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sábado, 23 de septiembre de 2017

EL 'PROCÉS' HA MUERTO, VIVA LA REVOLUCIÓN

La nueva consigna es que esta partida se juega en la calle. El 'president' se ha propuesto en su delirio verse encarcelado como Companys


Centenares de personas se concentran ante TSJC. (EFE)

"Barcelona alimenta una hoguera de odio".
Max Estrella en 'Luces de Bohemia'.
"La gallina ha dit que no, visca la revolució".
Lluís Llach, 'La Gallineta'

La asonada parlamentaria del 6 y 7 de septiembre no marcó el arranque del 'procés', sino su final abrupto. Allí se destruyó todo fundamento de juridicidad, y lo que en origen quiso presentarse como un proceso basado en normas hacia la formación de un Estado independiente desembocó, ya sin disimulo, en sublevación pura y dura.

Lo que se ha visto estos días en Barcelona -y lo que está por venir- responde más al patrón de un estallido revolucionario que al de un cambio político institucionalmente ordenado. La paradoja, como señala Rubén Amón, es que el secesionismo es a la vez sistema y antisistema, poder y contrapoder, verdugo y víctima.

Desarticulado el referéndum, la nueva consigna es que esta partida ya no se juega en las urnas ni en las instituciones, sino en la calle.

El Govern de la Generalitat ha dejado de existir como tal. El 'president', dedicado únicamente al doble papel de provocador institucional y mártir de la causa, se ha propuesto en su delirio verse encarcelado como Companys. Los 'consellers' han abandonado sus despachos y recorren las calles atizando el fuego de la furia popular. Forcadell, versión catalana de Diosdado Cabello, ha echado el cierre al Parlament (ya no lo necesita) y, cual Pasionaria de guardarropía, arenga a las masas a la puerta de los tribunales (¿dónde quedó la división de poderes?). Junqueras… Junqueras es el Alejandro Borgia de esta historia.


Oriol Junqueras. (Reuters)
Oriol Junqueras. (Reuters)

Los estudiantes paralizan la universidad y se presiona a los sindicatos para que declaren la huelga general. Los directores de los colegios animan a los padres a que saquen a los niños de las aulas y se los lleven de manifestación, qué monstruosidad. Llegó la Inquisición: los jueces son insultados y los juzgados rodeados por la turba. Unos policías contemplan pasivamente cómo se acorrala a otros policías, gracias por la ayuda. Los nombres y rostros de los “contrarrevolucionarios” aparecen en pasquines y panfletos, en inequívoca incitación a la violencia. Los alcaldes leales a la ley sufren escraches y linchamientos simbólicos, siguiendo la insensata invitación de Puigdemont.

La kale borroka ha llegado a Cataluña. Extremistas y pirados de todos los lugares acuden en peregrinación para no perderse la fiebre de este sábado por la noche y la Semana Grande de la subversión, que ojalá no devenga en semana trágica. Ha reverdecido el viejo y sabroso anarquismo catalán, ahora con el ropaje del nacionalpopulismo insurgente.

Otegi, campeón de la libertad, llama a los catalanes a ocupar las calles. Puesto a plagiar discursos, Rufián busca inspiración en un prócer de la democracia, Jon Idígoras, que en 1995 ya escupió en la tribuna del Congreso: “Saquen sus sucias manos de Euskal Herria”. Los extremismos antisistema acuden al conflicto catalán como moscas a la miel, mientras Maduro jalea la revuelta. La república catalana va mostrando su rostro temible antes de nacer.

Es sabido que los dirigentes socialistas son sensibles ante la imagen de las masas en la calle; sienten que están del lado equivocado

En realidad, las cosas van sucediendo según el guión de la CUP. Tras las elecciones “plebiscitarias” de 2015, los dirigentes de Junts el Sí quisieron dar por superado el trámite del referéndum y encaminarse directamente a la independencia. Fue la CUP quien los obligó a recuperar el referéndum como estación obligada, y no precisamente por escrúpulo democrático. Sabían muy bien de la carga emocionalmente explosiva que contiene una votación prohibida. Previeron con acierto que el Estado democrático no se dejaría romper y que el conflicto saltaría a la calle con tintes insurreccionales, desbordando lo que ellos mismos llaman despectivamente “el procesismo”.

También hay que reconocer la intuición de Pablo Iglesias y Colau. Ahora vemos que cuando pusieron en circulación la idea de que esto no era un referéndum sino una movilización, hacían algo más que vestirse de lagarteranas. Anticipaban el escenario más conveniente para sus intereses.

Vieron con claridad que el referéndum quedaría bloqueado y la frustración resultante daría paso a lo que ahora tenemos: una gran movilización callejera, cada día una Diada. Un 15-M multiplicado por diez. Iglesias ha demostrado ser maestro en manipular a su favor las movilizaciones sociales de protesta, ese es su terreno favorito. Mantuvo la ambigüedad y se subió al carro del referéndum cuando este ya había descarrilado, para surfear, como siempre, sobre la ola de la indignación. Con razón se ha señalado que en este movimiento confluyen los que quieren dividir al Estado con los que quieren romperlo.


El líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El líder de Unidos Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

El paso siguiente es intentar que el frente constitucional se quiebre por su eslabón más débil: el PSOE de Sánchez e Iceta, autodeclarado “aliado preferente” de Podemos. Todos los conocedores de ese partido contienen la respiración preguntándose si los socialistas resistirán la presión. No les será fácil mantenerse junto a Rajoy cuando las cosas se pongan aún más feas de lo que ya están y haya que respaldar medidas traumáticas. Más allá del frívolo oportunismo de Rivera, el episodio del martes en el Congreso es un síntoma de la fragilidad de esa coalición circunstancial.

Es sabido que los dirigentes socialistas son extremadamente sensibles ante la imagen de las masas en la calle; enseguida acusan flojera de remos y sienten que están del lado equivocado de la historia. Iglesias lo sabe, como sabe que el mejor señuelo para atraerlos es mantener alta y visible la bandera del “No es No”: tranquilos, compañeros, que esto no va contra España ni contra la Constitución, solo va contra Rajoy.

Pase lo que pase el día 1 y en los meses siguientes, me temo que esta generación no volverá a ver una Cataluña reconciliada consigo misma

(En el horizonte, la promesa de un gobierno de las izquierdas en España que se entienda con otro de las izquierdas catalanas para ofrecer la famosa “vía pactada” hacia la autodeterminación plurinacional, demostrando al mundo que la culpa de todo la tuvo siempre la derecha).
Seguiremos en Maidan. No habrá un referéndum que merezca tal nombre, aunque sí habrá declaración de independencia. Pero eso ya no será un 'procés', sino un pronunciamiento.

El objetivo final de esta locura es hacer que la herida sea tan profunda y dolorosa que no pueda cerrarse en mucho tiempo. Pase lo que pase el día 1 y en los meses siguientes, me temo que esta generación no volverá a ver una Cataluña reconciliada consigo misma y amigada con España. Ese será, a la postre, el éxito de los secesionistas y sus aliados, y también su abrumadora responsabilidad.


                                                                           IGNACIO VARELA   Vía EL CONFIDENCIAL

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