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miércoles, 28 de octubre de 2015

CUANDO LA LEY NO EXISTE


Imagine que, leyendo la prensa, se topa de bruces con un caso de corrupción que afecta a dirigentes de su partido favorito. ¿Reacciona enfurecido contra el medio por airear las vergüenzas de su formación política... pero no la suciedad de los rivales? ¿Se siente vilipendiado, piensa que la prensa se ceba siempre con los suyos? ¿Se lanza a escribir irritados comentarios instando a los periodistas a destapar la podredumbre del partido contrario? Seguro que las respuestas son negativas. Pero si fueran afirmativas, usted formaría parte de ese notable porcentaje de hooligans políticos, de incondicionales de sus colores, esos prosélitos ciegamente identificados con una formación, opción o tendencia política. De ese colectivo mucho menos preocupado por la corrupción, o por el perverso funcionamiento del sistema, que por la pérdida de imagen y votos. Estaría contribuyendo a empujar la contienda partidista a terrenos donde deberían imperar ciertas reglas justas aceptadas por todos: las convenciones compartidas.
La competencia política es sana cuando las reglas del juego impiden sobrepasar determinadas barreras. Cuando imperan ciertas convenciones como el juego limpio, el rechazo de dobles raseros o conductas oportunistas. La contienda política resulta saludable si la mayoría se muestra contraria al "todo vale", si cada ciudadano se convierte en árbitro ante la violación de una regla, pitando la falta, con independencia de quien la cometa.
La línea de actuación de los políticos, el ejemplo que ofrecen, proporciona la información crucial con la que los sujetos forjan sus estrategias
No obstante, sin obviar su responsabilidad, los fanáticos no son la causa de los males políticos; tan solo un síntoma de la enfermedad. Algunos piensan que la corrupción es mero reflejo de una sociedad inclinada al sectarismo, la picaresca, la trampa. Pero la relación de causalidad es justo la contraria: el sistema político acaba contaminando la sociedad civil. La línea de actuación de los políticos, el ejemplo que ofrecen, proporciona la información crucial con la que los sujetos forjan sus
estrategias. La inclinación al juego sucio no es una característica grabada a fuego en la naturaleza de los individuos, de los pueblos, ni tiene su origen en los genes o la cultura: está determinada por la organización institucional, esas reglas no escritas del sistema político. Es lo que Douglass North denominó una institución informal, en este caso un perverso equilibrio de expectativas: muchos juegan sucio pues esperan, razonablemente, que los demás también lo hagan. El círculo vicioso conduce a un ambiente dominado por el ventajismo.
La importancia de las normas no escritas
Las instituciones informales, esas normas no escritas, en algunos países refuerzan y complementan al sistema legal, fomentando el cumplimiento de las leyes y el juego limpio. Pero en otros, como España, se superponen y acaban sustituyendo, de facto, a las leyes.  
Algunos piensan que basta con promulgar una ley para que se cumpla automáticamente. Pero la realidad es más complicada. Con una legislación hipertrofiada, complejísima y contradictoria, no existen mecanismos eficaces para aplicar todos sus detalles, menos aun su espíritu. Ni para hacerla cumplir de forma imparcial: los poderosos utilizan la ambigüedad, el río revuelto para sacar tajada. La ley tampoco puede garantizar la neutralidad de órganos o instituciones si sus miembros no muestran la oportuna convicción. La desconfianza generalizada en el sistema, la sospecha de que no es justo ni imparcial, abre enormes huecos para el oportunismo.  
La diferencia entre los sistemas políticos sanos y los corrompidos no se encuentra tanto en las leyes, que pueden ser similares, como en las normas no escritas. Así, el sistema de intercambio de favores, el capitalismo de amigotes, el clientelismo, o la corrupción generalizada no están en la legislación: son modos de actuación informales, con sus propias normas tácitas, que acaban dominando sobre el espíritu de las leyes. Constituyen un regreso a los antiguos sistemas de relaciones personalistas, de bandas y mafias, donde escasea el juego limpio.
No es buena estrategia regeneracionista importar al pie de la letra leyes extranjeras pensando ingenuamente que darán buen resultado
De la ley de claridad... a la ley del clarinete
Por ello, no es buena estrategia regeneracionista importar al pie de la letra leyes extranjeras pensando ingenuamente que darán buen resultado. Una Ley de Claridad, como la vigente en Canadá, puede funcionar en países con una tradición política de juego limpio. Pero no resolvería el conflicto secesionista en un entorno dominado por la trampa y el cambalache, en un sistema político atestado de trileros, tahúres y petardistas, donde las leyes son meros instrumentos para usar y tirar a conveniencia. Es difícil imaginar a los nacionalistas respetando tal norma tras un pacto de décadas entre oligarquías por el que el gobierno central haría la vista gorda ante el incumplimiento de la ley en Cataluña. Sus consecuencias resultan patentes cada día.La Ley de Claridad se transmutaría en España en la Ley del Clarinete: cada cual soplaría a placer, con su propia partitura, tocando su particular melodía. No hay claridad sin profunda reforma del sistema político.  
¡Que inventen ellos!, exclamó Miguel de Unamuno; nosotros copiaremos. Pero regenerar un sistema político no es tan fácil como calcar leyes que fueron eficaces en marcos informales muy distintos. La experiencia de los países de Sudamérica adoptando hace dos siglos muchos rasgos de la Constitución de los Estados Unidos, con resultados muy decepcionantes, debería prevenirnos contra las soluciones
simplistas. No existe botón, palanca, disposición legal capaz de tornar instantáneamente la podredumbre en bondad. Ahora debemos inventar nosotros. Las reglas informales perniciosas constituyen un equilibrio bastante robusto, persistente... pero no inmutable. Necesitamos una estrategia inteligente de transformación de incentivos y expectativas, capaz de ir modificando los usos asentados, las instituciones políticas informales. La tarea no resultará sencilla pero... es la única vía para evitar el desastre.

                                                                    JUAN M. BLANCO   Vía VOZ POPULI

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