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viernes, 26 de enero de 2018

Una buena fiesta: de qué se está riendo la derecha

La derecha domina Europa y está segura de que sus triunfos seguirán produciéndose en próximos años. Pero están traicionando a los suyos, y no les saldrá gratis


El presidente, director general y cofundador de Blackstone, Stephen A. Schwarzman. (EFE)



Los debates sobre el futuro de la izquierda se han vuelto demasiado comunes, y de un tiempo a esta parte algo más enconados. Es normal, ocurre cuando los resultados no son buenos, lo que facilita que sus distintas facciones se culpen entre sí de los problemas. Estos enfrentamientos son contemplados con socarronería y satisfacción desde el otro lado de la línea ideológica, cuando no desde la hilaridad, y un buen ejemplo es el tuit de Jorge Bustos, el periodista autor de 'Vidas cipotudas': “Intelectuales de la izquierda burbuja descubriendo que a las clases populares les gustan la nación y la familia. Ya solo falta que descubran que también les gusta el capitalismo y llegamos por fin al siglo XXI”. No se trata de la opinión de una persona en concreto, sino de que su ironía define de un modo preciso el sentir de buena parte de la derecha: hemos ganado, la sociedad está de nuestro lado y hasta los otros se están dando cuenta.

Pero la derecha española y europea, la que ha venido gobernando o actuando como principal partido de oposición desde hace décadas, haría bien en guardarse sus chanzas hacia los rivales y empezar a mirar hacia dentro, porque está demostrando poco ojo respecto de los problemas que vienen. Su ceguera respecto de los tiempos queda dibujada en las afirmaciones de Stephen Schwarzman, CEO de Blackstone Group, en el Foro Económico Mundial en Davos 2018, cuando le preguntaron por los riesgos globales: "Es un momento de enorme ebullición, parte del cual ha sido creado por un estupendo crecimiento económico. Y la fiesta es realmente buena, sirven muy buena comida y bebida y estamos ganando dinero...”.

Un cambio radical


Hay varios motivos, si hablamos en términos puramente pragmáticos, por los que deberían abandonar sus copas durante un rato. Si examinamos el sur de Europa, en Portugal la derecha perdió el gobierno, como ocurrió en Grecia, y también en Italia, donde se está imponiendo Cinque Stelle y resurge la Liga Norte. Por no hablar de Francia, el país que tuvo que inventarse a Macron en unos meses para frenar al Frente Nacional. España resiste, pero a qué precio. Recordemos todo lo que hubo que hacer (dos elecciones, el apoyo de Cs, torcer el brazo al PSOE) para conseguir que hubiera Gobierno, y no perdamos de vista el presente, ya que se está empujando con insistencia desde las élites a Rivera para ver si logra superar a Rajoy de una vez.

El apoyo en Europa a los partidos populistas de derecha y a los de extrema derecha es el mayor que han tenido en los últimos 30 años

O fijémonos en el Reino Unido, donde siguen los conservadores en el poder pero pagando el precio de haberle comprado las tesis al UKIP y consentir la salida de la UE. O Alemania, donde Merkel se perpetúa, pero con la necesaria ayuda de unos socialistas cada vez más empeñados en desaparecer. O EEUU, donde un candidato ridículo fue capaz de doblar sucesivamente el espinazo al partido republicano y al demócrata.

Nacionalismo, ley y orden


Reparemos en el resto de Europa. Bloomberg acaba de publicar un análisis sobre los resultados electores de las pasadas décadas en 22 países europeos, en el que señala cómo el apoyo a los partidos populistas de derecha y los de extrema derecha es el mayor en los últimos 30 años. Obtuvieron como promedio el 16% del voto en las elecciones parlamentarias más recientes en cada país; en 1997 era del 5%. Fijémonos en lo que ocurre en Hungría y Polonia, o en Eslovaquia, o en Finlandia, Suiza y Austria. O en por qué la República Checa quiere acercarse mucho más a Rusia.
Si la izquierda se olvidó de sus votantes, en el otro lado de la calle tampoco pueden sacar pecho. La traición de la derecha a los suyos es evidente

Estos nuevos partidos no están tan contentos con el capitalismo existente, global y muy liberal como nuestra derecha afirma: son mucho más nacionalistas, ponen el acento en la ley y el orden, y a menudo adoptan posiciones proteccionistas. Pero todo esto, y hay que resaltarlo, era esperable, porque es el fruto de la traición de la derecha a su propio electorado.

¿Familia y religión?


Si la izquierda se olvidó de sus votantes, en el otro lado de la calle tampoco pueden sacar pecho. La traición a los suyos ha sido muy evidente en muchos terrenos. Por ejemplo, con la familia, un eje central del pensamiento conservador. En España, las posibilidades de tener hijos y mantenerlos son mucho más complicadas, y todo conspira para que exista una natalidad baja. La relación con los mayores no es la idónea, porque la escasez económica y los horarios laborales no permiten que nos hagamos cargo de las personas que, al envejecer, necesitan cuidados; y si los mayores tienen buena salud, se convierten en quienes crían a los nietos o en quienes ayudan a los hijos económicamente cuando las cosas van mal: y si la familia es monoparental, las dificultades para compaginar el trabajo y los hijos son enormes. Tampoco en un terreno que siempre les ha sido propio, como es el de la religión, han sabido contentar a los suyos. Se han acercado instrumentalmente a ellos, han realizado declaraciones más altisonantes o menos, según conviniera, pero son un sector claramente descontento.

Seamos honestos: cuando hubo que hacer concesiones a los nacionalistas para que apoyaran al Gobierno, cedieron en lo que se les pidió

Y para qué hablar de la nación. El asunto catalán ayuda, porque sirve para activar el sentimiento patriótico, pero, seamos honestos, cada vez que había que hacer concesiones para que alguno de los partidos nacionalistas apoyase al Gobierno no pusieron ni una pega. Entonces la unidad no importaba tanto. Si la idea de España fuera tan importante, se habría hecho algo para evitar que fuésemos un país sin peso en Bruselas o Berlín, y que no fuese conocido solo por el ladrillo, el sol y los servicios. Tampoco ha habido un plan para mejorar la vida del común de los españoles, sino que, antes al contrario, no han hecho más que empeorarla.

Pymes, policías y soldados


Si echamos un vistazo a los grupos que tradicionalmente apoyaban a la derecha, el panorama no es mejor. Los autónomos y los pequeños empresarios lo tienen más difícil que nunca: más cargas, más impuestos, más dificultades. Quienes siguen votando a la derecha deben hacerlo por tradición, porque no ha hecho más que perjudicarles: tantos años de beneficiar a las grandes empresas a costa de las pequeñas tienen consecuencias. También eran el partido por excelencia de los guardias civiles y policías nacionales, y el resultado para estos colectivos es que tienen menos personal del necesario, sometido a demasiados recortes y con sueldos que no son precisamente elevados. Del ejército ya no hablemos; cuenta cada vez con menos efectivos, por lo que un soldado debe cumplir las funciones de varios, no recibe un especial apoyo por parte del Gobierno, los recortes siguen llegando y su salario deja mucho que desear, en especial cuando se tienen que jugar la vida. Y lo de los taxistas es ya de risa: la mejor forma que se les ha ocurrido de conservar su voto es apoyar a Uber y Cabify. Paro aquí, pero hay muchos más ejemplos. No es extraño, entonces, que el votante vaya buscando otras opciones, por un lado o por otro del espectro ideológico.

Veremos lo que pasa cuando los salarios y las pensiones bajen más y cuando se acabe el colchón que brinda el patrimonio de los mayores

Esto no acaba aquí, por más que se lo parezca a nuestros chicos de la derecha. Este capitalismo no gusta ni a los capitalistas convencidos, de manera que imaginad a los demás. Y en un contexto en el que la geopolítica comienza a ser más importante que nunca, las tensiones van a aumentar, no a frenarse.

Lo que viene


Y no puede ser de otra manera. Cuando el 10% más rico de la población española concentra más de la mitad de la riqueza total (53,8%), y el 1% posee una cuarta parte, casi lo mismo que el 70% de la población (que tiene el 32,13%); cuando los salarios siguen bajando en los sectores más necesitados; cuando nos vamos a jubilar más tarde y con pensiones menores; cuando los pequeños y medianos empresarios van cerrando sus negocios para que las grandes empresas sean más grandes; cuando se nos acabe el colchón que padres y abuelos lograron conseguir en años mucho mejores; cuando las empresas nacionales hayan dejado de ser por completo nacionales, y cuando el trabajo escasee aún más como efecto de la digitalización y la robotización, cuando todo eso ocurra, la fractura social será mucho mayor.

Un capitalismo que nos conduce al siglo XIX está abocado a generar muchos problemas, y sus descontentos solo han comenzando a provocarlos

Una sociedad desigual produce inestabilidad, y una muy desigual, mucha inestabilidad. Pero la derecha puede seguir refugiándose en mantras tipo la globalización es buena, con la formación se soluciona todo o el peligro son los totalitarismos mientras siguen tomando copas y comiendo canapés caros. Puede pensar que todo está controlado porque Macron ganó en Francia y ellos ingresan mucho dinero, más que antes. Pero no es así. O quizá lo sepan y les dé igual, porque solo aspiran a disfrutar de la fiesta mientras dure. Pero un capitalismo que nos conduce al siglo XIX está abocado a generar muchos problemas internos, y sus descontentos están comenzando a provocarlos.


                                                                   ESTEBAN HERNÁNDEZ   Vía EL CONFIDENCIAL

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