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jueves, 27 de abril de 2017

CORRUPCIÓN, NO SERÍA TAN DIFÍCIL





La corrupción ha invadido toda la vida política española, trastocándola, dañando gravemente las instituciones que necesitamos para gobernamos, convirtiendo la política en un fangal que amenaza a la propia recuperación económica. La corrupción corroe el capital social y deja moralmente inerme a una sociedad. Pero el remedio que se va utilizando, siempre medidas en caliente, es tal que hace imposible la política a quienes no sean funcionarios, apparátchik de los partidos o rentistas de rentas públicas o privadas, porque las limitaciones son tales que ningún profesional en su sano juicio que tenga una carrera razonable por delante se meterá en semejante lío. Y lo peor es que todas las normas que se han implantado no resuelven el problema.


Pero no es tan difícil, y basta con recurrir a un enfoque parecido al que permitió a los padres fundadores salir del agujero en el que se había sumido Europa después de la Segunda Guerra Mundial. La combinación sabia entre grandes principios y aplicaciones prácticas de gran alcance.

Y este enfoque se traduce en nuestro caso con dos tipos de medidas. Una inmediata para atajar de inmediato la gran corrupción sin caer en la burocracia extrema, que termina por facilitarla. La corrupción a gran escala se desarrolla en la obra pública y en los grandes contratos para prestaciones de servicios. Si en estos sectores tiende a reducirse a cero, se habrá liquidado el principal foco. Y la forma de hacerlo es sencilla: crear organismos de licitación independientes cuya titularidad esté en manos de representantes de los tres poderes: la administración concernida en su ámbito ejecutivo, la representación política, que será siempre de signo distinto a la del gobierno, y la de la justicia en el rango que convenga a la instancia constitutiva. Bajo este consejo de administración se situará la instancia ejecutiva formada por profesionales de la materia, que se someterán a un examen de cualificación profesional y otro que examine su perfil psicológico.

Si se desgaja la contratación de las grandes obras y servicios de los partidos políticos y las administraciones que controlan, la corrupción será casi imposible Existen numerosas instancias de este tipo. Desde los controles farmacéuticos, al mercado de valores, pasando por la Autoridad Fiscal Independiente. Algunas carecen de poder ejecutivo, otras lo tienen en una medida dispar, pero la idea es siempre la misma: alejar de la administración el control de determinados aspectos. Pues este mismo criterio debe aplicarse a la gran contratación, y lo extraño es que no se haya hecho.

Pero, obviamente, esto no basta. Es en la sociedad donde anidan los antivalores de la corrupción, que solo hacen que señalar uno de los grandes males de la sociedad desvinculada: la ausencia de virtud;  esto es, la existencia de prácticas personales buenas que están adecuadas a los fines que en cada caso se persiguen en aquella función personal, y también con aquellas generales que deben ser comunes a toda persona, como el ser honesto. Quienes poseen tal virtud ni corrompen ni son corrompidos. Pero para que la virtud exista es necesario que la comunidad la reconozca y la valore, sea enseñada, trasmitida y practicada. Necesitamos pasar de una ética subjetiva, hedonista y desvinculada, a otra comprometida con la comunidad: la ética de la virtud.

De las medidas prácticas de gran calibre a los fundamentos, estos son los dos brazos que se requieren para luchar y erradicar la corrupción.



                                                                        JOSEP MIRÓ i ARDÈVOL  Vía FORUM LIBERTAS


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