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martes, 7 de mayo de 2019

TRADICIÓN


Opinión

Juan Manuel de Prada


Con un título que tiene algo de irónica revisión de otro clásico de Karl Popper, La sociedad tradicional y sus enemigos (Guillermo Escolar Editor), José Miguel Gambra acaba de publicar un libro en el que propone una excelente introducción, a la vez perspicaz y accesible, al pensamiento político tradicional. En el prólogo del libro, Gambra se burla bondadosamente de esos modernos que –como el propio Karl Popper– pretenden revestir sus penosas luchas intestinas de un ‘carácter cósmico’, haciéndonos creer que ‘liberal’ y ‘totalitario’, ‘conservador’ y ‘progresista’ son términos contrapuestos. Pero lo cierto es que todas estas doctrinas políticas (hoy devaluadas en ideologías para consumo de masas) se basan en las mismas premisas filosóficas; y, en todo caso, constituyen conflictos intestinos en el seno de la revolución.








Pero la mayor parte de la gente, con las meninges tupidas por la farfolla moderna, ya no sabe reconocer los principios políticos tradicionales. En las sociedades modernas ha cundido –Gambra lo señala en algún pasaje de su obra– un hondo malestar, «una irritación de gran amplitud que no sabe cómo manifestarse ni adquirir efectividad». Esa irritación adquiere manifestaciones en apariencia contrarias: hay quienes se revuelven contra los ataques a la institución familiar, contra la imposición de una ‘cultura de la muerte’ o la intromisión gubernativa en la educación; hay quienes claman contra la depravación del capitalismo global, que condena a la miseria y el desarraigo a las nuevas generaciones y desmantela las economías nacionales, favoreciendo la concentración de la propiedad, la usura y la especulación financiera; hay quienes, en fin, se rebelan contra la desmembración de la patria, la inmigración descontrolada o la delincuencia cada vez más ufana. Y, para combatir ese malestar hondo que se manifiesta de diferentes formas, la gente se adhiere a tal o cual ideología, pensando que en los demagogos que las defienden encontrará la solución a sus cuitas. Pero tales soluciones serán parciales, fragmentarias, insatisfactorias… y, con frecuencia, sólo contribuirán a enconar más aún la calamidad que pretenden combatir. Pues para combatir las causas de ese malestar o irritación profunda es precisa, frente a las visiones ideológicas sesgadas, una visión armónica que permita unificar en su significación profunda el conjunto de males de apariencia disímil que nos perturban. Y esa visión armónica sólo puede brindarla el pensamiento tradicional.

Para desprestigiar la tradición, la modernidad tiende a identificarla con formas de vida periclitadas o con un pasado por fortuna enterrado. Y, como señala Gambra, confunde a la persona de pensamiento tradicional con un nostálgico enfermizo que trata de «reproducir, punto por punto, lo que se dio en otro tiempo; o quizás con los que, por oscuros atavismos religiosos, se aíslan del mundo, como los amish, y forman comunidades de vida pretérita para asegurar su propia salvación». Pero el pensamiento tradicional no quiere revivir el pasado, sino que quiere recuperar, una vez quebrada la tradición, «los principios que la inspiraban y la experiencia acumulada a su calor, para darles renovada vitalidad a tenor de las circunstancias presentes». Frente al conservador, ese progresista paralizado que deja pudrir el meollo y se obstina en mantener artificialmente una cáscara podrida, el tradicional quiere mantener vivo un meollo que brinde su savia a una nueva cáscara. Por eso la tradición es exactamente lo contrario del conservadurismo (como también lo es del progresismo, que envenena la savia, o la sustituye por drogas euforizantes). Frente a liberales y totalitarios, el pensamiento tradicional –citamos de nuevo a Gambra– «no concibe la sociedad ni como multitud disgregada ni como unidad monolítica; no percibe al hombre como ángel materializado ni como un robot de especial complejidad; no admite despotismo alguno, pero no tolera la anarquía; no reduce la política a la economía, ni prescinde de ella; no confina la religión a la conciencia, pero tampoco concede al sacerdocio poder político; y es partidario de la monarquía templada, que no absoluta».

En La sociedad tradicional y sus enemigos, quienes deseen iniciarse en la única alternativa política verdadera al pútrido zurriburri ideológico imperante encontrarán reflexiones jugosísimas sobre las formas de gobierno, sobre los conceptos antípodas de patriotismo y nacionalismo, sobre el bien común y sobre las fuerzas que, desde posiciones aparentemente contrarias (pero con premisas compartidas), conspiran en su destrucción. Un libro, en fin, para disidentes auténticos, y no de pacotilla.

                                   
                                                                                                 JUAN MANUEL DE PRADA
                                                                                                  Publicado en XL Semanal.

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