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martes, 30 de abril de 2019

La «Sombra»: el camino de la fragilidad

Opinión

Carmen Castiella


Hace unos meses un amigo me envió por correo Jesús es vulnerable de Jean Vanier (marino canadiense, además de teólogo y fundador de El Arca, comunidad para personas con discapacidad intelectual) y otro me dejó en el buzón Elogio de la vida imperfecta, de Paolo Scquizzato. Casi al mismo tiempo, mi hermano me había prestado Encuentro con la sombra, de varios autores. Sólo leí el capítulo de Carl Gustav Jung, por el interés que me suscita el personaje y su psicología profunda, a la que incorpora filosofía, religión, arte y mitología. Las tres lecturas, cada una a su manera, transmiten que la vida tiene mucho de recorrer con alegría el camino de la propia fragilidad. Exactamente el camino contrario al que propone la autoayuda. Los tres libros transmiten la importancia, en nosotros y en nuestras relaciones, de la presencia de los límites, las heridas y las zonas de sombra.

La “Sombra” es uno de los arquetipos principales del inconsciente colectivo según la psicología analítica de C.G. Jung. Sombra designa al aspecto inconsciente e inferior de la personalidad, la suma de todas las disposiciones psíquicas que no son asumidas por la consciencia por su incompatibilidad con la personalidad que predomina en nuestra psique, en nuestro “yo social”, en nuestras máscaras, en el personaje que hemos aprendido a representar de cara a los demás. Simplificando: contenidos rechazados que no por eso desaparecen. Simplificando todavía más: Jung viene a decir que esas carencias y sombras se rebelan y se vuelven monstruosas si se ignoran o se pretenden eliminar.

No quiero forzar la interpretación de la “sombra” junguiana y construir puentes irreales entre la psicología analítica y la revelación. En Jung no hay necesidad de salvación sino, como mucho, de integración. El cristiano, sin embargo, vive su propia sombra como lugar de encuentro con Cristo. Sabe que necesita ser salvado. Y sabe, sobre todo, que tiene un Redentor, Cristo, que ha vencido al pecado y a la muerte.

Todo aquello que nos cuesta aceptar de nosotros mismos e incluso nos da miedo mirar es precisamente lo que Cristo ha venido a tocar. ¿Qué es la sombra sino la limitación, la herida, la duda, la inquietud, la angustia, el fracaso, la fragilidad y tantas veces el propio pecado? Esa sombra que simboliza todo lo que rechazamos de nosotros mismos es el lugar principal del encuentro con Cristo, que no ha venido a salvar a los justos sino a los pecadores. Todo esto parece evidente porque lo hemos escuchado mil veces, pero lleva tiempo aprenderlo de modo experiencial, aceptando la propia limitación como una bendición.

Él  ha cargado sobre sus hombros nuestra sombra, oscura y densa, para blanquearla como la nieve. Feliz culpa que mereció tal Redentor.

Por su parte, Jean Vanier cuenta que, tras una trayectoria vital marcada por la búsqueda de la eficacia y el rigor intelectual, el contacto con la discapacidad intelectual le conmovió tan profundamente que le abrió a otra forma de vivir. Subraya el valor de los límites y la propia vulnerabilidad. Muestra la convivencia con la discapacidad intelectual como el camino más rápido para descubrir que yo no soy valioso porque hago muchas cosas y las hago medio bien. Sino que, aunque no hiciera nada en absoluto, soy amado.

Transcribo: “Desde hace más de cincuenta años vivo en El Arca con personas con discapacidad intelectual. Esos hombres y mujeres, tan vulnerables y en ocasiones tan frágiles, me han hecho descubrir a ese Jesús que me acoge como soy, con mi propia vulnerabilidad”; “Los discapacitados intelectuales profundos atraen especialmente la ternura y la gracia de Dios”; “Dios se manifiesta en Éric, el chaval más pobre humanamente del Arca, incapaz de ver o entender, pero capaz de esbozar una sonrisa que revela una gran paz. Símbolo para nosotros que tenemos dificultes para ver y entender la Verdad. Su pobreza radical nos ayuda a aceptar nuestra propia debilidad. Yo no soy alguien porque hago cosas. Soy amado por Dios tal y como soy. Todo lo que Él quiere, su voluntad, es que descubramos que Jesús nos ama con locura y que lo acojamos para que Él pueda vivir dentro de nosotros”.

Aunque aparentemente haya fracasado, aunque no haya dado grandes frutos, Él abraza mi yo. La sombra y el límite son casi mi principal riqueza porque allí es donde tengo experiencia de ser salvado. Así, la santidad es Cristo en mí: “Señor, tú sabes quién soy yo, el porqué me creaste, porqué tengo este aspecto y vivo en este lugar. Señor, yo quiero ser la persona que Tú creaste”.
Aunque lo que más necesitamos hoy día es silencio (“Callando, para que hable Dios”, San Juan de la Cruz), enlazo un par de canciones sobre el tema del artículo.

Soy pasión de Dios, sobre la aceptación de los límites y el amor de Dios:




Lord I need you, de Matt Maher, misma temática pero otro estilo. La santidad es Cristo en mí:






                                                                CARMEN CASTIELLA  Vía RELIGIÓN EN LIBERTAD

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