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viernes, 22 de septiembre de 2017

EL MALESTAR MODERNO Y EL FIN DEL MUNDO

"El fin del mundo es más real que el mundo. El Creador es más real que la creación. El fin en el tiempo es el comienzo de la eternidad, donde las urgencias del tiempo desaparecen."




¿Os habéis dado cuenta de que últimamente la gente está pensando mucho en el fin del mundo? De acuerdo, llevan pensando en ello durante los últimos miles de años. Pero siempre que tenemos una combinación de desastres naturales, agitación política, decadencia moral, desconfianza y una exaltación abierta del pecado, algunos de los nuestros empiezan a pensar: “Ya todo está acabado…”

Y sin embargo, como también os habréis dado cuenta, el mundo todavía no ha acabado. A menos, por supuesto, que contemos todas las veces que se acabó en el pasado. La historia está llena de imperios caídos, y el paisaje de la tierra poblado de ruinas de grandes ciudades y civilizaciones que ya no existen. Es una llamada de atención y un consuelo, una prueba directa de que el mundo realmente acaba, pero que no es El Final. Como dice G.K. Chesterton: “Es muy natural, pero más bien engañoso, suponer que esta época tiene que ser el fin del mundo porque será nuestro fin”.

¿Os habéis dado cuenta también de que, al mismo tiempo que la gente no quiere que el mundo acabe, no parecen muy felices con el mundo que aún no ha acabado? Reconocen que las cosas se están cayendo a pedazos, que lo normal ya no se considera normal, y que a pesar de las comodidades actuales, todo el mundo es desdichado.

Chesterton también observa esto en su libro El hombre eterno, el cual, verificando el tópico, incluye un capítulo titulado “El fin del mundo”. Él se refiere al estado de la sociedad que precedió al nacimiento de Cristo. El triunfo de la razón, surgido del nacimiento de la filosofía en Grecia y extendido a Roma, había caído en mero escepticismo y pesimismo. Las religiones paganas ya no creaban poesía alguna, solo perversión. La riqueza y el poder no producían ninguna satisfacción. Como dice Chesterton: “El pesimismo no consiste en cansarse del mal sino del bien. La desesperanza no reside en el cansancio ante el sufrimiento, sino en el hastío de la alegría. Cuando por cualquier razón lo bueno de una sociedad deja de funcionar, la sociedad empieza a declinar: cuando su alimento no alimenta, cuando sus remedios no curan, cuando sus bendiciones dejan de bendecir”.

Si esto nos suena familiar es porque nos encontramos hoy en la misma situación, en la medida en que esperamos que Cristo vuelva una segunda vez. En esta era de “progreso”, cuando hemos visto cómo mejoran la tecnología, el transporte, la comunicación y las galletas, mientras seguimos diciéndonos a nosotros mismos que todo sigue mejorando, miramos alrededor y solo vemos lo insatisfechos que estamos. A pesar del progreso, parecemos estar más lejos que nunca de la utopía.

Cuando el chico de la compañía de teléfonos vino a conectar mi red wi-fi, no debatimos sobre los milagros de lo inalámbrico, sino que estuvimos hablando de lo revuelto que anda el mundo. Él usó la palabra “distópico”. Y después de usarla, dijo: “Todos los días intento usar la palabra ‘distópico’ en alguna frase”. La verdad se difunde.

Que el fin del mundo vaya a ser un día de estos es algo que realmente sucederá. Como dice Chesterton: “El fin del mundo es más real que el mundo que finaliza”. Una paradoja característica que apunta a las realidades últimas. El fin del mundo es más real que el mundo. El Creador es más real que la creación. El fin el tiempo es el comienzo de la eternidad, donde las urgencias del tiempo desaparecen.

Aunque la amenaza de la posibilidad del fin del mundo siempre ha existido, a veces nos distrae del fin, más inmediato, de nuestro mundo personal: nuestra propia muerte. Pero el asunto es el mismo. No tememos el fin del mundo, tememos lo que suceda después. No tememos la muerte, sino el juicio. Al mismo tiempo que la muerte excita nuestra curiosidad… también la excita el juicio. Queremos conocer el sentido último de las cosas, la solución al enigma. Como dice Chesterton, “el mundo realmente tendrá un fin, puesto que tiene una finalidad”.

Él destaca también que el cristianismo tiene algo en común con una historia policiaca: “El juicio con el que termina toda historia boba y sensacional es como el juicio en el fin del mundo; es inesperado”. Jesús prometió que habrá un juicio final, y que llegará cuando menos lo esperemos. Esto sugiere una paradoja que nunca he visto en Chesterton: es en esos momento
s en los que pensamos que las cosas están tan mal que Dios tiene que venir y acabar con todo, cuando probablemente es menos creíble que Él lo haga. Es cuando pensamos que “las cosas no están tan mal…” cuando olvidamos a Dios y estamos en mayor peligro.

Al debatir sobre el fin del mundo, Chesterton observa que algunas personas demuestran una visión muy mezquina de Dios. Cierto teólogo de tiempos de Chesterton, al hablar de la extinción del universo material, llegó a decir: “Y entonces ¿en qué pensará Dios?”. Chesterton se sorprende de la frivolidad de la observación.

Él responde con cautela: “No habiendo visto la Visión Beatífica, no podemos, por supuesto, decir exactamente cómo es de beatífica, o cómo contiene en sí su propia felicidad. Pero se supone que cualquiera que crea en Dios sugeriría que Él tiene en Su propia naturaleza el secreto de la felicidad, y no necesita del universo material para que Le divierta como si fuese el periódico matutino”. Es típico del pensador progresista no meditar jamás en los viejos dogmas de la Iglesia, “que siempre desprecia como si nadie los quisiese, y que precisamente en este caso le ofrecen todo lo que quiere. Dios tendrá, incluso en ese sentido, mucho en lo que pensar, y el hombre tendrá mucho en lo que pensar: en su relación final con la fuente de todo pensamiento. Pero ¿no sería también bueno si el hombre empezara a pensar un poquito, incluso ahora?”.


                                                                            DALE AHLQUIST  Vía RELIGIÓN en LIBERTAD

Publicado en The Catholic World Report.
Dale Ahlquist es presidente de la American Chesterton Society.
Traducción de Carmelo López-Arias.

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