Artículos para reflexionar y debatir sobre temas y cuestiones políticas, económicas, históricas y de actualidad.
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miércoles, 1 de junio de 2016
CRISTIANOS EN UNA EUROPA SIN CERTEZAS
"La
Iglesia ha sostenido siempre, aunque hoy parezca una provocación, que el
hombre que conoce a Cristo está en las mejores condiciones para
comprender la realidad y adherirse a ella en su verdad".
José Luis Restán
El diálogo sobre la forma en que la fe
debe hacerse presente en un mundo crecientemente alejado de la
experiencia cristiana no ha hecho más que empezar. De eso dan cuenta,
afortunadamente, numerosos artículos publicados en Páginas. Como ha
dicho el Papa Francisco, nadie tiene “la fórmula”, y con toda seguridad
existen caminos diversos y complementarios, como ya ha sucedido a lo
largo de la historia. En todo caso, como explicaba recientemente el
cardenal Scola en una entrevista, “la fe tiene implicaciones
antropológicas, sociales, ecológicas, que en una sociedad plural entran
en relación con otras visiones del mundo. Los cristianos están llamados a
llevar su testimonio público utilizando también las formas jurídicas,
económicas, culturales y sociales de que dispone, con el coraje de
confrontarse mediante una narración continua con los demás sujetos que
habitan en esta sociedad, en vista de un reconocimiento mutuo”. Puede
que los llamados “valores cristianos” no sean ya reconocidos
mayoritariamente por una mayoría de la sociedad europea, pero eso no nos
dispensa de esa “narración continua” de la que habla Scola, usando las
formas jurídicas, culturales y políticas a nuestro alcance.
Quisiera afrontar ahora un punto delicado del debate. La revelación de
Cristo aclara el fondo de la realidad en todos sus aspectos, abre la
razón y educa la mirada para reconocer la verdad de un modo más
completo. Por eso la Iglesia ha sostenido siempre, aunque hoy parezca
una provocación, que el hombre que conoce a Cristo está en las mejores
condiciones para comprender la realidad y adherirse a ella en su verdad.
Éste es un desafío que estamos llamados a verificar frente al mundo en
esta hora histórica.
Ahora bien, toda la Tradición cristiana sostiene que el corazón del
hombre está hecho para reconocer la verdad. Las verdades que propone el
cristianismo no vienen de la estratosfera, corresponden al corazón del
hombre, si bien éste puede experimentar todo tipo de dificultades
(personales, históricas, culturales…) para reconocerlas. Por eso, entre las verdades que la fe aclara y
sostiene, y los hombres de esta época en que han caído tantas certezas
compartidas, no existe una sima insalvable. Y también la experiencia nos
lo muestra cada día. Eso es lo que permitió la inmediata conexión y
amistad (no exenta de dramatismo y dureza) entre el cristianismo y la
filosofía griega (en la medida en que ésta buscaba precisamente la
verdad). Eso es lo que explica la sintonía impactante de Don Luigi
Giussani con personajes como Leopardi o Pavese, y eso es lo que me hace
vibrar a mí cuando leo a un escritor agnóstico como Vasili Grosman, y
reconozco en él la verdad de lo humano explicada como poca gente sabe
hacerlo. Y eso también es lo que sucedió durante el pontificado de
Benedicto XVI, cuando tantos hombres y mujeres que no tienen fe,
reconocieron en su juicio ético-cultural una verdad entusiasmante y
necesaria para vivir.
Aquí se abre una gran cuestión. Está claro que no se puede sostener una
“cultura cristiana” sin la fe de los cristianos. Aunque todavía haya
intelectuales serios y valientes como García de Cortázar, que
recientemente pedía en una Tercera de ABC reconstruir esa
cultura, “no desde la exigencia personal de la fe”, sino desde un
impulso moral, simplemente para sostener la convivencia, el derecho y la
prosperidad en nuestro país. Seguramente (yo así lo creo desde un
profundo respeto) el intento sería vano a la larga, pero indica un punto
de verdad: que lo más humano es lo cristiano, y eso lo pueden
reconocer, y de hecho lo reconocen, muchos hombres y mujeres que no
tienen fe. Ha sido precisamente Joseph Ratzinger quien ha diagnosticado
con mayor lucidez el fracaso del intento ilustrado de mantener los
valores cristianos separados de la matriz de la fe, separados de Cristo.
No seré yo quien lo discuta. Pero también ha sido el propio Ratzinger,
pocos días antes de ser elegido Papa, quien lanzó desde el monasterio de
Subiaco un original desafío a esta Europa sin certezas, que me parece
enormemente sugerente: también quienes no llegan a encontrar la fe,
deberían buscar orientar su vida “como si Dios existiera”.
"El intento, llevado al extremo, de plasmar las cosas humanas dejando
completamente de lado a Dios nos conduce paulatinamente al borde del
abismo, hacia el abandono total del hombre. En consecuencia, debemos
poner al revés el axioma de los iluministas y decir: también quien no
llega a encontrar el camino de la aceptación de Dios debería buscar
vivir y orientar su vida 'veluti si Deus daretur', como si Dios
existiese. Éste es el consejo que ya Pascal daba a los amigos no
creyentes, y es el consejo que queremos dar también hoy a nuestros
amigos que no creen. De este modo, nadie se encuentra limitado en su
libertad, pero todas nuestras cosas encuentran un sostén y un criterio
del que tenemos urgente necesidad”.
Me parece que necesitamos contemplar esta hipótesis a la hora de
plantear las cuestiones del debate cultural y de la presencia política
de los cristianos en este momento de caída de las certezas (certezas que
pueden recuperarse en el tiempo, si Dios quiere y nosotros trabajamos
para ello). Según la pista del gran Ratzinger, no es disparatado, sino
todo lo contrario, proponer a los hombres de esta época sostener ciertos
bienes y valores (a través del encuentro, el diálogo y el proceso
democrático) aunque ellos se encuentren (de momento o hasta el final)
distantes de la fe. De hecho, Ratzinger propuso en otro momento que el
Decálogo se convirtiera en la tabla de valores compartidos en una
sociedad que corre el riesgo de disolverse y de perder los trazos
fundamentales de lo humano.
Esto no quita nada a la afirmación radical de que Cristo es la respuesta
exhaustiva y radical al misterio del hombre, a su necesidad de
felicidad y de salvación. Sin el sostén de la gracia y sin la
pertenencia al pueblo cristiano, sostener establemente esos bienes en la
ciudad común será poco menos que un desiderátum. Por eso la misión, la
comunicación del Acontecimiento a través del
testimonio (que incluye siempre un juicio de verdad), será siempre la
tarea decisiva que atraviesa y alienta todas las demás tareas (también
la política, cultural y legislativa).
Damos testimonio gratuito de la fe y construimos la ciudad con quienes
no la tienen, pero a los que reconocemos como amigos y hermanos. La
construimos hasta donde se puede, de forma siempre imperfecta y
limitada, porque las leyes y procedimientos de la ciudad no salvan la
vida, pero la protegen y ayudan, más o menos… Y no da igual.
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