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martes, 14 de noviembre de 2017

EL NACIONALISMO ES UN VENENO. ¿O NO?

Los sociólogos hablan de nacionalismos extremistas y moderados. ¿Hay una clara distinción? ¿Hay nacionalismos buenos y malos, patriotismos decentes e indecentes?


Manifestación convocada por Societat Civil Catalana. (EFE)


Juncker, presidente de la Comisión Europea, se ha servido de esta frase de inicio para hacer un juicio sumarísimo sobre el nacionalismo. La pregunta es cosa mía. No es el único en culpar a los nacionalismos, con razón, de espantosas tragedias. Las dos guerras mundiales fueron precedidas de exaltaciones nacionalistas, y los horrores de las guerras de los Balcanes, las matanzas étnicas en África y en muchos otros lugares, permiten corroborar el título del libro de Amin Maalouf, un libanés que conoce bien las tensiones nacionalistas: 'Identidades asesinas'. La Unión Europea puede considerarse un hecho milagroso, porque ha conseguido pacificar naciones endémicamente en guerra. Pero la condena de Juncker se hace menos clara cuando en vez de fijarnos en los movimientos sociales nos fijamos en sus protagonistas. En general, son personas movidas por el patriotismo, una virtud cívica que ha sido elogiada siempre, porque impulsaba a sacrificarse por la comunidad. ¿Por qué una virtud ha llegado a considerarse peligrosa? Todos tenemos amigos nacionalistas, ¿es que se han convertido en asesinos potenciales? Los sociólogos hablan de nacionalismos extremistas y moderados. ¿Hay una clara distinción? ¿Hay nacionalismos buenos y malos, patriotismos decentes e indecentes? ¿Con qué criterios los evaluaríamos?

Creo que la clave de estos fenómenos sociales está en los mecanismos psicológicos que dirigen nuestras opciones políticas, y pueden llevarnos a comportamientos que no habíamos previsto. Los conceptos y los sentimientos forman un 'sistema oculto', que relaciona cosas aparentemente inconexas. Al asimilar uno de los nodos de esa red, deglutimos la red entera sin saberlo. Eso acaba haciendo extraños compañeros de cama. Por ejemplo, la aceptación de la sociedad de consumo (que nos resulta agradable a todos) lleva aparejada la necesidad de estar incentivando continuamente los deseos y su satisfacción inmediata, para animar al consumo, lo que provoca una insatisfacción permanente e inevitable. La búsqueda de resultados a corto plazo compromete el futuro de las empresas. El mercado libre aumenta la prosperidad, pero también las desigualdades. Las religiones que se fundan en una verdad revelada directamente por Dios tienden a ser acríticas y excluyentes. Nadie quiere las consecuencias negativas, pero, por desgracia, van en el mismo paquete que las positivas.

Las funciones racionales residen en el córtex, la parte del cerebro más moderna. Por eso es más fácil cambiar de ideas que de estilos emocionales


El nacionalismo y el patriotismo forman un sistema complejo que puede volverse potencialmente peligroso. ¿Por qué? Aunque relacionamos el patriotismo con un 'sentimiento nacional', existió antes de que las naciones existieran. Los antropólogos reconocen que en los seres humanos hay un fuerte sentimiento de 'pertenencia al grupo'. Para indicar su antigüedad evolutiva, lo denominan “emoción tribal”. No hay en esta expresión ningún ánimo despreciativo. Solo busca reconocer su carácter ancestral, preprogramado ya en nuestro cerebro. Instituciones como el totemismo reforzaban simbólicamente esa pertenencia. Como todas las emociones muy profundas, se ha mantenido evolutivamente por su utilidad. En este caso, porque resultaba beneficioso para el grupo, fomentando la cohesión social, la solidaridad grupal. Por ello, todas las culturas han construido sistemas ideológicos, religiosos, morales, educativos, para fomentar y legitimar esta emoción. Por ejemplo, la 'escuela pública' apareció para fortalecer la identidad nacional.

Las emociones y nuestro cerebro


En este punto, la neurociencia nos proporciona un dato relevante. El sistema emocional está radicado en estructuras cerebrales muy antiguas —el llamado sistema límbico— que cambian con lentitud. Algunos sensacionalistas dicen que vivimos en el siglo XXI con un cerebro emocional del pleistoceno. Como todas las exageraciones, tiene su pizca de verdad. En cambio, las funciones racionales residen en el córtex, que es la parte del cerebro evolutivamente más moderna, y que cambia con mucha rapidez mediante el aprendizaje. Por eso es más fácil cambiar de ideas que de estilos emocionales. Ambos sistemas —afectivo y cognitivo— interaccionan de forma estrecha, como han demostrado los estudios de nuestro compatriota Joaquín Fuster y de Antonio Damasio. Las emociones impulsan a la acción, y el córtex intenta modularlas, dirigirlas y controlarlas. Podemos reconocer racionalmente que una emoción es inadecuada o destructiva, y, sin embargo, seguir sintiéndola. Hay un blindaje de las emociones semejante al blindaje de las ilusiones perceptivas. Contemple la siguiente imagen: ¿son iguales ambas mesas? Irremediablemente, verá que una es más larga que la otra, y seguirá viéndolas así aunque las mida y compruebe que son iguales.


Algo parecido ocurre con las emociones. No puedo dejar de ver maravillosa a la persona que quiero. El nacionalista no puede dejar de emocionarse al pensar en su nación. ¿Hay alguien a quien no se le hayan saltado las lágrimas al escuchar un himno, o ver tremolar una bandera? Es evidente que se trata de un sentimiento aprendido, a partir de una predisposición innata, lo mismo que el aprendizaje de la lengua propia, o el respeto al tótem, pero eso no elimina su poder. Poder que solo resulta efectivo para quienes están emocionalmente integrados en ese grupo. A los demás les ocurre lo que al frío oyente del sermón, en el conocido chiste. Cuando le preguntaron por qué no se emocionaba con la elocuencia del predicador, contestó: “Es que yo no soy de esta parroquia”. Todos los argumentos en contra de ese sentimiento pueden ser tan inútiles como los que nos hacemos acerca de la ilusión perceptiva. Se mueven en capas mentales diferentes.

El asunto se complica porque las emociones ponen a la razón a trabajar en su favor, lo que ha hecho que el sentimiento de pertenencia al grupo —la emoción tribal— se amplíe y busque nuevos fundamentos. En Grecia, se estimuló el orgullo de pertenecer a la ciudad. Recuerden el discurso de Pericles sobre la gloria de Atenas. Roma también fue un símbolo movilizador. 'Dulcis est pro patria mori'. Posteriormente, se fomentó la fidelidad al rey, y, a partir de las revoluciones del siglo XVIII, se transfirió a la nación. La pugna entre razón y emoción se manifestó en el enfrentamiento entre Ilustración y Romanticismo. Este venció. El nacionalismo romántico enlazó con la psicología emocional. Herder, profeta del nacionalismo, es un antiilustrado. Heidegger fue un irracionalista, y acabó defendiendo que el ser hablaba en alemán, y que Hitler era un acontecimiento ontológico.

Se puede ser nacionalista visceral y cosmopolita racional al mismo tiempo. O conseguir una justa negociación entre ambos términos

En cambio, los valores universales son racionales. Hasta ahora no están acompañados de emociones tan profundas como la pertenencia al grupo. Después de la guerra mundial, un pensador alemán, Habermas, lanzó la idea del “patriotismo constitucional”, intentando racionalizar y aprovechar la emoción patriótica en bien de toda la ciudadanía. Recuerdo que discutiendo con Jordi Pujol sobre este tema, en un curso que dirigí en El Escorial, él insistía en la frialdad de la noción, en su escasa capacidad de arrastre. Una defensora de la “ciudadanía mundial” y de los “valores universales” como Martha Nussbaum lanzó un debate sobre el patriotismo, defendiendo un “patriotismo universal”.
Muchos de los participantes insistieron en la dificultad, por ejemplo, de pedir sacrificios en pro de la comunidad basándose solo en argumentos racionales. El cosmopolitismo lleva con frecuencia al desarraigo, que acaba fomentando un individualismo desvinculado. Resumiendo lo dicho: la emoción tribal tiene su sede en el cerebro límbico, mientras que los valores universales radican en el córtex cerebral. Se puede ser nacionalista visceral y cosmopolita racional. O conseguir una justa negociación entre ambos.

Los siete caballos de la deriva radical


Volvamos ahora al 'sistema oculto' de la emoción nacionalista. En él se dan algunos aspectos que favorecen la deriva radical:

1º.- La 'emoción tribal' dota al nacionalismo de un 'modelo ideal', que funciona como prototipo: la imagen de una tribu. Es decir, de un grupo homogéneo, donde hay comunidad de creencias, de ideas, de cultura o de raza. Sin embargo, las sociedades modernas no tienen esta uniformidad, lo que obliga al nacionalista a distinguir entre los que son de la tribu y los advenedizos. Por ello, es una emoción que favorece una discriminación interna. Necesita crear ficciones unificadoras como 'pueblo', o 'voluntad del pueblo', que simulan una voz única inexistente. Solo la unanimidad haría reales esas ficciones. Y por eso la busca denodadamente.

2º.- La explicable valoración y orgullo de lo propio produce una automática devaluación de lo ajeno. Los antropólogos indican que muchos pueblos se denominan a sí mismos 'los humanos', considerándose los únicos representantes de la humanidad. El sentimiento de humanidad compartida es muy reciente. Más cognitivo que pasional. Por eso desaparece con facilidad en los enfrentamientos identitarios. Los otros son peores y, en casos extremos, dejan de ser humanos. La emoción tribal favorece, pues, una discriminación exterior.

Un momento de la manifestación del 9 de octubre en Valencia. (EFE)
Un momento de la manifestación del 9 de octubre en Valencia. (EFE)


3º.- Evolutivamente, el sentimiento de pertenencia obedece a una finalidad defensiva. Guarda por eso en sus entrañas un horizonte de enfrentamiento. Las emociones nacionales se fortalecen si encuentran un enemigo común. Por ello, las emociones nacionalistas pueden hacer difícil la colaboración. Los pensadores ilustrados pensaban que la 'pasión dulce' del comercio permitía suavizar las pasiones calientes, que llevaban a la agresividad.

4º.- La 'emoción tribal' facilita la discriminación positiva a favor de los miembros de la tribu. Esta ha sido una crítica común a los nacionalismos, que admiten que se debe favorecer a los miembros de la nación antes que a los extraños en cualquier circunstancia.

5º.- Cuando a lo largo de la evolución histórica la 'emoción tribal' se vierte en moldes nacionales, aparecen nuevas modificaciones. La 'Nación' deja de ser el conjunto de los seres humanos 'nacidos' en un lugar, para convertirse en un ente abstracto, dotado de derechos. ¿Y contra quién pueden esgrimirse esos derechos? Contra el individuo. El nacionalismo surgido de la 'emoción tribal' recupera la idea ancestral de que la tribu está por encima del individuo. Es fácil ver la relación que tiene con el totalitarismo, que afirma que “el Estado es todo, el individuo nada” (Mussolini). Es la sacralización de un ente abstracto. Puede ser también la Cultura, o la Raza.

6º.- El salto desde una 'emoción tribal', dirigida a una comunidad en la que todos se conocen, a una 'emoción nacional', dirigida a un ente abstracto, históricamente construido, a veces no es fácil. Eric Hobsbawn recordaba que en el primer Parlamento del recién creado Reino de Italia (1861), un diputado dijo: “Ya hemos constituido la nación italiana, ahora necesitamos construir el ciudadano italiano”. No existía ese sentimiento, y era necesario inventarlo. Como muchos otros movimientos sociales, el nacionalismo político comienza con una minoría comprometida —normalmente un partido nacionalista— que debe intentar atraer a su causa a una mayoría. Eso provoca un fervor proselitista que, a veces, admite que el fin justifica los medios.

Todos podemos ser colaboracionistas, sin saberlo, de situaciones que conscientemente reprobamos. Los prejuicios actúan subrepticiamente

7º.- Las emociones profundas nos hacen vulnerables, porque son fáciles de manipular desde fuera. Piensen en el miedo, en la furia o en la indignación. Son, además, contagiosas, lo que resulta visible en las movilizaciones masivas.

Vuelvo a insistir en que estos son mecanismos automáticos, que actúan sin que el sujeto sea consciente de ellos. Pueden funcionar de manera tan implacable como las ilusiones perceptivas. He hablado solo del sistema emocional nacionalista, pero hay otros muchos, que nos afectan a todos. Todos podemos ser colaboracionistas, sin saberlo, de situaciones que conscientemente reprobamos. Los prejuicios actúan subrepticiamente, percibiendo solo aquellas informaciones que los corroboran.
Hay diferentes test que revelan nuestros prejuicios escondidos y es fácil llevarse sorpresas desagradables. ¿Entonces hemos de admitir que no somos libres, que nuestras decisiones nos vienen dadas por esos sistemas ocultos que albergamos en nuestra memoria sin saberlo? No. Solo debemos recordar que la libertad no es algo dado, sino una ardua tarea. Ahora como nunca resultan actuales las palabras del sabio Baruch Spinoza: “La libertad es la necesidad conocida”. La libertad es el determinismo que al ser conocido podemos controlar… en parte.

¿Son el nacionalismo y el patriotismo venenos a eliminar o sería interesante recuperarlos? Creo que puede haber una reformulación moderna, menos romántica y más ilustrada, que aproveche los factores movilizadores y elimine los irracionales. Pero la explicación se queda para otro día.


                                                                      JOSÉ ANTONIO MARINA  Via EL CONFIDENCIAL 


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