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lunes, 29 de julio de 2019

VUELTA AL CERO

Una gran coalición que, por encima de retóricas de «izquierda» y «derecha», aborde la salvación de un país en el límite

Gabriel Albiac 

Gabriel Albiac

El cadáver de Iglesias devuelve la partida al cero. No hablo de la que, entre asesina y suicida, se ha jugado en torno a la sesión de investidura. Es ésa una contienda, sin duda, relevante. Pero no primordial. Los gobiernos van y vienen. Y la prueba irrefutable de que una nación sobrevive aun al peor gobernante la da que España sobreviviera a la majestuosa incompetencia de Rodríguez Zapatero. Sánchez es un mal tipo y un doctor hilarante. Comparado con Zapatero, es Einstein. España sobrevivirá a él, como ha sobrevivido a casi todo. Pero el envite en juego, tras el suicidio de Iglesias, es otro. El modelo constitucional de 1978 está agotado. Ni es asombroso ni es dramático. Las Constituciones envejecen, como envejece todo lo vivo. Y mueren. Porque, como Aristóteles diagnosticara en su De generatione et corruptione, sólo no muere lo muerto. Estar vivo es saber que un día no lo estaremos. Y, cuando ese día llega, evacuar la necrosis es condición para que la vida fluya. El Gramsci de la cárcel sentencia: «Lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos mórbidos más diversos». En eso estamos.
¿Qué ha muerto en la Constitución del 78? Puntos precisos que venían determinados por la salida de la dictadura. Dos de ellos colapsan hoy todo. El primero es la inexistencia de una división real de poderes con un poder judicial impermeable al ejecutivo. El segundo, el desembocar de aquel delirio llamado «nacionalidades» en lo que el feo neologismo camuflaba apenas: naciones dentro de la nación, lo que ningún Estado puede permitirse. Reformar esas dos anomalías constitucionales es constrictivo. Pero a la Constitución del 78 la fosilizan dos obstáculos: a) una ley electoral que compra el bipartidismo central pagando un plus de escaños a los nacionalistas, b) un laberíntico procedimiento de reforma. Roto ahora el bipartidismo, la actual Ley Electoral es un lastre. Y no abordar la reforma constitucional cuanto antes, es condenarnos a entrar en un ciclo de riesgos aún más altos.
Ley Electoral y Constitución deben ser puestas al día. Y nadie está en derecho de ignorar que eso sólo podrá acometerlo un Parlamento con, al menos, dos tercios de consenso. Y nadie está en derecho de ignorar que eso tan sólo puede consumarlo una gran coalición que, por encima de retóricas de «izquierda» y «derecha», aborde la salvación de un país en el límite. No hay democracia europea que no haya operado así en los momentos críticos. Después, tras las pactadas reformas imprescindibles, cada cual podrá retomar su ruta. Sin riesgos inaceptables para todos.


Ha muerto Iglesias. De mano propia. Lo cual, en una banda populista, significa que su movimiento muere. Los aburridos partidos constitucionales tienen que optar entre dos opciones: o bien sanear juntos las zonas necrosadas del Estado o bien seguir igual hasta que un nuevo populismo nos devuelva al desbarajuste. Ha habido suerte esta vez: un caudillo suicida. Pero no la habrá siempre.














                                                                                     GABRIEL ALBIAC   Vía ABC

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