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jueves, 7 de noviembre de 2019

Milagros eucarísticos: razones para creer


Opinión

Carmen Castiella

Durante estos días y hasta el 15 de noviembre está en Pamplona la Exposición Internacional Los milagros eucarísticos en el mundo, realizada por el adolescente italiano Carlo Acutis. Tanto la vida de Carlo, fallecido por una leucemia fulminante en 2006 y declarado Venerable por Francisco, como el mundo de los milagros eucarísticos me han tocado y me parecen un regalo para nuestra fe vacilante. La Exposición se ha difundido por los cinco continentes. Sólo en Estados Unidos ha sido acogida por millares de parroquias y cien campus universitarios. Justo antes de traerla a Pamplona, estuvo expuesta en la catedral de Oviedo.



Carlo Acutis (1991-2006) entregó su corta y santa vida al estudio y la difusión de los milagros eucarísticos.

Ante los riesgos reales de caer en el fanatismo por lo milagroso, solemos caer en el extremo contrario: olvidar que Dios es el maestro de lo imposible y actúa como bien le place. ¿Quiénes somos nosotros para tratar de limitar la obra de nuestro Dios? En los milagros eucarísticos, que se han ido repitiendo con un patrón muy similar a lo largo de la historia de la Iglesia y en los últimos años se han “multiplicado”, encontramos “razones” para creer en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El pan y el vino consagrados se convierten visiblemente en carne y sangre, por lo que ofrecen excepcionalmente una evidencia del milagro cotidiano de la transustanciación.

Creemos por la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Pero dudamos. Comer la carne y beber la sangre de Cristo…“Es duro este lenguaje, ¿quién puede escucharlo?" (Jn 6, 60). La Eucaristía y la cruz son piedras de escándalo. Misterio que genera división.  Así, algunos teólogos suavizan la dura y real “transustanciación” por la más suave y razonable “transignificación” de Schillebeeckx y Hans Küng (resumiendo mucho: “Las cosas son lo que significan para nosotros”, criterio fenomenológico que, aplicado a la Eucaristía, la devalúa). Resuena así la pregunta del Señor, siempre actual, “¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6, 67).

No queremos marcharnos. Necesitamos tu presencia física en la Eucaristía. Pero somos tan poca cosa, tan llenos de contradicciones y fragilidad interior… Olvidamos rápido hasta lo más sublime. Las  dudas nos asaltan ante una realidad que se oculta a nuestros sentidos.

Además, la deserción de tantos, entre ellos muchos sacerdotes, nos hace tambalearnos. En la Exposición de Carlo Acutis se aprecia que el patrón de milagro eucarístico más repetido es el del sacerdote que duda durante la consagración pero es honesto y pide ayuda a Dios. En este momento, la Sagrada Hostia empieza a sangrar para consolidarse después en un trozo de carne.

Dios no se escandaliza de nuestra poca fe sino que viene en ayuda de nuestra debilidad. Los milagros eucarísticos, en los que el pan y el vino consagrados se convierten visiblemente en carne y sangre, son un regalo de Dios para facilitarnos creer en  este misterio.

¿Qué dice la ciencia sobre el material resultante de estos milagros?

Respecto a la sangre, las diferentes muestras analizadas pertenecen siempre al grupo sanguíneo AB, el mismo que se encontró en la Sábana Santa de Turín. Este grupo sanguíneo es el menos común, solamente lo tiene el 0,6% de la población.

Habla el cardiólogo italiano Marco Serafini: “En cinco informes hematológicos, procedentes de materiales distintos, separados entre ellos por épocas históricas muy lejanas, por distancias geográficas -incluso transoceánicas-, cuatro de los cuales nos han llegado de épocas en las que se desconocía qué eran los grupos sanguíneos (la existencia de los diferentes grupos sanguíneos se debe al austriaco y Nobel de Medicina de 1930 Karl Landsteiner) y, por lo tanto, a mayor razón, imposibles de falsificar... Pues bien, los cinco, según los datos repetidos más de una vez con metodologías distintas y en laboratorios distintos, pertenecen siempre al grupo sanguíneo AB". Se trata de una verdadera bomba estadística que -nos explica el científico con números en la mano- nos demuestra la autenticidad de los tejidos al 99,99996875%. En pocas palabras, estamos ante un milagro dentro un milagro que, según Serafini, es poco conocido y es infravalorado.

Respecto a la carne, según los informes de histopatólogos, los tejidos analizados procedentes de distintos milagros eucarísticos, distanciados como ya se ha dicho en el tiempo y en el espacio, corresponden a músculo del corazón, miocardio, ventrículo izquierdo.

El neurofisiólogo Dr. Ricardo Castañón cuenta que fue en 1999, por petición del entonces arzobispo de Buenos Aires, Jorge Mario Bergoglio, cuando realizó el primer análisis científico de una Hostia consagrada, de la que manaba una sustancia rojiza. Concluyó la investigación en 2006, comprobando que la sustancia era sangre humana, que contenía glóbulos blancos intactos, y músculo de corazón “vivo”, miocardio ventrículo izquierdo: “Cabe señalar que el caso aún no se ha denominado ‘milagro’, sino ‘signo’, y la Hostia permanece expuesta en el altar de la Parroquia de Santa María de Buenos Aires”. A diferencia del que sí se ha considerado ‘milagro’ y que ocurrió en 2013 en Tixtla (México), en el que, al igual, comenzó a manar sangre de una Hostia consagrada: “Aquí confirmamos que el tipo de sangre es AB, el mismo encontrado en la Sábana Santa de Turín y en el Milagro Eucarístico de Lanciano”.

El cardiólogo italiano Dr. Serafini lo cuenta así: "El tejido cardiaco analizado presenta una doble característica: por una parte la fragmentación/segmentación de las fibras y, por la otra, la infiltración leucocitaria". "Esta descripción médica detallada", explica el cardiólogo, "nos hace comprender que el sufrimiento de Jesús no es una cuestión abstracta o espiritual. Al contrario, esto se traduce en conceptos precisos de tipo anatomopatológico o histopatológico de los cuales, como veremos, es posible deducir hipótesis de diagnóstico". Los leucocitos están activos, lo que significa que la muestra de tejido, en el momento en que fue recogida para ser analizada, aún estaba viva, lo cual es inexplicable desde el punto de vista de la ciencia. Serafini nos explica el porqué: "Una vez que han sido separados del organismo viviente del que proceden, o después de la muerte del mismo, los leucocitos sobreviven en agua, sin disolverse, sólo durante unos minutos, máximo una hora". Es decir, el tejido está vivo y sufre.


                                                            CARMEN CASTIELLA   Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

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