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martes, 30 de mayo de 2017

ÍÑIGO ERREJÓN Y EL VOLUMEN DE SU AUSENCIA

Ahora que el PSOE necesita un arriesgado entendimiento con Podemos, no está Errejón, ni siquiera para moderar los apetitos desmedidos de Iglesias

Los líderes de Podemos Pablo Iglesias (c), Pablo Echenique (i), Irene Montero e Íñigo Errejón. (EFE)

Este es un 'post' que va a perjudicar no poco a Íñigo Errejón. A la postre, el que suscribe está tan alejado de Podemos como del planeta Marte, y ya se sabe que cuando desde las filas adversarias se elogia a uno de 'los otros', los compañeros de partido —los peores enemigos— recelan hasta la neurosis. Sintiéndolo mucho por el inteligente Errejón, hay que constatar que Vistalegre II le dio la mayoría a Pablo Iglesias —las bases siempre son radicales y se dan el gusto de votar a perdedores— y dejó en segundo plano al que fuera cofundador de Podemos y hasta entonces (pasado mes de febrero) secretario político de la organización y portavoz en el Congreso de los Diputados.
Ahora, el joven Errejón (33 años) es víctima —sin reconocerlo— de una purga progresiva, silente, que no se ve pero que se siente. Nominado por Iglesias a disputar en mayo de 2019 la presidencia de la Comunidad de Madrid, Errejón ha asumido su minoría (un 40%) en la última asamblea de Podemos, se ha retirado del foco, es disciplinado con los mandatos orgánicos pero no quiere protagonismo de clase alguna. Su entorno, poco a poco, está siendo laminado, en unos casos por apartamientos voluntarios y, en otros, por procedimientos más o menos forzados. Errejón, no obstante, tiene carácter y no pasa por todas las horcas caudinas: el día 20 de mayo —en la fracasada concentración de Podemos en la Puerta de Sol— no apareció, y en el denominado 'tramabús' —un 'marketing' pachanguero— dicen que se le ha visto de soslayo.
Con Sánchez o con cualquier otro en el liderazgo del PSOE, hubiese sido interesante que el socialismo pudiera articular una izquierda útil y funcional. Como esa portuguesa que tan bien está gobernando y con la que la Unión Europea se muestra tan satisfecha como sorprendida. Está consiguiendo los objetivos del déficit y Portugal comienza a ser un ejemplo para todo el progresismo europeo. O hay colaboración en la izquierda, o la izquierda está condenada a la irrelevancia. Ahí está el caso de Francia con el PSF por los suelos, ahí está Alemania, con el SPD que pierde hasta en sus bastiones federados, ahí están la debilidad del PD italiano o las malas perspectivas del laborismo británico en las legislativas del 8 de junio, incluso ante una autómata de la política como Theresa May.
En España, la izquierda no está mejor si no peor. Pablo Iglesias sigue una estrategia depredadora (léase el impagable artículo de ayer del sociólogo José Luis Álvarez en 'El País', titulado `Cuando te llamas Pablo Iglesias´). Continúa aspirando a 'sorpasar' y 'pasokizar' al PSOE y si Sánchez, con el reposicionamiento del PSOE que proclama, cae en sus redes, el socialismo puede despedirse de su perfil porque será una cosa bien distinta a una izquierda que no infunda pavor en una buena parte del electorado. Iglesias provoca miedo. Lean esto: “Decir lo indecible es la manera más clara posible de transmitir su actitud contraria. Pero para Donald Trump, pisotear la corrección política no es solo una eficaz toma de posición. Ha encontrado en ello un éxtasis desenfrenado, un espasmo jubiloso de indignación por el que sus simpatizantes se dejan arrebatar encantados” ('Sin palabras', de Mark Thompson, página 110, editorial Debate, marzo de 2017). Igual, calcado a Pablo Iglesias. Esto es el 'trumpismo'.
La visión política de Errejón no discurre por los vericuetos anacrónicos de Iglesias. Plantea una nueva izquierda con elementos transversales
Iglesias ya se la jugó a Sánchez en esos meses del 'Gobierno en funciones'. También es cierto que Sánchez engañó a Iglesias (léase 'Al fondo, a la izquierda', de Jesús Maraña, Planeta, mayo de 2017), pero la diferencia es que el líder morado añade a su vocación política dosis peligrosas: una, de neocomunismo casposo, que es el que le hace derramar lágrimas cuando abrazó a Anguita (mayo de 2016) y fagocitó a Alberto Garzón (léase 'Estudios del malestar', de José Luis Pardo, Editorial Anagrama, 2016) y, dos, de instinto asesino respecto del PSOE. Quiere abrazarle como lo hace el oso y de ahí que hasta le haya pasado el balón de la moción de censura a Sánchez, que este ha devuelto —lo mismo Compromís—, dejando colgado de la brocha a un Iglesias que sabe de agitación pero no de estrategia parlamentaria. Habrá que reflexionar sobre la negativa de Sánchez a reformular la moción de censura de Podemos y —¿por qué ahora sí?— abstenerse tras su debate.
La visión política de Errejón no discurre por los vericuetos anacrónicos de Iglesias (Antonio Muñoz Molina: “Podemos está lleno de cosas viejas”, 'El Mundo' del pasado domingo). Ni es un criptocomunista, ni entiende la colaboración con el PSOE como ancilar o subalterna, ni aspira a manejar el miedo, ni utiliza el lenguaje 'trumpista'. Plantea una nueva izquierda con elementos transversales, procura un discurso que alcance algo más allá de los auditorios ya previamente convencidos y, sobre todo, entiende que la transformación de la sociedad y del Estado es institucional y no insurreccional o callejera, como cree Pablo Iglesias. Pero ahora que el PSOE necesita un arriesgado entendimiento con Podemos, no está Errejón, ni siquiera para moderar los apetitos desmedidos de Iglesias. Y el volumen de su ausencia se toca y —por muchos— se lamenta.

                               JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Vía EL CONFIDENCIAL

 

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