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jueves, 22 de junio de 2017

LAS VENTAJAS DE UN CHOQUE DE TRENES

Se convoca un referéndum legal de autodeterminación en octubre y resulta que los independentistas pierden en las urnas. ¿Sería el final del conflicto?

Carles Puigdemont y Artur Mas en el acto central del pacto nacional por el referéndum. (EFE)

Rafael Escuredo, primer presidente de la autonomía andaluza, ha roto dos veces el discurso oficial en los últimos treinta años. Lo hizo cuando, recién aprobada la Constitución, reclamó para Andalucía una autonomía con el mismo nivel de autogobierno que se había reservado sólo para Cataluña, Euskadi y Galicia, y lo ha vuelto a hacer ahora, estos días, cuando ha defendido en Sevilla las ventajas del choque de trenes que todos invocan como la mayor tragedia imaginable. ¿Ventajas? ¿Cómo puede recomendar nadie en España un choque de trenes?

La explicación que ofrece Escuredo tiene la lógica de lo inevitable y la fortaleza del Estado de Derecho; tiene la fuerza de quien no se deja pisotear ni permite que nadie construya verdades oficiales; tiene el pragmatismo de quien persigue zanjar de una vez este deterioro cansino que sólo conduce a que un conflicto se agrave cada día más. Ante esa perspectiva, el choque de trenes es lo único que puede garantizar una situación nueva, distinta, que supere este largo tiempo de siempre lo mismo que se ha instalado en España cuando se habla del conflicto de Cataluña por la deriva separatista. Ante esa perspectiva, el choque de trenes es lo único que puede reafirmar en España el imperio absoluto de la ley. A partir de entonces, todo lo demás.



Ocurrió hace unos días, en el transcurso de una interesante charla sobre “La encrucijada de Cataluña” que compartieron en Sevilla, invitados por el Foro Andaluz Nueva Sociedad, el citado Rafael Escuredo, Xavier Trías, ex alcalde de Barcelona y hoy militante independentista del PDeCat, y Juan Cano Bueso, presidente del Consejo Consultivo de Andalucía. Ya en los prolegómenos de su charla, Escuredo le dirigió a Xavier Trías una duda que debería hacer temblar a cualquier demócrata catalán que siga considerándose como tal: ¿por qué no es posible celebrar este tipo de actos en Cataluña?

El propio Escuredo ha querido en algunas ocasiones acudir a alguna universidad catalana o a algún foro social para debatir sobre la independencia y rápidamente se lo han desaconsejado porque correría peligro el acto en sí mismo y hasta su integridad si se obstinara en el empeño de hablar en contra de la independencia. “En Cataluña, la confrontación política ha llevado a una confrontación social. Tengo reuniones de amigos en las que se ha dejado de hablar de política porque era un factor de división”.

En Cataluña, la confrontación política ha llevado a una confrontación social

En ese ambiente de tensión, el desafío que se ha lanzado para el próximo mes de octubre es el de “referéndum o cárcel”, como se anotaba aquí mismo el otro día, y ante esa tesitura lo que remarca Escuredo es que en un Estado de Derecho nadie puede ganar con la ilegalidad. “En un marco revolucionario o de confrontación bélica, sí, pero en un entorno de legalidad, no existen precedentes en toda la historia: nadie le gana un pulso al Estado desde la ilegalidad. Ahora bien, ¿se puede resolver el problema de Cataluña sólo con sentencias del Tribunal Constitucional? Yo digo que no.

¿Pero se puede resolver aceptando las lentejas de los independentistas, o derecho de autodeterminación o nada? Pues tampoco. Así que, a estas alturas, el choque de trenes es inevitable. Es más, muchas veces tienen que chocar los trenes. Y cuando chocan, se analizan los desperfectos, se cuidan a los heridos y se entierran a los muertos. Porque habrá muertos entre los jefes, eso seguro, y si no que se fijen en Ibarretxe”, recuerda el ex presidente de la Junta de Andalucía.



En su relato, construido con humor y sin dramatismo, Escuredo llega a esa conclusión después de explorar, incluso, lo que podría ocurrir en España si, para evitar el choque de trenes, se accediera a las exigencias del independentismo. Se convoca un referéndum legal de autodeterminación en octubre y resulta que los independentistas pierden en las urnas. ¿Sería el final del conflicto? “Claro que no -contesta Escuredo-. Porque que si has hecho uno, a los dos años pides que se haga otro referéndum. Y así una vez, dos veces, hasta que, supongamos, que a la tercera vez, pasados nueve años, finalmente el referéndum se aprueba y ganan los independentistas: Cataluña se declara República Independiente. Lógicamente, de forma inmediata, Euskadi pide también su referéndum y los gallegos dicen, ‘pues nosotros también’. Todos celebran su referéndum y los ganan. ¿Se habría resuelto entonces el problema? En absoluto: Cataluña diría entonces, ‘oiga, que somos los Países Catalanes, no sólo las cuatro provincias’. Euskadi diría lo mismo, Navarra y el sur de Francia”. De nuevo, vuelta a empezar…

Siempre que se respete la Constitución y la solidaridad entre las regiones, la asimetría no es una amenaza de nada

Nadie sensato en España quiere un choque de trenes, pero no conviene que sigamos engañándonos con una cesión que no va a llegar. Es inevitable, sí. Un choque de trenes para cambiar de vía y comenzar de nuevo. Con los cambios que sean precisos, pero siempre dentro de la Constitución española. Un gran acuerdo de todos los partidos políticos y de los presidentes de comunidades autónomas para impulsar el estado autonómico, desgastado ya por la presión de los nacionalistas.

La Constitución hablaba de nacionalidades y regiones y, pasado el tiempo, con el alto nivel de competencias del que disfrutan las comunidades autónomas, ni siquiera debe contemplarse ya como un agravio que algunas autonomías lleguen más lejos que otras en sus capacidades de autogestión. Siempre que se respete la Constitución y la solidaridad entre las regiones, la asimetría no es una amenaza de nada. Zanjar el conflicto con la fuerza de la ley, conversar y pactar entre todos. Todo lo demás, es seguir dándole vueltas al mismo molino de frases hechas. Y como dice Escuredo, “que dejen ya de decir que el problema de Cataluña es que no se siente cómoda en España porque para eso, como dice un amigo mío, que se compren un tresillo, no hace falta cambiar la Constitución.



                                                                         JAVIER CARABALLO  Vía EL CONFIDENCIAL

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