecto a las exportaciones de material médico y cierre de fronteras que se ha visto por parte de algunos países ha sido un recordatorio crudo de ello.
El nacionalismo y la tribu siguen aquí. Y lo único que lo frena es tener instituciones europeas fuertes que evitan, en alguna medida, el “sálvese quien pueda” en el que quienes se salvan son siempre los mismos: los fuertes. Reforzar el proyecto europeo tiene el objetivo primordial de protegernos de nosotros mismos. Seguimos siendo sociedades tremendamente asustadizas, probablemente lo seamos cada vez más, y basta con agitar levemente un determinado miedo para estar dispuestos a absolutamente cualquier cosa. Jacques Delors, expresidente de la Comisión Europea, lo explicó de otra manera: “El microbio ha vuelto”.
Un manifestante euroescéptico británico prende fuego a una bandera de la Unión Europea. (Reuters)
Un manifestante euroescéptico británico prende fuego a una bandera de la Unión Europea. (Reuters)
Y la vacuna contra ese microbio es encontrar un destino común para la Unión Europea, perdida sin proyecto desde hace décadas y en un proceso de integración que se produce por defecto, sin un claro sentido, algo que acabará por pagar caro. Por eso es importante tener un liderazgo europeo, no solo en la cúpula institucional del club, sino también en las capitales y la opinión pública, para intentar encontrar ese nuevo camino.
La última lección es un resultado de las dos anteriores, la falta de liderazgo y el egoísmo rampante: Europa está en un proceso de descomposición, dentro de un capítulo algo más amplio de decadencia que tiene un recorrido más largo. Apuntaba Erik Jones en su columna que hay un cierto debate sobre si estamos integrándonos más o menos, si estamos avanzando o retrocediendo. Y lo cierto, defiende, es que están ocurriendo ambas cosas al mismo tiempo.
La demostración es que al mismo tiempo estamos viendo a un Banco Central Europeo (BCE) muy activo, que está teniendo que asumir cada vez más protagonismo, pero que lo hace por el simple hecho de que los líderes europeos son demasiado cobardes para acordar una política fiscal conjunta, algo que puede ser mortal a largo plazo. Integración y desintegración, al mismo tiempo. Sin entrar ya en el intento del constitucional alemán de minar la seguridad jurídica de la UE por un simple juego de egos y superioridad nacionalista, que eso es pura descomposición, sin más matices.
Las medidas aprobadas en las últimas semanas, y las que se aprobarán, seguramente sean una muestra de mayor integración. No será suficiente para algunos, será demasiado para otros. Pero lo cierto es que eso da igual: solo importa si esas medidas son efectivas en evitar una Europa que se parte en dos a nivel económico, algo que es solo el prólogo del fin del proyecto comunitario. No hay que perder el tiempo en aplaudir si esta crisis ha servido para lograr más integración en un campo concreto. Sí, podemos celebrar que por fin hemos aprovechado la cuarentena para poner yeso en ese agujero que había en la pared, pero de poco va a servir si no nos damos cuenta de que el tejado de la casa está en llamas.

                                                   NACHO ALARCÓN Vía EL CONFIDENCIAL

 

 

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