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viernes, 19 de mayo de 2017

Dios salve al periodista: malos tiempos para la libertad de prensa... en Occidente

La situación no es comparable a la de lugares como Corea del Norte, Eritrea o Turkmenistán, los peores de los rankings, pero EEUU y el Reino Unido, entre otros, se han desplomado en las listas

Un hombre muestra una camiseta con la leyenda: "Cuerda. Árbol. Periodista" en un mitin de Trump en Minneapolis. (Reuters)

“Faaaaake Neeeewsss!" Cómo le gustaría a una que de vez en cuando las crónicas tuvieran sonido para reproducir el tono de los protagonistas de las citas. Aunque en este caso, el lector tiene perfectamente guardado en su cabeza el aullido. No es algo que pase todos los días que el presidente del “país de las libertades” llame a los medios “enemigo del pueblo americano” o englobe a los periodistas “entre los seres humanos más deshonestos en la tierra”.
La agencia británica de noticias Reuters –con sede en más de 100 países, incluyendo muchos en los que los medios de comunicación no son bienvenidos- enviaba recientemente un comunicado a sus empleados donde advertía: “Todavía no sabemos cuán agudos serán los ataques de la administración Trump con el tiempo o hasta qué punto esos ataques estarán acompañados de restricciones legales”. En la circular, titulada "Cubriendo a Trump al estilo de Reuters", el editor jefe Steve Adler insta a sus reporteros a informar sobre la actual Administración estadounidense de forma profesional e imparcial, pero sin dejarse intimidar.
En efecto, no sabemos lo que deparará el futuro. Pero en el presente, el índice de la libertad de prensa en Estados Unidos ya ha caído al puesto 43 en la Clasificación Mundial que publica todos los años Reporteros Sin Fronteras (RSF). Por su parte, la posición del Reino Unido ha caído hasta 12 puntos en los últimos cinco años, situándose en la actualidad en el puesto 40 de una lista de 180 países.
Y, por favor, siga leyendo, porque quizá no sepa lo que ocurre a día de hoy en suelo británico.
Mientras que los nórdicos ocupan los primeros puestos, Corea del Norte, Eritrea y Turkmenistan siguen siendo los peores valorados. España, por su parte, sube cinco posiciones, del puesto 34 al 29, pero según RSF, la mejora es una ilusión óptica que “sólo se explica por el contexto de deterioro conjunto en sus vecinos de la tabla”. “El ascenso de Donald Trump al poder y la campaña del Brexit estuvieron marcados por los ataques a los medios de comunicación, un discurso anti-prensa altamente tóxico que llevó al mundo a una nueva era de la post-verdad, desinformación y falsificación de noticias”, asegura RSF.
No cabe duda que los periodistas que trabajamos en el Reino Unido y los Estados Unidos no lo hacemos en las mismas circunstancias que nuestros colegas en las partes más peligrosas del mundo. Pero tal y como ha señalado el secretario general de la organización, Christophe Deloire, “las posiciones a las que las democracias están acercándose es alarmante para todos aquellos que entienden que si la libertad de los medios no es segura, entonces ninguna de las otras libertades puede ser garantizada”.
Periódicos británicos en un quiosco de Londres informan sobre la victoria de Donald Trump, el 10 de noviembre de 2016. (Reuters)
Periódicos británicos en un quiosco de Londres informan sobre la victoria de Donald Trump, el 10 de noviembre de 2016. (Reuters)
Cada vez más, los gobiernos están actuando con impunidad contra este tipo de libertades al creer que nadie más se preocupa por ellas. Me centraré en Reino Unido al ser el escenario que conozco.
A finales del año pasado, el Gobierno británico aprobó de puntillas y sin hacer ruido que pudiera inquietar a la ciudadanía, la llamada “Ley de Poderes de Investigación 2016”, considerada por activistas pro derechos humanos como “una de las leyes de vigilancia más extremas jamás aprobadas en una democracia” y “una pena de muerte para el periodismo de investigación”. Los tribunales británicos la calificaron de ilegal y el Gobierno recurrió al Tribunal Europeo de Justicia, que también falló en su contra al considerar que iba en contra de la legislación europea.
Pero actualmente existen otras dos amenazas. La primera es la propuesta de la Comisión de Leyes para una nueva normativa de espionaje que aumentaría el plazo máximo de prisión para los “informantes” y ampliaría la definición de espionaje para incluir potencialmente el periodismo, una propuesta que aún no ha sido rechazada por el gobierno.
En febrero, Downing Street se distanció asegurando que era un proyecto del primer ministro anterior. Pero son muchos colegas británicos los que temen que una vez el Partido Conservador refuerce su mayoría en las elecciones anticipadas del 8 de junio retomará los planes. Por otra parte, sigue existiendo la duda sobre la implementación del artículo 40 de la Ley de Delitos y Tribunales, con una disposición que podría, si se implementa, obligar a los editores a pagar los costos de las personas que los demandan, incluso si el medio gana el caso.
La amenaza del terrorismo está debilitando poco a poco los valores establecidos y es precisamente la necesidad de proteger a la nación el escudo que utiliza en muchas ocasiones el Gobierno para sacar adelante determinadas normativas. Paralelamente, la reputación del periodismo cada vez está más cuestionada. Y haciendo autocrítica, algunas veces hay que entonar el mea culpa. Entre otros, los pinchazos telefónicos cometidos por el dominical “News of the World”, cerrado por Rupert Murdoch en julio de 2011, no ayudaron especialmente en su momento.
Pero termino repitiendo la cita de Deloire: “Ninguna de las otras libertades puede ser garantizada”. Que cada uno le ponga el tono que quiera a la frase, pero que al menos piense sobre ella.


                                             
                                                          CELIA MAZA   Vía EL CONFIDENCIAL

 

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