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jueves, 31 de enero de 2019

EL GRAN CIRCO


Jamás os fieis, queridas hijas, ni de las bondadosas abuelitas ni de los dulces polluelos


Gabriel Albiac


Recuerdo el cómic. Hace de eso no sé cuántas glaciaciones. Yo era joven; o aún peor. Sobre la pantalla, una pulcra abuelita -era su nombre en los Looney Tunes, Abuelita, Granny, su único nombre- le arreaba de bolsazos a un malvado gato negro, que era, en realidad, el pobre «pringao» al cual está permitido siempre moler a bofetadas para mayor regocijo del respetable. En un rincón discreto, un dulce polluelo de canario, ojigrándico y cabezón, se despepitaba furtivamente de la risa: «Creo haber visto a un lindo gatito», repetía con gesto adorable, mientras el lindo gatito no fenecía porque a los pobres dibujos animados no les está permitido ese alivio. Era divertidísimo. Cuando tuve hijas en edad, se lo propuse como aprendizaje de la única verdad moral irrefutable: los buenos son los malos. Porque para mala, mala, la inocente abuelita. Jamás os fieis, queridas hijas, ni de las bondadosas abuelitas ni de los dulces polluelos.

Lo que no podía imaginar yo era que, un día, iba a haber alguien lo bastante perverso como para hacer que el cómic transitara tal cual a la realidad política. En el fondo, sigo siendo un ingenuo: haber leído a Guy Debord a los 18, hubiera debido enseñarme que no hay dibujo animado que pueda alcanzar las cotas de delirio a las cuales se abalanza la política contemporánea. En 2015, un partido político -o una asociación, o una barra brava peronista, o una alegre pandi, o lo que sea- apostó por materializar a Granny en carne y hueso, proponiendo como candidata a alcaldesa de Madrid a aquella tierna aporreadora del cómic de la Warner, simpática abuelita que repartiría estopa a los malos malísimos. Y la cosa tuvo éxito. En tan sólo cuatro años, Manuela Carmena aporreó Madrid. Y lo dejó más malherido de lo que dejaban los bolsazos de Granny al pardillo de Sylvester. El coro de los polluelos se lo pasaba en grande y, de paso, promocionaba a la familia. Se llama nueva política: no hay más representación que la de los televisores.

Después de eso, la lección fue aprendida. Éste es el nivel intelectual de nuestro electorado: tomémoslo como modelo. En 2019, el PSOE apuesta como alcalde de Madrid, no por un monigotito de la Warner. Apuesta por un baloncestista de éxito. Al espectáculo infantil sucede el espectáculo adolescente. Queda por saber cuál de los dos se acerca más a la edad mental de los votantes. Se admiten apuestas. La coreografía de los concejales socialistas haciendo la ola en los plenos municipales estará, en todo caso, a la altura de las rosquillas de Carmena. Seguro. Ha llegado el momento de plantearnos la pregunta decisiva: ¿para cuándo Belén Esteban presidenta? Arrasaría. No creo que nadie tenga la menor duda: la política es hoy una prótesis menor de los televisores.

En la España de los años treinta, ocupaban escaño en el Parlamento sujetos que se llamaban Miguel de Unamuno, Julián Besteiro, José Ortega y Gasset, Manuel Azaña, Ramiro de Maeztu…: las mejores cabezas de la España contemporánea, las mejores cabezas de la Europa de su tiempo. Comparen eso con los Iglesias, Garzones, Monteros, Sanchezes, Rufianes… Y si logran contener el llanto es que son ustedes más duros que Sonny Liston.

Y nadie piense que este gran circo es cosa sólo de la subespecie política. 2018, Feria del Libro en Madrid, kilométricas colas ante una caseta. Pregunto a un amigo librero. «¡Ah, sí, es una influencer!». «¿Y en qué influencia?». «En maquillaje». «No se hable más, entonces. Es el futuro». Supongo que será ya ministra de algo.


                                                                                              GABRIEL ALBIAC   Vía ABC


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