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domingo, 24 de marzo de 2019

LOS LÍMITES DE LA UTOPIA NACIONALISTA

El Brexit y la frustrada independencia de Cataluña están demostrando que el mundo es mucho más complejo de lo que predican los soberanistas

Foto: El Palau de la Generalitat antes y después de la retirada de la pancarta con el lazo amarillo 

El Palau de la Generalitat antes y después de la retirada de la pancarta con el lazo amarillo

 Desde siempre la humanidad tiene la necesidad o el deseo de imaginar una utopía futura que le haga más llevadera la cotidiana realidad. Algunos reducen el fenómeno religioso a la búsqueda en el más allá de esa utopía. Y en buena parte del siglo XIX y XX la utopía socialista —el sueño de una sociedad igualitaria y fraternal— ha acompañado la vida de muchos hombres, algunos muy notables.

Pero la caída del comunismo en 1989 marcó el punto final de aquella utopía. Había que vivir en lo que Fukuyama calificó de "el fin de la historia". La democracia liberal con el capitalismo como sistema y las correcciones —no siempre exitosas— que el sindicalismo y la socialdemocracia aportaban a las desigualdades en la distribución de la riqueza. Y además la globalización —la entrada en el mercado del trabajo de millones de chinos y de indios— y la crisis del 2008 pusieron de relieve los límites del bienestar social de los países occidentales.
Donald Trump. (Reuters)
Donald Trump. (Reuters)
Es en este contexto en el que rebrota con fuerza la utopía nacionalistaque fue derrotada en 1945 y que consagraron la carta de las Naciones Unidas y la Declaración Universal de Derechos del Hombre de 1948. La victoria de Donald Trump en los Estados Unidos, el país que bajo el liderazgo de Franklin Delano Rooselvet fue decisivo en la derrota del nazismo es un claro indicativo del cambio de tendencia.
Pero la utopía nacionalista —animada por Steve Bannon, una especie de Che Guevara postmoderno de Trump— está sacudiendo fuertemente la vieja Europa debilitada por la crisis económica, las dificultades del Estado del Bienestar y una clase política a la que la normalidad democrática ha funcionarizado en exceso. Es así. Y la utopía nacionalista rebrota con fuerza —ha ganado referéndums o elecciones en Gran Bretaña, Italia y Cataluña entre otros países— y se está constituyendo como una confusa pero cierta amenaza a los estados sociales y democráticos de Derecho instalados en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las próximas elecciones europeas pondrán de relieve el grado de penetración de este nacionalismo radical frente a las fórmulas más tradicionales del centroderecha, la socialdemocracia y la toma de conciencia del peligro ecológico.
Más de dos años después, los que ganaron el Brexit no saben cómo llevarlo a la práctica y se ven obligados a pedir una prórroga a la UE
Pero los últimos acontecimientos en Gran Bretaña y Cataluña están poniendo ya de relieve los límites reales de la utopía nacionalista, la creencia irracional de que todos los problemas se pueden resolver si se priorizan los intereses nacionales, ya sean de los viejos estados o de las naciones sin estado, frente a las artificiales y periclitadas estructuras establecidas: la Unión Europea para el 51,8% de los británicos que votaron Brexit y el 47,% de los catalanes que sueñan con una Cataluña independientes.
Xabier Arzalluz fue y sigue siendo un referente muy polémico en España. Para muchos encarna el extremo nacionalismo vaso (e incluso el contubernio con ETA). Pero Lluís Amiguet ha recordado hace poco en 'La Vanguardia' una anécdota de Arzalluz que conocía pero había olvidado. Al iniciar un año su clase de Derecho Político, preguntó a sus alumnos cuál era la nación europea más independiente. La respuesta fue Francia y Arzalluz replicó que era cierto que Francia tenía armamento nuclear y que el general De Gaulle la había sacado de la OTAN, pero era dependiente de las normas de la UE. Bruselas limitaba a París. La siguiente respuesta fue Alemania: No, hombre, mucho peor, tiene una economía potente pero media Alemania, la Oriental, se gobierna desde Moscú. Pues Gran Bretaña: ¡qué barbaridad, depende totalmente de los americanos! Entonces, ante el desconcierto de sus alumnos, Arzalluz sentenció, con la autoridad de un exjesuita: el país más independiente es Albania que no depende de nada ni de nadie. Amiguet no explica si Arzalluz sacaba la lógica conclusión de que buscar la independencia total conduce al desastre, porque ningún italiano, alemán o español (tampoco catalán) querría vivir en la Albania de Enver Hoxha. Quizás la actual actitud del PNV tenga algo que ver con las lecciones de Derecho Político de Arzalluz.
El exasesor de la Casa Blanca, Steve Bannon. (EFE)
El exasesor de la Casa Blanca, Steve Bannon. (EFE)
Sea como sea Arzalluz —que falleció en el retiro hace justo un mes— podría presumir hoy de estar en lo cierto. Gran Bretaña votó por el Brexit en junio del 2016 y ahora, a punto de llegar al momento de hacerlo efectivo, ha tenido que pedir humildemente una prórroga a los otros 27 países de la UE. Cataluña proclamó una independencia unilateral el 27 de octubre del 2017 que solo duró unas horas y ahora el Gobierno autónomo de Cataluña —en manos de los independentistas— ha tenido que retirar de los edificios oficiales las banderas separatistas y las pancartas pidiendo la libertad de los políticos presos porque según la Junta Electoral Central de España esos símbolos violan la necesaria neutralidad política de los gobiernos en época electoral.
Está todo dicho. En Gran Bretaña Theresa May quiere salirse de la UE con un Brexit blando que —tienen razón— los partidarios del Brexit dicen que no es un Brexit auténtico. Pero May, que dice querer respetar el 51,8% del referéndum, que el débil de David Cameron —presionado por el ala más nacionalista y reaccionaria de su partido— convocó, no sabe cómo salir del atolladero. Su famoso "Brexit is Brexit" ha acabado con un parlamento británico —la cuna del parlamentarismo— muy fragmentado entre los partidarios del Brexit duro (Boris Johnson), del Brexit blando que no es un Brexit auténtico (Theresa May), los que abogan por quedarse dentro de la unión aduanera o incluso del especio económico europeo (el confuso Jeremy Corbyn y muchos diputados laboristas y conservadores que lo ven el mal menor), y los que defienden un segundo referéndum, de rectificación, que autorice la marcha atrás (los ex primeros ministros Major, Blair y Gordon Brown). Entre estas cuatro grandes opciones Gran Bretaña no sabe que hacer, excepto pedir una prórroga. Mientras la UE, medio paralizada, espera y desespera. En el Madrid castizo dirían que a los ingleses la picha se les ha hecho un lío.
Cataluña sigue partida en dos y los separatistas van a las elecciones en dos listas enfrentadas mientras sus dirigentes comparten banquillo en el supremo
En Cataluña las cosas son menos relevantes porque el imperio catalano-aragonés es de tiempos más pretéritos. Pero Cataluña está dividida y paralizada ya que la reciente exigencia de retirada de las esteladas no viene originariamente tanto de Madrid sino de un partido catalán, Cs, que fue el primero en las elecciones catalanas del 2017.
Theresa May. (Reuters)
Theresa May. (Reuters)
La utopía nacionalista tomó cuerpo en Cataluña cuando Artur Masrelevó a Pujol al frente de CDC, perdió las elecciones frente a un tripartito de izquierdas y para recuperar el poder —Marta Ferrusola, la esposa de Pujol dijo que se sentía como si durante el verano los ladrones hubieran entrado en su domicilio— se inventó lo de el derecho a decidir. Luego tras ganar las elecciones del 2010, con todo el apoyo del 'establishment' catalán, para consolidarse con mayoría absoluta en medio de la crisis, convirtió a la nacionalista pero pragmática CDC en un partido independentista, perdió 12 diputados en el 2012, se negó a rectificar y mantuvo el rumbo a Itaca junto a ERC —a la que forzó a radicalizarse al robarle su programa de muchos años, pero no el de Macià ni el de Companys— y acabo cediendo el poder a Puigdemont, hasta entonces un político secundario en CDC, para que la CUP bendijera que CDC siguiera en la presidencia de la Generalitat. El candidato 'bussines friendly' del 2010, apoyado por el mundo económico catalán contra el "peligroso" socialismo de José Montilla, inclinaba la cerviz ante un partido antisistema de extrema izquierda.
Torra ha tenido que dar marcha atrás para evitar el ridículo de que los Mossos, obedeciendo a Madrid, retiraran los lazos amarillos de la Generalitat
Luego vino mucha épica —Artur Mas cedió al Museo de Historia de Cataluña la estilográfica con la que firmó la convocatoria de la consulta participativa del 2014— las leyes de referéndum y de desconexión con España del setiembre del 2017, el fallido referéndum del 1 de octubre y el fracaso total —los que la proclamaron no se atrevieron ni a empezar a ejecutarla— de la independencia el 27 de octubre del 2017.
Pero la fe nacionalista del 47% de los catalanes es fuerte —y la incompetencia de algunos políticos españoles también— y el secesionismo volvió a ganar con mayoría absoluta las elecciones del 21 de diciembre del 2017. Era el momento lógico para repensar y revisar el programa máximo —como hicieron los renegados socialdemócratas alemanes Karl Kautsky y Willy Brandt en el siglo XIX y en el XX—, pero se ve que la utopía nacionalista es más impermeable a las realidades que la socialdemocracia europea.
Quim Torra. (EFE)
Quim Torra. (EFE)
El resultado del fracaso fue por una parte el ingreso en prisión —incondicional y sin fianza— de los principales dirigentes que habían apostado —de farol, según Clara Ponsatí, la 'consellera' de Educación de aquel gobierno— por la independencia, y por la otra la elección de Quim Torra, un aficionado a la historia catalana y un activista independentista con nula experiencia política, como presidente a las órdenes de Puigdemont, exilado en Waterloo y que se cree el general De Gaulle cuando huyó de la Francia ocupada y se refugió en Londres.
La derrota no acabó con el dogma, pero si amplió la pelea entre los dirigentes de ERC y los diferentes aparatos y sectas nacidos de la antigua CDC. Y el gobierno títere de Torra se instaló en una aguda esquizofrenia. Por una parte, y de eso vive, es el gobierno legal de Cataluña, de acuerdo con la Constitución española, y por la otra quiere encarnar la inexistente pero proclamada república y la sublevación moral contra el régimen del 78.
Y el disparate solo puede llevar a un disparate mayor. Votar contra los presupuestos del Pedro Sánchez porque quiere desinflamar el conflicto pero —como Rajoy— se niega a negociar un referéndum de autodeterminación. Y al hacer las listas para las inevitables elecciones subsiguientes —y las ya programadas municipales y europeas— se impone una dura batalla de presos contra presos en las dos listas independentistas que se sientan en el mismo banquillo de los acusados. Para Torra, una contradicción histórica insuperable; y mortal para Puigdemont si pierde ante Junqueras las europeas.
Para seguir existiendo —protesto, luego existo— había que mantener las esteladas y las pancartas a favor de los presos (divididos en dos listas electorales) en todos los edificios públicos de Cataluña. Dijera lo que dijera la Junta Electoral Central (JEC), un organismo español, tan español como las elecciones a las que se presentan los partidos separatistas. Luego cuando la Junta Electoral Central insiste, se pide un dictamen al Síndic de Greuges (el defensor del pueblo catalán) que dice que hay que retirar los símbolos. Cuando se sabe que Torra ya conocía lo que diría Ribó (el Síndic) cuando le pidió el dictamen, para tapar la martingala se sustituyen los lazos amarillos por lazos blancos. La JEC ordena a los Mossos el jueves por la tarde la retirada de los lazos blancos antes de las 15 horas del viernes. El jueves por la noche en un acto de Junts per Cataluña para la campaña municipal de Barcelona, Torra dice que "hay que resistir hasta el final". El viernes por la mañana la 'consellera' de Cultura, Laura Borràs, la preferida de Torra y la auténtica numero uno de Puigdemont (Sánchez está ante el Supremo) a las legislativas, dice que ella no ha ordenado retirar los lazos y que el 'president' tampoco lo ordenará. En la Conselleria de Interior, en manos del PDeCAT, están al borde del infarto porque los Mossos tendrán que ir al Palau de la Generalitat y retirar los lazos ante las cámaras de televisión que retransmitirán las imágenes a todo el mundo. Como el 1 de octubre del 2017 hicieron con las entradas violentas de policías y guardias civiles en algunos colegios electorales. A las 10 de la mañana el vicepresidente y 'conseller' de Economía, Pere Aragonès, hombre sensato, de ERC y muy próximo a Junqueras, decide retirar los lazos blancos de su Consellería.
No puedo ni imaginar lo que pasó entonces en la Generalitat ni la tempestuosa conversación telefónica entre Brauli Duart —el hombre fuerte de la Consellería de Interior y antiguo presidente de TV3— y Quim Torra, pero lo incontrovertible es que a las doce del medio día los lazos amarillos se esfumaron del Palau de la Generalitat.
Por la tarde, mientras el 'conseller' de Interior comunicaba a la JEC que los Mossos estaban retirando lazos de edificios públicos —entre ellos muchas escuelas—, Quim Torra hacía colgar en la Generalitat un cartel blanco ensalzando la libertad de opinión. Torra ha resistido hasta el final. El final de la obstinación, la impotencia y el ridículo.
Es posible sostener, pues, que las muy distintas utopías nacionalistas —la del Brexit en Gran Bretaña o la de la independencia unilateral en Cataluña— están topando y sucumbiendo ante sus límites reales. Pero Steve Bannon está ahí para trompetear que no es así, que Marine Le Pen y Mateo Salvini están afinando con su ayuda sus ofertas para las elecciones europeas y que Trump sigue siendo presidente de los Estados Unidos. Tiene razón. Esperemos —sin ninguna seguridad— por poco tiempo.

                                                          JOAN TAPIA   Vía EL CONFIDENCIAL  

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