No deja de ser significativo que los españoles nos las hayamos arreglado para convertir la semana de la conmemoración constitucional en una tercera vacación.
La política, como la historia, se escribe siempre, o se reescribe, a toro pasado, de manera que no es extraño que abunden los que se creen en la obligación de advertir lo listísimo que es Rajoy, y los cortes de mangas que está pudiendo ofrecer a sus enemigos, sus adversarios, sus correligionarios, y, muy en especial, a los que decidieron confundir cualquier clase de bienes políticos con la continuidad de don Mariano. Tienen razón, la operación le ha salido muy bien, y quienes trataron de impedirla han quedado ampliamente desacreditados. Hay un pero, sin embargo, hay varios en realidad, y ninguno es pequeño.
La semana de la Constitución
No deja de ser significativo que los españoles nos las hayamos arreglado para convertir la semana de la conmemoración constitucional en una tercera vacación. A su alrededor los políticos se dedican a decir cosas vagas, asignatura en la que es difícil destacar a cualquiera por encima de los demás, y los españoles de a píe, con la excepción de la industria del turismo, aprovechan esa repetida melodía para poner rumbo a cualquier parte, todo un homenaje a la despreocupación y al fingimiento de la bonanza económica que es el gran don con que Rajoy ha comprado las últimas voluntades de muchos.
Claro es que, de vez en cuando, algunos insensatos se dedican a emborronar el horizonte recordando cosas desagradables, como que España tiene una deuda que va camino de la italiana y sigue sin conseguir algo tan elemental como tener superávit primario, esto es, descontando los pagos de la imponente deuda, algo que sí tienen los italianos, pero ya Franco hablaba de los eternos descontentos, así que el público sigue apostando por que, al final, alguien haga un milagro, y lo de Rajoy no deja de ser un antecedente interesante puestos ya en el camino de lo sobrenatural.
Nubarrones en el horizonte
Los más entregados al Cesar pontevedrés se sienten ya en condiciones de hablarnos de Rajoy en 2022, y las comparaciones con Merkel y con Fraga empiezan a ser pálidas imágenes de lo que nuestro líder ha conseguido y está a punto de lograr. Claro es que hay algunas cuestiones pendientes cuya resolución va a requerir algo más que ese buen sentido y esa fiabilidad de las que Rajoy gusta de presumir. Es lo que tiene las cuentas cuando dejan de ser cuentos. ¿Cabe pensar que la UE siga dando a Rajoy el tipo de bula que ya no puede darle? Por este lado, sin duda, pueden pasar cosas no del todo agradables para el monumento popular al éxito del gallego.
La capacidad de Montoro para seguir subiendo impuestos parece estar intacta, pero no está tan claro que eso se pueda seguir haciendo al tiempo que se alardea de una recuperación que lleva claras trazas declinantes. O Montoro acaba descubriendo una economía mágica, o lo que ha hecho nos pasará factura en forma mucho más inmediata de lo que se supone. El flanco presupuestario y económico de Rajoy ha parecido resplandecer si se compara con lo que otros dicen que harían, pero está lleno de abolladuras y vías de agua sin tapón a la vista. Y en cuanto la magia de las cifras de empleo pierda fuelle el panorama puede ser altamente deprimente. Sea lo que fuere, se verá muy en breve, y cabe que, en ese momento, Rajoy, en la cumbre de su control del PP, tire de la manta y busque cambiar las reglas de juego, convocando esas terceras elecciones con cuya eventualidad tanto hemos sufrido, echándole la culpa de todo al primero que asome la cabeza.
Del partido demediado al no partido
La herencia política de Rajoy no es menos gravosa que la que deja su gestión en el Gobierno. A base de someter al PP a una cura sádica de humildad, demostrando que ese partido no es más que la voz de su amo, Rajoy ha conseguido que el PP ya no crea en otra cosa que en el éxito, aunque sea un éxito tan equívoco como el que comentamos. El mundo está patas arriba y el PP se dispone a cantar al unísono el venid y vamos todos con flores a Rajoy. Detrás de tamaña sumisión queda su desaparición política en el País vasco y en Cataluña, su perenne sumisión en Andalucía, su ridículo en Castilla la Mancha y su disparate valenciano, por no citar sino lo más obvio. Miles de ciudadanos decentes que se creyeron eso de que el partido iba a funcionar de acuerdo al principio de “un hombre un voto” van a asistir atónitos a una demostración orwelliana de poder, cosa que seguro produce enorme regocijo a unos pocos, pero una frustración absoluta a quienes desearían que pudiese existir un partido liberal y de derechas en España.
Luisa Fernanda Rudí, que se encarga de estas cosas, ha preparado un congreso en el que se pueda discutir todo, pero se tropezará con una mayoría berroqueña que piensa que discutir es de tontos mientras se pueda seguir mandando.
El bloque constitucional
La herencia rajoyana es también muy oscura desde el lado de la izquierda del sistema. Por un movimiento que todavía no ha rendido todos sus frutos, el PSOE se ha metido en una inaudita forma de autodisolución a la italiana al poner en la calle a su secretario general con el único fin de permitir que Mariano Rajoy pudiera seguir en la Moncloa. Es claro que el anterior líder, ahora no tienen ninguno, no había llegado a ser un Churchill, porque dejó escapar, con la impagable ayuda del guardián de las esencias de la izquierda, la única posibilidad de un gobierno alternativo al no apostar a fondo por una coalición electoral con Ciudadanos y al no proponer claramente un acuerdo distinto sin Rajoy. Se trata de episodios que darán mucho que hablar, pero ahora lo único que cuenta es que los dos partidos que definieron el arco constitucional tienen un espacio común notablemente menor que el que tenían hace solo ocho años. Estoy dispuesto a reconocer que no es mérito únicamente de Rajoy, pero no me negarán que es el primero de la lista.
J. L. GONZÁLEZ QUIRÓS Vía VOZ PÓPULI
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