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martes, 18 de septiembre de 2018

Orbán y el Parlamento Europeo, autodestrucción controlada




La votación muy mayoritaria del Parlamento Europeo a favor de iniciar el procedimiento para suspender de voto a Hungría, y que, en la práctica, de consumarse, significaría la salida de este país de la UE, acentúa el proceso de desintegración de la Unión Europea.

Han votado a favor de la moción la socialdemocracia, los liberales y los verdes, pero además lo ha hecho una parte nada desdeñable del Partido Popular Europeo (PP), nórdicos, Benelux, con Juncker como martillo de herejes, y la mayoría de la CDU de Angela Merkel, pero no su aliado tradicional, la CSU bávara. Por países y junto con Hungría, la mayoría contraria a la resolución procede de los países del Este, lo cual ya es un signo relevante del fondo del problema. Por la parte española han votado a favor de abrir el procedimiento PSOE y Ciudadanos, mientras que el PP se ha decantado mayoritariamente por la abstención, con tres votos a favor de Orbán.

Digamos las cosas por su nombre. Con los actuales criterios del Parlamento Europeo, el Tratado de Roma de 1957, que está en el origen de la actual Unión Europea, nunca se hubiera desarrollado, y la internacional demócrata cristiana, que fue la mayor organización política mundial, nunca hubiera reunido en un mismo ámbito organizativo a los conservadores alemanes con los revolucionarios dominicanos.  Claro que entonces existía una pieza clave, tanto en Europa como en la organización demócrata cristiana mundial, que ha desaparecido, la DC italiana.

El intento de descalificación del gobierno de Orbán, que obtiene amplias mayorías en las elecciones y que funciona con un programa económico de fuerte impacto social que se sitúa a la izquierda del PSOE en sus medidas concretas, responde a una razón de ideología política. El Fidez húngaro considera que puede construirse una democracia que no responda a la tradición liberal, mientras que verdes, socialdemócratas y liberales, y una parte de los populares, consideran que el liberalismo es algo así como el fin de la historia, el grado supremo al que puede llegar la humanidad en su gobernación. El implícito en todo esto es que el criticado y desacreditado – en este caso- de Fukuyama “El Fin de la Historia y el Ultimo Hombre” es el que rige la mentalidad dominante en Europa. A lo que en su momento se dijo que no, la visión del liberalismo como estadio final, ahora la razón práctica política dice que sí, a pesar de que en estos momentos la crítica contra este modelo está más fundamentada que nunca.

Ahora mismo, la Unión Europea se encuentra embarcada con el problema del Brexit, la posición beligerante de Trump y la pérdida de la tradicional cohesión Occidental, el estúpido litigio con Rusia, a la que aboca a una alianza creciente con China, olvidando que en realidad Europa geográficamente es poco más que una península de la gran masa terrestre ruso-asiática. Unas perfectas malas relaciones con Turquía, a la que se la paga con largueza para contender a los inmigrantes y refugiados, una amenaza de los grupos de la Yihad, dentro y fuera, en la frontera próxima del Sahel, una situación del euro todavía no bien resuelta y serias dudas sobre la capacidad para soportar una nueva crisis, una arquitectura de competencias europea que se demuestra inadecuada y alejada del principio de subsidiariedad en unos casos, mientras que en otros, defensa, inmigración, energía, relaciones internacionales, cada uno va a su bola, y la emergencia creciente de partidos populistas críticos con el actual sistema.

Y en medio de esta confusión e incertidumbre abren la “batalla de Hungría”, como antes han abierto la de Polonia, que equivale a forzar l crisis con otros países del Este que ven en Bruselas un conglomerado político de tintes supremacistas, que los considera democracias subdesarrolladas.

Ante este cúmulo de desastres, la pregunta es obligada: ¿hay alguien gobernando a Europa, o el Parlamento Europeo es un lugar de recreo donde los diputados en lugar de hacer política de aquel calibre dan rienda suelta a su mala conciencia, atrapada por la política cotidiana en sus estados?

Y para mayor inconsecuencia, el voto parlamentario previsiblemente quedará en nada porque quien en definitiva ha de resolver la cuestión es el Consejo formado por los estados miembros y además por una mayoría cualificada que se revela inalcanzable. En otros términos, lo de Bruselas ha sido un sopapo en los morros de Orban, una “expansión” de los liberales, socialdemócratas y verdes, con la colaboración de Merkel. Ahora ara falta ver los daños futuros. Y en la sombra sobrevuela Soros el especulador.


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