Artículos para reflexionar y debatir sobre temas y cuestiones políticas, económicas, históricas y de actualidad.
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jueves, 8 de marzo de 2018
LA GUERRA DE LAS MUJERES
Lo que permanece es la existencia de
una causa capaz de unir a todas las mujeres, por distintas que sean y
por diferentes que sean sus ideologías, sus circunstancias o sus
planteamientos vitales
Un momento de la obra 'Lisístrata' de Aristófanes en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. (EFE)
La primera huelga de mujeres de la historia, cinco siglos antes de
Jesucristo, todavía se sigue representando porque el objetivo de
entonces sigue siendo el mismo que el de este 8 de marzo
de 2.500 años después: demostrar que si las mujeres paran, se detiene
el mundo. En el fondo es una obviedad, pero la persistencia del mensaje,
de la reivindicación por sí misma, denota la subsistencia de un problema que no se ha resuelto,
que la igualdad del presente entre hombres y mujeres no ha conseguido
aún: las mujeres en su conjunto no se consideran escuchadas, valoradas,
comprendidas y respetadas.
La obra de Aristófanes que se sigue reponiendo en la actualidad es 'Lisístrata',
la huelga de sexo, de ‘piernas cerradas’, de las mujeres para forzar a
los hombres a que detuvieran la guerra entre atenienses y espartanos, y
por encima de la literalidad (aunque hace tan solo unos años, una
senadora socialista, Marleen Temmerman, la propuso en sentido literal
hasta que se formara Gobierno en Bélgica), lo que de verdad permanece
hasta nuestros días es la existencia de una causa capaz de unir a todas las mujeres,
por distintas que sean entre sí y por diferentes que sean sus
ideologías, sus circunstancias o sus planteamientos vitales. Eso, aunque
parezca una bobada, no ocurre con los hombres, segunda prueba explícita
de que entre el sexo masculino no existe esa inquietud de marginación e
irrelevancia por su papel en la historia que sí existe entre las
mujeres.
La guerra de las mujeres, o la rebelión de las mujeres, como se quiera, existe, por tanto, desde la antigüedad, y esas raíces sociológicas
tan profundas son las que han convertido en un éxito la celebración de
este 8 de marzo de 2018 en todo el mundo, con una repercusión
desconocida desde que nos alcanzan la vista y la memoria. Sentado todo
ello, una vez eclosionada la extraordinaria unión que provoca la causa
de la mujer entre las mujeres —y, por extensión, en la sociedad actual—,
lo que no debe pasar desapercibido es la paradoja de que este éxito del
8 de marzo se produce en el momento de mayor crisis del feminismo, que es el movimiento contemporáneo que ha movilizado a las mujeres.
La
unanimidad que podía encontrarse hace unos años en torno al feminismo
se ha roto en mil pedazos. En la actualidad, cada vez es más frecuente
encontrarse con mujeres, a las que no se les podría objetar ni un solo
matiz en su feminismo y en sus vidas, renegar y rechazar el feminismo institucional.
Más allá todavía, se podría afirmar que muchas mujeres irán hoy a la
huelga o secundarán las protestas a pesar de las feministas oficiales;
las oyen hablar desde sus púlpitos variados, tribunas parlamentarias o
atriles de partido, se las tropiezan en las redes sociales o en
artículos de prensa, y cada vez se sienten menos representadas y más
distanciadas.
Otra
prueba más de la consistencia de la huelga de este 8 de marzo de 2018:
la causa de la mujer sigue adelante incluso cuando ha entrado en crisis
la representación. Es normal, por otra parte, que ocurra porque siempre
permanece lo verdadero y se desvanecen las imposturas. Eso es lo que
tendrá que suceder algún día con la deriva entre sectaria y absurda que
ha adoptado el feminismo institucional y burocratizado, convertido desde
hace tiempo en un fin en sí mismo y alejado de los problemas reales de
la mujeres.
Hablamos del ‘feminismo estético’,
ese que quiere imponer a las mujeres una forma de vestir, de
comportarse; del ‘feminismo excluyente’, el del heteropatriarcado que
convierte a todos los hombres en sospechosos abusadores; o del
‘feminismo de género’, la asfixiante corrección política de ‘los y las’,
‘ellos y ellas’, que después de convertir en ilegibles los textos
políticos, avanza directo hacia la barbarie lingüística de las
‘miembras’ y las ‘portavozas’… ¿De verdad piensa alguna de estas
feministas que las mujeres están preocupadas, o se sienten
estigmatizadas porque a su órgano sexual se le llame coño, que lo
consideran una palabra ofensiva y machista? Pues esas consignas se
lanzan y muchas veces hasta se convierten en campañas institucionales.
Como las ‘calendarias’ de cada año: enera, febrera, marza…
Todos esos movimientos son expresiones de un feminismo impostado que se retroalimenta
con una sucesión interminable de inventos que solo tienen que ver con
ellas mismas, con sus mundos y también, obviamente, con sus ingresos
mensuales a cargo de organismos oficiales. Pero por encima de esas
miserias, una protesta mayoritaria como la que ha concitado este 8 de
marzo, que ha sabido trascender a todo eso, debería reconfortarnos con
un tiempo mejor en el que, como se decía antes, permanezca lo auténtico y
se marchite la superchería.
Entre otras cosas, porque el
feminismo no es el único movimiento que se encuentra en crisis; todo
esto forma parte de una crisis mayor, crisis de valores,
de conceptos y de objetivos, de ideologías, que se está produciendo en
las sociedades democráticas de este nuevo siglo XXI y que, como ha
ocurrido siempre en la historia, se deberá superar.
Al feminismo institucional le ocurre lo que el filósofo Javier Gomá denomina la ‘paradoja de la igualdad’.
Una vez que las sociedades modernas alcanzan el reconocimiento
institucional de los derechos colectivos y las libertades individuales,
la transgresión que condujo a todos ellos pierde el norte, pierde su
motivación emancipadora, y corre el riesgo de diluirse, pervertirse y
esclerotizarse asentada en despachos oficiales. La protesta de hoy es un
aldabonazo en esas puertas cerradas para indicarles que la realidad de
la mujer está en las calles.
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