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sábado, 30 de abril de 2016

¿MATRIMONIO INDISOLUBLE? SÍ, PERO PARA UNOS POCOS ELEGIDOS

No sólo la doctrina de la Iglesia, sino las propias palabras de Jesús sobre el matrimonio se reinterpretan ya de maneras muy distintas. Según el biblista Silvio Barbaglia, en los Evangelios la indisolubilidad absoluta vale sólo para las parejas que viven como hermano y hermana “por el reino de los cielos”.




 
En las casi sesenta mil palabras de la exhortación apostólica post-sinodal, las palabras “indisoluble” o “indisolubilidad” aparecen apenas once veces. Y ni siquiera una vez en el amplio y crucial capítulo octavo, ese sobre las parejas “llamadas irregulares”:
> “Amoris lætitia”




Pero no hay nada escrito que clara y explícitamente menoscabe el dogma sobre la indisolubilidad del matrimonio cristiano.


De hecho, según el cardenal Christoph Schönborn –exégeta oficial de la exhortación por investidura del Papa Francisco–, las excepciones que surgen aquí y allá conciernen sólo al “discernimiento personal y pastoral de los casos particulares”, pero no afectan de ninguna manera a la doctrina, ni tan siquiera ponen en duda la permanente absolutidad de las palabras de Jesús contra el divorcio: “Lo que Dios unió no lo separe el hombre” (Mateo 19, 6).


En realidad, sobre este punto específico, actualmente no están libres de contestaciones e reinterpretaciones, en los distintos niveles de la Iglesia, ni el dogma ni los Evangelios; tampoco después de la publicación de la “Amoris lætitia”.


De hecho, en lo que atañe a la doctrina de la indisolubilidad son ya muchos los que teorizan que el amor esponsal puede “morir”, disolviéndose también el vínculo sacramental. Por no hablar de la difundida praxis de dar la comunión a los divorciados que se han vuelto a casar, lo que también desmiente de hecho la indisolubilidad del matrimonio.


Sin embargo, sólo un número muy pequeño de exegetas se ha atrevido, hasta ahora, a reinterpretar de manera radicalmente nueva los Evangelios sobre este punto, sosteniendo que ni siquiera para Jesús la indisolubilidad del matrimonio era algo categórico.

Uno de estos exegetas es el monje camaldulense Guido Innocenzo Gargano, estimado estudioso de los Padres de la Iglesia, anteriormente prior del monasterio romano de San Gregorio al Celio, docente en el Pontificio Instituto Bíblico y en la Pontificia Universidad Urbaniana, según el cual Jesús no habría revocado en absoluto la concesión mosaica del repudio, ni excluido jamás del reino de los cielos a quien recurre a ella “por la dureza del corazón”:


> Para los “duros de corazón” vale siempre la ley de Moisés (16.1.2015)


> Qué diría Jesús si fuese un padre sinodal (3.7.2015)


Otro es el biblista Silvio Barbaglia, sacerdote de la diócesis de Novara y docente de Sagrada Escritura en la facultad teológica de Italia septentrional, en un ensayo que está desde hace pocos días en las librerías:
> S. Barbaglia, “Gesù e il matrimonio. Indissolubile per chi?”, Cittadella Editrice, Assisi, 2016 


Su exégesis recorre un camino distinto al que recorre la del padre Gargano. En su opinión, Jesús sí que ha pronunciado palabras que son inequívocas acerca de la indisolubilidad del matrimonio. Pero no las ha dicho para todos, sino sólo para un círculo restringido de sus discípulos, las parejas casadas que habían dejado todo -familiares, propiedades, costumbres- para seguir en la misión itinerante, en fidelidad matrimonial absoluta pero también, a partir de ese momento, en continencia sexual perfecta, como “eunucos por el reino de los cielos”.


¿Y los otros discípulos, mucho más numerosos, que no seguían a Jesús en su misión, sino que permanecían en sus ciudades y aldeas y en familias de tipo patriarcal? A estos –explica Barbaglia–, Jesús no les pedía el inmediato distanciamiento de las tradiciones mosaicas, incluido el “libelo de ripudio”.


Ellos, sin embargo, podían ver en las parejas misioneras que vivían en castidad como hermano y hermana la anticipación profética de la vida de los resucitados, “en la resurrección, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en el cielo” (Mateo 22, 30), de la que podían sacar estímulo para “un camino de purificación” de los propios modelos matrimoniales, aún marcados por rasgos no conformes – repudio, poligamia, etc. – a
“como era en principio”, a Adán y Eva antes del pecado.


También Pablo –prosigue Barbaglia– hizo lo mismo. A algunos, a las parejas que partían en misión, como Aquila y Priscila, les proponía la elección profética: “El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen” (1 Corintios 7, 29). Pero a los otros, los más numerosos, no les pedía abstenerse sexualmente, sino una relación lo más estable y fiel posible.


Y, según Barbaglia, lo mismo debería hacer la Iglesia hoy. No “universalizar” para todos el dogma de la indisolubilidad, en cada condición de espacio y de tiempo, sino distinguir entre los dos grados de la vida matrimonial: el de los pocos llamados a una vocación esponsal particular “por el reino de los cielos”, y el de la multitud.


Para la multitud el vínculo matrimonial se fundaría sencillamente sobre el bautismo y para celebrarlo como matrimonio cristiano bastaría una simple bendición.


Mientras que el sacramento real del matrimonio estaría reservado sólo para los pocos que lo abrazan “por el reino de los cielos”, tal vez después de años de vida de pareja como simples esposos cristianos y después de haber tenido hijos. El sacramento marcaría el inicio de una nueva vida pobre y misionera, en la que se renunciaría el ejercicio de la sexualidad y con fidelidad indisoluble también después de la muerte de uno de los cónyuges.


La indisolubilidad valdría, por lo tanto, de manera absoluta sólo para estos pocos, mientras que para los muchos –escribe Barbaglia– tendría “forma relativa, aunque con tensión hacia la absoluta”. Y esta situación, “que es la común y ordinaria para la mayoría de los cristianos, podría permitir que se resolviera positivamente también el añoso problema de la comunión a los bautizados, divorciados y que se han vuelto a casar, que piden volver a empezar en la Iglesia una nueva vida de fidelidad”, con o sin un previo camino de penitencia según las responsabilidades de cada uno en la ruptura del vínculo anterior.


Barbaglia presenta este doble grado de matrimonio como un “ejercicio de escuela”, por ahora sólo teórico, derivado de susodicha exégesis de los Evangelios. A la
que hay que añadir también otra “hipótesis”, que atañe al clero casado.


Tal como hacían en la Iglesia primitiva los sacerdotes y los obispos casados, que ejercían su ministerio absteniéndose de las relaciones sexuales con sus esposas, así, según Barbaglia, podría ser de nuevo también en la Iglesia católica del mañana.


Diáconos, sacerdotes, obispos ejercerían su ministerio en los respectivos estados de celibato o matrimonio, pero “ambos con la connotación de ser ‘eunucos por el reino de los cielos’, como en el grupo apostólico de Jesús y en la Iglesia de los orígenes”.


Un “ejercicio de escuela”, éste último, que ciertamente no encontrará mucho favor en quienes hacen campaña a favor de un clero casado, y que tampoco lo imagina en continencia sexual perfecta.
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Silvio Barbaglia es un exegeta no exento de originalidad. Su penúltimo libro es:
> S. Barbaglia, “Il digiuno di Gesù all’ultima
cena. Confronto con le tesi di J. Ratzinger e di J. Meier”, Cittadella Editrice, Assisi, 2011


En la secular disputa entre quienes sostienen que la última cena fue una cena pascual y quienes en cambio –siguiendo la cronología de Juan– la anticipan a la noche anterior, Barbaglia toma posición demostrando un acuerdo pleno entre los cuatro Evangelios. En su opinión, la última cena de Jesús fue una “cena de ayuno” la noche de Pascua para estar en medio de sus discípulos como “aquel que sirve”.
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                                                                    Sandro Magister 
Vía InfoVaticana

  
 Traducción en español de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares, España. 

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