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jueves, 12 de octubre de 2017

¿SATISFACER A LOS NACIONALISTAS?

El golpe de Estado ha sido posible porque el Estado de las Autonomías ha permitido que donde antes había “patrias chicas” se construyan comunidades nacionales imaginarias

¿Satisfacer a los nacionalistas? EFE

La aplicación del artículo 155 de la Constitución tiene como condición el iniciar la reforma constitucional , así lo ha querido el PSOE. De entre todas las motivaciones para realizar un cambio en el texto de 1978 se ha optado por la peor: detener un golpe de Estado. El objetivo, cómo no, será el satisfacer a los nacionalistas en una nueva ordenación territorial en la que, con el tiempo, tampoco se encontrarán conformes. Lo triste es que una democracia, con todos sus defectos, se vea desestabilizada por el nacional-populismo que ella misma ayudó a crear.

El origen

El golpe de Estado ha sido posible porque el Estado de las Autonomías ha permitido que donde antes había “patrias chicas” se construyan comunidades nacionales imaginarias . Las oligarquías locales, aferradas a las nuevas instituciones, vieron en el resalte de las supuestas diferencias étnicas y folclóricas, recreadas o inventadas, la clave para conservar y aumentar su poder.

La 'nation-building' se hizo a golpe de subvención y propaganda , de control de la administración, la educación y de los medios de comunicación
La nation-building se hizo a golpe de subvención y propaganda , de control de la administración, la educación y de los medios de comunicación. Se forjaron redes clientelares como en los peores tiempos del caciquismo de la Restauración, pero con una diferencia: aquellos caciques del XIX reconocían la jerarquía del ministerio de la Gobernación, y lo intocable que era la Constitución. Hoy, el discurso oligárquico es otro, porque cuanto más se insulte y zarandee el régimen y su ley más rédito político se saca.

Una ideología totalitaria


El nacionalismo es una ideología fundada, no en la razón o en la ciencia, sino en sentimientos y creencias. Es finalista, como el comunismo; es decir, busca siempre el logro de su fin, el Estado-nación propio, homogéneo, excluyente y autoritario . A este objetivo somete toda acción, discurso o subvención. no ha variado en cien años. Ya lo decía Solé Tura: el nacionalismo es una cantinela que se repite una y otra vez.
Como todos los nacionalismos tardíos, el catalanismo político se trufó de victimismo y de biologismo político. De ahí que, por ejemplo, Oriol Junqueras dijera que los genes catalanes tienen más en común como los franceses que con los españoles, y sobre esa diferencia biológico se ha de construir la independencia. Es la política reducida a la genética, como el nacionalsocialismo.

Este modelo es el que hoy impera en Cataluña para la creación de su República: victimismo histórico y supremacismo genético 

A esto se añadió un estilo populista, inaugurado por Francesc Macià en 1931, empeñado en la formación de un movimiento nacional con vocación de partido único: ERC. Este modelo es el que hoy impera en Cataluña para la creación de su República: victimismo histórico y supremacismo genético.

Los colaboracionistas


La oligarquía catalana aprovechó el Estado de las Autonomías para recrear aquel nacional-populismo que solo puede triunfar con colaboradores externos que quieran, como ellos, destruir el Estado . Ahí aparecen Podemos y sus confluencias.

Pablo Iglesias , con la solemnidad que da la ignorancia del que se cree sabio, dijo en el Congreso de los Diputados que España llevaba doscientos años de un conservadurismo que negaba la realidad plurinacional del país. El líder de Podemos no solo desconoce que los Estados-nación en Europa se tomaron todo el siglo XIX para construirse, sino que el “principio de las nacionalidades”, el de Mancini, no se formuló hasta 1861.
El concepto de nación política para comunidades regionales españolas no cobra relevancia alguna hasta las primeras décadas del XX
Es más; tampoco es consciente Iglesias, eso creo, que el concepto de nación política para comunidades regionales españolas no cobra relevancia alguna hasta las primeras décadas del XX. Por tanto, resulta un poco difícil reconocer en “doscientos años” lo que no existía. Pero no hay que engañarse: el caudillo podemita no busca la coherencia, sino desestabilizar el régimen, destruirlo, y de sus cenizas sacar el poder.

La equívoca conllevancia


Azaña se empeñó en 1932, quizá al oír decir a Companys que se sentía español, en que había encontrado en la autonomía la fórmula para contentar al catalanismo político. Ortega, tan atento entonces al eco de su voz como al desvarío republicano, combatió dicha idea y, pesimista, habló de la “conllevancia”.

Parecía entonces que el “problema catalán” –que ha sido siempre de una parte, no del todo como quieren hacer los independentistas- era irresoluble, y que solo se podía ir aumentando el autogobierno; es decir, alimentar a su oligarquía. Pero Ortega no tuvo en cuenta la otra cara de la “conllevancia”: la propensión de los partidos nacionales a ceder a las pretensiones de los catalanistas.
Hoy, PP, PSOE y Ciudadanos parece que vuelven a 1932, a la otra cara de la expresión de Ortega
Hoy, PP, PSOE y Ciudadanos parece que vuelven a 1932, a la otra cara de la expresión de Ortega. Formaran una comisión constitucional, donde, según ha dicho Margarita Robles, tendrán voz todos, incluidos los golpistas , para que del “diálogo” –ay, ese concepto-, salga una fórmula nueva que los satisfaga.

¿Satisfaction?


Nunca. La oligarquía catalana, esa élite cultural convertida en grupo político para instrumentalizar las instituciones en su propio beneficio, no quedó contenta con la Mancomunidad de 1914. Tres años después organizaron una Asamblea golpista con la colaboración de republicanos y socialistas, para obligar al gobierno a una reforma constitucional que avanzara en el autogobierno.

Tampoco satisfizo a los nacionalistas catalanes la República. De hecho, Companys, manoseado hoy por todos, salió al balcón del ayuntamiento de Barcelona el 14 de abril de 1931 para proclamar la República. Pronto llegó el mesías de entonces, el conducator del movimiento nacional catalanista, Francesc Macià, para rectificarle: el Estado Catalán en la federación ibérica.
Tampoco satisfizo a los nacionalistas catalanes la República. De hecho, Companys, manoseado hoy por todos, salió al balcón del ayuntamiento de Barcelona el 14 de abril de 1931 para proclamar la República
Era una traición al Pacto de San Sebastián que acordaron con los republicanos. Dio igual, el Gobierno provisional, sin legitimidad alguna, sin apoyo en ninguna ley, negoció con Macià que se dieran un Estatuto antes de aprobar la Constitución. Eso mismo pasó en 1977, cuando Suárez se entrevistó con Tarradellas, un catalanista de izquierdas, moderado, que se sentía español, quien consiguió la reposición de la Generalidad de Cataluña antes de que se reunieran las Cortes que finalmente serían constituyentes.


Los nacionalismos tardíos, impelidos por un imperativo histórico fundado en los sentimientos y en la fe genética, irracionales, que no atienden a economías ni Estados de Derecho, irredentistas que buscan la expansión por otros territorios, asentados legalmente en instituciones que consolidan su poder, no se satisfacen jamás. Ni siquiera cuando llegan a la Arcadia feliz , a su Estado-nación. Ya lo verán.


                                                                          
                                                                                         JORGE VILCHES  Vía VOZ PÓPULI

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