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jueves, 14 de febrero de 2019
Mucho más que unas elecciones europeas: 99 días para una jornada clave para la UE
Nunca unas elecciones europeas
habían sido tan claves para el continente como las que se celebran en
mayo de 2019, convertidas en un pulso entre eurófobos y proeuropeos
Chalecos amarillos frente a la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo (REUTERS)
Las elecciones europeas son ese magnífico momento en el que el votante castiga o premia a su Gobierno nacional de turno
y cualquier conexión con Europa o los asuntos de la Unión Europea es
pura coincidencia. Es la ocasión perfecta para que el ciudadano aporree a
su Ejecutivo sin aparentes consecuencias. Y la obsesión en Bruselas,
desde hace ya tiempo, es cambiar esa mentalidad, ese chip, porque sí que
tiene consecuencias.
Los esfuerzos destinados a ellos son muchos. Jaume Duch, el hombre a los mandos de la comunicación del Parlamento Europeo,
vive en un avión, de capital a capital, concienciando a medios de
comunicación y cualquier ser humano cerca de él de que las elecciones
europeas son precisamente importantes por eso, porque son europeas. El
trabajo de Duch no consiste en dirigir el voto en una u otra dirección,
sino hacer que la gente vaya a las urnas. Y eso ya es un trabajo lo
suficientemente difícil.
En los últimos comicios la participación, además de muy diferente entre Estados miembros, se quedó en un 42,6% a nivel europeo.
Mientras en Bélgica, donde es obligatorio votar, la participación
estuvo en el 89% en Chequia costó superar un escasísimo 18%. En el caso
de los países del bloque del este las elecciones europeas no son una
excepción: suelen tener datos de participación muy bajos en sus comicios, por lo que no es muy distinto cuando se vota al Parlamento Europeo.
Pero estas elecciones no son como las demás. Las fuerzas nacional-populistas han vivido una primavera durante los últimos años,
con muy buenos resultados en Países Bajos y Francia, y formando parte
del Gobierno en países como Austria o en Italia, donde la Lega de Matteo Salvini es ahora el partido más votado.
Estos
partidos no son una novedad en la Eurocámara: están más que
acostumbrados a los eurodiputados de la N-VA flamenca, de la formación
de Le Pen o la formación de Geert Wilders en Países Bajos. El problema es queesta vez está previsto que obtengan más votos, y algo mucho más grave, están organizándose mucho mejor de lo que lo habían hecho hasta ahora.
Algunas
de las últimas encuestas arrojan que estos partidos euroescépticos
podrían llegar a controlar un tercio de la cámara. Si consiguen
conformar un solo grupo o dos, no como en la actualidad, divididos en
numerosos grupos, tendrán un peso y un acceso a recursos que será todo un impulso para las formaciones.
Además, si deciden participar activamente en la actividad
parlamentaria, y no limitarse a gritar en el Pleno para sus vídeos de
Youtube, como hace hoy el 'brexiter' Nigel Farage, podrán en aprietos el proceso legislativo del Parlamento.
Marine Le Pen lanza su campaña de las elecciones europeas (REUTERS)
Miedo a los caballos de Troya
Ese es el gran miedo en Bruselas: que utilicen sus asientos en el Parlamento para obstruir una de las tres arterias principales de la legislación europea.
Y las cosas han cambiado: ahora ya no solo tienen un puñado de escaños
en la Eurocámara, sino que tienen ministros sentados en el Consejo de la
UE y, seguramente, cuenten con algún comisario sentado en el Ejecutivo
comunitario. Es lo que tiene formar parte de un Gobierno nacional.
A eso se une un cambio de estrategia euroescéptica: ya no quieren eliminar la UE desde fuera,
como meros agentes exógenos al sistema. No lo quieren hacer porque no
es una idea popular y porque esa fórmula no ha funcionado hasta ahora.
La idea pasa ahora por entrar a formar parte de las instituciones y
reventarlas desde dentro. Bloquear el sistema utilizando los
instrumentos y mecanismos del propio sistema.
Eso hace que su llamamiento a los votantes sea tremendamente poderoso:
vótenos para que devolvamos competencias a los Estados. Hay una
interconexión muy íntima entre el voto europeo y el nacional en el caso
de los partidos euroescépticos.
Mientras tanto los proeuropeos no lo tienen tan fácil, el mensaje es mucho más difuso, más etéreo, menos concreto.
Deben lograr que los votantes les elijan para que protejan una nebulosa
llamada UE, que para los políticos es mucho más difícil de explicar y
de vincular al voto sentimental. Y además las bancadas proeuropeas pasan
por su propia crisis existencial, con los partidos tradicionales sufriendo enormemente en algunos países, como Francia (donde los socialistas y populares están borrados del mapa) o Italia.
Emmanuel
Macron, presidente francés, trata de liderar un mensaje proeuropeo
alternativo al que defienden las fuerzas eurófobas, pero su frente, con
una Angela Merkel cansada y con otros líderes a priori menos entusiastas
como el holandés Mark Rutte, está muchísimo más dividido que el que lidera Salvini,
que han decidido hablar únicamente de las cosas en las que están de
acuerdo. En las próximas semanas tratarán de consolidar un mensaje más
compacto, pero es mucho más fácil hacer campaña contra algo que a favor.
Faltan ya solo 99 días para que los europeos acudan a las urnas
y el Parlamento Europeo acaba de dar el pistoletazo de salida a la
campaña electoral más importante en la historia de la Unión Europea.
Unos comicios divididos en dos opciones y que determinarán cuál es el
rumbo que toma el proyecto europeo en los próximos años.
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