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domingo, 23 de abril de 2017

PODEMOS Y EL 'BEAUTIFUL POWER' DEL PP

Quién le iba a decir a Podemos que empezaría la semana entre carcajadas de todo el mundo por el autobús y que iba a ser el PP el que iba a llenárselo de contenido?


El Tramabus en su recorrido por las calles de Madrid. (EFE)


Del ridículo a la premonición se va de un salto, un golpe de suerte que solo impulsa el destino. Aquello de lo que alguien se burla un día, se vuelve al día siguiente la más perspicaz de las revelaciones. ¿Quién le iba a decir a Podemos que empezaría la semana entre carcajadas de todo el mundo por la estúpida idea del autobús y que iba a ser el Partido Popular, precisamente el Partido Popular, el que iba a llenárselo de contenido? Ni en la más concienzuda de las estrategias de partido, ni en la más sesuda de las conspiraciones, se puede dominar el tiempo para que, en el transcurso de un par de días, el azar pueda rescatar a alguien del ridículo y subirlo al pedestal de la verdad más arriesgada y premonitoria. La asentada fama de los dirigentes del PP de transitar por esta vida pegándose tiros en el pie, a medida que avanzan, es la que esta semana ha sacado a Podemos del ridículo con el que la comenzó cuando presentó su autobús de mofa.


Ese autobús de caricaturas con el que anunciaron que iban a recorrer España ruborizó incluso a los propios dirigentes de Podemos, que entendieron la iniciativa como una penosa muestra de frivolidad y simpleza. Lo que se espera de un partido político serio es algo más sustancial y profundo que una iniciativa política que podría suscribir cualquier revista satírica, como 'El Jueves' o 'Charlie Hebdo'.
Si la denuncia del ‘Tramabús’ tenía como objetivo señalar un sustrato corrupto, ahí que apareció el escándalo de Lezo para ponerle nombre y apellidos
Es verdad que la provocación es un arma dialéctica frecuente en la política pero solo puede ser contemplada como una antesala, un anzuelo que sirve para colgar luego un discurso mayor, un mensaje de fondo. Quedarse en la provocación convierte al político en un monologuista, un cómico sarcástico, que se queda en la espuma de la risa fácil. Después de la deplorable demostración de infantilismo de Pablo Iglesias, cuando pensó que el mejor discurso en el Congreso era el más chabacano, aquel “me la suda, me la pela, me la bufa” que tanto se asemejaba al caca-culo-pedo-pis que divierte a los niños; después de aquello la simpleza del autobús encendió alarmas rojas de inconsistencia en el formación.
¿Todo lo que se le ocurre a la cúpula de Podemos para denunciar la corrupción es pasearse en un autobús como un 'troupe' de circo? En esas andaba el debate en torno a Podemos, instalado en el ridículo, cuando llegó el Partido Popular para llenarlo de contenido. Si la denuncia del ‘Tramabús’ tenía como objetivo señalar la existencia de un sustrato corrupto en el que se encontraba mezclada una élite variopinta de empresarios, políticos y periodistas, todos al servicio del mismo interés, ahí que apareció el escándalo de Lezo para ponerle nombre y apellidos a cada uno de ellos. Serán los tribunales los que, uno a uno, examinen las responsabilidades individuales y la existencia misma de una ‘trama’ organizada como tal, pero al autobús de Podemos ya le han solucionado todas las averías. Le han llenado el depósito de gasolina. Ahora ya no hay críticas, sino reafirmación: “El Tramabús se nos queda pequeño para tanta trama, pero ya estamos buscando alternativas”, dicen en la formación.
Francisco Correa y su ex en la boda de Ana Aznar. (Gtres)
Francisco Correa y su ex en la boda de Ana Aznar. (Gtres)
En los estertores del felipismo, cuando los juzgados se llenaron de procesos por corruptelas, una de las tramas que más daño le hicieron al Partido Socialista fue aquella que reunía a una élite de personas ajenas a la estructura del PSOE, nuevos ricos que medraban por los alrededores del poder socialista. Se la conoció como la ‘beautiful people’ socialista. Lo que se ha ido destapando en torno al Partido Popular recuerda mucho aquel momento de degeneración del felipismo, solo que ahora esa élite de aprovechados está más cerca del poder. Desde Correa, con su gomina, caminando altivo con su chaqué en la boda de la hija de Aznar, hasta el cesto de manzanas podridas que llevaba Esperanza Aguire, un maletín de billetes en el armario, un ático de lujo en la costa y sucios negocios escondidos en el Canal. Tarjetas black, comisiones ilegales, coches de alta gama, cuentas en Suiza y sobres con billetes de la ‘contabilidad B’. Esa es la 'beautiful' del Partido Popular y, para acercarla y diferenciarla a la vez de la 'beautiful' socialista, la llamaremos el ‘Beautiful Power’, nuevos ricos amamantados en los despachos del poder.
En la corrupción, como la vida, la realidad supera a la ficción. Todo aquello que nos podría parecer inimaginable, acaba confirmándose. Grabaciones policiales que reproducen diálogos de las series de corrupción, empresarios que entregan sus sobornos en maletines de dinero contante y sonante, políticos que esconden con la sonrisa inocente una doble vida de soberbia y avaricia, medios de comunicación que manchan a diario con mentiras interesadas el sacrosanto derecho a la libertad de expresión. Todos los elementos de una gran trama de ficción política, de intriga policiaca, están ahí delante, como hechos ciertos, palpables, y reproducen los mismos esquemas que acabamos de ver en el último capítulo de una serie.
“El camino hacia el poder está pavimentado de hipocresía". ¿Quién ha dicho esa frase? ¿Forma parte de las grabaciones policiales o el diálogo de una serie? ¿Lo dice un personaje de ficción o lo admite un presidente autonómico ante los suyos?
La posverdad es un signo de nuestro tiempo y, a veces, cuando se observan los acontecimientos, solo podemos admitir que es la propia degradación la que genera esa confusión de la realidad; la que convierte en creíble cualquier capítulo de ficción. Los límites de la verdad y de la mentira se difuminan porque todo aparece ante nosotros como una misma cosa.
Frank Underwood es un personaje de ficción que no se diferencia en nada de los que salen en los telediarios y cada una de sus frases, su ambición desmedida de poder, y hasta su forma de vestir, de andar y de mirar, son perfectamente asimilables a muchos de los políticos que vemos caminar cabizbajos hacia el furgón de la policía. Frank Underwood es ficción e Ignacio González es realidad, pero al mirarlos a los dos ya es imposible establecer la diferencia porque los dos personajes se parecen a Kevin Spacey en ‘House of Cards’, el mismo castillo de poder que se edifica con cartas marcadas. “Vaya pérdida de talento. Él eligió el dinero en lugar de poder, un error que en este mundo casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos después de 10 años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste durante siglos”. ¿Quién lo dijo? ¿Se refieren a los últimos imputados del PP, ese submundo de ostentación y chulería, o a los de la serie de Netfilx? ¿Lo dijo Underwood o Esperanza Aguirre antes de romper a llorar? ¿Quién lo dijo? Cualquiera, sí, ha podido decirlo cualquiera. Ese es el drama.

                                            JAVIER CARABALLO  Vía EL CONFIDENCIAL

 

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